Parte XIII
Una cita con Arnold y Helga.
Así que ahora estaban juntos. Arnold y Helga en una mesa con velas, con un mantel elegante, con comida sofisticada y con una revelación un tanto incómoda. Me gustas. No como los amigos. Me gustas gustas, como los que se besan, se abrazan, como los que se tocan con malas y mejores intenciones, con la mano en la cintura y con la adolescencia hormigueando en la piel. Seguro, porque era romántico, raro, inesperado y lleno de sentimientos que alborotaban hasta a los más viejos. Pero ellos no eran viejos, ni sabios, ni maduros. Eran dos adolescentes que cenaban bajo la luz tenue y con la promesa de una rosa y una despedida en el pórtico. Estaba, además, la conciencia del secreto y la revelación de una verdad trágica que quería alargar el momento de la tortura. Para ella, para los dos, en ese silencio especulativo que armaba diálogos y diálogos llenos de pasión desbordada. La pasión podía ser eso, el silencio de dos miradas que se encontraban en un restaurant elegante y se recorrían, intensas, en una lucha de voluntades. Se quemaba la pólvora en chispas de beligerancia deliberada, como si se gritaran, como si avanzaran para ganarse la voluntad del otro. Para ganar, sobretodo, porque Helga y Arnold competían siempre en la vehemencia de sus emociones.
—Eres Cecile, Helga. —Continuó en voz alta, para sí mismo, mientras su expresión se suavizaba en el recuerdo. Helga parecía tan tímida, frente a él, con la sorpresa peleando en la irritación.
—L… lo soy. —Concedió lacónica y en un suspiro que ocultaba la desesperación—. Pero eso pasó hace mucho tiempo.
—Dijiste que… —No entendía todo el nerviosismo que se apoderó, de pronto, de su cuerpo—. Dijiste que yo realmente te gustaba y querías saber si tú también me gustabas.
—Sí y te fuiste a buscar a Ruth. —Respondió molesta, interrumpiéndolo—. Quería saber… Arnold, ¿por qué estás haciendo esto?, ¿qué más quieres saber?, no puedes ser tan estúpido. —Suspiró frustrada—. A mí no me gustas, ¿está bien?, no me gustas gustas, ni siquiera te quiero. Arnold, te escribo poemas. ¡Poemas!, ¿entiendes?, la poesía es la rosa en el alma de los seres humanos, es lo más sublime y tú estás ahí, en el centro de todo. ¿Crees que es un simple y estúpido me gustas gustas de la primaria? Eres tan denso y tan desconsiderado y eres un metiche y te odio, no sabes cómo te odio, pero no puedo odiarte porque al final del día estaré sola en mi cuarto y sólo pensaré en esta ridícula cita y en que te diste cuenta que era Cecile y que sólo te llevó seis años. —Sonrió con tristeza—. Seis años, Arnold. No tengo nada de paciencia y son más de seis años en los que he estado esperando que me invites al Chez Paris y a ti todavía te gusta Lila. Te amo. Ahora mi pregunta es otra. Yo realmente te amo y quiero saber si tú también me amas.
Totalmente nerviosa, con los labios apretados y mirándolo fijamente a pesar de sí misma. Se notaba. Le brillaban los ojos en una expresión que Arnold nunca había visto en nadie. Sabía que Helga era extraña. Había que acercarse con cuidado y leer las sutilezas debajo de toda la ira. Había que tener paciencia. Estaba acostumbrado a tener paciencia y buscar a la Helga que se escondía de perfil luego de exagerar las odas de odio que declamaba en voz alta. La que inventaba excusas, la que gritaba para verse invulnerable. Aún ahora, con las manos jugando sobre la mesa, con la expresión expectante y el aspecto descompuesto, Helga seguía obedeciendo esa férrea resolución de no quebrarse.
Era colosal. Enorme. Era como pararse frente a un abismo. Se sentía pequeño. Con el recuerdo y con lo que, reconoció con sorpresa, era su propia confesión. Helga le gustaba. Le gustaba lo que conocía y lo que iba conociendo con el tiempo. La rabia, el mal humor, el sarcasmo que escondía otras cosas. Helga nunca iba a ser gentil. Nunca como las chicas, que eran agradables y sencillas, con las que se podía sentir cómodo. Helga es drástica, se movía en reacciones climáticas que alteraban a todos los que estaban a su alrededor. Cínica en formas que encontraban nuevas formas de sorprenderlo. Helga era sarcástica en un tipo de humor que sería mejor que nadie tuviera. Helga, también, se ponía vestidos y decía que lo amaba. Así, tan franca que no se parecía en nada a ella misma.
