ReCap:

¡Buenas gentecilla! Aquí un capítulo absolutamente diferente.

Como supongo que la mayoría no tendrés ni papa de árabe, que sepáis que el títuloالتشفير (atshagir) significa "descodificación", y me ha costado mucho sacarlo… tanto que he tenido que cambiarlo en esta resubida xD Y también algunas otras cosas en árabe… Espero que ahora esté todo correcto :D

¿Dónde ocurre la historia paraque esté en árabe? Alemania no… chan chan chaaaan…

En fin, ¡disfruten!

ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece.


التشفير-13

1955 – Al-Qāhira, Al-Qāhira, Miṣr

Con 137 metros, 2.300.000 piedras y 3525 años de antigüedad, la pirámide de Guiza era digna de visitar, siendo con sus compañeras una de las mayores atracciones de Egipto.

Pero él no había venido a disfrutar de la vista (aunque le había resultado imposible no acercarse), tenía cosas más importantes que hacer. Con el mismo suspiro con el que dejaría a una bella dama, se volvió a subir en su camello y lo mandó arrancar. El camello no es que le hiciera mucho caso, y parecía odiarle (no solía ser un signo de apreciación que te escupiese al alquilarlo, por más que se negase el vendedor), pero había que admitir que era una forma muy cómoda para andar por el desierto.

Marchó para la ciudad, no sin antes echar un último vistazo a las pirámides, figuras triangulares y polvorientas que se alejaban en la distancia. Cuando al camello le decían que volvían, no se detenía, y se obligó a mirar al frente. Chasqueó la lengua; qué pena no haber traído una cámara.

Llegó hasta donde había pedido su montura, una casa con múltiples camellos y dromedarios de alquiler (había escogido el camello porque le hacía gracia parecer un Rey Mago) a las afueras de la ciudad. El animal con gusto le tiró al suelo, sin dejarle bajar por sí solo. No, estaba claro que no le gustaba nada al bicho de los dos bultos. El vendedor reía de fondo, y por un momento pensó que había entrenado al camello para tirar a los turistas, pero decidió no avanzar más en sus pensamientos, no fuera a encontrar una red de maltrato al europeo y tráfico de fotos vergonzosas de gente tirada por el suelo en los suburbios de las ciudades egipcias.

Dio las gracias al vendedor con un árabe que tenía mucho que desear y se adentró en la ciudad.

El Cairo tenía más de ocho millones de personas, lo que la convertía en una de las ciudades más pobladas del mundo, y en la que tanto hiyab, kufiyya y turbante en general le iba a dificultar sobremanera encontrar a la persona que quería.

Era una ciudad bonita, si se olvidaba el sofocante calor propio de Agosto y la arena que traía el desierto. Repleta de suburbios hasta lo indecible, tenía que tener cuidado de mantenerse en las calles principales si no quería perderse. Allá donde los edificios daban margen al cielo y el polvo no llegaba, podía ver minaretes, algunos enormes, otros con las cúpulas de sus mezquitas respectivas detrás. Intentaba apreciarlos cuando podía, pero siempre corría el riesgo de ser arrollado por un coche o por una muchedumbre. Era muy fácil ahogarse entre gruesas túnicas, tocados de pañuelo, sandalias, burkas… Gente con prisa que veía a mil leguas que era turista pese a sus intentos de ocultarlo, y a los que tampoco les apetecía respetarle mucho. Le deprimía bastante que esas ropas (sin duda más útiles para ese clima que la suya) le impidiesen disfrutar de las curvas de una mujer, o de un hombre, no es que le importase, y más aún le molestaba tener que llevarlas él mismo… Pero es que si hubiera traído su traje de pantalón y chaqueta de corte europeo, habría sido el centro turístico de media ciudad.

Llegó al Nilo, que traspasaba la ciudad como una serpiente bien encajada entre las casas. Ver agua en un sitio en el que te morías de calor daba una felicidad que pocos podrían imaginar, y con mucho gusto pensó en quitarse esa horrible ropa y tirarse a las aguas como Dios lo trajo al mundo, pero acertó en pensar que de hacer eso, se convertiría en portada de todos los periódicos del país. Y aunque la idea no era del todo desagradable, y encontraría mucho más rápido a la persona a la que buscaba, decidió que lo mejor era seguir pasando inadvertido.

