Disclaimer: Los Dioses del Olimpo son propiedad de Rick Riordan.
Quince minutos antes de que se terminase la lectura del capítulo, podía verse a dos figuras caminando por los jardines del Olimpo. Una de ellas, Apolo, arrastraba detrás suyo a Artemisa, quien intentaba liberarse del agarre de su hermano.
—¡Suéltame, Apolo! —ordenaba Artemisa.
Apolo se detuvo de golpe y, aún sujetando su mano, giró para mirarla.
—¿Prometes que te quedarás quieta? —Artemisa giró la cabeza sin responderle—. Artemisa... Deja de comportarte como una cría, Artemisa... ¡Artemisa!... ¡Diana!
Surgió efecto. La imagen de Artemisa parpadeó y al instante fue cambiada por la de otra diosa, Diana. Físicamente Diana y Artemisa eran muy parecidas. Las únicas diferencias es que Diana aparentaba ser tener unos quince o dieciséis (a contrario que los doce o trece de Artemisa) y tenía su cabello cortado al estilo bob.
Diana, al verse agarrada por la versión griega de su gemelo, forcejó para intentar liberarse. Pero después de unos segundos se dio cuenta de que Apolo no estaba dispuesto a soltarla. Así que dejó de resistirse y simplemente le dirigió una mirada molesta.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó en un tono seco.
—Siento haberte llamado —se disculpó Apolo—. Pero necesito que me hagas un favor. —Diana levantó una ceja—. ¿Podrías convencer a Artemisa para que no matase al hijo de Hermes? Ya sé lo que me vas a decir —interrumpió Apolo—. Pero tú misma lo has escuchado. No se puede herir ni matar a nadie de la sala.
Diana suspiró.
—Hablaré con ella, pero no te prometo nada.
Segundos después los ojos de Diana perdían la luz y la diosa cayó como a una muñeca que le habían cortado los hilos. Apolo la agarró antes de que se chocase contra el suelo y con delicadeza la deposito sobre la hierba del suelo.
Pasaron varios minutos antes de que la imagen de Diana parpadease y ella volviese a ser Artemisa. La diosa se sentó, frotándose el ojo derecho con la mano.
—¿Has hablado con Diana? —preguntó Apolo mirando a su hermana. Artemisa asintió, poniéndose de pie.
—Sí. Ha logrado convencerme de no matar a Luke Castellan... aún.
—Esperemos que ese aún dure para toda la lectura —murmuró Apolo mientras él y su gemela se dirigían de vuelta a la sala del trono.
Después de que Sally terminase de leer el capítulo, todos esperaron a que Apolo y Artemisa regresasen a la sala del trono. Mientras esperaban varios cuchicheaban entre ellos, intercambiando impresiones de lo leído hasta ahora.
Percy, por su parte, veía como su madre repasaba para ella todas las cosas peligrosas que él había estado haciendo a lo largo de los dos libros y sonreía de una manera muy siniestra. El pobre chico tragó saliva, sintiendo que iba a pasar mucho tiempo castigado.
—Señora Jackson —habló al final Annabeth—, entiendo que Percy merezca un castigo por ponerse en peligro de esa forma tan absurda. Pero —Sally miró a Annabeth con curiosidad— piense que si no hubiese sido por sus locuras, el mundo tal y como lo conocemos podría haber desaparecido.
—Supongo que tienes razón —dijo Sally después de unos segundos de silencio—. Está bien, no castigaré a Percy. —El hijo de Poseidón respiró con alivio, feliz de que su novia le hubiese librado del castigo más largo de la historia de los adolescentes neoyorquinos.
—Gracias —le agradeció en voz baja.
—Bueno, si te castigasen apenas nos veríamos —replicó su novia.
Poco después Apolo y Artemisa regresaron y se sentaron en sus tronos. Hermes miró a Artemisa, esperando una disculpa por parte de la diosa. Pero una mirada de Apolo le desistió de protestar ante lo antes ocurrido.
—¡Quiero leer yo! —exclamó Leo, tomando el libro.
—¡Ay, dioses! —exclamó Piper, colocando una mano sobre la frente del latino—. Jason, creo que Leo está enfermo.
—Hay que llevarlo rápidamente a la enfermería —dijo Jason, poniéndose de pie—. Venga Leo, te llevaré como la delicada princesa que... ¡Qué eso crema, desgraciado!
Jason saltó al lado para esquivar una bola de fuego que Leo le había lanzado.
—Venga, que era una broma —dijo Piper en tono conciliador—. Adelante Leo, ¡lee!
Leo abrió el libro y leyó el título:
—Los confederados muertos nos llevan en autostop.
—¡Oh, genial! —exclamó Clarisse, recordando lo acontecido allí.
—¡El termo! —grité mientras nos precipitábamos hacia el agua.
—¿Qué? —Annabeth debió de pensar que había perdido la chaveta.
—¿Quién no pensaría en eso? —preguntó Thalia—. Estabais siendo perseguidos y de repente gritas eso. Así que es normal que Annie haya tardado en reaccionar.
—Además de que tampoco me explicaste para que servía el termo —recordó Annabeth—. Simplemente que había sido un regalo de Hermes.
