No me lo van a creer! Nunca he pasado tanto tiempo sin publicar pero AL FIIIN!
HE VUELTO! Y lista para empezar mis vacaciones :D
Pregunta random: Alguien más aparte de mí sintió como un golpe en el estómago cuando dijeron que la 2º temp. De SNK sería para el 2016? Mierda! Que dolor!
Bueno, entonces… aaaaarrancó la segunda parte! Están listos? Como lo previne ya, esta etapa va a ser turbulenta, lo que la diferencia no solo temporalmente de la primera. Entonces, permítanme advertir esto sólo una vez más: lo que verán de aquí en adelante va a ser fuerte, no tanto para traumarlos, me imagino (espero), pero lo suficiente como para justificar que esto es un Rated M. Por lo tanto, leen bajo su propia responsabilidad.
Segunda advertencia: nada de lo que pase de ahora en adelante lo improviso o imagino conforme a como se desarrolle (me explico?). Todo tiene un porqué, el argumento ya es uno y no lo voy a cambiar, es demasiado tarde para eso. Comentario a propósito del tema: esto lo aclaro una y otra vez porque me acompleja, en cierto sentido, cuando a un autor se lo critica por cambiar y poner y sacar cosas tan extremas, radicales y repentinas dependiendo de su conveniencia. Yo no hago eso, si no gusta lo que hago, o voy tan lento que llego a impacientar a los lectores, lo siento mucho u_u pero no es mi intención volverlo algo diferente de lo que ya pensé… a su tiempo, todos tendrán respuestas para todo… nee?
Música para el capítulo, que por cierto sólo tiene sentido si la escuchan en la anteúltima escena, y que por cierto usé abusivamente (?) como título del capítulo: watch?v=fNvij27gfuA
Oh! y Rivaille ya tiene 15 ;) Arikysan me hizo acordar de aclararlo.
Corazón delator
Lunes, calor, dolor de cabeza. En la historia nunca hubo peor combinación para el mal humor, o al menos de eso estuvo segura Mikasa ese día.
Temprano y recién iniciada la primavera, fue brutalmente arrastrada por Mina a una peluquería de confianza al que la otra chica asistía regularmente para alinear sus puntas.
En su único día de franco en mucho tiempo, casi hora y media la pasó clavada a ese sillón con un espejo y un libro enfrente, y el peluquero detrás, con evidentes ganas de cotillear con ella pero rechazado con la más impenetrable barrera de frialdad que Mikasa nunca se esforzó tanto en mantener.
Al terminar y salir de allí, Mina, con su mejor humor post-tarde de compras, recalcó lo hermosa y renovada que se veía, con el cabello negro nuevamente corto hasta los hombros, pero ondulado y arreglado con buclera profesional. El efecto no duraría mucho, por supuesto.
Ella, sin inmutarse, intentó remar en un rio de miel cuesta arriba para sostener la euforia de su amiga.
—A ti también te queda lindo— y dibujó una sonrisa forzada.
—Oh, gracias. Tú te ves divina, o te verías, si cambiaras un poco la cara— insinuó.
—¿Qué tiene mi cara? —preguntó Mikasa desentendida.
—No has cambiado en meses esa cara de condenada a muerte. ¡Anímate! Para eso te invité a ir de compras.
—Gracias por tu noble intención, pero no entiendo qué esperabas con esto.
—¿No? ¿Acaso no te sientes diferente? ¿Renovada?
—Para nada— obvio su nuevo corte y peinado.
Tras varios intentos de hacerla sentir materialistamente completa con ropa nueva y algunos cosméticos, Mina desistió de seguir intentando, y horas más tarde, se despidieron en una intercepción de avenidas muy transitada por autos y peatones, donde la chica bajó las escaleras hacia el subte.
Mikasa miró la hora: casi las seis. Le había prometido a Rivaille pasar a buscarlo por el gimnasio del club cuando este terminara, en apenas minutos.
Apresuró el trámite y a paso ligero, llegó con cinco escasos minutos de anticipación a las puertas del Sapporo Amateur Futbol Club, que cruzó para encontrarse en la recepción, saludar a una señora que recibía llamadas, y pasar por la puerta vidriada de su izquierda hacia el gimnasio.
El mismo, extenso aunque de techo bajo, constaba de un primer sector de aparatos aeróbicos, y uno mucho más al fondo, casi llegando a la salida a las canchas, donde dominaban los de musculatura.
Caminó despacio sobre el pasillo de piso alfombrado que ahogaba el ruido de sus tacones, cuando la música de ambiente ya se había acabado, mirando a algún que otro muchacho que elongaba, se rehidrataba, o se retiraba. Por supuesto que no pasaba desapercibida, con su peinado y maquillaje, y vestido corto naranja con flores del mismo color, bastante impropios para el lugar.
Inspeccionando toda la estancia cuidadosamente con la mirada, vio hacia el final a un joven aún sentado en ese extraño conglomerado de metal con cables, mancuernas y pesas de hierro detrás, tirando de ellas y exigiendo sus brazos.
Rivaille de frente a ella, y a cierta distancia, aún no se había percatado de su presencia — probablemente tampoco de la hora—.
Ciertamente siempre la ponía nerviosa ir allí, y no la hacía muy seguido. Con mucho cuidado se aproximó a él, pero manteniendo su prudente distancia recomendada; no quería molestarlo ni que se sintiera apurado. Por tanto, se dedicó a mirarlo a una distancia segura, y esperar.
Rivaille estaba cambiado, era muy notorio ahora que podía verlo sin remera luego de tanto tiempo que en él rehuyó a ella. Cierto que la adolescencia despertaba ciertos pudores, pero lo único que había logrado era sorprenderla más ahora. Estaba más alto, por lo menos dos cabezas más que hace tres años, y tonificado; muy atractivo.
El tiempo y el entrenamiento se habían encargado de hacer lo suyo, y de eso Mikasa estuvo segura cuando se encontró repentinamente ensimismada, repasando cada borde de su cuerpo sudado, delineándolo desde la cintura hasta el cuello, y subiendo por su rostro parcialmente oculto entre una serie de mechones pegados a su cara por la transpiración.
"Joder, que se volvió en verdad apuesto…" ¿Pero "apuesto" era la palabra? ¿Para ella por lo menos?
Cuando el muchacho terminó su tanda, se retiró de las mancuernas y, aun sentado en el aparato, tomó una toalla y se secó la cara, retirando el flequillo y dejando al descubierto sus oscuros ojos azules. A pocos metros de él, una mujer un poco descolocada consigo mismo retenía el aire ante esos ojos, la expresión de su cara, la barbilla más tensa; definitivamente un rostro mucho más maduro que le hizo tragar duro por un segundo, al mismo tiempo de sentir unas contracciones eléctricas involuntarias en todo su cuerpo del ombligo hacia abajo.
¡Por el santo padre de toda la hermosura!; de verdad que Mikasa se quedó ahí parada como idiota mirándolo, tan despistada y repentinamente alejada del mundo, y quizá nadando en azúcar líquida o nubes aromáticas, quien sabe.
Lo peor para ella fue cuando finalmente Rivaille subió la vista luego de desprender sus sensuales labios del pico de su botella de agua al verla.
Ella seguía con la vista clavada en ellos, mojados y brillantes, repasados por su lengua para secarlos, cuando de repente subió hasta sus ojos y se percató de que ya la había visto.
—Mikasa, estabas aquí… ¿Me esperaste mucho tiempo? —preguntó casual.
Esas palabras, si bien despreocupadas, resultaron un choque duro y contundente a su ensoñadora conciencia momentáneamente ausente, que se alarmó y exigió volver en sí para contestar cuanto antes y no parecer una completa colgada.
—¡Eh! ¿Qué? Ah, ¡AHH! ¡Sí!— sus palabras salieron a los tumbos— ¡Acabo de llegar! ¡No te preocupes! ¡Te espero! —y puso su bolso frente a ella sujetándolo con fuerza, como intentando levantar un escudo de protección.
Él se la quedó mirando dubitativo, pero obvio su desliz de concentración llevando una de sus manos al cabello para arrojarlo desordenadamente hacia atrás.
Eso fue definitivo. Mikasa se puso roja e hirviente como un fierro en las brasas, mordiendo sus labios. Atinó a darse vuelta e improvisar un dificultoso: —¡Te espero en la recepción!
Cuando la vio salir del gimnasio, se dirigió a las duchas y procuró apurarse para estar listo antes del horario de cierre; sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que se tardaba siempre en la ducha. Pero, pese a sus intentos de economizar jabón y shampoo, hacer locuras con sus rizos negros y apretar demás a la esponja, no lograría acelerar este proceso que era más como un ritual sagrado para él.
