Un regalito para agradecerles su apoyo, pero no se me acostumbren :)
MÁS VERDADES
Él lo notó en cuanto entró.
Las sombras azules bajo los ojos enrojecidos y los hombros vencidos, exhausta por una noche sin sueño. Los niños se movían a su alrededor, listos para ocupar su sitio en la mesa, y ella correspondía a sus saludos con una sonrisa falta de la vivacidad habitual.
Izana se preguntaba si acaso sería él el culpable. ¿No puede ser por lo de ayer, verdad? Una nueva proposición no le quitaría el sueño a alguien como ella. Si fuera quizás una doncella llena de ilusiones románticas y ñoñas, quizás, pero no era el caso… Además, ella le había rechazado, por segunda vez. Y era Shirayuki, por favor... Ella no perdería el sueño por alguien como él ni por su retorcida forma de persuadirla a un matrimonio de conveniencia.
Pero entonces, ¿por qué? ¿Por qué parece que carga sobre sí las tristezas del mundo?
El desayuno pasa, los niños se van, unos a sus lecciones y otros con sus ayas. Shirayuki se pone en pie, porque los adultos deben continuar con su jornada de trabajo. Antes de alcanzar la puerta y verse libre de la persistente mirada de su cuñado, este se adelanta y le impide el paso. Se coloca frente a ella y Shirayuki solo puede ver los brillantes botones dorados de su casaca. Hoy no tiene fuerzas para más. Por los dioses, que la deje marcharse en paz.
Pero una gentil mano masculina la toma de la barbilla, alzándole el rostro.
Ella da un paso atrás separándose bruscamente de él. La mano de Izana queda un segundo más en el aire, vacía.
—¡Aniue! —exclama ella, mirándolo a los ojos y esperando ver en ellos esa chispa burlona o quizás algo de soberbia orgullosa a causa de su nuevo rechazo. Pero lo que ve es algo que no espera.
Hay preocupación en sus ojos. Genuina preocupación…
—¿Qué ocurre, Shirayuki? —pregunta él con la voz contenida.
—Nada… —responde ella y da otro paso atrás.
Él exhala un suspiro de protesta y ladea la cabeza.
—Cuando una mujer dice nada, nunca es nada… —sigue mirándola, atento a sus gestos—. ¿Qué te roba el sueño? ¿Es por mi culpa?
Hay que decir que Izana lo preguntó con sinceridad, no por ningún afán de sentirse el dueño de sus pensamientos o por vanidad mal entendida. Pero Shirayuki no lo vio así. Lo que ella vio fue al hombre que estaba presionándola para casarse con ella y que quería hacer que se olvidara de Zen. Que quería que lo traicionara casándose con otro.
Sus ojos se llenan de fuego. Pero no de aquel que tanto admira él en sus enojos. Es un fuego oscuro, preñado de desconsuelo y soledad. Fuego y tristeza. Y algo en él se agita sin acertar a saber qué. Algo que quiere responder a ese fuego, o quizás a la tristeza, y borrarlos de su mirada.
Él da un paso atrás, buscando poner distancia con ella, turbado por esa reacción suya, prácticamente instintiva, por ese segundo en que no se conoció a sí mismo.
—Vete —le dice, recomponiendo su voz y su postura—. Vete a tus aposentos y descansa. Hoy no irás a trabajar.
—Muchas gracias, Aniue —responde ella, cerrando los ojos un momento. Pero cuando los abre, el fuego sigue ahí—, pero no será necesario.
—Shirayuki, es evidente que no te encuentras en condiciones —le contradice él—. No puedo permitir poner la salud del reino en tus manos si estás así, vacía y cayéndote de cansancio…
—Como si al reino le importara eso... —le replica ella, con un punto de amargura en la voz que hace que a Izana se le cuadre la mandíbula.
—¿Disculpa?
—Una noche —responde ella tan solo.
—Una noche, ¿qué? —pregunta él con cautela.
—Una noche fue lo que el reino me concedió —dijo ella, con la voz plana, desprovista de emociones.
—Shirayuki… —no llegó a terminar la frase. Ahí estaba otra vez… Esa cosa, ese instinto de borrar su tristeza… ¿De dónde viene? ¿Por qué? ¿Qué es?