—En ese momento nos perseguían las arpías y luego pasó todo eso. No tuve tiempo —se defendió Percy.
Ella se aferraba a una de las correas del bote para salvar el pellejo, con todo el pelo disparado hacia arriba como si fuera un pincel.
Tyson sí me entendió.
—Creo que Tyson simplemente hizo lo que pedías, sin pararse a pensar en ello —dijo Reyna—. Solamente seguía las ordenes de su hermano mayor.
Logró abrir mi petate y sacar el termo mágico de Hermes sin que se le cayera y, lo que es más, sin caerse él.
—Eso es un verdadero milagro —dijo Frank.
Las flechas y jabalinas silbaban a nuestro alrededor.
Agarré el termo. Confiaba en no cometer un error.
—¡Sujetaos bien!
—¡Ya estoy sujeta! —aulló Annabeth.
—¡Más fuerte!
Afirmé los pies bajo el banco hinchable del bote; Tyson nos asió por la camisa a Annabeth y a mí, y yo le di al termo un cuarto de vuelta.
Al instante emitió un chorro de viento que nos propulsó lateralmente y convirtió nuestra caída en picado en un estrepitoso aterrizaje en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
—A veces me pregunto como es que los dioses saben que objetos darte para las misiones —murmuró Jason.
—No es más que una simple corazonada, John —dijo Dionisio.
El viento parecía reírse mientras salía del termo, como si se alegrara de liberarse por fin.
—Seguramente lo hará. Lleva mucho tiempo ahí encerrado —dijo Hermes.
Al impactar con la superficie del agua, rebotamos una, dos veces, como una piedra lanzada al ras, y de repente salimos zumbando como en una lancha motora, con el agua rociándonos la cara y sin otra cosa en el horizonte que el mar abierto.
Oí un clamor furioso en el barco, pero ya nos hallábamos fuera del alcance de sus disparos. El Princesa Andrómeda se convirtió enseguida en un barquito de juguete y desapareció.
Todos suspiraron de alivio al ver que ya estaban fuera del peligro. Y dado que había un hijo de Poseidón con ellos, no habría problemas con los monstruos de aquella zona.
Mientras nos deslizábamos a toda velocidad por el agua, Annabeth y yo intentamos enviarle un mensaje Iris a Quirón. Pensábamos que era importante explicarle a alguien lo que se proponía Luke, y no sabíamos en quién más confiar.
Percy y Annabeth intercambiaron una mirada. En un principio habían pensado en ponerse en contacto con los dioses, pero descartaron la idea al momento. Habían pensado que si Zeus se enteraba de eso, arrojaría un rayo contra el barco, destrozándolo y matando a su tripulantes, la mayoría de ellos inocentes.
Aunque ahora que lo pensaban, daba igual si Zeus se enteraba, ya que le habría resultado imposible hallar el barco, ya que éste estaba protegido por los poderes de los titanes.
A aquella velocidad, el bote levantaba una fina cortina de agua y la luz se descomponía en un arco iris al atravesarla: eran las condiciones ideales para enviar un mensaje Iris, aunque la cobertura era bastante mala.
—En los barcos pequeños y en movimiento siempre es mala —dijo Poseidón—. La próxima vez mejor paráis e intentáis hacer un arco iris con lo que tengáis a mano.
Annabeth arrojó un dracma de oro a la cortina de agua y yo recé para que la diosa del arco iris nos mostrara a Quirón.
—A menos que hayáis dicho otro nombre, seguramente saldré yo —comentó Quirón con diversión.
Apareció, su cara sin problemas, pero había una extraña luz estroboscópica y una música de rock atronando en segundo plano, como si estuviese en una discoteca.
—¿Donde estabas? —preguntó Apolo con interés.
—Con mis primos —respondió Quirón con simpleza.
Se lo contamos todo: nuestra salida furtiva del campamento, Luke y el Princesa Andrómeda, el ataúd de oro con los restos de Cronos… Pero entre el ruido que había de su lado y el zumbido del viento y del bote surcando las olas, no sabía cuánto lograría captar de todo aquello.
—Por suerte todo —dijo Quirón—. Tengo mejor oído de lo que parece.
—Percy —chilló Quirón—, tienes que tener cuidado con…
Su voz quedó ahogada por un gran griterío alzado a su espalda: un montón de voces aullando en plena juerga como guerreros comanches.
—Me sorprende te enterases de algo con todo ese jaleo —dijo Teseo con sorpresa.
—Bueno, es que tiene orejas de caballo —bromeó Perseo.
—¿Qué? —grité.
—¡Maldita parentela! —Tuvo que agacharse para esquivar un plato que pasó por encima de su cabeza para ir a estrellarse fuera de nuestro campo visual
—¡Yo quiero estar ahí! —protestaron los hermanos Stoll.
—. ¡Annabeth, no deberías haber permitido que Percy saliera del campamento!
—Lo hubiese hecho tarde o temprano —dijo Sally con resignación. Ella conocía muy bien a su hijo—. Así que me alegro de que Annabeth le acompañe.
Pero si conseguís el vellocino…
—¡Sí, pequeña! —chillaba alguien que tenía detrás—. ¡Uau, Uau!
