¡Hola! ¿Qué tal?

Después de mucho tiempo de ausencia, les dejó el último capítulo de esta historia.

No es muy largo. De hecho, es la mitad de lo que acostumbro escribir, pero creo que la extensión es perfecta para lo que quiero contar.

Quedan muchos cabos sueltos, pero los dejo a su imaginación para que cada quien decida lo que quiera con respecto a ellos. Sin más los dejo con este último capítulo.

Ah, por cierto: Hay epílogo.

Disclaimer: Halo no me pertenece; si fuera mio, Cortana no se habría convertido en villana en Halo 5.


Capítulo XII: La calma que sigue a la tormenta.

―¡No tiene pulso! ―la voz de Catherine sonaba realmente angustiada.

Ninguno de los presentes quería creer lo que estaba sucediendo. No podía ser posible que todo el esfuerzo por rescatar a Miranda había sido en vano.

Sandra abrazó a su hermano escondiendo su rostro en el pecho masculino, el llanto no se hizo esperar en ella. El joven sintió por primera vez el característico nudo en la garganta que tarde o temprano todo soldado debe sentir al ver morir a un compañero y amigo.

Cortana se quedó ahí, temblando, no sabía como actuar, nada la había preparado para lo que estaba viviendo. Sarah, al ver la falta de reacción de la ex I.A. se acercó a ella y posó sus manos en los hombros de la mujer.

―Esto no puede estar pasando ―dijo Cortana―. No debe estar pasando. ¡No… no debe estar pasando!

―Cortana, ven conmigo ―la llamó Sarah.

John, reaccionó inmediatamente y llevó a su hija a una cámara criogénica con la esperanza de que la congelación pudiera darles tiempo para salvar su vida.

―¡Tenemos que llegar a la Tierra rápido! ―dijo Catherine. Sus ojos estaban enrojecidos y llenos de lágrimas.

―Eso intento ―Introdujo John a la chica en la cápsula―. Rápido, todos entren a una cámara criogénica, entraremos al desliespacio ahora mismo.

El tiempo parecía pasar demasiado lento. Para John fueron los diez segundos más largos de su vida al tener que esperar que la computadora de la nave calculara la ruta hasta la Tierra y abriera el portal desliespacial.

―Tenemos que salvarla, John ―escuchó a Kelly a sus espaldas. El supersoldado giró su cuerpo para quedar de frente a ella―. Si Miranda no sobrevive, te haré pagar de la forma más dolorosa que se me ocurra.

―¿Crees que tengo interés en dejarla morir? ¿Tienes idea de lo mucho que esperé para poder decirle que soy su padre? No te equivoques, Kelly.

―Eso espero ―dicho eso, la Spartan se retiró hasta su cápsula de criogenización.

John llegó poco después, encontrando a Catherine viendo fijamente la cámara donde Sarah había metido a Cortana.

―¿Cómo está? ―preguntó John.

―Tuvo un ataque de ansiedad. Tuve que suministrarle una dosis triple de calmante para poderla meter ahí.

―Bien. Vayamos a dormir. O la ansiedad nos volverá locos a todos.


En La Tierra, el almirante Lasky había pasado varios días descansando de la herida recibida durante el enfrentamiento con los insurrectos en la academia, y apenas ese día volvía a estar en servicio, aunque en contra de las recomendaciones de los médicos. No había podido sacarse de la mente que buena parte de su familia había ido a rescatar a la hija del Jefe Maestro. En una situación de guerra normal, aquello habría sido imposible, pues nadie en todo UNSC habría estado de acuerdo en que se arriesgaran tantas vidas por salvar una sola. ¡Pero se trataba del jefe, maldita sea! ¡Él se merecía ese sacrificio y más!

De repente todas las alarmas comenzaron a sonar, alterando a todo el personal de la sala de control, justo el lugar donde el almirante se encontraba en ese momento.

―¿Qué pasa? ¿Es un ataque? ―preguntó acercándose a una consola de vigilancia tan rápido como el dolor de la herida en su pecho se lo permitió.

―No lo sabemos, señor. Se abrió una brecha desliespacial a quinientos kilómetros de altura.

―Eso es muy peligroso ―murmuró el almirante―. Revise si la nave es amiga o enemiga ―le ordenó al operador.

―Revisando IFF ―pasaron unos pocos segundos que al almirante le parecieron eternos―. La nave es amiga, señor.

―Abra un canal de comunicación.

―No hay necesidad, señor. Ellos nos están llamando.

Nave de infiltración UNSC 2131. Solicitamos atención médica inmediata. El soldado herido presenta penetración en la caja torácica y posible perforación del pulmón izquierdo.

Thomas identificó de inmediato la voz del jefe maestro.

―Aquí base de vigilancia 313, de inmediato les abriremos una vía rápida hacia el hospital general de UNSC en Nueva York ―avisó Thomas.

Gracias, almirante ―agradeció John a través de canal de comunicación.

―Quiero que escolten esa nave hasta el hospital en Nueva York, y quiero una que me transporte hasta allá. Hágalo de inmediato soldado ―ordenó el almirante, luego salió tan rápido como pudo.

La reentrada fue tan rutinaria como cualquier otra, pero para todos en el interior parecía no acabar.

―Debemos estar listos para sacar a Miranda tan pronto toquemos tierra ―avisó Catherine.

Desde el pelican que lo transportaba, Thomas había ordenado a todo el personal del hospital que estuviera atento, por lo que, para cuando la pequeña nave llegó, había un pequeño contingente de médicos y enfermeras en la plataforma situada en la azotea del enorme edificio.

―Procedan a acercarse ―ordenó uno de los médicos en el lugar.

La compuerta trasera del pequeño vehículo se abrió, los recién llegados salieron rápidamente. Al frente iban John y Kelly cargando la cápsula criogénica de Miranda.

―Tiene una herida en el tórax y posible perforación de pulmón. Tuvimos que congelarla para estabilizarla.


Horas después, todos se encontraban en una pequeña sala esperando noticias sobre el estado de la chica. Todos, excepto John estaban sentados.

