Capítulo 13
Bella se dirigía hacia el ascensor por el pasillo del hospital con paso vivo cuando Edward apareció, como surgido de la nada. Se paró en seco. El corazón le dio un vuelco y su mirada chocó con la suya, produciendo una descarga eléctrica que le despertó el deseo inmediatamente. Le escocían las manos por querer tocarlo. Quería verlo sonreír, sentir su cuerpo junto al suyo.
Él se acercó, recorriendo con la mirada cada una de las facciones de su cara antes de mirarla a los ojos de nuevo.
-Hola, cariño.
Ella se derritió allí mismo.
-Hola, señor médico.
-¿Va todo bien? -preguntó él, echando un vistazo a la zona de obstetricia.
-Sí, solo era una revisión -Edward pareció aliviado. Bella continuó-: Te fuiste la otra noche sin despedirte -dijo con voz suave.
Era como hablarle a un extraño íntimo, pensó, sintiéndose como si estuviera pisando huevos.
-No creía que quisieras hablar conmigo.
-Yo siempre quiero hablar contigo, Edward -dijo ella, lamentando la distancia que se había creado entre ellos.
-Sí, supongo que simplemente no nos ponemos mucho de acuerdo últimamente.
Él alzó la mano para acariciarle la cara y luego la dejó caer. Bella sintió la pérdida de su caricia en el alma.
-¿Todavía estás enfadada conmigo por decirlo? -tanteó Edward.
Bella negó con la cabeza, sonriendo levemente.
-No podía mentirles. O negarte a ti el derecho a decirlo, si querías.
¿Era esperanza lo que detectaba en su voz?
-Claro que sí -dijo con fervor-, aunque me doy cuenta de que no fue justo acorralarte como lo hice.
-No pasa nada. Todos piensan que soy una tonta del bote por no casarme contigo.
-Esto es entre tú y yo, Bells, no les concierne a ellos. Se trata de nuestras vidas y de nuestra hija -al ver que sus ojos se humedecían, gruñó-. Dios, ojalá pudieras... -se interrumpió al ver que dos mujeres, luciendo dos hermosos vientres redondeados, pasaban por su lado. Él las siguió brevemente con la mirada hasta que se metieron en el ascensor-. Me muero de impaciencia por verte así.
Bella descubrió que cada vez le costaba menos creerle; parecía tan sincero... pero el escepticismo le brotó de los labios antes de que pudiera contenerlo.
-Sí, ya.
Él volvió a mirarla.
-No empieces a dudar de mí, Bells -dijo Edward suavemente, acercándose aún más, hasta no dejarle otra opción que apartarse o quedar pegada a él. Tal y como esperaba, Bella se mantuvo firme. A él le pareció maravilloso estar tan cerca de ella de nuevo, sentir su calor, oler su aroma-. No después de todo este tiempo.
-¿Cómo no voy a hacerlo, Edward? Que des un giro de ciento ochenta grados después de quince años oyéndote las mismas palabras con la misma intransigencia resulta difícil de creer.
-Es a mí a quien deberías creer -contestó él con agresividad-, y creer en lo que te diga.
El aliento de Bella se atascó en la garganta cuando él se arrimó aún más, pero antes de poder alegar algo en su contra de nuevo, Edward la estrechó contra él y la besó. Le dio un beso exigente, duro, sin temor a quien pudiera verlos. La reacción de ella fue instantánea y tan poderosa, palpitante y ardiente como la de él. Edward la apretó contra él y sus manos le recorrieron la espalda con ansia, introduciéndose por debajo de la ropa. Siguió besándola hasta sentir que ella se rendía, cuando Bella no pudo pensar en otra cosa que en los dos desnudos, haciendo el amor.
Al oír el pitido del ascensor, él se apartó y la empujó dentro con una expresión severa. A ella se le trabaron ligeramente las piernas, pero cuando recuperó el equilibrio, se giró y lo miró a los ojos.
-Nunca dudes de mí.
-Edward... -las puertas se cerraron y lo perdió de vista.
Edward se quedó mirando las puertas durante unos instantes y luego se dio la vuelta y se alejó.