Bajo el agua tibia que lo bañaba, su mente se distraía, tal vez por minutos valiosos enteros, volviendo a las despampanantes curvas de Mikasa, a sus senos y a sus muslos, contorneados por ese tentador vestido, corto y apretado. Y el cabello estaba diferente… ya no era largo, estaba corto como a él le gustaba, pero ondulado. El cabello nunca le había importado demasiado. El mismo nunca más se dejó crecer el de la nuca, pero el cabello de Mikasa era especial, casi exótico, y olía bien. Por alguna jodida razón que le faltaba entender, siempre olía bien, cosa que él no lograba con permanencia.
Su inquietud tocó el punto álgido al percatarse de que su entrepierna se endurecía a cada segundo. Se reprochó a sí mismo e intentó distraerse, pero nada funcionaba; las imágenes provocativas sobrevolaban su cabeza desquiciándolo. Bajó la mano hasta su falo y lo sujetó con rudeza; estaba caliente y palpitante. Miró en todas direcciones como prevención: nadie quedaba ya en el vestuario, era bastante tarde, no corría peligro.
Empezó a subir y bajar su mano para incitarse, apoyando la otra mano en la pared y cerrando los ojos; era inevitable, masturbarse pensando en Mikasa era algo que ya tenía asumido desde hacía tiempo, de hecho, ya había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho. Claro que en sus fantasías nunca la tocaba, no se atrevería; sólo se limitaba a idealizarla denuda, abierta de piernas, tocándose, o en cuatro patas y con el trasero en pompa, con sus pechos redondos de erguidos pezones rosados rebotando acompasadamente. El mismo movió su cadera empujando contra su mano, y se mordió el labio inferior para callar un gruñido.
Se estaba volviendo loco, o ya lo estaba, desde hacía años; sus amigos le habían mostrado cientos de películas porno, con las que conseguía entretenerse, por un rato nomás, antes de empezar a imaginarse a Mikasa en esas mismas situaciones y posturas.
Apresuró el ritmo de su mano, retiraba y recubría la piel de su cabecilla en cada envión, que desprendía humedad.
No concebía en su mente aún, la idea de perder la virginidad, menos aún la idea de hacerlo con Petra, y muchos menos aún la idea de manosearla o impregnarse en sus fluidos. La imagen le parecía chocante; no tenía que ver con que la rubiecilla fuera delgaducha y escuálida, o más plana que una puerta —bueno, tal vez un poco podía influir—, pero la sola idea de practicar sexo con ella, le parecía tan atractiva como meter la cara en el estiércol. Sobre todo después de aquella experiencia.
Por lo tanto, sus desmedidos arrancones pasionales debían ser descargados en un amor platónico y no correspondido, originado en una mujer que representaba por lo menos una docena de tabúes, placeres prohibidos y romances escabrosos.
Cuando acabó, hubo de lavase la mano antes de proseguir con el resto de su cuerpo, con la respiración aún agitada, y sobre todo una inaudita frustración y fastidio.
Momentos luego volvió a la recepción, donde Mikasa lo esperaba. En lo que restó del día, volvería a casa caminando tranquilamente junto a ella, quien no le dirigiría ni una palabra ni una mirada siquiera, cosa que le pareció extraña y lo molestó bastante.
Lógico, de otra forma no podía ser. Sus primeros años de adolescencia fueron un sinfín de torturas mentales y bochornosas situaciones que incitaban su turbulento y trágico despertar sexual.
Ver la ropa interior de Mikasa tirada por ahí en su habitación; las tardes calurosas de verano cuando se paseaba por la casa luciendo una delgada y desgastada remera de tirantes transaparentada con los años, y unas bragas con forma de shorts estampados con fresas; cuando ella experimentaba alguna nueva receta para un postre y le pedía su opinión mientras lo hacía, extendiéndole dulce en una cucharilla que ella misma recién acababa de chupetear degustando; su olor a perfume y a mujer impregnado en todo el sillón luego de que pasar una noche de insomnio mirando películas; en fin, un sinfín de situaciones que llamaban a sus bajos instintos a través de calor y excitación.
Le constaba que nada de esto era intencional por parte de Mikasa; la verdad, su relación y convivencia no había cambiado absolutamente en nada. Él es el que había cambiado, y sobre todo su percepción de las cosas.
Su sangre bullía cada vez que algún tipejo —amigos o compañeros del trabajo, seguramente— venían a buscarla para salir alguna tarde o noche de fin de semana, y él, con el reducido o casi nulo poder que ejercía sobre ella, como mucho podía aspirar a verlos partir desde la ventana de su habitación, y gritarles que no vuelvan tarde o alguna de esas tremendas quilipolladas más propias de una madre pesada que de un adolescente.
Pero sin duda lo más recalcitrante, eran aquellas noches en que no volvía a casa a dormir, en el mejor de los casos, porque el puesto número uno en su escala de cosas que lo hacía perder la razón de pura furia, era que volviera acompañada de algún tipo con el que luego se encerraba en su habitación, y lo siguiente para él consistía en alienarse en el reducido espacio virtual de sus juegos online, con el volumen a todo lo que daba, para no escuchar los gemidos y los golpes en la habitación contigua.
Eran, una por una, cosas con las que había aprendido a convivir sin rechistar, quejarse o hacer un escándalo.
No podía pedirle que se vistiera con más ropa, estaba en su casa y tenía toda la libertad del mundo.
No podía pedirle que dejara ese embriagador perfume, porque a él qué le importara lo que se pusiera o dejara de ponerse.
No podía pedirle que deje de salir con tipos que le duraran máximo una noche, porque era su vida.
No podía irse a los puños y aplicarles alguna llave mortal a esos patanes, porque iría al reformatorio, o la cargaría a ella con alguna demanda por daños físicos y esa mierda que ya le taladraba la cabeza horrores, desde el día en que por curiosidad empezó a investigar sobre leyes en los viejos libros de la universidad de Mikasa (por qué no decirlo: interesado más que nada en tema pedofilia, violación y penas).
Ante todo, lo primero que no podía pedirle, y nunca podría, era que dejara de ser tan desquiciantemente hermosa, o pedirle que deje de embelesarlo y provocarlo de esa manera, o pedirle cosas mucho más escabrosas... cosas sin nombre, con las que soñaba algunas noches en que despertaba acalorado, con la respiración entrecortada y con una potente erección entre las piernas.
Al volver a casa Rivaille supuso que lo mejor para airear su mente sería volar hasta su sofá y enfrascarse en otra interminable tanda de horas de la serie que le habían prestado en formato DVD, dejando a Mikasa con libertad de hacer… bueno, lo que sea que hiciera con normalidad una soltera de 35 años en su día libre y con un "hijo" adolescente que se dedicaba a lo suyo.
Para Mikasa las opciones no eran muchas: leer, conversar por mensajes con Sasha, escuchar la radio, desembolsar los pequeñeces que había adquirido ese día, darse una ducha, cambiarse el color de las uñas, tal vez leer un poco más, y dormirse. Después de todo, Rivaille ya le había dicho que no cenaría.
A eso de las 10, y con una toalla envolviéndole el cabello mojado, bajó a la cocina buscando algún dulce del refrigerador, sin despegar la vista de su teléfono, donde leía por internet con mucho interés unas buenas recomendaciones de libros. Bajando las escaleras, pudo ver el resplandor de la televisión llegar desde la sala: Rivaille planeaba desvelarse de nuevo viendo sus niñerías, o ya se habría quedado dormido sin querer. Lo ignoró y siguió en lo suyo; dejó el aparato sobre la mesa y se inclinó frente al refrigerador abierto, jugueteando con un dedo sobre su labio, y pensando si elegir unos muffins rellenos, un trozo de tarta de limón, o una copa de mousse de chocolate. Antes de decidirse por cualquier opción, su celular empezó a sonar detrás suyo recibiendo una llamada, y sin siquiera verificarla, la contestó.
—¿Hola?
—Hola Mikasa. ¿Cómo estás? Soy Eren.
Tomó aire, todo el que pudo, y lo soltó en un suspiro de hartazgo.
—Hola Eren.
—Lamento llamarte tan tarde, ¿te desperté?
—No, descuida.
—Bien entonces, sólo quería hablar contigo por la conversación que tuvimos en el café la otra vez, es que… creo que dejamos muchas cosas sin decir…
—Yo no lo creo.
—Bueno pues… siento que no fuiste del todo sincera conmigo. Yo de verdad te dije todo lo que pensaba, TODO.
Mikasa bostezó sin ruido y se cambió el celular de oreja mientras Eren hablaba.