Cortana, quien en ese momento se encontraba en una silla de ruedas lo observaba. Le habría gustado acercarse a él y abrazarlo por el cuello, pero sus piernas y brazos estaban muy lastimados después de haber sido herida por Serin en Venezia. Si no fuera por la bioespuma que su traje le suministró y la adrenalina que recorría su cuerpo en aquél momento, no habría podido enfrentarse a ella y acabarla.

Sarah notó la necesidad de Cortana por estar a solas con el jefe y por eso es que habló:

―Creo que todos deberíamos ir a descansar. Si algo pasa, los médicos nos avisarán.

―Estoy de acuerdo ―agregó Thomas―. Será mejor que todos vayan a descansar.

―Pero… ―trató de protestar Sandra.

―Sin protestas, Sandra Lasky ―le ordenó Sarah―. Ya di la orden y como su oficial superior que soy, deben obedecerme.

―Oficial superior cuando le conviene ―murmuró Sandra.

―Te oí, niña.

La oreja de Sandra fue estirada por los poderosos dedos de su madre. La adolescente se levantó del sofá de inmediato.

―¡Ya, mamita! ¡ya, mamita! ¡Te juro que no lo vuelvo a hacer!

―¡Ja! ¡Como si no te hubiera escuchado infinidad de veces!

La Spartan sacó a la chiquilla de allí sin problemas. Antes de salir, le sonrió y guiñó un ojo a Cortana, quien de inmediato interpretó aquél gesto como una señal de que pronto estarían ella y John solos; le sonrió agradecida.

―¿Alguien más quiere arriesgarse a un jalón de orejas? ―preguntó Thomas.

Nadie respondió, y salieron del lugar tranquilamente.

Con la sala vacía, Cortana habló:

―Cuando Miranda nació fue muy extraño. Éramos tres mujeres extrañas: la parturienta, la loca que no dejaba saltar de un lado a otro por los nervios y una apática cuyas cicatrices le hacían parecer una practicante de sadomasoquismo, todas en el hospital tratando de parecer normales… al menos lo normal que un parto puede ser.

Cortana rememoró aquél día…


Era media tarde, y las tres mujeres comían tranquilamente. Hacía dos meses que Cortana no trabajaba por haber ejercido, por orden de su jefe, su derecho de maternidad.

El vientre abultado de la entonces joven mujer la mantenía más alejada de la mesa de lo normal, y Catherine no perdía la oportunidad de hacerle ver ese detalle.

Si no estuvieras tan panzona, no tendrías que comer así ―le decía la doctora, cuya apariencia infantil desentonaba con sus palabras.

Te burlas porque no estás embarazada.

Me burlo porque ya estuve embarazada una vez y sé de lo que hablo. Además, mi vientre no estaba tan grande.

Tú no llevabas al hijo de un Spartan en el vientre. Si supieras lo duro que patea no te estarías burlando.

Cortana había tenido bastantes molestias cuando Miranda comenzó a moverse en su vientre, pues la fuerza de sus movimientos y golpes le causaban molestias intensas. Para la ex I.A. era como tener a un boxeador dentro del cuerpo que golpeaba para abrirse paso.

Yo creo que sería conveniente que revisáramos una vez más las rutas para ir al hospital si no queremos tener problemas con el tráfico a la hora del parto ―intervino Kelly, tratando de ser previsora.

Ya hemos tenido esa conversación un millón de veces, Kelly. Hemos medido el tiempo de llegada de cada ruta a todas las horas del día, y no creo que se pueda optimizar más el trayecto.

»En todo caso, lo que deberíamos hacer ahorita es relajarnos y dejar que el tiempo pase ―ofreció Catherine levantando los platos de la mesa.

Por raro que parezca, Kelly, estoy de acuerdo con ella.

En ese momento le dio un dolor a Cortana, mismo que le hizo doblarse.

¿Qué pasa? ―preguntó Kelly preocupada.

No es nada. Sólo una pequeña contracción. Es todo; ya estoy en el noveno mes. El médico dijo que esto se hará más frecuente conforme se acerque el momento del nacimiento.

Aún así, no dejo de preocuparme.

Cortana sonrió, Kelly en esos meses con ellas había adquirido un instinto materno que no creyeron posible que existiera. Incluso, habían comentado entre ella y Catherine que la mirada de la Spartan se había suavizado al punto de volverse hasta cariñosa en momentos puntuales.

Una nueva punzada se presentó en Cortana.

¡Ay! Ese sí estuvo fuerte.

Deberías recostarte un momento, tal vez sea por estar tanto tiempo sentada ―aconsejó Catherine, quien subida en un banquillo, lavaba los platos sucios.

Sí, puede que tengas razón. Kelly ¿podrías vigilarla? No quiero que me haga alguna travesura.

Claro, no hay problema ―acordó la otra mujer.

Que desconfianza me tienes ―dijo sarcástica la infantil doctora.

Te conozco hermanita. Contigo puede suceder hasta lo imposible.

¡Je, je! ¡Claro que sí! ―afirmó con orgullo.

La joven mujer se fue a recostar en la sala.

Pasada casi media hora, Kelly y Catherine conversaban en la cocina cuando Cortana entró:

Chicas, estoy haciendo agua.

Tómate un anti diarréico, eso funciona.

¡No hablo de ese tipo de agua, idiota! ¡Digo que se me rompió la fuente!

Las otras dos chicas miraron a Cortana y al enorme charco de agua que se había formado bajo sus pies. De inmediato corrieron a socorrerla.

¡Rápido, tomen sus cosas y vamos al auto! ―ordenó Kelly.

Más pronto que inmediatamente estaban las tres subidas en el vehículo. Kelly encendió el motor y metió reversa para salir del terreno de la casa. Ni bien estuvo sobre la calle, pisó el acelerador del auto al fondo.

¡Son las tres cuarenta, si vamos por la ruta C llegaremos en 7 minutos! ―informó Catherine.

¡Por favor! ¡No tan rápido! ―pidió Cortana―. ¡Quiero llegar viva al hospital!

