¡Hola!
Gracias a Ariadna Simonds, CallMeStrange, Gaby Sara, Helen N. Lupin, Mery Vedder y Anna Green por los reviews del capítulo anterior. Que Merlín os lo pague (a ser posible en efectivo).
Capítulo decimosegundo: A pesar de todo
Sentirás que mi amor
tiene sed de que una voz
me susurre una caricia
o me regale una ilusión.
Mägo de Oz-Hazme un sitio entre tu piel
Dominique cierra la puerta de su casa y echa a andar. Agradece no vivir en ninguna zona mágica; el mundo mágico todavía está conmocionado por el ataque hace dos días en Hogsmeade, que se cobró doce muertos y varios heridos; la historia que más le ha impactado a la pelirroja, la de una niña de seis años cuya cara ha quedado desfigurada por las llamas.
Sin embargo, ahora no piensa en eso. Una parte de su cerebro compadece a Vic, que ayer fue quien encontró el cadáver de una ex compañera de clase, Irina Houston, y está muy afectada desde entonces. Minnie supone que el miedo a las posibles secuelas que vayan a quedarle a su hijo a causa del ataque del que fue víctima, junto con haber visto un muerto cuando volvía de hacer la compra (y debe dar gracias de que Juliet no estuviera con ella), son demasiado para su hermana.
Agradecida de que a ella no le haya pasado nada, se acaricia su propio vientre. El cual, por cierto, ha aumentado de tamaño. No mucho, al menos no si se compara con el de Victoire, y se puede disimular si se pone ropa ancha, pero a Minnie le hace mucha ilusión darse cuenta de que su bebé está creciendo bien. El otro día, en San Mungo, pudo escuchar latir su corazoncito, y estuvo a punto de llorar.
Se pregunta entonces si Frank habrá recapacitado. De todas formas, piensa, ella empieza a ver la idea de ser madre soltera con mucho menos miedo que al principio, porque, además de que no quiere que Frank esté con ella por lástima, la idea no le parece tan mal. Sus padres opinan que ha madurado en los últimos años y podría hacerlo.
Es entonces cuando ve algo que le llama la atención.
Concretamente, a William Forward hablando con un desconocido. Ninguno se percata de que Dominique los está observando, de modo que ella se esconde tras la esquina para escucharlos con curiosidad.
-… y que no se vuelva a repetir-dice el otro.
-Lo siento-se disculpa Will-. No sabía que estabas tú.
-La próxima vez, mejor asegúrate de que no esté ella, si no quieres acabar como nuestra querida Irina-Forward palidece al oírlo-. Cometió un grave error tirándonos la casa encima, ¿no crees?
-No volverá a repetirse-vuelve a decir Will.
-Eso espero.
Un estampido indica a Dominique que el desconocido se ha ido. No le ha visto la cara, pero sí ha logrado ver cómo era físicamente. Y físicamente, es un crío. Minnie no cree que tenga más de veinte años.
Se muerde el labio, preguntándose si debería decírselo a alguien. Tras unos segundos, decide que eso supondría que ese tipo sabría que lo ha hecho, lo cual la pondría en peligro. Ese chaval parece cumplir el dicho de "pequeño pero matón". Y no sólo ella correría riesgos, sino también su bebé, que no tiene culpa de nada.
Es pensar en su hijo lo único que hace que Minnie se convenza de que lo mejor es hacerse la sueca. Si eso, piensa, investigará un poco por su cuenta.
Últimamente, a Tatiana Zabini se le rompe el corazón cada vez que ve a Lysander entristecerse por el hecho de que su hermano no parece volver a ser completamente el mismo por mucho que insista.
Lorcan se acuerda de ella; lo comprobaron el otro día. Sin embargo, al igual que con todo el que no sea su hermano, el joven sólo intercambia las palabras estrictamente necesarias con la muchacha. A ella le apena, porque, si bien nunca ha podido llamar amistad a su relación con Lorcan, se llevaban bien. Él le sugería nuevas formas de poner a prueba la paciencia de su hermano, y de vez en cuando ella intercedía por él ante Rose para que no se enfadara demasiado.