—Pero creo que me quedé con ganas de escuchar más de tu parte. No mentía cuando te dije que de verdad quería estar contigo, enserio quiero que volvamos, pero tú no dijiste ni "sí" ni "no".
—En realidad, creo que fui mucho más clara de lo que tú llegaste a notar. Dije: que me sentía alagada, y que no guardaba rencores contra ti, y que te agradecía las flores, pero que NO quería continuar con eso.
—¡Pero si tú fuiste la que estuvo de acuerdo con salir!
—¡Pero porque tú insististe, lo nuestro está enterrado hace años, pero creí que necesitabas que te lo dijera en la cara para que lo entendieras!
—¡Mikasa, por favor! No puedes mentirme, nunca has podido, ¡ni tampoco puedes mentirte a ti misma! ¡Te duele estar sola! ¡Te duele no tener a nadie! ¿Crees que no se lo deprimida que has estado este tiempo? ¡Necesitas que esté contigo!
—¡Tú no sabes nada sobre mí! ¡Y deja de pretender que lo haces!
—¡Déjate de insolencias y estupideces! ¡Yo sé más de ti que tú misma! ¡No me subestimes!
—¡Deja de acosarme porque no obtendrás nada bueno de mí! ¡Te lo digo por última vez! ¡BASTA YA!
—¡Tú no puedes ni podrás olvidar nunca lo que tuvimos! ¡¿Escuchas?! ¡Ya verás que-
**pup pup pup**
El tono de llamada interrumpida se escuchó en el teléfono cuando Rivaille irrumpió de la nada y se lo quitó a Mikasa de las manos para cortar.
La miró taciturno con el aparatito en la mano, comprobando en el rostro de la mujer, esa inescrutable mezcla de nervios, enojo y miedo.
—¿No te había dicho ya, que no le atiendas?
—Suena fácil decirlo— se defendió ella.
—Cambia tu número. Compra otro teléfono.
—Volverá a conseguirlo, siempre lo hace. No me deja en paz— le arrebató su celular de las manos al chico para salir de la cocina nerviosa.
Pero sólo consiguió que él la siguiera de cerca.
—Debes denunciarlo, es fácil, hasta en tus libros dice cómo.
—¡No creo, que puedas entender la situación, Rivaille! —se volteó exasperada.
—¿Cuál es la situación? ¿Por qué no puedo entenderla? Un tipo te está acosando a diario desde hace años y no te deja vivir tranquila. ¡Sólo ve con la policía!
—¡Es que no quiero darle ese nivel de gravedad! ¿Imaginas lo que sería capaz de hacer si lo denuncio?
—Nada que la policía no pueda manejar. ¡Ve con Erwin! ¡Él puede ayudarte!
—¿Con qué pruebas? ¿Cómo? ¡No sé ni cómo hace para seguirme pero lo logra! ¿Y si te hago caso? ¿Y si lo denuncio y lo encuentras inocente? Si queda libre… ¿no piensas qué haría?
—Me gustaría ver que se atreviera a ponerte una mano encima… porque sería lo último que haría.
—¡Ves! ¡¿Lo ves?! ¡Ahí estás tú también! ¡Tú te vas a meter en esto! ¡Y no quiero! ¡Pero como eres un cabeza dura lo harás! ¡Y si tu llegas a salir lastimado por mis problemas… YO…!
—¿TÚ QUÉ? —la agarró fuerte de la muñeca para atraerla hacia él, dejándola a solo centímetro de su cara. —¿Qué harías? ¿Te matarías? ¿ME matarías? ¿Lo matarías A ÉL?
¡¿Qué locura estabas por decir?!
Se quedó muda ante sus penetrantes y filosos ojos acusadores.
—Lo siento… — su voz se quebró.
El soltó su muñeca.
—No quería… te juro… yo no haría nada de eso… yo sólo quiero… yo no quiero que te pase nada Rivaille.
—Sí, ya lo sé— lo obvió él volteándose. —Mira, hemos tenido esta discusión muchas veces, no me excluyas de un tema que por derecho me incumbe. Yo voy a ayudarte tanto como se me antoje a resolverlo, ¿estamos? —la miró sobre su hombro, y la vio llorando, de nuevo.
—Aham… —se secó las lágrimas, acomplejada. Odiaba tener que llorar frente a él a estas alturas; odiaba mostrarle su debilidad; pero odiaba más que nada que la viera tan perturbada por tenerlo cerca.
El bufó.
—¿Quiere ver conmigo una película? —sugirió más despejado.
Ella se recompuso enseguida y asintió aún con su acongojada cara. Ellos siempre arreglaban las cosas así: con alguna película nocturna, acompañada de comida chatarra o algo de esa basura comprada que tanto les gustaba.
Contrario a muchas ocasiones anteriores, ahora perdidas en solo recuerdos, cada uno se acomodó en su mitad del sillón, en extremos bien opuestos, procurando no disminuir la distancia que los separaba del otro ni por accidente, mientras se pasaban un plato de trufas que compartían y miraban un clásico de los '80 que a Mikasa le gustaba mucho a pesar de no ser de su género de preferencia: Fame.
—Eh, oye— dudó Rivaille tratando de romper el silencio incómodo.
—¿Qué?— respondió ella expectante.
—Quería saber… si, te gustaría… porque los chicos y yo íbamos a… y bueno, como son vacaciones… pensé que no tendrías nada que hacer…
—Rivaille.
—¿Qué?
—No te entiendo nada— se rió.
—Yo tampoco me entiendo— rió el también. —Lo siento, sólo quería comentarte que saldríamos con unos amigos al centro comercial la semana que viene, y no es como que me enorgullezca mucho aparecerme por ahí con "mi mami" como si tuviera cuatro años, pero te veía muy sola y aburrida este último tiempo, así que pensé en invitarte a que vengas.
—¿Yo? ¿Salir contigo y tus amigos? —lo miró descolocada.
Él se ruborizó. Hasta pudo ponerse en su lugar y comprender lo loco que sonaba.
—Bueno, sólo te lo comenté. Sí, fue ridículo, lo sé.
—Iré con todo gusto— se acomodó en el sillón de nuevo en su lugar con regocijo.
—¿En serio?
—Claro— le aseguró sonriendo. —Puede ser interesante.
—Pues, excelente… creo— volvió la vista a la película.
La tarde del sábado de la semana siguiente fue un claro ejemplo, de una experiencia de supervivencia extrema, no apta para aquellos que ostentaran muy poca paciencia, como Mikasa, por ejemplo.
El día empezó bien: ella y Rivaille llegaron al centro comercial más visitado del distrito comercial de Sapporo, a eso de las once de la mañana. Entraron y esperaron pacientemente a metros de la entrada, en una curiosa fuente de aguas danzantes, mientras miraban con asombro la enormidad de esa mole de por lo menos ocho pisos, enormes ventanales y carteles luminosos con marcas conocidas anunciándose.
Apenas de a uno o dos, los muchachos, y para sorpresa de Mikasa, muchachas, fueron apareciéndose a distintos horarios, más que nada, dependiendo del antojo de cada uno.
Habiéndose conformado un consistente grupo de por lo menos nueve personas (sin contarla), pudieron dar inicio a sus actividades juveniles, que se caracterizaban por ser: un 30% pérdida de tiempo en banales conversaciones de amoríos, durante el rato que tomaron unos helados; 20% de tiempo perdido en el baño (que aumentaba en el caso de las mujeres); 10% movilizándose por toda la larga y ancha extensión del lugar para mirar vidrieras, atracciones y otras curiosidades; 5% burlándose alternadamente de las payasadas de los chicos en la edad del pavo, que pedían implícitamente a gritos algo de atención de las chicas; y el restante 35%, en uno de los eventos fundamentales que motivaron la salida del día: la nueva pista de patinaje sobre hielo inaugurada hace días en la anteúltima planta.
Cabe aclarar, que cada quince a treinta minutos, un nuevo integrante se sumaba al grupo, habiendo llegado tarde, como era de esperarse por los demás, terminando al final del día con algo más del doble de la gente que lo había empezado. Todo esto durante unas seis horas de corrido que Mikasa soportó, manteniéndose callada, mirando más bien de lejos, y aprovechando la oportunidad de realizar un estudio profundo, avanzado y completo sobre el comportamiento y la convivencia entre esos curiosos animales que la gente denominaba "adolescentes".
Por supuesto, no faltó el que se percató de que esa "extraña mujer" que iba con ellos a todas partes era la "madre de Rivaille"; la conocían de reuniones y actos en la escuela unos, y tardes en casa de Rivaille otros. Estos mismos preguntaron sin demasiado interés el porqué de su presencia, a lo que su anfitrión se limitó a contestar un desabrido y escueto: —Estaba aburrida y tenía ganas de venir.