No te preocupes, nunca me he muerto por conducir así ―dijo Kelly, quien esquivaba los demás vehículos con impresionante maestría.

Una fuerte contracción atacó a Cortana.

¡Ay! ¡Apúrate Kelly! ¡Esto duele como el infierno!

¡Decídete! ¡Voy espacio o rápido!

¡Pisa el puto acelerador y no preguntes! ―le ordenó Catherine, que en ese momento estaba con la cabeza entre las piernas de su hermana― ¡Esta mujer está a punto de explotar! ¡Ya tiene tres centímetros de dilatación!

¡CATHERINE! ¡Maldita fisgona, saca tu PUTA cabeza de mierda de ahí!

La entonces niña, salió debajo del vestido de su hermana y le sonrió.

Quién diría que serías tan malhablada en una situación como esta ―sonrió.

Poco menos de siete minutos después, llegaron a la entrada del hospital.

Kelly saltó del hog que conducía y rápidamente se posicionó por el lado del pasajero, tomó a Cortana en brazos y entró al nosocomio, Catherine iba al frente.

¡Necesitamos un doctor aquí! ¡Mi hermana va a tener un bebé!

Una enfermera que estaba cerca se aproximó a las tres recién llegadas.

¡Dónde queda la sala de parto! ―preguntó Kelly.

La enfermera ni siquiera contestó, sólo hizo una seña y guió a las tres mujeres.

Kelly entró, otra enfermera le impidió el paso a Catherine.

Espera aquí, preciosa, tu mami pronto saldrá y tendrás un hermanito. ¿OK?

¡No es mi mamá, es mi hermana! ―le gritó la infantil doctora.

Da igual. Espera aquí ―le contestó.

A los pocos segundos, Kelly también salió despedida del lugar. Desde afuera podían oírse los alaridos de dolor de Cortana.

Me sorprende realmente que la dilatación sea tan rápida ―comentó Catherine.

Nunca había asistido a un parto, así que no puedo opinar sobre esto ―dijo Kelly al tiempo que se sentaba en una silla cercana.

En todo caso, debemos esperar a que llegue el ginecoobstetra.

Poco después, una joven doctora irrumpió en la sala de parto.

Ya llegó ―informó Kelly.

Catherine daba saltitos por todas partes, como si quisiera ir al baño.

¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!

Deberías ir al baño le sugirió Kelly.

No son ganas de ir al baño, son los nervios.

Todo saldrá bien.

Eso quiero.

Los minutos se fueron alargando, y los sonidos de esfuerzo de Cortana solo contribuían a poner nerviosas a las dos expectantes mujeres de afuera.

«Ya casi sale».

Podía escucharse a través de la puerta.

«¡Vamos! ¡puja!»

La voz de Cortana era muy audible, aunque no emitiera palabra alguna… excepto las groserías que profería contra las enfermeras, la doctora y el responsable por dejarla embarazada.

El parto duró casi una hora, al final, el llanto de la bebé hizo que Kelly y Catherine se levantaran de su asiento. Ninguna de las dos pudo contener las lágrimas de emoción.

Poco después, la doctora salió del cuarto y les habló.

¿Ustedes son familiares de la joven?

Si, yo soy su cuñada y ella su hermana ―avisó Kelly.

Felicidades, es una niña ―la doctora sonrió.

Catherine comenzó a saltar y gritar de alegría, luego se abrazó a Kelly, quien la tomó en brazos y la abrazó también.

¡Somos tías! ¡Somos tías! ―gritaba Catherine con sus lágrimas corriendo a más no poder.


―Debió ser un día especial ―comentó John al escuchar el fin del relato de Cortana.

―Sin duda, pero lo más emotivo vino cuando nos presentaron a Miranda…

»Yo nunca había visto a Kelly llorar y ese día me di cuenta que aún hay mucho amor dentro de ella.

Suspiró.

»Aún así, los primeros meses fueron difíciles para todas… bueno… para Kelly y para mí. Nunca, ninguna de las dos, habíamos criado a una niña. Así que Catherine fue una gran ayuda, tú sabes por qué.

―Entiendo.

John recordó a la fallecida Miranda Keyes.

―La primera vez que la amamanté, y vi su carita inocente, sentí que si llegase a perderla, yo ―sollozó―… yo no lo soportaría. Y en este momento siento que mi mundo se derrumba; si ella se va, te juro que yo me iré con ella ―ya no pudo soportar más y rompió en llanto.

John se acercó hasta ella y puso una rodilla en el suelo para estar a su altura.

―Ella va a vivir. Es fuerte y una guerrera. Se necesita más que eso para matarla. Te lo aseguro.

Aunque no lo dijera, John se sentía de la misma forma que Cortana, él tampoco sabía que haría si Miranda llegase a faltar. Los pocos meses que había convivido con ella habían bastado para que sintiera que no podría permitirse alejarse una vez más.

―Sí, supongo que eso lo sacó de ti. Son iguales de cabeza dura.

―Algo tenía que heredar de mí.

Ambos sonrieron.

A la vuelta de una esquina, Catherine y Kelly escucharon la conversación. La más joven lloraba en silencio y los ojos de la Spartan estaban anegados, casi a punto de desbordarse.

Unas horas después, el médico que había operado de Miranda llegó desde el quirófano y se dirigió hasta John.

―Jefe maestro, necesito hablar con un pariente de la joven ―la voz del galeno sonaba seria. Aquello no le gustó a ninguno de los dos padres.

―Yo soy su madre ―contestó Cortana, acercándose al doctor.

―Seré sincero… su hija está muy delicada. La bala atravesó su pulmón izquierdo y estuvo a punto de colapsar. Sin embargo, el peligro aún no pasa; la tendremos en terapia intensiva para monitorear su progreso. Si sobrevive a esta noche, pueden considerarlo un milagro. Pero es mejor que se preparen para lo peor.

Aquellas palabras habían sido como una bofetada. Cortana bajó su vista, sus ojos se derramaron nuevamente.