Bella lo echaba tremendamente de menos. Y estar en su casa, limpiando y cocinando para él, no le servía de mucha ayuda. Aun así, por muy duro que le resultara tocar sus cosas u oler su colonia, necesitaba estar cerca de él, aunque eso implicara recoger sus cosas. Al menos era cada vez más ordenado, pensó, y luego se preguntó si lo haría a propósito pensando en su embarazo. Nunca le había comentado que dejara el trabajo por los problemas que tenían, y en cuanto a ella, se decía a sí misma que lo hacía porque necesitaba el dinero extra y a esas alturas trabajaba casi como una autónoma, pero no era cierto. Como tampoco lo era el que Edward quisiera casarse con ella para que su hija no fuera ilegítima.
Rememoraba su último encuentro una y otra vez. Su mirada y su beso le habían demostrado que, más allá del sexo y de la amistad, se agazapaba un remolino de emociones y dudas.
Ella lo intentaba, intentaba confiar en él. No quería pasar por todo aquello sola. Después de limpiar el polvo, mientras colocaba bien los cojines del sillón, pensando en Edward, Bella encontró un libro: Cómo ser un gran padre. El corazón le dio un vuelco y tuvo que sentarse en el sofá. Las esquinas de algunas páginas estaban dobladas y había anotaciones y comentarios en los márgenes. La mayoría hablaban de ella, salpicados de vez en cuando por algún adjetivo no muy halagador.
Dejó el libro bajo el cojín cerca del brazo del sofá donde lo había encontrado y trató de apartarlo de su mente, pero cuando entró en la habitación de Edward, volvieron los recuerdos. Tocó el poste de la cama y se quedó un momento abrazada a él hasta que, al sentir que estaba al borde de las lágrimas, se espabiló y siguió limpiando.
Cuando sacó la aspiradora del armario del pasillo, descubrió una caja de cartón en la parte de atrás. «Por eso casi se me cae encima la aspiradora», pensó. Encendió la luz para poder leer las letras impresas en la caja. Era una silla para dar de comer a los niños. Esbozó una sonrisa. ¿Qué pretendía Edward? Estaba claro que no debía haber encontrado el libro, ¿pero aquello? Bueno, pensó, estaba escondido entre los abrigos de invierno. Llevó la aspiradora a su habitación y casi aspiró otro libro que había bajo la cama. Un libro de medicina sobre el embarazo. Meneó la cabeza, lo puso sobre la mesilla y acabó de limpiar apresuradamente. Quería estar fuera de allí antes de que él volviera del trabajo. Tenía un par de horas de descanso por delante, aunque esa noche no iba a estar de humor para aconsejar a los afligidos. No cuando había perdido al amor de su vida.
Dos días más tarde, Bella se encontraba en el jardín trasero de la casa de Edward, contemplando incrédula las dos cajas enormes de cartón que había allí. Una contenía un columpio de madera desmontable, un tobogán y una caja de arena para jugar. Sonrió perversamente. A Edward le iba a costar montar todo aquello. Podía coser una herida como si fuera lo más fácil del mundo, pero el bricolaje no era lo suyo. Se lo imaginó colocando las piezas en el suelo como hacía con el instrumental quirúrgico. De repente cayó en la cuenta. ¿Qué estaba tramando Edward? Si estaba tratando de convencerla de que quería a la niña y estaba preparado para ser padre, lo estaba consiguiendo, pero no de que estuviera preparado para el matrimonio.
Se metió en la casa y se dirigió hacia el salón. Al entrar se quedó petrificada. También estaba lleno de cajas, pero el contenido estaba fuera: una cuna muy coqueta de madera, de un tono claro, una cómoda, una mesa para cambiar al bebé y un parque con sombrilla y todo. Incluso una sillita para el coche, pensó divertida, porque no cabría en su Volvo.
No sabía si sentirse complacida o enfadada. Bueno, pensó, al menos era de su gusto. ¿Pensaba engatusarla, o demostrarle que él podía permitirse aquello y ella no? No, eso no era propio de Edward. No era del tipo machista autosuficiente.
Se fue a la cocina a preparar la cena y después a la habitación de invitados, que no había podido limpiar el día anterior. Estaba cerrada con llave. Frunció el ceño y buscó la llave correspondiente entre el juego que tenía. Él nunca la había cerrado antes. ¿Qué estaba escondiendo?
Probó con una llave y giró repetidamente la manilla.
-¿Necesitas ayuda? -Edward sonrió al ver la expresión de sorpresa y de culpa que había en su cara.
-¿Por qué está cerrada con llave?
Él se encogió de hombros, sacó su juego de llaves y abrió la puerta de par en par. Bella se quedó mirando como una idiota la habitación a medio pintar.
