Esta vez al cabo de una semana (y rezando para que siga siendo así) tenéis el capi 12! :) Bueno, digo lo de siempre: gracias por tomaros la moelstia de leer y darle vida a esta historia en vuestra imaginación, que no sería lo mismo sin mis beta readers, que lo condensan un poco mejor y nada, que espero que os guste! ^^
Capítulo 12
Lo adecuado sería no precipitarse.
Lo adecuado sería no hacer saltar las alarmas sin una señal previa para no quedar como una loca a los ojos de los demás. Especialmente de él. Sí, el peligro no suele venir de forma sigilosa, suele dejar migas a su paso, así que no hay motivo para echarse las manos a la cabeza. Más que nada porque un silencio no tiene por qué significar nada. Dos silencios seguidos tampoco.
Pero este es el quinto en el mismo día, tras otros tres días repitiendo ese mismo comportamiento, y a Castle parece costarle hasta sonreír. Puede tener un mal día, se imagina la detective. Puede que su madre le haya dicho algo que le ha dejado así de abstraído —porque, casualmente, este momento de enajenación que tiene el escritor suele venirle después de haber hablado largo y tendido con su madre.
Puede ser cualquier cosa y no tiene por qué preceder a que el cielo se les caiga encima en cualquier momento, pero su profesión le ha enseñado a detectar cualquier anomalía en el gesto más insignificante y personal que tenga una persona. Como rascarse cualquier parte del cuerpo más de lo que lo haría si realmente le picara.
Y Castle ni siquiera parpadea cuando le sostiene la mirada.
—¿Qué tal tu madre? —pregunta, cruzando el umbral que separa la casa del porche, intentando descartar cualquier duda. Él parece aislado de alguna manera, como si la voz de su compañera la oyera de lejos.
—Ah, bien —reacciona el escritor, girando su cabeza—. Bien, bien, en Los Hamptons. Dejándome la casa hecha una leonera. Seguro que cuando vuelva me lo encuentro todo manga por hombro.
—No podrá ser tan malo.
—Una vez me encontré un jardín zen en el recibidor, con su rastrillo, piedras con musgo colocadas por ahí aleatoriamente y un arbusto artificial en el centro —Beckett contiene la risa—. Créeme, lo puede ser y lo es. Cada vez que va temo por el día en que me suene el teléfono y sean los bomberos preguntándome con delicadeza y preocupación si tengo el seguro a todo riesgo.
—Bueno, si te sirve de consuelo, la mía explotó.
Castle se ríe levemente, pero sólo eso. Un amago de carcajada que se queda ahí, en una sonrisa débil que se va atenuando, y Beckett no sabe dónde meterse. Se acerca a él, con pies de plomo buscando esa línea imaginaria entre ellos y debatiéndose entre cruzarla o no, pero por alguna razón, antes de darse la oportunidad para sopesarlo, su impulso habla por ella.
—Castle, ¿te pasa algo?
—¿A mí? Qué va —se encoge de hombros, volviendo a dibujar esa sonrisa y frunciendo el ceño con despreocupación—. ¿Por qué lo dices?
—No sé —niega con la cabeza—. Te noto… raro.
—¿Raro?
—Sí, uhm… —el escritor tuerce su cabeza, observándola con curiosidad— Como… en tu mundo. Ausente, callado, perdido.
—Cansado —determina él, poniéndose en pie y acercándose a ella con lentitud—. Muy, muy cansado. Últimamente no me dejas ni dormir —le reprocha, provocativo. Ella sonríe de medio lado.
—Ahora la culpa es mía, ¿eh?
—Vale, reconozco que yo tampoco soy muy colaborador. Pero podrías ayudarme un poco.
—Si quieres que pare, sólo tienes que decírmelo.
Sobre aquella sonrisa pasiva se va dibujando algo mucho más tentador, con escritor mordiéndose el labio inferior y conteniendo el aire cuando su cuerpo roza el de la detective. Un escalofrío sacude su espina dorsal al sentir la nariz de Castle acariciando la piel de su cuello. Ella reacciona, se aproxima a él involuntariamente y pasa su mano por el pelo de su compañero, agarrándolo con suavidad y deslizando sus dedos por él.
