Autora: Bloquearon el correo que suelo ocupar para conversar con todo el mundo, lo que significa que tuve que crear una nueva cuenta para poder hablar y eso no me agrada en lo absoluto. Mi pie está acalambrado. Tengo jaqueca. Mi pelo es una maraña ondulada distinta a mi amado rubio oscuro liso. Tengo frío. Estoy llena de historias a medio comenzar con además la suma de otras actualizaciones. Lo que significa que no estoy de buen humor. En cualquier momento veo que mis ojos cambian al rojo sangre y me crecen colmillos y alas como un demonio y salgo a matar gente.

Mentira. Tantos reviews, avisos de historia favorita e incluso más avisos de autora favorita hacen que todo este estrés no me importe. ¡Qué dulce todas y todos ustedes! ¡La linda autora los ama con todo su corazoncito! ¡La hacen muy, muy feliz! Y escritora feliz= más historias. Eso es una buena inversión a corto, mediano y largo plazo.

En fin. ¡Aparece nuevamente Escocia! A Alfred no le va a gustar *Sonrisa maliciosa* Como una de mis parejas favoritas es el DinamarcaxNoruega, no se extrañen que tomen cierta relevancia. Lovino hoy no sale, en un principio lo tenía en mente pero realmente ya no podía escribir sobre más personajes. Son demasiadas escenas y mis manos apenas y pueden más. Ahora las cosas se pondrán feas. Todas se sorprenderán con el final del capítulo. Me inspiré con Linkin Park, así que sospechen un poco. Pd: Tesco es una cadena de supermercados británica, la cuarta más grande del mundo, ¿Se nota que investigo para hacerlo más realista? *Se ríe*

Ahora, una pequeña pregunta. ¿Qué género les gusta más que escriba?

Disclaimers: H.H (Hi!dekaz Hi!Maruya ¡Hey, está saludando!)

Advertencia: Violencia.

-x-

Es de día. Matthew lo puede comprobar por la luz que le da de lleno en sus cortinas mal cerradas. Unos cuantos pájaros que seguramente están posados en el tendido eléctrico cantan sonoramente haciendo una orquesta sinfónica que en estos momentos comienza a detestar pues lo están despertando. Suspira y se da media vuelta en su espaciosa y suave cama. Se pregunta el cómo los pájaros cantan hoy tan temprano. Normalmente comienzan a cantar cuando ya se están yendo al instituto.

Momento.

Un chispazo de terror cruza por su mente.

Se levanta aterrado para ver la hora y comprobar, a su desgracia, que no se ha equivocado.

"9:32 AM"

Oh demonios, ¡Se quedaron dormidos! ¿Cómo no escuchó el despertador?

Corre a avisarles a su hermano y a Arthur de la situación.

Abre la puerta de su cuarto y toma la perilla del dormitorio vecino.

— ¡Alfred! ¡Arthur! ¡Nos quedamos…!— Y la voz se corta, mientras las mejillas comienzan a ser la meta a la carrera que está haciendo toda su sangre que ahora yace agolpándose en su rostro cuando ve la comprometedora imagen de su hermano abrazando a su amigo tal como si fuera una almohada con sus rostros a una distancia escasísima.

A punto de darse un be…

Oh Dios.

Los párpados del pálido británico comienzan a tiritar debido al ruido y poco a poco sus profundos y adormilados ojos verdes se abren al mundo exterior. En un principio trata de recordar dónde está. Pestañea una segunda vez, lenta y pausada. Ya lo recuerda. Está en el departamento de Alfred porque ayer llovía a cántaros. Al final se quedaron hasta tarde y tuvo que dormir con el idiota pues estaba haciendo un espectáculo. Hablando de él… enfoca mejor los ojos tratando de buscar su espalda o ese ridículo mechón despeinado que tiene, escondido entre las frazadas y las almohadas.

Poco a poco, su cerebro comienza a trabajar mejor y se da cuenta de que…

Abre los ojos como platos y las mejillas se vuelven dos tomates rojo furioso cuando se percata…

Se percata…

Alfred, sigue durmiendo tranquilamente. Su rostro atractivo y aniñado no muestra signo alguno de percatarse de su alrededor. Arthur se sonroja más cuando una de las exhaladas del americano le da directo en los labios.

Suelta un grito aterrado mientras se impulsa como un cohete lo más lejos que puede de él, que es el piso.

¡Casi se estaban besando!

— ¡Pero qué demonios! — Grita entre tartamudeos mientras varias cosas chocan en su mente haciendo un caos en su cabeza, la cercanía que tenían hace unos segundos, sus mejillas que arden avergonzadas, el dolor de su trasero al caerse, de vuelta la cercanía que hubiera ocasionado por un simple accidente, un simple movimiento sin querer que habría…

Oh mierda ¿Y sí…?

Arthur se quiere matar recordando que es algo sonámbulo. ¿Entonces…? Se toca sus labios, no sabe si protegiéndoselos, queriéndoselos sacar u otra cosa.

¿Podría ser que en la noche acaso…?

Alfred comienza a despertar por toda la gritería que hay. Sus ojos comenzaron a tiritar y sus cejas se arrugaron mientras comenzaba a desperezarse. Comienza a estirarse, levantando su pecho y descubriéndolo desnudo de las frazadas. Sus ojos azules brillan somnolientos y enojados. Muy enojados.

