Ooooootro cap! :) Seis reviews por el último, nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que rompí algún corazoncito por ahí...

Nanda21: me parece que a tí te rompí un poco el corazoncito... Sorry! Sí, realmente la vida de Kat y Erik en las tres primeras películas de X Men hubieran sido bastante deprimentes. Pero bueno, un poquito más de Alex en este cap y en el siguiente con sus pre-cuñados espero que te anime un poco ;)

Milly: siento haberte hecho llorar bonita! :'( Yo he llorado únicamente con dos fics, pero vamos, que comparto la experiencia...

Marvelita: Tú y yo vamos a formar el club de haters de Matt Stone (risa malvada) Y bueno, a Erik no le va a hacer nada de gracia... (risa malvada nivel Loki)

Lizzieswan99: Orya Ivanova, Reina de la Ironía desde 1973 ;)

Respecto a la Comic Con 2015... Busco las noticias en Google compulsivamente. Espero no ser la única xD De momento me he encontrado a (ni idea si esto es real o alguien lo ha puesto ahí afirmando que es realmente... real) Erik con barba, supuestamente viviendo en un busque con su nueva mujer & familia (GRACIAS MARVEL POR NO DERRIBAR MI CANON... de nuevo) y siendo un Jinete del Apocalipsis...? Personalmente me gusta por donde van los tiros, si es que realmente las cosas serán así, porque no tendré que hacer demasiado desbarajuste con el canon. Curiosamente, nada más leerlo me pregunté ¿Estará Peter con él? ¿Peter y Wanda, chicos de ciudad, en medio del bosque? lol, eso es lo primero que pensé xD

Bueno, dejo ya de divagar, lo único avisaros de que estaré al menos hasta el día 30 sin poder actualizar. Me han seleccionado para asistir a un campus científico en la Universidad de Murcia. Especialidad: Biotecnología ;) Sueño que Bruce, Tony y Hank se pelearán por mi ayuda en el laboratorio, pero creo que no va a ser... En fin.


Cap. 12

27 de Enero de 1973

París, Francia.

-Si veo moverse un solo tornillo te clavo esto en el cuello, Erik –gruñó Raven.

Frente a ella, Erik dejó escapar una pequeña mueca de sorpresa. Definitivamente, no esperaba encontrársela en el metro de París pocas horas después de la Conferencia de Paz, y menos aún bajo el aspecto de mendigo que había adoptado.

-¿Cómo me has encontrado? –preguntó con una pizca de curiosidad en su voz. Raven frunció el ceño.

-Me enseñaste bien.

-Te esperé.

-¡Intentaste matarme! –exclamó Raven, incrédula- A mí y a Orya.

De verdad que intentaba entender los motivos de aquel hombre que tenía delante, su motivación. Intentaba comprender por qué Orya había acabado con una pistola en la cabeza.

-Para que el resto viviésemos. Para que mis hijos viviesen. Discúlpame por luchar por mi familia, Raven –bufó Erik. La joven frunció el ceño.

-Explícate.

-Recibimos un mensaje del futuro…

-No me mientas –siseó Raven, hundiendo más el punzón de plástico, proveniente del peine de plástico que había roto aquella mañana- Orya estaba conmigo y nunca llegó nada. Apenas vio unas alternativas del mismo futuro. Eso no es un mensaje.

-¿Dónde está el libro de normas que dice que sólo Orya puede indagar en el futuro? –contraatacó Erik- Nunca te he mentido y nunca lo haré. Los humanos usarán tu sangre y tus genes, los de Orya, para crear un arma que nos aniquilará. Sólo hice lo que creí necesario para asegurar nuestro futuro.

-¿Y qué me impide a mí ahora matarte y asegurar el futuro de Orya? –su voz surgió en un susurro amenazador, cargado de ira. Y es que casi había perdido los papeles al verle apuntar a Orya con una pistola. Había tenido que hacer uso de todo su autocontrol para no saltar de la mesa y abalanzarse sobre él.

Sin embargo, Erik sonrió ligeramente.

-No le harías eso a Katrina, ¿verdad que no?