Y cuando se quiere dar cuenta, Castle se ha ido por la tangente y ella se encuentra en un punto de no retorno. Como solía pasar cuatro años atrás cuando tocaban un tema que alguno de los dos no querían tratar.
Como pasó hace cuatro meses.
Pero le da igual. Ahora, con Castle marcando su cuello a base de besos y mordiscos, lo último que quiere hacer es pensar. Así que simplemente se deja llevar por él y no opone resistencia cuando la empuja hacia el interior de la casa.
—No pares. Nunca —susurra el escritor sobre su cuello.
—¿Deberíamos decírselo a alguien?
La detective desvía su mirada del cielo para ponerla en su compañero, dejando de sus dedos se hundieran entre los mechones de su pelo. Le gustan esos momentos de evasión en los que el silencio y un par de caricias son lo único necesario para sintonizarse el uno con el otro.
—¿El qué?
—Lo nuestro, ya sabes —le contesta, haciendo bailar su móvil entre los dedos índice y pulgar—. Mi madre se ha puesto un poco… insistente con ese tema.
—¿Lo sabe?
—No, por eso te lo digo. ¿Crees que deberíamos… hacerlo público?
Beckett deja de acariciar el pelo de Castle para llevarse la mano a sus labios, mordisqueándose el dedo pulgar, meditando su pregunta con preocupación. El escritor deja de reposar su cabeza sobre los muslos de la detective, se yergue y la escruta levemente alterado, con la cabeza ladeada como si no estuviera seguro de que el tema que acaba de sacar no es suelo mojado.
Ella suspira, revolviéndose el pelo.
—Tú… ¿lo consideras importante?
—¿Confirmar a mi madre —resalta— que eres mi novia? ¿Crees que es una nimiedad?
—No, no, no me refería a eso —sacude su cabeza, con nerviosismo—. Quiero decir, ni siquiera hemos formalizado lo… ¿nuestro?
—Llevamos una semana durmiendo juntos, duchándonos juntos, saliendo por ahí juntos… Venga ya, Beckett. Hasta hemos venido cogidos de la manita hasta aquí —señala el suelo con su dedo—. ¿Y todavía crees que somos amigos? —suelta una carcajada.
—Oh, por favor, Castle. No seas tan irónico —le reprocha, suspicaz.
—Vale, vale, lo he pillado. ¿Te lo pido? Como los niños de hoy en día, con sus cursiladas y todo —ella arquea una ceja, resoplando. El se ríe—. Mira, me acuerdo de una vez que Alexis me dijo que–
—Castle.
Su tono tajante hace que el escritor se tense, borrando esa desvergüenza de la cara y mostrando una ligera inseguridad que gradualmente se va intensificando. Ella frunce sus labios, observándole con desesperación y él parece que sigue ponderando algo. Y Beckett reza.
Reza para que lo que empezó de manera inocente no sea la primera piedra que vuelva a levantar el muro.
—Es sólo que no quiero presionarte, ¿vale? —confiesa el escritor al cabo de unos segundos más. Ella tuerce la boca, confusa— Dios, Kate. Pues claro que me encantaría ir por ahí diciendo que somos una pareja. Pues claro que quiero formalizarlo y pensar que es algo estable y a largo plazo. Pero ¿sabes qué? Antes que todo eso estás tú —lleva su mano a su mejilla, acariciándola—. Y lo nuestro es algo lo bastante importante para mí como para preocuparme por cualquier cosa que pueda afectarte, aunque sea lo más mínimo.
Ella entreabre sus labios y alza sus cejas, conteniendo levemente el aliento en un intento de asimilar todas las palabras que ha soltado el escritor. Él sigue con el semblante preocupado, impaciente pero esperanzador. Ella relaja su expresión, gesticulando una dulce sonrisa mientras acerca su rostro al del escritor, fundiéndose en un beso lento con el que espera despejar esa duda que por la noche pueda quitarles el sueño.
—Creo que por el beneficio de ambos —murmura, separándole levemente—, deberíamos esperar un poco. Incluso con tu madre. Si te pregunta algo, cambia de tema o lo que sea.
