Capítulo XIII
-¡Pero esto es inaudito! –Gritaba Elroy Andrew, furiosa en el comedor de la mansión en Lakewood, mientras arrugaba con sus manos un pedazo de papel que la sirvienta le acababa de pasar.
Desde que se había despertado en la mañana, había tenido la espantosa corazonada que algo iba a pasar. Y casi cuando decidió no hacerle más caso a aquel presentimiento sin sentido, un trozo de tostada se le atoraba en la garganta al leer la pequeña nota que le enviaba su sobrino. Su rebelde sobrino… Aquel que no le costaba absolutamente nada hacerle la vida imposible.
¡Cielos! ¿Acaso él no se daba cuenta de que ella ya no estaba más para esos trotes? Si ya todo el mundo sabía que pronto cumpliría los 67 años, entonces ¿cómo podía ser que él nunca se haya percatado de eso?
Definitivamente, Elroy Andrew ya no tenía más ánimos de andar de niñera de un hombre hecho y derecho como lo era su sobrino. No, ya no… Entonces, ¿cómo podía ser que él se atreviera a hacerle una cosa así? ¿Cómo?
-Ay William, William… ¿Qué voy a hacer contigo, William? ¿Por qué? ¿Por qué? –Se quejaba en voz alta mientras se frotaba la frente con los dedos. -¿Por qué siempre encuentras la forma de transformar mis mañanas en pesadillas?
-¿Qué sucede Elroy? ¿Pasa algo malo? –Preguntaba Jane Peterson preocupada, mientras apoyaba una mano en el hombro de la dueña de la casa.
Tanto Jane como Josephine y también Annie se sorprendieron de verla así, tan angustiada, ya que no era algo común. Elroy Andrew siempre había sido toda una mujer de sociedad, rígida y severa como pocas, pero siempre perfecta cuando se trataba de modales y comportamiento. Jamás se le había visto una sola gota de emoción en público.
-¿Le pasó algo a William? –Preguntó casi instantáneamente Josephine.
-¿Eh? –Dijo sorprendida Elroy. Casi ni recordaba que tenía visitas y encima importantes, desayunando con ella. –No, nada, nada, querida. No te preocupes. –Respondió apoyando su arrugada mano sobre los dedos suaves de la joven dama.
Pensativa las observó por un momento. Las tres damas que la acompañaban la miraban expectantes. ¿Qué iba a hacer? No les podía decir la verdad… Sobre todo a sus invitadas de honor y futuros miembros de la familia. A Annie, prácticamente ni la miraba. Poco pudo hacer para evitar su unión con Archibald, y ahora no le quedaba más que resignarse a ver su huérfano rostro todas las mañanas. Pero, por las damas Peterson… Por ellas, sí que se preocupaba…
No le gustaba mentir, muy pocas veces lo había hecho en su vida… Pero por algo que podía arriesgar la reputación de la familia, ella sería capaz de eso y de mucho más.
-Elroy, dinos por favor… ¿Qué sucedió? –Volvió a preguntar Jane, insistiendo con la mirada. Algo en el interior le susurraba que no era nada bueno, pero aún así trataba de contener sus emociones.
-Nada grave mis queridas damas. Es sólo que William tuvo que partir a un urgente viaje de negocios, y no sabe cuándo estaría de regreso… Sugiere que tengamos en cuenta esto para la fiesta de compromiso, ya que no sabe si estará de regreso para esa fecha…
-¿¡Qué!? –Preguntó exaltada Josephine. No podía creerlo, su prometido estaba pidiendo posponer la fiesta de compromiso… Oh, no… Eso no era buena señal, para nada era una buena señal...
-¿Y se puede saber hacia dónde partió y por cuáles asuntos? –Preguntó Jane con la mirada seria. Ser esposa de uno de los empresarios más importantes del país le había dado cierta capacidad para analizar a la gente. Lo había aprendido de su marido, en las numerosas fiestas que asistían juntos. Así ella comprendía perfectamente por qué su marido a veces desistía de negociar con ciertos clientes, sobre todo si descubrían que estos no eran lo suficientemente confiables.
-Discúlpeme querida Jane, pero la nota no nos informa demasiado. Además, sabes que desde que él asumió como cabeza de la familia, yo ya me desligué de todos esos asuntos… Simplemente nos pide que reconsideremos la fecha de la fiesta de compromiso porque no sabe si estará disponible…
-Mmmmh… -Jane hizo una mueca de desagrado. No le gustaba nada aquello. Algo no iba bien, y eso ella podía sentirlo. Además podía ver que Elroy no estaba siendo del todo sincera… ¿Qué era lo que decía aquella nota? ¿Y por qué Elroy estaba tan empecinada en ocultarlo?