Una línea blanca atravesaba la pared por el medio, y desde la línea hasta el techo se veían prados y nubes blancas pintadas sobre la pared; desde la línea hasta el suelo, se extendía papel pintado con un motivo de vallas de madera. A María se le hizo un nudo en la garganta al verlo.
-¿Tú has hecho esto?
-Necesitaba tener algo que hacer durante las dos últimas semanas -respondió él. Quería decir que la había echado de menos, pero se contuvo.
Ella se aproximó a la pared, y observó las ovejitas comiendo flores, los patos en el estanque y una granja que se veía a lo lejos.
-Esto es increíble.
-Todavía no he pintado todas las nubes -dijo Edward, cruzando la habitación hasta el bote de pintura; lo abrió, lo agitó un poco antes de meter la esponjilla y luego estiró el brazo para añadir algo de blanco al azul del cielo.
-Sabía que dibujabas bien, pero no que tuvieras tanto talento.
-Yo tampoco. ¿Quién lo habría imaginado, eh? Aprendí a hacerlo en uno de esos programas de bricolaje de la tele -presionó la esponjita con cuidado un par de veces, y luego se apartó para comprobar el resultado.
-¿Tú crees que la niña notará si las nubes están perfectas o no?
-No, pero yo sí.
-¿Por qué estás haciendo todo esto ahora, Edward? Todavía es algo pronto. Podría pasar algo.
-No voy a permitir que le pase nada a nuestra hija -la miró por encima del hombro, con fiereza.
-¿Crees que esto va a convencerme de que quieres ser padre?
-Es que voy a ser padre, Bells. ¿Todavía tengo que convencerte? -preguntó, conteniendo el aliento, con el brazo estirado.
-No, desde luego que no. Ya no.
Sonriendo, Edward se dio la vuelta, dejó la esponjilla en el suelo y se limpió las manos con un trapo.
-Bueno, al fin.
Ella dio un paso atrás. La sonrisa de Edward se evaporó.
-Sé que quieres a la niña. Nunca has tenido otra familia que la mía -dijo Bella. Edward se quedó helado, expectante-. Y ahora llevo en el vientre a tu única familia de verdad.
-La nuestra -gruñó él.
-¿Y cómo se supone que debo interpretar eso? Una parte de mí repite constantemente, di que sí. El hombre al que has querido siempre, quiere casarse contigo. Vas a tener a su hija y mira cómo demuestra que quiere a esta niña en su vida -señaló las paredes con un gesto-. Pero ahora el problema es el bebé.
-No. Estás haciendo que ese sea el problema.
Ella meneó la cabeza.
-Tengo lo único de lo que has carecido en la vida. Familia.
-Maldita sea, Bella, tú has sido mi familia. Ahora solo está creciendo.
El corazón de Bella se encogió, destrozado. Nunca decía que la quería. Nunca hablaba de ellos.
-Quiero casarme contigo -dijo él-. Quiero que nuestra hija tenga mejor comienzo en la vida que el que tuve yo. Y quiero que ese comienzo parta de ti y de mí, juntos. ¿Qué más puedo hacer?
Cuando ella no respondió y se limitó a mirarlo, Edward se sintió triste, confuso e impotente.
-¿Hacer? -suspiró Bella.
Estaba haciendo todo lo que se suponía que debía hacer, pero no lo que debía decir. Para formar una familia hacía falta amor, no solo un bebé, dinero y un certificado de matrimonio. No iba a forzarlo a comprometerse con ella si él mismo no sabía reconocer lo que sentía. Y no podía seguir siendo la única capaz de gritar «te amo» a voz en grito. Edward todavía vivía su vida con miedo, como si pudiera querer una salida para escapar en un momento dado. Puede que ella tuviera su corazón, pero aún no estaba preparado para dejar que ella lo protegiera, cuidara de él.
Bella se dio la vuelta y salió de la habitación. Él no la llamó, no la siguió y sintió que su corazón se desintegraba mientras corría hacia el coche. Apenas se fijó en el gran monovolumen que había aparcado en el camino de la entrada en lugar del Volvo.