— ¿Pero qué mierda pasa? — Un atlético brazo hace de soporte al colchón mientras que la segunda mano pasa por su cuello y su rostro tratando de quitar todo el sueño que tiene encima. Observa a los culpables que lo despertaron y se sorprende en su enojo el cómo Matthew lo mira con una cara de idiota mientras se cubre el rostro riendo nerviosamente y Arthur…— ¿Pero por qué demonios estás en el piso?

Arthur lo mira con los ojos abiertos como platos y sus mejillas están coloradas de tal forma que Alfred se pregunta qué demonios ha pasado. Arthur al ver como le habla, su rostro cambia a los segundos por una mueca histérica.

— ¿Y me preguntas por qué estoy en el piso?...

— ¿Acaso te tiré de la cama? — Le interrumpe desganado. Sólo quiere volver acostarse a dormir y ya. En verdad quiere acostarse a dormir con Arthur y dormir un buen rato más. Punto.

— ¡Idiota casi nos damos un beso! — Grita avergonzado y por fin a Alfred comienza a quitársele el sueño. Pero solo un poco. Lo mira con cierta sorpresa.

— ¿Ah sí?

— ¡Pero deja de poner esa cara de estúpido, imagina que hubiera pasado! — Arthur le grita más avergonzado y para formar otro caos en su cabeza, Alfred ni siquiera parece preocuparse por la idea de que casi se… besan.

En esos momentos, el pobre inglés ya ni sabe que pensar.

Alfred comienza a fastidiarse. Quiere volver a dormir. Y que Arthur se calle y vuelva a la cama, comienza a enfriarse y no se levantará a buscar una frazada.

— Chi-chicos… Eh…— Una tercera voz hace que el pobre del inglés salte como un gato aterrado. Voltea para encontrarse a Matthew tras de él.

— ¡Matthew! ¿Cuándo apareciste? — Le pregunta con un hilo de voz.

— Los vine a despertar— Sonríe en son de disculpa. Sus mejillas siguen sin perder color y nervioso se rasca una mejilla caliente— Nos quedamos dormidos, el despertador parece que no sonó o no lo escuché.

— ¿Dormidos? — El de ojos verdes se levanta como un resorte por la sorpresa— ¿Qué hora es?

El dedo del hermano más pequeño señala al reloj digital que cuelga de la pared.

"9:38 AM"

Arthur se cubre su rostro aterrado. Mierda.

— ¡Mi ensayo de literatura! ¡Hoy entregaban las calificaciones! — Y no olvida que hoy debían hacer un trabajo de Química avanzada y también que Kiku le había pedido hablar en el recreo sobre algo que parecía importante.

Pero hay ciertas personas que la noticia no les interesa en lo más mínimo.

— A la mierda. Quiero dormir— Dice Alfred y toma la muñeca de un desprevenido Arthur que grita sorprendido cuando es alzado y tirado a la inmensidad de las sábanas azules.

Los cálidos ojos violáceos observan a su pariente que se acomoda entre la masa heterogénea y suave que es cama. Su hermano no tenía remedio.

— ¿Quién te crees? ¡Suéltame me debo levantar! — Intentó separarse del abrazo férreo que ejercía el malditamente fuerte chico.

— Ya perdimos el día, aprovecha y duerme un poco más. No vale la pena siquiera lamentarse— Susurra para quedar dormido de nuevo tras dar un pequeño gruñido.

— ¿Eh?

Matthew se ríe cuando Arthur lo mira en son de auxilio. Alza las manos en son de Pilatos. No puede sacarlo de ahí.

— No importa Arthur ¿Preparo el desayuno? Ya que estamos despiertos y soy el único libre— Se ofrece amable Matthew. Arthur se sonroja avergonzado. Alfred los ignora en su mundo agradable del que fue sacado. Por primera vez no ha tenido pesadillas que lo hacen despertar sudoroso. No va a desaprovechar la situación para por fin descansar y tener un sueño agradable.

¿Tendrá que ver Arthur acaso en esto? En fin, no quiere pensar, quiere dormir.

Los ojos verdes lo miran contrariado, sin saber que hacer o decir. Estúpido Alfred, se ha vuelto a dormir como un tronco.

Ya que no hay nadie más en la habitación, Arthur se atreve a observarlo detenidamente, sintiendo sus brazos cálidos y desnudos sobre su cintura y otro tras su espalda. Alfred es atlético. Será también que hace boxeo los jueves en un gimnasio que nunca le ha dicho el nombre. Puede sentir en su cadera parte del torso de él, cómo los músculos del marcado abdomen le rozan. Su rostro inconsciente se veía tan inocente como el de un niño, un niño enfurruñado cabe decir. Sus cejas se arrugan un poco y sus labios se abren unos milímetros. Puede observar la piel de su rostro, apenas y un poco de barba incipiente hay sobre ella. Le da un toque masculino. Le da un cierto aire atractivo. No. Alfred es atractivo. Es una mentira el siquiera tratar de decir que no.

Suspiró. No debería estarlo mirando. Posa sus ojos en el techo unos segundos, como pidiendo ayuda.