Él mismo no se salvó de alguna que otra broma, que hablaba de "nenes que no podían salir si sus mamis no los llevaban de la correa", u "casos de hombres que continuaban viviendo con sus madres a los 40", o "respetados y honorables campeones del club de lucha de la escuela, en paralelo con prestigiosos jugadores de las inferiores de Sapporo futbol Club, que por esas cosas de la vida, aún necesitaban que sus madres los guiaran para no perderse en los lugares públicos". No hace falta aclararlo: muchos de esos chistes se remataban con un puñetazo de Rivaille directo al mentón del bromista estrella.
Habiéndose pagado cada uno su correspondiente entrada, accedieron en malón a la pista de patinaje, refrigerada y friolenta, y se descontrolaron de inmediato para hacer fila y pedir patines.
Mikasa se sentó en la gradas bajas a un lado en medias y con sus botas en la mano, con la paciencia que demandaba se colocó un patín y luego el otro, y una vez que se los hubo colocado, hecho un primer vistazo rápido al resto de los visitantes.
Un grupo de seis chicos se habían quedado sentados definitivamente, con hamburguesas en las manos y con la plena convicción de no pisar el hielo ese día; otro grupo de varones entre los que se incluía Rivaille, terminó de prepararse y salió disparado hacia la pista de inmediato, donde sonaban alternadamente temas musicales de ambientación; él y otros dos, dieron con sus caras en el hielo en apenas tres segundos de haber entrado, los otros, salían deslizándose hacia el centro mientras se reían. Mikasa no pudo evitarlo, ver al mocoso que discutía con ella por el control del televisor todos los días, darse con la nariz en el frío suelo, le hizo pegar carcajadas.
Podría decirse que ninguna de las chicas tuvo problemas en general; aunque excepcionalmente alguna perdía el equilibrio bastante estúpidamente y debía ser sujetada por la cintura desde atrás por otro muchacho, al que esa misma recibía con una sonrisita boba en la cara un rubor un tanto exagerado. Mikasa supuso desde luego que todo era parte de su macabro plan por ganar atención masculina, de un modo no tan directo; a su edad, las artimañas adolescentes eran casi de manual.
Volvió su vista a Rivaille, quien junto con otro chico igual de moreno y paliducho como él, se apoyaban mutuamente tratando de pararse, sin demasiado éxito.
—¿Qué pasa Rivaille? ¿Dónde están esos reflejos ninja? —se burló uno que pasó a su lado deslizándose sin inconvenientes.
El aludido le mostró el dedo del medio y se miró fijamente con su compañero caído y en la misma situación.
—Tomoki, es ahora o nunca— declaró Rivaille con toda su seriedad, mientras su amigo asentía.
En cuanto pudo poner los pies rectos y enderezar sus rondillas de un envión, sintió una presencia pasar a su lado a velocidad récord y tomarlo de las manos para impulsarlo hacia adelante con violencia.
—¡HOLA PEQUITO! ¡PERDÓN POR LLEGAR TARDE! ¡YA VINE A RESCATARTE! —le gritó Petra en un saludo por demás eufórico tratando de ayudarlo a avanzar, viéndolo de frente.
—¡No no no no! ¡Suéltame Petra, vas a hacer que me caiga! —le soltó las manos aterrorizado de verse repentinamente avanzando hacia adelante sobre el hielo. En cuanto lo hizo, calló de nuevo hacia atrás aterrizando sobre sus posaderas.
—¡Mi amor! ¡¿Te hiciste daño?! —se paró a ayudarlo.
Mikasa descompuso su gesto en cuanto reconoció a la distancia a la cría rubia. Claro, debió haber imaginado que tarde o temprano aparecería, pero hubiera preferido que fuera tarde, más tarde, más más tarde.
A escalones de distancia de ella, a su espalda, dos de los muchachos que habían decidido pasar del hielo, la miraban empedernidamente, cuchicheando entre sí, haciendo comentarios subidos de tono que ella no pudiera escuchar, referidos puntualmente a sus pechos y su trasero, con caras libidinosas y sugerentes.
Cuando se cansó de ver las manos de Petra sujetando y apretando a Rivaille por un lado o por otro para ayudarlo inútilmente a patinar, Mikasa optó por despejar su mente y salir a la pista ella misma. Caminó con torpeza, tan solo hasta el borde donde terminaba la alfombra, y un escalón más abajo empezaba el hielo, donde puso los pies y salió impulsada hacia adelante como si volara.
En segundo ya estaba en la otra punta, dando un giro bien abierto para no chocar contra la barrera y volver en la dirección contraria; rápidamente se impulsó con más velocidad esquivando una serie de obstáculos (las demás personas) que se interponían en su camino, y no se movían tan rápido como ella. Tanto Rivaille como sus fanfarrones amiguitos la miraron descolocados; ninguno se esperaba que "la señora" saliera a patinar "a su edad", pero se llevaron una sorpresa. Cuando llegó al otro extremo volvió a girar, ignorando completamente a la masa de ojos que ahora la seguían muy atentos, y enfiló de inmediato hacia un claro que vio cerca del centro, donde tenía lugar suficiente para intentar algo más divertido que sólo deslizarse. Rivaille la siguió nervioso de que se callera, y creyó que le daría un infarto cuando la vio girarse patinando hacia atrás; lo primero que pensó fue que se caería, pero no. A modo casi profesional llegó al claro y abrió una pierna, seguido de los brazos, flexionó las piernas y en menos de lo que al chico le dio la conciencia para darse cuenta, Mikasa ya había efectuado su Toe Salchow sin ningún contratiempo, para luego reacomodarse y volver a avanzar mirando al frente. El alma le volvió al cuerpo al chico, pero volvió a irse de nuevo cuando de improvisto volvió a hacerlo con tanta naturalidad como si respirara. Rivaille volvió a respirar tranquilo cuando terminó; ella parecía saber lo que hacía, no se haría daño, no debía preocuparse tanto, y en todo caso, estaba ahí junto la enfermería ante cualquier eventualidad.
Petra por el contrario, liberó a Rivaille cinco minutos para dedicarse a "imitar" medianamente la exhibición de Mikasa. Enderezó su postura y avanzó, giró y se paseó por aquí y por allá con gráciles movimientos muy agradables a la vista, obteniendo otro pequeño conjunto de miradas curiosas. En cuanto llegó a la par de Mikasa, ésta la ignoraba patinando hacia adelante, y siempre hacia adelante, con la mirada al frente, muy calmada y a mermada velocidad. Petra le empezó a dar vueltas alrededor, dibujando círculos en el hielo que la encerraban, y cada vez se hacían más pequeños.
—Hola Mikasa— la saludó con tono juguetón.
—Hola Petra— respondió cortada, sin mirarla más que cuando le pasaba por adelante en sus vueltas.
—¿Cómo estas, Mikasa?
—Muy bien, Petra— usó el mismo tono apático.
—¿Puedo preguntarte algo, Mikasa?
—Lo que quieras, Petra.
Ambas se pararon en cuanto la niña se detuvo justo frente a ella obligándola a frenarse.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Acompaño a Rivaille. Él me invitó.
—Y tú aceptaste como si nada.
—¿Algún problema?
—Uno no, una lista de problemas.
—Ve a hablar con él, yo no soy ventanilla de quejas— y la rodeó para seguir su camino, pero la chica la siguió empecinada.
—¿Acaso te aclaró, que sería una salida de adolescentes?
—Por supuesto.
—¿Y entonces? ¿No tenías otros amigos con quien ir a jugar a las cartas, o al tejo, o a tejer escarpines?
Mikasa se paró esta vez a voluntad.
—¿Me estás diciendo vieja?
—¡No, para nada! —Se mofó— Sólo pensaba que un centro comercial repleto de jovencitos no es un lugar para señoras como tú.
—¿Y dónde sería un buen lugar? ¿Un centro de actividades para jubilados? —le siguió el chiste.
—Por ejemplo— le sonrió burlona.
Mikasa la volvió a esquivar molesta. No pasaría otro día peleándose con Petra como una mocosa; no se rebajaría a su altura, ya no tenía edad para eso; sólo se divertiría.
Pero la rubia le seguía patinando alrededor, e insistía.
—¡No me digas que por fin te llegó la crisis de la mediana edad!
—¡Cállate Petra! ¿No tienes nada más divertido que hacer que reñir con "una señora como yo"? ¡Ve con tus amigos y déjame tranquila sólo por hoy! —trató de deshacerse de ella yendo en otra dirección.