Días más tarde, Bella se sentaba en el estudio, con los pies en alto y la cabeza agachada. Estaba exhausta, aunque había dormido durante toda la tarde y no había ido a trabajar a casa de Edward desde su último encuentro. Se preguntó si le habría comprado algún otro juguete o mueble al bebé y luego cayó en la cuenta de que ella tenía que empezar a hacer lo mismo. Bella emitió un gemido de desesperación. Vidas separadas en casas separadas. Era como divorciarse antes de casarse. Se le encogió el corazón y se maldijo por ser tan cabezota. «¿Qué es lo que quieres, por amor de Dios?», se preguntó. «Todo». Quería a aquel gran hombre con una gran carrera, el jardín lleno de niños, una casa con una valla blanca y, maldita sea, más que nada quería que Edward la quisiera. A ella. No por el bebé, no porque quisiera que ella lo oyera, sino porque él necesitara decirlo, sin temor a comprometerse con ella para siempre al pronunciarlas. Porque cuando él las dijera, sabía que serían sinceras y para siempre. Nunca las había dicho, y ella dudaba de que fuera a hacerlo.
El técnico dio unos golpecitos en el cristal y Bella se sobresaltó, cayendo en la cuenta de que la luz roja de las llamadas parpadeaba. Genial, pensó, apretando el botón.
-Hola, soy MAFE, estás en el aire.
La persona que había llamado se aclaró la garganta antes de saludarla.
-Hola.
Bella se frotó las manos, animando con su silencio a que el otro continuara.
-¿En qué puedo ayudarlo? -preguntó finalmente.
-Bueno, se trata de una mujer.
-¿Y? ¿Te está haciendo desgraciado o extremadamente feliz?
El hombre se rió.
-Las dos cosas a la vez, de hecho.
-¿La quieres?
-Oh, sí. La he querido durante mucho tiempo. Quiero casarme con ella.
-¿Ella te quiere?
-Sí, no me cabe ninguna duda.
Bella frunció el ceño, inclinándose sobre la mesa.
-Entonces, ¿cuál es el problema?
-Ella no cree que quiera casarme con ella por las razones adecuadas.
-¿Y son?
-Sin entrar en detalles, pues... nos conocemos desde hace años. Hemos sido amigos y recientemente lo hemos llevado un poco más lejos.
Bella tragó saliva, con el corazón latiéndole el doble de fuerte.
-Continúa.
-Siempre he querido esto, pero nunca me atrevía porque ella es lo mejor que me ha pasado, y no quería arruinarlo.
-Y con ese ir un poco más lejos... piensas que lo has arruinado.
-No, nos ha hecho más fuertes.
-¿Por qué no querría ella llevarlo más lejos?
-Siempre he tenido un problema con lo del compromiso y ella lo sabe. Siempre lo ha sabido. En parte, es lo que ha hecho que fuéramos amigos y solo amigos durante tanto tiempo.
A Bella la recorrió un escalofrío y bajó los pies de la mesa.
-¿Es verdad eso?
-Sí, pero ahora...
Se produjo el silencio durante un momento. A ella le sudaban las palmas.
-Háblame de ello. Para eso estoy aquí.
-He salido con muchas mujeres que me gustaban, pero a las que no quería, mujeres que en el fondo sabía que no eran lo que yo buscaba en una mujer. Eran lo opuesto a ella.
-¿Por qué hiciste eso?
-Porque me estaba protegiendo.
Se oyeron unos golpecitos en el cristal del estudio, y Bella levantó la vista cuando Edward se situaba frente al cristal, con el móvil junto al oído. Inspiró profundamente, desvió la vista durante unos momentos y luego lo miró de nuevo.
-¿De qué? -consiguió decir Bella.
Edward abrió la puerta y entró en la cabina.
-De comprometerme con otra que no fuera ella.
El corazón de Bella saltó de gozo en su pecho.
-¿Por qué? -Bella se levantó lentamente mientras él rodeaba la mesa, quedándose a pocos centímetros de ella.
-Porque es la única persona que me ha sido fiel, que me ha querido por el hombre que soy y no por lo que tengo, o por quién seré. Es la única con la que puedo comprometerme, porque he sido suyo desde el día en que me pidió que la acompañara a casa desde la escuela.
Los ojos de Bella ardían.
-Desde mi punto de vista, creo que ha sido una idiota.
-Ah, pero tenía una buena razón para dudar de mí.
Edward cortó la comunicación. Ella se quitó los auriculares. El técnico, sonriente, conectó el sonido de la cabina y retransmitió sus palabras en dos estados. Ninguno de los dos se enteró.
-¿Cuál? -preguntó Bella conmovida.
