Capitulo 12
No podía creer lo que veían sus ojos.
Un antro del pecado. Eso era lo que veía a través de su monitor. La perversión en su estado más puro. Pena sentía por las jóvenes magulladas y ilustradas en los pósters y asco por aquellas súcubos en forma de niñas inocentes. El morador de aquella celda claramente no tenía ni piedad ni higiene. Silvia deseaba con fervor que fuera purgado por meter a su hermana en aquel roñoso cubil.
Los problemas no paraban de surgir. Había visto cómo ese hombre entraba en la habitación por donde estaba su hermana, completamente alterado por el sueño.
─Qué decepción. Y yo que intentaba ser bueno contigo...
─¡Eh, no, vuelve a dormir!─ Ordenó la joven, imperativa.
─No... oh no, no, no, Cherry. Has usado mi ordenador para hablar con gente... eres una chica muy mala, Cherry. Voy a tener que castigarte.
No le gustaba esa macabra sonrisa que se formaba en su cara. Tampoco le gustaba cómo esos pulgares sobresalían de los enormes tejanos que lo protegían del frío. Estaba acorralada por la misma mesa que se sentaba. Igual que su amigo roedor, podía percibir el peligro que indicaba aquellas señales. Por lo menos el afortunado Mordisquitos podía esconderse detrás de los altavoces y el polvo. La joven en cambio no tenía ni idea de qué hacer. Tampoco quería sentir otra vez esas sucias manos encima suyo. Ni por asomo.
La única opción que veía entonces era gastar energías en agredir a su captor. El instinto de supervivencia le incitó a intentar golpearle con su puño hacia el pecho; un esfuerzo fútil, pues la derecha del ogro bloqueó el puñetazo con facilidad.
─Ah, no, a mí no se me pega.
Después agarró sin cuidado a Cherry por el brazo para luego arrastrarla. Intentaba oponerse a aquella monstruosa fuerza que la conducía al colchón. Apretaba demasiado fuerte. Sus pies resbalaban cuando trataban de quedarse. Gritaba socorro, como si alguien la fuera a salvar. Mas no tenía escapatoria. No sabía qué pretendía al llevarla en la cama. Se oponía a los inciertos propósitos que quería cumplir. No quería saber qué iba a hacerle.
Luego lo entendió cuando le agarró de la cintura y la tiró al colchón. Una de sus musas en la pared le dio un anticipo de lo que estaba por venir. Estaba claro que estaba a su merced. La tenía por donde quería; bien tumbada, aunque aún tenía sus ropas.
No quería acabar como ellas. Tampoco Silvia, quien era a punto de ser testigo de aquella acción atroz. Por cada centímetro que el cuerpo del monstruo se acercaba a la de su hermana, más le incitaba violar el quinto mandamiento. Pero sabía que eso acarrearía nefastas consecuencias, aunque fuera un vil violador de jóvenes.
Lo mejor que pudo hacer entonces era tomar uno de los mangas tirados por el suelo y dejarlo caer por encima de su cabeza.
El hombre dio una sacudida al sentir las hojas tocándole la coronilla. Miró aquella pila de ilustraciones llenas de lujuria, pero pronto le quitó importancia para seguir con su celebración. Después cayó otro. Y otro más. Los cómics se precipitaban irregularmente como si fueran grandes goteras de celulosa. No sabía quién estaba provocando que sus queridas niñas le tocaran la cabeza. Pese a su creciente temor, prefirió subestimar a aquellas fuerzas sobrenaturales e intentar obtener algo de una vez por todas.
La persistencia de aquel pecador empezaba a sacarle de quicio. Debía de rogar.
─Señor, por favor, otórgame un objeto lo suficientemente contundente como para hacer que deje a mi hermana. No permitas que caiga en la tentación...
