Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-samao, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.
Personajes: Rusia, El General Winter, México, Belarus, Ucrania, España, Inglaterra, Francia entre otros.
Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, UA (Universo Alterno), humor, Lemon, mpreg, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.
Originalmente este era un fic en conjunto con Hatake Saori del anime Naruto, pero ya que Saori no ha dado señales de vida, y no sé como continuarlo con Naruto he decidido adaptarlo a Hetalia.
A partir del capítulo 12, es 100% mi idea.
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El jardín de la noche
Capítulo 14 El clan Merkit
Antonio, Arthur y Yaketerina habían llegado a un pequeño poblado cercano a la frontera norte del reino. En esos momentos, el castaño se encontraba en su habitación de la posada; de rodillas frente a una cruz de madera, orando a Dios por la seguridad de su familia.
—Jesús, se que a tus ojos, Cintéotl y yo somos pecadores por ser hombres y estar enamorados pero…
Antonio sabía muy bien que él y Cintéotl vivían en pecado, que su matrimonio no era real ante Dios, incluso el hecho de que pudiese concebir era… una aberración, pero no le importaba; amaba a su esposo y a su hijo con toda su alma, ¿Qué importaba si después ardía en los abismos del infierno? Era feliz con ellos y eso valía una eternidad de sufrimiento.
—¿Qué hace? —aquella voz sobresaltó a Antonio. —Lo siento, no fue mi intención asustarlo.
—No se preocupe, Don. Arthur —dijo mientras se levantaba —. Rezaba un poco por el bien de mi familia y de nuestro viaje.
Arthur levantó una ceja; contempló la cruz sobre el mueble de noche. Los católicos ya habían tomado la mayor parte del territorio, incluso su país natal era creyente de esa religión, solo unos cuantos reinos aun seguían con sus viejas costumbres y creencias.
—Su Dios es ciego y sordo, Antonio —dijo Arthur frunciendo el ceño —; además de cruel, dudo mucho que haga caso a sus ruegos.
—Eso no es verdad, Dios es amor…
—No lo es —le cortó molesto. —Yo soy un practicante de la vieja religión, vi morir a mi familia, amigos y muchos otros por no querer abandonar sus creencias y no querer amar a un Dios que predica amor y hermandad pero que deja que sus seguidores ejerzan la violencia —Arthur miró fijamente a Antonio y continuó —. Usted está enamorado de un hombre y juntos lograron algo prodigioso: tuvieron un hijo. Sin embargo, las leyes de su Dios condenan algo tan bello como si fuese el peor de los crímenes.
Antonio se mantuvo en silencio, no porque no tuviera la capacidad de defender sus creencias; se había dado cuenta de lo mucho que Arthur necesitaba desahogarse.
—En fin, la princesa me envió por usted, nos está esperando para comer —Antonio asintió con la cabeza.
—¿Cuándo retomaremos el viaje?
—En la mañana. El tabernero me dijo que una pequeña caravana saldría rumbo al este, viajaremos con ellos hasta la próxima aldea y luego… veremos.
Antonio asintió con la cabeza. Al este, si su memoria no le fallaba, entrarían a territorio amigo, gracias a Cintéotl y a su suegra, conocía a muchas personas que no les negarían ayuda.
…
Cintéotl comenzaba a sentir un fuerte dolor de cabeza; Natasha no dejaba de quejarse desde que comenzaron su asenso por las montañas. Habían parado a descansar; por suerte encontraron una cuerva, al poco tiempo se inició una tormenta.
—Este lugar es horrible —se quejó Natasha quien titilaba como una hoja. La joven princesa estaba tan cansada y hambrienta.
—¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para seguir? —dijo Francis preocupado por la salud de su señora y por la suya propia; dudaba mucho que las provisiones que llevaban fuesen suficientes para salir de la montaña, aún sin contratiempos y una tormenta era un obstáculo demasiado grande.
Cintéotl se mantuvo en silencio pues no estaba seguro cuanto tiempo debían estar en la cueva, después de todo, los dioses de las montañas eran distintos entre ellos; algunos podrían demostrar su furia por semanas o durar sólo unas pocas horas.
El alquimista fue a la entrada de la cueva, tenía que cerciorarse que los tres animales de carga que habían comprado en el pueblo se encontraran bien atados y que no pasaran frío. De una de las alforjas sacó un paquete envuelto y retorno con los otros.
Francis observó a Cintéotl quien desataba el paquete descubriendo queso y tres hogazas de pan que repartió.
Comieron en silencio, cada uno atrapado en sus propios pensamientos y demonios. Al poco tiempo, Natasha y Francis se quedaron dormidos, pero Cintéotl se mantuvo alerta; la montaña estaba llena de todo tipo de peligros.