—Discutiendo sobre el futuro del mundo y ellos de fiesta justamente al lado —suspiró Piper.
Alguien subió la música y puso los bajos tan a tope que hasta nuestro bote vibraba.
—… Miami —gritaba Quirón—. Trataré de vigilar…
Nuestra nebulosa pantalla se desintegró como si alguien del otro lado le hubiese arrojado una botella, y Quirón se evaporó.
—Y ese es otro de los inconvenientes de los Mensaje Iris en barcas pequeñas y en movimiento —dijo Poseidón.
Una hora más tarde divisamos tierra: una larga extensión de playa en la que se alineaban hoteles de muchos pisos. Las aguas empezaron a llenarse de barcos de pesca y buques cisterna. Un guardacostas pasó por estribor y luego dio media vuelta, como para echar un segundo vistazo. Imagino que no veían cada día un bote salvavidas sin motor, tripulado por tres adolescentes y lanzado a más de cien nudos.
—Pero si eso se ve todos los días. Es más, cuando salgo de mi casa ya me encuentro con cuatro o cinco —dijo Will con sarcasmo.
—¡Es Virginia Beach!
—¿Desde Long Island? —preguntó Jason abriendo los ojos con asomobro.
—dijo Annabeth cuando nos acercamos a la orilla—. ¡Por los dioses! ¿Cómo es posible que el Princesa Andrómeda haya llegado tan lejos en una sola noche? Deben de ser…
—Cinco mil treinta millas náuticas —dije.
Leo dejó de leer y miró a Percy con asombro, al igual que la mayoría de la sala.
—¿Cómo es posible que Percy sepa algo que Annabeth no sabe? —murmuró Bianca.
Ella me miró asombrada.
—Hasta la Annabeth del libro está asombrada —señaló Nico.
—¿Cómo lo sabes?
—Pues… no estoy seguro.
—Ahora no digas que lo has dicho por decir, porque se nota que no es el caso —advirtió Hazel.
Annabeth reflexionó un momento.
—Percy, ¿cuál es nuestra posición?
—Treinta y seis grados, cuarenta y cuatro minutos norte; setenta y seis grados, dos minutos oeste — respondí automáticamente.
—No puedo creerlo. Prissy se está volviendo inteligente —exclamó Clarisse con sorpresa.
Luego sacudí la cabeza—. ¡Uau! ¿Cómo es que lo sé?
—Por tu padre —dedujo Annabeth—. Cuando estás en el mar, posees una orientación perfecta. Es genial.
—Solamente eran sus poderes divinos. No hay porque preocuparse —dijo Chris, levantando sus brazos con tranquilidad—. Podemos respirar tranquilos. Percy sigue siendo el mismo idiota al que todos queremos.
—Al final os acabaré denunciando por daños psicológicos —murmuró Percy oscuramente.
Yo no estaba tan seguro. No quería convertirme en un GPS humano
—Tarde, ya lo eres —dijo Annabeth con burla.
, pero antes de que pudiera decir nada, Tyson me dio unos golpecitos en el hombro.
—Viene bote.
Me di la vuelta. El guardacostas, ahora ya abiertamente, venía por nosotros. Nos hizo señales con las luces y empezó a ganar velocidad.
—Al final tenía que ir, ¿no? —suspiró Poseidón.
—No podemos dejar que nos atrapen —dije—. Nos harían demasiadas preguntas.
—Y a ver como respondéis el hecho de que vayáis en un bote salvavidas que navega a más de cien nudos —señaló Nico.
—Sigue adelante hasta la bahía de Chesapeake —dijo Annabeth—. Conozco un sitio donde escondernos.
Thalia y Luke miraron a Annabeth. Ambos sabían a que lugar se refería la hija de Atenea.
No le pregunté a qué se refería ni por qué conocía tan bien la región.
—Pero si ya te lo dije el verano pasado. Había estado un tiempo viajando con Thalia y Luke —respondió Annabeth.
—Pero nunca imagine que habrías estado en lugares como Virginia Beach —replicó Percy.
Me arriesgué a aflojar un poquito más la tapa del termo: un nuevo chorro de viento nos impulsó como un cohete en torno al extremo norte de Virginia Beach y luego hacia la bahía de Chesapeake. El guardacostas se iba quedando cada vez más atrás.
—Después de eso, el guardacostas fue ingresado en un centro psiquiátrico porque decía que veía botes salvavidas que iban a más de cien nudos —informó Travis.
No aminoramos la marcha hasta que las orillas de la bahía empezaron a estrecharse. Entonces me di cuenta de que estábamos entrando en la desembocadura de un río.
Percibí el cambio del agua salada a la dulce. Me sentía repentinamente cansado, exhausto, como si hubiera sufrido una brusca bajada de tensión. Ya no sabía dónde me encontraba ni en qué dirección debía orientar el bote. Menos mal que Annabeth me indicaba el camino.
—Es increíble el cambio que hay de un tipo de agua al otro —dijo Aquiles.
—Bueno, al fin y al cabo soy el dios del mar, no el dios del agua —respondió Poseidón.
—Allí —dijo—. Después de ese banco de arena.
Viramos hacia una zona pantanosa invadida de maleza y detuve el bote al pie de un ciprés gigante.