Pero hay algo que la tiene atormentada desde que encontraron a Lorcan. Precisamente, es el hecho de que lo encontraran precisamente en el lugar en que estaba.
Al tercer día de la desaparición de Lorcan Scamander, ella fue a comprar el repelente que no había podido adquirir antes por la conmoción que había causado la aparente evaporación del joven, así como porque tenía que ayudar a Lysander a sobrellevarlo.
Pero oyó un grito. En realidad, oyó varios gritos. Pertenecientes a la misma persona, pero tan aterrorizados que no logró identificar a su emisor. Así pues, como buena Slytherin, decidió que no tenía nada que ver con ella y que quienquiera que fuese podría apañárselas por sí mismo, y siguió su camino.
Ahora, después de haber presenciado una especie de ataque de pánico que ha sufrido Lorcan y que no ha terminado hasta que los sanadores lo han aturdido para que dejara de gritar y le han dado una poción para dormir, sabe que sí le incumbía el asunto.
Porque a quien oyó gritar fue nada más y nada menos que Lorcan Scamander.
Se muerde el labio, intentando no llorar, mientras ve a Lysander sentado en el borde de la cama, sin apartar los ojos de su hermano inconsciente. No puede dejar de repetirse que, si ella hubiera sido un poco más solidaria, menos Slytherin, Lorcan no estaría así.
Entonces Lysander la mira. Sus ojos brillan con preocupación.
-Tatiana, ¿qué te pasa?-pregunta con cautela. Tatiana comprende que las lágrimas que no quiere derramar no son tan invisibles como creía.
-Es…-se muerde el labio y echa un vistazo a Lorcan-. ¿Podemos hablar?
-Claro-Lysander mira una vez más a su hermano, antes de tomar la mano de su novia y salir de la habitación con ella-. ¿Pasa algo?
Tatiana se muerde el labio, sin saber cómo decirlo. Tiene claro que Lysander no reaccionará ni remotamente bien, pero también sabe que, si no se lo dice, ella reventará por dentro.
-Hace unas semanas-empieza-, fui al callejón Knocturn-Lysander asiente, animándola a continuar-. Pues…-respira hondo-. Escuché… cuando pasaba, oí a alguien gritar, y…
No tiene que seguir hablando. Su novio comprende el resto. Sus ojos se entornan hasta convertirse en dos rendijas azules.
-¿Me estás diciendo-sisea, en un tono francamente temible-que no ayudaste a Lorcan cuando podías haberlo hecho?
Tatiana clava los ojos en el suelo. No le da miedo la furia de Lysander; nunca la ha temido. Lo que le causa pánico es el hecho de que su egoísmo acaba de conseguir que él la odie.
-No sabía que era él, no reconocí su voz-intenta excusarse, pese a saber que no tiene excusa posible.
-O sea, que si hubiera sido otro te daría igual-replica Lysander-. ¿Cómo puedes ser tan…tan…?-no se le ocurre ningún adjetivo lo suficientemente hiriente, de modo que suelta un resoplido despectivo-. Qué asco-declara. Tatiana intenta contener las lágrimas, mientras Lysander se aleja un paso de ella.
-Lo siento-se disculpa con muchísimo esfuerzo. Merlín es testigo de que odia pedir perdón.
-Y yo-replica Lysander, sacudiendo la cabeza-. Será difícil vivir bajo el mismo techo que tú ahora.
Tatiana aprieta las mandíbulas, más enfadada consigo misma que con Lysander. Tras varios segundos, la decepción en los ojos azules del joven es demasiada para soportarla, por lo que echa a andar para alejarse de él.
-… y claro, no podía hacer eso-termina Lena. Lisbeth ríe.
Están en la habitación en la que la menor de los Nott ha de pasar al menos una semana más para recuperarse del accidente en que le cayó una pared encima. Lena ha pasado para ver si necesitaba algo, y han acabado hablando de banalidades y tonterías, ambas con la cálida sensación de que vuelven a estar en Hogwarts y nunca se han distanciado.
Aunque, si ha de ser sincera, Lizzie está bastante enfadada.
