Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen. La historia pertenece completamente a Cathryn Fox.


Epílogo

Cuando llevaban media hora de vuelo camino a Hawaii, Rachel se inclinó sobre Quinn y le preguntó en voz baja:

— ¿Llevas puestas las bragas que te regalé?

Quinn sintió una sensación familiar sobre la piel, esa excitación creciente que la dominaba cada vez que Rachel le acariciaba las mejillas con los labios. En unos minutos, una vez hubiera empezado la película y las luces de la cabina se atenuaran, habían planeado que Rachel la iniciaría en el Club de la Milla, y la sola idea llenaba a Laura de una intensa excitación. Durante los últimos meses se habían dedicado en cuerpo y alma a hacer realidad todas sus fantasías, y no sólo eso, sino que, además, Rachel le había descubierto otras tantas que ni siquiera sabía que tenía.

—Tendrás que esperar para averiguarlo —respondió ella, burlona, mientras acomodaba la cabeza sobre la almohada y se cubría las piernas con una manta.

La sonrisa de Rachel se convirtió en una mueca letal.

—No pienso esperar —dijo, y deslizó una mano por debajo de la manta.

— ¿Qué se supone que estás haciendo? —susurró Quinn, mirando, nerviosa, a su alrededor. Tenían una azafata a tan sólo unos asientos de distancia haciendo la ronda con el carro de las bebidas.

—Quieres unirte al Club de la Milla, ¿verdad? —preguntó Rachel en voz baja, y luego empezó a masajearle entre las piernas a través de la tela de la no pudo contener un discreto gemido de placer.

—Sí, pero no aquí. —«Oh, Dios, qué sensación tan increíble»—. Aún estamos en nuestros asientos.

Rachel se encogió de hombros.

—Alguien podría vernos —continuó Quinn.

Esta vez Rachel se limitó a sonreír.

— ¿Es que acaso no hemos pasado por eso ya?

Lentamente empezó a tirar de la falda. La respiración de se volvió más y más irregular, mientras los expertos dedos de Rachel describían pequeños círculos sobre su piel.

¡Santo Dios!

Su resistencia se desmoronó como un castillo de arena. Separó las piernas ligeramente, invitándola a que siguiese con el masaje. El corazón le latía cada vez más deprisa.

—Esto es muy peligroso, Rach.

Rachel la miró y arqueó una ceja.

—Lo sé.

—No deberíamos estar haciendo esto —insistió Quinn.

— ¿Tú crees?

Quinn sacudió rápidamente la cabeza y abrió las piernas un poco más. Los dedos de Rachel avanzaban cada vez con más atrevimiento.

—Tu boca dice una cosa, Quinn, pero tu cuerpo dice otra muy distinta — respondió Rachel con una sonrisa picara en los labios.

Vale, la había pillado.

El dedo pulgar de Rachel encontró los suaves rizos que se escondían entre las piernas de Quinn y sus ojos se oscurecieron de deseo.

—Santo cielo —murmuró mientras le acariciaba el sexo desnudo.

Quinn se rió al ver la reacción de Rachel ante su desnudez.

—Espero que no te importe que no lleve las bragas que me compraste, pero es que pensé que así ahorraríamos tiempo. —Arrugó la nariz—. Y los lavabos de los aviones son muy pequeños, no hay espacio suficiente para maniobrar.

—Dios, ¿eres consciente de lo que me estás haciendo? —gimió Rachel mientras hundía un dedo entre las húmedas carnes de su esposa.

La puñalada de placer hizo que las piernas de Quinn empezaran a temblar. Su visión se volvió borrosa y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para poder hablar.

—Oh, Dios mío —consiguió decir finalmente.

Rachel separó los labios de su sexo y con un rápido movimiento deslizó el dedo desde la parte delantera hacia atrás.

—Eres tan sensual, Quinn. No puedo soportarlo más. Estoy impaciente por hacerte el amor. —Su voz ronca, la embriagó por completo.

Quinn ahogó un gemido en su garganta mientras se hundía más en su deslizó un dedo dentro de ella, excitándola de tal modo que ella se sintió arder por dentro.