El desayuno continuó en el más absoluto silencio. No se habló más de la nota ni del supuesto viaje de negocios del cabeza de Los Andrew. Tanto la señora Elroy como las damas Peterson, habían cambiado su alegre rostro a uno de total angustia y desagrado. Annie, sin embargo, se sentía un poco más animada. Ella sospechaba lo que podía significar aquel improvisado viaje de Albert, y si su intuición no le fallaba, eso quería decir que el plan de Archie estaba funcionando a la perfección. Y al pensar en aquello, una pequeña sonrisa apareció en sus labios… "Archie… No cabe la menor duda de que eres todo un Andrew. Siempre consigues lo que te propones…"
Aquella media sonrisa no pasó desapercibida para Jane Peterson, a quien no le cayó nada bien. Y al instante descubrió, como si se hubiese prendido una pequeña lámpara en su mente, que algo se traía entre manos aquella jovencita. Desde que había llegado a Lakewood, su sola presencia le había dado mala espina, aunque aún no entendía muy bien por qué. Annie Brighton, de apariencia elegantemente bellísima y de modales refinados, era hija única de una de las familias más acaudaladas del momento y actual esposa de Archibald Cornwell, sobrino de William Andrew. Pero algo de ella aún no le cerraba del todo bien. Algo que tenía que ver con su fuerte amistad con la pupila de William…
Luego de observarla por medio minuto más, suspirando desvió su mirada hacia el hermoso jardín cubierto de nieve que se veía detrás de los inmensos ventanales de la mansión…Ya encontraría la manera de descubrir qué era lo que estaba sucediendo allí. Sólo necesitaba un poco de tiempo… Sí, eso era todo lo que necesitaba… Sólo un poco de tiempo…
o-o-o
Luego de aquel agitado desayuno, Elroy se disculpó para retirarse a su habitación, diciendo que no se encontraba del todo bien. Gracias a que nuevamente utilizó la excusa de su avanzada edad, no levantó demasiadas sospechas. Después de todo, el estar por cumplir los 67 años no le venía nada mal, ya que podía utilizarlo como comodín en aquellos casos de emergencia cuando necesitaba estar un poco sola con sus pensamientos.
Ya en su habitación, Elroy se quedó parada un momento observando todo a su alrededor.
Por ser justamente Elroy Andrew, la cabeza femenina de una de las familias más poderosas del país, poseía una de las habitaciones más lujosas de la mansión: Amplia y espaciosa, con adornos antiguos en cada rincón y sobre cada mueble de madera fina y trabajada; una enorme cama de dos plazas en un extremo de la habitación, con suaves sábanas y almohadas. Pinturas famosas adornando las inmensas paredes pintadas con colores suaves y delicados, y largas cortinas de seda cubriendo un inmenso ventanal que daba al jardín de rosas.
Lentamente, abrió aquellas cortinas de par en par y se sentó en un cómodo asiento que se encontraba justo enfrente, como antes solía hacerlo para observar por horas a su pequeño Anthony cultivar las rosas, y antes de él a su querida sobrina Rosemary.
Cuánto tiempo había pasado de todo aquello. Todavía podía verlos allí cuidando sus rosas, riendo alegremente, abonándolas o trabajando la tierra.
"Oh… Rosemary… Anthony… Los veo como si fuera ayer…"
Lentamente Elroy fue cayendo en un pequeño trance… Sin querer comenzó a recordar épocas de su niñez, los años en que apenas era una jovencita con cientos de pretendientes detrás. Nunca fue una dama despampanante en su hermosura, eso lo sabía, pero no podía negar que en sus tiempos su delicada belleza volvía loco a más de uno.
Así fue como poco a poco, comenzó a saltar de recuerdo en recuerdo, de emoción en emoción, por cada momento vivido, reído y llorado… Por cada segundo de su larga existencia…
El nacimiento de sus sobrinos: William, Rosemary y Janis…
Su boda con el viudo señor Briand… Cuando vio por primera vez a su hijastra: Sarah…
La boda de Sarah con el señor Leagan, y el nacimiento de sus sobrinos nietos: Eliza y Daniel…
El casamiento de su pequeña Rosemary con el señor Brown y el nacimiento de su amado Anthony…
La boda de su querida Janis con el señor Cornwell y el nacimiento de sus adorados sobrinos nietos: Alistear y Archibald…
Y así fue como sin quererlo, también recordó las muertes de aquellas personas tan amadas… Primero sus amados hermanos: William y Janet… Su amado esposo… Luego su bellísima Rosemary, su tierno Anthony y por último su simpático inventor: Alistear…
Cuántas desgracias sobre una misma familia… Cuántas pérdidas y sufrimientos…
Elroy se levantó lentamente de la silla y abrió los ventanales que daban al balcón. Afuera soplaba un viento frío, pero eso a ella no le importaba.