Estúpido de su yo interior. No tiene que sentir cosas raras por Alfred. Alfred, del que estaba seguro, nunca podría llegar a fijarse en él. Lo mira de nuevo por unos escasos segundos. Sí. Está seguro que Alfred nunca en su vida podría llegar en fijarse en alguien como él. Es sólo un idiota tratando de aparentarse el chico rudo. Además de algo importante…

Es un idiota.

Debería comenzar ahora mismo a cortar de raíz todos esos sentimientos que aumentarían más aún sus problemas. Debería hacerlo ahora antes de que sufra cuando ya no pueda detenerlo.

Además alguien como él no tiene derecho a amar, sus hermanos ya se lo han gritado muchas veces. Él no merece ser feliz. Él no merece nada. No después de ser un asesino.

Sus ojos comienzan a apagarse más y más.

— Listo, espero que no te moleste que sea tan simple pero en verdad no sé que tomas de desayuno— Llega Matthew con una bandeja donde habían tres platos con leche y cereal además de unas galletas que guardaba en la estantería. Arthur voltea a verlo y le sonríe amablemente.

— No te preocupes, mis desayunos no son nada elaborados— No puede decirle que traga un té y unas tostadas lo más rápido posible para liberarse de la presencia de su hermano mayor. Ya se imagina la cara de Matthew si se lo dijera. Horror. Se ríe y toma el cuenco que le extiende el menor. Matthew se sienta junto a él, quedando Arthur al medio de los dos hermanos.

Se asusta cuando siente una mano moviéndose por sobre su estómago, se apronta a gritar sin grado alguno de masculinidad y mandar una patada que haría volar la leche por todo el lugar, cuando se da cuenta que es Alfred. Alfred quien se dirige a sacar una galleta aún con los ojos cerrados. Matthew entiende la señal y se la entrega, lo que el perezoso americano la recibe y la deja en su boca mientras mastica aún con los ojos cerrados.

Estúpido norteamericano, lo ha hecho pasar el susto de su vida.

Arthur lo fulmina con odio.

— ¿Veamos algo en la tele? — Señala Matthew mientras toma el control de la gigantesca pantalla LCD que está frente a ellos. Arthur asiente y mientras comen del desayuno tardío opinando sobre los comentarios del programa y con Alfred comiendo a medio dormir, Matthew estaba deseando que estos momentos agradables se repitieran más a menudo. Los tres, su hermano, él y Arthur. Sonrió al inglés que le correspondió en su ignorancia.

Arthur no sabía que estaba haciendo infinitamente feliz a Matthew estando los tres juntos, como una familia.

-x-

Pasea por las calles como el grandioso ídolo que es. Todos a su alrededor lo miran maravillados de su belleza y su magnificencia. Unas escolares con sus cortitas faldas lo miraban, cuchicheando entre ellas. Guiñó un ojo, pícaramente.

Oh tranquilas, nenas, había Gilbert para todas.

Lo que no sabía es que todas las personas le miraban porque tenía un cartel pegado en el espalda rezando "Hola, soy un violador de perros en serie".

— ¡Pero tío, porque demonios tienes ese cartel! — Antonio, sale de su espalda retorciéndose de la risa. Le quita el papelito pegado con cinta adhesiva y se lo muestra entre risas. El aludido se sonroja ofendido.

Puto Paulo. Se lo colgó él, por eso se reía tanto cuando lo abrazó para saludarle. Se las va a cobrar.

— Maldito hijo de puta… Antonio, acompáñame a vengarme ¡Esto no se puede quedar así! — Y se da media vuelta camino a donde se despidió de Paulo. Se detiene al sentir que Antonio no le sigue.

— ¿Y que esperas? ¿Una invitación formal?

Antonio se disculpa nerviosamente.

— No puedo, debo ir donde Lovi. Voy a mi trabajo.

— ¿Trabajo? ¿De cuando tienes trabajo? ¿Quién mierda es Lovi? Suena como Lovi-love… como puta— Y un fuerte coscorrón le da de lleno en la coronilla. Antonio se ve enojado.

— ¡Lovino no es una puta, es un chef! ¡No se te ocurra decirle así de nuevo! — Gruñe unas pocas palabras antes de darse media vuelta— ¡Nos vemos luego Gilbert!

Y Gilbert se quedó tras eso, solo como un poste.

Berreando se dio media vuelta y emprendió su camino donde Paulo, sabiendo con vergüenza, de que todos los tipos que le vieron hacer el ridículo camino a acá, lo verían de nuevo.

No importa, se dice, cuando lo vean sin ese estúpido papel se habrán arrepentido de haberle mirado raro.

Camina rápidamente por las calles camino a la casa de Paulo, cuando escucha unas maldiciones y unos gritos por unos callejones. Con curiosidad, se acerca allá pensando de si acaso sería el tonto y envidioso portugués. Entonces aprovecha ahora mismo a darle un puñetazo para que no olvide con quién está jugando.

Vaya sorpresa. Sólo están asaltando a alguien. Mira el nombre de las calles y se da cuenta que están en el territorio del Este. Su territorio.

— ¡Hey! — Gritó enojado. Los dos hombretones que en un principio lo miraron despectivamente, al reconocerlo, se asustaron y soltaron al pobre muchacho que tenían de la camisa. El joven de piel morena cayó al piso con brusquedad— ¡Váyanse a robar a otra parte, están en el Este!