Tras puede que una hora, y armándose del coraje que no tenía, se adentró por uno de los muchos distritos de El Cairo, exactamente por El Cairo Islámico, o así se llamaba. Era extenso, con algunas mezquitas, un parque bastante grande y un mercadillo, según había investigado antes de llegar (mejor ir preparado). Se decantó por dirigirse al mercadillo, del cual pudo obtener rápidamente direcciones, y avanzó con brusquedad entre vendedores que le decían cosas que ni entendía ni le interesaban. Era un sitio abarrotado, se le hacía casi imposible avanzar, mucho menos respirar sin que le llegase algún incienso o especia, y temía que hubiese alguna alcantarilla abierta, porque no podría esquivarla. Aunque el marcado tuvo su parte buena, porque consiguió tocar el trasero a alguien que ni se dio cuenta, lo cual le ánimo bastante, aunque había descubierto aunque resultase ser un viejo arrugado. Un viejo con unos cuartos bastantes cuidados, había que admitir.

Siguió con esmero acercándose a las tiendas, creando el típico revuelo de un posible comprador, cuando en realidad buscaba a alguien, y poco a poco empezó a hacerse todo el mercadillo.

Tras más de una hora de vendedores, limpabotas y teterías de las que no paraba de salir el vapor de las pipas de agua, la paciencia se le empezó a acabar. La paciencia y el agua. Con un último esfuerzo, se acerco a una última tienda en una esquina, un sencillo puesto que consistía en una manta con tarros y demás recipientes de barro cocido, y que estaba justo al lado de un vendedor de gloriosas y benditas botellas de agua. Iba a pasar olímpicamente de la tienda de tarros, pero no pudo evitar fijarse en el pequeño vendedor que miraba a la multitud, silencioso.

Era un chico de apariencia joven, tal vez catorce años, con una túnica blanca y un kufiyya agarrado a su cabeza por un agal dorado, y del que solo podía ver manos, pies, y cara.

Pero era suficiente paras saber que era la persona que buscaba.

Esperó hasta que el tendedero terminara una venta, y cuando este acabó, sin que tuviera que intervenir, observó cómo empezaba a meter las piezas artesanales en cajas que empezó a llevar a una casa detrás del puesto. Cuando terminó de guardar la manta, se giró al extranjero, y le hizo un gesto para que lo siguiera.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

El hombre siguió al chico dentro de la casa. Se sorprendió de que no hiciera tanto calor (ni su casa estaba tan bien protegida contra el sol), y la penumbra se agradecía.

El joven le señaló un asiento en frente de una mesita baja. Después se fue a otra habitación y volvió con una fuente de pan de bollo, una jarra de agua y vasos. Se sentó frente del invitado.

Y ahí se quedó, expectante.

El hombre hombre esbozó una sonrisa nerviosa.

Bonjour! –saludó, pero el chico siguió mirándole sin cambiar de expresión– … Hace calor aquí, ¿eh? Estaba pensando que es una pena que la gente no vaya más ligerita de ropa, no hay buenas vistas –nada, el chico no reaccionó–. Tú casa es bonita, me gusta... –comentó, mirando a su alrededor. La sala en la que estaban sería seguramente el salón, y estaba decorado con estanterías repletas de objetos antiguos sacados de escavaciones, con dibujos y pergaminos milenarios en las paredes (Francia no dudaba de que todo sería real). Al lado de una librería había un sarcófago. Entreabierto. Prefirió no ojear más. Volvió a mirar al chico. Este seguía con la misma cara de antes, pero bebía un vaso de agua, y había otro lleno enfrente de él. Alzó una ceja, ¿había esperado a que no mirara para hacer éso?– … ¿puedo beber? –mirada por respuesta– … Vale, tomaré un poco... porque no tienes vino, ¿no? –el chico siguió mirándole– … me conformo con agua, con este calor no puede haber nada mejor… –tomó un trago. De verdad se agradecía. Acabó el vaso y miró al moreno, que hacia lo que en los últimos minutos. Era un niño bastante calladito. O eso o mudo–. A ver… solo para tenerlo claro… tú eres Gupta Muhammad Hassam, ¿verdad? –¡un movimiento! El niño había asentido. Bien, entendía el francés. Titubeó ante la segunda pregunta– … ¿Eres... Egipto?

El chico miró un momento a las puertas y ventanas y asintió de nuevo. El hombre suspiró, aliviado.