—Es mi madre. Créeme, se dará cuenta —responde entre besos.
—Llevamos cuatro años siendo sólo amigos. Un par de semanas no van a marcar mucho la diferencia.
—La marcan cuando resulta que estamos en otro país, solos y durmiendo en habitaciones contiguas. Bueno, antes era un hecho, ahora ya… —Beckett suelta una carcajada.
—De eso no tiene por qué enterarse —dice, antes de volver a profundizar el beso—. Espera, ¿y Ryan y Espo? —se separa, pensativa.
—Vale, no es por llamarles tontos en sus caras, pero… ¿de verdad crees que van a enterarse? A ver, sí, son detectives. Son buenos en su trabajo. Pero venga, en temas amorosos llevan una venda en los ojos.
—Si te soy sincera, Espo se dio cuenta de por qué te quisiste ir aquella vez, cuando yo estaba con Demming y tú muerto de celos.
—No estaba celo… —Beckett frunce el ceño, con incredulidad— vale, igual si lo estaba. Un poquito —especifica, con la boca cerrada—. Oye, ¿de verdad se me notaba tanto? —pregunta, escandalizado— Porque para que hasta Espo se haya dado cuenta…
—Mira, ya se nos ocurrirá algo. Pero ahora, bésame.
Y Castle le hace caso, mordiéndole suavemente el labio inferior antes de unir sus bocas.
Puede que Tokio sea el titán de Japón. Que englobe lo más emblemático de su cultura. Que sea el gran detalle de un viaje al país nipón y la guinda en el pastel de cualquier cosmopolita, pero Kate Beckett es una amante de los pequeños detalles. Le gusta lo emblemático, pero también lo particular.
Fujinomiya es básicamente lo particular en todo eso. El recuerdo del que nadie hablaba porque no es Tokio y no es emblemático. Y cuando se bajó del coche y echó un vistazo a su alrededor agradeció esa generalización del entorno japonés, que hizo de aquel lugar algo tan sencillo como esencial.
Está considerada como el pueblo estándar japonés. O mejor dicho, ciudad. Un punto intermedio, determina la detective. Es más rural que urbano, pero no excesivamente. En comparación con Tokio, es mucho más tranquilo y silencioso, pero también menos occidentalizado. Y más natural, tiene más zonas verdes.
Por eso agradeció que Castle decidiera conocerla. No era la primera vez que bajaban, pero no se habían planteado hacer de aquello una visita turística. Se acercaban a comprar comida o cualquier cosa que les hiciera falta, sin limitarse a hacer nada más. Hasta que esa idea rondó por la cabeza del escritor y acabó en algo bastante distinto a cómo pensaba que sería la detective en un principio.
—¿Alguna vez te has bañado en aguas termales, Beckett?
—¿Naturales? —Castle asiente— Qué va, es algo que he siempre querido hacer. Pero desde que murió mi madre… bueno —se encogió de hombros, agachando su mirada con lástima.
Castle le agarra la mano, apretándola con dulzura y acariciándosela con su dedo pulgar. Ella la estrecha, apartando ese recuerdo. No era el momento de ponerse melancólica. No ahora que ha empezado a sentirse un poco más segura.
No en Japón, paseando por la calle y cogidos de la mano como si fuera algo natural en sus vidas, delante de todos. Sin nada a lo que atenerse.
—Bien, ¿qué te parece si cenamos por aquí —echa un vistazo a su reloj de pulsera— y luego nos vamos a darnos un baño?
—Sólo son las ocho y cuarto, Castle.
—Estas aguas termales están a una hora y poco de aquí. Llegaremos bastante tarde y volveremos a casa aún más.
—¿Y si lo dejamos para otro día?
—Es que quiero bañarme de noche. Bajo la luz de la luna. Y contigo —Beckett aprieta sus labios, deshaciéndose por dentro—. Vale, ha quedado como una novela de Jane Austen, pero ¿de verdad me vas a quitar esa fantasía?