Los aludidos lo miraron unos segundos antes de irse con rapidez. Todos conocían la brutalidad de las golpizas de Gilbert.

— Gracias— Dice el chico que está en el piso, secándose delicadamente la sangre que tiene en sus labios. El albino lo mira sin mucho interés.

— No te vine a salvar, estaban en mi territorio— Se sorprende cuando el pobre diablo asaltado rueda los ojos morados y comienza a levantarse.

— De todos modos, no soy un maleducado por lo tanto te agradezco igualmente— Se levanta y se acerca apurado a ver un estuche de lo que sospecha, es un violín. Las pálidas manos llenas de sangre corren el cierre con preocupación.

Un violín. Exactamente como ha dicho. El joven observa con cuidado el instrumento de cuerda, buscándole algún daño. Suspira aliviado al verlo intacto. A esos ladrones lo único que les interesaba era su dinero, sin pensar en lo carísimo que era el violín que ellos botaron al suelo.

— Pasa— Dice Gilbert extendiéndole una mano. El chico, que parece ser de su misma altura, protege al violín como si fuera un hijo. El albino se molesta y se lo quita veloz— ¡No le niegues nada al grandioso yo! ¡No te lo robaré si crees eso!

— ¿Entonces para qué querrías tú esa pieza de colección? — Le pregunta con desconfianza tratando de acercarse a tomarlo. Gilbert se ríe y lo aleja.

— Cállate, me quitas la inspiración— Posa su mentón y toma la varilla y comienza a tocar. Toca una alegre canción germana. Rápido y ágil se mueve mientras sonríe recordando al viejo de su tío que le obligaba a tocar instrumentos como digno primogénito. Era la canción favorita del viejo y de él. Termina abruptamente y comienza a reírse a carcajadas. El músico está sin palabras, congelado en su sitio. Toca de forma sorprendentemente bien— ¡Joder, soy asombroso! ¡Todos deben amarme, he hecho una obra de arte! ¡Nadie, ni los ángeles me superan!

Un imbécil que toca bien el violín, corrobora con fastidio. Vaya desperdicio.

El estuche con el nombre bordado, está en sus cuidadas y blancas manos.

"Roderich Edelstein"

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Ya ha tocado el timbre para salir de clases. Arthur se dispone a ordenar todos sus libros y guardarlos en su casillero. Deja en su mochila los que ocupará y cierra la puertita metálica, baja sin apuro alguno las escaleras que dan al tercer piso y ya sabe que Alfred lo espera en el principio de la escalera. Hoy come una paletita de caramelo con una sonrisa maliciosa.

— ¿Dónde la sacaste? — Le dice cuando está junto a él. Alfred se ríe. Eso no es buena señal.

— Se la robé a un niño.

— ¡Alfred! ¡Estás bastante grande como para robársela a un pobre niño! — Comienza a regañarlo como una madre lo que el otro ignora con los ojos en blanco.

— Cállate.

— ¿Quién te crees que eres para hacerme callar? — Comenta ya bastante sulfurado hasta que algo choca con su mejilla. Algo duro y pequeño.

— Mira, incluso le robé uno para ti— Sonríe emocionado y se lo entrega. Arthur alza una ceja sorprendido.

— ¿Crees que esto no arreglas el robo? ¡No quiero algo de un pobre y triste niño! — Le reclamó y Alfred fastidiado se alza de hombros y abre el envoltorio.

— Pues entonces más para mí— Y se lo mete a la boca junto al otro. Arthur se sorprende por lo infantil que es.

— ¡Eres peor que un niño de diez años!

— Mejor que ser un anciano— Le contraataca con una sonrisa felina. Pelean infantilmente.

No sabe como pero ya están en las afueras del instituto, junto al portón.

Arthur se detiene de golpe. Alfred se detiene también, viéndolo extrañado.

— ¿Qué pasó? — Arthur está mirando fijo al frente con el rostro de cómo si hubiera visto un fantasma, o un demonio. Mueve sus ojos azules en la misma dirección donde están los verdes y choca con un cobalto frío y pétreo que lo apuñala con odio.

— Mi hermano, Scott— Dice entre dientes.

Mierda. ¿Qué sucedió como para que lo viniera a buscar?

Scott lo mira fijamente con la puerta del copiloto abierta. Su posición desgarbada y confianzuda le hace ver como un tipo rico y caprichoso. Quizá no se alejara de la realidad. Fuma uno de sus inseparables cigarrillos mientras sigue esperándolo impaciente. Su pelo se revuelve por la fría e húmeda brisa de Londres.

— Sube— Dice seco.

— ¿Qué pasó? — Pregunta Arthur acercándose unos pocos pasos.

— ¡Que subas, no tengo todo el tiempo! — Gruñe ya irritado. Scott odia dar explicaciones, Arthur si lo sabe no debería preguntar. La gente a su alrededor se queda parada mirando el espectáculo. Unas cuantas chicas se paran para mirar embobadas al apuesto pelirrojo que con su pose de chico rudo y su rostro tan amenazador les ha quitado el corazón en menos de dos segundos.

Alfred lo mira sorprendido, con cierta molestia, no le gusta que le grite a Arthur de ese modo. Está en un momento pensando en decirle que modere su tono.