No con Lena. No; a quien quiere cantarle las cuarenta es a Tom. El joven le prometió que después la vería, y no lo hizo. Cuando Lizzie despertó, unas horas después de que él la dejara (la abandonara) en San Mungo aprovechando que no estaba en condiciones de protestar, a su lado sólo estaba Tony. Y no es que la joven menosprecie a su hermano, ni mucho menos, pero le enerva el hecho de que Tom se pase las promesas que él mismo hace por el forro de…
Respira hondo e intenta pensar en otra cosa. Harold vino ayer a visitarla, muy preocupado por lo ocurrido. Le ha preguntado quién la desenterró de entre los escombros, para agradecérselo. Lizzie ha preferido mentir y decir que no lo recuerda bien. No le hace mucha gracia imaginarse qué puede ocurrir si su novio y su amante se encuentran; además, sabe que toda la familia de Harold está compuesta por magos, lo cual supone un riesgo añadido para él.
Entonces piensa en su hermano y su amiga. Tony le contó hace un par de días que Lena lo está pasando mal con la muerte de su padre, y que él ha intentado que recapacite y se dé cuenta de que lo suyo con Cricks no va a ningún lado. Lizzie coincide con su hermano, pero sabe que Lena no lo tiene tan claro, porque teme que cualquier cosa que haga conlleve un empeoramiento de la situación.
-Lena-la llama entonces. Su amiga, que está observando el infinito con aire melancólico, probablemente pensando en su padre, la mira.
-¿Qué?
-A ti te gusta mi hermano-dice Lizzie directamente.
Lena niega con la cabeza. Luego se muerde el labio.
-No… Bueno… Lizzie, no lo sé-declara-. Ahora, lo que menos quiero es empezar algo que no sé cómo va a terminar. Y con Tony nunca sé nada.
-Pero está claro que no quieres a Robert-replica Lizzie, haciendo un esfuerzo para incorporarse en la cama. Lena le echa una mano, evitando por todos los medios mirarla a los ojos-. Al menos, podrías dejarlo a él; no se merece que le estés engañando con Tony.
-Qué bonito es decir eso-replica Lena con rabia-. Te recuerdo que tú le estás poniendo unos preciosos cuernos a Harold-Lizzie la mira sorprendida-. No me mires con esa cara; no soy idiota, y te falta llevar una pancarta para hacerlo aún más claro. El único que no lo ve es tu novio. Fue Watson el que te trajo, yo también estaba. Y no creo que te encontrara y en un arranque de solidaridad te ayudase.
Las mejillas de Lizzie se tiñen de un rosa brillante al oír las palabras de su amiga.
-No es lo mismo-susurra-. Tony es bueno, pero Tom….
-¿Te da miedo que empiecen a meterse contigo por estar liada con él?-inquiere Lena. Lizzie niega con la cabeza-. ¿Entonces, qué pasa?
Lizzie se pregunta cómo decirlo. No es hasta entonces que cae en la cuenta de que probablemente fue Tom quien asesinó al padre de Lena. Palidece al percatarse de ello.
-Tom es…-no tiene la menor idea de qué es Tom. ¿Qué es Tom? Oscuro, malvado, asesino, cruel, dañino… un niño acosado por sus compañeros por su nombre y su ascendencia, que pensó en suicidarse por ello, el que me rescató el otro día…-. Diferente-dice finalmente-. Piensa de una forma poco corriente.
Lena arquea las cejas, repentinamente divertida.
-¿Tú no estabas haciendo prácticas para ser psicomaga? Pues un loco te vendría genial. Podrías llevártelo para la tesis.
Lizzie sonríe a regañadientes.
-He dicho que piensa de forma poco corriente, no que esté loco-puntualiza-. Y sigue sin ser lo mismo-agrega al ver la mirada de Lena.
Luna está convencida de que la expedición a la que fueron ella, Rolf y su padre jamás debió haberse realizado.