– Dios... ¡Creí que me había equivocado! Eres callado, ¿eh? –silencio– … Eso lo confirma. También eres bastante guapo, la verdad, ¿no hay muchas chicas detrás de ti? Yo iría... –era como hablar con una pared. Soltó una risa nerviosa– … A todo esto... ¿sabes quien soy yo? –el chico asintió– No me vale con que asientas.

– Francis. Francis Bonnefoy. Francia.

¡Eureka! No se había confundido. Ya empezaba a dudar. Francia alzó las manos, increíblemente más a gusto.

– ¡Tienes una voz preciosa! ¡Tendrías que hablar más a menudo! –el moreno se puso un poco rojo, no le debían de dar muchos halagos– Por fin llego hasta aquí –siguió hablando, acomodándose en su asiento–. ¡El hermano mayor no sabía que tardaría casi un mes en encontrarte! Ha sido horrible... primero buscar una excusa para tener tiempo, luego localizarte, saber de una forma rápida de llegar hasta ti, conseguir viajar a Egipto con la que está cayendo...* Al final he estado veintiocho días de viaje que me han costado como diez mil francos… ¡Diez mil! Creo que son como treinta y pico mil libras egipcias, ¿no? Que bueno, los números vuelan con tu moneda, como las liras italianas, ahí ya nos iríamos a los tres millones… Très mal… ¿Cuantas botellas de agua se pueden comprar con eso? Sería un mejor instrumento de medida, no lo tengas en duda –terminó en un tono dramático muy propio de él y tomó más agua.

Egipto le miraba con una pequeña sonrisa, le debería de haber gustado la interpretación del francés, que tendía a exagerar todo. Francia se alegró al ver un positivo cambio de expresión en su cara. Era mucho más cómodo hablar sin esa sensación de haberse colado en casa ajena. solo

– ¿Qué quieres? –preguntó entonces Egipto. Habían pasado un tiempo callados, en el que el galo había estado mirando por la ventana pequeña desde la que venía el jaleo de la calle. Se giró al oír la voz del niño y descubrió que tenía un platito con uno de los panecillos delante, y que el mismo egipcio estaba tomando uno, ¿de verdad tenía que hacer eso cuando apartaba la vista? ¿Era esto el exotismo árabe o algo así?

– ¿Te refieres a a qué he venido? –el moreno asintió– Bueno, me hubiera gustado decir que por turismo, pero desgraciadamente no es así –Francia se puso serio y sacó algo de su zurrón–. Mira, recibí ésto a principios de Junio. Viene de Valencia, lo cual me extrañó.

Le tendió una carta a Egipto, que la observó con un poco de curiosidad. Miró extrañado al europeo cuando descubrió que estaba en árabe, pero este se encogió de hombros.

– Por eso he venido –explicó.

El moreno investigó un poco más la envoltura, y vio que no había remitente, solo un pequeño texto en el que ponía que tenía que llegar a Étang de Luno, pero no ponía nada de su procedencia. Sacó su contenido, y empezó a leerlo, pero paro al instante. Frunció el ceño. Miró al francés.

– No lo entiendo –declaró, dejando la carta. El hombre suspiró.

– Eso me dijeron los traductores que consulte. Seguramente será árabe antiguo o algún dialecto extraño...

Egipto negó con la cabeza.

– No –dijo, volviendo a observar la escritura.

– ¿No a qué?

– No es árabe.

Francia no pudo estar más sorprendido, ¿cómo que no estaba en árabe? Romano la había leído perfectamente, algo imposible de haber estado en otro idioma, ¿no?

– ¿Hay alguna otra lengua que se escriba con ese alfabeto?

– Claro que sí, pero las sé identificar, y no es ninguna de ellas.

– ¿En serio?

– No es ni bereber, ni kurdo, ni persa, ni farsi…

Francia pestañeó un par de veces, sin poder créerselo. Diez mil francos, veintiocho días de viaje…

– ¿Entonces este idioma no lo conoces? ¡Pero esto está escrito en árabe, tienes que saberlo! ¡N-no pueden ser letras al azar! ¡¿Si no cómo lo puede haber leído Italia del Sur y tú no?! –se sentía frustrado de verdad, y el silencio del africano no ayudaba– ¡¿Qué demonios es?!

– Es una aljamía.

El hombre se calló al instante. Egipto había pronunciado esa palabra con la mayor tranquilidad del mundo.

