Oh, despues de tanto esperar al fin vuelvo a mis andadas. Lamento que no haya atualizado tan rapido, pero ustedes saben, las fiestas.
Espero que este capitulo sea de su agrado, sinceramente espero que sí.
Una vez más les quiero agradecer a aquellas personas que dedican su tiempo a leer este fic. Debo decir que estoy agradecido y que si tienen algun comentario que me lo digan, asi es como un autor evoluciona.
Bueno y ahora el capitulo.
13 – Una historia retorcida.
Tiempo, había pasado mucho… se encontraba enfrente de un cuadro grande, en donde reposaba el retrato de un hombre. Un hombre joven, de cabello largo y negro. Ojos negros, piel blanca y tersa… un hombre muy guapo.
Los ojos que miraban la pintura se contrajeron por una especia de mueca de dolor y frustración. Se acercó al retrato y lo tocó con lentitud. Suspiró y luego tragó saliva.
— Mirar de esa manera la pintura de tu abuelo no te hace bien, muchacho. – Pein entró a la sala de estar en donde estaba parado Itachi. — Deja descansar a ese pobre hombre de una vez. – dijo mientras se sentaba en una silla.
— De pobre no tenía nada. – siseo. — Uchiha Madara era un asesino.
— Fue un asesino, sí, uno de los más temidos de todo Japón. – sonrió con malicia, mientras apreciaba la palidez de la piel de Madara en aquella pintura. — Y el hecho de que esté muerto no le quita lo temible.
— Temerle al nombre sólo aumenta el temor al hombre… pero este hombre esta muerto. – dijo frio.
— Uchiha Madara fue un hombre con una historia muy trágica. – le compuso Pein.
— Su historia no es asunto mío.
— Oh, te equivocas. La historia de Madara ha sido el pilar de la riqueza de la familia Uchiha.
— No me interesa.
— Pues deberías. Tal vez así aprendas por que tienes tantos asuntos. – enfatizó con sorna.
— Sé quien era Uchiha Madara, él era mi abuelo… el padre de mi padre. Yo sé lo que fue de él.
— Fue un hombre con un pasado complicado. – Pein se mantenía tranquilo, pero su perfil iracundo era una sombra en sus ojos. Podía mostrar la tranquilidad y estabilidad; como la de una montaña, pero al mismo tiempo el descontrol y la crueldad del fuego. Todo un personaje oscuro y respetable.
Era digno de temor, mas Itachi no le temía. No tenía por que. Pein lo respetaba a él e Itachi le regresaba el gesto.
— La vida es muy impredecible. – le contestó Itachi.
— Creo, muchacho, que lo mejor para ti sería que te contara la historia de tu abuelo, digo, antes de que te quemes en las llamas del sufrimiento y el martirio. – era cruel y siniestro como el fuego… pero al mismo tiempo era un caballero con una mirada oscura; pero un caballero al fin y al cabo.
— ¿Y tú me la contaras? – elevó una ceja. — ¿Conociste al abuelo en su juventud? – Eso era imposible, Pein parecía no más de una edad de 30 años y le decía que podía contarle la historia de su abuelo.
— Fuimos compañeros.
— ¿Y cuantos años tienes tú? – le señaló intrigado Uchiha.
— No es necesario que te lo diga, después de todo no estamos hablando de mí, ¿No?
— Supongo. – encogió los hombros.
— Bien, pues déjame que te cuenta la historia de tu abuelo… La historia que dejó a toda una estirpe marcada con el rojo de la sangre…
Suspiró cansinamente mientras acariciaba su vientre con cariño. Tenía ya una pancita más grande. Tenía cuatro meses, era mucho tiempo. Todos los días se despertaba en el mismo lugar de siempre, en esa misma habitación oscura en donde no había más que desolación.
Afortunadamente tenía la oportunidad de bañarse cada vez que quería. En el pequeño ropero contaba con suficientes cambios de ropa para descansar. La mayoría del tiempo se pasaba en la cama durmiendo, descansando… ociosa. Y cuando no estaba en la cama se paseaba por el cuarto, buscando algo con que entretenerse.
Kabuto había ido a verla varías veces, se la pasaba mirándola para luego irse. Ella siempre le dirigía una mirada de odio hasta que se fuera. Después llegaba Suigetsu, le traía de comer e intentaba informarla clandestinamente de lo que pasaba en el exterior. Pero a Sakura no le interesaba… para ella ya nada valía.
Su padre y su Sasuke-kun ya no estaban… no tenía razones por regresar al exterior, lo único que la mantenía con vida y valor para seguir era su pequeño hijo que venía en camino. Eso era todo.
A Suigetsu seguía mirándolo con desconfianza, tal vez un poco menos que antes, pero había recelo en ella aún.
Suspiró de nuevo y se sentó un momento en la cama, no paraba de sobar su vientre. Cerró los ojos y decidió que lo mejor era dormir. Últimamente, aunque no hiciera nada, se sentía cansada, y además, aun cargaba la presión de estar encerrada y a merced de unos mercenarios.
La puerta se abrió de sorpresa, ella ahogó un leve grito de susto y colocó una mirada fría y llena de odio. En seguida entró Suigetsu, traía la charola de comida en brazos, al darse cuenta de la forma en la que Sakura lo miraba sonrió de lado.
— Hola, Sakura-san. ¿Cómo amaneció hoy? – preguntó con cortesía. Sakura rápidamente cambio la mirada y suspiró algo aliviado.
— Bien, gracias, Suigetsu-san. – dijo ella. — Pensé que era otra persona. – bajó la cabeza con algo de pena.
— Umm, eso me suponía. – colocó la bandeja en la mesita. — Coma, esta le traje una deliciosa ensalada, supongo que debe comer otra cosa además de estofados.
Sakura tenía que admitir que la comida no era para nada mala. De hecho, la mantenía sana. Por raro que pareciera… ¿Es que tramaban algo?
Observó la bandeja con cuidado y luego miró a Suigetsu que parecía estar distraído limpiando su enorme espada. Sakura se mordió el labio inferior y luego observó la comida.
— Suigetsu-san. – el aludido la miró en silencio. — Yo… Umm, yo…
— ¿Qué pasa? ¿No le gustó la ensalada?
— No es eso. Es sólo que… Quiero preguntarte algo.