—Yo… —Habló cuando se encontró la voz y el silencio, nuevamente, fue más expresivo. Helga arrugó el ceño y la franqueza quedó olvidada. Estaba molesta.
—Está bien. —Dijo con la voz estrangulada—. Ya sabía.
Por un momento parece que no ha pasado nada. Helga parpadea y su mano se mueve hasta alcanzar la cucharilla que todavía tiene un pedazo de torta de chocolate en un extremo. Se alza y se detiene en el aire, a medio camino. Arnold todavía no ha dicho nada, pero su mano también se ha movido hasta su propia cuchara que se sostiene en un helado a medio derretir. Suena una campanilla ligera que llama la atención de todo el mundo y de la cocina salen varios mozos encopetados con una sencilla tarta de cumpleaños. Se arma de pronto, los murmullos alborotados, la celebración. Suenan violines y se prenden velas innecesarias. Hay una mujer de vestido rojo que sonríe como si fuese el día más feliz de su vida y un hombre al frente que mueve su mano sobre la mesa y le susurra cosas que nadie entiende. El momento acaba muy pronto, en medio de la música.
—Me tengo que ir.
Helga se levanta sin hacer ruido, deja su servilleta en la mesa y se dejando su chaqueta en el respaldar de la mesa. Pasa todo muy rápido, en una pausa de la melodía, en un abrir y cerrar de ojos. Arnold todavía se demora un poco en comprender. Helga se va y no hay ningún impulso irracional que le mueva los pies. Los violines de apagan y la pareja se abraza. Todo vuelve a ser igual, cada quien a lo suyo. Todavía tiene la cuchara en la mano. Ahora es la chaqueta de Helga la que lo acompaña en el otro extremo de la mesa.
La chaqueta rosa.
Felizmente era una noche calurosa. Caminar sin chaqueta en la noche, a pesar del ejercicio, daba más frío. Daba frío porque en algún momento tendría que detenerse, Helga, y se daría cuenta que andaba sin chaqueta y que, de hacer frío, el viento le congelaría la transpiración. Gracias a las estrellas, muchas gracias, era una noche calurosa como las de verano sin ser verano, casualmente. Helga podía andar con el vestido azul de gasa, las sandalias y el cabello despeinado y nadie diría que acababa de salir de un restaurante muy elegante. La verían pasar, caminando rápido, y dirían que era como las otras chicas en Hillwood, que salía a pasear y que, al parecer, se dirigía al parque. Un poco tarde para pasear en el parque, pero Helga ya se habría perdido entre otra gente y la novedad se habría desvanecido en el aire.
Helga caminaba rápido y fuerte, en un ritmo alborotado que parecía al propósito, alzando polvo con las suelas mientras avanzaba, todo el que la miraba lo suponía, en dirección al parque. Llegó a la entrada, pasó los puestos de comida al paso y se detuvo junto a una farola que tenía una banca pintada de blanco. No había botes de basura cerca y las parejas que quedaban parecían más interesadas en pasear que en sentarse. Era un lugar muy extraño para sentarse y, sin embargo, Helga se sentó y se acomodó como mejor pudo, sin darse cuenta que todavía no tenía su chaqueta. Su mirada, ni bien se sentó, se perdió en las copas de los árboles. No se veía casi nada, pero su insistencia era tan poderosa que no faltó quien siguió su curso (de reojo, claro) preguntándose si no se estaría perdiendo de algo interesante.
Algo interesante tendría que estar pasando, porque Helga no le estaba prestando atención a nada y ese día, en particular, era noche de luchas.
Se estaría dando cuenta, seguramente, que a veces los libretos y las historias no encuentran la manera de realizarse. Y es que en la vida, en esa banca extraña en un parque con gente que se enamoraba, no había ni música, ni amigos convenientemente enterados, ni encuentros predestinados. En la vida estaban las noches calurosas, el cielo, los árboles y el ruido orquestado de los que tenían mejor y peor suerte. En esa banca solitaria, Helga se estaría dando cuenta, el amor puede no encontrar respuesta y las lágrimas no tendrían que ser, necesariamente, la expresión de la resignación. Helga, por eso, no lloraba, ni arrugaba la frente, ni apretaba los puños. Dejaba que la noche pasara con el viento cálido y con una reflexión que se distraía en las sombras de la naturaleza.
