TRECE.
Apenas se habían marchado todos los invitados, la joven morena divisó en el balcón la silueta de su prometido.
— ¿Desde cuándo fumas?
—Me relaja.
Ella apretó sus labios entre sus dientes. No era tonta y se daba cuenta a que se debía la actitud fría del castaño.
— ¿Qué hacías aquí?
— ¿Ya se fueron todos?—dijo aun dándole la espalda.
—Si. Solo tus padres y los míos quedaron, nos esperan para despedirse.
—Anny...—dijo con voz pausada—Tenemos que hablar.
—Archie… ahora no. Estoy cansada.
—Pero es necesario…
—Por favor. —suplicó y se dio la vuelta—Nos esperan. Vamos. — dijo.
Resignado, apagó el cigarrillo.
Suspiró hondo y se dirigió hacia los demás.
—La fiesta estuvo maravillosa, ¿no lo crees Sarah? — comentó la dama muy orgullosa por espléndida velada. Todos la habían elogiado.
—Si. —respondió ella amablemente.
—Es una lástima que no hayan podido estar tu hijo Stear y su encantadora esposa. — dijo con una fingida sonrisa.
—En unas semanas los tendremos nuevamente con nosotros.
—Creo que es hora de irnos. —dijo el joven castaño en cuanto se reunió con ellos.
—Archibald, querido. Ahora que ya ha pasado el cumpleaños de mi querida Anny podríamos empezar a fijar la fecha para la boda. Ya han tardado demasiado y creo que es hora de...
—Mamá. —Interrumpió Anny al ver tensar la mandíbula del joven. —Están cansados. Ha sido una larga noche.
—También lo creo Margaret. —dijo Sarah al darse cuenta al igual que la morena, en el estado de su hijo.
—Bueno. Lo dejaremos para luego.
Anny mostrando su mejor sonrisa se despidió de su prometido el cual lo hizo de manera contraria, un frío y casto beso en el dorso de la mano enguantada. Acto que no pasó desapercibido ante los ojos de la señora Britter.
...
Apenas se fueron Anny subió a su habitación, minutos más tarde lo hizo su madre.
—Adelante. —dijo respondiendo a los golpes de la puerta. — ¿Qué es eso tan importante para que no puedas esperar hasta la mañana, mamá?—dijo mientras cepillaba su cabello frente al espejo.
—Voltéate y escúchame. —le ordenó severamente.
— ¿Qué sucede?—cuestionó.
— ¿Qué sucede? ¿Qué sucede contigo, Anny? ¿No te das cuenta lo que estás haciendo?—cuestionó exasperada.
—No entiendo. ¿De qué me estás hablando?—se puso de pie y caminó hacia su cama.
—De tu prometido. — la mujer caminaba de un lado a otro— Te has pasado la noche empecinada en fastidiar al diablillo de los Andrew en vez de poner más atención en Archibald.
—No es cierto. — se defendió.
—Claro que lo es. Lo he visto toda la noche no despegar uno ojo de esa chiquilla. Si no te habrías empecinado en fastidiarla y en alardear de tus joyas y vestidos con tus amistades, te habrías dado cuenta. Tendrías que haber estado en todo momento con tu prometido. — la regañó— Eres una tonta.
—Mamá…—chilló.
—Mira Anny, te lo voy a decir una vez. Si no puedes entrar por los ojos a ese hombre tendrás que meterte en su cama.
— ¡Mamá!—exclamó horrorizada.
— Sabes que lo digo en serio. — dijo con voz firme. — Tu padre no va bien con sus negocios. Y no podemos darnos el gusto en perder semejante oportunidad.
— ¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? Lo que me estás pidiendo es algo escandaloso, además qué pensará él si hiciera algo así. Sería mi ruina.
—Nadie tiene porque enterarse. Para entonces ya estarás casada con él.
—S-si. Puedes que tengas razón.
—Por supuesto que la tengo. Aunque me hubiera gustado emparentar más con la realeza. Solo que para eso tendríamos que sacar a esa chiquilla del medio.
— El duque está encaprichado con ella.
—No importa. Ahora lo importante es que tú pongas en marcha nuestro plan.
—Pero Archie me dijo que tenía que hablar conmigo mañana.
—No lo dejes. — impuso —Ya inventaremos una excusa para que no puedas verlo. Por lo menos hasta tener todo en marcha para atraparlo.