John, por segunda vez en su vida, sintió aquél sentimiento de pérdida, el mismo que sintió cuando creyó que Cortana había desaparecido para siempre en la explosión del mantle's approach.

El médico se alejó del lugar, para arreglar el papeleo obligatorio, y un posible certificado de defunción.

Sin poder sostenerse en pie, John se sentó en uno de los sillones de la sala de espera con la cabeza baja y sus manos sobre ella.

Cortana se acercó con esfuerzo y dolor de sus brazos y piernas, mas esas sensaciones quedaron de lado al ver lo que nunca había visto… gruesas gotas caían al suelo en silencio; John estaba llorando.

Ella no sabía qué hacer, nunca esperó tal reacción de parte de él. Jamás creyó que presenciaría tal situación. En el pasado había sido él quien la consoló cuando lloró, pero esta vez era diferente; era John quien lloraba, en silencio.

Sin encontrar más que hacer, estiró sus brazos aún en contra del dolor que las heridas le ocasionaban y levantó el rostro del hombre, cuyos ojos estaban enrojecidos como nunca los había visto.

Sin una sola palabra de por medio, ella lo besó en la frente y se abrazó a su cuello, no tenía palabras qué decirle, cuando ella misma se sentía igual que él.

John rodeó la cintura de su mujer y se dejó consolar.

En la oscuridad de los pasillos, Catherine y Kelly se alejaban para llorar a solas. Los que vieron a la Spartan, se sorprendieron al ver sus lágrimas correr sin disimulo.


―Tom. ¿Qué podemos hacer? ―preguntó Sarah a su marido.

―Por el momento, lo único que podemos hacer es esperar ―le respondió el almirante―. La chica es fuerte, aún tiene esperanzas.

Los esposos se encontraban en su habitación, en la casa que ambos compartían, por lo que podían conversar con total intimidad.

―También me preocupa que nuestros hijos están resintiendo demasiado todo esto. Al parecer, ambos crearon vínculos muy fuertes con ella.

―De Cadmon no me extraña. Él siempre ha sido un chico muy empático. Pero de Sandra ―Thomas suspiró―... Miranda debe ser una joven muy especial para que nuestra hija se preocupe por ella.

―Quizás sea por la paliza que le dio.

―Puede ser eso, o vio en ella alguna especie de figura materna ¿Qué sé yo? También pudo ver a una hermana mayor.

―En todo caso. El jefe ya es libre de irse si quiere. Y estoy segura que así será, sin importar cómo termine esto.

―Pienso lo mismo. Y estaré de acuerdo con eso; ya mucho ha sufrido a causa de UNSC.

Sarah se acercó a su esposo y lo abrazó inclinándose para estar a la altura de sus ojos.

―¿Ya has hablado con los chicos?

―Si ―le contestó.

―¿Y?

Thomas volvió a suspirar.

―Cadmon está enamorado de esa chica. No tengo ninguna duda.

Sarah sonrió.

―Mi niño ya está creciendo.

―Sandra estuvo con ella esta mañana. Después de eso estuve consolándola durante más de una hora.

―Parece que también está madurando.

―Yo creo que le hacía falta tener una amiga con su misma condición y que fuera capaz de contener sus impulsos.

―Te juro, Tom, que si ella se recupera, trataré de conocerla. Tengo la impresión de que es una chica muy dulce.

―Quizás tienes razón. Aunque por lo que he escuchado, parece que tiene su carácter.

―¿Has pensado en lo que harás cuando el jefe se vaya?

―Si. De hecho ya hice algunos preparativos para su partida.

―¿El alto mando estuvo de acuerdo?

Tom sonrió.

―La mayoría… y el resto dudo que se atrevan a decir algo sabiendo que el ochenta por ciento de los almirantes apoyan el retiro del jefe.

―Espero que no se vayan él y Cortana con el pesar de haber perdido una hija aquí.

―Lo mismo espero.


Asistir al funeral de un hijo es algo que ningún padre desearía ver.

John abrazaba a Cortana mientras ella escondía el rostro en el pecho masculino.

Todos alrededor de la futura tumba lloraban sin consuelo, viendo cómo un ser tan querido era inhumado. Cada uno se despedía dejando caer una rosa dentro del foso, con lágrimas desbordadas.

Los amigos más cercanos lloraban abrazados lamentando el no poder hacer nada para ayudar.

―Sabes que cuando algo así pasa, no hay nada que se pueda hacer ―dijo John mientras acariciaba el cabello de su mujer, cuya longitud había crecido en los últimos meses.

―Me es muy difícil aceptar algo así, John.

Los hombros de Cortana temblaban a causa del llanto.

Poco después, la pareja se alejó del cementerio de Rose Valley en dirección a su hogar. En el camino, tanto Cortana como John recordaban lo sucedido meses atrás.


Catherine se encontraba sentada a un lado de Miranda intentando leer, mas sus pensamientos le impedían concentrarse en ello.

Había mandado a Cortana a descansar después de haber pasado casi tres días en ese lugar sin moverse a la espera de que su hija despertara.

La primera vez que vio a su sobrina ahí, conectada a un respirador que la mantenían con vida, sintió que el piso bajo sus pies desaparecía. La impresión de verla tan mal casi hizo que se desmayara, pese a que en el pasado no habían faltado ese tipo de situaciones en su vida.

Intentó volver a concentrarse en la lectura para sacar esos pensamientos de su cabeza, pero le fue imposible. No había manera de hacerlo, no podía dejar de pensar en la niña que estaba a su lado en la cama y que no había despertado en casi una semana.

La miró por largo rato, para después levantarse de su asiento y acercarse a la ventanilla de la habitación y mirar hacia el vacío del espacio.

¿Cuándo despertarás? ―preguntó la joven doctora― ¿Tienes idea de lo angustiados que estamos todos por verte así? ¿O es que no te importamos y por eso te quedas ahí, sin hacer nada? Tal vez sólo nos estás jugando una de tus bromas pesadas.

La joven suspiró con pesadez...

»No… no estás bromeando. Simplemente no abres tus ojos porque esa maldita te puso entre la vida y la muerte.