Para empezar, no estuvo presente cuando Lorcan, su sol más pequeño pero no por ello menos brillante, desapareció. Ni siquiera se enteró de ello, porque las lechuzas no llegaban adonde ellos se encontraban, y estaban incomunicados. Tampoco recibió la noticia de que habían encontrado a su hijo, ni de que él estaba tan mal; la lechuza que le envió Lysander se perdió por el camino.
Y cuando iban a volver… cuando iban a volver, los sorprendieron en un recóndito cañón e intentaron asesinarlos a los tres, a Xenophilius, a Rolf y a ella misma. Su marido la protegió con su propio cuerpo, y milagrosamente salió con vida. Pero el hechizo protector no llegó hasta su padre.
Luna supone que no debería estar tan triste. Al fin y al cabo, ahora sus padres están juntos. Dondequiera que se encuentren, deben de sentirse contentos. Quizá mamá necesite ponerse al día de lo que ha pasado en el mundo de los vivos en los años que ella no ha estado. Se anima un poco con la idea de que su madre descubra que también es abuela.
Y mira de nuevo al nieto menor de mamá. Lysander le ha dicho que Lorcan está ahora bastante mejor que cuando lo encontraron, pero Luna sabe que aun así su hijo no está, ni por asomo, bien. Está tan asustado que parece otra persona; pese a que intenta que su rostro exprese la menor emoción posible, Luna lo ve en sus ojos verdes, iguales que los de Rolf.
Su marido ha tenido que irse, no sin antes ver también a Lorcan y darle un abrazo, pero ella sigue con él. Lysander ha subido a por un café y aún no ha vuelto. Luna supone que está con su novia, esa chica altanera y orgullosa que al principio desagradaba a Rolf.
Lleva casi media hora sosteniendo a Lorcan entre sus brazos. Y el joven sigue aferrado a ella con tanta fuerza como al principio, como temiendo que se vaya si afloja su presa. Lo único que ha dicho, cuando la ha visto, ha sido un "¡Mamá!" que ha bastado para borrar de su mente la preocupación por si no la reconocía, igual que no parece reconocer a Rose Weasley. Luego ha sonreído tímidamente a su padre, demostrando que también sabe quién es, pero no ha vuelto a soltar prenda.
-Mamá-la llama él entonces con suavidad.
-Dime.
-El abuelo Xeno se ha ido, ¿verdad?
Luna suspira.
-Sí, Lorcan.
-No quiero que se vaya nadie más-musita él entonces-. Ni tú, ni papá ni Lys. Quiero que os quedéis aquí.
-Nadie va a irse a ningún lado, mi vida-le asegura. Entonces se le ocurre algo-. ¿Y Rose? ¿Quieres que ella se quede también?
Nota cómo las manos de Lorcan se cierran en puños y su hijo se pone rígido.
-No. Quiero no volver a verla-responde.
Luna le acaricia el pelo con tristeza.
Como de costumbre, nadie se fija excesivamente en él. Ir vestido de negro es lo que tiene. Si hubiera podido, se habría puesto túnicas negras durante sus siete años en Hogwarts, para asegurarse así de que los demás no le concedieran mucha importancia.
Tom aguarda pacientemente en la cola para saber en qué habitación se encuentra Lisbeth Nott. Sabe que ella probablemente estará molesta por el hecho de que él haya tardado cinco días en ir a verla. No obstante, él también tiene una buena excusa: castigar a Irina Houston, la que tuvo la genial idea de echarle la pared encima a la joven, y hablar con Forward para asegurarse de que no se vuelva a repetir. A Tom le da igual a cuánta gente maten, siempre que sean sangre limpia. Sólo exigió que Lisbeth no resultara herida ni perjudicada en ningún aspecto. La única condición que puso, la única que Houston no cumplió.
Empieza a subir las escaleras con calma. No cree que Lisbeth vaya a evaporarse si tarda diez minutos más en llegar a su habitación.
Cuando entra, descubre a la joven dormida en la cama. Se nota que tiene vendado el tórax, quizá por alguna costilla rota, y su pierna izquierda está en alto, pero por lo demás no parece excesivamente herida, salvo por una cicatriz que tiene en la mejilla y que ya empieza a desdibujarse, ayudada por su condición de bruja.