— ¿Y que es? – Guardó su arma y prestó atención.
— ¿Por qué… por que pasó esto? – esa pregunta la había estado torturando por varias semanas.
— ¿Qué cosa? – indagó el hombre con curiosidad.
— Me refiero a ese tal Orochimaru, Kabuto y todo lo demás. – bajó la mirada con cierta pena. — ¿Qué es esto? ¿Por qué pasó? – tenía derecho a preguntar aquello.
Suigetsu alzó la barbilla y luego se la rascó. Pasó la lengua por lo dientes y después la encaró.
— Orochimaru-sama y Kabuto son mafiosos. De los más temidos. Si bien recuerdo, su padre hizo un trato con Kabuto, ¿No?
Sakura miró a Suigetsu con dolor, el sólo pensar eso le quebraba el alma; y no era bueno para ella en su estado sufrir tantas emociones.
— Pero… yo creo que Kabuto lo engañó. – Intentó hacer sentir mejor a Sakura. — Los mafiosos son muy tramposos, todo lo que quieren es poder… Kabuto por alguna razón la quiso y por eso engañó a su padre. Supongo que su padre, por amor y culpa calló.
Sakura asintió.
— ¿Qué tenía que ver Orochimaru con… con…? – se atragantó. Diablos, era difícil que no lo pronunciara sin sentir dolor.
— ¿Con Uchiha Sasuke? – preguntó Suigetsu terminando lo que ella iba a decir.
— Sí… - dijo con voz ahogada.
— Bueno, según sé, Orochimaru odiaba a la familia Uchiha, supongo que por eso pasó esto. Son sólo cosas que pasan.
Sakura no respondió. Le dolía el pensar que Sasuke fuera un mafioso. Y si fuera así, eso significaría que se había enamorada del tipo de persona a la que más odiaba. Pero… Sasuke no estaba con ella, y ella estaba segura que Sasuke era una persona buena. Que sólo era un empresario mas no un mafioso. Dios, las cosas de la realidad eran tan bizarras.
— No creo que Uchiha Sasuke fuera del tipo mafioso. Más bien creo que Orochimaru iba tras su empresa y no por que fueran enemigos.
Las palabras de Suigetsu hicieron que Sakura recuperara un poco de aliento. Esperaba que las cosas que Suigetsu habían dicho fueran ciertas.
— Sasuke… - musitó con dolor. Quería verlo, lo quería con ella.
— ¿Sabe? Tengo que irme… - se levantó. — Vendré después para recoger los trastes… coma, necesita fuerzas, hágalo por el pequeño. – dirigió su mirada al vientre de la futura madre.
La chica asintió. Miró su barriguita de cuatro meses y sonrió.
— Tranquilo… saldremos de esta… - acaricio su vientre y lo sintió cálido. Una sonrisa triste apareció en sus labios. — Eso espero. – una lágrima rodó por su mejilla, rodó y pronto cayó sobre su cálido vientre. — Eso espero… Sasuke.
Palpitaba. Sentía. Ardía. Todo, todo lo podía apreciar. Podía escuchar los gritos de alguien a lo lejos. Alguien que pedía por él. Una terrible pena lo invadió. No había luz, su alrededor era oscuro, nada podía ser visto. Era una fantasía cruel.
¡Sasuke!
¡¡SASUKE!!
¿Quién era? ¿Quién lo llamaba con tanta insistencia? Sentía un frio y un calor al mismo tiempo. Los parpados eran como bloques de cemento, el cemento más pesado.
Sintió un fuerte temblor, un terremoto. Luego, vio algo… algo que lo hizo dejar de respirar.
Un hombre, una mujer… algo abrazaba con fuerza.
Intentó ver de más cerca y con más claridad pero fue en vano. Esa mujer… tenía el pelo rosa. Sus ojos eran verdes, el hombre tenía un arma le apuntaba a la mujer. La chica estaba embarazada. Lloraba…
Lo miró a la cara… la identidad de ese hombre se hizo reconocible.
Orochimaru.
Y la mujer a la que atormentaba era Sakura. Abrazaba a su barriga, abrazaba a su hijo.
Era como si se hubiera levantado y comenzara a correr en su dirección, sentía que corría pero muy poco se acercaba. La respiración comenzó a cortarse. No podía llegar. Cayó al suelo. Sintió un fuerte dolor. Vio sangre.
Su pecho, el pecho le ardía. Tocó con cuidado y cuando levantó la mano miró sangre, era sangre suya. Luego, sorprendentemente escuchó el llanto de un bebé. Alzó la vista y miró a la mismo mujer pero con un pequeño, un bebé en sus brazos. Y el mismo hombre les apuntaba, reía, disfrutaba del sufrimiento de la chica.
— Sakura…- Fue apenas un susurro. Observó como Orochimaru quitaba el seguro del arma. Estaba apuntando con firmeza. Iba a matarlos. — No… No… - no vio cuando se levantó y corrió hacía ellos.
Tenía que salvarla… tenía que salvarlos. A ella y su hijo.
Pero…
No pudo.
Un disparo.
Una risa.
Sangre.
— ¡¡NO!! – abrió los ojos histérico y miró desorientado el lugar donde estaba.
Estaba en una cama. En una habitación. No las conocía. Se revolvió entre las sabanas que lo cobijaban. Intentó ponerse de pie y en cuanto tocó el piso su cuerpo azotó contra el suelo.
El golpe le dolió. Aun no identificaba nada. Hasta que escuchó una voz.
— Sasuke. – alzó la vista. Estaba aturdido. — Deja que te ayude. – no pudo ver bien a aquel hombre. La vista la tenía borrosa. Hizo fuerzas para levantarse y pelear. Pero no puedo… una terrible jaqueca lo invadió. El extraño se acercó a él y con cuidado lo tomó de un brazo, se lo pasó por el hombro y le tomó la cintura para intentar levantarlo.
Colocó a Sasuke en la cama. Sasuke se sobó los ojos y luego lo miró más atentamente.
Dios… No podía ser posible.
— Itachi. – musito con dolor. — Itachi. – repitió incrédulo.
— Hola Sasuke. – dijo él, sin saber como reaccionar.