Arthur en tanto lo mira fastidiado.

— Nos vemos mañana Alfred— Se despide sin mirarlo y arrastra sus pies hacia el carísimo Volvo s80 donde está aquel tipo alto y musculoso vistiendo como recién hubiera salido de una importantísima reunión.

No se ha percatado del rostro que ha puesto cuando escuchó su nombre.

Alfred…

— Adiós— Le responde y lo observa irse. Esperará a Matthew que seguramente está camino a la salida.

El hermano de Arthur se da media vuelta y se dirige a su lado respectivo quedándose unos segundos detenido sin abrir la puerta.

— ¿Por qué demoras tanto? —Arthur baja la ventana, fastidiado.

— Qué te importa, es mi auto— Dice el escocés tras botar la colilla de su cigarrillo y entrar.

Alfred se queda congelado, sorprendido a la mirada de odio puro que le dedicó el pelirrojo antes de subir a su auto.

— ¿A dónde vamos? — Dice Arthur mientras toma unos papeles importantes que estaban sobre su asiento. Scott los toma y los tira sin cariño en la parte de atrás— Hey esos papeles parecían importantes.

— Le pido a mi secretaria una nueva copia, no molestes— Dice y enciende el motor. Con rapidez acelera y el rubio murmura del peligro al volante que es ese idiota.

— ¿Dónde vamos?

— ¿Qué te importa? Te secuestré y pediré una recompensa a Will y los gemelos— Arthur lo mira con cara de pocos amigos.

— Nadie pagaría algo para salvarme, idiota, menos los gemelos. Me odian demasiado— Se ríe ácido. Scott lo mira unos segundos antes de volver al volante. Él sí pagaría por él— Ahora dime a donde vamos.

— Al supermercado, hay que comprar las cosas del mes.

— La excusa para escaparte del trabajo— Afirmó el menor. Scott se rió, sus carcajadas de plata oscura, una voz deliciosamente grave.

— Soy el dueño de la empresa, nadie me puede decir nada— Arthur suspiró. No valía la pena preguntarle para que lo vino a buscar, seguramente era una razón tan simple como que no quiere llevar todas las bolsas él solo.

Llegaron a un Tesco. Tras que Scott casi asesinara un pobre diablo despistado que cruzaba por el lugar elegido por el pelirrojo para aparcar se bajaron y caminaron en silencio hasta el gigantesco recinto.

— Vamos para allá— Señaló con un cigarrillo apagado en sus labios. Arthur, quien vuelve con un carro se lo quita recibiendo una mirada de sorpresivo odio.

— No puedes fumar, idiota.

— Cuida tus palabras conmigo— Sisea soberbio como un águila. Arthur rueda los ojos y se pone en marcha. Deambulan por los pasillos hasta que llegan a la sección de licores, Scott tranquilamente comienza a echar varias botellas de whisky caro al carro metálico.

— ¡Pero que haces! — Le grita su hermano menor.

— Hacer las compras ¿No ves? — Señala con fastidio una botella. El menor tratando de hacer acopio de la paciencia, poca, que tenía toma las botellas y deja tres.

— No venimos a hacer tus compras, alcohólico. Venimos a comprar las cosas del mes— Los ojos demoníacos lo observan unos segundos. Arthur suspira y se encamina hacia la zona de verduras, sabiendo por experiencia que Scott nunca en su vida tendría la lista del mes que William hacía. Normalmente William las hacía, a veces con los gemelos u otras veces con él. Nunca le pedían al mayor acompañarle sabiendo que odiaba hacer compras. Odiaba todo lo que significaba hacer una fila.

¿Entonces que estaban haciendo aquí?

Arthur obviamente, no sabía de las verdaderas intenciones de su hermano mayor.

Siguieron por más de una hora, comprando y discutiendo por cosas tan simples como la leche o el pote de mantequilla.

— Elige el que te guste— Están ahora en la sección de té y tras acomodar mejor el atún entre el abarrotado carro, el inglés lo mira extrañado.

— ¿Eh? — Scott mira a otro lado, mostrándose indiferente.

— Que elijas el que quieras, estúpido. Va de mi parte antes que me arrepienta.

Arthur lo mira desconfiado.

— No, elige cualquiera. No necesito regalos— Los verde cobalto chocan con sus contrarios unos momentos. Por sus cejas fruncidas de tal forma, sabe que está enojado. Se acerca con violencia a una estantería y elige una cajita de metal y tal como si fuera una pelota de handball, la tira hacia el carro.

— Vete a la mierda, mocoso— Se da media vuelta, directo a la caja. Arthur se queda mirando la caja abollada al chocar contra unos tarros de frutas. Lo toma, sin palabras.

Son sus favoritos.

-x-

En el banco del carísimo instituto, sus labios se dirigen a la botella de bebida que tiene en sus manos. Da un pequeño sorbo sintiendo como dos celestes ojos observan cada movimiento con una sonrisa.

Y a Alexander eso no le agrada.

— ¿Tengo algo en la cara o qué? — Escupe gravemente. Soren se ríe y niega. Si le dice que tiene una cara bonita, Alexander le va a golpear o le obligará a hacer algo cruel como correr por las calles en calzoncillos.

