30 Días


Disclaimer: Naruto no me pertenece.


Beteado por HinataWeasley.


Capítulo: Ciénagas.


A la hora de decir la verdad hay muchos medios para expresarla. Lo que varía, con mayor regularidad, es el tono empleado para decirla. Kiba por lo general lo hacía directamente, pero con los años había aprendido a decirlo con tacto, endulzando las palabras y dándoles una apariencia menos cruel. Haber tenido a una niña tan sensible como Hinata en su equipo inicial le había dado un buen entrenamiento, en especial con Kurenai-sensei recordándole constantemente que ella era una niña dulce y necesitaba tratamiento especial.

Hanabi no lo necesitaba, o al menos esa era la primera impresión general que le había dado. Por eso él mismo no había sido cauto ni había cuidado sus palabras con ella. Simplemente las lanzaba sin ese filtro particular que con los años se había visto obligado a usar porque no todos tenían esa dureza y temple para aceptar las críticas sin sentirse por ellas. Su madre se había encargado de forjarle una personalidad animada pero fuerte. Aceptando opiniones, meditándolas, y luego actuando en consecuencia a una decisión personal.

La muchacha que vivía con él no parecía llevar bien las críticas, a pesar de tener a primera vista una personalidad lo suficientemente fuerte para soportarlas sin herirse. Así debía ser, si esa personalidad era la real. Entonces no hubo otra opción sino la que su cerebro le proporcionó sin demasiados rodeos: Hanabi no era tan fuerte como presumía, y comenzaba a dudar sobre su espíritu.

¿Acaso ella era, incluso, más sensible de lo que Hinata había sido al inicio? Odiaba compararla, pero no tenía otro punto de partida que no fuera ese. Apropiadamente, la mayor de las hermanas había comenzado su camino rota y sintiéndose abandonada por todos. Se fortaleció por voluntad propia y con ayuda ajena hasta llegar a ser la Hinata que era esos días. Dulce pero firme.

Él siempre había visto a Hanabi de cerca, pero sin aproximarse a ella. Había sido siempre una niña sencilla y dura, y él la había calificado como una mocosa Hyuuga más que se creía la gran cosa. Pero lo dudaba, cada día más. Se arrepintió de no prestarle atención cuando había sido una niña y podía haberle sonsacado algo más que un escueto "sí". Pero no fue así, siendo niño lo único que tenía en mente era mejorar y crecer en todo aspecto; una niña engreída no le había llamado la atención y olvidaba su nombre con facilidad.

Hasta que un día cualquiera la vio entornar los ojos y morderse los labios. Hanabi, reprimiéndose a sí misma. Con ocho años. Esa fue la primera vez que le llamó plenamente la atención y desde entonces no olvidó su nombre ni una sola vez: Hanabi.

Era terriblemente irónico que su nombre significara fuegos artificiales y ella careciera completamente de luz propia. No era pirotecnia explotando en el cielo como flores de luces coloridas. Era una pared blanca que, de lejos, lucía perfecta. Él quería hundir sus dedos en ella y tocar las asperezas de aquella pared con las suficientes capas de pintura blanca encima para disimularlas de ojos indebidos.

Hanabi no manejaba bien las críticas porque había sido criticada toda su vida en cada maldito aspecto individual. La habían criado para ser todo lo que su hermana no era. Forzada a ser perfecta, no encontró otra forma para merecer cariño. Por eso mismo ella debía ser como era, perfeccionista como único medio para ser alguien.

Hanabi ya no tenía propósito.

Ese pensamiento había dado vueltas en su cabeza cuando se levantó del sofá la noche anterior directo a la cama mientras ella rondaba por el departamento frío. Hanabi no tenía una meta fija, todo se había vuelto abstracto. Ahora que Hinata era una ninja digna de ser la cabecilla de los Hyuuga, su reemplazo ya no era necesario. Aquella niña a la cual habían presionado al límite y la habían asentado sobre algo tan inestable como era la perfección, debía ser desechada. Y fue exactamente lo que hicieron.

Dejaron de a poco de poner énfasis en sus entrenamientos, ya no la vigilaban constantemente, mucho menos le sonreían con satisfacción cuando aprendía y ejecutaba una técnica difícil con maestría. Pronto la muñeca perfecta ya fue innecesaria. Le quitaron todo lo que tuvo durante años; la poca atención que recibía por ser la hija ideal desapareció desintegrándose frente a sus ojos opalinos.