Sasuke lo miró incrédulo, tenía que ser una cruel ilusión. Ese hombre no podía ser su hermano, su hermano estaba desaparecido, probablemente muerto. Sí, él estaba muerto, ese hombre de ahí no era Itachi.
— Sasuke. – Itachi lo observó confundido y desorientado. Sasuke tenía la cara desencajada. — Sasuke, escúchame, soy yo, Itachi, tu hermano, Uchiha Itachi.
— No, mi hermano está muerto. – negó con la cabeza. Un terrible dolor en el pecho lo invadió. Se llevó la mano al pecho y observo vendajes en él. — ¿Qué? – musitó confundido.
— Logramos llegar a tiempo. – le informó su hermano.
— ¿Cómo?
— No te preocupes, ya todo está bien. Mataremos a ese desgraciado y…
— Silencio. – Sasuke lo calló, aun seguía confundido. — Tú… - lo apuntó. — Tú… no eres real.
— Claro que sí. – protestó molesto el hermano mayor.
— No… tú te fuiste.
— Ah, sobre eso… yo…
— El Itachi que conocí murió. – dijo inquisidor.
Itachi lo miró irritado, sacó una espada y apuntó a Sasuke, Sasuke lo miró con recelo.
— ¡Es esto estar muerto! – cortó de un solo tajo una silla.
Sasuke lo miró sin entender. ¿Por qué de la nada aparecía su hermano? ¿Qué estaba pasando?
— Escúchame Sasuke, lamento todos esos años en los que te dejé solo, de verdad que lo siento, pero lo hice por el bien de los dos. – explicó a Sasuke, quien lo observaba en silencio. Se le acercó y lo miró a los ojos.
Sasuke contempló los ojos de su hermano, eran tan negros como los suyos, tenía unas horribles bolsas debajo de los ojos. Su piel era pálida y poseía un aspecto enfermo y cansado. Sin saber por que, estiró la mano lentamente, con temor a romper aquella ilusión.
Tocó, suavemente la cara de su hermano. Como si fuera un infante, un infante temeroso. Contorneo las ojeras de su hermano y tragó saliva. Itachi se dejó hacer, aquello era un momento tan intimo, un momento fraternal, Sasuke solía jugar con su cara cuando era un bebé e Itachi siempre se dejaba, le divertía el ver la cara de entretenimiento de Sasuke al explorar su rostro.
Sasuke dejó de tocarlo, Itachi había cerrado los ojos, luego, cuando los abrió se encontró con los de su hermano menor. Quien lo miraba cargado de un sentimiento difícil de describir. Itachi sintió arder los ojos, pero no era por su enfermedad, sino por que sentía que algo, algo lleno de asentimiento lo abarcaba.
Lágrimas.
Eran lágrimas, quería llorar.
— Itachi… - escuchó decir a Sasuke. Su cara se deformó en un gesto de dolor y luego, con insistencia, pasó sus brazos por la espalda de su hermano.
Y lo abrazó. Con fuerza, e Itachi respondió.
— ¿Por qué? - dijo entre cortado.
— Es una larga historia… estúpido hermano menor.
Sasuke sonrió por lo antes dicho. Hacía tanto que deseaba escuchar a su hermano decir eso y hasta ahora lo volvía a escuchar.
Se separaron y el silencio invadió la habitación. Sasuke miró de frente a su hermano y luego sintió una opresión en el pecho. Rápidamente supo por que.
— Sakura. – susurró como desorientado.
— ¿Cómo? – Itachi lo miró con curiosidad, ¿Quién era Sakura?
— Tengo que ir, tengo que ayudarla. – recordó la sangre, los llantos, los disparos. Intentó levantarse pero de nuevo se sintió débil. Itachi lo volvió a recostar.
— ¿Por ella, por Sakura? – intentó indagar, eso tenía que ser.
— Sakura… ¡Sakura! – miró los alrededores. — Ella está vida, ¿Lo está verdad?
— Espera, espera. – lo recostó a duras penas, él se negaba. Tenía la impresión de que esa mujer debía ser alguien importante en la vida de Sasuke. — ¿Quién es Sakura?
Sasuke se calmó un momento y reposó la cabeza en la almohada. Suspiró sin saber que decirle a su hermano. Luego, después de descansar un momento lo miró.
— Antes… dime, ¿Qué sucedió? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué de pronto estoy aquí? – dijo afligido, con desdén y a la vez con interés.
Itachi suspiró.
— Es una historia muy larga, para poder entenderla tendría que contártela desde el principio, cuando todavía vivía Uchiha Madara.
— ¿El abuelo? – alzó una ceja.
— Sí.
Sasuke cerró los ojos y suspiró. Le dolía el pecho, pero no era un dolor físico. La cabeza aun le dolía. Y para ser sinceros se sentía algo mareado.
— Cuéntamela.
Itachi miró por una ventana y luego tomó valor. Miró a Sasuke y comenzó.
— La historia que voy a contarte data de cuando el abuelo era joven. Es una historia que contiene muchas de las respuestas que supongo quieres saber.
— Adelante. – pidió Sasuke.
— Entonces te lo diré...
Era un invierno muy frio, los copos de nieve se dejaban caer sobre las rocas y los brazos de los arboles. Nunca había sentido tanto frio en su vida. Por la ventana de una pequeña cabaña se encontraba sentado Uchiha Madara.
Era un simple joven de 18 años que había tenido la fortuna de sobrevivir a una de las masacres más grandes de la historia, toda su familia, el poderoso clan Uchiha, personas de descendencia noble y antiguamente dueños de tierras propicias para el cultivo, habían sido asesinados por una banda de mercenarios.
Había contado con la suerte de escapar a salvo con su padre y su hermano menor. Su madre había muerto años antes del genocidio, así que no había por que preocuparse de esa parte.
Madara era un joven atlético, de piel blanca, cabellera larga y negra con ojos del mismo color. Era de porte noble, aunque pareciera más un hombre honesto que se las ingeniaba para vivir. Sin embargo, a pesar de estas características Uchiha Madara gozaba de ser un hombre con aspecto guerrero. Siempre se le había considerado un experto en el manejo de la katana y otras armas japonesas. Su padre le había enseñado todo lo que sabía. Sabía defenderse perfectamente a puño limpio y además era de actitud caballerosa pero con un carácter fuerte y siniestro a la vez.