—Oh, Dios mío —murmuró, sujetándose a los brazos del asiento. Sus pezones se endurecieron, pidiendo a gritos un poco de atención.

Rachel describió pequeños círculos alrededor del clítoris y Quinn empezó a contonearse al compás de sus caricias. Cambió de posición para que tuviera un mejor acceso, y Rachel continuó acariciándola con manos expertas, llevando su deseo cada vez más lejos hasta que Quinn creyó que no iba a poder soportar más aquella placentera tortura.

Justo en aquel momento apareció la azafata.

— ¿Quieren algo para beber?

Gracias a Dios el carrito de las bebidas impedía que la mujer viera las manos de Rachel moviéndose frenéticamente entre las piernas de su esposa.

Quinn tragó saliva e intentó recuperar el aliento.

—Agua, por favor —susurró. Rachel continuó acariciándole el clítoris con los dedos a un ritmo irrefrenable.

—Lo mismo para mí —dijo Rachel con la voz algo ahogada.

Pellizcó la pequeña perla rosada, apretó y tiró de ella hasta liberarla de su capucha de piel. Quinn se estremeció de dolor y placer al mismo tiempo.

—Con mucho hielo —añadió Rachel, transformando una solícita sonrisa en una mueca casi malvada.

Los ojos de la azafata se centraron en Quinn.

— ¿Se encuentra bien? —le preguntó.

Rachel deslizó otro dedo dentro de su esposa. ¡Santo Dios! Estaba a punto de tener un orgasmo, allí mismo, con la azafata mirándola fijamente. Quinn asintió y sonrió.

—Estoy… bien.

— ¿Está mareada? Tiene las mejillas coloradas. —Los ojos de la azafata la recorrieron de arriba abajo.

Rachel aumentó la intensidad y la velocidad de sus caricias. Quinn sentía cada vez más presión entre las piernas y apenas podía hablar.

Tomó aire y se abanicó la cara con las manos, tratando de apartar la atención de la azafata de la manta.

—Hace un poco de calor aquí. Tengo algo de sed, eso es todo.

Entonces los ojos de la chica se fijaron en la manta que le cubría las piernas.

¡Maldición!

—Pareces un poco acalorada, Quinn —intervino Rachel.

Quinn la miró de reojo. Allí estaba, con aspecto de no haber roto un plato en la vida, mientras sus dedos se perdían dentro de ella y la llevaban lentamente al borde del precipicio. La azafata dejó dos vasos de plástico con agua y hielo encima de la bandeja de Quinn. Rachel cogió uno, bebió un buen trago y se metió un cubito en la boca. El sonido del hielo contra los dientes le trajo a Quinn viejos recuerdos. Mientras jugueteaba con el cubito, le masajeó el clítoris con el dedo pulgar con una increíble determinación. La azafata entornó los ojos, visiblemente preocupada.

— ¿Por qué no se quita la manta?

Una sucesión de pequeños terremotos sacudió el cuerpo de Quinn cada vez con más intensidad, a medida que el orgasmo se aproximaba, implacable.

—No… —respondió—. Me gusta la manta.

La mujer la miró con una expresión extrañada y encendió el aire acondicionado en la pequeña consola que había encima del asiento.

—Tal vez debería ir al baño para mojarse la cara.

—Sí, Quinn. Deberías ir al lavabo. Se te ve mala cara —dijo Rachel, y añadió un dedo más a la dulce penetración. ¡Dios! Quinn notaba cómo su corazón latía a un ritmo frenético, y además había empezado a sudar. Un último movimiento con los dedos y su cuerpo respondió con una explosión de puro alivio.

La azafata apartó el carro para que Quinn tuviera más espacio para ponerse en pie.

Los músculos de su sexo empezaron a contraerse y a latir. Se pasó la mano por la frente para limpiarse las gotas de sudor.

—Va… vale —gimió, mientras un intenso orgasmo sacudía su cuerpo. Le sorprendió que la altura pudiera intensificar de esa manera aquella deliciosa sensación.

Se tomó unos segundos para calmarse y recuperar el aliento y luego se volvió hacia Rachel.

—Vas a pagar por lo que acabas de hacer —le susurró.

Rachel retiró la mano de debajo de la manta, devolvió la falda a su posición original y se sentó cómodamente en su asiento como si nada hubiera pasado.