— ¿Te gustó el té que te compré? — Sonríe esperanzado. Alexander lo mira unos segundos en silencio.

— No.

La cara de decepción del danés no se hace esperar. Luego cambia a una sonrisa.

— ¡A la próxima sí te gustará lo que elija!

El noruego lo mira unos segundos antes de pestañear lenta y profundamente. Estúpido Soren.

Nunca le dirá que sí le gustó.

Nunca.

Por eso seguirán así sentados en medio de una banca, tranquilamente mientras unos pocos estudiantes pasan frente a ellos hablando en frívolas conversaciones.

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Ya han pasado más de tres semanas luego de que Arthur se quedara a dormir. Ahora está en el departamento tratando de enseñarle al idiota de Alfred para su prueba de Cálculo de mañana. Alfred está a medias concentrado lo que lo está haciendo enojar.

— ¿Sabes lo que significa si repruebas? — Se acerca a mirarlo amenazadoramente con el lápiz en la mano. Alfred rueda los ojos.

— Entro en reforzamiento matemático, lo sé…—Responde sin muchas ganas.

— Lo que significa que serán más horas donde yo estaré como un idiota tratando de enseñarte— Le golpea con un libro. Alfred se enoja.

— Si tanto te molesta no me enseñas. Te ahorras el problema de estar con el idiota inútil tratando de hacerle entender esta mierda. ¡Nadie te pide nada! — Lo señala y se cruza de brazos, dolido por la respuesta de Arthur. Le hizo sentir como si fuera una molestia. Y ser una molestia es lo que le han hecho sentir sus padres, sus amigos, su familia. Y los ha podido sobrellevar perfectamente pero…

Hasta él podía tener un límite.

— ¡No te estoy diciendo eso!

— Vete a la mierda Arthur— Se levanta, toma su chaqueta negra y ya se dispone a marcharse cuando escucha unas palabras que lo congelan.

— Lo siento.

Alfred voltea a verlo sorprendido. ¿Arthur disculpándose?

— ¿Eh?

— Que lo siento— Mira al piso avergonzado. No lo va a repetir por tercera vez. Cierra los ojos y suspira— Mi estúpido hermano ha estado jodiéndome en casa, me está haciendo un escándalo cada vez que salgo y él está ahí.

— ¿Scott? — Arthur asiente. Alfred lo poco y nada que sabe del hermano mayor de Arthur es que quien ha mantenido a sus hermanos luego de que los padres de Arthur murieran. Por lo poco que le ha dicho Arthur, es violento y de un carácter insoportable, Arthur dice que es un demonio en cuerpo humano y que deja siempre la casa pasada a sus malditos cigarrillos. Alfred solo lo ha visto una vez y fue cuando vino a buscar a Arthur al instituto. El americano no puede negar que se sorprendió del gran parecido con Arthur pero sus rasgos son mucho más masculinos y adultos que el rubio.

Aunque en verdad, lo que le más le causó sorpresa fue el odio que ni se molestó en ocultarle.

¿Qué mierda le había hecho? Ni se conocían. Pero aún así por el simple odio irracional y por todos los problemas que le ocasionaba a Arthur, a Alfred tampoco le agradaba. Es más, le caía pésimo y siempre que veía a Arthur con una cara tan larga que podía pisársela estaba seguro que era por culpa de Scott.

— No sé que problema tiene pero está hecho un basilisco— Suspiró. Alfred lo quedó mirando unos segundos.

— Te invito a un helado— Arthur subió la mirada, encontrándose con la sonrisa de Alfred. El corazón le latió acelerado.

— ¿Eh?

— ¿Aparte de amargado estás sordo? — Le preguntó buscando molestarle. Y lo consiguió. En menos de dos segundos Arthur se levantó como impulsado por un resorte para encararlo.

— ¿A quien le dices amargado idiota? — Alfred se rió y le tomó de la mano para tirarle fuera. Luego de aquella… cita de amigos, había adquirido una cierta costumbre de tomarle de la mano. No se quería a poner a pensar en que esas cosas no hacen los amigos porque simplemente no tenía ánimo de ponerse a pensar cosas raras.

La impulsividad era su característica más destacada.

Arthur se quedó mudo mientras lo seguía.

No había nadie más en el departamento. Matthew había salido hace un rato sin decir donde.

— ¡Esta vez comerás del sabor que yo te diga!

— ¿Y quien me obliga?

— ¡Yo! Además ahora iremos a otra parte— Señalando tácitamente que no irían donde Francis. Arthur se preguntó si acaso Alfred sabía que la heladería de Francis había sido quemada.

A la mierda. No quería recordar las pandillas.

-x-

Matthew, escondido en su lugar entre medio de las hojas, observa la ventana que está frente a él.

Las risas y los besos sobre las suaves frazadas. Las caricias y la lujuriosa piel desnuda en un juego de risas y susurros amorosos.

Mira al piso varios metros bajo de él, encogido de tristeza mientras siente que su corazón guarda una piedra.

Lo sabe y lo comprueba. Nunca se fijará en él.

Quizá lo mejor sería bajar de ahí antes de que lo descubran e irse de vuelta. Sí. Sería lo correcto.

Nunca. Nunca se fijará en él. Nadie se fijará en alguien como él.