Realmente, todo un personaje de misterio.
— Madara. – la voz de su padre lo sorprendió en plena observación.
— Dime.
— Tengo, algo que decirte. – se lo dijo con algo de misterio, cosa que intrigó a Madara. — Es algo muy importante que quiero que sepas.
El hombre se le acercó y lo miró. Luego fue por una taza para servirse un té recién hecho por el muchacho.
Madara sonrió al ver el disfrute de su padre.
— Yo lo hice, oka-san me enseñó.
— ¿Querías mucho a tu madre? – preguntó su padre.
— Sí… es una lastima que haya muerto. – era un hombre fuerte, el podía aguantar.
— Sí… - la mirada del hombre vagó por el piso, dejó la taza de té y luego miró serio a su hijo. — Hijo, creo que ya estás lo suficientemente grande como para que lo sepas.
Madara entrecerró los ojos y espero las palabras de su padre.
— Yo… sé quienes fueron los que asesinaron al clan.
Fue algo que simplemente no se lo esperaba, ¿Por qué le decía algo así? Habían pasado ya dos años de eso, ¿Por qué revivirlo? Y como era que su padre sabía.
— ¿Cómo? – fue la única pregunta coherente que logro esbozar.
— Los Uchiha éramos un clan con riquezas envidiables, entiende que, al ser productores de cultivos, al tener un gran numero de tierras y al ser de descendencia noble, algunos grupos tenían envidia hacia nosotros.
— ¿Me estas diciendo que mataron a clan por envidia?
— Sí y no.
— ¿Si y no? – alzó una ceja.
— Para mantener los ingresos del clan, los Uchiha teníamos tratos con algunos pueblos, esos pueblos eran nuestros principales cedes de comercio, un negocio prospero. Pero uno de tantos días apareció un grupo criminal… Los del Sonido.
Los del Sonido, así que así se llamaban los desgraciados que habían matado a su familia. Le ardían las venas.
— Comenzaron a hacer sus leyes y pronto empezaron a cobrar por no destruir sus hogares, eran un grupo despreciable. – continuo su padre. – Debido a esto el comercio empezó a decaer, los Uchiha intentamos defendernos, sacamos a los emisarios del grupo de la zona y pensamos que eso sería suficiente. Poco a poco la prosperidad regresó… hasta que bueno… ya sabes. – bajó la mirada.
Madara comprendió, los del Sonido debieron haber regresado con refuerzos, y al momento de ataque se dejaron ir con todo el arsenal. Su padre, quien había ido al campo con sus dos hijos se dio cuenta al ver el fuego a lo lejos.
Su padre se adentró en la masacre. Entró a su casa y observó la masacre. Se tuvo que enfrentar con algunos del Sonido, pero logró matarlos. Tomó algunas cosas: dinero, caballos, mantas, etc. Y salió corriendo, ya nada podían salvar, todos estaban muertos.
A partir de ese día se volvieron fugitivos en secreto del Sonido. Y digo en secreto, por que tanto Madara como su hermano menor no sabían el por que de la repentina huida, no sabían por que su hogar había sido invadido y ultrajado, ellos no tenían idea de lo que pasaría después.
Madara apretó con fuerza los puños, sentía rabia y mucho dolor. Le causaba lastima su hermano menor, quien no conocía la verdad. El muchacho tenía 13, y aunque eso fuese la edad suficiente en esa época para que se enterara de la terrible verdad; ambos, padre e hijo, no tenían el corazón para decírselo.
Pues el muchacho era todo corazón. Era un ser humano lleno de cariño y ternura. Era un guerrero, sí, pero aun conservaba esa inocencia de niño. No cabía duda que sería un hombre muy comprensivo y cariñoso, claro, un hombre fuerte, pero siempre sería muy bueno.
Madara no sabía que hacer, tenía el corazón en la mano. Su padre callaba con la mirada al suelo. Eso era la verdad, la terrible verdad.
— Ya es tarde hijo, vayamos dormir. – le dijo su padre y Madara asintió.
Se acostaron a dormir. El sueño parecía tranquilo, o al menos eso creyeron, pues fue justamente a la media noche cuando los atacaron.
Eran alrededor de diez hombres, increíbles mercenarios pagados y pertenecientes a la banda del Sonido.
El padre de Madara fue el primero en levantarse, rápidamente sus hijos lo siguieron.
Los hombres entraron por la puerta y las ventanas, armados hasta los huesos, amenazaron a los Uchiha.
— ¡Así que aquí era donde se escondían! – gritó aun hombre con la cabeza cubierta por un trapo. — ¡Mátenlos! – gritó en orden y los aludidos obedecieron.
— ¡Madara, vete, saca a tu hermano de aquí!- gritó su padre al tiempo que se quitaba de encima a un hombre.
Madara peleaba cuerpo a cuerpo, esquivando las patadas y golpes que intentaban darle. Detuvo el puño en el aire y le torció el brazo al hombre, se lo puso por detrás y de un golpe en la nuca lo dejó inconsciente. Cuando escuchó la voz de su padre Madara reaccionó.
— ¡Donde está mi hermano! – gritó.
— Búscalo, fue al patio. – Su padre le había arrebatado una espada a un hombre y con ella acabaña de rebanarle las piernas. Un hombre intentó sorprenderlo, pero su padre actuó rápidamente, detuvo la alabarda con la mano, esta le comenzó a sangrar y arder, seguidamente usó la katana para encajársela al tipo.
— ¡Padre, que será de ti! – gritó Madara, quien se encontraba con un hilo de sangre en la boca, pero con un hombre muerto debajo. Le había roto el cuello tan rápido que el sujeto no se había defendido.
— ¡Vete, huye y no mires atrás! – su padre se atragantó cuando sintió el puñetazo en el estomago.
— ¡Papá! – Madara dio un saltó y acercó un golpe a un tipo, luego, se tiró a suelo, enganchó sus piernas a las del sujeto, tumbándolo al piso, rápidamente recuperó el control, se levantó y se lanzó contra su cuello, se lo quebró en cuestión de segundos.
Habían matado a los cinco hombres que los habían atacado a ellos. Pero todavía quedaban cinco y lo más probable era que su hermanito estuviera peleando contra ellos. Tenía que darse prisa.