Hanabi Hyuuga, la segunda hija, aquella que modelaron como a una ninja perfecta ya no era necesaria. Y la botaron.

Kiba la escuchó ir y venir por el departamento sin hacer mucho ruido. Era casi como un fantasma atrapado en la perfidia de morir abandonada.

Las vidas de las dos hermanas habían sido completamente opuestas, pero si de algo estaba seguro en su estudio comparativo era que Hinata era mucho más feliz de lo que su hermana menor había sido en toda su vida. Era mil veces mejor no haber tenido nunca nada y luego obtener un mínimo de lo que correspondía a haberlo tenido todo sin límites y perderlo sin la menor contemplación.

Y de nuevo él le había quitado sus parámetros. Hyuuga no sabía qué hacer ahora que él la había dejado libre pero encerrada en esas cuatro paredes. Le había dado la libertad de ser ella misma dentro de esa casa, pero ella había elegido interpretar una versión atenuada de la esposa perfecta. Kiba no lograba comprender si eso era porque ella no quería exponerse a sus ojos afilados o porque, sencillamente, no sabía quién era. No sabiendo quién se suponía que debía ser, Hanabi había perdido su estatus y sus roles. No sabía cuál era su jerarquía, pero como una emperatriz sin tierra, actuaba como una reina sin corona desterrada de su palacio vagando por las calles con su porte majestuoso.

Hanabi tenía tan aferrado a sí misma que ella era superior, argumento repetido por todos hasta que se hizo parte de ella, que no podía entender que fuera de otra manera. Ella debía ser la reina porque no sabía ser otra cosa, y había sido criada para que así fuera. Pero le habían arrancado la diadema sin explicaciones y ella pronto se vio patética vagando por su palacio desierto donde nadie reparaba en ella, cuando antes había sido el centro de sus vidas.

¿Había sido esa la verdadera razón por la que se había mudado? ¿Quería ser reina, aunque fuera de sí misma? Kiba se sentó en la cama cuando ella entró en el baño.

Entonces lo comprendió, Hanabi ni siquiera podía reinar sobre sí misma… porque era una emperatriz derrocada encadenada a un nuevo mandato. Donde ella no tenía ni voz ni voto. Hanabi no se había mudado, estaba huyendo.

Kiba lo comprendió antes de que ella saliera del baño.

Hanabi temía ser sellada.

:-:

Durmió poco esa noche, abrumado por los pensamientos que rebotaban en su mente compungida. El centro de su desvelo dormía plácidamente a su lado y su respiración suave y acompasada era lo único que afirmaba el paso del tiempo en la noche oscura. Inuzuka no quería moverse demasiado porque temía despertarla y necesitaba de esas horas de penumbra para pensar con claridad.

Su mente era un pantano cenagoso del que no podía salir, con los pies hundidos en el lodo pegajoso. De la misma manera, sus pensamientos solo giraban en torno a un hecho que le había causado siempre un rechazo enorme, el sello de la rama secundaria. Después de haber advertido el odio que podía causar y la condena que representaba, no se lo deseaba a nadie.

Mucho menos a la pequeña y destrozada Hanabi que apenas había descubierto.

¿Cómo tratarían a su antigua emperatriz aquellos anteriormente oprimidos por su imagen? ¿La compadecerían o le escupirían en la cara que ese había sido siempre su destino, como el suyo? Hanabi era la segunda, aquella que siempre debió ser expulsada pero no lo fue porque su hermana era, inicialmente, inútil. Pero Hinata había crecido y ya no era necesaria; Hanabi era lo suficientemente lista para saber que sería condenada pronto.

Entonces, quizá, ella querría un poco de libertad antes de ser finalmente enrejada.

—Hoy hace mucho frío. —Hanabi dijo, con voz somnolienta— ¿No te apetece levantarte?

Kiba suspiró y se giró para mirarla, el cielo seguía oscuro pero ya eran casi las seis de la mañana. No era un día hábil y no tenían razón alguna para levantarse y comenzar un día tan temprano. Acostumbrados por la necesidad a dormir poco, una vez despiertos les resultaba complicado volver a conciliar el sueño lo suficiente para dormitar unas pocas horas extra.

—No, ¿y a ti?

—En lo absoluto.