Las manos de Izana se doblan en puños cerrados tras su espalda.
—Solo una noche para llorar a Zen —Izana alzó la cabeza para buscar sus ojos. Su hermano. Su hermano sigue ahí. Pero ella mira al suelo, los brazos caídos y sus manos arrugando las telas de sus faldas—. Y al reino le importó. No. Tuve que limpiarme las lágrimas a manotazos y ponerme en pie para gobernar un barco sin rumbo.
Él calla, porque entre ellos dos jamás han hablado de lo que perdieron aquellos días. No hablan de las ausencias ni de las pérdidas. No hablan del dolor ni del agujero, horrible y doloroso, que dejó Zen en sus vidas.
—Tú no tuviste que ver arder a los que amabas —le espetó ella, alzando el rostro y clavando en él sus ojos llenos de reproche y pesar.
Dolió. Claro que dolió. Él estaba enfermo, es cierto. Peleaba por su vida y su cuerpo inconsciente luchaba contra la fiebre y los estragos de su carne. Pero ¿a cuánto tuvo que renunciar Shirayuki por mantener viva a la capital? ¿Cuánto le robaron las obligaciones de ser una Wistalia?
—Hubiera querido estar contigo… —dice él, queriendo mantener firme la voz y combatiendo el impulso de borrar de esos ojos verdes la ardiente tristeza.
Ella deja que el silencio se coloque entre ellos y luego inspira y asiente un par de veces. Sabe que ese reproche es injusto, pero ella ya le ha entregado demasiado al reino.
—Con vuestro permiso, Aniue, me retiro —dijo ella finalmente. Una leve cortesía, e Izana se hizo a un lado para dejarla pasar—. Tengo que revisar unos presupuestos —dijo antes de abandonar la sala.
Y allí quedó Izana, preguntándose hasta qué punto estaría forzando su necesidad de una reina imponiéndose a Shirayuki.
—Contádmelo una vez más —dijo el rey.
—Majestad, no creo que sea buena idea…
—Hacedlo —exigió.
Lord Haruka inspiró y cuadró los hombros.
—Ella prendió la pira… —declaró—. Tomó la antorcha en sus manos y se acercó a la estructura. Nadie tuvo el valor de robarle eso, Majestad. Ni siquiera yo.
—Estuvisteis con ella —dijo, dándolo por sentado.
—Sí, Majestad.
—¿Y? —preguntó rozando ya la impaciencia.
—La vi rota contemplando las llamas. La vi hundirse y volver a ponerse en pie con la dignidad de una reina. La vi despedirse de su esposo y dirigir sus pasos hacia donde no había más que enfermedad y muerte.
Una reina, sí. Capaz de sobreponerse a la desgracia o al menos aparentar fortaleza.
—¿Seguís pensando que ella es la indicada para ocupar el trono a mi lado?
—Sí, Majestad.
Sí, sí… Él opinaba lo mismo. Pero Shirayuki aún seguía llorando a hermano después de dos años. Y probablemente lo haría siempre.
Sería más fácil buscarse a otra bien dispuesta a aceptar la corona…
Sería más fácil proponerse a alguna otra de aquella lista…
¿Por qué estaba empeñado en casarse con alguien que no quería hacerlo?
Porque la respetaba, porque admiraba su determinación y su valentía. Porque se ganó a pulso su propio sitio junto a Zen.
Sí, claro que sí. Todo eso está muy bien, pero no justifica por qué tiene que ser ella.
¿Por qué?
Porque adoraba hacerla enojar. Porque lo trataba como a un igual. Porque no le temía.
Y él tenía ojos.
Dos embarazos han ensanchado sus caderas y llenado sus pechos, marcando de curvas voluptuosas aquellas suaves de la juventud. Un cuerpo de mujer en todo su esplendor. Madura, plena... Deseable...
Él veía todo eso.
La respuesta le golpeó como un rayo.
Porque era todo a la vez. Todo. Tenía que ser ella.
Pero esto planteaba ahora una nueva cuestión. ¿Con quién insistía en casarse él? ¿Con la princesa que salvó el reino o con Shirayuki, sanadora y herborista?
Es decir, ¿con la imagen de Shirayuki y su proyección pública o con Shirayuki, la mujer?
Y no le gustaba nada no tener respuesta a esa pregunta.