-Porque olvidé que tú eras primero una mujer y después mi amiga; olvidé decirte que cuando te veo, todo mi cuerpo cobra vida, que mirarte a los ojos equivale a perder el aliento y que saber que me quieres es como volver a casa. No te dije que no solamente te deseo. El deseo es caprichoso. Necesito que estés... entera -Edward tragó saliva-. Te necesito porque me falta una mitad cuando no estás cerca y cuando estamos separados... ah, Dios -dijo, mirándola profundamente a los ojos-, me siento morir -se inclinó y le rozó la boca con los labios, oyendo el pequeño gemido que emitió ella-. Lo ves, me olvidé -susurró-. Olvidé que solo porque te conozco desde hace tanto tiempo, aunque haya compartido todo contigo, no he compartido realmente lo que ocultaba en mi corazón.
-¿Qué estás diciendo, Edward?
-Te amo.
Los ojos de Bella se humedecieron, su corazón cantaba de alegría. Él le rodeó la cara con las manos.
-Te amo, Bells. No puedo amar a nadie más, nunca pude... porque te he amado durante quince años, y simplemente no hay sitio para ninguna otra mujer. Nunca lo ha habido.
-Edward.
Los ojos de Edward, ardientes, clavados en los suyos, le transmitían las emociones que corroboraban sus palabras.
-Te amo, cariño. Quiero ser tu marido, tu amante, la única persona a la que acudas cuando tengas problemas, la única que guarde tus secretos y comparta tus sueños -le rozó los labios con la boca una vez-. No sé cómo demostrar que te amo y que quiero casarme contigo, y no solo por el b...
Bella le puso dos dedos sobre los labios.
-Acabas de hacerlo.
Edward esbozó una sonrisa lenta y sexy antes de besarle los dedos y cerrar los ojos.
-Entonces di que te casarás conmigo -la miró a los ojos, a aquella mujer a la que quería y necesitaba más que al aire que respiraba, y sacó un hermoso anillo con un solo diamante. Tomó su mano, y lo colocó en la punta de su dedo-. Esto es solo el principio, Bells, di que sí.
Bella miró el anillo con el corazón en la garganta.
-Sí -susurró, y luego lo miró a los ojos-. Oh, sí.
Sonriendo, él deslizó el anillo hasta la base del dedo. Las manos de Bella le rodearon el cuello, llorando. Edward presionó su frente contra la suya.
-Te amo, señor médico -dijo ella suavemente.
-Te amo, Bells -dijo, él lleno de alegría.
Entonces, de repente, la estrechó en sus brazos e inclinó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un grito victorioso mientras la levantaba del suelo y la hacía girar. Ella se echó a reír entre sollozos, abrazada a él, sin querer separarse de su abrazo. Edward la besó entonces, estrechándola fuerte, sintiendo cómo ella llenaba los espacios vacíos de su cuerpo igual que llenaba los de su alma. Los dedos de Bella se deslizaron por su pelo y él gimió por el simple placer de su caricia, disfrutando por anticipado de los sesenta o setenta años que le esperaban junto a ella.
Una voz cautelosa se coló en la cabina insonorizada.
-Ah, Bella, señorita Swan. Ayuda. Las líneas telefónicas están saturadas.
Ignorando la voz, Edward le apartó el cabello de la cara y absorbió su belleza y el amor que ella irradiaba. Se sintió completo, al fin estaba en casa.
-¿Señorita Swan?
-Que te dejen el mensaje -contestó Bella, segura al fin de que aquel chico solitario y peligroso al que conoció hace años había desaparecido, y en su lugar había un hombre dispuesto a mirar hacia el futuro sin temor, a compartir un amor que ambos sabían que duraría toda su vida y más allá.
Diez años después
-¡Corre, Edward, corre! -vociferó Bella cuando su marido llegó a la tercera base y se dirigió hacia el home plate.
-Cáspita, mamá, ¿no podrías gritar más fuerte?
Bella miró a su hija, Reneesme, sonriente.
-Sí -vio que Edward se lanzaba al suelo en los últimos metros y tocaba la base. Gritó de alegría y bailó el baile de la victoria en honor del hombre al que amaba, confiando en no romperse algún hueso en el intento.
Su hija puso los ojos en blanco y se hundió en el asiento. Bella se echó a reír y se inclinó para besarla en el pelo.
-Espero que todas tus amigas estén mirando.
Reneesme gruñó y miró a su abuelo.
-¿Siempre ha sido así?
Charlie sonrió y sentó a su nieta en el regazo.
-Sí, hija, lo lamento -contestó Charlie. Reneesme contuvo una sonrisa-. ¿Sabes?, tu mamá juega al béisbol mejor que tu papá.