Allí terminó su primera tentativa de conversación. Estaban cubiertos por las sábanas y acolchados hasta el mentón por causa del frío, pero sus extremidades se tocaban sin ceremonias. Hanabi confirmaba cada día que Kiba era un horno humano, y resultaba muy bueno en invierno cuando todo lo que deseaba era una fuente de calor. Ella se ovilló en la cama sin intenciones de salir de ella. Corrieron los minutos, y el sol no parecía tener intenciones de salir.

—Comienza a amanecer tarde. —Kiba contempló, relajado.

—Entramos en invierno, sí; cada vez los días serán más cortos.

—Y las noches más largas.

—Sí.

Su segundo intento no llegó, tampoco, a ningún puerto. Hanabi parecía estar dispuesta a conversar un poco, cosa que no era demasiado común en ella, aunque fuera dentro de su rol. Además, pensó, ella no estaba respondiendo como la esposa perfecta, sino como la sencilla y escueta Hanabi que era, o al menos decía ser.

No podía imaginarla de otra manera.

—¿Si te pregunto algo serás capaz de responderme con honestidad, Hanabi?

Ella lo observó aunque no podía ver nada sin su técnica hereditaria en la oscuridad densa en la que estaban sumidos. De alguna manera, pensó, eso les daba una mínima intimidad más propia de un confesionario que de una habitación. Ella cerró los ojos, meditando sobre qué podría él querer de ella. Prudentemente, respondió:

—Me reservaré el derecho a contestar o no hacerlo.

Kiba suspiró, cansino. Sabía que ella diría algo como eso. Entonces optó por dejar el tema correr. Él no la invadiría aunque quería hacerlo. Lo único que con ello lograría sería hacerla correr y huir de él como estaba huyendo de sí misma. Si quería conocerla y saciar su curiosidad sobre ella, tendría que ser más cauto. Caminar por los bordes estables, y acercarse a ella por un camino seguro pero lento. Lo malo era que no tenía demasiado tiempo.

De todas maneras no debería importarle. Hanabi no era nada suyo, eso era lo más lógico. Pero era la hermana de su compañera, y había vivido con ella. Por lo tanto, la conocía. Conocía sus manías y sus tozudez, de la misma manera en la que podría reconocerla entre una multitud. Por lo tanto, se dijo, él no iba a comportarse como un imbécil e ignorarla. No podía, no estaba en su naturaleza.

Hanabi Hyuuga le importaba, y no solo era porque le gustaba y deseaba hundir sus dedos en su espeso cabello oscuro y besarla como se besa a las amantes adoradas. Quería saber de ella porque le importaba, y punto. Nada más.

—¿Qué harás de desayunar? Me muero de hambre. —Mintió, buscando una excusa coherente.

—No lo sé… té y dangos es lo único que hay en la alacena. Alguien no hizo la compra.

—Ah… suena muy bien. —Rió, y ella terminó por levantarse de la cama.

¿Por qué ella le importaba tanto? No eran amigos. Aunque él quisiera, ella nunca le daría ese título porque lo consideraba inferior. No quería admitirlo, pero así era. Ella lo miraba con desdén, subestimándolo, y eso lo molestaba en demasía. Aquella deflagración de sentimientos que se encendían en él y se mantenían vivos sin estallar lo molestaba. Quería golpearla contra una pared y escupirle en el rostro que ella no era mejor que nadie.

Pero dentro de sí mismo era consciente de que ella lo sabía. Hanabi había descubierto en algún punto que no era mejor que nadie, y todos sus dogmas y paradigmas se cayeron al suelo en pedazos. Por eso no reclamaba, porque ella lo sabía y él no quería abrir más esa herida latente y punzante en su carne magullada.

Kiba la siguió con la mirada mientras ella buscaba sus cosas para ir al baño y ducharse. Todo en un perfecto orden, primero la toalla, después la ropa y las chancletas para el baño. Luego desaparecería con su figura delgada en el umbral de la puerta y escucharía el sonido de la puerta cerrarse. Así sucedió, en ese preciso orden, como cada día.

No era idiota y no sabía mentirse a sí mismo. Las manos le temblaban de ansiedad y su boca se secaba para luego salivar en demasía. Él quería tocarla y besarla, como lo hubiera deseado cualquier otro. Pero también quería besarle las mejillas y escucharla reír por las cosquillas mientras hundía su nariz en su cuero cabelludo disfrutando de su aroma. Kiba quería curarle las heridas que otros no habían parado de infligirle. Pero eso significaba sacrificarse a sí mismo, porque Hanabi era una Hyuuga, y ellos no tenían futuro.

