Ante mis ojos encontré aquellos dedos curtidos por el trabajo de campo, manos y brazos varoniles con cicatrices de guerra, con nula similitud a la de supuestos monarcas que se plantean en las historietas escritas en cuentos infantiles, donde presuntuosos portan anillos de grandes topacios, pintados con el brillante oro.
Las manos de Van eran tan diferentes, pese a ello, guardaban la calidez y tersura de un adolescente digno portador de la corona. Temblaban incontrolables, intentando ocultar su nerviosismo, reconocí que aún con el ímpetu y dignidad puestos por delante, el rey temía una reacción contraria de mi parte. Fue tan absurdo reflexionar acerca del tema de su piel, cuando ante mí se había cuestionado una pregunta, que nunca espere escuchar, por la razón tan vana que cualquiera que haya soñado ser princesa, me hubiera abofeteado en este instante. El matrimonio no era prioridad en mi vida, acostumbrada al régimen social en el que todo humano estudia, trabaja y después concreta que hacer con su vida, yo estaba con exactitud ni a la mitad de ese camino por recorrer. Pero los planes ahora tornaban un giro inesperado, con la proposición que el heredero del reino de Fanelia me hacía.
Levante la vista solo para cerciorarme de que era él, entre la oscuridad que asolaba el pasillo, iluminados por la repentina aparición de la luna entre tanto nubarrón, los ojos carmesí atacaron mi presencia exigiendo respuesta alguna. Pero enmudecí, tan torpemente y tan usual como en las escasas ocasiones que un chico efectuaba su declaración hacia mí. En esta ocasión no tenía a Yukari, ni a Mamá ni a nadie para que me dieran un consejo, tenía que tomar las riendas y decidir mi futuro. Inhale con suficiente impulso, para expresarle la verdad.
-Van…yo…yo no puedo responderte en estos momentos.-
Él no se inmuto, ni decidió separarse, menos aún soltar mis manos como yo hubiera esperado, tan solo respondió gentilmente:
-Lo entiendo…pero…exijo saber la razón.-
Que explicación podría decirle, que fuera tan hábil y suficiente para que el pelinegro permaneciera satisfecho con tal respuesta. Sabía que dijese lo que dijese, no sería suficiente. Podía intentar explicarle mis motivos personales para declinar ante su propuesta. Pero el pánico me ataco, de inmediato el centenar de ideas colocadas en mi mente para expresarle coherentemente mis motivos, desaparecieron, pasmada recurrí como niña de casa a la típica solución.
-Porque…necesito preguntarles a mis padres.-
Con los ojos más abiertos que un gato en la oscuridad guiada mayoritariamente por el susto, encontré un Van insólito ante la idea de hacer partícipes a mis padres, algo que seguramente él no se había planteado. Secándose el sudor de las manos, e incorporándose para reposar a mi lado, sujeto su nuca con fuerza simbolizando algo que le había pasado desapercibido, intentando encontrar solución.
-Tienes razón, no había pensado en ese detalle. ¡Qué estúpido soy!-
-Además ¿no te parece que a ellos les desconcertará el hecho que su hija lleve a su futuro marido, sin siquiera haberse presentado formalmente como pareja?-
-Sí…- Se mordió el labio inferior como hábito de estrés y prosiguió: -Yo en su lugar, estaría bastante molesto. Lo siento…a veces olvido lo básico porque he vivido sin mis padres, todo este tiempo. Olvido que las personas dependen de las decisiones de sus familias y no solo de ellos.-
Su rostro, decepcionado y apático por el recuerdo intacto de ser huérfano, o quizás por haber escuchado una respuesta un tanto impensable, me compadece de lástima. Es el único sentimiento que agradezco egoístamente no compartir con él, estar en sus zapatos no es deseable. Me acerco hasta su mejilla, plantándole un sencillo pero significativo beso, acto que le toma por sorpresa.