Raven exhaló lentamente, procurando tranquilizarse. Maldito hijo de puta manipulador… Efectivamente, tenía razón. Nunca le haría eso a Katrina. Eso la destrozaría más allá de lo que podía imaginar, no podía hacerle tanto daño conscientemente.

-Debería atravesarte el cuello por amenazar a Orya –gruñó, tensando su agarre sobre el punzón- Charles jamás le hubiera tocado un pelo a Kat. Ni ninguno de nosotros lo hubiéramos hecho, para el caso.

-Charles debería ocuparse un poco más de su chica si no quiere que su propia hermana se la quite, ¿no te parece? –Erik sonrió ligeramente y Raven trató por todos los medios de mantener su rostro impasible e inexpresivo- No debería extrañarte, Raven. Es natural, al menos en ti. Eliges tener un cuerpo de mujer porque así naciste pero perfectamente podrías ser un hombre. Físicamente, no sé si me explico.

-No necesito que vengas a darme lecciones sobre mi propio cuerpo –escupió Raven. Erik se encogió de hombros.

-Como tú veas. El caso es que… Bueno, que lo entiendo. Tú tienes ambas posibilidades, y Orya no es precisamente una mujer poco atractiva… Es normal tener curiosidad.

Raven permaneció en silencio, observando con el ceño fruncido a Erik exhibir aquella sonrisa suya de tiburón. No iba a caer en su juego. Pretendía sonsacarla, ver cómo podía manejarla (a ella y a Charles) usando a Orya. En el fondo no creía que realmente fuera a hacerle daño. Qué demonios, apreciaba a Orya. Estaba segura de ello. Pero tanto ella, como Orya, Charles, Hank y el resto, eran simples peones en su juego de ajedrez. Le conocía, no iba a caer en eso diciéndole que lo que sentía por Orya no era simple curiosidad, que lo que sentía por ella lo sentía siendo mujer, que sus poderes no tenían nada que ver en ello, que desgraciadamente sabía que Orya simplemente estaba muy confundida y muy perdida, y que en el fondo quería a Charles. Pero bien podía guardarse esas reflexiones para sí misma.

Y en cuanto a que Trask la usaría… Tendrían que pasar sobre ella y sobre Charles para llegar hasta Orya.

-De todos modos, ya nada importa –suspiró Erik- Tienen tu ADN. Tu sangre estaba en el suelo.

-Pero no tienen el de Orya… ¿Verdad? –preguntó, temerosa de la respuesta. Erik meneó la cabeza.

-Se golpeó la cabeza al caer. Había sangre en el suelo, Hank intentó limpiarla, pero Stryker es listo y se le adelantó. Ahora tienen el ADN de las dos.

-¿Y de quién fue la culpa? –Raven siseó como una especie de serpiente enfadada, y Erik se dignó a bajar la mirada.

-Mía –reconoció- He visto sus planes. Están construyendo un arma y ahora tienen lo que necesitan para perfeccionarla. Tenemos que atacarlos ya, mientras tengamos aún ventaja.

-He visto morir a muchos amigos, Erik. He visto desaparecer a mi hijo –susurró Raven, con las lágrimas amenazando con hacer acto de presencia. Los ojos de Erik se abrieron ligeramente ante aquella nueva información- No quiero una guerra. Sólo quiero al hombre que los asesinó.

-¡Es una guerra! ¿Qué te ha pasado? –Erik la miró sin comprender- Has cambiado mucho en mi ausencia. ¿Eres aún la Raven de Charles? ¿O eres Mystique?

Soy la Raven de Orya.

-Trask es el enemigo –afirmó.

-Asesinar a un hombre no basta –negó Erik. No lo comprendía, vio Raven. No entraba en su cabeza.

-A ti nunca te bastó –suspiró con tristeza. Recordaba la caza interminable de Shaw que había guiado a Erik durante la mayor parte de su vida, la venganza que le había dado fuerzas para continuar, el rencor que le había hecho entender las razones de Katrina- Kat lo entendió… Al final. Pero veo que tú no lo harás. Adiós, Erik.

Abandonó la cabina donde había arrinconado a Erik al tiempo que se fundía con la multitud bajo la forma de una ancianita de cabello blanco, embutida en un abrigo de piel. Su cabeza era un hervidero incesante de planes sin demasiado sentido, posibilidades, huidas.