Porque ella era demasiado prejuiciosa y no lo dejaría acercarse sin gritarle un: "chucho asqueroso" que le dolería más que ningún otro. Si Kiba decidía invadirla, él también sería invadido. Y Hanabi era demasiado malcriada e infantil para darle algo tan preciado, porque si ella no sabía qué quería, no podría luchar por él ni cuidarlo. Hanabi era inestable, porque de a ratos parecía estar definiendo su personalidad y por otros se obstinaba en ser la Hanabi que antes todos habían deseado que fuera.

¿Qué era una mascota sin dueño?

Arriesgarse a tener algo con ella era un suicidio. Pocas habían sido las mujeres a las cuales les había permitido escrutar en lo más hondo de sí mismo, y aunque las cosas habían terminado en paz, él dudaba que Hanabi supiera hacer otra cosa más que romper a otros en un vago intento por armarse.

Así que no lo haría, esa había sido su decisión. Sería un amigo para ella en lo que le permitiera serlo, y la querría como se quiere al prójimo; deseándole lo mejor en la distancia, sin inmiscuirse en lo absoluto. Pero con el tiempo no sabía si estaba en lo acertado o no, porque deseaba besarla como pocas veces había deseado besar a alguien. Y aunque sus labios ya habían tenido mutuo contacto, él nunca quiso besarla con todas las ganas que tenía ahora.

No sabía si a Hanabi ya la habían besado con auténticas ganas de hacerle el amor, con amor. Porque si él deseaba protegerla a costa de su propia integridad emocional, no podía negarse mucho que la quería. Quería hacerle el amor con cariño, besarla entera y acariciarla sin mayores intenciones a la de sentir su piel contra la suya. Kiba quería que ella se dejara querer, porque pedirle cariño a ella que no sabía amarse a sí misma era una estupidez.

Y sus intenciones eran masoquistas, así que de nuevo regresó a pensar que lo mejor era dejarlo ir aunque le molestara algún tiempo.

Lo único que podía afirmar sin sentirse invasor, era que no quería que ella fuera sellada y sufriera todo lo que Neji tuvo que sufrir. Del mismo modo que no quería que Hinata tuviera que soportar otra vez el odio y desdén de otra persona cercana a ella. Hinata no lo soportaría, y tampoco él.

¿Por qué, maldición, no podía tomar un rumbo y caminar por él sin distracciones?

—¿Vienes? Tu café se enfriará si no te apresuras.

—Ajá. —Masculló, sentándose en la cama.

Una vez que estuvo en la cocina, la cual tenía apenas un par de tenues luces encendidas, se tomó la mitad de su taza de café en dos sorbos largos. Necesitaba despertarse de su letargo y finalmente dejar sus desvelos atrás. Nada saldría de ellos, nada bueno al menos. Ellos terminarían rotos y solos si intentaban tan siquiera llegar a un "quizá".

—Están buenos, aunque sean de ayer. —Comentó Hanabi sobre los dangos, mientras mordía uno—. Igualmente debes hacer las compras hoy.

—¿Qué tal si te invito a comer?

—Harás las compras igualmente. —Señaló— Y no deberíamos exponernos tanto.

—Ya sé que nos vigilan, pero tampoco es la gran cosa.

Hanabi no le respondió de inmediato sino que pareció analizarlo con real conciencia del asunto. Ambos sabían que el clan Hyuuga los vigilaba, aunque la misma Tsume Inuzuka había conversado con el cabecilla de su clan. Hanabi dejó las servilletas con las que se limpiaba los dedos a un lado y comenzó su técnica familiar; el ojo blanco.

—Solo un vigilante casual, sin la técnica encendida. Es de la parte más baja del clan, ninguna amenaza. —Detalló casualmente—. Han bajado la guardia porque han corroborado que no hacemos nada indebido.

—¿Qué consideran indebido? ¿Están esperando que tengamos sexo en el sofá o qué?

Hanabi giró los ojos.

—Es exactamente lo que están esperando, que rompa los límites.

—¿No puedes ni siquiera elegir con quién quieres hacerlo? —Preguntó tratando de ser irónico, aunque tenía real curiosidad.

¿Hasta qué punto ellos habían controlado la vida de las hijas del jefe? Nunca le había preguntado a Hinata algo tan indiscreto como aquello, pero si vivía con Naruto dudaba honestamente de que fuera solo para unos breves arrumacos. Entonces, pensó, de seguro ellos creerían que Hanabi estaba siguiendo sus pasos y pensaban que las cosas se les estaban yendo de las manos. Una cosa era que la heredera se "fugara" con un potencial Kage. Y otra muy distinta es que una futura miembro de la rama secundaria lo hiciera. Era a todas luces un desafío.