Los árboles se cernían sobre nosotros, cubiertos de enredaderas. Los insectos zumbaban entre la hierba; el ambiente era bochornoso, sofocante, y de la superficie del río se levantaba una nube de vapor. En resumen, no era Manhattan y no me gustaba nada.
—Si a ti todo lo que no sea Manhattan no te gusta —señaló Sally.
—Vamos —dijo Annabeth—. Está ahí, en el banco de arena.
—¿El qué? —pregunté.
—Tú limítate a seguirla y no cuestiones nada —dijo Thalia.
—Tú sígueme. —Agarró su petate—. Y será mejor que ocultemos el bote. No debemos llamar la atención.
—Eso dilo antes de navegar a más de cien nudos delante de una playa llena de gente —señaló Piper.
Después de cubrirlo con ramas, Tyson y yo seguimos a Annabeth por la orilla, con los pies hundidos en un lodo rojizo. Una serpiente se deslizó junto a mi zapato y desapareció entre las hierbas.
—No es sitio bueno —dijo Tyson, y aplastó los mosquitos que empezaban a hacer cola en su brazo como si fuera un buffet.
—Aquí —dijo Annabeth por fin.
Lo único que yo veía era un montón de zarzas. Ella apartó unas ramas enredadas, como si fuesen una puerta, y de repente vi que tenía ante mí un refugio camuflado.
Los Stoll silbaron.
—Buen camuflaje —dijo Connor.
El interior era lo bastante grande para tres, incluso si el tercero era Tyson. Las paredes eran de plantas entretejidas, como las chozas de los nativos, y daban la impresión de ser impermeables. Amontonado en un rincón había todo lo necesario para una acampada: sacos de dormir, mantas, una nevera portátil y una lámpara de queroseno. También había provisiones para semidioses: puntas de bronce de jabalina, un carcaj repleto de flechas, una espada y una caja de ambrosía. Olía a moho, como si el lugar hubiera estado desocupado mucho tiempo.
—Aparte del olor, tengo que reconocer que es muy buen escondite —admitió Reyna.
—Un escondite mestizo. —Miré maravillado a Annabeth—. ¿Lo construiste tú?
—Thalia y yo —dijo en voz baja—. Y Luke.
Aquello no debiera haberme preocupado. Ya sabía que Thalia y Luke habían cuidado de ella cuando era pequeña, y también que habían vivido los tres como fugitivos, ocultándose de los monstruos y sobreviviendo por sus propios medios, hasta que Grover los encontró y trató de conducirlos a la colina Mestiza. Pero siempre que Annabeth hablaba de la época que había pasado con ellos, yo me sentía…
No sé. ¿Incómodo?
No. Ésa no era la palabra.
La palabra era «celoso».
—¿Celoso? —preguntó Annabeth en voz baja.
—Creo que era por el tono con el que hablas —respondió Percy tras pensarlo un poco—. Siempre que hablas sobre eso lo dices con tal cariño, que más de una vez he pensado que me habría gustado estar allí.
Annabeth no pudo evitar pensar como hubiese sido todo ese tiempo si Percy hubiese estado con ellos. No sabía muy bien porque, pero casi se lo imaginaba discutiendo a diario con Thalia. Sonrió un poco ante esa imagen mental-
—Y tú… —dije—. ¿No crees que Luke venga a buscarnos aquí?
Ella negó con la cabeza.
—Construimos una docena de refugios como éste. Dudo mucho que recuerde siquiera dónde están. Ni creo que le importe.
—Claro que los recuerdo —replicó Luke—. Pero como dices son demasiados. —Pareció pensarlo un poco—. La única opción que veo es que mi yo del futuro mandé monstruos hacia los refugios.
Percy y Annabeth se miraron. ¿Acaso esa hidra había sido mandada por Luke?
Se tendió sobre las mantas y empezó a hurgar en su petate. Su modo de moverse decía bien a las claras que no le apetecía hablar más del asunto.
—Hummm… ¿Tyson? —dije—. ¿Te importaría echar un vistazo por ahí? Para buscar un súper selvático o algo por el estilo.
—¿Un súper?
—Sí, para comprar patatas fritas. O dónuts. Cosas así. Pero no te vayas muy lejos.
—Dónuts —dijo Tyson, muy serio—. Voy a buscar dónuts por la selva. —Salió y empezó a gritar— ¡Dónuts!
—Una de las cosas más bizarras que he leído en mucho tiempo —dijo Leo con asombro.
—Pero, ¿tú lees? —preguntó Piper con sorpresa.
En cuanto se fue, me senté junto a Annabeth.
—Oye, siento lo de… Ya sabes, que te encontraras con Luke y tal.
—Es imposible que tuvieses la culpa de eso —replicó Charles.
—No es culpa tuya. —Desenvainó su cuchillo y empezó a limpiar la hoja con un trapo.
—Nos ha dejado escapar con demasiada facilidad —dije.
—Cierto —murmuró Thalia. Mientras la lectura avanzaba, ella iba teniendo esa sensación.
En realidad, esperaba que fueran imaginaciones mías, pero Annabeth asintió.