—Sólo quisiera entenderlo, para luego irme: ¿por qué cada vez que salgo con Rivaille, tú me persigues como una maldición constantemente? ¿Por qué siempre estás, en presencia o en espíritu?
—Pues si te sientes perseguida por mí aunque no esté, creo que deberías empezar a hacer terapia.
—Esa no es la respuesta que quería— se le volvió a cruzar para frenarla.
—Bueno, haber: me pareció una excelente oportunidad de estudiar los comportamientos de tu especie de cerca, una ocasión única e irrepetible, así que acepté a venir. Y créeme que no me he decepcionado: ver cómo te comportas con el resto de los muchachos, es como presenciar el ritual de apareamiento de un pavo real.
Esta vez fue Petra quien se detuvo.
—¿Me estás diciendo… perra en celo?
—¡No, para nada!— se mofó imitándola— Mmm… bueno, sí— se burló.
—Vete a la mierda— murmuró la rubia y enseguida se volteó para alejarse por fin de ella.
—Oye Petra, deberías cambiar la marca de tus protectores, te manchaste los pantalones con sangre— finalizó Mikasa volteándose y yéndose en la dirección contraria.
La chica se sobresaltó y nerviosa se tapó su parte trasera con las manos como pudo, para intentar ir hasta la salida de la pista sin ser vista.
Mikasa también salió, por el otro extremo, regodeándose y con una sonrisa de victoria en los labios. En verdad no tenía ninguna mancha, pero intuyó tan sólo que se encontraba en sus días, y tiró esa bomba al aire nada más que para ver su reacción; y no erró, efectivamente tenía un olfato inhumano, o un sexto sentido para esas cosas, no por nada dicen que el Diablo sabe más por viejo que por Diablo.
Horas más tarde, el mismo malón alborotador se movilizó hasta la zona de los restaurantes y las cafeterías a tomar varias mesas, juntarlas, rodearlas de sillas, y armar un comité de la ONU desorganizado, gritón y llamativo, que no pasaba desapercibido a los ojos de ningún transeúnte. Mikasa por cierto, se quedó a una preventiva distancia de tres mesas de todos ellos.
Algunos pidieron café, otros capuchinos, otros malteadas, y ella solamente un té de durazno. La conversación parecía animada, pero no se atrevía a intervenir en ella. Ocasionalmente algún chico se volteó a verla, sin demasiado interés, sólo para comprobar que seguía ahí, pero se volvían luego de hacerlo.
—Muy bien, ¡que dé un paso al frente el que quiera ser el primero que defenestre al profesor de literatura antigua!
—Con gusto presentaré los cargos: se acusa al viejo calvo y barrigón de ser 1) un irritante malcogido 2) un violador reprimido que aprueba a las chicas con buen trasero 3) un solterón de 40 años que pasas sus días en la soledad de las Ovas hentai.
Todo el grupo rió y golpeó la mesa para festejar la ocurrencia. Mikasa, un poco más lejos, escuchó; rió al principio, pero se sintió un poco herida de orgullo al final.
—Bien, ¡ahora voy yo! Acuso a la perra de matemáticas de ser 1) una vieja recalcitrante que solo maneja dos conceptos en su diccionario: "estás reprobado" y "ustedes no saben lo que es la vida de un adulto"— hizo voz de vieja, y todos dieron carcajadas que los hacía soltar lágrimas. —2) También se la pasa fumando en sus descansos como una chimenea industrial y comiendo pastel con chocolate, luego se queja de que está gorda y tiene mala salud— y todos, volvieron a reír felicitando las ocurrencias del brillante stand up (sentado), —3) Su marido la engaño con una mujer más joven y se pasó toda la jodida clase hablándonos de él, ¡más ridícula no podía ser!
Mikasa apretó los puños bajo la mesa y se mordió el labio escuchándolos. Cierto era que de niña también hablaba esas cosas de sus malnacidos profesores, pero hasta éste punto aún no podía creer que seres tan crueles, pudieran ser amigos de Rivaille.
—¡Espera, espera! ¡Yo quiero imitar al loco de historia universal!
—¡Déjame terminar a mí primero!
El descontrol era el que mandaba en la mesa, tanto que las meseras temían acercarse a ellos a preguntar si se les ofrecía algo.
Rivaille permaneció muy callado entre todos ellos, no haciendo caso de muchos de sus chistes, por muy divertidos que parecieren, hasta ser convocado a decir el suyo propio.
El sorbió un poco de su té con leche y dijo serenamente.
—Descubrí al profesor de deportes masturbándose, con unos pantalones de gimnasia que obviamente no eran suyos, en el depósito de pelotas.
Todos aullaron en sorpresa pero también aplaudieron felicitando a Rivaille por sumar puntos a favor de echar de la escuela, a ese tipo que los hacía correr por horas y horas, de una vez por todas.
Mikasa empezó a sentirse incómoda y un poco fuera de lugar, pero no quiso darle el gusto a Petra de verla levantarse e irse de ahí sola, dejando a Rivaille entre sus garras.
El barullo continuó con la misma intensidad con la que empezó. En medio del ida y vuelta de comentarios, Petra le habló al oído a Rivaille.
—¿Es que tu mamá no puede quitarte los ojos de encima ni un segundo? —preguntó casi destilando veneno.
—¿De qué hablas? —no se atrevió a girarse hacia donde la mujer estaba sentada.
—Te está mirando. Todo el tiempo te está mirando
—Nos está mirando
—NO, ¡sólo te mira a ti! —gritó en tono de susurro. —Cuando me levanté para ir al baño y volví, seguía mirándote. Agradece que yo la conozca, porque cualquier otra persona podría tomarla por una acosadora obsesionada y denunciarla.
—Tsk… no tienes idea de lo que es un acosador.
Rivaille hizo a sus dientes rechinar de impaciencia. Quería en verdad voltearse a ver si realmente Mikasa lo estaba viendo, pero más exactamente, cómo lo estaba viendo. En verdad no sabía si sentirse acosado… o feliz. No pudo controlar sus propios gestos cuando en su rostro se dibujó una sonrisa de bobo incomparable, que gracias al cielo ninguno de sus amigos vio.
—En cualquier caso, ¿qué haces tú mirándola a ella?
—¡Es que me pone de los nervios! ¿Por qué la trajiste? ¿No habíamos quedado ya, en no mezclar vida amorosa y vida familiar? ¿Tanto te cuesta cortar el cordón, que te cagas en lo que tu novia te pide? —acusó molesta, pero lo hizo a él molestarse más, ya que la fulminó con los ojos.
—¡Oigan! ¡Tengo una idea más divertida! ¡¿Y si invitamos a la señora Ackerman a charlar con nosotros?! —se paró uno de golpe.
Todos apoyaron la idea y Mikasa se ruborizó cuando de repente y sin aviso, se vio sitiada y acosada por una horda de jovencitos que le pedían que se acercara a la mesa con ellos, que la tomaron de los brazos y arrastraron hasta allí, y que la sentaron rodeada de los principales pillos hazme reír, los que dirigían la orquesta de bromistas ocurrentes que era esa mesa.
Ahora en verdad estaba acorralada, y se sentía intimidada cuando todo el mundo empezó a preguntarle cosas raras, para seguramente reírse de sus inocentes respuestas, como cuántos años tenía, si tenía novio, si lo hacía muy seguido, o no lo hacía, que cómo eran sus profesores de la secundaria, que cómo son sus jefes ahora…
Rivaille no vio el peligro suficiente como para intervenir y "rescatarla" de los orangutanes de sus amigos, hasta que empezaron efectivamente las preguntas que lo condicionaban, y todo se fue al carajo.
—¡Oiga! ¡Óigame señora Ackerman! ¡Contésteme a mi primero! Quiero saber… —todos se callaron medio minuto para escuchar, —¿a qué edad Rivaille dejó de mojar la cama?
La estampida de risas fue general, salvo por el aludido y su tutora.
—Ah… Eh… Bueno, pues… no lo recuerdo, ahora, exactamente.
—¡A mí! ¡A mí! ¡Yo quiero preguntar! —Se entusiasmó una chica, —¿es verdad lo que dicen, de que es un otaku de closet?
—¿De closet? —preguntó Mikasa confundida.
Rivaille tenía ganas de pegarse un tiro en ese mismo lugar.
—O sea, que lo es, y no quiere admitirlo.
—¡Ah! —la mujer se avergonzó de no captar el hilo de las preguntas con rapidez. —Bueno, sí es otaku, si a eso se refieren: tiene juegos, mangas y algunos posters en su habitación, pero no llega a ser una obsesión, a mi parecer.