— Madara, escucha, hijo. – su padre estaba en el suelo, la mano la tenía cortada y dos costillas rotas. — Tienes que irte, hijo. Vive, llévate a tu hermano, por favor.
— Pero papá, ¿Qué será de ti? – dijo reacio a abandonarlo.
— No te preocupes por mí. Entiende, pronto llegaran más, estoy herido, tú estás bien, aun puedes escapar, yo me quedare a luchar.
— ¡Ni creas que te dejare solo!
— ¡¡Madara, es una orden!! – le gritó. — ¡Vete de aquí, ahora! – lo sujetó del cuello de su camisa y lo miró con seriedad. Madara entendió, asintió, abrazó a su padre y corrió al patio.
Cuando llegó vio a dos hombres en el suelo, estaban inconscientes. Su hermano estaba sentado, con sangre en la frente y en la boca, algunos rasguños y jadeante.
— ¿Quiénes eran? – preguntó el hermano.
— Gente mala, vámonos, pronto llegaran más. – lo tomó de la muñeca, corrió adentro de la casa, tomó mantas, dinero, ropa, todo rápido. Corrió a un pequeño establo y sacó a su caballo.
— Espera, ¿Qué sucede? – preguntó asustado el muchachito.
— Vete, corre. – le dio un golpe al caballo y este salió corriendo.
Madara dirigió la ultima mirada a su padre, quien estaba serio en el corredor. Ambos asintieron y Madara corrió detrás de su hermano.
No pasó mucho para que más hombres llegaran a la escena. Todos formidables, el padre de Madara peleo con fiereza. Esquivó varios golpes, pero como era de esperarse, los hombres fueron ganando terreno. De la nada escuchó un disparó y quedó entumido de la espalda, cayó al suelo y la sangre hizo acto de presencia.
De entre todos los hombres apareció uno enorme, con un sombrero de paja y un aire asesino. Traía un arma de fuego con él. No esperó nada y le disparó en una pierna, el Uchiha gritó de dolor. Lo encaró y su mirada era de odio.
— Así que tú eres Fukai Uchiha. – dijo aquel hombre. — Tú eres el patriarca de los Uchiha, o por lo menos eso me han dicho.
Fukai no respondió.
— Oh, no hablas. – se acercó y lo tomó por el cuello de la camisa. Lo miró con sorna y luego se dirigió a sus subordinados. — Levántenlo, lo que le voy a decir tiene que ser de frente a frente.
Lo levantaron y lo miró socarronamente. Fukai tenía la cara gacha, le dolían los disparos y tenía la espalda entumecida.
— No se cómo se las ingeniaron para escapar, pero eso no me interesa. – sacó un puro y comenzó a fumarlo. El humo sólo lo mareaba más. — El caso es… que tengo orden de mis superiores, así que debo matarlo, espero que no lo toma mal. – sacó su pistola y apuntó con ahincó.
— Señor, faltan dos Uchiha. – interrumpió un hombre, a lo que Fukai miró asustado a sus captores, eso sólo hizo que su matón sonriera con sorna.
— Encuéntrelos y mátenlos. – luego de eso apunto.
Madara, un poco lejos de ahí escuchó un estruendo, era un disparó. Detuvo el caballo y su hermano lo miró.
— ¿Qué pasó? ¿Qué fue eso?
Madara apretó las riendas en sus manos. Él sabía claramente que ese disparo había sido el último suspiro de su padre.
— No es nada… vámonos. – y dieron rienda suelta al caballo.
Se pasaron todo la noche sobre el lomo del animal. Ya bastante alejados de su hogar. Su hermano venía dormido, pero no se detuvo. Cuando vio que el sol ya amenazaba con salir se paró. Estaban en un bosque, bastante tosco, no creía que alguien tuviera las agallas para buscarlos ahí. Buscó una cueva y reposó. Bajó las cosas del lomo del animal y también le dijo a su hermano que lo esperara, que sólo iría por algo de agua y el desayuno, después de todo Madara era un buen cazador.
Fue en busca de tales cosas. Juntó un arco y flechas y estuvo buscando comida. Estaba a punto de cazar un conejo cuando el sonido de un disparó lo aterró. Se levantó de golpe y corrió hasta la cueva donde estaba su hermano.
Lo que vio fue un golpe muy fuerte. El cuerpo de su hermano yacía en los pies de dos hombres que trían sus caballos, ellos reían estúpidamente mientras observaban la sangre del Uchiha muerto.
— Desgraciados. – apuntó con su arcó y dejó ir el primer disparo. El primer hombre cayó muerto al instante cuando la flecha le perforó el cuello.
Su acompañante se alteró y comenzó a disparar a diestra y siniestra al aire, intentando espantar a quien los había atacado. Madara tomó el control, lo había asustado, sin misericordia apuntó con otra flecha, disparó dio justamente en el pecho del sujetó. Este cayó al suelo y su cabelló escapó.
Retorciéndose de dolor e indefenso, Madara se le acercó y lo miró con rabia. Le arrebató el arma y le apuntó.
— ¿Quién eres? – su voz era de ultratumba, el maleante comenzó a temblar.
— Soy… soy sólo un mercenario… no… no me mates por favor. – rogó, completamente a su merced.
— Seguramente… seguramente mi hermanito también lo dijo. – apretó el mango del revolver. — Monstruo. – quitó el seguro.
— No, no me mates… - aunque pidiera eso, Madara sabía que pronto moriría, el flechazo en el pecho fue muy certero, un poco más le atravesaba el corazón.
— Dime una cosa. – exigió. — ¿Quién es el líder de los del Sonido?
— Yo… yo… no te lo diré.
— ¿Crees que estás en posición de exigir? – ese era un buen punto.
El hombre tragó sangre. Y Madara sonrió.
— Dímelo. – ordenó Uchiha Madara.
— En Tokio… sólo sé que está en Tokio.
— ¿Cómo se llama?
— No, no lo sé.
— ¡¡Dímelo!! – volvió a exigir, poniéndole el arma en el cuello.
— ¡¡No lo sé!! ¡N-No… lo sé! – gritó con sus ultimas fuerzas. Madara suspiró. Miró el cuerpo de su hermano y cerró los ojos afligido. Lo miró y luego sonrió sínicamente.