No los he abierto aún porque no puedo, Catherine.

Los ojos de Catherine se abrieron al máximo, su cuerpo giró inmediatamente, para descubrir que Miranda no se había movido un ápice y que todo había sido un juego de su mente, generado quizás por el cansancio, o tal vez por su enorme deseo de verla despierta.

Se acercó hasta la cama y acomodó un mechón de cabello que había caído sobre la frente de su sobrina.

No tienes idea de lo que mucho que te quiero, Miranda. Pero no se lo digas a nadie ¿sí?

Luego besó su frente.


La casa estaba en silencio, Cortana supuso que Catherine debió salir, aunque bien podría estar en su habitación escuchando música o cualquier cosa que su alocada mente le provocara hacer.

John se preguntaba lo mismo cuando el sonido de una carcajada lo sacó a él y a su mujer del ensimismamiento. Ambos subieron hasta la segunda planta, donde descubrieron que la risa no provenía del cuarto de Catherine, sino del contiguo, el de Miranda.

Ambos, demorando el paso, como temiendo entrar en aquella habitación, se fueron acercando hasta que John tuvo una mano en pomo de la puerta, y aún en ese momento sentía que una fuerza invisible le impedía abrir la débil barrera; en realidad no quería perturbar el espacio donde Miranda había crecido.

Otra carcajada se oyó desde adentro.

―¿Vas a abrir o no? ―le preguntó Cortana, había impaciencia en sus palabras.

No teniendo más alternativa, John abrió la puerta, Cortana entró primero.

Catherine estaba riéndose a carcajadas mientras veía una película cómica.

―¡Ya no, ya no! ―gritaba la joven doctora mientras se agarraba el estómago.

―¡Catherine! ―le gritó Cortana.

La hermana menor miró a la mayor y continuó riéndose.

―¡Lo... siento! ¡Es que es... muy... chistosa!

Las carcajadas continuaban sin parar, provocando que gruesas lágrimas corrieran por sus mejillas.

―No sé cómo la toleras todo el día.

―Diría que con paciencia de santo, pero a veces me provoca tirarle los dientes. ¿Necesitas algo?

―Sí, que te la lleves de aquí ―pidió Miranda, quien intentaba descansar a pesar de las risotadas de Catherine.

―Ya oíste, Catherine ―dijo Cortana.

―Pero...

―Pero nada. Te sales, o te saco. Escoge.

―OK, OK, ya me salgo.

Catherine salió del lugar rápidamente, no fuera que a Cortana se le antojara darle un golpe en la cabeza.

―Gracias, ma ―dijo Miranda al tiempo que se recostaba en la cama.

Cortana sonrió y luego suspiró.


Sólo no me llenes de baba la frente ¿sí?

Catherine se alejó sorprendida, en esa ocasión la voz de Miranda se escuchó demasiado clara, miró a la chica y esta le devolvió la mirada. Los ojos azules de la más joven lucían cansados, y con grandes ojeras, pero estaban abiertos.

»No sea que me pegues tus malos hábitos.

Estás… despierta.

Hace mucho; no sé cuánto realmente, pero sí desde que te levantaste a mirar por la ventana.

Entonces…

Escuché todo lo que dijiste. Y si no fuera porque no puedo moverme, me levantaría y te daría una bofetada para que te compongas, porque no suenas como tú.

Y en ese momento qué le importaba que no sonara como lo hacía normalmente. Catherine se lanzó a abrazar a su sobrina y a llenarla de besos.

¡No tienes idea de lo angustiados que hemos estado todos por ti!

Lo siento.

Tengo que avisarle a todos. ¡No tardo! ―salió de la habitación, pero volvió dos segundos después― ¡No te muevas!

No lo haré ―le contestó. Catherine volvió a irse―. De todos modos, no puedo moverme ―sonrió.


John vio salir a Catherine de la habitación de su hija a toda prisa, luego entró.

―¿Cómo te sientes?

―Bien... dentro de lo que cabe. Aunque duele un poco al respirar ―Miranda sonrió.

―Es normal... ¿Vas a bajar?

―Creo que sí. Ya estoy aburrida de estar encerrada todo el día ―En un acto un tanto infantil, ella estiró sus brazos―. Cárgame, papi.

John se acercó a su hija y estiró sus brazos.


John caminaba por un largo pasillo hacia uno de los laboratorios de la fragata. Un médico, por petición suya, le había hablado discretamente para que se presentara en el laboratorio B. Caminaba muy a prisa, casi corría, y aún así, sentía que no avanzaba.

Un día antes, mientras limpiaba su equipo de batalla para evitar pensar demasiado en la situación de su hija, se percató de que en las placas de su armadura, más exactamente en los puños de ésta, había grandes manchas de sangre. Pronto recordó de quién era esa mancha, así que sin esperar un solo momento, tomó esa pieza y caminó hasta el primer laboratorio que encontró para que se hiciera una comparativa de ADN entre el suyo y el de la sangre que perteneció a quien Serin había dicho era su hijo.

No había vuelto a pensar en ello por lo de Miranda, pero al intentar distraerse limpiando su armadura, y encontrar aquella sangre, la duda volvió a su mente.

El encargado del laboratorio le había dicho que tendría el resultado al día siguiente, por eso es que caminaba tan de prisa.

Cuando por fin llegó al lugar, encontró al hombre sentado, revisando algunos documentos.

Doctor ―dijo John, avisando su llegada.

Jefe. Su pongo que está ansioso por conocer el resultado del estudio.

Sólo dígame cuál es el resultado.

Ok ― el hombre se sintió atemorizado por la voz del supersoldado y concluyó que quizás no le gustaba bromear―. Como usted me pidió, comparé el ADN de la muestra con una suya.

El sujeto abrió un archivo en la computadora local y le mostró el resultado.

»Lo que encontré es que el ADN de la sangre, tiene coincidencias suficientes con la suya para determinar que se trata de un descendiente suyo, para ser más exacto, su hijo.

John sintió que sus piernas amenazaban con doblarse. Había matado a un hijo para salvar a otro. Una sensación de remordimiento comenzó a invadirlo.