– … ¿Qué?

– Una lengua romance escrita en letra arábiga, muy típico de la era medieval en las zonas europeas conquistadas por los árabes. Pero esta vez han mezclado palabras y expresiones árabes. Por eso no lo entendieron los traductores, porque era una mezcla de dos leguas, y las aljamías no son algo que exista en tu país. Solo pudieron concluir que era árabe antiguo dialectal o por el estilo.

– ¿Me estás diciendo que puede ser francés y yo no me he dado cuenta?

– Ya te he dicho que no existe la aljamía francesa, y sino ya lo habría averiguado.

– ¿Entonces cual es?

– Una que yo no conozco, pero que Italia del Sur sí –aclaró Egipto tras observar la esbelta letra árabe. Francia se llevó una mano a la barbilla, pensando en lo que acababa de oír.

– De lenguas romances, Romano sabe italiano, todos sus "dialectos" del sur, francés, español, portugués, algún otro idioma más de esa península, latín vulgar y culto, quizá rumano, y alguno más que se me escape... La carta llegó de Valencia... tiene que ser español –se dio en la frente, cayendo en la cuenta–. ¡Está en español, pero escrito de esa forma tan rara!

Egipto miró un momento la carta.

– Sí, puede ser. Las aljamías suelen estar en castellano –admitió.

Oh là là ¡El hermano mayor es todo un cerebro! ¡Fantástico, Egipto! Mercibeaucoup! –agradeció, saltando la mesa y dándole un abrazo al chico, que aun siendo moreno se puso blanco como el papel. Apartó al francés rápidamente, dado que este iba a darle un par de besos. Francia rio ante esta reacción, y aprovechó para sentarse a su lado, tomando un baso de agua– ¡Ahora solo tienes que pasármelo al alfabeto latino lo mejor que puedas! Porque puedes hacerlo, ¿no? –Egipto asintió levemente, y el galo se lanzó de nuevo a darle un abrazo, que esquivó. Se levantó rápidamente, cogió la carta y se fue a otra habitación.

– Voy a transcribirlo —dijo antes de cerrar la puerta.

Francia sonrió al oír como ponía el candado. Ahora solo tocaba esperar.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Se aburría. Y mucho. Llevaba como una hora esperando a que Egipto saliera de la habitación. Pero nada, ni había salido ni perecía que lo fuera ha hacer, y no podía entrar.

Miró a la fuente de panecillos, en la que ya no había nada. Pasó a mirar la jarra, que estaba también vacía. O moría de aburrimiento o de sed, así que tenía que actuar rápido. Se fue a la cocina, donde encontró otra jarra de agua. Bien, había sido fácil evitar estar sediento. Ahora tocaba el aburrimiento.

Se había cansado bastante de estar sentado, así que se puso a dar vueltas por el salón. Miró por la librería, esperando encontrar algo en un idioma que conociera, pero solo vio la receta para hacer quiche. Siguió hurgando por los estantes, pero lo único que le pudo parecer de interés fue un libro viejo bastante bien conservado que seguramente sería El Corán, pero lo dejo rápido el estar en árabe. Ni siquiera había revistas con chicas u hombres, incluso se conformaría con una de coches en árabe, con tal de tener alguna foto que ver. Pero nada.

Siguió dando vueltas por la habitación sin encontrar mucho más que sirviera de entretenimiento. Pensó en abrir el sarcófago del todo, pero había estado presente en varias de las maldiciones faraónicas más famosas a lo largo de la historia, así que apostó por dejarlo estar.

Ya sólo le quedaba una opción. Cogió su zurrón, se colocó bien la túnica y salió fuera. Algo habría allí.

Jan el-Jalili era el mercadillo que se encontraba a las puertas de la casa de Egipto. Era muy concurrido y estaba formado por puestos de toda las formas y tamaños, y en los que podría encontrarse cualquier cosa, hasta al mismo Egipto, como Francia había podido comprobar. El hombre paseó de nuevo entre el barullo, esta vez curioseando entre los productos.

Comprobó cuanto dinero tenía: quinientas libras egipcias. Le parecía una cantidad considerable, aunque significasen poco más de ciento veinticinco francos. Mirando cartelitos de precios, se entretuvo con jabones, tes, collares y pañuelos femeninos que se probaba con gracia, convirtiéndose en la atracción del momento haya donde iba. En algún momento incluso participó en una partida de alquerque2 con un anciano, que le ganó irremediablemente.