—Eso espero —respondió con una carcajada.


Rachel se pasó la mano por la barbilla. Los dedos aún olían a la dulce esencia de Quinn, el aroma tóxico que tanto le excitaba.

—Tal vez debería acompañarte, Quinn. Te tiemblan las piernas. —Ignorando la mirada recelosa de la azafata, Rachel siguió a Quinn hacia el pequeño lavabo que había en la parte trasera del avión.

En cuanto la puerta se hubo cerrado a sus espaldas, Quinn se sentó sobre el lavabo y abrió las piernas.

—Rach, estoy muy mojada y preparada para que me hagas el amor. —Sus ojos se llenaron de un deseo casi enfermizo al encontrarse con los de Rachel.

Nada le apetecía más que penetrar en Quinn sin descanso hasta que las dos gimiesen de placer, pero antes quería saborear aquellos pezones que tan insistentemente asomaban bajo la fina tela de la blusa.

—Enséñame los pechos —le ordenó, incapaz de disimular la urgencia y la emoción en su voz.

Quinn obedeció inmediatamente. Tomó aire y se desabrochó los botones de la blusa uno a uno, hasta dejar al descubierto las hermosas curvas de sus pechos. La respiración de Rachel se volvió más entrecortada, más superficial. Sintió un calor intenso al ver cómo los pezones de Quinn se contraían y cambiaban de color ante sus ojos. Se inclinó sobre ella y rodeó la areola aterciopelada con la lengua.

—Mmm…

Quinn se arqueó contra su boca.

—Oh, eso es tan… —Las palabras murieron en su garganta cuando el pulgar de Rachel se coló entre sus piernas y le acarició la tierna superficie del clítoris.

—Me encanta lo mojada que estás siempre —susurró. Rodeó la fina perla rosada con los dedos. Podía sentir cómo los músculos de Quinn se tensaban, pidiéndole a gritos que la penetrara. Cerró la boca sobre uno de los pezones y tiró de él, dispuesta a devorarla.

—Por favor, Rach… Fóllame. —Su voz entrecortada le excitaba aún más—. Quiero más. Por favor, necesito más… —suplicó.

Rachel deslizó un dedo dentro de Quinn y se concentró en el otro pezón. Lo acarició con la punta de la lengua, cubriéndolo de saliva, y luego sopló sobre él hasta que Quinn gimió de placer. Los músculos de su sexo se tensaron de nuevo alrededor de su dedo, atrapándolo en su interior. Dios, estaba tan cerca…

— ¿Tienes suficiente con esto, Quinn?

Quinn dejó caer la cabeza hacia atrás y gimió.

—No —gritó, llena de frustración. Las llamas que ardían en sus ojos lamieron la piel de Rachel mientras ella seguía suplicándole.

Retorció el dedo que tenía dentro de Quinn y añadió otro más.

— ¿Y qué me dices ahora? ¿Tienes suficiente, Quinn? —le preguntó, mientras presionaba cada vez con más fuerza hasta hacerla gemir de placer.

Respondió con un movimiento de cadera.

—No, Rachel. Quiero tu polla dentro de mí, quiero sentir su dureza y su ferocidad.

Deslizó una mano por los pantalones de Rachel hasta abarcar su pene con la mano. Rachel sintió una fuerte sacudida mientras Quinn acariciaba, y apretaba, y recorría la fina piel de su miembro con los dedos, extendiendo las pequeñas gotas que manaban de la punta. Aquello era más de lo que podía soportar. Con un rápido movimiento, se desabrochó los pantalones y se bajó los calzoncillos hasta las rodillas. Sujetó las piernas de Quinn y las abrió todo cuanto pudo para dejar al descubierto la rosada piel de su sexo. Luego se tomó su tiempo para admirar aquella obra de arte de la naturaleza y disfrutar de lo erótico de la escena.

—Eres tan bonita… —le dijo, inclinándose sobre ella.

Se arrodilló en el suelo, entre las piernas de Quinn, y acarició su dulce sexo con la punta de la lengua. Permaneció allí un buen rato, disfrutando del exquisito sabor, aspirando la esencia de la excitación. Le gustaba la forma en que Quinn se entregaba por completo a ella, lo íntimo y desinhibido que era el sexo entre las dos.