-x-

Iban de camino a buscar a Dereck, Arthur que en los momentos que había llamado el chico, estaba junto a Oz viendo una película, aceptó la oferta de su primo de acompañarle, además podían ir a una pizzería de camino.

Por la ventana hay un detalle que por poco y le pasó desapercibido, un tipo con un bolso deportivo caminando con un hombre de melena rubia.

Momento.

Eran Francis y Alfred.

— Oz, detén el auto— El chico voltea a verlo extrañado.

— ¿Qué pasa? — Pregunta desacelerando un poco. Arthur sigue con sus ojos verdes fijo en las figuras que desaparecieron por un callejón. Un más que conocido callejón.

— ¡Oz detén el auto! — Grita algo alterado. El primo detiene el jeep al instante.

— ¿Arthur que sucede? — Pregunta con sus ojos celestes posados en él. El chico ya ha abierto la puerta y baja con rapidez a la avenida.

— Prometo decirte todo de vuelta. Adiós primo— Se despide cerrando apurado la puerta del viejo automóvil militar. El australiano ve como se apura a cruzar la calle y meterse a unos callejones con el rostro serio. Se pregunta si acaso será… No. Arthur ya ha salido de ese mundo. Se lo ha dicho muchas veces, prefiere tragar clavos ardientes antes de volver a ese infierno.

Pero… Oz recuerda como más de una vez lo llamó a punto de caer en la inconsciencia pidiéndole que lo viniera a buscar luego de quedar casi muerto en alguna de esas peligrosas peleas, puede hasta jurar que un día lo vino a buscar a ese callejón.

Tal vez su primo se vea envuelto en un problema de nuevo, aunque no quisiera…

Se mira en el espejo, es atlético, fuerte, practica karate. Podría ayudarlo. Podría noquear a alguien tan fácilmente como abre la llave del agua. Podría ayudar a su primo.

Piensa unos momentos seguirlo, pero Arthur se enfurecería. Nunca permitiría que él se metiera en eso.

Un bocinazo lo descoloca, ve por la ventana lateral como ha hecho un taco gigantesco tras de él. Ya muchos chóferes están haciendo gala de sus mejores garabatos ingleses para que acelere. Suspira y con rapidez se pone en marcha dejando a su primo atrás.

Debe creer que no está en nada peligroso. Arthur se lo habría contado, su primo lo considera su mejor amigo. Son como hermanos. La confianza nunca ha sido tema a discusión.

No importa. Arthur le dirá que diablos sucede y está seguro que será una estupidez y se reirán juntos cuando le diga la estúpida y loca idea que pasó por su cabeza.

Sí, eso va a pasar.

Arthur en cambio, se pone el gorro de su chaqueta y cruza las oscuras y húmedas calles siguiendo a los dos chicos. Se han detenido tras un rato, en un sitio baldío donde está, pues sino, el estúpido de Antonio y el patán de Gilbert junto a un tipo desconocido, riéndose divertidos a las bromas apestosas del alemán. Alfred observa todo con su pose desgarbada, alza una ceja y mira a su alrededor pensando qué diablos están haciendo acá.

— ¿Para qué me trajiste aquí? — Le pregunta a Francis, quien se observa misteriosamente junto con Gilbert. Arthur tiene un mal presentimiento. No, mentira. Tiene una sospecha que está seguro, estará en lo correcto. Sigue entre los tubos de concreto y un árbol descuidado, observando cuidadosamente sus movimientos.

Pobre de que Francis se le ocurra hacer lo que piensa. Pobre de él.

Ya se lo advirtió una vez…

— Ya que estás en nuestro lindo grupo… Deberías saber cual es nuestro negocio…— Arthur abre los ojos aterrado. Aprieta los puños negando desesperado. No, no, no, no…

¡Francis maldita seas, ni se te ocurra!

Sin embargo, el francés quien alguna vez fue su mejor amigo y a quien pudo considerar un hermano gemelo hace menos de dos años atrás, ignorando su presencia sacó algo de sus bolsillos. Gilbert sonreía socarronamente.

Una bolsita. Una diminuta bolsita plástica llena de un polvo blanco.

No.

— ¿Y eso? — Preguntó Alfred entre la curiosidad y la desconfianza. Arthur si sabía que era.

— Un polvito mágico que nos mantiene con mucho dinero— Sonríe felinamente— LSD. Como novato, tendrás una prueba. Es bastante simple, esperarás a que llegue un tipo llamado Zack, un cliente bastante bueno… le entregas la bolsita y recibes el dinero. Simple y para nada de peligroso.

¡Maldita sea, no!

Alfred observó en silencio aquella diminuta bolsita con drogas. Nunca negaría que había probado LSD alguna vez pero… ¿Meterse en contrabando de drogas?

Sentía que esto ya se les iba de las manos. Antes de negar, alguien salió a interrumpirle.

— De esta te vas a arrepentir…— Una voz grave y llena de cólera sale de una esquina. Francis lo observa con cierta sorpresa, pero sin miedo alguno.

Alfred volteó a verlo asustado ¿Qué hacía Arthur aquí?

— ¿Arthur tú aquí? ¿A qué se debe esta visita? ¿Quieres de esto? — Sonrió mostrando la diminuta bolsita con sorna. Gilbert se rió y el chico desconocido lo miró profundamente. Arthur estaba de pie, con una vena marcándose en el cuello alertando como el humo de un volcán a punto de erupción— Lo siento, pero ya me lo han comprado… si quieres a la próxima.