-¿No estas enojada conmigo?-
-¿Por qué habría de estarlo?-
-P…por lo de la mañana.- Gira su rostro en sentido contrario evadiendo mi mirada. Tragando un sorbo de saliva prosigue:- No quise faltarte al respeto, Hitomi…Tú, tú eres alguien muy importante para mí.-
Intento pasar por desapercibido mi nerviosismo, me resulta favorable que en estos momentos nada ilumine mi rostro.
-Lo…lo sé…tú también significas mucho para mí.- Dando una ligera palmada en su hombro agrego:-Además, lo de la mañana fue una mala broma ajena a nosotros. No te lamentes.-
Van se levanta, camina algunos pasos para allá y otros de regreso, cabizbajo de nueva cuenta tomándose de la nuca. Yo solo observo con intriga su acto ajeno a mi estado emocional, puesto que gane tiempo preciado gracias a la carta bajo la manga que tenía, que insensatamente responsabilicé a mis papás por no tener la valentía de afrontar con la verdad.
-¿Qué pasa? Te encuentro algo nervioso.- "Siento que me he mordido la lengua, ¿acaso pensara en…?" susurra mi pensamiento.
-¿Prometes no enojarte si me sincero contigo?-
-Necesito saber de qué se trata, no puedo hacer promesas que quizás pueda no cumplir.-
El instinto casi felino existente en el pelinegro, le advierte de un intruso husmeando entre los pastizales, intentando escuchar nuestra conversación. El Rey toma una piedra del tamaño de una pelota de baseball, lanzándola con toda su fuerza hacia el lugar, a unos seis metros de distancia. Al caer, el chillido de un ratón asegura que el pelinegro tuvo puntería, aunque no le deja tranquilo del todo.
-Ven Hitomi, iremos a un lugar más seguro.-
Sin premisas para alguna explicación, Van me ayuda a colocarme de pie; en segundos se deshace del chaleco y camisa que portaba, transfiriéndolos a mis brazos.
-¿Qué…qué haces Van? ¿Te…te vas a desvestir? ¡¿Aquí?!-
Presuroso a callar mi exclamación, él coloca su mano sobre mi boca. Entonces después de tantos años, de solo haberlo visto en mis sueños, de tanto haberle dibujado, aún después de haber caído en la trampa de aquella pluma disuelta en diminutas esferas de cristal, hoy vuelvo a reconocer la hermosura angelical que enaltece al descendiente dragoniano, Van Fallen.
La postura necesaria: El tórax prominente al frente, ambos brazos a los costados, arqueando con ligereza la columna, brotan incontables plumas blanquecinas, asentadas una por una formando vigorosas alas, que al simple aleteo elevan con simplicidad a su portador.
El pelinegro sujeta con fuerza mi cuerpo ya acurrucado entre sus brazos, tomando el impulso suficiente, realiza un gran salto para conseguir por fin elevarnos por encima del pastizal, volando aún a través del magistral castillo. Los nubarrones se esfuman temporalmente, abriendo camino a la bella iluminación lunar, que guía el sendero por donde volamos. Curiosamente, ninguno de los dos propició la plática, Van posiblemente cuidando nuestras espaldas, evitando ser perseguido, por mi parte disfrutaba de la infalible oportunidad que se me había brindado.
Una vez atravesado los campos de Fanelia, volamos aún sobre lo que parece ser un poblado vecino. Van da la impresión de conocer con tanta certeza donde aterrizar. Buscando entre las cabañas más alejadas, el chico desciende sobre el tejado de una de ellas, la cual luce inhabitada. El rey silva fragmentos de cierta canción que desconozco e inmediatamente se abre la puerta de la cabaña vecina a la que nos encontramos, asomándose un personaje típicamente similar a Merle.
-¡Joven Rey! ¿Qué le trae por acá?...Pero ¡Baje por favor, le hará daño el clima fresco de Irini!-
-Buenas noches, Seshumru. Lamento molestar a estas horas de la noche. Pero es necesario pedirte de favor, nos permitas pasar la noche en la cabaña de tu hijo.-
-¡Claro que sí! Usted ni lo pida, pero por favor pase. Tenemos un rico estofado y panecillos recién horneados.-
El buen hombre con rostro gatuno, larga cola, mostraba entre su pelaje el recuento de los años que cobraban intereses. Sostenido por un bastón, se colocó sus gafas para corroborar que el Rey no venía solo. Ambos bajamos del tejado. Van tomo sus ropajes, vistiendo de nuevo su atuendo monarca, mientras Seshumru asimilaba mi presencia.