— Gracias por el dato. – y sólo con esa frase, disparó el arma, acabando con la vida de aquel hombre.
Enterró a su hermano en junto a la cascada, sabía que a él le hubiera encantado, su pequeño hermano gozaba del cantar de las aves y en ese lugar las aves se detenían a cantar.
— Juro… - soltó con dolor pesado. — Juro que no importa que… te prometo que los vengare… ya no huiré de ellos, ellos huirán de mi.
Se levantó y fue ahí cuando comenzó su marcha. Sólo tenía 18 años, pero a esa edad era todo un asesino, tenía el porte de un gran feudal, tenía la agilidad de un tigre y tenía la voluntad y fuerza de un dragón. Ese hombre, Uchiha Madara se volvió un asesino reconocido.
Pero no era conocido por su nombre: Uchiha Madara, sino que se le conocía con un extraño seudónimo. Le llamaban: Tobi.
Pasaron tres semanas y Madara llegó a un poblado prácticamente destruido. Observó atentamente los cuerpos, algunos eran de la banda del Sonido, se alegró por que estuvieran muertos. Iba por la calle principal del pueblo cuando se percató que alguien lo seguía, sin dudarlo, comenzó a actuar recelosamente.
Se detuvo a mitad de la calle y luego, con gran velocidad desapareció por entre las paredes caídas de algunas casas de madera. Divisó a su enemigo y de un saltó maestro cayó detrás de él. Sacó una espada sorpresivamente de su ropa y aprisionó a aquel hombre contra una pared de roca. Coló la espada en su cuello y lo miró con atención.
— Dime quien eres. – dijo amenazante.
— Oh, calma, calma guerrero. – le dijo, intentando apaciguarlo.
— Limítate a responder. – le dijo, más bien ordenó.
— Mi nombre es Raikudo. – dijo aquel hombre. Madara lo vio. Traía una mascara puesta, una mascara de demonio. Poseía una armadura feudal, parecía más bien un Oni que se había escapado del infierno, ya que, al verle los ojos se mostraba una extraña forma en la pupila y su ojo en si. — Ahora, te he dicho mi nombre, dime el tuyo.
— Soy Madara. – aflojó un poco el agarre, pero aun lo sostenía firme.
— Un placer, Madara. – dijo, sus expresiones no cambiaban de tono.
— ¿Qué haces aquí? – preguntó, demandante el Uchiha.
— Este mi hogar. – dijo como si nada. — Y si más no recuerdo, tú eres el invasor, no yo.
Ese era un buen punto.
— Tienes tu punto. – replicó Madara. Lo dejó ir y Raikudo sonrió con sorna bajo la mascara.
— ¿Y usted, guerrero, por que vienes tan armado?
— Por protección.
— Aquí no hay nada de que protegerse si me dejas decir. – ambos miraron el cementerio que estaba a su alrededor.
— ¿Quién hizo esto?
— Yo. – dijo como si nada Raikudo.
— ¿Tú? ¿Los mataste a todos?
— ¿Tienes algún problema con ello?
— En absoluto… eso es increíble.
— Umm, no mucho para alguien de mi edad. Me he ablandado bastante. – replicó el enmascarado.
— ¿Cuántos años tienes?
— ¿Qué importa eso? – movió la mano quitándole importancia al asunto. — ¿Y estás viajando? – le preguntó, mientras se empezaba a mover.
— Sí. – Madara lo siguió.
— ¿Y a donde te diriges? – levantó unos escombros y luego se adentró en una casa casi destruida.
— Voy a Tokio. – dijo él. Observó la casa, era un asco. Raikudo entendió aquello.
— La casa no es mía. Pero bien la tome prestada, después de todo, los que vivían aquí murieron. – se excusó.
— Oh, ya veo.
— Siéntate, hay té. – alargó la mano a una tetera y luego sirvió té en una taza. Madara tomó, lo saboreo y luego miró sorprendido al enmascarado.
— Está delicioso.
— Gracias, supongo que a mi hijo le encantara saberlo. – con la mirada señaló a sus espaldas. Madara volteo y se encontró con un niño, o por lo menos eso creyó. Ya que parecía medir sólo un poco más de un metro. El pequeño tenía una mascara blanca, sin nada de dibujos, sólo pequeñas rajaduras para los ojos.
— El té está bueno. – dijo Madara y el niño asintió.
— Nagato, saluda al señor. – pidió su padre.
— Mucho gusto, señor. – hizo una reverencia, luego se fue.
— Y dime, Madara, ¿Qué buscas en Tokio? – preguntó el hombre.
— Eso no es su asunto. – dijo agresivo y Raikudo comprendió aquello.
— Umm, sí, supongo. – se levantó y luego miró el cielo. Se hacía de noche. — ¿Te quedaras esta noche?
— ¿Es eso una invitación?
— Si lo quieres tomar así…
— De acuerdo.
— Fue un placer conocerlo, guerrero…- Madara miró desconcertado al enmascarado, pero después lo dejó así, ese hombre era raro.
Esa noche fue luna llena. Madara se durmió en una vieja choza que no estaba del todo destruida. A media noche, cuando la luna estaba justamente sobre sus cabezas. Escuchó pasos que iban a un lado de su choza. Se levantó y observó por un pequeño orificio Raikudo caminada tranquilamente por el lugar. Madara sólo se limitó a ver como el hombre se perdía en el bosque.
A la mañana siguiente, Madara no lo encontró, al único que encontró fue a su hijo Nagato. Le preguntó por su padre pero el chico sólo dijo:
— Mi padre está muerto.
— ¡¿Qué?! – lo miró desconcertado. — ¡¿Quién fue?!
— Nadie, era su hora… él lo sabía. – dijo el chico. Madara observó que el pequeño traía la mascara de Raikudo. — Es una herencia, mi padre me la ha dejado…
— Entiendo. – Madara miró a los alrededores, ya comenzaba a apestar, los cuerpos se estaban descomponiendo. — Bueno, ¿Te vas a quedar?
El pequeño lo miró sin entender.
— Ven conmigo, no tienes nada que hacer aquí. – el pequeño asintió. Madara también. — Entonces vamos, Nagato.
— No… no me llamo Nagato.
— ¿Ah no?
— No, ahora que mi padre ha muerto, puedo escoger un nombre para mí… Mi nombre a partir de ahora será Pein.