—Yo estaba pensando lo mismo. Eso que le oímos decir sobre una «jugada» y también lo de «morderán el anzuelo». Me parece que hablaba de nosotros.
—Os ha tendido una trampa —dijo Atenea.
—Y por desgracia han de caer en ella para encontrar el vellocino —señaló Deméter.
—Y eso es lo malo. La trampa es muy obvia, pero no tienen más remedio que ir directamente a por ella —dijo Hermes—. Una trampa digna de un hijo mío.
—¿El vellocino es el anzuelo? ¿O Grover?
—Apostaría a que es el vellocino —dijo Grover.
Ella estudió el filo del cuchillo.
—No lo sé, Percy. Quizá quiere quedarse el vellocino. Quizá espera que hagamos nosotros lo más difícil para luego robárnoslo. Aún no puedo creer que envenenase el árbol…
—Yo tampoco me lo creo —murmuró Luke.
—¿Qué quería decir con eso de que Thalia se habría puesto de su lado?
—Se equivoca.
—Correcto —dijo Thalia.
—No pareces muy convencida.
Annabeth se encogió de hombros al recibir la mirada de Thalia.
Annabeth me lanzó una mirada fulminante y entonces casi deseé no haber hablado, al menos mientras ella empuñara el cuchillo.
—Debes aprender hablar con las chicas cuando toca... que es generalmente cuando no sujetan un objeto mortífero en sus manos —dijo Apolo.
—¿Sabes a quién me recuerdas sobre todo, Percy? A Thalia. Sois tan parecidos que resulta espeluznante. Quiero decir: o bien habríais sido amigos inseparables, o bien os habríais estrangulado el uno al otro.
—Dejémoslo en «amigos inseparables».
—Por suerte acabamos como simples amigos —dijo Percy.
—Aunque reconozco que más de una vez he tenido ganas de estrangularte —añadió Thalia.
—El sentimiento es mutuo, Cara pino.
—Thalia se enfadaba a veces con su padre, igual que tú. Ahora bien, ¿tú te revolverías contra el Olimpo por ese motivo?
Miré fijamente el carcaj de flechas que había en el rincón.
—No.
—Si todos los semidioses hiciesen como el crío de Hermes, estaríamos siempre en guerra —comentó Ares. Miró a los semidioses—. ¡¿Por qué no sois como el crío de Hermes?!
—Hay que hacer algo con su obsesión por la guerra —suspiró Hera.
—Muy bien. Pues ella tampoco. Luke se equivoca.
Annabeth clavó el cuchillo en el suelo.
Quería preguntarle por la profecía que Luke había mencionado y por la relación que tenía con mi decimosexto cumpleaños, pero pensé que no me lo iba a contar. Quirón había dejado bien claro que no estaba autorizado a conocerla hasta que los dioses lo decidieran.
—Pues podría ser pronto, ¿no? —murmuró Teseo.
—¿Y a qué se refería Luke cuando te recriminaba que viajaras con un cíclope? —pregunté—. Ha dicho que tú precisamente…
Todos prestaron más atención, queriendo saber a que se refería Luke.
—Ya sé lo que ha dicho. Se refería… a la verdadera causa de la muerte de Thalia.
Thalia desvió la mirada, fijándola en el techo de la sala,
Aguardé, sin saber muy bien qué decir.
Annabeth inspiró, temblorosa.
—Nunca puedes fiarte de un cíclope, Percy. Una noche, hace seis años, cuando Grover nos llevaba hacia la colina Mestiza…
Se interrumpió al oír chirriar la puerta de la choza. Tyson entró agachándose.
—¡Dónuts! —dijo orgulloso, sosteniendo un caja.
La sala se quedó en silencio.
—¿D-de donde los ha sacado? —preguntó Silena al fin—. No debe haber nada a kilómetros de distancia.
—Pues eso quiere decir que es cosa de un monstruo —respondió Will.
—A nosotros jamás nos toca un monstruo que reparta dónuts —se quejó Travis.
Annabeth lo miró incrédula.
—¿De dónde has sacado eso? Estamos en medio del pantano. No hay nada en varios kilómetros…
—A sólo quince metros —dijo Tyson—. Una tienda de Dónuts Monstruo. Ahí, en la colina.
—Esto me huele muy mal —murmuró Annabeth.
—Demasiado sospechoso —dijo Reyna.
Estábamos agazapados detrás de un árbol y mirábamos aquella tienda de dónuts en medio de la maleza.
Parecía bastante nueva, con unos escaparates muy bien iluminados, una zona de aparcamiento y un estrecho camino que se internaba en el bosque. Pero no había nada más en los alrededores, y tampoco coches en el aparcamiento. Vimos sólo a un empleado que leía una revista detrás de la caja registradora. El letrero de la marquesina, con unas enormes letras negras que incluso yo podía descifrar, ponía:
DÓNUTS MONSTRUO.
Un ogro de tebeo le estaba dando un mordisco a la última «O». El sitio olía muy bien, nos llegaba el típico aroma de dónuts de chocolate recién hechos.
—Trampa —dijeron los semidioses con expresiones aburridas.
—Esto no debería estar aquí —susurró Annabeth—. Hay algo que no encaja.
—Es sólo una tienda de dónuts —dije.