Su familia había sufrido muchas pérdidas, y ahora solamente se encontraba ella al frente junto con William, su sobrino rebelde…
No había pasado mucho tiempo desde que una mañana despertó alegre creyendo que William por fin había decidido sentar cabeza… Pero ahora, se daba cuenta… Cómo se había equivocado… Y todo por aquella chiquilla entrometida, que para lo único que había venido a este mundo era para traer más y más desgracias a la familia.
"Candice… ¿Será posible…? ¿Así será toda la vida? Tú escapándote y haciendo lo que se te plazca, mientras William corre detrás de ti… ¿Así será siempre?"
Pensaba Elroy con la mirada perdida en los arbustos secos pintados de blanco del inmenso jardín.
"Y William… Oh, William… Nunca has podido olvidarla ¿Cierto? ¿Qué voy a hacer contigo? Dios… ¿Cómo podré salvar a la familia de semejante escándalo? ¿Cómo lo haré William? ¿Cómo…?"
Lentamente sacó de su bolsillo el pequeño papel que había recibido por la mañana. En él no se leía mucho, ya que no decía los verdaderos motivos del viaje, sólo se leía que era de suma importancia acompañar a Candice en este momento.
¿Qué momento? ¿Qué había sucedido?
Elroy dio un pesado suspiro e ingresó nuevamente a su habitación con la mirada baja, completamente ensimismada con sus cavilaciones…
Ya encontraría la manera de responder todas aquellas preguntas y poner las cosas en orden… Sólo necesitaba un poco de tiempo… Sí, sólo eso necesitaba…
o-o-o
Mientras tanto, en otro extremo de la mansión, en una lujosa sala de estar se encontraba una joven dama de ojos color miel, tocando el piano.
Tocar el piano siempre la había relajado, desde que era pequeña. Siempre que ocurría algo que la disgustara, con sólo tocar el piano ya encontraba la paz.
Suaves notas invadían el ambiente. Estaba sola en aquel enorme salón. Luego del fatídico desayuno, su madre, al igual que la señora Elroy, había subido a descansar. La esposa del señor Cornwell se encerró en la biblioteca para leer alguna novela romántica. Y ella sin embargo, había decidido ahogar sus penas y preocupaciones en aquel hermoso instrumento con teclas blancas y negras.
Josephine se encontraba meditando mientras las suaves melodías la envolvían. Los recuerdos simplemente iban y venían, obligándola a analizar cada detalle, cada movimiento, desde que había conocido al soltero más codiciado del país.
Había conocido a William Andrew en una de las tantas fiestas de sociedad, y ni bien lo vio se enamoró al instante. Era el hombre perfecto para ella: Alto, apuesto desde los pies hasta la cabeza, con unos hermosos ojos azules y una suave cabellera dorada.
No había sido difícil entablar una conversación con él, la gracia y espontaneidad de William la habían encantado. Con él se podía hablar de cualquier tema, no como con la gran mayoría de los hombres de aquel círculo, a quienes lo único que le interesaba eran los negocios y nada más. No, William Andrew era diferente a los demás y definitivamente sabía cómo hablar con una mujer. Inmediatamente ambos se dieron cuenta de la cantidad de cosas que tenían en común. A ambos les gustaban los animales y la naturaleza, aunque a él se le notaba más aquella pasión. Y era obvio, ya que ella al ser una dama de la alta sociedad, debía evitar todas aquellas conductas que se consideraban varoniles o típicas de las mujeres sin clase.
Pero William era diferente, y a medida que pasaba el tiempo y ellos se seguían encontrando en los numerosos eventos de sociedad, casi sin dudarlo la invitó primeramente a pasar un día de campo para cabalgar y conocerse mejor. Para luego, y como congeniaban maravillosamente, invitarla a visitar los refugios de animales y hasta a pasear por los senderos de las pequeñas reservas naturales que él mismo había participado en su fundación.