Como si sus plegarias hubiera llegado al cielo, divisó algo distinto entre la basura de Asmodeo. Un libro de cartón con dibujos simples y coloridos se presentaba en la recóndita esquina de la habitación. Agradeció a Dios por aquel regalo y dejó que la gravedad le atestara un leve golpe en la grasienta cabeza de aquel hombre.
No podía dar mejor resultado. Al fin provocó alguna reacción. LoliLover clavó sus ojos en aquel libro con miedo. El estegosaurio Molly mantenía una jovial risa mientras bailaba con un pequeño pterodáctilo rojo, como si ellos dos se burlaran de él. Aquello era definitivamente una prueba de que entes sobrenaturales trataban de hacerle pagar sus crímenes. Después se produjeron temblores y ruidos sordos al fondo de la habitación. Solo para demostrar que era bravo y no los tenía miedo, dejo de intentar aplastar a Cherry con su peso y gritó a voz viva:
─¡MALDITOS CRÍOS! ¿¡Es que no sabéis manteneros quietos ni muertos!? ¡Parad ya con vuestros juegos, estúpidos niños!
Intentaba golpear al aire. Ese arrebato de locura le dio vía libre para que pudiera escapar. Rápidamente, y sin hacer mucho ruido, se levantó de aquella haraposo colchón y fue a buscar a Mordisquitos para llevárselo consigo e irse de ahí. Este asomó la cabeza de su escondrijo para ver lo que ocurría.
─Ven, chiquito, vamos.─ Tenía que apresurarse antes de que se le pasara. El roedor volvió a esconderse, solo para no ver más a ese gigante iracundo. Eso le complicaba las cosas. No tenía ningún fruto seco, y el tiempo corría en su contra. Tuvo que apartar los altavoces y sacarlo a la fuerza. Luego se fijó. Tenía mensajes por leer de su hermana.
SC: Cherry!
SC: Deja a mordisquitos a un lado y sal de la habitacion y
SC: Oh Dios
SC: Como se llamaba la maquina con una llave?
SC: Bueno no importa
SC: Cuando veas una maquina con una rueda, gira la rueda y saca el cilindro que salga
SC: Luego toma la carta que hay al lado de esta e introducela en el aparato largo que hay ahi
SC: Debe de haber alguna ranura
SC: Y agarras el cilindro ahi
SC: Y cuando tenga una forma rara busca el aparato de plato enorme y lo pones el el plato pequeño
SC: De ahi haz lo que tengas que hacer porque no se que pasara despues
KM: pero
KM: no entiendo
KM: k intentas decir
SC: Eso no importa ahora
SC: Solo hazlo vale?
SC: Ten fe
SC: Dios esta de nuestra parte
SC: Nada puede ir mal
Aún no entendía nada. Pero sea lo que fuere, lo va a hacer. Por sus hermanos. Por su padre.
KM: e
KM: esta bien
KM: lo hare
Para su desgracia, el celador ahuyentó a sus fantasmas y le impedía la ida una vez más.
─¿A dónde crees que vas tú?
¡Otra vez! ¿Es que no se cansa nunca de acorralarla en el mismo sitio? Aunque esta vez no andaba desarmada. Tenía la determinación de salir de aquel sitio y reunirse de nuevo con su familia. Una idea bizarra se le cruzó en su cabeza cuando trató de buscar alguna solución. No le gustaba, precisamente, e incluso puede que se arrepintiera. Mas no tenía otra opción si no quería estar bañada en extrañas sustancias.
Sin mirar y oler, tomó al pequeño roedor y estiró las prendas inferiores de su agresor. Por un momento este se sintió complacido. Hasta que la joven se disculpó con su mascota y lo dejara caer dentro. Aulló sin remedio tras sentir las desesperadas mordeduras de la diminuta rata y bailó con la esperanza de que aquel guerrero saliera de sus telas.