—¿En serio no pensaste que era raro que una tienda de dónuts estuviese ahí? —preguntó Nico con asombro.
Percy se encogió de hombros.
—Quería dónuts de chocolate.
—¡Chist!
—¿Por qué cuchicheas? Tyson ha entrado y ha comprado una docena. Y no le ha pasado nada.
—Él es un monstruo.
—Venga ya, Annabeth. Dónuts Monstruo no significa que sean sólo para monstruos. Es una cadena. En Nueva York hay varios.
—La mayoría de franquicias de comida que tienen varios restaurantes esparcidos por ahí, son monstruos —respondió Thalia.
—Una cadena —repitió ella—. ¿Y no te resulta extraño que aparezca un local así inmediatamente después de pedirle a Tyson que fuera a buscar dónuts? ¿Aquí, en medio del pantano?
Pensé en ello. Sí parecía un poquito raro, pero bueno, las tiendas de dónuts no ocupaban un puesto muy destacado en mi lista de amenazas siniestras.
—Pues deberían —replicó Clarisse, quién se veía inusualmente seria.
—Podría ser una guarida —dijo Annabeth.
Tyson soltó un gemido. No creo que entendiese a Annabeth más de lo que yo la entendía (que no era mucho),
—Seguramente Tyson habrá entendido mejor que tú, Sesos de algas —replicó Bianca.
pero su tono había conseguido ponerlo nervioso. Se había zampado media docena de dónuts de la caja y tenía la boca embadurnada de azúcar.
—Una guarida ¿para qué? —pregunté.
—¿Nunca te has preguntado por qué proliferan tan deprisa las tiendas que funcionan con una franquicia? —repuso—. Un día no hay nada y al otro día… ¡zas!, aparece una hamburguesería, o un café, o lo que sea. Primero un local, luego dos, cuatro… Réplicas exactas diseminándose por todo el país.
—Hummm… Pues nunca lo había pensado.
—La verdad es que es increíble como la gente no sospecha de este tipo de cosas —señaló Silena.
—Percy, si algunas cadenas se multiplican a tanta velocidad es porque sus sucursales están conectadas de un modo mágico a la fuerza vital de un monstruo. Algunos hijos de Hermes se las ingeniaron para hacerlo en la década de mil novecientos cincuenta. Criaron… —Se quedó petrificada.
Travis y Connor se miraron.
—Estáis en una situación muy chunga —dijo Chris.
—¿Qué? ¿Qué ocurre? —preguntaron el resto.
—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué criaron?
—No hagas… movimientos… bruscos —dijo como si su vida dependiera de ello—. Muuuy despacio, date la vuelta.
Entonces lo oí: una especie de roce, como de algo enorme arrastrándose entre el follaje.
Me di la vuelta y vi una cosa del tamaño de un rinoceronte deslizándose entre las sombras de los árboles. Emitía un potente silbido y su mitad delantera se retorcía en todas direcciones. Al principio no entendí lo que veía. Luego comprendí que aquella cosa tenía múltiples cuellos: al menos siete, cada uno rematado con una sibilante cabeza de reptil. Tenía la piel curtida y debajo de cada cuello lucía un babero de plástico con una leyenda: «¡Soy el Monstruo de los Dónuts!»
—¡¿Criasteis a hidras? —exclamó Atenea con sorpresa.
—¡Vaya! ¡Los mocosos de Hermes tienen más cojones de lo que imaginaba! —exclamó Ares con un tono alegre.
Saqué mi bolígrafo, pero Annabeth me sostuvo la mirada y me transmitió una silenciosa advertencia.
Todavía no.
Capté el mensaje. Muchos monstruos tienen una vista desastrosa. Era posible que aquella hidra pasara de largo, pero si destapaba la espada, el brillo del bronce llamaría su atención.
Aguardamos.
Ares se enfurruño. Él quería ver sangre.
La hidra estaba a menos de un metro. Parecía husmear el terreno y los árboles como si buscara algo. Luego advertí que dos cabezas estaban desgarrando un trozo de lona amarilla: uno de nuestros petates.
—Os está buscando. Así que esconderos no vale mucho la pena —dijo Phoebe con una mueca.
—Por suerte su sentido del olfato no es el mejor de todos —señaló Zoë.
Aquella cosa había estado ya en nuestro refugio. Estaba siguiendo nuestro rastro.
Me palpitaba el corazón. En el campamento ya había visto una cabeza de hidra disecada, pero aquello no me había preparado en absoluto para enfrentarme con una de verdad.
—Dudo que alguien esté preparado para enfrentarse a una hidra —dijo Perseo.
—Tu hermano Heracles lo estuvo —señaló Zeus.
Perseo se encogió de hombros.
—Ya. Pero ése no tiene cerebro, así que no sirve.
Cada cabeza tenía forma de diamante, como las serpientes de cascabel, pero en la boca contaba con una doble hilera de dientes de tiburón.
Tyson temblaba. Dio un paso atrás y partió sin querer una ramita.
Muchos gimieron en la sala. ¿De verdad la hidra los iba a atrapar por algo tan cliché?
Al instante, las siete cabezas se volvieron silbando hacia nosotros.
—¡Dispersaos! —gritó Annabeth, y se lanzó hacia la derecha.