Helga suspiró, pero nadie la escuchó.
Se había terminado, por fin. No podía señalarlo con precisión, pero había sido un momento culminante y de esos que recordaría paratodalavida. No era una anécdota feliz, ver a Helga levantarse súbitamente y alejarse en medio de una canción de cumpleaños, pero recordaría los detalles como si lo fuera. Ahora mismo, en un brazo izquierdo, tenía la chaqueta olvidada y el recuerdo que se iba evaporando en la realización de los eventos. En la conclusión, mejor dicho, a la que estaba llegando. No se acordaba muy bien de su propio final, pensando todavía si debía seguirla o no, pero llegó a un final cuando sus pies alcanzaron la acera y no encontró a la señora que siempre se paseaba vendiendo rosas.
Probablemente era lo mejor, no haber respondido a la pregunta con una mentira. Decirle de pronto yo también te amo no sonaba correcto. No se sentía bien. Helga lo estaba mirando con la firmeza de sus emociones y con esa fuerza abrumadora que arrastraba todo a su paso. En ese momento Helga no era el matón del barrio, ni la chica del vestido rosa, era Helga con otro tipo de emociones y una declaración que apenas alcanzaba a la suya. Todo parecía más serio e importante, más inalcanzable y demasiado. Demasiado, precisamente. Por eso no podía alcanzarla. Por eso no pudo pararse y seguirla y detenerla para comprobar que no estuviese llorando. Aún si lo hubiese hecho, Helga seguiría ganándole, con sus sentimientos, su cabello despeinado y sus ojos azules. Le ganaría con los años de experiencia y su impaciencia, con sus preguntas impertinentes y esa voluntad que lo quería todo. Helga había conquistado el mundo y él se había quedado sentado sintiéndose estúpido con la pequeñez de sus emociones.
Todavía quedaba un largo camino hasta su pórtico y se había detenido en varias ocasiones, debatiéndose en preocupaciones inútiles y preguntas que no tenía sentido, pensando si no habría sido mejor dejar la chaqueta. Había sido una situación bastante ridícula, desde el principio, pero se había dejado arrastrar por la corriente. Y quizá podría culpar al soberano mal humor Pataki, pero no había nadie a quién culpar más que a sí mismo. ¿Y qué si Helga le había mentido al comienzo?, ¿y qué si no podía pensar en otra cosa?, ¿y por qué no podía simplemente dejar de sentirse tan miserable?
Está bien. Ya sabía.
Parecía una posibilidad alucinante, hiperbólica, que Helga puño-de-acero Pataki fuese capaz de saber tantas cosas. Sabría de su respuesta, de su imposibilidad en corresponder, de ese dolor agudo que picaba en lo hondo cuando el rechazo se hacía evidente. Arnold también sabía. Estaban todas esas veces en las que Helga se había burlado del rechazo y Arnold también podría haberse burlado, pero todavía dolía. Ya sabía. Y era gracioso, porque Helga estaba orgullosa de su cinismo, pero nunca había sido más honesta. Está bien y podía simpatizar con su tono apretado y su aparente tranquilidad, podía simpatizar con su mirada esquina y ese breve momento en el que parecía, de verdad, estar bien. No estaba bien, seguro, pero no quería reconocer la ansiedad arrogante que le había obligado a recoger la chaqueta. Helga le correspondía, más y mucho más, y la emoción parecía no querer marcharse.
Helga Pataki había decidido no ver las luchas desde la televisión en su casa, sino desde las gradas histéricas que rodeaban el ring. Le dijo adiós a la repetición del show y fue al encuentro de la mezcla de ruido, violencia y sudor. Estaba menos emocionada que de costumbre, pero en cuando llegó y dejó que la adrenalina le contagiara entusiasmo en el espíritu, se convenció de que había sido una buena idea. No se encontró con Harold, ni con Curly y le gruñó a todos los que se atrevían a hacer comentarios sobre su vestido. Puso sus manos en la cintura y buscó rápidamente las mangas de su chaqueta. Se dio cuenta que la había dejado en el restaurante y que probablemente no volvería a verla. Se quedó quieta, en su lugar, contrastando con los vítores y silbidos que siguieron el final de la pelea. Abrumada por el espectáculo, decidió abandonar antes de que las ganas de vomitar se volvieran imperiosas.