— ¿Pero si él quiere deshacer nuestro compromiso?—dijo afligida.
—No lo permitiremos. Se casará contigo a como dé lugar.—sentenció.—Mañana mismo partiremos a la ciudad, debemos evitar que él hable contigo… por ahora.
—Pero no puedo irme.—llorisqueó—le dejaría el camino libre a esa salvaje.
—Eso no importa, mientras él siga comprometido contigo no podrá hacer nada.
.
Era un poco más de las ocho cuando su amigo se presentó en su casa.
Se encontraban en el despacho. No tenía buen humor ya que no había podido conciliar el sueño luego de aquel apasionado enfrentamiento con la joven White.
Tomó un trago de café negro y continuó la charla mientras se paseaba de un lado a otro.
—Creía que el interés de Cronwell por Candice iba a ser algo pasajero, que era sólo porque había quedado deslumbrado por su belleza. Pero ya no. — dijo y reanudó su inquieto paseo por la sala—. He visto la avidez en sus ojos cuando la mira, y créeme, no tiene nada que ver con eso. Y eso me pone de malhumor.
Frank se aclaró la garganta.
— ¿Cuándo quieres que les diga a Thompson que nos reuniremos otro día?
— ¡Maldición!—se había olvidado de aquella reunión— Simplemente dile que nos encontraremos mañana a primera hora.
—Hecho. —Frank observó el desaliñado aspecto del castaño — ¿Quieres que hablemos de eso? —preguntó finalmente.
— ¿A qué te refieres?
—A lo que te está destrozando. —dijo y no pudo evitar reírse—. Es un pequeño torbellino tu Candice.
—Es deslumbrante, toda llena de vida, excepcional y hermosa. Y frágil.
— Estás enamorado.
—Lo estoy. Dios la asista pero lo estoy. Solo espero poder hacerla feliz. Tú sabes, nunca fui bueno en esto.
—Tal vez tu capacidad para amar es mayor de lo que crees.
—Tal vez—dijo Terry con un encogimiento de hombros.
—Comprendo. ¿Cuándo tienes pensado hablar con su padre?
—Si fuera por mi lo hubiera hecho anoche.— rió— Mañana mismo iré a pedirle a Andrew la mano de su hija. Y después pienso procurar de todas las maneras que ella jamás se arrepienta de haberse casado conmigo.
—¿Ella sabe que volverás a Londres?
— Mi vida está allá así que supongo que sí.
—Pero Terry...
—Bueno basta de hablar de mi. Hablemos de ti. —Terry se sirvió otra taza de café—. ¿Cómo es eso que me contaste en tus cartas?
—Tal como lo leíste. Alguien le ha hecho daño, ha destrozado su alma de una manera tan terrible que ella tiene miedo de confiar en nadie, sobre todo en los hombres.
—Entiendo. ¿Pero no crees que vas a complicarte con algo así? — cuestionó.
—Si. Pero me gusta. Siempre lo ha hecho. Solo que al saberla comprometida no quise entrometerme.
—Si estás decido, bien por tí.—dijo con sinceridad.
— ¿Y Candice? ¿Vas a verla hoy?
— Prometí acompañarla al hogar de la colina, en la tarde. Y si mi madre regresa a tiempo, esta misma noche hablaré con Albert. En una semana estaremos casados.
—¿Una semana? ¿Por qué? — cuestionó sorprendido ante tanto apuro.
—¿Por qué no? — dijo divertido.
—Supongo que te das cuenta de que una mujer como Candice sueña con una boda en la iglesia, un vestido elegante, muchos invitados; y no digamos lo que su padre deseará para ella. Recuerda que es su única hija.
—No puedo.— confirmó.
El fervor de la respuesta de Terry sobresaltó al joven.
—No te puedes imaginar lo que ocurre entre Candice y yo cuando estamos juntos —explicó el duque—. Créeme, Frank, la abstinencia no es una opción; para ninguno de los dos. Cuanto más pronto le ponga un anillo en el dedo mejor. No, la boda tiene que realizarse inmediatamente.
—Estás peor de lo que pensaba —dijo su amigo soltando un silbido.
—También estoy agotado. —Se pasó la mano por el asomo de barba que le oscurecía la cara—. De modo que, si hemos terminado, me gustaría descansar un poco.