Yo rodé hacia la izquierda. Una cabeza de la hidra escupió un chorro de líquido verde que pasó junto a mi hombro y acabó rociando un olmo. El tronco empezó a echar humo y desintegrarse. El árbol entero se venía abajo sobre Tyson, que no se había movido de su sitio y permanecía paralizado frente al monstruo.
—Normal que este asustado. El pobre todavía es un niño —dijo Sally con preocupación.
—Aunque mida el doble que el resto —murmuró Will.
—¡Tyson! —Le hice un placaje con todas mis fuerzas y logré derribarlo justo cuando la hidra se lanzaba sobre él. El árbol se desplomó con estrépito sobre dos cabezas.
La bestia retrocedió dando tumbos, liberó de un tirón sus cabezas atrapadas y gimió enfurecida. Le escupió ácido al árbol con las siete cabezas a la vez, y el tronco se disolvió hasta convertirse en un humeante charco de desperdicios.
Algunos palidecieron. No les gustaría estar en esa situación. Aunque siendo sinceros, nadie quería estar en la mayoría de situaciones que vivía Perseus Jackson como semidiós.
—¡Muévete! —le dije a Tyson. Me hice a un lado y destapé a Anaklusmos con la esperanza de desviar la atención del monstruo.
Funcionó.
—Cómo no —masculló Poseidón.
La visión del bronce celestial resulta odiosa para la mayoría de los monstruos. En cuanto apareció la hoja resplandeciente de mi espada, la hidra se abalanzó hacia ella con todas sus cabezas, silbando y mostrando los dientes.
—La verdad es que no me explico como sigues vivo. —Hermes miró a Percy—. ¿Por casualidad no tendrás la bendición de Tique o de Niké, verdad?*
—No que yo sepa —respondió Percy.
—No. No lo tiene —confirmó Hestia—. Lo hubiese notado al darle la mía.**
La buena noticia era que Tyson estaba fuera de peligro por el momento. La mala era que yo estaba a punto de disolverme en un charco de materia viscosa. Una cabeza hizo amago de morderme. Sin pensarlo, enarbolé la espada…
—¡No! —gritaron casi todos.
—Percy, recuerda que en sexto curso os expliqué el mito de la hidra —dijo Quirón.
—Lo sé. Lo sé —dijo Percy—. En ese momento reaccione por instinto.
—¡No! —aulló Annabeth.
Demasiado tarde. Le rebané limpiamente la cabeza, que rodó sobre la hierba y dejó en su lugar un muñón palpitante: un muñón que enseguida dejó de sangrar y empezó a hincharse como un balón.
En cuestión de segundos, el cuello cercenado se ramificó en otros dos y cada uno creció hasta convertirse en una nueva cabeza. Ahora tenía ante mí a una hidra de ocho cabezas.
—Y la cosa se acaba de complicar —murmuró Nico.
—¡Percy! —me regañó Annabeth—. ¡Acabas de abrir en alguna parte otra sucursal de Dónuts Monstruo!
—Creo que eso no es lo importante ahora mismo —dijo Rachel.
Esquivé otro chorro de ácido.
—¿Estoy a punto de morir y eso es lo único que te preocupa? ¿Cómo podemos acabar con ella?
—¡Con fuego! —gritó Annabeth—. ¡Necesitamos fuego!
—Pues poneros a buscar fuego. O ha hacerlo.
En cuanto lo dijo, recordé la historia. Las cabezas de la hidra sólo dejarían de multiplicarse si quemábamos los muñones antes de que volvieran a crecer. Eso, al menos, era lo que Hércules había hecho. Pero nosotros no teníamos fuego.
—Tampoco tiene que ser fuego en sí. Armas de fuego funcionan muy bien —explicó Ares.
Por ese motivo Clarisse había derrotado a la hidra con tanta facilidad pensó Percy.
Retrocedí hacia el río. La bestia me siguió.
Annabeth se movió hacia mi izquierda e intentó distraer una de sus cabezas, manteniendo a raya aquellos dientes afiladísimos con su cuchillo. Pero otra cabeza se abalanzó de lado sobre ella y la derribó en el lodo.
—Es muy difícil que podáis hacer algo siendo solamente dos —dijo Atenea con preocupación ante la situación en la que se hallaba su hija.
—¡No lastimes a mis amigos! —Tyson se lanzó a la carga y se interpuso entre la hidra y Annabeth.
Mientras ella se incorporaba de nuevo, Tyson empezó a aporrear con los puños las ocho cabezas a una velocidad increíble.
—Ese cíclope es genial —murmuró Dakota.
Pero ni siquiera Tyson podría detenerlas por mucho tiempo.
—Lo sorprendente es que haya conseguido detenerlas algo —señaló Frank.
Retrocedíamos poco a poco, esquivando chorros de ácido y desviando las acometidas de las cabezas sin cercenarlas. Pero era consciente de que no hacíamos más que aplazar una muerte segura. Al final cometeríamos un error y aquella cosa nos mataría a los tres.
—Diría algo de tu pesimismo... pero es que creo que ahora tienes razón. No me explico como conseguisteis escapar —dijo Nico.