¿Tanto así llegó Serin a obsesionarse conmigo? pensó John.

Lo curioso de esto, es que a pesar de que el ADN coincide con el suyo, no muestra algunas características que lo identifican como un Spartan. Como por ejemplo, algunas cadenas proteicas que están asociadas a la fuerza física ni las que corresponden al crecimiento acelerado de su cuerpo.

»Sin temor a equivocarme, considero que esta persona fue concebida antes de que usted fuera aumentado.

Lo cual era imposible, John jamás tuvo contacto carnal con Serin, antes o después de la aumentación, lo que dejaba sólo una alternativa viable para que el sujeto que asesinó pudiera nacer… Serin robó alguna muestra de ADN sin saber que se trataba de una común y corriente.

Gracias, doctor.

No tiene que ―el hombre interrumpió la frase al ver que el Spartan ya no estaba―… agradecer.


Cortana intentaba dormir después de pasar tres días en vela al cuidado de Miranda, mas le era muy difícil conseguirlo, ya que la preocupación le impedía conseguir el tan deseado descanso. No podía sacarse de la cabeza todo lo acontecido.

Cuando por fin estaba por conciliar el sueño, después de mucho tiempo, Catherine irrumpió en la habitación interrumpiendo su descanso. Estuvo a punto de protestar y lanzarle a la cabeza el primer objeto que encontrara, pero las palabras de su hermana la hicieron desistir.

¡Despierta, Cortana! ¡Despierta!

¿Qué quieres, Catherine? Apenas me estada quedando dormida dijo en forma de reproche.

¡Despertó! ¡Miranda despertó!

¿Qué? ―preguntó Cortana sin salir aún del letargo que el principio de la soñolencia provoca.

¡Miranda despertó, hermana!

La mujer saltó de la cama, y sin siquiera ponerse los zapatos, salió corriendo con dirección a la habitación de su hija. No fue mucho el tiempo que tardó en llegar.

En cuanto cruzó la puerta y la vio con sus ojos abiertos y mirándola, no pudo evitar que las lágrimas se derramaran.

¡Estás despierta! ―se movió hasta su hija para llenarla de besos― ¡Por fin despertaste, amor!

¡Te quiero tanto, mamá!

Ambas lloraban emocionadas, aunque por su situación, Miranda no podía hacerlo con la intensidad que hubiera querido.

Voy a avisarle a John ―anunció Catherine e inmediatamente salió de ahí para buscar al supersoldado.

No sabes cuánto nos hemos preocupado por ti ―le dijo Cortana a su hija.

No quise que esto pasara; lo siento mamá.

No es tu culpa, mi amor. Ya todo está en el pasado y ya nada nos podrá hacer daño.


Miranda agradecía salir de su habitación, había estado en ese lugar por más de un mes después de volver de la Tierra. Y, a pesar de sentir su cuerpo débil, agradecía haber vuelto con vida a su hogar. Sin embargo, le parecía extraño que ninguno de sus amigos hubiera ido a verla, pues, de seguro se habrían enterado por Catherine o su madre de su regreso.

―Ma ―habló Miranda― ¿Nadie ha preguntado por mí?

Cortana sonrió, su hija no olvidaba a sus amigos, y aunque sabía que quería verlos y ellos a ella, había decidido decirle a los chicos que su hija necesitaba descansar y que prefería evitarle muchas emociones en pro de su salud. Ya cuando estuviera lo suficientemente recuperada, les avisaría para que fueran a visitarla.

Desde aquél momento, hasta esa mañana, los amigos de Miranda no habían dejado de preguntarle si ya podían ir a verla.

―Todos los días me preguntan por tí.

―Pero…

―Pero primero necesitas recuperarte, luego podrás estar con ellos todo lo que quieras.

―Ya quier estar bien. Los extraño.

―¿Y no extrañas a tus otros amigos? ―Cortana sonrió.

―Si… también ―la joven recordó principalmente a Cadmon, Sandra y Natasha. Se preguntó cómo estarían. Hacía más de un mes desde que los dejó.

―¿Sabes? Deberías salir a pasear. No has salido en más de un mes de la casa y ya te hace falta que te dé la luz del sol. Estás muy pálida.

Miranda vio sus brazos y piernas, percatándose en el acto que efectivamente, su piel estaba más clara de lo normal.

―Creo que te tomaré la palabra.

―Bien. Le diré a tu padre que prepare el auto.

Escuchar «tu padre» salir de los labios de su madre hizo que Miranda se emocionara, pues, escuchar cada mañana un «buenos días de parte de John» era algo que había deseado toda su vida, y por fin ese deseo se había cumplido.

―De acuerdo.

―Pero primero debes cambiarte de ropa. ¿No pensarás salir así a la calle?

Miranda recordó que llevaba un pijama puesto.

―Tienes razón.

―Ven, vamos a tu cuarto para que te pongas presentable.

Después de un tiempo, John y Miranda se alejaban de la casa. Cortana sonrió, y al ver que John y su hija desaparecías al dar la vuelta en una esquina, se alejó de la casa.


―Me siento un poco rara haciendo esto ―comentó Miranda.

John la miró.

―Ya somos dos.

―No me refiero a que esté incómoda. Sino que… pasé tanto tiempo deseando que algo así me pasara, que no sé cómo actuar. Todo es tan nuevo.

―Si, comprendo ―dijo John. Tiró una piedra al lago evitando por poco golpear un ave que nadaba cerca de ahí.

―¿Sabes? Cuando era pequeña, llegué a envidiar a otros niños porque ellos tenían a sus papás y yo no; incluso llegué a odiarlos.

»Pero un día comprendí que mi envidia no estaba fundamentada. Pues, al igual que yo, muchos otros niños también habían crecido sin un padre o incluso, en la total orfandad.

»Luego conocí a Tony. Él creció sin su madre, por eso creo que ambos nos llevamos tan bien, porque él sí supo comprenderme. ¡Bueno! Además de haberlo salvado de una golpiza por parte de otros niños.