Lo único que tenía claro era que tenía que encontrarla. Tenía que encontrar a Orya. Y sabía donde estaba. Muy decidida, alzó la mano y llamó a un taxi. Cuando el conductor le preguntó educadamente a dónde se dirigía, Raven, con un francés perfecto, le indicó que la llevase al aeropuerto más cercano.


Washington DC, Residencia de Katrina Maximoff.

Katrina acababa de hablar con el señor Brown. Era irónico que hubiera sido su llamada diciendo que Wanda estaba llamada al despacho del director y tirada en medio de la carretera lo que la sacó del estado de semi-histeria en el que había estado sumida durante la última media hora. Mientras colgaba lo más groseramente que pudo, hirviendo de rabia (Brown estaba dándole al ácido si pensaba que iba a permitir que abofetease y le arrebatase la beca a su hija) se preguntó dónde demonios estaba su hija. Iba a matar a Brown por dejarla tirada en la carretera.

Se estremeció al pensar en lo que podía pasarle a una chica joven y guapa como Wanda, ella sola por ahí. Bien podía haberla recogido una amable pareja de ancianitos, o… No quiso ni pensarlo. Tenía que ir a buscarla. Agarró las llaves del coche y arrancó al vuelo la chaqueta del perchero antes de dirigirse al jardín. Darcy dormitaba sobre el regazo de Peter, mientras que su hijo y Meg hablaban animadamente sobre los últimos estrenos. O Katrina divagaba demasiado, o Peter estaba pasando un mal rato tratando de invitar a Meg al cine.

Llamó la atención de su hijo con un contundente silbido y ambos adolescentes alzaron rápidamente la mirada.

-Salgo a buscar a tu hermana –le dijo a su hijo. A Peter no le dio tiempo a abrir la boca antes de que Katrina se adelantase- No tengo tiempo para preguntas, Peter. Quédate aquí, cuida de Darcy y procura que nada acabe ardiendo. Meg, cielo, no te lo tomes a mal pero agradecería que mis cosas siguieran aquí cuando vuelva.

-Entiendo –dijo Meg entre risas. Peter, sin embargo, no parecía encontrar atisbo de humor en la situación.

-Voy contigo –dijo, poniéndose en pie y manteniendo a Darcy en su regazo- No voy a dejar que vayas tú sola.

-No, Peter. Ayúdame, ¿quieres? Quédate en casa.

-¡Es mi hermana pequeña! –exclamó Peter, indignado- No pienso…

-¡Me da igual lo que pienses! ¡Meteos en casa y no abráis absolutamente a nadie, no pienso repetirlo más veces! –espetó Katrina, tal vez con demasiada dureza. Peter entrecerró los ojos, agujereándola con la mirada igual que solía hacer su padre años atrás, pero obedeció. Tironeando suavemente de Meg y aún cargando con Darcy, las condujo hacia la casa y cerró la puerta detrás de él. Katrina sonrió levemente, aliviada. Él las protegería.

Se metió a todo correr en el coche (un Austin Allegro de 1967 de un vibrante color rojo) antes de meter la marcha atrás. Arrancó rápidamente y abandonó el camino que llevaba al jardín, derrapando y lanzando grava en todas direcciones. Sin detenerse un momento, metió cuarta y salió disparada en dirección a la Interestatal 66. Después tendría que pasar a la 81, se dijo entre dientes. A una media de 113 km/h… Recorrería la ruta que había seguido el autobús en unas tres horas. Iba a encontrarla.

No, tenía que encontrarla.

En menos de una hora conducía a toda velocidad por la interestatal, su mente bullendo en una mezcla extraña de recuerdos, cavilaciones. No tenía ningún sentido negarlo, estaba asustada hasta más allá de la razón. Si le pasaba algo a su hija por culpa del impresentable de Brown, jamás se lo perdonaría a sí misma… ¿Pero qué demonios habría ocurrido para que Wanda insultase a un profesor? No se creía que fuera cierta la explicación que le dio este. ¿¡Desde cuando Wanda iba por ahí arrancando asientos de autobuses!? Además, conocía a Linda. La muchacha tenía de bonita lo que de malintencionada, mezquina y rencorosa… Jamás iba a olvidar el baile de Navidad en el que Wanda había eclipsado sin pretender a gran cantidad de sus compañeras, despampanante con su vestido rojo que siempre combinaba con botas.