La mayoría se preguntaba eso, sin percatarse de que la sonrisa de Clarisse se iba haciendo más grande.
Entonces oí un ruido extraño: un chuc—chuc—chuc que al principio tomé por los latidos de mi corazón. Sonaba con tanta fuerza que hacía temblar la orilla del río.
—O una de dos. O tu corazón late con mucha fuerza, por lo cual necesitas una revisión médica; o eso no es tu corazón —señaló Apolo—. Y yo voto por la segunda.
—¿Qué es ese ruido? —gritó Annabeth, sin quitar los ojos de la hidra.
—Motor de vapor —dijo Tyson.
—Solamente un cíclope o un hijo de Hefesto se daría cuenta de eso —dijo Charles.
—¿Qué? —Me agaché y la hidra escupió su ácido por encima de mi cabeza.
Entonces, del río que teníamos a nuestra espalda, nos llegó una voz femenina muy conocida:
—¡Allí! ¡Preparad la batería del treinta y dos!
Varios se miraron entre ellos, obviamente confundidos. ¿Quién sería esa misteriosa persona? Otros, notando la sonrisa de Clarisse, ya se lo imaginaban.
No me atrevía a desviar la vista, pero si la chica que teníamos detrás era quien yo creía, ahora teníamos enemigos en dos frentes.
Clarisse frunció el ceño, lanzándole una mirada fulminante a Percy. Pero en el fondo admitía que entendía el razonamiento del hijo de Poseidón.
Una rasposa voz masculina dijo:
—¡Está demasiado cerca, señora!
—¡Malditos héroes! —dijo la chica—. ¡Avante a todo vapor!
—Sí, señora.
—Fuego a discreción, capitán.
—No irás a disparar, ¿no? —dijo Thalia, mirando a Clarisse. Ésta se encogió de hombros—. ¡Oh! ¿Pero que digo? Es obvio que vas a disparar.
Annabeth entendió lo que iba a ocurrir una fracción de segundo antes que yo.
—¡Al suelo! —gritó, y nos tiramos boca abajo justo cuando la explosión surgía del río y sacudía la tierra.
¡BUUUUUM!
Hubo un fogonazo de luz y una gran columna de humo, y la hidra explotó allí delante, duchándonos con una repulsiva baba verde que se evaporaba de inmediato, como suele ocurrir con las vísceras de los monstruos.
—Suerte que las cosas de los monstruos se evaporan —dijo Reyna—. Sino sería un problema ir viajando por todo el país cubiertos de sangre y vísceras de seres mitológicos.
—Tampoco es que a nosotros nos moleste mucho. Total, los romanos apenas abandonamos el Campamento Júpiter —señaló Dakota.
—¡Qué asqueroso! —gritó Annabeth.
—¡Barco de vapor! —aulló Tyson.
—Correcto, Tyson —dijo Percy—. El barco de vapor era asqueroso.
—¡Jackson! —gritó Clarisse, algo molesta. Puede que el barco fuese de su padre, pero en esos momentos (en la lectura) el barco era suyo y no permitiría que nadie se metiese con él.
Me puse de pie, tosiendo aún por la nube de pólvora que seguía flotando junto a la orilla.
Ante nosotros, resoplando penosamente, bajaba por el río el barco más extraño que he visto en mi vida.
—Técnicamente es un barco fantasma, así que es normal que sea raro —dijo Clarisse.
Navegaba muy hundido en el agua, como un submarino, y la cubierta era de hierro. En el centro había una torreta de forma trapezoidal con troneras a ambos lados para los cañones. Una bandera ondeaba encima: un jabalí salvaje y una lanza en un campo rojo de sangre.
—Confirmado de que se trata de un hijo de Ares —dijo Orión.
La cubierta estaba llena de zombis con uniforme gris: soldados muertos con una piel brillante que les recubría el cráneo sólo en parte, como los espíritus demoníacos que había visto en el inframundo montando guardia ante el palacio de Hades.
Era un acorazado. Un barco de la guerra de Secesión. Conseguí descifrar su nombre, escrito junto a la proa con letras mohosas: CSS Birmingham.
De pie junto al cañón humeante que por muy poco no había acabado con nosotros, estaba Clarisse con la armadura griega de combate.
—¡Pringados! —dijo con una sonrisa sarcástica—. Aunque supongo que debo rescataros. Venga, subid a bordo.
—Fin de la lectura —anunció Leo.
—Un capítulo más y cenamos —propuso Hestia, recibiendo la confirmación de todos.
*: Por si alguien no lo sabe, Tique es la diosa de la fortuna griega y Niké la diosa de la victoria griega. Respectivamente Fortuna y Victoria en la mitología romana.
**: Por si alguien no lo recordaba, Percy tiene la bendición de Hestia.
Hola gente.
Décimo segundo capítulo con todos ustedes. Ya lo sé, me he tardado mucho. Pero hay una buena explicación para ello... la verdad es que no. Simplemente me distraía a veces con otras cosas.
En fin, espero que os haya parecido interesante (a los que sigais por aquí) y nos vemos más adelante (en este fic u otros).
Se despide,
Grytherin18-Friki.
PD: ¿Alguien se acuerda de cuando se me iba la olla en las notas de autor?