―Solo tengo una pregunta.

―¿Cuál?

―¿Quién es Tony?

Miranda vio a su padre, y este la vio a ella.

―¿Nunca te he dicho quién es?

―No.

―Ah… pues bien… Tony es mi mejor amigo. Crecí con él aquí. Y siempre hemos estado juntos en las buenas y en las malas. Mamá lo quiere mucho y por si te interesa, le encanta todo lo que tenga que ver con las fuerzas armadas.

―Interesante.

―Si. Lástima que su condición física le impida ser parte del ejército o cualquier otro cuerpo armado.

―¿Es muy flaco o pequeño?

―Algo así. Cuando lo conozcas sabrás de qué hablo.

―Creo que ya es hora de volver ―dijo John incorporándose.

―Si, ya está por ocultarse el sol ―Miranda también se levantó del suelo, aunque más lentamente―. Me alegó de haber pasado toda la tarde contigo ―La chica abrazó a su padre y lo besó en una mejilla―. No sabes lo feliz que me siento porque ya estés con nosotras.

John sonrió con su expresión incompleta de siempre, pero ese solo gesto fue más que suficiente para que Miranda supiera que él pensaba igual.

Emprendieron su camino de regreso a casa.

Al volver, el sol ya se había ocultado detrás de las montañas. Al entrar, Miranda se llevó una enorme sorpresa al ver a sus viejos amigos en su casa. Gritó todo lo fuerte que su pulmón izquierdo le permitió.

Juliette fue la primera en acercarse a ella y la abrazó llorando de felicidad.

―¡Te hemos extrañado tanto! ―dijo la menuda muchachita, mientras le rodeaba la cintura.

―Hola, Miranda ―saludó Tony.

Miranda vio a su más viejo amigo, y haciéndole un gesto con su mano derecha, lo invitó a acercarse a ella.

―¡Los he extrañado tanto! ―dijo ella mientras abrazaba a sus dos amigos.

John al ver cómo los dos jóvenes abrazaban a su hija, comprendió que su hija había arriesgado mucho al aventurarse en el espacio por ir a buscarlo.

―¡Y nosotros a tí!

Los tres adolescentes lloraban de felicidad por haberse reencontrado casi un año después de haberse separado.

―Chicos, tengo que presentarles a alguien ―La joven se soltó del abrazo de sus amigos y caminó hasta John y lo tomó de la mano―. Él es John, mi papá.

Los dos muchachos se sorprendieron al ver el enorme y musculoso hombre que estaba frente a ellos.

―Y yo que pensé que tú, Cortana y Kelly eran muy altas ―comentó Tony, viendo que la estatura de John era por demás, superior al de las tres mujeres mencionadas.

―Lo lograste, amiga ―dijo Juliette sonriendo y con lágrimas en los ojos―. Por fin tienes a tu padre contigo.

Tony se acercó al padre de su mejor amiga.

―B… buenas noches, señor. Soy Antonio Rivas, pero usted puede decirme Tony, si lo prefiere.

―Mucho gusto ―dijo John con su habitual tono fría de siempre, lo que hizo que el pequeño muchacho se sintiera intimidado.

―No lo asustes, John ―le dijo Cortana―. Te juro que no te va a morder― le dijo a Tony para tranquilizarlo.

―No lo hará mientras no hagas algo que lo enfade, como por ejemplo… mmh ―Catherine fingió pensar por unos segundos―… cortejar a Miranda, o acostarte con ella.

―¡No digas esas cosas! ―le gritó Tony alarmado―. ¡De verdad, señor, yo no pienso hacer tales cosas con su hija!

―Vaya, que decepción ―comentó John al tiempo que se adentraba en la casa para mirar a su mujer―. Ya está lista la cena.

―Ya ―le contestó Cortana. Luego miró a los demás―. Si gustan, pueden ir pasando al comedor.

Todos caminaron hacia el comedor.

―Chicos ―dijo Miranda― ¿Dónde están David y Robert?

―Ah, ellos… pues… tuvieron que irse de Minister porque a su padre lo ascendieron de puesto y ahora deben estar viviendo en La Tierra.

―¡Vaya! Es una lástima que no haya podido verlos otra vez.

―Seguramente algún día los veremos ―le animó Tony.

―Si, tienes razón ―le contestó Miranda al tiempo que le sonreía.

―Hora de la cena, chicos.

Los meses siguieron pasando, pronto, llegó agosto, y con el mes, el día en que Miranda cumplía su décimo sexto cumpleaños. La casa había sido adornada por Catherine y Kelly mientras Cortana se encargaba de cocinar. John había ido a recoger a su hija a la escuela.

Miranda, has haberse ido tan repentinamente el año anterior, había perdido el ciclo completo, por lo que tuvo que repetir grado, lo cual no le importó en absoluto a la chica, porque el sacrificio bien había valido la pena, pues tenía a su padre con ella y eso era más importante que la pérdida de un año escolar completo. De todos modos, a pesar de ese retraso, seguiría siendo la más pequeña de su grupo, pues ella, al tener solo 16 años, estaba a punto de terminar su educación pre universitaria, lo que la hacía calificar como una genio en su escuela y en todas las escuelas de la región.

Miranda, Tony y Juliette se encontraban sentados en una de las jardineras frente a la escuela, donde se protegían del sol y su calor, lo que le hizo recordar a Miranda que justo un año antes, ignoraba que su padre siguiera con vida y que este fuera un Spartan, mucho menos, sospechaba que fuera el más grande de todos, el legendario jefe maestro.

Sonrió, pues todo aquello era un motivo de gran orgullo para ella, pues su padre había salvado la galaxia en dos ocasiones, y en ambas, había salido con apenas unos rasguños.

También recordó el momento en que Cortana y John le revelaron la verdad detrás de su propia existencia. Y se sintió extraña al saber que su madre había sido en algún momento una inteligencia artificial. En aquel momento comprendió que su madre le hubiese contado que ella había participado junto a su padre en numerosas misiones. Y aunque se había ido acostumbrando con el paso del tiempo a esa verdad, no dejaba de sentirse extraña en algunos momentos.