No, había algo más. Algo tenía que haberle ocurrido para que reaccionase así, y Katrina podía imaginarse el qué. Hacía tiempo que los comentarios malintencionados haber disminuido, casi desaparecido, pero se veía que no… ¿Qué maldito interés tenía la gente sobre si criaba sola a sus hijos, sobre si tenía o no tenía marido? ¿No podían ocuparse de sus propios asuntos? Estaba segura de que esa había sido la causa. Nada hacía saltar tan fácilmente a sus hijos como que la insultasen. A veces pensaba que les había inculcado demasiado aquello de que la familia es lo primero, pero… Qué demonios, esa era la verdad. No siempre de sangre, pero la familia siempre es lo más importante.

Observó la foto de Peter, Wanda y Darcy que conservaba en el espejo del coche y suspiró. Su hija sólo salía de dos modos en las fotografías; o mirando hacia la cámara de forma indolente y desafiante, o escondiéndose ligeramente detrás de Peter. La fotografía del coche era ejemplo del segundo caso. En muchas ocasiones, a pesar de no estar relacionadas por sangre, su hija le recordaba a sí misma de joven. Tan cerrada, tan encogida sobre sí misma y ocultando a los demás lo increíble que era. Decía que estaba orgullosa de ser diferente, que no estaba asustada del mundo, pero en realidad temía salir fuera y pelear contra todo y todos y eso aún sin ser como ellos, sin tener unos poderes que ocultar. Si Erik estuviera con ellos… Él la transformaría en la Wanda que realmente era, al igual que había hecho con ella misma once años antes. Se había encontrado a una muchacha curtida en odio y venganza y había dejado a una mujer capaz de dar el amor suficiente como para criar a dos hijos. De algún modo aquel Erik supuestamente roto, sin futuro, asesino, cazador de nazis autodeclarado, la había cambiado a mejor. La había transformado en alguien capaz de sentir amor, alguien capaz de ser amado.

Y aún siendo casi inmortal, jamás iba a vivir lo suficiente para agradecérselo.

Y gran parte de agradecérselo consistía en que no le pasara nada a su hija. Tenía que encontrarla, la encontraría así tuviera que arrasar la costa Este. Era capaz de hacerlo y estaba dispuesta a hacerlo.

Estaba tan sumamente perdida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que invadía ligeramente el carril contrario.


Wanda y Alex iban por la carretera, canturreando entre dientes tranquilamente. La muchacha se sentía aliviada de que a cada minuto que pasaba estaba más cerca de casa, pese a que aún no se fiaba del todo. Continuaba agarrada a la navaja.

La radio empezó a reproducir Brown Sugar y Wanda rió entre dientes al escuchar a Alex canturreando. Supo que había acertado sobre que era militar cuando vio de reojo el uniforme de soldado tirado sobre el asiento trasero. Lo poco que le había contado sobre él era que acababa de volver de Vietnam y que planeaba coger un vuelo hacia Nueva York, para luego ir a Salem Center, donde esperaba encontrar a unos amigos. Después de eso la había mirado a los ojos, había fruncido el ceño y se había quedado sin habla durante unos segundos. A Wanda le recordó la reacción de aquella amiga de su madre, Moira, al conocerla. ¿Qué pasaba con sus ojos?

Frente a ellos, acercándose a toda velocidad, había un coche rojo. Un Austin Allegro del 67, concretamente, que se metía ligeramente en su carril. Wanda frunció el ceño, no era posible… ¿Verdad? Sin embargo, cuando estaba a unos treinta metros pudo distinguir en su interior la figura de una mujer, una mujer pequeña de cabello negro.

-¿Mamá?

El coche frenó en seco repentinamente, derrapando y zarandeándose de lado a lado. Alex soltó un taco cuando se les vino encima y dio un volantazo hacia la derecha para esquivarlo al tiempo que el otro coche hacía lo propio. Wanda oyó un estruendo y cuando se giró para ver, un escalofrío recorrió su espalda cuando vio el coche de su madre dando una, dos, tres vueltas de campana. Acabó en la cuneta, milagrosamente sin estar girado o boca abajo, pero la humareda que se elevaba del capó le dijo a Wanda que aquello no tendría arreglo.