Frank se incorporó.
—Tambien lo haré. — dijo.
Ambos salieron del despacho.
—Disculpe Señor Terrence— lo interceptó el mayordomo antes de que llegara a las escaleras. Por su parte Frank continúo su camino.
— ¿Qué ocurre Philip?—cuestionó.
—Hay alguien que desea verlo, señor. Le dije que se encontraba ocupado pero insiste.
— ¿Quién es?—miró fijamente al hombre.
—El señ...
—Terrence. —dijo el recién llegado abriendo la puerta bruscamente—Tenemos que hablar.
Terrence miró a Archibald con hostilidad no disimulada.
— ¿Sí? ¿Sobre qué?
Terry contempló el desarreglado aspecto del hombre sin ocultar su disgusto.
—Sobre Candice.
—¿Candice? —Terrence apretó las mandíbulas—. En ese caso no tenemos nada que hablar.
—Te equivocas. —dijo severo —Podemos tener esta desagradable
conversación en privado o a la vista de tus empleados. Tú decides.
Se produjo un momento de cargado silencio. Terrence le hizo señas al mayordomo para que se retira.
—Puedes retirarte Philip.
—Con su permiso, señor.
Indicó al castaño a seguirlo hasta su despacho.
—Bien.—exhaló el duque. Tomó asiento. Apoyó su espalda contra el alto respaldo de la silla, y jugando con una pluma, miró espectante al hombre.
Éste cerró la puerta y habló:
—Tu comportamiento de anoche fue impresentable.
— ¿Mi comportamiento? No fui yo quien provocó la escena llamando la atención de todos los invitados—rió sin alegría.
—Tampoco yo.—refutó.
—Claro. ¿Y tú pones en tela de juicio mi moralidad? Tú, que no tienes ninguna—dijo enderezándose.
—Estamos hablando de tu moralidad sólo en lo que respecta a Candice. Por lo demás, me tiene sin cuidado a quién te llevas a la cama.
—Es tu mente la sucia, Cronwell, no la mía, y es divertido si tomamos en cuenta tus actos.
—No Grandchester, en todo caso mi intención es mantener la respetabilidad de Candice, lo cual es más de lo que puedo decir de ti.
Terry sintió la sangre en las sienes. Resueltamente, dominó su ira a duras penas.
—No voy a seguir discutiendo contigo sobre Candice. Mis asuntos con respecto a ella no te conciernen—dijo con voz severa.
—No voy a dejar que lastimes a Candy.
— ¿Lastimarla? No te das cuenta lo ridículo que suenas.
— Ella será mía. Pero mi intención es colocarle un anillo en el dedo primero.
Todos los músculos del duque se tensaron y la ira estalló en su cabeza con violencia.
—¿Qué te hace creer que Candice quiere casarse contigo?—se puso de pie y con las palmas sobre el escritorio, logró decir con los dientes apretados.
—Lo hará. Eso tenlo por seguro. —lo desafió.
—Escuchame bien. Candice no será tuya ni de nadie más. Ella será mi esposa. Y te advierto algo, no te atrevas a interponerte entre nosotros porque te juro que soy capaz de todo por ella.
—No me subestimes Grandchester.
—No me provoques, Cronwell.
—Candice será mía.
— ¿Y qué hay de tu prometida? Piensas que Candice caerá ante ti porque así lo quieres. Tuviste tu oportunidad y no supiste valorarla.
—Tú qué sabes. —dijo molesto.
—Más de lo que crees, Cronwell.
—Hablaré con Albert de mis intenciones para con Candy.
—Pierdes tu tiempo. Crees que Albert, como padre de Candice permitirá que cortejes a su hija, estando aún comprometido con Anny? Eres un idiota si lo crees.
—Aléjate de ella Grandchester. — masculló Archie.
—Lo siento por ti Cronwell pero ahora más que nunca pienso en hacerlo. —anunció.
— ¿Qué estás insinuando? ¿ Acaso tú y Candy… — cuestionó temiendo lo peor.
—Cuidado con lo que dices. Candice está prometida conmigo. Te guste o no. Ella será mi esposa.
— Eres un maldito bastardo. ¿Lo sabías Grandchester? — su voz estaba llena de rabia.
—Me han dicho cosas peores. —rió.
...
..
.