Se sienta en el borde de la cama y la observa dormir pacientemente. Es la primera vez que la ve tan tranquila; generalmente, cuando están juntos, Lisbeth está increíblemente tensa, tanto antes como después de hacer el amor. No se relaja nunca en su presencia. Incluso hace cinco días, cuando la sacó de debajo de esa pared, tenía los músculos de la espalda rígidos. Además, la joven es dulce, pero también resultar una eficiente y peligrosa máquina de hacer daño. Los arañazos en los hombros de Tom y las marcas de los mordiscos en su cuello son una buena prueba de ello.
Entonces se observa el antebrazo izquierdo, donde sabe que, bajo su camisa, se encuentran las cicatrices de las heridas que sus compañeros le hicieron indirectamente. Le gustaría decir que se han curado, pero le es imposible ignorar el hecho de que, de no haber sido por Lisbeth, probablemente él no estaría ahí. Ella lo salvó sin saberlo siquiera. Porque la última vez que se hizo daño fue la noche anterior a besarla.
Lisbeth se remueve en la cama, señal inequívoca de que se está despertando. Parpadea, con sueño, y sonríe con esa dulzura tan opuesta a lo que es Tom. Y que por eso mismo, quizá, es por lo que lo atrae con tanta fuerza.
Sin embargo, unos segundos más tarde su sonrisa se esfuma y sus ojos se vuelven acusadores.
-A buenas horas-comenta con rencor.
Tom no puede evitar sonreír. Incluso enfadada resulta dulce.
-Estuve ocupado-responde-. Tenía cosas que hacer.
-¿Cuáles?-inquiere la joven. Tom no responde inmediatamente, y rápidamente ella pone su cerebro a trabajar-. ¿Qué has hecho?-pregunta en voz baja, temerosa de la respuesta.
-Asegurarme de que nada de esto vuelve a afectarte-explica Tom.
Los ojos de la joven se abren de par en par, mostrando susto.
-Dime que… El ataque… ¿no fueron los franceses?-Tom niega con la cabeza, y Lisbeth parpadea para contener las lágrimas-. Eres horrible-susurra.
-La guerra con Francia sirve para tapar muchas cosas-responde él simplemente.
Lisbeth intenta incorporarse tan rápidamente que se hace daño. Tom la empuja para que vuelva a tumbarse, y después de varios segundos de lucha consigue que la joven se deje caer de nuevo sobre la cama.
-¿Me estás diciendo…? ¿La nueva ministra tiene algo que ver contigo?
Tom sonríe, sabiendo de sobra que, diga lo que diga, Lisbeth no contará nada.
-No. Al menos, no por voluntad propia.
La joven deja de intentar no llorar. Se muerde el labio, horrorizada, mientras las lágrimas bajan por sus mejillas. Por algún motivo, Tom se siente mal. No es la primera vez que ve a la joven llorar, pero sí la primera que algo dicho por él es razón directa de sus lágrimas. Decide que no le gusta la sensación y que tiene que hacer algo.
El quid de la cuestión es qué. ¿Cómo se consigue que alguien deje de llorar? Tom nunca ha tenido que consolar a nadie, y él mismo, pese a que durante los últimos siete años ha llorado más de lo que está dispuesto a admitir, no encontraba más solución a su sufrimiento que hacerse cortes en los brazos. Aunque duda que Lisbeth vea con buenos ojos que le raje la muñeca, por muy buena intención que tenga.
-Eh…-Tom alarga una mano hacia ella y le acaricia el pelo torpemente, dándole palmaditas en la cabeza. Tras unos segundos, Lisbeth lo mira, más extrañada que dolida-. ¿Vas a dejar de llorar ya?-pregunta, algo incómodo.
-¿Se puede saber qué parentesco me ves con un perro?-inquiere ella, algo ofendida.
-Pues… lo cierto es que ninguno-admite Tom, preguntándose a qué viene esa pregunta-. Intentaba que no lloraras más.
Una sonora carcajada emerge de lo más hondo de la muchacha, que se echa a reír entre lágrimas, dejando escapar al mismo tiempo pequeños quejidos por el dolor en el pecho que le supone reírse. Tom la observa sorprendido.