Y vuelve a agradecer mentalmente que Castle decidiera llevarla aquel parque en el que pudo hacer las paces consigo misma y borrar lo que había empezado siendo el inicio de otro muro más.
—¿Habrá algún McDonald's por aquí cerca? Es por comer rápido y salir de aquí cuanto antes.
Y Castle sonríe, con conformidad.
—Y dime, ¿esas termas dónde están?
—Escondidas, bastante escondidas.
—¿En serio? ¿Vamos a tener que ir por ahí buscándolas?
—Tranquila, lo tengo todo controlado —Castle aparta momentáneamente su mirada de la carretera para dirigírsela a Beckett, sonriendo con travesura—. De eso no te preocupes, no será muy difícil.
—¿Y dónde están? ¿En un balneario?
—Para nada. Son totalmente naturales. Lo bueno de que Japón sea una isla volcánica es que hay fuentes de aguas termales para aburrirse. Solo tienes que encontrarlas —se encoge de hombros—. Por cierto, cuando lleguemos a casa coge un par toallas y ropa interior.
—¿Y los bañadores?
—¿Bañadores? —niega con la cabeza, riéndose— A no ser que consideres que te hagan falta… Pero el mío te lo puedes ahorrar, detective —le guiña un ojo.
Ella desliza su espalda por el respaldo de su asiento, mordiéndose la lengua con fingida inocencia.
Japón le está gustando más de lo que imaginaba.
Castle había acertado cuando dijo que no era demasiado difícil encontrar una fuente de agua termal.
En mitad de los bosquejos que se levantan en las faldas del Monte Fuji, lo bastante espesos para que siguieran siendo un secreto a voces pero no lo suficiente para perderse entre ellos, surgen pequeñas nubes de vapor de agua señalando en qué lugares se encontraban exactamente esos privilegios de la naturaleza.
Tardaron poco en encontrar una, no demasiado apartada del mundo, lo cual agradecieron porque la poca iluminación que había a esas horas era la que la luna y las estrellas y algún farolillo colgando por ahí en sendas alpinistas les brinda.
Beckett no quiere esperar mucho más, así que en tiempo récord se quita todo lo que llevaba encima, acercándose lentamente y hundiendo casi con miedo el pie en el agua, tanteando la temperatura.
—Sí que eres impaciente —ella sonríe como una niña pequeña, ladeando su cabeza—. Ten cuidado, métete poco a poco.
—¿Alguna vez has estado en una de estas?
—Por eso te lo digo —repite sus paso, midiendo la temperatura del agua y sentándose al borde del pequeño foso, metiendo sus piernas con delicadeza—. La primera vez que estuve en una de estas me metí haciendo una bomba. Sólo te diré una cosa —se aclara la voz, levantando su dedo índice—: Dios bendiga las pomadas anti quemaduras.
—Qué bruto eres —suelta una carcajada, metiéndose poco a poco en el agua.
En aquella terma el agua no está hirviendo, pero tampoco templada. Es un punto medio en el que, tras un suspiro, sientes cómo tus músculos se relajan y su cuerpo se deja mecer por el agua, apartando todo lo demás que no sea ese calor natural acariciando tu piel. Además, no es muy profunda, Beckett hace pie sin tener que ponerse de puntillas para asomar la cabeza.
—Dios, qué maravilla —dice Castle a su espalda, oyendo el chapoteo cuando se mete en el agua—. ¿Te lo dije o no?
—Sí, has acertado.
La detective alza su mirada hacia el cielo. La luna y las estrellas se aprecian con claridad, sin ninguna nube alrededor que las tape. Todo ese mapa cósmico y el lujo de bañarse en agua caliente admirando ese panorama lo hacen parecer más un fragmento de un sueño que la inmediata realidad.
Pero lo es. Está pasando. Ensancha su sonrisa mientras cuenta las estrellas, disfrutando un poco más de ese lugar apartado del mundo real y se detiene al notar los brazos de Castle rodeando su cintura, estrechándola contra su cuerpo. Ella apoya su espalda contra su pecho, llevando sus manos a las de Castle y enredando sus dedos entre los del escritor.