— De acuerdo, Pein. Sólo muévete. – Fue ahí cuando Madara conoció a Pein y lo que sería de ellos se convirtió en material de leyenda.
Las cosas se fueron haciendo duraderas, Madara llegó a Tokio acompañado de Pein. El muchacho había crecido unos cuantos centímetros en el viaje.
Sin embargo, a pesar de demostrar ser formidables guerreros, el primer ataque a la base del Sonido no fue placentero. Madara fue derrotado por el número y no por habilidad. Fue ahí cuando comprendió que él solo no podría destruir la organización, comprendió que necesitaba ayuda y por más fuerte que fuera Pein, el muchacho no era suficiente.
Huyó, por más cobarde que se escuchara, Madara escapó de Tokio, estaba bastante herido como para seguir con los ataques. En su viaje por recobrar fuerzas, Madara conoció a un hombre bastante cínico y loco. Su apellido era Hoshigaki. Por extraño que pareciera, Hoshigaki había sido timado por la banda del Sonido, una de las cosas con las que se hallaron. Madara le prometió que si le ayudaba, él le regresaría los muelles pesqueros que le habían sido arrebatados a su familia. Hoshigaki aceptó.
Al mismo tiempo, Pein había hecho tratos con mercenarios, el trato era simple, dinero a cambio de servicios. El dinero prometido era una falsedad, ya que no había dinero. Pero a pesar de esto, los mercenarios aceptaron, por que varios de ellos habían sido estafados, ultrajados o heridos por esa banda. Así que con tal empatía hacia la causa de Madara, poco a poco se comenzó a formar una extraña organización.
Pasaron cinco años, Madara tenía 23 años. Era un hombre fuerte y un líder por naturaleza. Sus esfuerzos por vengarse se vieron recompensados cuando un año después, a sus 24 años, se formó la poderosa organización Akatsuki. Formada por poderosos guerreros y aliados en diferentes puntos de todo el Japón. La popularidad de este grupo se extendió como un fuego en una mecha de pólvora.
Madara decidió que no sería llamado por su nombre y apellido, sino que sólo lo llamarían por su nuevo seudónimo: Tobi.
Cuando Madara se dio cuenta de lo poderoso que se había hecho, decidió que ya era hora de lanzar un ataque.
Reunió a sus mejores hombres y a la media noche, la misma hora que su padre había sido asesinado y que Raikudo había muerto prendió el fuego para su venganza.
Akatsuki demostró ser una poderosa organización, sus miembros mostraron sus grandes habilidades en combate, asesinato y rangos intelectuales avanzados. Ahora, con una organización que no sólo gozaba de poder e inteligencia, sino que también la sed de venganza y el liderazgo de Madara, Akatsuki tuvo éxito en su primer ataque.
Encontraron al líder de la banda del Sonido en la madrugada, él y su esposa se refugiaban en un hotel, ambos vestidos de turistas para no llamar la atención de los mercenarios. Pein averiguo su paradero, los encontraron y esa misma noche los apresaron.
Tobi los encontró en la cama, dormidos sin perturbaciones, o por lo menos eso creyeron. Las personas que vigilaban la entrada habían sido asesinadas de la manera más silenciosa posible. Nadie se percató de aquello. Madara entró orgullosamente en el cuarto cuando todo se vio despejado.
Miró al líder del Sonido temeroso y amordazado en una silla, mientras que tenían a la mujer amarrada pero en la cama. Claro, no la habían violado, si había algo que Madara no toleraba era el maltrato a una mujer, por lo que advirtió que no quería ningún acto vulgar contra una dama, si acaso dejarla inconsciente y sólo eso, no quería violaciones.
Se acercó al líder. El porte de Madara no había cambiado nada en los años, seguía teniendo ese mismo aspecto de un feudal, bragado y con autoridad. Temible.
— Así que… usted es el líder de la banda del Sonido. – dijo Tobi o Madara, eran la misma persona.
— Primero dígame quien es usted. – demando el hombre, una vez que le habían quitado la mordaza.
Madara había exigido a todos sus hombres que usaran mascaras, así no serían reconocidos. Él estaba usando una naranja, en forma de espiral y donde sólo se podía ver un solo ojo.
— Tiene que responder a mi pregunta primero. – ordenó Tobi. El hombre cabizbajo respondió.
— Sí… lo soy.
— Al fin lo encontré. Esta vez no podrá salir vivo de esta. – dijo con risa.
— ¿Esta vez? ¿Acaso…? – hizo memoria, recordó aquella vez que habían sido atacados por dos hombres… se había aprendido el nombre del hombre que lo había atacado y que después había mandado matar. — ¿Usted es Uchiha Madara?
Madara abrió su ojo sorprendido, pero luego suspiró con resignación, si de todas maneras iba a matarlo por que no enseñarle su rostro. Se quitó la mascara y el hombre abrió con sorpresa.
— Parece que me recuerda. – le dijo Madara.
— ¿Por qué? ¿Por qué hace esto? – preguntó, temeroso, había visto la mirada de odio de Madara.
— Tú mataste a mi familia… tú fuiste el culpable de que los Uchiha quedaran en el olvido. Todo nuestro patrimonio nos fue arrebatado por ti… sin ningún derecho. – lo escupió, lleno de rabia.
— Pero, pero mis hombres me dijeron que todos los Uchiha estaban muertos.
— Te informaron mal. – sacó un arma. — Te matare y recupere todas mis riquezas, lamentaras el día en el que mandaste matar a mi familia por estúpida avaricia.
— ¡Espera, pudo dártelo, te lo regresare, te lo regresare! – gritó con miedo, mucho.
— Ya es tarde… - le quito el seguro al arma y apuntó.
— Entonces… ¡Te serviré, te daré hombres, lo que sea!
— Yo se servirme solo. – y disparó. Lo mato al momento y cayó muerto.
Su esposa gritó de dolor al verlo caer. Madara sentía la sangre hirviendo. Miró a la mujer que se quito la mordaza y comenzó a insultarlo. Madara no hacía caso hasta que dijo algo sobre su familia. Eso fue la gota que colmó el vaso. Apuntó y disparó con la mima arma, matándola a ella también.
Los presentes miraron al temible Uchiha, Pein se acercó a él.