Cuando ya empezó a caer el sol, pasó a buscar una tienda que no abusase excesivamente de su ignorancia, y acabó en un puesto de estatuillas. Allí encontró las típicas pirámides, ceniceros con forma curiosa, esfinges, pero también dioses egipcios, de los que pudo reconocer algunos famosos, como el dios del cielo Horus, con su cabeza de halcón; o Bastis, la diosa protectora con cabeza de gato, junto con Atum, Anubis, Isis, y otras entidades que se le escapaban. Tal vez podría comprar una estatuilla de esas, sería un bonito recuerdo, ya que no iba a tener ninguna foto de su travesía.

El mercader, atento, vio como ojeaba las figuritas, y se acercó a él, soltándole parrafadas en árabe que confundían al francés. Un idioma plagado de consonantes era como mínimo inteligible, ¿cómo lo había aprendido Romano, que solo había querido aprender el idioma del amor para ligar?

Al ver la cara de poco entendimiento del galo, el tendedero calló un momento. Entonces señaló una estatuilla cualquiera.

– Son 20 liras –dijo en tosco francés, pero bien pronunciado, y el país entendió. Después señaló dos– Y esto 38.

El galo sonrió, y buscó en su zurrón hasta encontrar su cartera. Le entregó 38 libras al Señor, pero no las aceptó. Miró extrañado al tendedero.

– Perdón, quería decir 50.

Francia le miró, perplejo. ¿Pero no había dicho 38? En fin, sacó 12 libras más. El mercader miró el dinero.

– … 60 –dictaminó.

Vale, ahora sí que le estaba liando, porque el 50 lo había oído perfectamente.

– 50 –negó él señalando las estatuillas.

– 60 –volvió a decir el tendedero.

– 50 –Francia se estaba enfadando. El egipcio sonrió.

– 58 –bajó el precio.

– 50 –repitió el europeo.

– 55 –bajó otra vez el vendedor. Para entonces un grupo de gente les observaba.

Se estaba hartando. ¿A qué estaba jugando ese hombre?

"Está regateando", saltó en su cabeza. El tipo quería regatear, típico de allí, no lo podía negar… Francia suspiró, no es que tuviese muchas ganas.

Pero le iba a dar una lección por intentarlo.

– 38 –anunció galo, sonriente, y se oyeron murmullos a su alrededor. El mercader también sonrió.

– 50 –dijo.

– 38 –repitió Francia.

– 50.

– 38.

– 45.

– 40.

Parfait –asintió el vendedor, contento, y fue a recoger el dinero.

Pero el rubio lo alejó de él, sonriente.

– Mejor 30 –dijo esta vez, dejando solo 30 libras en su mano. Más gente se acercó, viendo que el extranjero seguía regateando.

– 40 –gritó el mercader, ceñudo.

– 25~ –bajó el precio Francia, guardando cinco libras. El mercader gruñó, y la gente empezó a animarle a que siguiera el regateo– Ahora 20… –siguió disminuyendo, viendo que el tendero no reaccionaba.

– ¡32! –exclamó el hombre rápidamente.

– 22.

– 30 y punto. –el vendedor se enfadaba. El galo hizo que se lo pensaba.

– 25. O no hay trato –la gente murmuraba a su alrededor, viendo la bajada de precio.

– Está bien... 25.

– ¿Qué? ¿25? dije 15 –saltó de repente Francia, tendiéndole 15 libras al hombre.

– ¡¿15?!

Oui, 15 libras. Y sepa que hay muchos puestos como el suyo, puedo mandar a medio mercado a otro lugar… –Francia señaló a toda la gente que les rodeaba, con una confianza y seriedad de la que carecía, pero que su fantástico teatro ocultaba a la perfección.

El hombre escupió al suelo y le arrancó las 15 libras de la mano. El galo rió, viendo como le felicitaban, y fue a meter las estatuillas de Horus y Bastis en el zurrón.

Zurrón que no tenía.

Merde.

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No podía haber perdido su zurrón. Allí llevaba su documentación, un librito de viaje, una revista, 485 libras egipcias y ropa. En conclusión, todo lo que le quedaba.