Salió de esa habitación tan rápido como pudo justo para hallarse con todos esos aparatos. No le gustaba. Ni siquiera sabía por dónde empezar. ¿Qué le dijo su hermana? No se acordaba. No había entendido nada. ¿Qué rueda debía de girar? Solo veía esa estúpida maquinaria y una luz fucsia parpadeante. No, ni en sueños quería tocar esos aparatos del demonio.
Para más colmo, dos de ellas bloqueaban el resto de habitaciones y la salida. Y su hermana ni cuenta se había dado. Tanto Dios y tanto Espíritu Santo para que luego ella cierre todas las puertas. ¡Dichosa sea! ¡No le dejó escapatoria!
Y sin embargo, debía de hacerlo. Tenía que jugar a ese aburrido juego. Por lo menos era mejor que tener a un ogro mugriento cerca de ella. Y si no hacía nada pronto, estaría de nuevo en peligro.
Pensó. ¿Cómo lo hizo su hermano? Quizá eso la salvara.
Sí... ahora recordaba. Debía de ir al aparato con una rueda y girarla, que estaba arrinconada en una nueva esquina. Tomar el cilindro y la carta carta agujereada que había en el suelo... Colocar estas piezas en el aparato largo... y completar el ciclo colocando el tótem en el alquimizador.
A partir de ahí, nadie sabría qué iría a pasar. Solo podía esperar que no apareciera una pecera que tuviera que limpiar.
Lentamente, una neblina fina de un olor herbáceo empezaba a cubrir todo el salón. Era el mismo aroma que podía sentir a veces cerca de la entrada del instituto, en aquellos días de verano. En el centro de la plataforma, un anciano diminuto de sombrero picudo se asentaba sobre una amanita fucsia, igual que todo su ser. Este fumaba apaciblemente su pipa mientras con sus vidriosos ojos miraban a Cherry. Ahora sí estaba perdida. ¿Qué tenía que hacer con ese viejo? Al menos ese humo mágico empezaba a camuflar el tufo de la casa.
─¿Vas a actuar para mí?─ Preguntó el gnomo, sin más. No entendió a qué venía esa pregunta. ─Es tan triste todo esto... ¡vamos, vamos! Tan alegre que parecías, ¿y no vas a hacerle un bailecito a este pobre anciano?
─¿Qué?
─Charlestón, salsa, funky, rock n'Roll... ¡solo quiero un poco de alegría, caray! No quiero quedarme aquí triste dándole la pipa todo el día. ¡Vamos! ¡Baila, chiquitita!
Eso era más apetecible que limpiar una estúpida pecera. Y de hecho, lo haría con mucho gusto si no fuera porque el miedo invadía su cuerpo y alma. No podía ser aquella alegre chica ahora mismo. Además, su hermana la estaría mirando. Sí... le daba vergüenza bailar en medio del salón. Ese ogro podía volver en cualquier momento y pillarle desprevenida.
No. Se equivocaba. Ya estaba de camino. Podía oír las deportivas de su captor dirigiéndose hacia su posición.
Se le había terminado el tiempo. Podía notar su enfado desde lejos. Incluso oía a su hámster agonizando en su puño, tratando de escaparse. Harto de oírlo, el amante de cosas raras alzó la mano y lo lanzó a las desgastadas paredes.
Sería el último chillido que emitiría.
Rojo salía de su boca mientras el animal se deslizaba hasta el suelo. Los huesos se quebraron para sus adentros, clavándose en órganos importantes. Con aquella brutalidad, el animal al fin dejó de sufrir. No se lo podía creer. Tan pronto como lo vio fuera, tuvo que terminar de esta forma.
No. No podía ser. Negaba el hecho de que estaba muerto. No podía haberlo matado. Debía verlo. Tenía que ver que seguía vivo. Mas aquella masa no le iba a dejar siquiera ver sus ojos vacíos. Quería hacerle pagar por aquella trastada.
Le agarró de los cabellos, dejándola colgada y balanceándose con sus propias pataletas. Lloraba. No podía aguantar el dolor. Estaba desesperada, y aún así se rehusaba otra vez a hacer lo que él quisiera.