—¿Te imaginas que ahora llega alguien y nos ve? —musita sobre su nuca, depositando varias besos sobre ésta y sus hombros.
—Por tu bien espero que no. Estoy desnuda.
—Y se morirían de envidia al verme con alguien como tú. Bueno, y al verte con alguien como yo, claro.
—Ibas muy bien, Castle, no lo fastidies ahora.
El escritor deja escapar una carcajada, suave, mientras pasa su nariz por su cuello. Ella se estremece, ladea su cabeza y busca establecer el contacto visual con su compañero. Éste se aparta lo justo para que sus labios se rocen ligeramente y, cuando los dos sonríen a la vez, unen sus bocas dejando que sus labios se muevan con lentitud.
Castle lleva una mano a su cuello, sosteniéndolo mientras profundiza ese beso y gimiendo cada vez que Beckett succiona juguetona su lengua para después rozarla provocativa con la suya. Su otra mano desciende por su pelvis, sensual, tentador. Rozando con las yemas de sus dedos su vientre. Ella aparta su boca, estirando su cuello mientras cierra los ojos con fuerza, sintiendo su mano bajar lentamente hasta rozarle su vagina. Y su compañero sonríe sobre su nuca. Aprieta los dientes, suspirando cuando sus dedos alcanzan su clítoris, masajeándolo con lentitud dolorosa.
—¿Te cuento un secreto? —dice Beckett. Él asiente, introduciendo un dedo en ella y soltando una suave carcajada cuando la detective gruñe y se tensa entre sus brazos— Cuando estaba cogiendo las cosas en casa, aproveché para guardar un par de preservativos en la bolsa.
—Y así la alumna supera al maestro —Castle se aparta, dándole un rápido beso antes de salir de la terma, agarrando la bolsa y buscando los envoltorios.
Una vez lo tiene en sus manos, vuelve a dejar la bolsa donde estaba, abriéndolo y colocándoselo. Ella lo observa desde el agua, impaciente, tensándose a medida que escruta las formas que hacen los pliegues su cuerpo y suspirando cuando Castle se da la vuelta y se dirige hacia ella.
Vuelve a meterse en el agua, acercándose a Beckett con un trasfondo hambriento y seductor reflejándose en su mirada. Lento, tranquilo, queriendo eternizar eso como si todo ese tiempo retenido sirviera para impulsarles cuando todo cobrase fuerza. Ella retrocede con la misma velocidad, entreabriendo sus labios y sintiendo el pulso sanguíneo golpeando contra toda parte de su cuerpo.
La anticipación. Ese dulce sufrimiento. Sigue retrocediendo y se detiene cuando la pared no le deja seguir, esperando a su novio mientras contiene el aliento. Éste se acerca hasta que sus cuerpos no se lo permiten más, apretándose y envolviéndose en los brazos del otro buscando sentirse parte de uno mismo. Castle desliza sus manos por debajo del agua hasta las nalgas de la detective, presionando sus caderas. Ella ahoga un pequeño grito al notar sus genitales rozándose, alargando algo que no quería prolongar más.
Apoya su frente contra la del escritor, mordiéndole el labio inferior como si eso la ayudara a desahogar lo que están conteniendo. Castle la impulsa levemente hacia arriba, sosteniéndola por los muslos.
—Castle —balbucea, enredando sus piernas en las caderas del novelista, agarrándose a él con tanta fuerza que hasta sus propios músculos empiezan a agarrotarse.
—Shhh, tranquila.
Él introduce con delicadeza su pene dentro de ella, empujándola contra la pared de la terma, buscando su boca con desesperación. Mueve su cadera suavemente al son de la de la detective, tomándose su tiempo al principio y dejando escapar la razón cuando la necesidad de aumentar la velocidad se hace obvia. Sus besos son rápidos, insaciables, insuficientes. Sus labios buscan toda porción de piel que puedan encontrar, mordiéndola y aliviándola posteriormente con un suave beso, y volviendo a hacer el mismo recorrido.
—Rick, joder —articula Beckett, casi sin aire.
—Lo sé —succiona el lóbulo de su oreja, haciendo que la detective se contraiga aún más—. Yo tampoco puedo contigo.