-Para el coche –musitó, sus ojos fijos en el espejo retrovisor. Nadie salía del coche.

-¿Qué?

-¡Mierda, esa es mi madre! ¡PARA EL MALDITO COCHE!

Alex frenó bruscamente y Wanda se lanzó del coche casi en marcha. Corrió hacia el coche de su madre, dándose cuenta vagamente de cómo un coche negro pasaba junto a ellas. Vio… ¿Una mujer de cabello morado? No, imposible. Meneó la cabeza y se sacó aquella imagen de la mente mientras tironeaba de la puerta del conductor, intentando abrirla sin éxito.

-Aparta, déjame a mí… De todos modos, no es como si el coche tuviera mucho arreglo.

Wanda no lo comprendió hasta que le vio. Alex estaba en camiseta, y la camisa enrollada en torno a su puño. Lanzó un puñetazo a la ventana y esta se rompió con el tintineo de los cristales cayendo al suelo. Metió el brazo por la ventanilla y quitó el seguro, permitiendo que la puerta se abriera. Se quedó patidifuso.

-¿Katrina?

Wanda vio a su madre, atontada por el golpe, aunque sin una herida o moratón que lo evidenciase. Sus vidriosos ojos grises lograron enfocar a Alex.

-Hey, Alex. ¿Qué es de tu vida?


Peter había conseguido sonsacarle a Meg qué película quería ver. Había temido que quisiera ver alguna romántica, pero no, su elección fue Dr. Phibes Rises Again. Wanda le había hecho ver la primera película hacía dos años y había salido del cine ligeramente conmocionado, con lo que no estaba seguro de si hubiera sido mejor ir a ver una romántica… Se suponía que la elección de Meg era perfecta; es decir, todo el mundo sabía que nada mejor para abrazar a una chica que el que esta estuviera ligeramente aterrada ante la pantalla, pero conociendo a Meg, era probable que se asustase más él que ella.

Sin embargo, su mente iba a toda pastilla. Parte de su habilidad con la velocidad radicaba en ser capaz de pensar en varias cosas a la vez, a una velocidad claramente superior a la de un humano. Y en lo que estaba pensando en esos momentos era qué demonios le estaba pasando a su madre, y qué demonios le había pasado a Wanda.

Una mano chasqueó los dedos frente a él.

-Hoooolaaaaa, Tierra a Peter, ¿alguien me recibe?

No podía evitar preocuparse. Estaban juntos desde que nacieron, jamás se habían separado, nunca. Excursiones, campamentos, salidas por la ciudad, en el instituto, siempre estaban juntos. Se había sentido ligeramente herido cuando Wanda se fue de campamento sin él, pero confiaba en que todo saldría bien. Era su hermanita, era doce minutos mayor que ella… Tenía que cuidar de ella.

-Houston, tenemos un problemaaaaa.

Siempre había cuidado de su familia, de su hermana y de su madre, de Linda y Darcy. Y ahora su madre le dejaba aparte, como siempre haría hasta que se diese cuenta de que no era un niño. Podía tener dieciséis años, pero podía luchar. Podía pelear por ellos… Si su madre no se lo impedía.

-A la porra.

Escuchó el chirrido de los muelles del sofá, un cuerpo abalanzándose sobre él y la boca de Meg mordiéndole con fuerza la oreja.

-¡Meg!

-Por fin reaccionas –la adolescente sacó el rostro de su cuello, esbozando una de las sonrisas torcidas que tan loco volvían a Peter. Se echó toda la melena sobre un hombro, aparentemente sin darse cuenta de que estaba echada sobre Peter en una posición ligeramente comprometida. Apoyó la barbilla sobre su pecho, sonriendo- ¿En qué piensas?

¿Honestamente? En que o Meg se separaba un poco de él o se iba a poner más rojo que un cangrejo. Sin saber muy bien qué hacer con sus manos, Peter las dejó sobre la espalda de Meg. La muchacha sonrió dulcemente y posó la cabeza sobre su hombro, respirando quedamente.