Eran días dorados y mágicos, maravillosos…
Pero a pesar de que a medida que pasaba el tiempo ella gustaba más y más de él, debía reconocerlo, ser su novia no era nada fácil… Todavía no podía creer cómo aguantó tanto tiempo aquellos eternos paseos a los refugios de animales…
Está bien, lo reconocía, le gustaban los animales pero digamos que hasta ahí nomás, para tenerlos detrás de las rejas en algún zoológico o cuando organizaban aquellas grandiosas fiestas para defender a alguna especie en extinción. Ahí sí, ella adoraba a los animales y los defendía a muerte… Pero para estar entre ellos cada dos por tres, alimentándolos o limpiando sus guaridas… No, definitivamente no. Ella, una gran dama de la alta sociedad ¿cómo iba a hacer eso? Era inaceptable, y definitivamente no le gustaba para nada aquello, pero aún así debía hacerlo sin chistar, ¿por qué? Porque su querida madre así lo exigía. Sí, su madre, aquella mujer que para el resto del mundo y la prensa era una clase de persona, y para su propia hija era otra… Aún recordaba cómo hasta a veces la obligaba a ir a ciertos sitios que ella se negaba rotundamente, diciéndole: "Si caminar entre los chanchos y las vacas logra que te cases con uno de los multimillonarios más codiciados del momento, debes hacerlo querida, te guste o no". Y así era cómo ella terminaba embarrando sus finos vestidos y zapatos mientras le hacía compañía a su querido novio en aquel campo o en aquel refugio de animales.
Definitivamente, ser su novia no había sido nada fácil.
Cuántas cosas tuvo que aguantarse para poder conquistarlo… Muchísimas. Y la cantidad de veces que se había preguntado si sería feliz con un hombre como él… Ya había perdido la cuenta.
Físicamente, William Andrew era perfecto y tenía una numerosa cuenta en su banco que le aseguraría riqueza de por vida. Era fino y delicado, y la trataba como ningún hombre la había tratado, pero… Era un obsesionado por los animales, y eso definitivamente ella no lo estaba tolerando… Ir a visitarlos de vez en cuando, vaya y pase, pero ir siempre o un poco más ya vivir con ellos, no, eso definitivamente no.
Si sentía una vez más aquel desagradable olor del refugio de animales seguro que vomitaría… "Aguanta un poco más", le decía su madre, "Ya casi te casas, sólo un poco más…" Pero para Josephine, aguantar un poco más le estaba resultando un verdadero infierno.
"¡Diablos!" pensaba la joven dama mientras interrumpía abruptamente la hermosa melodía. "Tantas cosas aguanté hasta que al fin pude conquistarlo y ahora, cuando falta tan poco para que me lleve al altar, ¿a él se le ocurre posponer todo?"
-¡No! –Gritó enérgicamente mientras se levantaba como un resorte del asiento. –No. No lo permitiré. William, demasiadas cosas tuve que aguantar como para que ahora te me escapes. Tantas burlas de mis amigas cuando me veían caminar entre los chanchos… Tantas frías miradas cuando ingresábamos a aquel salón repleto de gente de nuestro círculo, embarrados de pies a cabeza… Tantos rumores tuve que ignorar… Tantas cosas… No, definitivamente no. No te me vas a escapar tan fácil, William… Tú y yo nos vamos a casar, y lo más pronto posible, quieras o no quieras.
Y temblando como una hoja con la mirada llena de furia, Josephine se retiró de la lujosa sala de estar de aquella hermosa mansión.
Algo debía planear, y debía ser eficiente… Sólo necesitaba un poco de tiempo para lograrlo, sí… Sólo eso necesitaba, un poco de tiempo…
o-o-o
En algún punto de los Estados Unidos, sentado con la cabeza recostada en la butaca, en un compartimento privado del tren, un apuesto rubio de ojos celeste cielo trataba de descansar un poco.
Desde que había partido de Chicago su corazón no dejó de dar saltos. Aún no sabía si se trataba de alegría o de nervios, pero no había podido relajarse desde entonces.
Dentro de pocos días llegaría a aquel pueblito del estado de Connecticut e iba a volver a verla… A ella… A la dama que le robó tantos sueños hacía algunos años y que ahora nuevamente estaba haciendo estragos en su pobre corazón.
¿A ella le gustará volver a verlo? ¿Lo recibirá con los brazos abiertos como tantas veces antes? ¿Podrá volver a ver aquella dulce sonrisa en su rostro? ¿Cómo será su madre? ¿Tendrá sus mismos ojos verdes? ¿Su mismo cabello rizado? ¿Cómo será su personalidad? ¿Serán parecidas madre e hija?