Mongolia; los habitantes de este país vivían en tribus nómades, la mayoría conocían y respetaban a Ixchel pues no había un solo líder que no le debiera algún favor. Ya casi se cumplían las dos lunas y aun les faltaba un gran trecho para llegar a los territorios del Kan Temüjin.
Ixchel se había vuelto a colocar su máscara pues era así como la conocían y podría invocar los favores de los mongoles.
Itzamma se mantenía sumergido en sus pensamientos; un par de días atrás le había contado a Iván sobre la promesa que le hizo a Dai pues el joven príncipe se encontraba en un estado depresivo al creerse abandonado por su tío y ahora no dejaba de hablar de él.
—Es un hermoso día, ¿no te parece? —dijo Ixchel mirando al cielo. Itzamma cabalgaba al lado del carruaje conducido por su abuela. —¿Sabes? Cuando era joven, fui entregada a un viajero de tierras lejanas como muestra de aprecio. Fui una flor que ha sido arrancada para adornar alguna habitación. —El pasado de la vieja alquimista no era secreto para su familia; conocían su infortunio al ser entregada como un simple objeto y como su amo se había convertido en su maestro.
—Sijtli, no sé a qué tiene que ver la historia de tu juventud —Ixchel miró el cielo, sonrió bajo la máscara; estaba a punto de contestar pero fue interrumpida por Itzamma quien había distinguido a un grupo de jinetes en el horizonte que se acercaban.
—Debe ser el clan de los Merkit —dijo la alquimista sin ocultar su alegría. —Adelántate, necesitamos identificarnos o de lo contrario podrían atacarnos por error —agregó entregándole un trozo de tela perfectamente doblado, era una bandera con el símbolo alquímico que Ixchel había tomado como estandarte.
Itzamma cabalgó a todo galope al encuentro de los jinetes mongoles, con la bandera de su abuela ondeando altiva.
El grupo identifico rápidamente a Itzamma, muchos de ellos eran jóvenes con los que llegó a jugar siendo niños; después de algunos abrazos y palabras fraternales, los mongoles llevaron a los alquimistas y a Iván a su tribu.
El Kan de Merkit era un hombre joven de la edad de Itzamma que había tomado el puesto de su padre unos meses atrás.
—¡Itzamma! —dijo el Kan dándole un abrazo fraterno al joven alquimista —, me alegra tanto verte de nuevo, hermano.
—A mi también Kabul.
—¿Qué los trae por aquí? —preguntó el Kan a Ixchel quien le dijo que estaban viajando a los territorios de Temüjin donde se reunirían con Cintéotl; por supuesto, el clan Merkit les ofreció su completa hospitalidad.
Iván contemplaba el interior de la tienda con curiosidad; los mongoles se habían tomado muchas molestias para acondicionar el lugar para evitar que la luz del sol lo lastimara. Ixchel se encontraba con él, la alquimista milenaria se mantenía sumergida en un libro de aspecto antiguo.
Itzamma se encontraba en la tienda de Kabul, junto a los otros jóvenes que habían sido sus amigos en su niñez; ahora en vez de juegos infantiles, el grupo se dedicaba a beber.
—Hahaha, así que nuestro pequeño Itzamma ha conseguido ya una mujer —dijo un chico de aspecto fornido y una cicatriz que le cerraba el ojo derecho.
—¿Mujer?, pero si Itzamma venía con su abuelo y un joven –que aunque hermoso –, no deja de ser hombre —comentó otro.
—Eso no importa, después de todo Itzamma es hijo de dos varones y un mensajero de los dioses. Las leyes naturales y del hombre no aplican para él —habló Kabul.
—No digan pendejadas. Iván es sólo mi amigo—gruñó el joven alquimista ocultando su tristeza.
—En ese caso, ¿Por qué no aprovechas tu estancia para elegir una esposa? —le sugirió Kabul, los otros mongoles asintieron con la cabeza. —Cualquier mujer mataría por estar con un mensajero de los dioses.
Itzamma sonrió a la fuerza; la idea de casarse con alguien que no fuera Iván le parecía la cosa más aberrante en el mundo, algo que no pensaba hacer jamás.
La conversión volvió a cambiar, esta vez, los mongoles hablaron de las diferentes batallas en las que habían participado y las conquistas que obtuvieron; Itzamma escuchabas aquellos relatos con una sonrisa, olvidándose por un momento de sus problemas amorosos.
—Kabul, hemos regresado —Itzamma sintió que la sangre se le helaba y una gran furia se apoderaba de él; ahí, en la entrada de la tienda se encontraba un hombre joven de piel de cobre, usaba ropas de colores vivos.
—Tú…
Continuará…