-Bromeas.
Bella miró a su hija.
-¿Quién crees que le enseñó? -dijo, guiñando un ojo.
Reneesme la miró escépticamente y luego se rindió. Su mamá no era exactamente normal. No había muchas cosas que no pudiera o intentara hacer. Tenía la mejor mamá del mundo.
-¿Cómo es que nunca me lo has dicho?
-Una mujer debe tener algunos secretos.
-Vayamos a felicitar a tu padre -dijo Bella, abriéndose paso entre la gente. Ella voló por las escaleras y aterrizó en sus brazos.
Él gruñó por el impacto.
-¿Te duele? -le dijo Bella al oído, besándolo brevemente.
-Un poco -le pasó un brazo por la cintura y caminó con ella hacia las gradas-. Dios bendito, ya estoy demasiado viejo para esto.
-Sé de algo para lo que nunca estarás demasiado viejo -replicó ella, con una mirada traviesa.
-¿Ah, sí?
-Sí, estás increíblemente sexy con ese uniforme.
Edward sonrió y luego le dio un beso lento y profundo. Ella se apartó, sin aliento, y miró hacia las gradas.
-Más vale que te contengas. Tu hija cree que eres un dios y que yo soy poco más que una hembra sin sentido alguno.
Edward frunció el ceño y miró a su hija, que se dirigía hacia ellos.
-Supongo que ella y yo tenemos que hablar.
-Qué va, se le pasará. Es cosa de niños. Es mitad niña, mitad adolescente y ya quiere ser una mujer.
-Vaya, me alegro de que seas psicóloga.
-Tengo mis momentos.
-Más que eso, cariño -dijo Edward, deslizando discretamente la mano por su cadera.
Ella le dio un codazo.
-Guarda eso para después de la ducha caliente y el medio kilo de comida por la que estarás suplicando de aquí a poco.
-Yo no suplico.
-¿Te apuestas algo? -lo desafió Bella, arqueando las cejas significativamente.
Él recordó la última vez que consiguieron estar solos y, a pesar del cansancio, sintió que se tensaba.
-Esta vez vas a suplicar.
-Bla, bla, bla.
Reneesme llego corriendo.
-No estuvo mal, papá -dijo Reneesme, apropiándose de la gorra y el guante de su padre-. Fue un buen golpe.
-Gracias, hija -Edward abrazo a su hija-. Tu partido es el miércoles, ¿verdad?
Reneesme asintió.
-Entonces este fin de semana tendremos que practicar tu bamboleo, ¿qué te parece?
-¡Genial! –la niña sonrió, imaginando que el día del partido sacaba la pelota fuera del campo.
Edward le panto un beso sudoroso en la mejilla. Se echó a reír cuando Reneesme se limpio la cara con una mueca. Trató de parecer ofendido, sin mucho éxito. La puso de nuevo en el suelo y dejó que fuera a reunirse con sus primos. Cuando miró a las gradas, se dio cuenta de que su familia ocupaba una buena parte.
Solo su familia.
-¿Qué te divierte tanto? -preguntó Bella al ver su extraña sonrisa.
-Nada -replicó, saludando al clan con la mano.
Pero se preguntó cuándo dejaría de sentirse maravillado cada vez que caía en la cuenta de que no estaba solo y nunca volvería a estarlo. Como cuando miraba a su esposa, de la misma manera en que la miraba clandestinamente a la salida del instituto, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, y el flequillo cayéndole sobre los ojos.
Ella fue suya desde el momento en que él quiso que lo fuera. Y desde entonces, él se había permitido tener esperanza y saber lo que era amar y ser correspondido. Mientras besaba a su mujer delante de todos, entendió una vez más la suerte que tuvo el día en que ella dijo sí ante dos millones de oyentes de dos estados. El día en que cerró la puerta del pasado y abrió la del futuro excitante y maravilloso que le aguardaba. Con ella. Con su hija…y con los que llegarian. Y las tías, tíos, primos y abuelos...
FIN!
Muchisimas gracias a todos los que leyeron mi historia! De verdad, espero que les haya gustado...tengan en cuenta que es la primera que escribo, asi que no me den tan duro =D
De paso pues les aviso que ya esta el primer capitulo de mi nueva historia...SEDÚCEME! Solo por si les interesa leerlaa :)
De nuevo, muchas gracias por leerleme y por todos los comentarios que me han dejado...espero que lo sigan haciendoo haha!