Tantas preguntas revoloteaban por la mente de Albert, que poco le importaba el efecto que podría haber tenido su carta en Lakewood. Sabía bien que la nota que envió de seguro ya habría llegado a manos de la tía Elroy, y que seguramente ya todos estarían enterados de su intención de posponer la fiesta de compromiso. Aunque desconocía la verdadera reacción de su prometida, se imaginaba que no sería del todo buena. Y lo más gracioso, era que él mismo sabía que aquello no era correcto, pero aún así era algo que sintió desde lo más profundo de su corazón y no se privó en hacerlo.
Algo en su interior no dejaba de gritarle que aquello no era buena señal, y que él sienta esa loca necesidad de huir de aquel compromiso por un tiempo no era para nada algo bueno… Pero aún así lo hizo, y ahora se encontraba viajando en un tren a un pueblito totalmente desconocido.
En aquel viaje, Albert se preguntó una y otra vez tantas cosas… Porque si estaba totalmente decidido a casarse con Josephine entonces ¿para qué posponerlo? Si era feliz estando con ella ¿para qué postergar el festejo? ¿Por qué había sentido el impulso de hacer aquello? ¿Por qué? ¿Por qué?
Pero ahora poco se podía hacer para cambiar las cosas, ya que la decisión ya estaba tomada. E insólitamente, ahora que ya lo había hecho se sentía mejor, como si un pequeño peso se había bajado de sus espaldas, liberándolo por lo menos por el momento…
Por el momento… Sí, porque sólo eso necesitaba, sólo un momento, o unos días o algunas semanas… Algo le decía que si no tenía aquel espacio de tiempo seguramente se moriría de disgusto. Por eso necesitaba aclararse, definir qué era lo que realmente sentía, descubrirse nuevamente, encontrarse consigo mismo…
Y casi instantáneamente recordó aquellos mágicos días en África, cuando paseaba por aquellos hermosos paisajes, rodeado de animales y vegetación, bajo un cielo salpicado con múltiples colores asemejándose a un arcoíris infinito, con el sol en el centro, inmenso e imponente, totalmente eterno…
En aquel lugar, él había llegado a sentir aquella libertad que jamás encontró en ningún otro sitio…
En África él era simplemente Albert, y así él era feliz…
¿Y ahora? ¿Qué había pasado? ¿Desde cuándo no se sentía a gusto consigo mismo?
Resignado dio un pesado suspiro mientras en vano trataba de acomodarse en aquella dura butaca, al mismo tiempo que escuchaba el hipnótico sonido del tren deslizándose por las vías.
¿Qué había pasado en su vida para que en este preciso momento se encontrara tan perdido?
¿Cómo había sucedido todo aquello?
Nuevamente cerró los ojos, tratando así de tranquilizarse… Ya averiguaría las respuestas a todas aquellas preguntas. Sólo necesitaba un poco de tiempo… Sí, sólo eso necesitaba…
Continuará…
s-s-s
¡Hola chicas! ¿Cómo están?
Anahis: Síiii, el susto que le dio George, pero se lo merecía Albert ¿no? Jaja ;) Uhhh, lo de Annie y el trío de gatas está difícil y más ahora… Veremos qué hace Annie en aquella mansión para ayudar a Candy y a Albert.
Elena: Bienvenida! Gracias por tan lindo comentario. Sí, estoy subiendo los capítulos acá al mismo tiempo que a los grupos, así que si no puedes leerlos allá, no te preocupes, los lees acá y listo ;)
Annilina: Bienvenida nuevamente! Del papá todavía no se sabe nada, pero veremos, tal vez más adelante… Veremos jijiji ;)
CrisdeA: Hola Bienvenida! Jajajaja, gracias por los halagos! Me alegra el corazón que te haya gustado mi fic :) Muchísimas gracias por tan bello comentario y no te preocupes por lo largo, a mí me gusta leerlos :)
Joelise: Bienvenida! Y muchísimas gracias! Sí, gracias al cielo aprendí a corregir los errores acá en ff, porque si supieras cómo me torturaba descubrir algún error y no poder hacer nada para corregirlos… Gracias por tan bello comentario, me alegra muchísimo que te haya gustado mi fic.
Gracias chicas por leer, seguirme y comentar! :)
El próximo capítulo veremos si lo logro terminar para el próximo fin de semana, todo depende de la inspiración ;)
Nos vemos en el próximo capítulo y por este mismo canal!
Un abrazooooooote y nuevamente gracias! :)