- Oh Joven Rey ¡que falta la mía! ¿Por qué no me aviso, que le acompañaba la Reina?...Discúlpeme mi señora. Mi humilde y servicial morada quedan a su disposición.- Haciendo acto de reverencia, tomo mi mano derecha, la levantó por encima de su rostro, y beso mi palma. Nos ofreció hasta el cansancio entrar a su cabaña para beber o comer algo de la cena en honor a la visita, pero ambos estábamos más que satisfechos.
-Perdón pero…no…yo…yo no soy "La Reina".- Fue mi respuesta ante tanto alago recibido por parte de él y su esposa. Ante lo cual quedaron tan apenados como anonadados por el hecho de que el Rey trajese a una chica a pasar la noche fuera del reino, más aún cuando ésta no se trataba de la sucesora a la Reina Variie. Van sucumbió antes las miradas lascivas de descontento por parte de la anciana pareja, no teniendo más remedio que explicarles algo un tanto inventado, según mi criterio. Con el rostro enrojecido, se dirigió a ellos:
-Ella es la princesa Hitomi Kanzaki. No le he desposado, por eso ella no se permite que le atribuyan tal prefijo, por orgullo y dignidad a su patria. Solo faltan los últimos preparativos para la ceremonia, para la cual hemos venido a invitarles cordialmente.-
Cuando Van había terminado de explicarles la razón, parecía que todos los presentes en la habitación excepto yo habían quedado satisfechos con su comentario. Entre felicitaciones y aplausos, yo no podía entender, porque él osaba llevar este tema ficticio más allá de lo pensado. Entonces tal cual un golpe certero en mi cabeza, propicio que enlazara cada palabra, cada acción que el pelinegro había hecho hasta ahora, cayendo en una realidad que resultaba difícil de creerle…él no bromeaba al proponerme matrimonio.
-¡En hora buena jóvenes! Ustedes son el futuro que necesita este mundo. Nos complace aceptar la invitación, y por supuesto que ahí estaremos presentes, siendo participes de esta nueva época de reinado.-
"Yo, Reina de Fanelia" Una voz interna repetía constante tales palabras. Y de repente oleadas de calor y frío, azotaban mi cuerpo, impresionada por las exclamaciones del pelinegro, él ya había creado toda una historia, todo un futuro, sin mi consentimiento.
Volteé la mirada fijándola en su rostro, arqueando mis cejas como descontento por las decisiones repentinas. Él bien sabía que yo no callaría por mucho tiempo, tanto me conocía que asertivamente entendió que ya estaba molesta por tal revelación. Van se acercó a mi mejilla, disimulando besarla, musitó:
-Sígueme la corriente, te lo explicare más tarde, lo prometo.-
No tuve más remedio que ser cómplice de sus encantadoras historias, embelesadas con pizcas de falsedad. Así fue, como él narro aquél suceso ficticio de como nuestros padres ya habían concretado nuestra unión mucho antes de nacer. De cómo nuestras madres realizaron intercambios de mechones cuando aún éramos unas crías al seno y explico con extraña facilidad como en la última guerra donde Fanelia perdió todo, la unión se dio por disuelta, pero fueron mis hermanos, los que hace poco llegaron a exigirle al Rey, cumplir la promesa de nuestro casamiento. Todas sus palabras eran creíbles, tal pareciera haberla preparado con anticipación, o pavoridamente para mí, Van tenía una mitomanía exclusiva. Pero algo entre tanta explicación, le pasó desapercibido al chico, que nunca menciono de dónde provenía su futura reina, tal como los ancianos le externaron, mi apellido era irreconocible en las cercanías y aún en tantos años de viaje que habían realizado, nunca escucharon hablar del reinado de los Kanzaki.