— No estoy hablando de eso, bastardo. Te vas a arrepentir, te lo advertí y no me escuchaste…

— ¿Me arrepentiré de qué? — Pregunta con sus cejas alzadas. Arthur sonríe oscuramente y se quita el polerón negro tirándolo con brusquedad al piso de tierra— ¿Qué vas a hacer, amigo…?

— Te atreves a terminar la frase, yo mismo te amarro a un bloque de cemento y te tiro al Támesis— Interrumpe en un ronco ladrido. Francis se calla, Arthur sería capaz si se trata de él. Arthur lo odia, nunca le perdonará la traición que una vez le hizo. Nunca. Se acerca hasta donde está el grupo que se alía como un muro a la defensiva. Alfred sigue de pie, sin palabras por la situación a su alrededor. Arthur lo mira unos segundos, sus ojos verdes lo observan entre la confusión y la tristeza, como si hiciera algo que sabe se va arrepentir. Cierra un momento los ojos y los abre posándose en Francis que se está temiendo algo malo, algo demasiado malo — Voy a hacer lo que tuve que hacer hace mucho tiempo… Vuelvo a mi puesto Francis.

"¡Alfred entiende que no te quiero meter en toda esta mierda! ¡Entiende que estoy aquí para que seas un chico normal y no vivas lo que viví yo!"

Alfred abre sus ojos azules aterrado.

— ¡No! — Grita tratando de hacerlo entender, el inglés niega y le mira indiferente.

— No me contradigas Alfred. No ahora. No daré pie atrás— Sentencia lúgubremente.

Antonio frunce las cejas hasta formar una especie de "v", Gilbert en cambio las alza tanto que forma arrugas en su frente. El desconocido observa confuso la situación.

"— ¿Por qué mierda haz hecho eso? — Inhala y exhala descontrolado, se ha cansado de golpearlo hasta que los nudillos le duelan. Inhala con furia— Dime… ¡Dime que mierda tienes en la cabeza como para meter a ese idiota en este infierno! ¡Explícame qué demonios consigues destruyendo la vida de un chico que tiene todo por delante!"

Francis recordó con horror ese momento, las palabras que decía Arthur eran verdaderas, estaba decidido a alejar al chico de todo. Estaba totalmente terco en sus palabras… ¿Pero incluso hasta para sacrificarse a algo que sabía, era para él como un infierno? Volteó sus ojos sin mover el cuerpo hacia donde estaba su más nueva y preciada adquisición. Quien se suponía el arma perfecta para poder hacerle frente a ese monstruoso ruso. Quien su sola presencia, había marcado su fecha de muerte como líder.

Maldita sea.

¿Qué tenía ese estúpido e impulsivo norteamericano como para causa eso en Arthur?

¿Acaso…? ¿Acaso hay algo más profundo que él no sepa…?

— ¡Arthur voy a salir de esta mierda, no lo hagas! ¡Si quieres salgo ahora mismo! — Trató de hacerle entender. Arthur negó ácidamente.

— No seas iluso, no te soltarían tan fácilmente. No digas estupideces— Sentencia sin esperar un segundo intento de persuasión. Se giró hacia donde Francis quien en estos momentos maldecía hasta su pariente más lejano. Furioso. Frustrado. Contrariado. Arthur lo conocía tan bien que sabía que esas palabras encajaban perfectamente con lo que pensaba. Sin mirar a nadie más que a él y con una sonrisa demoníaca dibujada en sus labios le habló— ¿Alguien se opone?

Sus puños chocaron rápidamente cortando el aire.

Francis apretó la mandíbula tratando de controlarse.

No iba a dar su lugar tan fácilmente.

— Paulo…— Señaló al desconocido quien se acercó a su derecha. Luego señaló al inglés quien esperaba pacientemente— Si lo dejas en el piso y no se puede levantar, ganas.

— Hecho— Sonrió Arthur y se acercó al de ascendencia portuguesa quien lo fulminó con la mirada.

— ¡Hey! — Alfred trató de interponerse pero la mano de Arthur le retuvo. Sonreía con amargura.

— Te dije que te iba a sacar de esta mierda…además, ¿No querías saber de mí? Ahora verás cómo me muevo en esta basura— Aprovechando la distracción, el moreno aprovechó para asestarle un fuerte puñetazo en medio de la mejilla. Arthur retrocedió dos pasos mientras se tocaba la mejilla dañada. Afiló los ojos augurando peligro. Miró unos segundos a su contrincante, Alfred ya se preparaba para moler a golpes al estúpido de Paulo cuando se le adelantan y una fuerte patada empuja al moreno hasta al piso.

Arthur lo miró fríamente.

Ese idiota se arrepentirá de haberlo golpeado.

Y en menos de un tiempo ya saltaba como un león sobre él.

Nadie. Nadie lo golpeaba y salía ileso.

"Bienvenido al bajo mundo, Arthur"

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Notas: ¡Tadaaa! ¿Quién se lo sospechaba? Yo sí, pero es que yo lo había ideado hace mucho tiempo además de que soy la escritora, por lo tanto no cuento :'(