CAPITULO XII

La confesión de Neil fue desgarradora. No sabía siquiera que sentir por lo que me acababa de contar. Me sentía enojado con Lady Leegan, ¿cómo pudo destruir la felicidad de su hija de una manera tan cruel? y ¿cómo podía culpar de todo a su hijo? Un hijo al que le negaba su cariño sólo por no compartir sus ideales. Pero además me sentía triste. El sufrimiento de estos dos jóvenes era inmensurable y les pedían que aparentaran no haber vivido esa experiencia tan grotesca.

Después de conversar con Neil no pude encontrarle el gusto al baile. Nunca me han gustado mucho esa clase de eventos, pero ahora me sentía fuera de lugar y asfixiado. Ni siquiera verla a ella me hacía querer quedarme. Además la veía tan contenta con mi sobrino... Así que decidí alejarme de todos y pasar el resto de la velada en un lago cercano al castillo, apaciguando mi alma con los sonidos de la noche y estando sólo, en compañía únicamente de la luna y las estrellas. Las estrellas… mis eternas compañeras.

El resto de la noche transcurrió en calma y dio paso al alba. El sol se levantaba perezoso y nos anunciaba con miles de fulgurantes destellos y rojizos colores que un nuevo día comenzaba. Había decidido no dormir, tenía tantas cosas en la cabeza que sería más fácil mantenerme despierto, y relajarme viendo los cambios del cielo con el pasar de las horas, que reposar en el lecho soñando con todo lo que tenía en mente.

La imagen que mis ojos captaban era sublime. El castillo aún dormía, cubierto por una ligera bruma. Los rayos del sol comenzaban a manifestarse con un brillo tenue y cálido, y el lago intentaba reflejar la claridad del cielo, todo era hermoso.

Estaba embelesado con la belleza de ese amanecer. De pronto escuché pasos tras de mí. Era aún muy temprano para que alguien estuviera ya despierto, así que instintivamente puse la mano en la empuñadura, y sin desenvainar la espada, me giré serenamente para ver a aquel ingrato que se atrevía a destruir la magia de mi alba. Pero no había nadie, seguramente el muy cobarde se había escondido.

¿Quién va? – pregunté, pero no hubo respuesta – Te escuché llegar, muestra tu cara si no quieres que vaya por ti – de nuevo nada, pero el crujir de las hojas bajo sus pies, delató su escondite. Me dirigí hacia el lugar del que había surgido el sonido y…

Por favor caballero no me haga daño. Vi este lugar desde el castillo y me pareció hermoso. Sólo quería ver el amanecer reflejado en el lago… pero cuando llegué aquí lo vi a usted… no quería importunarlo… – al destino siempre le gustó jugar conmigo, el muy desconsiderado ponía ante mí una visión incluso más hermosa que el amanecer que estaba viendo. Allí, frente a mí, estaba ella, segándome con su luz, pero con mi forma de actuar la había asustado y las palabras salían de su boca atropelladamente – no debí esconderme, yo…

No se preocupe mi Lady debía intentar tranquilizarla - pero no es normal que la gente del castillo esté despierta tan temprano. No fue mi intención asustarla. No debería salir sola, puede ser peligroso – su mirada reflejó un poco de serenidad – Puedo preguntar, ¿qué hace fuera de la cama al despunte del alba?

Bueno, caballero, supongo que sabe… yo vivo con mis madres y hermanos. Mis madres son ya un poco viejas y no les es fácil hacerse cargo de las labores de la casa, así que Tom, Annie y yo nos ocupamos de todo lo que se tenga que hacer. El amanecer es el único momento que tengo para mí. Creo que la fuerza de la costumbre me hace despertar todos los días temprano, y ver como el sol se levanta de su lecho para saludarme y regalarme esta clase de espectáculo. ¿Usted acostumbra también empezar sus días así? – Candy era impresionante. El resplandor del sol caía sobre ella de una manera perfecta. La luz la iba iluminando de tan distintas maneras que a cada segundo la hacía verse distinta, pero a cada momento más hermosa. Escuchaba sus palabras pero… – ¿Está usted bien? Caballero… señor…

Yo… yo… perdón, yo… – ahora además de un ogro, debería parecer estúpido. Con mucho esfuerzo recobré la serenidad – lo lamento, me distraje – le brindé la mejor de mis sonrisas, esperando que no fuera demasiado – yo… si, acostumbro ver el amanecer, desde que era muy pequeño.

Es hermoso ¿no cree?

Demasiado, tanto que en ocasiones duele verlo y saber que no lo puedes tener… – pero yo ya no veía el amanecer.

Es usted extraño caballero. Demasiado bueno para ser un guerrero…

Se lo agradezco mi Lady.

Llámeme Candy – su voz era como una caricia a mis oídos.

Entonces Candy, por favor llámeme Albert – ella me regaló una de sus hermosas sonrisas.

Caballero…

Albert por favor…

Albert. Pediré por usted en mis oraciones, un hombre así debe ser protegido a como dé lugar – su sonrisa era encantadora, y su mirada… dios, cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos ella me ataba más y más – su rostro se me hace familiar, ¿acaso nos hemos visto antes? – me recordaba, ella me recordaba.

Pues…

Sabe, su mirada y algunos de sus rasgos me hacen recordar al joven príncipe Andrew, probablemente es eso lo que me haga creer que lo conozco, que tonta, pensar que lo había visto antes – dolor…

Probablemente sea eso. Disculpe Candy pero tengo que irme, fue un placer conversar con usted.

Perdone Albert, ¿dije algo malo? Si es así, no era mi intención ofenderlo – ahora parecía también impertinente y grosero.

No, mi Lady, es sólo que no he dormido nada esta noche y estoy un poco cansado, debo ir a tomar un baño antes de salir junto con los enviados del rey a dejarlos a usted y sus hermanos

¿Viene usted con nosotros?

Así es, el rey me pidió que verifique que ustedes regresen a salvo a su casa

Entonces hasta pronto…

Hasta pronto – una ligera reverencia – usted también debería regresar al castillo.

En un momento lo haré.

Finalmente había tenido la oportunidad de charlar, aunque fuera por unos cuantos minutos con mi angelito. No había sido precisamente como lo habría planeado, pero al menos había sido algo. Y además, tendría la oportunidad de acompañarla durante todo el camino de vuelta a su casa, podría pasar el día a su lado. Pero… que tonto había sido al creer que ella me recordaría. Que tonto había sido.