Como siempre él llegó cinco minutos antes de lo acordado.
La ayudó a subir al carruaje mientras los lacayos se ocupaban de subir lo que llevarían al hogar.
Una vez dentro, él la observó sin decir una palabra. Ella fijó su vista hacia la ventanilla mientras el coche se ponía en marcha.
— ¿Por qué está tan nerviosa? Hemos estado solos antes.
Inhaló profundo. Y sin mirarlo, habló.
—Después de... lo que pasó me siento… incómoda. —dijo con las mejillas sonrojadas.
— ¿Por qué? —su voz era suave.
—Porque... —lo miró y luego desvió la vista— Sé que tú desvistes y... tocas mujeres con asiduidad. Pero para mí... fue mi primera experiencia con un hombre. Y después de nuestro encuentro, no sé muy bien cómo comportarme.—bajó la mirada a sus manos que jugueteaban inquietas sobre su regazo.
—Ven aquí.
— ¿Qué? —Levantó la barbilla.
—Digo que vengas aquí. —La cogió de la mano y la sentó en sus rodillas—. Dios, cómo te he echado de menos. —La besó ávidamente, con pasión y celos, y un matiz de angustia.
— ¿Estas molesto conmigo?—consiguió jadear ella.
—No. No contigo. —Le besó los labios, luego su mejilla, y bajó hacia la parte de atrás de la oreja—. No es que no haya deseado matar a cada uno con los cuales bailaste, pero ésto es por nosotros. —continúo besándola.— Porque la sola idea de ti con otro hombre, es insoportable. Porque eres mía. Porque estoy cansado de luchar una batalla perdida en el instante mismo en que nos conocimos. Porque si no te tengo me consumiré—concluyó—. ¿Son suficientes razones?— la miró fijamente.
—Sí—suspiró ella, metiendo los dedos entre sus cabellos—Terry, yo también te he echado de menos. No he podido dejar de pensar en lo que sucedió, en lo que casi sucedió...
Él la acalló con la boca, mientras la estrechaba contra él y saboreaba los dulces besos.
Las palabras se evaporaron, y la realidad del corto tiempo de que disponían antes de llegar al hogar cedió ante el inexorable deseo que vibraba entre ellos.
Se separó un poco y sostuvo su cabeza entre sus manos.
—Debemos poner fecha para la boda antes de que consumamos el matrimonio antes de casarnos. —dijo sobre sus labios.
—No crees…que podríamos seguir como hasta ahora y si nuestro comportamiento no es desagradable y si continúa agradándonos besarnos, pensaríamos en el matrimonio. Hemos tenido muchos inconvenientes. —dijo con timidez.
—Es una sugerencia atractiva —dijo él, cortés—, pero resulta que pienso hacer otras cosas además de besarte y me siento... incómodo y ansioso... de satisfacernos a ambos a ese respecto.
La respuesta que obtuvo a esta observación le demostró que ella al igual que la mayoría de las jóvenes de exquisita educación, jamás se le había explicado lo que sucedía la noche de bodas. La joven enarcó sus delicadas cejas en expresión interrogativa y se lo confirmó con sus siguientes palabras:
—Ignoro lo que quieres decir ni en qué piensas exactamente, pero no me extraña que te sientas incómodo, estoy prácticamente sentada en tus rodillas.
—Discutiremos más tarde todos los significados y motivos —le prometió con voz enronquecida de placer. Y la ayudó a tomar asiento frente a él. Luego besó ambas manos.
—Terry…—él la miró— Me gustaría saber más de tí. No hemos tenido oportunidad de conocernos bien.
—Porque siempre te la pasabas llevándome la contraria.—dijo con una sonrisa de lado.
— ¡Oye!—lo regañó— no era yo. A ti te gustaba hacerme enojar.
—Más bien, me encanta. —dijo con picardía. Y besó su mano nuevamente. —¿Qué deseas saber?
—Tu madre me habló de tus travesuras cuando eras pequeño. Cuéntame algo más. No sé. Quiero saber qué te gusta o disgusta.
—No tengo mucho que contar. La mayor parte de mis años me la pase estudiando. No tenía permitido salir a jugar con los demás niños, ni mucho menos con los hijos de los sirvientes. No fui a la escuela, tenía tutores particulares hasta que tuve la edad suficiente para elegir por mi.
—Eso debió ser muy aburrido.