Todos hicieron un "oooOOOHHH!" exagerado, y otra chica tomó la iniciativa de preguntar.
—¡Ahora yo! ¡Ahora quiero saber algo yo!
—Concedo la palabra a Lymm— dijo uno de los bromistas estrellas como un juez.
—Quiero saber… ¿Rivaille ha tenido alguna novia antes de Petra?
Hubo otro gran "oooOOOHHH!" generalizado y la aludida se puso como las pavas calientes mirando a Mikasa.
Rivaille claro, seguía con ganas de que le callera un meteorito de encima.
—Pues, no… a menos que no me la haya presentado.
—Ah… —dijo la chica, con algún que otro vestigio de alivio.
—¡Yo tengo una pregunta! —saltó la siguiente chica.
Mikasa empezó a tener la dura convicción de que lo único que pretendían sacarle era información sobre él, así que se puso en plan "cuando me provocan, puedo llegar a ser una bruja", y decidió que toda chica que iría hacia ella por lana, se volvería esquilada.
—Pregúntame— aseguró más entusiasmada.
—¿Cómo fue el primer beso de Rivaille? —gritó la descarada.
Ese fue un golpe bajo. Okey, estaba preparada para devolver pelotas calientes, pero no cosas así.
Inconscientemente jugó con sus dedos nerviosa, porque sabía la respuesta, pero también sabía todo lo que conllevaba decirla.
Ni si quiera se atrevió a buscar la mirada de Rivaille en el momento en que contestó tan bajito que todos tuvieron que hacer silencio entierro para escucharla:
—Pues, verás… en realidad… él me besó cuando tenía 5 años… pero fue una cosa de niños, ¡tú ya sabes! —aclaró riéndose nerviosa.
Esta vez el silencio se mantuvo de forma extraña y misteriosa.
Petra se la quedó mirando aturdida.
Rivaille se había tapado la cara con una mano, y aunque su gesto siguiera inmutable, todo parecía indicar que pedía a gritos el "trágame tierra".
La audiencia de adolescentes se vio repentinamente bipolarizada: mientras una parte empezó a reír tomándolo como un chiste más de los muchos que había escuchado esa tarde, la otra parte ponía caras de asco o descontento.
—¿En serio? ¡Qué envidia! —comentarios dos chicos que la miraban de frente a pocos metros de ahí; los mismos que casualmente la miraban con expresión enfermiza en las gradas de la pista de patinaje.
—Bueno, por lo menos sabemos que Petra no fue la primera— se tranquilizó otra chica riendo con su amiga de al lado.
—Oye, oye, sabemos que hace años que te le quieres tirar encima a Rivaille, pero no tienes que ser tan directa, Petra está aquí ¿sabías? —bromeó otro chico junto a ella.
—Si, además de su madre— la señaló otro chico riéndose.
Mikasa se atrevió a levantar la vista por primera vez para mirar a Rivaille, pero la respuesta que obtuvo de él fue más destructiva que una bomba atómica; en ella sin necesidad de palabras, se leía a la perfección:
"¿Por qué cada vez que estamos tú y yo, con un grupo de gente alrededor, terminas mancillando mi reputación?"
Se sintió tremendamente estúpida, y presidió no seguir contestando a lo que le preguntaban, no importa cuánto insistieran. Por suerte no fue difícil ya que de inmediato se cansaron de ella, de Rivaille y de molestar con preguntas incómodas, y todos se pusieron a hacer críticas destructivas hacia las últimas películas que cada uno había visto
Petra rompía sus uñas de tanto morderlas con coraje; si había algo que le molestaba más que esa mujer llamara más la atención que ella, era que se atreva a tocar su orgullo, y su orgullo había sido destrozado en ese momento; necesitaba arrojar una bomba aún más estruendosa para rematarla.
Se aferró fuerte al brazo de su novio, encolerizada pero con una sonrisa que inspiraba temor, y habló lo más fuerte que pudo.
—¡Oye Boooon! ¡Te quiero contar algo que tal vez les interese~! —insinuó.
Todos pusieron sus ojos sobre ella inmediatamente para ver con qué salía ahora.
—Me había dicho que, cuando pasara a segunda base, querías que te contara los detalles— apretó aún más el brazo de Rivaille, que se puso tenso bajo el tacto de sus rojizas uñas. —Pues, ¿aún tienes ganas de escuchar?
Mikasa tumbó su cabeza algo confundida.
—¿Qué es "segunda base"? —preguntó.
Rivaille tragó duro.
El chico que Mikasa tenía alado la codeó y la miró con expresión obvia.
Entonces solo pudo pensar lo peor.
—Petra, no hicimos nada y es la peor idea del mundo contarlo aquí— la atajó Rivaille enojado y nervioso.
La mujer morena sintió su sangre helar, sintió que le bajo la presión y los oídos se le taparon y chillaron con fuerza, como si su cuerpo supiera perfectamente que no tenía que oír eso.
—Hay, por favor mi amor, estamos entre amigos, en confianza, al menos déjame decirles a ellas.
—¿Estás loca? —la tomó de la muñeca tan fuerte que la niña pensó que se la rompería.
Cuando subió la vista, aturdida por el dolor, vio en él ojos que le decían con toda seriedad, que por su bien, no abriera la boca.
Inmediatamente siguiente a eso, todo el mundo vio a Mikasa pararse en su lugar, con una más que obvia sonrisa de muñeca de platico impresa en el rostro, que francamente los hizo asustar un poco.
—Disculpen, creo que se meterán en un terreno un poco escarpado para mí. Mejor yo me voy, ya se está haciendo tarde y tengo cosas que hacer en mi hogar. Fue un placer haberlos conocido a todos, y nos vemos en otra ocasión, adiós— dijo como una grabadora pasa-casetes en tono absolutamente monótono y uniforme, y tan rápido que nadie pudo agregar nada, se fue de allí.
Petra se acomodó mejor en su silla en señal de conformidad, Rivaille la miró con cara de "y te saliste con la tuya", y el resto prosiguió como si nada, evitando el tema de la segunda base.
Mikasa caminó alejándose cada vez más del sector gastronómico del piso 5º, sus pies le exigían acelerar pero no sabía por qué. Sus facciones estaban endurecidas y neutrales, acordes a su despejada mente en blanco. Sentía la necesidad inconsciente e imperiosa de irse a otro lugar, donde sea; cualquier lugar estaría bien si no era ese.
Caminó por una zona de corredores con tiendas a un lado y barandillas al otro, donde cualquiera que se asomaba podía ver todos los pisos hacia abajo.
Cuando frenó esa huida, se acercó a ella y la tomó con ambas manos para asomarse; abajo la gente caminaba, había fuentes de agua internas, y puestos de comida ambulantes. Respiraba agitada por la carrera contra nadie, sus manos se apretaban contra los caños del pasamano hasta quedar blancas y por alguna razón, su corazón palpitaba exaltado.
Estaba nerviosa y no sabía porque.
Tenía claro que había quedado ciertamente horrorizada luego del encuentro cercano con esa pandilla de desubicados y maleducados que se hacían llamar los amigos de Rivaille, pero por el resto, no le correspondía opinar.
Estaba enojada, estaba furiosa y su sangre hervía en ese vaivén descontrolado hacia su corazón que parecía estrujársele en el pecho, y lo atribuyó a que los encontronazos con Petra siempre le provocaban lo mismo, pero esto fue demasiado, fue diferente, fue como la gota que rebalsó el vaso.
Mirando a lo profundo, vio caer de repente unas pequeñas gotas hacia el abismo.
Sentía que le costaba respirar, y le dolían los ojos y la garganta.
Recién ahora caía en la cuenta de que estaba llorando —o intentando inútilmente no hacerlo—.
Pero no lo justificaba, era, después de todo, asunto suyo haber ido ese día, cuando perfectamente podría haberse negado. No se esperó en ningún momento terminar tan destrozada como ahora se sentía.
¿Y lo otro? ¿Qué habían querido decir con segunda base?
Se hacía la idiota o desentendida a propósito, porque sabía a qué se referían, pero no quería admitirlo, considerarlo, ni si quiera atreverse a pensarlo. Era nefasto, destructivo, fulminante, funesto. Era una sensación horrible la que le produjo esa imagen que por milésimas de segundo pasó por su cabeza. Sólo quiso ignorarlo, como si nunca hubiera oído nada, como si ella nunca hubiera estado ahí, ni nunca hubiera aceptado venir hoy, o esa mocosa nunca hubiera dicho, o siquiera insinuado eso; irse, eso era todo lo que quería, y olvidar, y hacer de cuenta de que no le importaba.
"No me importa, no me importa, no me importe, no me importa…" Se repitió tantas veces que la frase dejó de tener sentido.