Justo en ese momento, un hog se detuvo frente a los tres muchachos. Miranda sonrió al ver a su padre en el asiento del conductor.

Todos se subieron al vehículo tan rápido como pudieron. Miranda besó la mejilla de su padre.

―Pensé que mi tía vendría por mi ―comentó Miranda.

―Ya estaba por venir, pero tu madre ocupó que se quedara.

―Ah, ya veo.


La fiesta de Miranda fue la mejor que recordara, sobre todo, porque su familia estaba completa por primera vez.

―¡Hora de los regalos! ―gritó Juliette.

―¡La mejor parte de la fiesta! ―dijo Miranda.

Uno a uno, los presentes fueron dándole su respectivo obsequio a Miranda.

Al final, fue John quien le dio el último regalo. Miranda abrió el ligero paquete descubriendo en su interior una fotografía en donde aparecía su madre con un bello vestido azul que le hacía lucir muy bella, y por lo que pudo notar, la foto debía tener varios años, pues estaba algo desgastada, pero su madre se veía igual de bella que siempre.

―Nunca había visto esta foto ―dijo Miranda.

―Yo pensé que la había perdido ―dijo Cortana al mirar el trozo de papel.

―En realidad me lo quedé el día que volví a la Tierra.

Cortana sonrió.

―El mejor regalo que puedo tener hoy ya lo tengo.

La joven se levantó de su lugar y abrazó a sus padres.

Catherine y Kelly veían la escena y no pudieron contener unas lágrimas de felicidad. Parecía que por fin, John y Cortana podrían continuar con su vida sin el temor de que UNSC los persiguiera.

En ese momento la puerta principal sonó, Catherine fue a abrir, sus ojos se abrieron como platos al ver quienes estaban en la entrada.

―Buenas noches.

―Hola ―dijo la joven doctora.

―¿Podemos pasar?

―Claro.

Sarah y Thomas Lasky entraron, detrás de ellos, sus seis hijos fueron entrando en fila, desde la más pequeña hasta el de mayor edad.

―¡Tía Catherine! ―gritaron los más pequeños.

―¡Hola!

Todos corrieron a abrazar a la doctora.

Los que anteriormente habían estado en el comedor, salieron para ver cómo Catherine era derribada por cuatro enormes niños.

―Pensé que no podrían venir ―dijo Cortana mientras saludaba a Sarah.

―¿Y perdernos la oportunidad de verlos viviendo en una casa juntos? Eso es algo que no nos perderíamos por nada del mundo.

―Hola, Cadmon ―saludó Miranda al ver al amigo que había hecho en la Tierra.

―Hola, Miranda.

Los dos muchachos se sonrieron y se abrazaron con fuerza.

―Hola, marimacho ―saludó Sandra.

―Hola, idiota ―le contestó Miranda.

Las dos chicas se abrazaron con fuerza.

―Me alegra mucho que estés bien ―le dijo la segunda hija del almirante al tiempo que lloraba con su amiga.

―Me alegra tanto que estén aquí.

―No podía dejar descuidada a la chica que casi me mata a golpes en la Tierra.

―Vengan todos, hay comida de sobra para todos ―invitó Cortana al tiempo que caminaba de vuelta al comedor.

La velada fue muy amena, y ocurrió sin contratiempos y en medio de bromas y risas. Por primera vez, el matrimonio Lasky y sus hijos mayores, vieron sonreír a John, algo que en el pasado no habrían creído posible. Y su sorpresa fue mayor cuando él y Cortana compartieron un beso en frente de todos.


Después de la cena, John salió al patio a ver las estrellas, Cortana lo alcanzó poco después. Él la tomó por la cintura y se puso detrás de ella.

―Hace un año, Kelly me preguntó si yo te extrañaba.

―¿Qué le contestaste?

―Que ella ya sabía la respuesta.

―¿Cuál era esa respuesta?

―¿No es obvio?

―Para mí no.

Cortana guardó silencio unos segundos.

―Claro que te extrañaba. Y deseaba con todas mis fuerzas que volvieras con nosotras… conmigo.

―Pues, aquí estoy.

―Y estoy muy feliz por ello. Aunque…

―¿Hay algo más?

―Mmh… si.

―¿Qué es?

―¿Te acuerdas cuando nos reencontramos en la Tierra?

―No podría olvidarlo aunque quisiera.

―Bueno… pues, parece que volviste a darle al blanco.

―¿Qué quieres decir?

Cortana sonrió al tiempo que miraba hacia abajo y guiaba las manos de John hacia su vientre.

―Sé que parecerá un cliché, pero… quiero decir que vas a ser papá otra vez. Tengo casi cuatro meses de embarazo.

John casi se va de espaldas, al parecer la sorpresa principal, había sido guardada para él.

―No sé que decir… ―No había palabra alguna para describir lo que John sentía en ese momento.

―Podrías decir que estás feliz ―Cortana sonrió al ver el rostro de su hombre.

―Estoy… feliz. Muy… feliz.

Él abrazó a su esposa y la besó con fuerza, transmitiéndole todo el amor que no pudo darle durante quince años y que por fin podía demostrar.

Por fin, después de pasar por tanto sufrimiento durante su vida. De pelear constantemente, de sacrificar su infancia y juventud para proteger la vida de otros, John se había ganado el mejor de los premios… la paz que todos desean en su vida y la felicidad que en algún momento de su vida creyó imposible.

Parecía que la suerte volvía a sonreírle, más bien, que la vida por fin le sonreía y le daba esperanza de un futuro en el que no tuviera que sufrir para que otros tuvieran felicidad.

El destino de la galaxia quedaba en manos de otros. Él por su parte, disfrutaría todos los días. Pues al fin había comenzado, al lado de la mujer que amaba y de una familia que lo quería, a vivir el resto de su vida.


Notas del autor:

¡WIIIIIIIIII! ¡AL FIN TERMINÉ ESTE FIC!

No creí que fuera a tardarme dos años en acabarlo, pero aquí está.

No olviden que hay epílogo.