—Lo era. Mi padre era un hombre exigente. Quería que cuando tuviera la edad exacta para hacerme cargo de sus asuntos fuera capaz de hacerlo.
— Si no tenías permitido jugar como los demás niños, ¿Cómo es que tú mamá me contó…?
—Cuando el duque estaba de viaje, mi madre me dejaba salir al patio con los demás niños. Los pocos momentos que disfruté se los debo a ella.
—Eso debe haber sido muy triste para tí.
—Me acostumbré. —dijo con sinceridad.
—¿Cómo puedes acostumbrarte a una vida así? Aburrida y triste. Sin aventuras. Yo jamás podría haber soportado algo así cuando era niña. Mi padre vivía quejándose.—rió de sus recuerdos.
—Desearía haberte conocido antes.—comentó él.
—Dudo que si lo hubiese hecho, jamás te habrías fijado en mí.
Él la miró divertido y tomó asiento junto a ella.
— Estoy más que seguro que no habría dudado en quererte para mí.—tomó su mentón y depósito un tierno beso en sus delicados labios.
Ella sonrió complacida.
— Hay algo más ¿No es así?—cuestionó.
—Si. —dijo.
—Bien, ¿qué es eso que quieres saber?
— Sé que...—no sabía cómo hacer la pregunta— sé que dijiste que no tienes nada con…
—Ah, es eso.— dijo él.— No tengo nada que ver con ella. Y si algo hubo fue hace tiempo. Pero nada se compara a lo que tú y yo tenemos ahora. Ni siquiera una pizca.
—Pero fuiste al teatro y la viste.
—Te lo explique. Mi madre fue parte de teatro en una época lejana, antes de conocer a mi padre. Solo fue un año que trabajo allí. Pero hizo una gran amistad con el que ahora es el director.
—Pero ella estaba ahí.
—Si. Pero solo saludamos a Robert. Nada más. Confía en mí.
—Terry… —ella lo miró manteniendo sus ojos en los derechos él— Nunca me mientas, no podría soportar que tú lo hicieras.
—Nunca lo haré. Jamás te lastimaría, candice.—tomó su barbilla y acercó sus labios en los de ella. Está vez fue un beso tierno, dulce.
Ambos sonrieron complacidos cuando se separaron.
— Y bien… ¿Deseas una boda con gran ceremonia religiosa? —le preguntó, mientras colocaba un mechón que se había soltado, detrás de la oreja.
El viaje continuó con una animada plática.
Llegaron al hogar donde los niños los recibieron con enormes sonrisas y abrazos.
Pasaron el resto de la tarde entre juegos y merienda.
…
..
.
—¡Ah, señorita! —exclamó Rosita cruzando las manos delante del pecho—. ¡Está tan hermosa! ¡El lord no va a creerlo cuando la vea!
Llevaba un vestido de seda color melocotón mangas largas y escote redondo, con delicados lazos de satén del mismo color, ella examinó su reflejo en el espejo. Sus cabellos
estaban sujetos en lo alto de su cabeza, de donde rizos dorados saltaban en un arreglo sofisticado, entremezclados por cintas idénticas a las del vestido.
La joven tenía razón, pero Candice estaba demasiado furiosa para sentirse
recompensada por la expresión de fascinación en los ojos del duque.
Él le había confesado, sin querer hacerlo, sobre su enfrentamiento con Archibald, y le había prohibido verlo al menos que fuera en público. Se sentía molesta por su falta de confianza. Aunque él no era que no confiase en ella sino en su rival.
—Buenos días. —dijo al entrar al comedor para el desayuno— Lamento haberlos hecho esperar.
Todos respondieron al saludo cortésmente.
Terrence se puso de pie y fue hacia ella.
Invadida por una profunda rebeldía, la rubia se volvió hacia él y permaneció
callada, observándolo con resentimiento, mientras los ojos azules del duque paseaban con insolencia por su cuerpo. Aunque estuviese habituada a recibir miradas de admiración de diversos caballeros, Candice reconoció que no había nada de gentil en el modo como Terry la examinaba.
—¿Terminó? —Preguntó en un tono que solo él pudo oír.
Sin prisa, él levantó los ojos hacia ella, al mismo tiempo que una sonrisa traviesa le curvaba los labios.
Retiró la silla para ella y le susurró al oído.