Esa relación no debía importarle, lo que hiciera o dejara de hacer Rivaille con su novia no debía importarle.
Pero las lágrimas no dejaban de brotarle de los ojos empecinadas en hacerla doler.
Se sentía horrible.
De repente se encontró a sí misma subiendo escaleras como una autómata para evitar los atestados ascensores. Se cruzó a un chico que creyó haber visto antes, y que pareció frenarse entre dos escalones para verla pasar, pero ni ella registró quién era, ni le importó. Subió y subió hasta el último piso, donde salió a la terraza, un espacio abierto con bancas, faroles y barandillas en los bordes, como un parque ubicado justo en la última planta, pero sin árboles ni césped.
A esa hora, las luces ya estaban prendidas, y la gente escaseaba. Cuando empujó la puerta de vidrio de las escaleras el viento dio de lleno sobre su rostro y terminó de secar sus lágrimas. Se quedó estática en ese lugar sosteniendo la puerta, hasta que una de las pocas parejas que quedaban se paró frente suyo con intenciones de salir, y hubo de volver a la realidad para apartarse y dejarlos pasar.
Rodeó con calma la pared externa que rodeaba las escaleras, con una mano sobre ella, avanzando muy despacio, hasta rodearlo por completo y llegar a un estrecho pasillo entre la pared en cuestión y la barandilla que daba a la caída de ocho pisos, y finalmente la calle, allá abajo.
Seguía muy aturdida, tanto que se mareó cuando miró para abajo, y tuvo que retroceder perdiendo el equilibrio hasta dar con la espalda contra la pared, donde se recargó por completo y tanteó con las manos. Se deslizó lentamente hasta quedar sentada en el suelo, y una vez calmada, pudo apreciar el cielo entintado en violeta que resultaba del sol ocultándose en el horizonte, y el negro avecinándose desde el otro polo; impregnado por doquier en luces blancas y azules. Era precioso.
Sin embargo, no podía apreciarlo por completo. En medio de su agudo bloqueo mental, nada más ocupaba a su mente que no fuera dolor, frustración y enojo; y en paralelo, una revelación mucho más esclarecedora, y a la vez turbia y tenebrosa, que ahora caía sobre ella.
Las lágrimas que sin control se le escapaban, empezaron a brotar de nuevo en cuanto cerró los ojos para pensar. Su mente voló de inmediato a un paisaje en blanco, profundo e inmenso, donde imaginó a Rivaille, su cara, su gesto, cada rasgo de su rostro, por muy pequeño y detallado que fuera. Juraría que lo conocía de memoria, los años estaban de su lado.
Luego su torso, sus brazos, sus manos y dedos, su piel, todo tan claro y definido.
Era… hermoso.
Era jodidamente hermoso y perfecto.
Y era desde luego inevitable que eso le encantara, y le provocara sensaciones incontrolables. Era tan incontrolable como hacerla flotar de felicidad cuando lo veía reírse, pero también tensarse y excitarse cuando lo veía serio.
La sensación, en sí, era tremendamente diferente de la que tenía antes. No le enternecía como lo hacía de niño, ni la hacía derretirse con sus risitas. En ese momento reconoció mejor que nunca, que Rivaille le encantaba, y la extasiaba, y la quemaba por dentro como el fuego.
Ahora sabía, por muy loco o enfermo que sonara, que Rivaille la tenía locamente enamorada.
Y podía ahora ahogarse en sus propias lágrimas por infeliz, porque él tenía su vida, una bien paralela a ella, y nada podía hacer al respecto; nada.
Ahora sí que estaba bien, BIEN jodida.
Lo que creía imposible hace unos años se había vuelto realidad; algo así como sus peores miedos materializados: se había enamorado de cada centímetro de piel, de cada cabello, de cada respiración, gesto o palabra de Rivaille, de cada faceta, pensamiento y estado.
De cada aspecto de él, del que era casi un hijo para ella.
Era lo más infame que podría haberle pasado.
Pero todo esto no le dolía tanto como saber, que el abrazaba y besaba a otra; le pertenecía a otra, llevaba a otra de la mano, y quien sabe que cantidad de cosas sin nombre hacía con otra, que ahora no quería ni considerar.
Calmó sus ansias y respiró tranquila por primera vez en horas. Se fregó los ojos y revolvió el cabello con los dedos aún con los ojos cerrados. Se permitió serenarse.
Al abrirlos, Rivaille estaba a menos de un metro de ella, en cuchillas, y mirándola con curiosidad y algo como… miedo.
Se dio el susto de su vida. Saltó en el lugar y reprimió un grito sin aliento.
—¡Mikasa! ¿Qué pasa? ¡¿Estás bien?! —lo asustó a él también con su reacción.
Ella asintió sin hablar con movimientos cortos y rápidos, como si estuviera completamente fuera de sí.
—Me... pedacito de susto me diste. ¿Qué estabas haciendo aquí? —la miraba aún preocupado—. ¿Por qué estás llorando?
Le acercó un dedo a la cara para secar una gota que caía por su mequilla, pero ella lo apartó antes de que pudiera tocarla, muy bruscamente.
—¡Nada! Nada, estoy bien. ¿Cómo me encontraste? —cada vez hablaba más nerviosa.
El señaló hacia donde estaba la escalera.
—Tomoki dijo que te vio pasar llorando, pero que no le hiciste caso cuando te preguntó.
Recordó entonces al chico que se cruzó en el camino. Debió ser más cuidadosa.
—Pero eso no importa, ¡dime que te pasa! ¿Estás mal por lo que dijo Petra verdad? —la sostuvo de los brazos más arriba de los codos.
Ella se inquietó enseguida y forcejeó para zafarse y pararse a cuestas.
—No, no. No es nada. No es eso, sólo me…
—Entonces seguro fueron ellos. Los comentarios de los chicos te hirieron ¿verdad? Pude verlo en tus ojos, sé cuándo algo te molesta y no quieres decirlo en voz alta— volvió a detenerla por los hombros cuando ésta se paró—. Mikasa, de verdad lo siento… siempre son así, pero… no se me ocurrió que podría llegar a comportarse de esa forma frente a ti. Ni mucho menos que hablarían de… de esas cosas— su relato se tornó nervioso— no era mi intención que pasaras ese mal rato, te juro que lo lamento mucho…
—Rivaille, eso es todo, no te disculpes, no me siento mal ni nada, sólo quiero irme ya—siguió tratando de sacárselo de encima antes de quebrarse frente a él.
—Y quería decirte… quería explicarte lo que estaban diciendo ahí. No es como se oye, no es nada de lo que está pensando. Petra no estaba hablando en serio. Estaba tratando de hacerte enojar por tu… tu "anécdota" del beso, ya la conoces.
—¡RIVAILLE! —lo calló de golpe cuando no aguantó más. —ME IMPORTA UN CARAJO LO QUE HAYA DICHO O QUERIDO DECIR, LO QUE USTEDES HACEN EN PRIVADO O TODO LO QUE TENGA QUE VER CON ELLA. Y LO QUE TÚ HAGAS CON TU VIDA TAMBIÉN. ¿ME ENTIENDES? ASÍ QUE DÉJA QUE ME VAYA DE UNA PUTA VEZ. TÚ PUEDES VOLVER CON ELLOS SI QUIERES. — y sin querer, gritó todo eso mientras más lágrimas salían de sus ojos.
Su mal genio no pudo ayudarlo ahora; no se quedó callado, no luego de le que gritara en la cara sin razón. La agarró con fuerza de la muñeca y la tironeó para que lo viera de frente, sin lograrlo.
—Y un carajo, te vas a ir sólo cuando me digas que mierda te pasa, por qué estás llorando y me pidas disculpas por gritarme. ¡¿QUÉ MIERDA TE HICE?! —empezó hablando tranquilo pero le terminó gritando a la cara.
—¡NADA! ¡DEJAME TRANQUILA! —lo agarraba a su vez para que la soltara, sin parar de llorar.
—¡ME DICES LO QUE TE PASA O TE JURO QUE ESTO TERMINA MAL! —sin soltarle la muñeca puso su otra palma en el vientre de ella y la empujó hasta dejarla acorralada contra la pared.
Ella no paró ni un momento de forcejear.
—RIVAILLE, NO SEAS INSOLENTE MOCOSO MALPARIDO. SUELTAME AHORA MISMO.
—O HABLAS O ESTO TERMINA MAL.
—¡RIVAILLE!
—Termina mal— se calmó de golpe y la soltó.
Mikasa no alcanzó a reaccionar a tiempo cuando vio que él se desprendía de su lado y se trepaba a la barandilla para quedar parado sobre ella, mirándola de frente.