Quizá por el calor que emana el agua o por el hecho de que están bajo el cielo abierto, la detective siente que toman una velocidad a la que no está acostumbrada a someterse. Su vientre se encoge y le arde con cada embestida. Cada nombre susurrado. Cada quejido más por las uñas clavándose en la piel. Sus cuerpos danzando en el agua, amoldándose el uno al otro, buscando un límite mayor que el veces anteriores y convirtiéndose en fuego al rozar el clímax.
—Dios, Kate —murmura, sobre sus labios.
Ella abre los ojos, sosteniendo la mirada de Castle. Resoplando a la vez, rozando las puntas de sus narices, agitándose el uno contra el otro y viendo en los ojos del otro cómo pueden tocar el cielo con las puntas de los dedos. Lanzan un sollozo al aire al alcanzar el clímax, apretándose más, queriendo encontrar la forma de fundirse antes de que todo eso llegue a su fin.
Haciendo lo imposible sin dejar de mirarse.
Y el momento llega. Sus cuerpos dejan de responder, deteniéndose y liberando el aire contenido, cerrando los ojos a la vez y relajando la fuerza que antes habían usado para llegar a lo más alto. Ella deja caer su cabeza sobre el hombro del escritor, recobrando el ritmo normal de respiración.
—Dios, Castle. Esto hay que repetirlo —él suelta una carcajada.
—Lo sé, ha sido… ¿la mejor? —Beckett asiente— Sí, sin duda, la mejor.
—Gracias por llevarme a una terma, de verdad —alza su cabeza, apoyando su frente contra la del escritor—. Te has cubierto de laureles.
—Estamos hablando de mí.
—Ni el peor de los piropos se te puede echar.
Castle se ríe en silencio, besando su frente. Y su nariz. Y sus labios. Un escalofrío le recorre el cuerpo, haciendo que se acurruque contra él.
Ese podría ser su pequeño rincón. Ese sitio al que huir cuando quieran alejarse del mundo. Esa utopía personal.
—Mira —el escritor eleva su mirada, observando las estrellas—, las Perseidas.
—Es verdad, caían en agosto.
Y ahí están, contemplando estrellas fugaces apareciendo, desapareciendo y reapareciendo otra vez. Millones de ojos contando los milagros. Millones de voces pidiendo un deseo. Y, bajo todas aquellas tradiciones, ahí están ellos creando su propia epifanía.
—¿Ya has pedido algún deseo? —pregunta la detective, hundiendo su cabeza en su cuello, bajo su mentón. Él se encoge de hombros.
—¿Para qué? Ya tengo todo lo que quiero —desliza una mano hacia su cabello húmedo, peinándolo con delicadeza con sus dedos—. Ahora sí.
Una sensación de paz inunda su cuerpo ante las palabras de Castle. Sí, ese podría ser un lugar para aislarse de lo que no les gusta.
—No se ven cosas así en Nueva York, ¿eh? —comenta el escritor, suspirando— Voy a echarlo de menos cuando nos vayamos.
Ella traga saliva. Nueva York. No quiere ni pensarlo, pero que quede menos de una semana para volver es un hecho que no puede seguir esquivando. Se abraza más a él, pensando que, a lo mejor, si debería pedir un deseo.
Que, a lo mejor, se ha acostumbrado lo bastante a vivir en ese pequeño mundo de ensueño como para aguantar abrir los ojos cuando el momento llegue. Que necesitará ese impulso para sacar adelante lo que se ha forjado lejos de cualquier dificultad.
Dificultad, en el sentido literal. Dificultad, como las de años anteriores. Y de repente, siente algo de miedo.
—Eh, ¿pasa algo? —ella alza su mirada, encontrándose con la de Castle escrutándola con preocupación— Te noto… tensa.
—Cansada —contesta, con simplicidad—. Muy, muy cansada. Últimamente no me dejas ni dormir.
Él no dice nada, sólo le sonríe y vuelve a estrecharla contra su cuerpo, abarcándola con sus brazos como si quisiera protegerla de algo. Después, viene el silencio.
Y Beckett agradece que Castle no haya insistido más.