-Me preguntaba dónde estará mi madre, sólo eso.

Hacía ya una hora que su madre se había largado, y si sus cálculos no fallaban, faltaba otra para que Darcy empezase a pedir el almuerzo. Se escuchaban los correteos de la pequeña por el piso superior, pero Peter no estaba preocupado. Se había ocupado de bloquear todas las ventanas y Darcy no era tan torpe como para caerse por el hueco de la escalera. Al principio habían estado viendo la televisión, pero la programación se vio interrumpida por las noticias sobre el desastre de la Conferencia de Paz de París. Los vietnamitas acusaban a los americanos y los americanos acusaban a los mutantes. Estaba en el aire la amenaza de que la guerra de Vietnam continuase, pero lo que escalofrió a ambos y lo que les hizo mandar a Darcy arriba fue que Erik Lehnsherr, el hombre al que habían ayudado a liberar, había participado. Se le veía claramente en las imágenes, haciendo volar por los aires coches y gente, peleando contra aquel humanoide de pelaje azul que le recordaba a Hank.

¿Qué habían hecho?

-Piensas demasiado. Tu madre estará bien –le recriminó Meg, presionando sus labios suavemente sobre su cuello. Cuando hablaba su aliento le hacía cosquillas. Peter sonrió y empezó a juguetear con uno de sus mechones castaños. Aún no se creía que la preciosa Meg Carter estuviera allí, en su salón, en su sofá, tirada encima de él. Aún no se creía que fueran al mismo instituto, como le había contado antes, y jamás hubiera escuchado su nombre hasta que la conoció. Le parecía increíble… Todo.

Tenía su pequeño grupo de amigos en el instituto, un puñado de chicos con los que quedaba en ocasiones para jugar a los videojuegos, con los que iba a la bolera algunos fines de semana o con los que tonteaba con algunas muchachas, así, en grupo. Pero nunca fue uno de esos chicos a los que las chicas perseguían por los pasillos, y no creía que fuera (únicamente) por su pelo. No, había algo más. Tal vez el que no se separase de su hermana, su habilidad con las matemáticas, el que acabase las tareas mucho más rápido que los demás, el que destacase sin remedio en Educación Física… O simplemente su actitud. Sus compañeros de clase le ponían histérico, eran taaaaaaaaan lentos… Le parecía que se pasaba horas en una interminable cola en la caja del súper, aguardando a que la persona delante de él encontrase las dichosas monedas para pagar. Estaba harto de tener que esperar por los demás y seguramente ese hastío se le notaba en la cara.

Y, sorpresa, resulta que se encontraba a la única chica que no sólo lograba seguirle el ritmo, sino que incluso le adelantaba. Normalmente era él el que estaba en control de la situación gracias a su velocidad, pero Meg era tan… Meg. Toda ella destilaba días y noches vividas al máximo, don de gentes, desparpajo, espontaneidad, incluso un puntito de bohemia. A su lado Peter se sentía un pollito recién salido del cascarón, pero Meg no le hacía sentirse inferior por ello. En cambio, se tiraba sobre él en el sofá, le besaba suavemente el cuello y le mordía no tan suavemente la oreja, jugaba con Darcy y se declaraba enamorada de su pelo.

Es decir, ¿cómo no enamorarse de aquella muchacha que le consideraba increíble y que le había besado en la rama de un árbol? Imposible.

Cerró los ojos y se dejó adormecer por el murmuro de la televisión, la respiración de Meg en su cuello y el peso de su cuerpo sobre el suyo. Perdió la noción del tiempo, quedando en un estado de duermevela hasta que escuchó la puerta del salón abriéndose.

-¿Mamá, quién es esa?

-Shhhhh, no les despiertes.

-Deberíais sacar una foto.

-Buena idea, Alex.

¿Alex? Peter volvió lentamente a sus sentidos, no antes de que escuchase el sonido característico de la cámara. Abrió los ojos a duras penas y se encontró a su madre, algo despeinada y cámara en mano; a su hermana, mirándole con extrañeza; y a un tipo alto y rubio con pinta de militar.

Se encogió de hombros y cerró los ojos de nuevo.