Miró a su alrededor. El circulo de gente ya se había disipado, así que no veía mucho más que a un metro de distancia. Empezó a caminar por las calles, incrédulo. ¿Cómo demonios le habían conseguido robar su zurrón sin que se diera cuenta? Estaba tan feliz al coger las estatuillas que ni lo había notado. Se maldijo un par de veces, enfadado consigo mismo.

Miró a su alrededor, frustrado. Su bolsa era del tamaño de una mochila de deportes, de cuero, bolsillos a los lados, con hebillas, una Torre Eiffel pintada en el lateral por él mismo en un arrebato...

… justo como el que llevaba al hombro el hombre que tenía en frente.

Se miraron unos segundos, ambos sorprendidos.

Monsieur… eso es mío –dijo lentamente Francia, alzándose en toda su altura, (le sacaba cabeza y media al hombrecito).

Solo consiguió que este saliera corriendo.

El galo salió tras él, furioso. La revista era de chicas muy guapas que ni siquiera había ojeado, el libro estaba en su parte clímax, y sus libras no eran motivo de bromas, aparte de su ropa, nueva.

Recordó la portada de la revista, con esa mujer rubia tan mona en bikini...

Ese hombre iba a despertar al Imperio francés.

– ¡Ladrón de merde! ¡Como te pille…! –gritó, siguiéndole como podía entre la gente, que apartaba a empujones.

El ladrón le estaba sacando ventaja, aprovechando su tamaño y agilidad, mientras que él se chocaba con todo el mundo. Además, llevaba dos estatuillas, que no ayudaban mucho en una persecución, y dos veces estuvieron a punto de hacerse añicos. Pero, aun así, no podía darse por vencido, de primeras porque no sabía cómo iba a volver a Francia sin pasaporte.

Entonces una sombra pasó al lado suya, a una velocidad considerablemente mayor a la que él iba. Parpadeó un momento, y la sombra desapareció. La ignoró, su objetivo era el zurrón. SU zurrón.

Entonces vio como el ladrón desaparecía, engullido por un mar de cabezas que lo tapaba todo. ¿Se había caído? Un revuelo se estaba formando donde ese canalla se suponía que estaba.

Francia se abrió paso entre la multitud, colocándose en primera fila. La escena que encontró le dejó boquiabierto.

Egipto estaba allí, con una especie de espada ancha y curva en la punta, un alfanje. El filo estaba manchado de rojo, y el francés dudaba mucho que fuese tomate. El pequeño país apuntaba con el arma al ladrón, que estaba acurrucado contra un muro, mirándose la pierna, donde tenía un buen tajo, y sangraba más de lo que esperaba.

Francia aprovechó para acercarse al ladrón, que apretaba el saco contra él.

– ¡M-mi zurrón! –gritó, señalando su objeto. El ladrón no le hizo mucho caso, solo miraba la espada y su herida alternativamente. Entonces Egipto dio un pasó adelante, y dijo algo en árabe. Al instante el hombre soltó el zurrón, asustado a más no poder. El galo se apresuró a recogerlo, y el moreno guardo su alfanje en algún lugar de su túnica.

Sin mediar palabra, Egipto se alejó, y Francia, sin saber que hacer, dirigió una última mirada al hombre, a la audiencia, y se alejó junto al país.

– Me… Mercibeaucoupde nuevo, Gupta. Hoy me estás haciendo bastantes favores –agradeció, girándose de vez en cuando–. ¿… No deberías hacer algo por ese hombre? ¿Llevarle a urgencias, o aunque sea a la policía…? –el chico no abría la boca– … ¿No crees que te has pasado?

– Un ladrón no merece piedad –concluyó–. Y la gente sabrá qué hacer. Aquí hay muchos carteristas, es un lugar famoso por eso. Tendrías que haberme dicho que saldrías.

– … Tranquilo, no volveré a cometer ese error –admitió el francés, y como Egipto no parecía querer seguir la conversación, alzó sus estatuas, que habían sobrevivido a la carrera–. Oh, mira lo que he comprado, ¿no son très belle? Las vendían por 20 libras cada una, ¡y yo compré dos por 15! –el moreno miró las figuritas sin mucho interés.

– Yo conseguí tres por cinco –comentó, y siguió andando. Francia le miró con los ojos como platos, ese niño sabía como dejar mal a alguien. Tal vez le iría bien aprender unas cuantas cosas de él. Aceleró el paso para ponerse a su altura.

– Por cierto, Gupta, ¿terminaste la transcripción?