Igual que su hermana. Tampoco sabía qué hacer. No encontraba ningún objeto que pudiera tirar. Y tampoco tenían mucho tiempo. El temporizador contaba con tan solo siete minutos hasta que llegara otro de aquellos proyectiles celestiales. Tan solo podía rezar para que le viniera una idea pronto.
Mas la desesperación y el miedo le impedía vislumbrar alguna solución. Estaba por desistir y sacrificar a su hermana. Si no podía, por algo era.
O eso pensó, hasta que la luz candente se encendió para alumbrar su camino.
-fieryVisioner [FV] empezó a molestar a sacroCore [SC] s lsd 5:05-
FV: ugh
FV: no puedo dormir
FV: el recuerdo de los caídos, el calor infernal y la oscuridad de mis sueños no me dejan dormir
SC: Gracias a Dios amber tienes que ayudarme
FV: ¿eh?
FV: vaya, parece que desperté a buena hora, ¿eh? :)
FV: cuéntame, ¿qué te ocurre?
SC: Es mi hermana
SC: Se ha
SC: …
FV: ¿se ha...?
SC: Conectado en la casa de un pederasta
FV: O_O
SC: Y ahora esta a punto de ser su victima
FV: sabia que esa torre no presagiaba nada bueno
SC: Que hago?
FV: …
FV: ¿has liberado la luz?
SC: La luz esta fuera si
FV: ¡pues prototipa algo!
SC: El que?
FV: ¡no lo sé!
FV: no soy su servidora
FV: pero como no hagas algo, la vas a perder.
FV: ¿cuánto tiempo le falta?
SC: Seis minutos y medio
FV: pues como no lidies con el problema que tenga ahora va a morir aplastada
FV: o peor... podría...
SC: No me lo digas
SC: Me da arcadas de solo pensarlo
FV: pues he aquí
FV: no tardes más
FV: y deja a dios tranquilo
FV: no te va a ayudar ahora
FV: ni cabrearse si resucitas alguna rata muerta si es para defender a tu hermana
FV: que seguro que debe de haber ;)
Resucitar a una rata muerta... ¿en qué estaba pensando? Le parecía algo desagradable. E incluso impensable. ¿Cómo iría a traer de vuelta a un ser inmundo a la vida como ese?
Aunque pocas opciones tenía. Ese hombre empezó a alzar la mano para golpear a la pequeña. Estaba dispuesto a azotarla sin piedad hasta que todo se volatizara. Y precisamente tenía a un roedor tendido aguardando una venganza post-morten contra ese estúpido.
Que Dios la pille confesada por lo que iba a hacer. Pero era una emergencia.
Entre llantos y golpes, la luz había inundado la sala Cherry pensaba que sería sepultada en ese sucio lugar. Pronto el hombre pagó el daño que hizo a través de otra mordedura. Y más mordiscos. Mordisquitos había vuelto en forma de una molesta cabeza que acosaba al acosador con dientes y furiosos chillidos. Esos dolores punzantes hizo que soltara a la joven y viera cómo el karma hacía otra de sus maravillas.
─¡Vamos, Mordisquitos, dale duro, dale, dale, dale!─ Animaba Cherry con ansia.
─¡A ti te tendría que dar!
─¡Gordinflón, no puedes con mi hámster, no no no!─ Provocó, aprovechando lo favorecida de su situación. El secuestrador le urgía la necesidad de estrangularla hasta la muerte; mas el roedor no se separaba de sus carnes, como si se tratara de una semilla andante. Las risas del gnomo podían oírse perfectamente. Estaba complacido por aquella escena.
─¡Eso es, bailen para mí, no paren!
Ya estaba. Había terminado. Al final no tuvo que hacer nada. Ya se disponía a regresar con el monitor del ordenador, cuando el mismo la detuvo nada más dar el primer paso.