Mansión Xavier. Salem Center, Westchester, Nueva York.

Orya no abrió los ojos, porque sabía de nada serviría. Pero sí que escuchó el grito desgarrador que rebotó por la Mansión una y otra vez, el grito desgarrador que le rompió aún más su pobre y ya partido corazón. Un par de lágrimas resbalaron sobre sus mejillas y se las limpió a ciegas, parpadeando sin ver. Se acurrucó sobre sí misma, tapada por una manta que olía a él, a la Mansión, y trató de hacer frente al hecho ineludible de que estaba ciega de nuevo.

Charles se arrancó el casco de Cerebro, respirando entrecortadamente y jadeando como si acabase de correr una maratón.

-¡Charles! –Hank no tardó ni un segundo en comprobar el estado de su amigo- Charles, tranquilo. ¿Estás bien?

Charles no contestó, sino que continuó mirando al infinito con la mirada perdida. Logan pudo ver cómo Hank se estremecía antes de excusarse diciendo que iba a comprobar el generador. Logan le miró, entristecido al entenderlo.

-No es la maquinaria, ¿verdad?

-No puedo hacerlo…

-Sí que puedes.

-No, ¡no lo soporto!

-Sólo estás un poco oxidado –Logan intentó, en vano, darle algo de esperanzas.

-No lo entiendes, ¡esa no es la cuestión! –exclamó Charles. Tenía la voz ahogada de quien intenta aguantar las lágrimas, estaba destrozado- Puedo encender interruptores, puedo abrir puertas, pero mi poder está aquí –se llevó la mano a la sien- Y viene de…

Su mano tembló sobre su corazón mientras la frase se atascaba sin remedio en su garganta.

-Y está roto –musitó después de un hondo suspiro- Me siento como un de mis alumnos. Perdido. Fue un error venir aquí, fue un error liberar a Erik, todo esto ha sido un maldito error. Lo siento, Logan, pero enviaron al hombre equivocado.

Logan intentó obviar el comentario según el cual su trabajo no había servido para nada. Tenía una idea.

-Tienes razón –le concedió- Lo soy. De hecho ibas a venir tú, pero yo era una de las dos personas que físicamente resistirían el viaje. Y no sé cuánto estaré aquí. Pero lo que sí sé es que hace mucho… Es decir, dentro de mucho tiempo, yo –dijo, apoyándose en los reposabrazos de la silla de ruedas- fui un alumno muy perdido. Y tú liberaste mi mente. Tú me hiciste ver lo que era, lo que podía ser. Y no sé cómo hacer eso contigo, tienes razón, no sé. Pero sé de alguien que puede.

Supo en ese momento que Charles veía lo que quería decir. Vio el destello de reconocimiento en su mirada, y eso le dio una mínima esperanza.

-Mira en mi mente –le pidió.

-Ya viste lo que le hice a Cerebro, no creo que quieras que entre en tu mente –bufó Charles.

-No vas a hacerme más daño del que ya me han hecho, te lo aseguro –replicó Logan, recordando vagamente el día que se le ocurrió la peregrina idea de ofrecerse de conejillo de indias para que Cassandra practicase con él- Vamos.

Charles dudó, pero alzó la mano hasta su sien. Logan sintió cómo rozaba apenas las zonas más superficiales de su mente. El experimento de Stryker, Scarlett sonriendo, Hiroshima, Víctor aplastándole las garras, la muerte de Jean, el rostro inexpresivo de Katrina al ver el cuerpo de su hija tendido en el suelo, una ciudad cayendo del cielo y explotando, las ejecuciones frente a la Casa Blanca.

-Eres un pobre, pobre hombre –susurró Charles. Logan meneó la cabeza.

-Mira más allá –le instó.

-No, no quiero. No soporto tu dolor, ¡no quiero tu futuro!

-Ve más allá de mi futuro, ¡busca tu futuro!