Oh bueno. Soltó entre dientes y se pasó una mano sobre la nuca, frotándola. Indecisa, empezó a caminar nuevamente y se encontró siguiendo la dirección que la rutina había grabado en su inconsciente. Llegó a la esquina por la que siempre doblaba para llegar a su casa y arrugó el ceño. Pateó una piedra que encontró en el camino y cruzó los brazos en defensiva resignación cuando una corriente de viento especialmente fuerte le alzó el vestido hasta los muslos.
La luz de su pórtico estaba encendida y en el escalón más bajo estaba Arnold, con la chaqueta rosa descansando sobre una de sus rodillas.
Helga se detuvo en seco y arrugó el ceño. La sorpresa estaba menguada por la irritación, pero igual no se atrevió a dar un paso más y carraspeó con bastante intención antes de hablar. Arnold levantó la mirada, levemente sorprendido él también, e hizo el ademán de alcanzarla.
—¿Qué demonios haces aquí? —Soltó en un tono que prometía huracanes y resacas. Arnold se puso de pie, la chaqueta en una mano, y obedeció a la advertencia.
—La olvidaste en el restaurante. —Respondió con incertidumbre, parecía que quería demorar su frase.
—Déjala y márchate. —Ordenó impaciente y su tono se volvió irónico—. Gracias.
—Quería hablar contigo. —Soltó de pronto, aparentemente calmado y sin prestar atención a las intenciones de la rubia—. Por favor.
—¿De qué quieres hablar? —Arqueó una ceja—. Yo ya te dije todo lo que podía decirte.
—Eso puede ser cierto. —Concedió en un leve asentimiento que no hizo más que enfurecerla más—. Pero yo no. Me has hecho una pregunta que no he podido contestar, Helga.
—Contéstala, entonces, pero no esperes que la vuelva a repetir. —Se burló haciendo un ademán de cortesía con la mano. Su mirada, sin embargo, cargaba la solemnidad de su disgusto.
—Yo no te amo, Helga. —Dijo suavemente, pero sonó con claridad en el silencio que habían propiciado.
Helga retrocedió un paso, mínimo, casi involuntario.
—Ya lo sé. —Respondió en un susurro y luego, con más firmeza—. Te dije que ya lo sabía.
—¿Entonces por qué me has preguntado?
—Para que me dejaras en paz. —Mintió y su voz sonaba estrangulada—. Pero debí saberlo, un metiche será siempre un metiche. ¿Ya terminamos?
—Helga… —Llamó frustrado y dio un paso adelante—. Yo no quiero… ¿por qué quieres…? Entiéndeme, tampoco amo a Lila.
—¿Qué? —Soltó indignada y avanzó todo lo que había querido avanzar desde el inicio—. ¿Qué demonios te pasa?, ¿mi confesión terminó por freírte el cerebro?, ¿a mí qué me puede importar Lila, estúpido?
A pesar de sí mismo, Arnold sonrió. Sin rastros de burla, una breve sonrisa de alivio que Helga malinterpretó de inmediato. Le arrancó la chaqueta en un movimiento rápido y pasó por su lado pisando con fuerza. Arnold reaccionó en el segundo que quedaba para que la rubia desapareciera por la puerta de su casa.
—Espera, no me has entendido. No te vayas, Helga. —Explicó apresurado—. Creo que el principal problema entre nosotros es que no hablamos.
Helga dio un respingo. Arnold adivinó que fue provocado por la mención del nosotros.
—¿De qué problema se supone que estás hablando? —Le contestó con intención, siempre en su lugar, sólo le permitía la vista de su perfil—. No hay ningún problema, Arnold. Había un problema, pero ya aclaramos las circunstancias. No tengo intención de quedarme a hablar de mis sentimientos, por más que hayas descubierto alguna clase de extraño interés en ellos.
—No es un interés extraño, ¿por qué tienes que ser tan clínica? —Se exasperó—. Helga, no sé si lo recuerdas, pero no eres la única con una confesión esta noche. Me gustas.