— Pensé que no te gustaba matar mujeres.
— Siempre hay una primera vez para todo. – dijo sin escrúpulos, dando la señal para que todos sus hombres salieran del hotel. Una vez que estuvieron afuera dio el ultimátum. — Quémenlo. – y se perdió en la oscuridad de la madrugada.
A partir de ese día el poder de Akatsuki se hizo increíblemente grande. Fueron temidos, temidos hasta por mafias de otros países.
Madara recuperó las tierras y el patrimonio de los Uchiha. Pagó a los mercenarios que habían estado con él y se encargó de intentar rehacer su vida.
Logró levantar un negocio prospero, ya aquí con el nombre de Uchiha Madara. Poco a poco ese negocio se volvió grande, tanto, que inicio una corporación industrial con los últimos avances tecnológicos para empezar a hacer un imperio correspondiente a su apellido.
Debido a sus contactos no le fue tan difícil. Pronto formó una gran empresa. Administrada por él y por varios corporativos, Madara comenzó a tener una doble vida. En una como Tobi y en otra como Uchiha Madara, el poderoso magnate.
Los años pasaron, a sus 30 años conoció a una mujer que lo hizo caer en un hechizo profundo.
Se enamoró.
Se casó con ella y tuvo dos hijos.
El amor hacia su esposa y sus hijos se volvió trágico cuando su mujer murió en su accidente automovilístico, provocado por algunos maleantes que conocían la identidad de Madara.
Madara los mandó matar y logró encontrarlos y matarlos. Solo, tuvo que criar a sus hijos.
Sus dos hijos: Obito y Fugaku.
Con la edad de 40 años, Madara comprendió el camino que les estaba heredando a sus hijos. Se dio cuenta que la mafia no era precisamente la mejor opción. Siempre amenazados, con temores y una reputación que cuidar. Sus hijos sólo tenían 10 años y su mujer había muerto cuando ellos tenían 8 años. Madara tomó una decisión, esperó poder hacerlo bien y que el tiempo recompensara todos sus sacrificios, así como también perdonara sus errores.
— Pein… - Nagato se había vuelto un poderoso confidente en sus años de mafia y también en sus años de paternidad. — Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes prometerlo… No, puedes jurarlo? – lo miró seriamente.
Pein, quien jamás se había quitado su mascara, asintió con decisión y se quitó la mascara en señal de respeto.
— Dime, Madara, lo juro.
Madara se quedó impresionado cuando le vio la cara. Era un hombre apuesto, pero tenía muchas perforaciones en su rostro que lo hacían ver como un monstruo infernal.
— Pein, quiero que pase lo que pase, cuides a mi familia. Eres mi más grande aliado, espero contar contigo.
— Lo juro.
Desde ese momento Madara se sintió más tranquilo.
Los años pasaron y cuando su hijo mayor, Obito cumplió la mayoría de edad tuvo que firma un especia de contrato. A Fugaku le hicieron lo mismo a sus 18 años.
Madara murió a sus 60 años. Fue por causas desconocidas. La autopsia nunca dijo nada. No estaba envenenado ni nada. Lo único que dijo el forense fue que sus causas habían sido completamente naturales, que su cuerpo pidió la muerte y así fue.
Después de su funeral, Obito recibió la noticia que haría cambiar su vida. Los reunieron a él y a Fugaku y les leyeron el testamento. Después de leerlo los hijos de Madara quedaron completamente incrédulos.
— La voluntad de su padre era que Uchiha Fugaku se encargara de las empresas y corporaciones. Mientras que el mayor, Uchiha Obito se encargaría de administrar su lugar en… - el abogado se detuvo y luego se abrió la puerta. Pein entró por la puerta, un hombre grande y de fuerte reputación. Traía su cara descubierta. Miró al abogado.
— Disculpe. Esta en blanco. – excusó el abogado.
— A partir de aquí yo me encargo. – dijo Pein y el abogado salió de la estancia.
— Pein-san, ¿Qué sucede? – preguntó Obito. — ¿Qué me toca a mi?
— Tú administraras Akatsuki. – dijo secamente.
— ¡¿Akatsuki?! – ambos hablaron al mismo tiempo.
— La organización necesita que remplaces a tu padre. Esas fueron las ordenes, el menor se encargara de administrar las empresas y el mayor será el nuevo líder de Akatsuki. Así se respetara siempre. El menor las empresas y el mayor la mafia.
— ¿Pero por que? – no entendían. Sí, ambos conocían a esas personas, los "amigos" de papá. Pero nunca habían entendido que era lo que realmente significaba Akatsuki. Ahora lo sabían mafia.
— Madara pidió que ambos se ocuparan de sus herencias. Antes de morir me lo dijo, él quería que Obito se ocupara de esto y Fugaku de aquello. – Pein miró a Obito. — Antes de que digas algo quiero contarte el por que de esta decisión de su padre. Espero que entiendan. – y Pein comenzó a contar todo lo anterior: La masacre Uchiha, la huida del padre de Madara y su afán por mantener vivo a sus hijos, la emboscada y la muerte del hermano menor, la venganza, etc.
Después de una charla que duró toda la tarde y parte de la noche, los hijos de Madara entendieron el por que de la decisión de su padre. Pein se puso se pie y sacó un pequeño sobre de su saco.
— Su padre me pidió que les dejara esta carta, me dijo que se las leyera, pero prefiero que lo hagan ustedes. – se las otorgó y entre los dos comenzaron a leer.
Después de leer la carta ambos se miraron uno al otro… la ultima petición de Madara se hallaba escrita a su puño y letra en ese papel.
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Nuestra historia es el origen de la tragedia. Historias vienen y van… la ultima petición de mi abuelo es de dudar.
Continuara…
Amm, sé que esta algo confuso y que posiblemente no tenga nada que ver, lo que está en cursivas es la historia del origen de todo aquello, por que sí, tiene origenes desde que Madara era joven y como ya explique, Madara es abuelo de Sasuke en esta historia. Lamento que no hubiera mucho SasuSaku, pero considere importante esto, digo, para la historia y para llegarla a comprenderla mejor.
Ok, pues es todo, de nuevo muchas gracias por leer, se los agradezco mucho.
¿Merece un cometario?
Yume no Kaze.