-Ella…pues verán ella viene de…- Su voz se cortaba con las navajas del temor. Van volteó a verme intentando encontrar entre sus conocimientos, algún sitio que ni el viajero más audaz pudiera haber encontrado.
-De Japón, provengo.- Termine su frase antes de que la pareja se diera cuenta de la mentira que se habían creído.
-¿De Japón dices? Querida ¿recuerdas haber ido ahí en algún viaje?- Pregunta desconcertado el anciano a su mujer.
-No, nunca pasamos por Japón, y en el mapa de Gaea, no menciona ninguna nación con tal poblado.-
-No esta anotado, porque mi lugar natal es un tanto secreto y misterioso.- Exclame, sin lugar a la duda, puesto que no era del todo una mentira.
-¿Secreto y misterioso? Y ¿en donde se localiza este poblado?- Incrédulo ante tal historia, el hombre se acerca a una pequeña cajonera, extrayendo de su fondo un mapa global envuelto entre guias disecadas de árboles.
La esposa avergonzada por tal acción, ofrece sus disculpas, propinándole discretos golpes en sus costillas, para hacerle desertar de su curiosidad.
Yo, ignorando completamente lo que ante mí se ha colocado, volteo hacia donde Van se encuentra, en un intento final por acabar esta historia sin ser descubiertos. El pelinegro con lucida seguridad, le responde:
-Temó decirle mi buen Seshumru, que sería inútil si la princesa intentara explicarle en un mapa donde se encuentra, ya que esta pieza de papel, geográficamente contiene severas fallas.-
-Efectivamente creo en sus palabras mi Rey. Solo intente comprender un poco la curiosidad que invade a este viejo hombre que orgullosamente decía haber recorrido de punta a punta cualquier montaña nacida en Gaea.-
-En alguno de sus viajes, recuerda usted, ¿haber visitado el "Valle Místico"?-
-¡Jamás! Es un lugar hechizado, temido y oculto entre nieblas donde aseguran que todo aquel que emprenda el viaje no tendrá regreso, tal como le sucedió a Leon Schezar, padre del caballero Allen.
-Pues entonces, tiene ante usted a la princesa Kanzaki, una de las tantas personas que habitan la nación de Japón, situado al noroeste del Valle Místico, y el cual usted se negó a visitar.-
Supuse que éste era el comienzo a infinidad de preguntas que acecharían, cuando se enterasen en Irini de donde "provenía" la supuesta reina, y no solo eso sino que antes que la neblina se dispersara y el sol alumbrara la tierra, todos en Fanelia terminarían de notificar que el Rey por fin habría de desposar a una princesa. Solo restaba afrontar lo que vendría mañana.
La noche finalizo relativamente tranquila; la cabaña desalojada por el hijo de Seshumru fue nuestro refugio inesperado. Los ancianos amablemente nos prestaron dos futones o lo más parecido a estos, y unas cuantas mantas para sobrevivir al frío de la noche. Estar de nuevo a solas con el pelinegro me coloca en alerta, nerviosa por la posibilidad de que pudiera surgir ese deseo íntimo en él.
-Hitomi, ¿Qué haces tan pegada a la ventana?-
-Na…nada. Solo contemplaba el cielo tan resplandeciente que tienen en Gaea.-
- Acaso…¿Estas evadiéndome? ¿Por qué?-
-¡No! Es que…no me siento preparada aún.-
-¿Para dormir? Podemos platicar. ¡Es cierto recuerdo que estábamos en algo antes de venir!-
Hundo las mejillas sonrojadas entre mi cabello para disimular mi nerviosismo de lo que quizás, resulte imposible evitar.
-No haremos nada que tú no desees. Yo te quiero a ti por lo que eres, no por el deseo inconsumado de tener tu cuerpo, ¿entiendes?-
Después de tanto tiempo, por primera vez visualice a un Van distinto cuando él me sonrío. Todo en él lucia tan sereno, tan creíble de su honestidad. Me vi envuelta entonces, en el extraño encanto de su ser. Con solo un beso, podría apostarlo todo por él.