Quinn tembló, sin dejar de jadear ni un instante.

—Oh, sí —gimió de placer al sentir que la lengua de Rachel la penetraba.

Rachel se puso de nuevo de pie entre sus piernas y sus bocas se encontraron. Habían dejado de utilizar preservativo hacía ya varios meses, porque querían tener hijos lo antes posible, y Rachel estaba segura de que jamás se cansaría de la erótica sensación de sentir la piel contra la piel. Nada que hubiera experimentado antes era comparable a aquello.

La miró a los ojos, aquellos dos luceros que rebosaban pasión, y luego la besó con ternura.

—Te amo, Quinn.

—Yo también te amo —murmuró Quinn en su boca, inclinándose hacia delante para arrastrarla aún más hacia aquella espiral de pasión. La sujetó por los hombros y gimió una y otra vez, mientras Rachel no dejaba de penetrarla.

La potencia del orgasmo de Quinn sorprendió a Rachel, que siempre se maravillaba de cómo respondía a sus caricias. Lanzó un suspiro al notar cómo los músculos de su sexo se tensaban y ondulaban alrededor de su miembro. Entonces la sujetó por la cadera, la colocó de forma que pudiera penetrarla más profundamente y embistió con fuerza, y cada vez más deprisa, como a Quinn le gustaba, mientras con el pulgar aplicaba presión en el clítoris. Los gemidos de Quinn le confirmaron cuánto le gustaba que la acariciase de aquella manera. La fuerza de las embestidas y la sensación de sumergirse en el núcleo de la mujer a la que amaba estimularon la intensidad de su pasión hasta límites inimaginables. Apenas podía respirar. Quinn inclinó la cadera hacia delante, para intensificar la penetración, y Rachel siguió embistiendo sin piedad. En cuestión de segundos, los movimientos pequeños y lentos se convirtieron en ataques furiosos, rápidos, imparables. Quinn deslizó los dedos por el pelo de Rachel.

—Me gusta tanto… —murmuró. Juntas eran capaces de establecer el ritmo perfecto, dando y recibiendo al mismo tiempo.

Rachel sintió una presión cada vez más intensa en su interior y gruñó de satisfacción con una voz grave y gutural. Tenía la piel cubierta de pequeñas perlas de sudor.

—Vamos, cielo, hazlo por mí —le susurró Quinn cerca de su boca, con los ojos oscurecidos por la pasión. El corazón de Rachel latía a un ritmo enloquecido. ¡Dios, aquella mujer la dejaba sin aliento!

Finalmente, se dejó llevar por el climax y mil estrellas de colores estallaron ante sus ojos. Gimió con fuerza, mientras sujetaba a Quinn y trataba de controlar sus propios movimientos.

Quinn tensó los músculos de su sexo alrededor del miembro, tomando hasta la última gota de su esencia, y luego le besó en las mejillas, en la nariz y en la boca.

—Ha sido increíble —dijo Rachel, y la rodeó con sus brazos. Quinn se acurrucó contra ella y le hizo cosquillas con las pestañas al parpadear. Pasaron unos minutos antes de que Quinn rompiese el silencio.

— ¿Te puedo preguntar algo? —Su voz era un leve murmullo aterciopelado.

Sin apenas poder respirar, Rachel la miró a los ojos.

—Claro. Le apartó un mechón de pelo de la frente y le besó dulcemente en los labios.

— ¿Tienes algún tipo de obsesión con hacerme el amor en los lavabos? — preguntó Quinn haciendo un gesto con la cabeza, señalando a su alrededor.

—Amor, estoy obsesionada por hacerte el amor en todas partes —contestó Rachel con una picara sonrisa.

FIN


Antes que nada quiero agradecerles por leer, comentar y todo. Y más que nada, espero que realmente hayan disfrutado de ésta adaptación.

Como dije anteriormente, la próxima adaptación será publicada a finales de Agosto, y quizá, publique las dos al mismo tiempo, no sé aún. Nuevamente gracias, ya nos estaremos leyendo...

Que tengan buen día, saludos.

XO.