Helga se deshizo de su agarre en un sacudón poderoso que los sorprendió a los dos.
—¿Estás loco? —Le preguntó horrorizada y, esta vez sí, mirándolo directamente—. Vete antes de que te golpee.
—Asumiré el riesgo. ¿Puedes sentarte y conversar conmigo?
—No.
—Helga.
—Arnold. —Arqueó una ceja—. Ya, vete de una vez.
—No me voy a ir.
—Y yo no me pienso quedar.
—Esta es tu casa.
—Corrección, este es el pórtico de mi casa. Tengo una habitación bastante cómoda adentro. Adiós.
—Les contaré a todos lo que pasó hoy si no te quedas y hablar conmigo.
—No te atreverías… —Los ojos de Helga eran dos finas líneas azules llenas de advertencia.
—Por supuesto que no. Helga, por favor.
Por favor. Visiblemente contrariada, Helga pareció ceder y bajó los escalones hasta sentarse en el mismo lugar donde Arnold había estado esperándola. Asombrado y complacido, Arnold se sentó a su lado y unió sus manos en un gesto nervioso que precedió su discurso entrecortado.
—Gracias. —Helga hizo un gesto de desestimación con la mano y se negó a mirarlo.
—Apúrate, Arnoldo, tengo sueño.
—Helga, lo he formulado mal antes, pero lo que quería decirte es que… bueno, yo no puedo corresponder a tus sentimientos…
—Que lo repitas no lo hace menos doloroso, estúpido, ¿has terminado ya o tengo que quedarme a escuchar un largo discurso compasivo lleno de promesas ridículas sobre la amistad y los ponis? Si es así, déjame decirte que no me interesa.
Arnold arqueó una ceja, pero la ignoró.
—No puedo corresponder tus sentimientos, no porque no los tenga. —Continuó con rapidez, para que la rubia no lo volviese a interrumpir—. Como has dicho, Helga, mis sentimientos están al mismo nivel de los me gustas gustas de la primaria. —Agregó con severidad—. Aunque no los considero estúpidos de ninguna manera.
—Yo no lo decía en ese sentido. —Susurró Helga y un ligero rubor le cubrió las mejillas.
—Espero que no, porque sería una gran contradicción que amaras a un chico tan estúpido. —Dijo con un poco más de mal humor del que se había dado cuenta que sentía. Helga se sonrojó con más fuerza y apretó los puños—. Tú hablas de amor, Helga, pero no me has dado nunca la oportunidad de enamorarme de ti.
—Cállate, Arnold.
—Te creo porque me lo has dicho, pero no lo entiendo, ¿cómo puedes decir que me amas tan de repente?
—¿Tan de repente? —Helga chilló—. ¡Son años, Arnold!, ¡años! —Se mordió el labio y Arnold se inclinó para mirarla con más cuidado. Se veía tan frustrada.
—¿Y perdiste la paciencia?
Helga se volteó con tanta fuerza que creó una corriente de aire.
—¡No te atrevas a burlarte de mí!
—No me estoy burlando, Pataki. De todas las personas que existen en el mundo, tú eres la última de la que me burlaría. —Respondió con tranquilidad—. ¿Sabes que eres la única persona que desafía los límites de mi paciencia todo tiempo? Soy una persona muy paciente, Helga, pero siempre logras agotarla.
—Ya lo sé. —Murmuró débilmente—. Lo siento.
—Helga, ya sé que has dicho que quieres que te deje sola y probablemente debería, pero no quiero.
—Arnold, si sólo estás siendo amable, puedes irte a buscar a otro lado, porque no te necesito.
—Yo también pensé que era compasión, Pataki. —Dijo con simpleza y Helga le lanzó una mirada herida—. A diferencia de ti, yo no me burlaría de rechazo. Sé lo horrible que se siente.
—¿Estás... espera… estás, a qué te refieres? —Preguntó con resentimiento.