—¿Y a ti qué te importa? —Preguntó, ruda. Era una clara señal de que el tema la incomodaba.

—Resulta que en casi veinte días no he hecho nada de nada con mi esposa. —Se burló.

Aunque no había tenido otras intenciones detrás de aquella afirmación, pronto se dio cuenta de que era cierto. No había pretendido llevarlo tan lejos en ningún momento, pero quería saber; necesitaba esa confirmación de su posible sellado.

—Puedo tener relaciones sexuales con quien me apetezca. —Informó.

Kiba no insistió y ella dejó que el tema se alejara. Hyuuga terminó de comer en el mismo silencio que él había instaurado y levantó los platos rápidamente.

—Sabes que eres libre de la apuesta, no tienes que hacer nada que no quieras hacer. — Repitió Kiba.

—Pacté treinta días, quedan doce. Cumpliré mi parte, di mi palabra. —Replicó— Seré tu esposa perfecta y haré lo que creas que una esposa perfecta hace.

Hanabi dejó los platos sin fregar en el lavatorio y para reafirmar sus palabras caminó hasta él y sin advertencias previas tomó su rostro y lo besó de lleno. Kiba, quien había estado deseando constantemente besarla, tomó la oportunidad sin hacerse de rogar. Una de sus manos masculinas se posicionó en la cintura de ella y la apretó sin fuerza. La otra migró a su cuello y la obligó a inclinarse.

La muchacha dejó sus manos vagar hasta sus hombros y luego perderse en su melena descafeinada que siempre le había llamado la atención. Se besaron con todo el deseo reprimido de los múltiples días de lejana admiración. Con los labios moviéndose frenéticamente sobre los opuestos, buscando llevarse todo aquello que pudieran tomar, sorbiendo sus alientos mezclados en escasas respiraciones que llevaron a sus cuerpos a juntarse por instinto.

Ella le mordió sus labios a modo de una ruda caricia y él invadió su boca sin autorización, pero ella cedió y le permitió perderse en ella concienzudamente. Con sus manos tocando todo lo permitido y rozando los límites del pudor. Hanabi se estremeció entre los brazos que se cerraban sobre ella sin obligarla a nada pero dándoselo todo. Y nunca se sintió tan deseada, y tan querida como en aquel momento efímero.

Luego él la soltó y, como si nada, le besó las mejillas y le acarició el pelo mientras su otra mano se aferraba a sus caderas. Hanabi dejó las manos en sus hombros sin saber qué hacer con ellas. Kiba besó su cuello suavemente y luego sus hombros hasta dejar su mentón reposar en él y aspirar fuertemente su aroma.

—Aquí eres perfectamente libre, Hanabi. —Repitió a su oído, y Hanabi entendió por qué siempre se lo repetía una y otra vez.

Con la única persona con la cual era libre, incluso recluida entre sus brazos, era con él. Kiba Inuzuka la dejaba ser libre para abusar de él y romperlo. La dejaba ser, aun cuando ella misma no se lo permitía. Sus ojos se aguaron de una emoción tan absurda como fuerte, que fluyó por ella como su sangre y su chacra. Hanabi apretó su agarre en los hombros.

—No lo soy —sentenció, suavemente—. Nunca lo he sido.


Hola, gente.

Disculpen la tardanza, mi beta quiere que le eche la culpa a ella por la demora de la corrección porque este capítulo lleva meses escrito, creo. Pero en su defensa, estabamos las dos muy ocupadas y y apenas voy tres párrafos del siguiente capítulo.

De todas maneras, estoy muy agradecida con quienes me han mandado MP y en Twitter pidiéndome que actualice y preguntándome cosas. Estoy feliz de que a pesar del tiempo que me toma actualizar y escribir, hacerme tiempo entre la facultad y mi vida personal, y de que a pesar de ello sigan allí, incondicionales. Gracias, de verdad.

No puedo prometer volver a actualizar hasta Agosto, que acabe de rendir mis exámenes finales. Ahora vienen las regularizaciones y no puedo atrasarme, pero quiero que sepan que no voy a abandonar el fic. Mil disculpas.

Besos, y todo mi cariño. Gracias por leer.