─¿Pero a dónde vas tú? ¿No bailas tú también?
─Eh... ¿no?
─¡Pero venga chica! ¡Necesitas estar alegre! ¡Vamos, vamos!
No. No estaba de humor. Aún estaba dentro de esa chabola. Ni tampoco era el lugar ni el momento.
─Pero aquí... y con ese hombre...
─Oh, ¡tienes vergüenza! Pero mira a esa enorme piñata, si también está bailando.
─Eeeeeeh...
─¿Y si la rompes?
No veía ninguna piñata por ningún lado.
─¿Qué piñata!
─¡El gordito, el gordito! Si te ha pegado, ¿o no?
No. Se negaba a agredir a nadie, aunque fuera un secuestrador. Siempre le decían que nunca debía de pegar a nadie. "Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen", le recitaron alguna vez. Aunque en este mundo no había cabida para esta enseñanza. Su hermano lo había probado y no le había funcionado.
El reloj corría en su contra. No iba ni a amanecer y podía vislumbrar la tenue luz de la mortal mañana. El captor había admitido la derrota ante aquel espíritu vengativo. Suplicaba que se detuviera, prometió que nunca más secuestraría a nadie ni violaría, ni volvería a dañar a ningún ser vivo. Mas el animal no dejaba lugar a comprensiones, y continuaba magullando el cuerpo con sus incisivos.
Faltaban menos de cinco minutos para que el pedrusco destruyera la casa de una vez por todas. Y era grande. El estruendo empezaba a oírse como un eco lejano.
─Bueno, qué más da, que le siga comiendo ese ratoncito alegre, que se lo merece. ¡Venga, baila, pequeña!
─¡Pero no quiero! ¡N-no aquí!─ Reprochaba.
─¿Vergüenza?
─S-sí...
─No pasa nada, sé que no es un lugar muy apropiado, ¡pero puedes hacerlo!
El estruendo era cada vez más fuerte, igual que los gritos y sollozos de aquel cobarde. El calor empezaba a invadir el recinto. La misma historia empezaba a repetirse de nuevo.
─¿Escuchas eso? Es la gran piedra a punto de aplastarnos.
─¿Así que está viniendo por aquí?
─Sí, pero puedo sacarte. ¡Solo baila para mí!
─¿¡Pero cómo puedes salvarme si solo bailo!?
─¡Solo baila!
─Pero-pero...─ No entendía por qué debía de bailar. Aún no comprendía, pero si eso era parte del juego tal vez tenga que hacerlo.
Aún recordaba cuando imitaba a las bailarinas por la televisión. Fue hace mucho, pero aún recordaba vagamente. Sabía que podía hacerlo bien. Pese a que su padre le negó pagarle clases de baile, podía hacerlo.
Dio paso en frente y empezó a dar pequeños pasos y saltos por la sala de estar. Las llamas de los meteoritos menores empezaban a consumir el monte mientras ella daba vueltas sobre su propio eje. Poco a poco iba ahuyentando ese miedo que tenía y perder vergüenza. Estaba disfrutando cada movimiento, cada pirueta, aunque fuera un baile caótico e incomprensible. Podía verse con claridad cómo el gnomo sonreía satisfecho ante tal manejo del arte de la danza. Con una calada, salió una burbuja de luz que se esparció con una explosión por toda la casa.
Un enorme estruendo se hizo oír por las lejanías. Había sido como un trueno lejano para los pescadores del océano Norte-Atlántico próximos a la isla. Sin embargo, para aquellos que se quedaron en Tenerife fue mortífero. La onda expansiva desgarró la tierra al poco tiempo de clavarse en ella. Los evacuados tuvieron que taparse los oídos cuando aquel martillo espacial impactó de lleno. Poco después de aquel golpe en el terreno, el subsuelo se estremeció. Las placas de hormigón que reforzaban el recinto no pudieron resistir los cuarenta-y-cinco megatones del meteorito. Nadie se pudo salvar del repentino derrumbamiento que supuso esa bomba pétrea. Ni los edificios y montes, que pronto se redujeron a cenizas, polvo y escombros.