—Tenemos que hablar.
Luego tomó asiento frente a la joven.
—Señorita White.—dijo Frank.—Esta usted tan hermosa cómo siempre.
El castaño enarcó una ceja hacia su amigo interrumpiéndolo con la mirada. Y luego la observó a ella.
— Gracias, Señor Leblanc. ¿Cómo se encuentra su madre?
—En perfecta salud. Gracias.
A medida que el desayuno proseguía, se fue sintiendo turbada por el modo como el duque la observaba.
Terrence se llevó el vaso a los labios, estudiándola. Sabía que Candice estaba furiosa con él. Tanto que, a juzgar por el brillo asesino en aquellos espectaculares ojos verdes, no dudaría en agredirlo, si se diera la oportunidad.
Allí estaba una verdadera beldad, orgullosa y llena de coraje, pensó él con imparcialidad.
Cuando sus miradas se cruzaron, ella percibió algo diferente en sus ojos que la hizo sonrojar al pensar que todos podían verlo.
Al castaño se le escapó una risita y ella se sonrojó aún más. Todas las personas que había en el comedor sonrieron, desde la duquesa hasta el mayordomo que estaba detrás de su padre .
Todos estaban contentos y entusiasmados por la pareja.
— ¿Ya han decidido la fecha?—cuestionó la madre del duque.
Terry ya había hablado con su padre, mucho antes de que ella apareciera.
—Candice aún no se decide.—dijo el castaño.
—Terrence quiere que sea dentro de una semana.—agregó ella.
—¿Una semana?—repitió la mujer sorpresivamente —Es muy pronto.
—Lo mismo le dije—anunció la rubia regalándole una mirada burlona al castaño.
—No habría tiempo para el vestido, las invitaciones y demás.—agregó angustiada la duquesa.
—Creo que deberían tratar de ponerse de acuerdo los dos. No veo cual sea el problema si es q hoy, mañana o dentro de un año.—dijo el padre.
— ¿Cuál es el apuro?—dijo divertido su amigo al castaño.
— Lo que Candice quiera, será.—añadió el futuro novio.
Miró a la joven que se retorcía en la silla ante la mirada penetrante de éste. Sabía que él estaba ansioso por hacerla su esposa y ella también sentía lo mismo pero estaba dispuesta a hacerlo torturarlo un poco.
— Creo que seis meses estaría bien.—repuso la joven sorprendiendo al castaño.
—¿Seis?—muermuró hacia ella y ésta solo se encogió de hombros.
—Bueno cre que es un tiempo razonable.—comentó la madre del novio— Ademas hay que ocuparnos también de la fiesta de compromiso.
Eleonor dió por sentado que ella se ocuparía de la magnífica tarea de preparar la boda junto a Amelia, quien había comunicado por telegrama que pronto llegaría a América.
Su padre parecía muy dichoso y le sonreía desde el otro lado de la mesa, observando la acalorada discusión de su hija y su futuro esposo. Le hacía acordar tanto a su querida esposa cuando sabía desafiarlo de igual manera a él.
Eran perfectos el uno para el otro. Al contrario de la mayoría de las mujeres, Candice no se dejaba impresionar por Terrence. Él se transformaría en el tipo de marido que todas las chicas sueñan encontrar. Juntos, los dos serían felices y Candice le daría un hijo a Terry.
Invadido por una profunda alegría, Albert imaginó al nieto que le darían,
después que se casaran.
Después de todos aquellos años de vacío y desespero, él y su querida Emily finalmente tendrían un nieto juntos.
Después del desayuno el castaño busco el modo de apartar a Candy y hablar con ella.
—¿Qué haces?—cuestionó ella cuando él la arrinconó contra la pared, lejos de las miradas y oídos de sus familiares.
Estaban en el despacho de su padre.
—No me gusta que estemos distanciados.—apoyo ambos brazos al castaño de su cabeza.
—No lo estamos—dijo con sarcasmo señalando con la mirada a la manera en él la sujetaba.
—Candy...—dijo con voz suave.— No quise ofenderte. Pero no me gusta que Cronwell esté cerca tuyo.
—Terry, deberías confiar más en mi.—dijo con evidente irritación.
— No es que no confíe en ti.—le aclaró— Es él en quién no confio.