—Pensé en dejarte la chaqueta e irme. No te hablaría hasta que estuvieras cómoda de nuevo y luego, me acercaría y te diría que podíamos olvidar todo el asunto de las citas y que no le diría a nadie lo que había pasado. Eventualmente dejaríamos de vernos y quizá podríamos ser amigos algún día. —Dijo en voz alta, pero parecía que hablaba para sí mismo—. Quizá es porque me fastidiabas todo el tiempo, Helga, pero por alguna razón no puedo olvidarme completamente de ti. Incluso cuando suponía que no nos veríamos creía en la posibilidad de tu amistad. Asumí que era porque me gustas. Pero luego llegué a tu pórtico y la luz de tu habitación no estaba prendida y me empecé a preocupar porque era tarde y no llegabas. Me di cuenta después, ¿cómo es posible que todavía me acuerde de cuál es tu habitación?, ¿por qué?, estuve ahí dos veces. Pensé en lo que me dijiste, cómo es posible que me gustes cuando todavía me gusta Lila. No hace mucho quería invitarla al teatro.
Helga gruñó y Arnold sonrió.
—Lila no me gusta de la misma manera. —Continuó—. Lila me gusta porque es como las demás chicas, pero más que las demás chicas. Es agradable y… —Se detuvo cuando se dio cuenta que la expresión de Helga se había ensombrecido—. Y luego me di cuenta que Helga Pataki me gusta porque no es como ninguna de las demás chicas. Es otro tipo de chica, temperamental y extravagante, que realmente… —su tono se volvió ligero—, realmente, en lo más profundo, me molesta.
—¿Eres total y completamente estúpido?
—Ves. —Señaló con el tono divertido—. Me gustas aún cuando me molestas. Es distinto y no sé cómo sentirme, pero me siento tranquilo con esa incomodidad. Es fascinante, Helga, todo lo que me haces sentir.
—Tú también. —Dijo entre dientes, ya no parecía tan molesta—. Te detesto completamente, pero no puedo dejar de amarte.
—Pensé que era lo más sublime de la poesía.
Helga enrojeció y apartó la vista, mortificada.
—Espera a que amanezca y vete a madurar un rato al sol. —Respondió fastidiada—. No dije… no dije todo lo que dije para que me molestaras, Arnoldo.
—No te estoy molestando, lo estoy confirmando. —Se agachó un poco y le tomó la mano—. ¿Sabes lo increíble que es saber que Helga G. Pataki está enamorada de ti?
—Una confesión y ya crees que tienes poder sobre mí. No eres más que un arrogante, cabeza de balón. —Su tono era sarcástico, pero su expresión se mostraba complacida.
—Podrías tener razón. Estoy siendo temerario porque desde que llegaste quería tocarte, Helga.
—¿Y ver si no era una ilusión? —Soltó en un retintín irónico, medio en broma, medio en serio—. Demonios, si hubiese sabido que eras tan cursi quizá no me hubiese enamorado de ti.
—Demasiado tarde, Pataki.
Quizá Arnold estaba siendo más que temerario. Quizá estaba bordeando la intrepidez arrogante del furor del momento. Quizá, incluso, estaba explorando los límites de la siempre peligrosa animosidad de los que se quieren detestándose. Soltó la mano de Helga en un movimiento ligero que se aferró de su antebrazo y la acercó con cuidado, inclinándose todavía más, para encontrarse a medio camino. A medio camino con la chaqueta en el piso y la luz del pórtico sobre sus cabezas. No, no había sido una cita como la había imaginado, con rosas, con bromas a mitad de la comida y con un paseo por el muelle. La iba a terminar, sin embargo, como se supone que las citas tenían que terminar. Y la besó, lento y lleno de promesas, maravillado en la confirmación errática que acariciaba en lo más hondo del deseo. Hundido en el eco de la declaración mientras se apoderaba de un instinto de posesión que le calentaba la nuca. Helga era suya, ahí entre sus manos, ligera y femenina cuando le agarraba la camisa con fuerza.
Continuará...
Retoños,
Se imaginarán que es tarde. Son las cinco de la mañana, así que no sé si es tarde o temprano, pero la inspiración es extraña. Bueno, varias cosas antes de pasarme a los review. ¡Sólo queda un capítulo más! Verán que a medio camino se me ocurrió alargar la historia con cinco capítulos de puro melodrama, pero luego recuperé el sentido y me di cuenta que podía hacer sufrir a los lectores con otra cosa, muajaja :) No ya, pero espero haberlos sorprendido mucho con este capítulo. Así de: 'PERO QUÉ COÑO, NOOOOOOO... ah... ESPERA... OMG'. Jajaja, lo digo porque yo tampoco esperaba que hubiese salido así. Tenía mi boceto, como les había contado, pero se me terminó por ir de las manos. Sin embargo, como no puede ser un fic mío sin dejar por lo menos una pregunta, les he dejado la más importante de todas... no sé si se habrán dado cuenta, igual no les voy a decir para que se queden con la duda y esperen el siguiente capítulo :D EL SIGUIENTE CAPÍTULO que es desde la perspectiva de Helga y JA, todo quedó como yo quería porque esa parte tenía que ser desde el punto de vista de Helga, ñaca ñaca. Verán que ahora he hecho hablar mucho a Arnold y ya me enredé con mis propios sentimientos y tengo muchas ideas para los demás fanfics. No, I'm not making any sense at all... Ah sí, para no pasarme del año y porque queda un capítulo, mi próxima actualización será en este mismo fanfic, así que no tardará mucho.