Mas no solo sería Tenerife quien sufriría la ira del cosmos.
Empujadas por el choque, las aguas se levantaron para tragar vorazmente a las embarcaciones que hubieran en curso. Recorrieron cientos de quilómetros, llegando a alcanzar a gran parte del archipiélago canario. La Gomera, Gran Canaria y gran parte de Santa Cruz de la Palma se bañaron en grandes cantidades de agua salada. Los alrededores de Villa del Valverde también sufrieron el peso de la tromba que supuso el cese de la expansión. Por fortuna no alcanzó a tantos pueblos de El Hierro. La única isla impune fue Fuenteventura, que se salvó gracias a la distancia. La onda expansiva no llegó tan lejos.
Poco quedó de Canarias a la vista. Toda Tenerife había desaparecido, al igual que gran parte de las islas de los alrededores. Tan solo habían quedado pequeñas porciones de suelo volcánico varadas en el Atlántico. Apenas habrían testigos de aquella masacre natural en primera persona para contarlo.
Para más inri, la lluvia de meteoritos empezaba a desatarse en la única isla intacta del archipiélago, además del Sáhara Occidental, Marruecos y parte del sur de la Península Ibérica.
La serie de catástrofes transcendió a nivel mundial a través de los medios. El desconcierto de aquel suceso correría como pólvora. Mostrarían imágenes tomadas con satélite del nuevo aspecto de las islas africanas. Contarían fríamente todo lo que debían de saber en múltiples lenguas, llegando hasta la British Broadcasting Corporation. Aquellos que estaban refugiados en casa, aquellos traidores que lucharon por su patria Inglaterra, y aquellos que aún se resguardaban en las universidades pudieron ver cómo una pequeña isla desaparecía por el impacto de aquella piedra.
El mundo se estaba tambaleando. Muchas ciudades entraron en caos cuando se desataron los meteoritos, como si no fuera suficiente las amenazas de bomba, tratando de conseguir todo el alimento que podían. Mientras tanto, en una de la bases aéreas situada entre Truro y Falmouth, un traidor sonreía mientras escuchaba las nuevas recién llegadas. Siempre quiso ver esos territorios cobardes arruinados. Aunque nunca imaginó que un meteorito haría más daño que uno de sus misiles de plutonio. La madre tierra claramente los superaba en cuanto a efectivos y mortalidad se refería. No era un triunfo propio; pero así lo tomaba.
Alguien irrumpió en su oficina. Un mozo forzudo vestido con ropas de soldado puso sus pies en la sala de mando y, con la mano al frente, saludó a su superior.
─Señor, me ha llegado una petición de servidor de la misma chica. Todo va según lo previsto.
Otra buena noticia. El jefe militar celebraba en silencio aquellas pequeñas victorias.
─Perfecto. Ayúdala a entrar. Pero recuerda que tú también debes de entrar, o de lo contrario habremos fracasado en nuestro propósito.¿Queda claro?
─Lo sé, señor. Pero no se preocupe. Ya tengo un candidato perfecto para que nos ayude.
─¿Tan pronto? ¿Es que vas a meter a uno de tus viejos amigos?
─Yo no lo llamaría precisamente así, señor. Tan solo es un tonto útil que puedo utilizar.
El teniente dio unas risas flojas. Le encantaba la actitud de aquel soldado. Tanto que hasta se le podría decir que era un orgullo suyo y para los Estados Unidos de América.
─Que así sea, pues. Retírese, recluta. Cumpla con su misión.
─¡Sí, señor!
Nada más asignado su trabajo, el recluta se retiró y dejó a su superior solo con sus pensamientos.
Faltaba poco para empezar a actuar.