Ahogando una maldición, la estrechó entre sus brazos y la besó con dolorosa avidez. —No lo quiero cerca tuyo— deseó absorberla en él, aliviar el dolor que le roía el alma con el dulce bálsamo de su cuerpo, enterrar en lo más profundo de ella su dolor, sus celos y su confusión, junto con su simiente.
Ella respondió a esa necesidad y le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas para recibir sus besos y ofrecerle los de ella.
Le introdujo la lengua en la boca y la frotó con lentitud contra la de él, explorando suavemente las hormigueantes superficies que la rodeaban.
—Dios santo, no sabes cuánto deseo cerrar esa maldita puerta y poseerte aquí mismo.—le susurró sobre sus labios.—Dime que me deseas— le exigió con voz ronca— Dilo.—imploró.
—Te deseo— logró decir ella.—Te deseo mucho, Terry.
—Sólo a mí.
—Sólo a ti.
—No puedo esperar más. —dijo él mirando sus preciosos ojos verdes.
Ni un asomo de temor apareció en el rostro de ella. Solo una hermosa sonrisa.
Él sintió su corazón latir contra el suyo.
—Hablaré con él la próxima vez que lo
vea.
—La próxima vez… no, no te quiero sola con él—le ordenó.— De ahora en adelante sólo se verán en público.
—Sabes que Archie no me importa, y por lo tanto no soy vulnerable a sus
encantos. —suavemente le colocó las palmas sobre el chaleco—. Mientras que tú... —se alzó de puntillas para besarlo en la barbilla.
Los brazos del duque se cerraron a su alrededor, estrechándola contra su pecho.
—Mientras que yo soy tan malditamente posesivo que no puedo soportar que otro hombre te pretenda. Ni siquiera te haga reír. Ni que tú los aceptes.
Candy echó la cabeza atrás para mirar los nublados ojos de él.
— Comprendo tu amargura; de verdad la comprendo. Pero en este caso es totalmente infundada. No me interesa él, ya no.— le acarició el duro contorno de la mandíbula.— solo te quiero a ti, Terry—la voz de Candy sonó con convicción pura.
—En cualquier caso, quiero que sepas que confío en ti.
—Hasta cierto punto, sí. Me has dicho claramente que no me quieres ver con otros hombres.
—Cierto.—sonrió él.
—Pero tú sabes que no tienes nada que temer en ese aspecto. Como te he dicho, no deseo a otros hombres.
—¿Ni aunque ellos te deseen?—cuestionó.
—Ni aunque ellos me deseen.—sonrió con un guiño.
—Ni aunque sean mas guapos que yo.
—Dudo que haya alguien que te supere.—admitió muy sonriente.
—Quiero ser el único que te dé todo lo que necesites y más. Solo yo.—besó sus labios.— Quiero que anunciemos nuestro compromiso mañana mismo.
—¿Tan pronto?
—Si. También adelantar la boda.
—Eres incorregible, ¿ lo sabías?—dijo entre risas.
—Me lo has dicho ciento de veces.—dijo y luego volvió a tomar posesión de lo que a sólo él le pertenecía.
…
Luego de que su prometido, y los demas se marcharan, padre e hija se encontraban en el despacho.
La joven y su pequeño cachorro, regalo de su Nana, quien lo había recogido del bosque, estaban revolcándose sobre la alfombra, ambos optimistas y jadeantes, enzarzados en una competición por un chal, del cual tiraba por un extremo la mano de Candy y por el otro los dientes de Rocco.
—Te lo dejaría, de verdad —le estaba prometiendo ella entre risas— pero es un regalo de papá. ¿No quieres otro?
Rocco movió alegremente la cola pero no soltó la prenda.
—No lo mimes, pequeña.—dijo su padre— Ya está demasiado malcriado. —Vamos pequeñin. ¡Suelta eso!— le dijo ella tratando de sonar autoritaria.
El cachorro lo miró, aparentemente evaluando que valía más, si el amor de su ama o su nueva posesión.
Afortunadamente no necesitó tomar la decisión. Aprovechó el descuido de la joven y salió corriendo arrastrando la prenda con él.
—Traidor.—dijo ella observando al pequeño ladronzuelo.
El hombre miró y rió. Aún seguía comportándose como su pequeña niña.
Recordó sus años de juventud, cuando no tenía intenciones de formar una familia hasta que conoció a Emily.