Con los ojos llenos de lágrimas, Charles hizo algo que seguramente ni él creyó que podría hacer.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Charles abrió los ojos y se levantó. Se sorprendió ligeramente al ver que en aquella especie de fantasía telepática a través del tiempo podía usar sus piernas, pero su sorpresa fue aún mayor al verse a sí mismo a menos de dos metros. Detrás de él vio el rostro de Orya en la cara de una muchacha pecosa que tenía una copia perfecta de sus propios ojos azules. Se le heló la sangre al ver a su hija. Esa era su hija, estaba completamente seguro y no necesitaba que nadie se lo dijese. Se preguntó vagamente si así se habría sentido Erik al ver a Peter.

Desde la puerta, el rostro inconfundible de Orya mostraba una mueca de alarma. Siguiendo su mirada, maldijo entre dientes al ver a Katrina con una mano sobre su vientre hinchado, expresión atemorizada y un líquido transparente mojando sus pantalones. Una sola palabra salió de sus labios, "Erik", y al instante su amigo estaba junto a ella. Jadeó ligeramente con una mueca dolorida y Charles tuvo muy claro que iba a ponerse de parto.

Poniéndose frente a su yo del futuro, sin saber si podría interactuar con él, se sorprendió mucho cuando este separó los labios Sin embargo, no tuvo tiempo de decir nada antes de que otra persona le interrumpiese.

-Charles.

Se giró en redondo y no fue capaz de reaccionar al ver todo inmóvil, todo estático, menos Orya. Orya en un ajustado traje negro, sonriéndole como hacía tiempo que no la veía sonreír. Aquella Orya parecía quizá algo mayor que la de 1973, algo en sus ojos que le decía que había vivido más, ligeras arrugas debidas a la sonrisa. Pero era ella.

-Así que acabamos de este modo –suspiró, mirando a su alrededor. Vio a Wanda con una mueca agotada en su rostro, Grace, que parecía un cadáver andante, la muchacha que mantenía la conexión con el pasado, herida en el torso. Una… Sí, juraría que aquello era el escudo del Capitán América y una armadura roja y dorada tirada en la esquina- Erik tenía razón, la Humanidad nos hace esto.

-Podemos enseñarles un camino mejor –intervino el Charles del futuro. Charles le miró, atónito.

-¿No has perdido la fe?

-Sólo porque alguien tropiece y pierda el rumbo, no implica que sea un caso perdido. A veces todos necesitamos un poco de ayuda.

-Yo ya no soy el hombre que fui. Abro mi mente y entonces siento que me sobrepasa.

-Confía en mí, Charles –Orya sonrió tristemente, acariciándole el rostro con la mano- Jamás dejaste de ser ese hombre. Pero tienes miedo, y Cerebro lo sabe.

-Todas esas voces… Es mucho dolor.

De nuevo se le saltaron las lágrimas, pero ya le daba igual. No podía más, no podía soportarlo. Y sabiendo que su debilidad únicamente haría que su propia hija viviese aquel futuro apocalíptico no arreglaba las cosas.

-No es su dolor el que te asusta. Es el tuyo, Charles –dijo Charles- Aunque te parezca aterrador, el dolor te hará más fuerte. Si consigues sentirlo como tuyo, aceptarlo, te hará más poderoso de lo que te puedas imaginar. Ese es el mayor don que tenemos, soportar el dolor de otros sin derrumbarnos, y nace del dolor más humano que existe. La esperanza.

Los ojos de Orya se fijaron en él y Charles lo vio. Vio la Mansión llena de nueva con sus queridos estudiantes, vio el rostro sonriente de su hermana, Erik y Katrina mirándole con cariño y esperanza, vio la cunita verde mecida por Orya.

-Por favor, Charles. Necesitamos que no pierdas la esperanza.

-Confía en mí –le suplicó Orya tocándole el brazo con la mano- Estaba muy perdida. Ahora conozco tus razones para alejarme de ti, pero fueron razones muy estúpidas. Me hiciste daño, y yo hice varias tonterías… No me lo tengas en cuenta por favor. Déjame ayudarte.

Los ojos llenos de lágrimas de Orya fueron lo último que vio. Cuando abrió los ojos de nuevo, se encontró frente a Logan.

-¿Encontraste lo que buscabas? –le preguntó. Hank y la luz volvieron casi al mismo tiempo y Logan interrumpió al pobre Hank de forma algo grosera- Ahora, según creo, tienes en el segundo piso a cierta mujer que también sufre de un corazón roto.