Aiwa. Te lo iba a decir, pero no estabas, y buscándote por las calles encontré a ese hombre corriendo con tu zurrón y tú detrás –explicó, y llegaron a su casa. Cogió las hojas que había encima de la mesa y se las tendió–. Aquí están, y he descubierto algo.

– ¿El qué?

– No están en español –el francés le miró, perplejo.

– ¿Entonces en que idioma está?

– En portugués.

Francia levantó una ceja. Vaya día de sorpresas. Una carta en portugués escrita y mezclada con árabe que venía de Valencia. En pocas palabras, demasiado rebuscado para que lo hubiera averiguado él solo. Miró las hojas, que en el alfabeto latino ocupaban unas cuantas, dado que la letra tampoco era tan abigarrada. Ahora se notaba mucho que era portugués, solo con ver las vocales inexistentes en español.

– ¿Has leído lo que pone? –preguntó a Egipto mientras guardaba la carta en su zurrón.

– No. No tiene nada que ver conmigo –se encogió de hombros.

– ¿Te has pasado horas transcribiendo y ni siquiera tienes curiosidad por leer los frutos de tu trabajo? –el egipcio negó con la cabeza. Para Francia, ese chico era un mundo diferente. Por un lado, tenía a Romano, un completo desconsiderado que si le hubiera dado alguna pista le habría ahorrado todo ese viaje, y por otro, a Egipto, un chiquillo que se esforzaba en transcribirle un texto complicado de por sí sin pedir nada a cambio.

– ¿Necesitas algo más?

– No… esto es todo lo que quería. Es una carta muy importante para mí, y tú me la has descifrado... –miró al chico, con los brazos abiertos, sin poder creerse que gente como él existiera. El joven, previendo lo que se avecinaba, dio un paso para atrás, blanco como la cera, pero recibió el abrazo igualmente– Merci, merci, merci beaucoup! ¡Eres fabuloso, Egipto! ¡Y muy guapo! ¡Tengo que salir más contigo! ¡Cualquier cosa que necesites, te la daré sin pestañear! ¡Cualquier cosa…! –Egipto solo podía temblar. Tras unos traumáticos segundos, le soltó, no sin antes darle un beso que por poco fue en la boca– ¡Mañana mismo me iré en avión! ¡Así que despiértame pronto! Hoy a sido un día muy agotador, ¿no te importará que duerma aquí?

– Lo cierto es que ahora mismo sí que me im...

Très bien! ¡Dormiré aquí~! –cortó, tirándose en un sofá que había en el salón– Ya sabes, sí tienes pesadillas, el hermano mayor te consolará –le guiñó un ojo.

Egipto subió a su habitación corriendo.

Pesadilla era lo que estaba viviendo.


Aclaraciones (porque aiwa significa sí, pero eso es obvio):

*"la que esta cayendo": estamos muy cerca del estallido principal del conflicto palestino-israelí, en el que Egipto estaba destinado a ser uno de los protagonistas principales. [explicación más adelante]

*Alquerque: juego de mesa origen de las damas.

Egipto es un personaje interesante al que merecía ponerle un poco de atención, ¿verdad? Espero que lo hayáis disfrutado.

Las aljamías existen de verdad, y tanto es así que hasta me sorprendí de su existencia… Iba a llamar a la carta "codificación secreta de Toni" y todo xD pero no, era algo muy común entre los moriscos de Al-Ándalus, sobretodo en español y aragonés. Y actualmente hay muchas aljamías en museos de España, y también de Francia, pero Francia no tiene por qué saberlo todo…

El contexto de el Cairo ahora mismo es complejo, porque, como he mencionado en una nota, la situación entre Siria y palestina es algo que les golpeará de lleno con la llegada del presidente Nasser, que llega al poder en el 52 con un buen golpe de Estado. Egipto en este momento se encuentra en la cima del mundo árabe (es el Estados Unidos de esta parte del mundo, para que os hagáis una idea), y en el 56 (al año siguiente de esta historia), conseguiría, entre otras cosas, derrotar a Francia e Inglaterra y apoderarse del canal de Suez (imaginaos el carisma de este hombre). Vamos, que estamos en la gloria egipcia. En el 67 se le acabaría el chollo con la aplastante victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días. Egipto no se recuperaría de esto, y actualmente… ahí sigue. Pero esto ya es otra historia.

En fin, ¡se aceptan reviews!

~SomeSimpleStories