De haber seguido él sus inclinaciones en su juventud y haber permanecido soltero y dedicado su vida al estudio en lugar de casarse, Candice no habría existido. Y ella era un regalo para el mundo. El regalo que su mujer le hizo a él, lo más valioso que su amada esposa pudo haberle dejado. No sé arrepentía de todo lo que dejó atrás por conquistar aquel corazón rebelde, su hija era su orgullo. La idea le elevó el espíritu, le resultaba difícil contener el placer que le embargaba al contemplar a aquella joven de rizada melena dorada sentada frente a él.
En realidad era todo lo que él podía esperar y mucho más. Todo dulzura y alegría, inteligencia y espíritu indómito. Tal vez un exceso de espíritu.
El hombre se preguntaba si estaría haciendo lo correcto, se preguntaba si el hombre que la llevaría al altar, realmente le correspondería de igual manera.
Con su habitual sensibilidad, la muchacha levantó la mirada y se fijó en que súbitamente se había ensombrecido la expresión de su padre e hizo un esfuerzo por
animarlo.
—¿Te encuentras bien, papá?—cuestinó y tomó asiento frente a él— ¿Quieres que te traiga un té?
—No, pequeña. Solo me distraje un poco. —respondió el señor Andrew, mientras metía la pluma en el tintero para continuar escribiendo donde había quedado.
—Trabajas mucho, papá. Creo que deberías descansar un poco antes del almuerzo.—se puso de pie.
Se colocó detrás de él, el hombre notó el cosquilleo de algo que rozaba su mejilla. Enfrascado en su trabajo, se frotó con la mano el punto en el que había notado las cosquillas. Poco después, notó la misma sensación en el cuello y también se lo rascó levemente. El cosquilleo pasó luego a la oreja derecha.
Ella rió.
—Lo siento. No pude evitarlo.—dijo entre risas.
— Me parecía extraño que estuvieras tan tranquila.—dijo el también con una tierna sonrisa.
—Quiero que descanses un poco—respondió ella, y seguidamente besó su mejilla y volvió a sentarse frente a él.
—Prometo terminar con ésto y luego haremos lo que tú quieras.
—Esta bien. ¿Y qué es eso tan importante que no puedes posponer?
—Quiero dejar todo en regla por si llega a pasarme algo.
La mirada de la joven se tornó triste de solo imaginar no tener a su padre.
—Tranquila, cariño. No pongas esa cara. Aún tienes a este viejo gruñón por muchos años más.—le dijo con mucha ternura.
—Papá, no me gusta que hables así. No puedo imaginar no tenerte conmigo.—caminó hacia él y lo abrazó.
—Mi pequeña niña.—dijo correspondiendo al gesto de cariño.
En eso alguien los interrumpió.
—Oh, lo siento señor.
—Esta bien, ¿Qué ocurre?
— El señor Preston está aquí.
—Ah, bien. Házlo pasar —ordenó.
—Bien. Te dejaré terminar con tu trabajo.—dijo la joven.
En eso entró el abogado y viejo amigo de su padre.
—Buenos días—dijo el hombre cuando ingresó.—Señorita Candice, cómo está usted?
—Buenos días señor Preston, —respondió al saludo con su radiante sonrisa, la rubia.
—Pasa Preston.—dijo Albert.
—Bien,lo dejaré trabajar.—dijo ella.
Dió un rápido beso en la mejilla a su padre y salió.
—No ha cambiado nada—comentó el recién llegado.—Sigue siendo la misma niña alegre.
El padre sonrió orgulloso.
…
Ella aprovechó que aún había un cálido sol, para salir al jardín.
Estaba tan feliz, sentía una inmensa alegría al pensar en su futuro con Terrence Grandchester.
Cerró los ojos, echó hacia atrás la cabeza, extendió los bazos y dejó que el sol la bañara con su calor. Comenzó a dar vueltas. Giró y giró con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y los brazos extendidos como solía hacer de niña. Reía animadamente.
De repente alguien la tomó desprevenida por la cintura, la giró y tomó posesión de sus delicados labios.
Continuará…
Con demora pero aquí lo tienen. Creo que no la extenderé demasiado. Tal vez tres o cuatro capítulos más y le daré fin a esta historia.
¡Cómo siempre, muy agradecida con todas ustedes.
Buen fin de semana!.