Se aplastó voluntariamente contra la pared como si esta la hubiera absorbido; se aferró con uñas a la nada y su respiración se cortó.
Él extendió los brazos a ambos lados y le hizo un gesto, enseñándole como y donde estaba.
Su método extorsivo era extremista; había ido demasiado lejos.
Ella abrió los ojos en forma desmedida, y su sangre se heló de golpe. El frio la invadió de abajo a arriba. No podía hablar. No podía creerlo tampoco.
Negó con la cabeza, callada, como si solo con hablar pudiera provocar que él se arrojara.
El a su vez, con expresión atrevida, osada y más que decidida, asintió, asustándola más aún.
Ella negó y el asintió, poniéndole los nervios de punta.
—¡Rivaille que-¡
—H-A-B-L-A —le dijo fuerte y claro.
Mikasa tragó duro, las ideas se le agolpaban en la cabeza, no sabía qué hacer. No era capaz, estaba loco, esto era ridículo, imposible. Se dio cuenta, tarde, de que no paraba de temblar.
Al no ver ninguna respuesta, él movió sus pies con calma, deslizándolos ligeramente hacia atrás.
—No… —suplicó ella con voz quebrada.
El abrió más los ojos y arqueó ambas cejas, esperando una respuesta.
—No, no, no… —Mikasa sintió que vomitaría mientras temblaba y lloraba. Se tapó las orejas con las manos y cerró muy fuerte los ojos.
Rivaille suspiró profundo, cerró los suyos también con resignación, y sin bajarse de la barandilla, se dio vuelta para mirar el pavimento de frente.
En cuanto lo logró, sintió un par de manos agarrarlo con total brutalidad de la cintura y tirar hacia atrás.
Mikasa lo bajó de ahí con toda la violencia y fuerza que sus manos tenían y lo arrojó contra la pared sin desprender sus manos de él. Rivaille impactó contra la fría y dura superficie con la espalda, y el dolor lo invadió al segundo.
Todo esto superó sus reflejos, porque en menos de lo que pudo siguiera darse cuenta, el chico abrió los ojos resentido del dolor y se encontró el rosto de Mikasa a milímetros del suyo, quieto, neutral, completamente endurecido, pero ahí, cerca, encima suyo, sintiendo su respiración en los labios.
Mikasa lo apretaba aún por la cintura, no aflojaba el agarre, como si el lugar de manos tuviese garras de oso; dolían, igual o más que el golpe en la espalda, pero eso no importaba en lo más mínimo.
Su expresión se descompuso. Los nervios lo invadieron y anularon sus sentidos.
Mikasa estaba a nada de su cara, y lo miraba, sin expresión, o con una que, por lo menos en ella, jamás había visto antes.
Tomó conciencia de la situación cuando su corazón se lo avisó, martillando contra su pecho.
Estaba desconcentrado, con la guardia baja, poseído por ella, por sus ojos, los ojos que lo miraban desde una peligrosa distancia. Una muy peligrosa.
El corazón era lo que único que le funcionaba más o menos bien en ese momento.
¡Con un demonio! Le latía tan rápido y tan fuerte que pensó que hasta ella lo estaría escuchando. Se le salía por la boca, lo sentía en las sienes, en los dedos, en cada centímetro del cuerpo. Lo sentía bombear con fuerza. Sentía que lo ponía rojo del bochorno, y lo delataba.
Los latidos de su corazón lo ponían nervioso a tal punto, que lo delataba ante Mikasa. Le gritaba en su cercana cara lo inquieto y avergonzado que estaba de tenerla tan cerca.
Cuando examinó su femenino rostro de nuevo, notó que le estaba mirando la boca.
Joder, le estaba mirando los labios.
Esto no podía estar pasando. Le estaba por dar un ataque cardíaco justo ahí y justo ahora.
Cada cabello, lunar, poro y pestaña del rostro de Mikasa le estaba diciendo que quería bésalo, pero sin palabras.
Entonces, imprevistamente, y cortando toda su cascada de pensamientos de tajo, ella se retiró, al principio cambiando su expresión por una enojada y triste, y luego girándose para irse por donde llegó, a paso firme. Lo dejó sólo, la vio desaparecer por el recodo, hacia la puerta de las escaleras.
Se quedó estático procesando lo que acababa de ocurrir, pero por mucho empeño que ponía, no lo podía entender.
Sólo de una cosa estuvo seguro: todo salió mal; la había cagado.
Aún en estado de shock, bajó de nuevo a encontrar a sus amigos un rato después, cuando se recompuso. Todos le resaltaron la eternidad que se había tardado "en el baño"; las bromas no faltaron, pero ninguno reparó en lo pálido que estaba, o en lo noqueado que se veía, mentalmente.
No necesitó dar muchas más excusas, no con esos tontos. Dijo con tono seco que ya tenía que irse, y tan simple como eso, se dio la vuelta para marcharse.
Únicamente Petra lo tomó del brazo preocupada, y se interesó en él.
Rivaille atinó a explicarle que le había bajado la presión, y que de verdad quería irse.
Ella se insistió para acompañarlo, pero él se zafó de su agarre, y le dijo que no estaba de humor para escucharla —con tono muy grosero, por cierto—. Tras eso, se fue dejándola atrás sin decir más. No quería hablar más, en especial con ella.
Cuando entró por la puerta de su casa, ya no sabía que esperar realmente. Tal vez a Mikasa sentada en el sofá de la sala esperándolo con la peor cara de mala lecha de la historia, o tal vez no…
Cuando le dio vueltas a la planta baja por completo, y se aseguró de que no se encontraba allí, iba subiendo las escaleras cuando le entró un mensaje, de Hanji:
**Ackerman Junior: despreocúpate, Mikasa está con nosotros.**
Sólo eso. Demasiado cortado. Ya sabía dónde estaba, pero eso no le decía nada.
Cuando llegó a su habitación y se sacó los zapatos, otro mensaje entró, de Erwin. Muy concreto y destructivo, cabe mencionar:
**No sé qué pasó ni qué le hayas hecho, pero créeme cuando te digo, que ahora sí te fuiste bien al carajo. Se te viene una tormenta encima, Ackerman Junior, y mejor piensa bien lo que vas a hacer, porque de esta no te saca ni Dios.**
Apagó el teléfono y lo dejó con tranquilidad sobre su escritorio.
No quería seguir quemándose la cabeza, no por hoy al menos. Sólo quería dormirse. Sólo eso.
Bajó por última vez a buscar algo de comer, y cuando tuvo en sus manos un sándwich recién preparado, pasó por delante del cuarto de sueños, yendo hacia las escaleras, y ahí se detuvo.
Desde la puerta miró el interior, pensativo. Cuando se decidió a entrar, masticando pan y jamón, encendió la luz y recorrió las paredes caminando, mirando de arriba abajo los libreros, y todo lo que estos contenían. De repente se encontró a sí mismo buscando algo para leer en particular. Un libro que sabía que tenían, pero que nunca tuvo entre sus manos ni se atrevió a leer. Algo en él o en su argumento le metía miedo, por muy tonto que sonara.
Ahora, luego de tantos años, estaba seguro de querer leerlo, y saber el final, que nunca se atrevió a preguntar, ni averiguar por internet, ni nada.
Justo llegando a la esquina de la pared, en el último librero de la fila de la derecha, en el octavo estante, empezando por el piso, tercer libro, empezando desde la izquierda, encontró el "Edipo rey", de "Sófocles".
Wooo! Ya, ya… no puedo creer que haya terminado de escribirlo… eso fue eterno! O_O un sufrimiento terrible!
El capítulo si que estuvo pero bieeen larguito esta vez D: tómenlo como una compensación por el tiempo que me ausenté, pero volveré a tener constancia ahora que oficialmente terminé de rendir TODOOOO! \o/ **party hard!**
No puedo mentir: me desanimó bastante que el capítulo pasado tuviera tan pocos comentarios :'( A un escritor que lo deja todo, realmente es un golpe bajo sentir que a pocos les llega su historia, los que escriben me entenderán, sentimos que estamos haciendo algo mal D: Pero bueno, hay que continuar, intentando algo mejor cada vez.
Aquí más abajo las aclaraciones:
*"Sapporo Amateur Futbol Club" no existe, ok? ^^'
*Toe Salchow es un tipo de salto del patinaje sobre hielo. No es tan fácil de hacer como aquí lo hago parecer, no lo intenten en casa.
Y bueno, sólo tengo para decirles: ojalá este sí les haya gustado :D
Pero esperen el siguiente… con ansias \o/
Un saludo muy grande!
YUI