-¿Es que nunca has consolado a nadie?-pregunta Lisbeth cuando consigue dejar de reírse, después de un acceso de tos, limpiándose las lágrimas. Tom niega con la cabeza, y la sonrisa de la joven se esfuma-. Vaya-se muerde el labio-. ¿Quieres que te enseñe?-ofrece.
-Vale-responde Tom. Siempre le ha gustado aprender cosas; considera que el conocimiento es poder.
-Pues…-Lisbeth intenta incorporarse, y esta vez él la ayuda. La joven se sienta en la cama y lo observa-. ¿Qué harías ahora?
Tom no se mueve.
-¿Qué se supone que debería hacer?
-Generalmente… no sé, a la gente cuando está triste le gusta que la abracen-responde la joven.
Tom recuerda entonces cómo el otro día, cuando Lisbeth lo abrazó, se sintió curiosamente mejor. Se acerca a ella y la rodea con los brazos. Ella también lo hace y apoya la cabeza en su hombro.
-¿Algo así?
-Sí-la joven le hace cosquillas en la oreja con el pelo-. Venga, haz otra cosa-propone.
-¿El qué?
-Lo que quieras.
Tom no se mueve. Se queda en la misma posición, rodeando la cintura de Lisbeth con los brazos, pensando… ¿qué debería hacer ahora? Está claro que las palmaditas en la cabeza no son una buena opción. El joven intenta recordar cómo lo consolaba su madre de pequeño, cuando se caía y se hacía una herida en la rodilla.
Tras unos segundos, se separa un poco de Lisbeth y le da un beso en la frente. Ella sonríe en señal de aprobación y vuelve a abrazarlo.
Abrazos y besos en la cabeza, pero no palmaditas, intenta memorizar para la próxima. Sin embargo, parece que Lisbeth está esperando algo más, porque no se mueve. Entonces se le ocurre otra cosa.
Pasea los dedos entre su cabello claro, acariciándolo con suavidad y recordando que su tía hizo lo mismo con su prima en una ocasión, cuando estaba enferma. Se ve que funciona, porque escucha una débil risita que proviene de su hombro. De modo que se pasa unos minutos más así, acariciando el pelo de Lisbeth con cautela, y también disfrutando él, porque lo tiene realmente suave y huele a mora. Tom le acaricia la espalda también, y por primera vez nota que no está rígida. Por primera vez, Lisbeth está plenamente calmada a su merced.
Después de un rato, sin embargo, se pregunta si lo está haciendo bien con tanto acariciarle el pelo. Se separa un poco de Lisbeth de nuevo, en busca de su aprobación, pero descubre que la joven tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta, y comprende que, si no se ha dormido ya, poco le falta. De modo que, con cuidado para no despertarla, la tumba de nuevo en la cama. Sin embargo, la joven se espabila un poco cuando él está arropándola para que no coja frío.
-No está mal-dice, soñolienta. Tom se siente curiosamente orgulloso-. Pero no estés tan rígido-le recomienda. Entonces suspira-. Eres la persona más extraña que conozco.
Tom arquea las cejas.
-Al menos ya no soy una persona horrible-comenta con ironía.
-Sí eres horrible-replica Lisbeth, mientras los ojos se le cierran de cansancio-. Eres horrible-repite en voz más baja-. Pero te quiero.
Notas de la autora: Se me hace gracioso imaginarme que Tom, tan listo como es, ande tan mal de inteligencia emocional, pero no lo considero raro. Pensad que ha pasado los últimos siete años siendo acosado y maltratado por sus compañeros.
Respecto a Dominique… es curioso verla tan responsable; sobre todo, después de todas las locuras que ha hecho. Pero ahora no es solo ella, así que… a ver qué hace (pese a que es la única persona capaz de llegar a la conclusión de que investigar por su cuenta es más seguro que avisar a las autoridades).
Y si nos ponemos a hablar de Tatiana, podéis criticarla, pero mucha gente en su lugar hubiera hecho lo mismo (yo no, como buena Gryffindor tiendo a meterme en líos innecesarios).
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