By the way, ME ALEGRA muchísimo saber que el último capítulo les ha gustado tanto. El final, sobretodo, me preocupaba un poco, pero sus impresiones me han alentado muchísimo. Yo también estaba emocionada por poner esa escena. Me la imaginé siempre (antes de escribir el fanfic), así que me estaba muriendo de la impaciencia ;)
Ah sí, me volví a leer Mujercitas porque me encanta procastinar mis tareas de la universidad y WHAT THE HELL, JO?! WHY DON'T YOU LOVE LAURIE?! I'm kinda angry at a fictional character but who cares.
Random question: ¿Quién más shippea el Rhonda/Curly y el Harold/Patty? Es una pregunta que espero todos contesten :DDD o no actualizaré hasta las navidades del 2019... ok no, pero si pueden sería excelente :D
SOY CURSI, ya lo saben, así que aprovecharé para revolcarme en mi cursilería y agradecer los review (283 yey :D), las alertas y los favoritos. ¿Estoy soñando o vamos a llegar a los 300? Su apoyo ha sido increíble y de verdad que no encuentro palabras en mi arsenal para decirles todo lo que se los agradezco. Las amanecidas, los reviews en todos y cada uno de los capítulos, las recomendaciones, los dibujos, los MP y todo el amor. Bueno, como ya sé que pondré más cursilería en mi última nota de autor, aprovecho para mencionar a todas las INCREÍBLES personas que tienen el fanfic en favoritos. Es la primera vez que uno de mis hijitos alcanza los 101 favoritos y las 76 alertas, además de las más de 15,000 visitas. Así que, en orden cronológico... MUCHÍSIMAS GRACIAS:
Vampisandi, Aliasin, AnNa-HikAr1-n0-SeNsh1, Myriamj, GENESARETH, Something can change tonight, Perse B.J, Cydalima, Earline Nathaly, StanleyM, azulkg, okami-onna, Sweeter Membrane, karoru01, Anyverest Di Britannia, Sakura du Blue, Lo que tu digas Helga, Sawara Emily A.K, Arashi Shinomori, M. Fragrance of Winter, Ruby P. Black, Olivia Casablancas, Rolling Girl, Inah-Inah, loredanna, marianatika, Aplz1999, Colori, Jacklord, silkie 19, Hukkelberg, AlissaHunter, Eleice Kent, SamCharlieFriends, Shaty Ana, Milaxan, Road-chan, Ale-White19, Polly-hay, Selpharion, Lucero Treat, dani13293, 21Nylecoj94, NeSLY, kotoko-noda, LizDe-Chan, Bad-Kitty-Kill, Alesakura, GRIMMM, Gassy Kosei, diana carolina, Angel2012Negro, Anna Shortman, Dreamtares, Anillus, NANA-J, SAILORELIZ, YasPataki, InterMoon, Linadzuki, Paulinasheccid, Eleanor C. Geraldine, hitokiri-dulce, Lucy(punto)panqueque, KARINA1189, jocelinne99, Mitsuki-Akari, NekoHK, madisonlss1, AlexaBlack19, BBSTIA, Itzem-azula, EleonorPataki, Nara Suri, AiHaibara96, EditorialCabezaDeBalon, Xxxprincessakuraxxx, Sakura Mellark Potter, Yokashi, Usui nott nitta, Zombie M-Fowl, Lebel27, sweet-sol, aki-chan91, melissa(punto)cardenas(punto)9041, Shirabe Hikeda, Ade Mozart, Alasse Bleiser, Dikou, rocio-asakura, Niffult, Selajarg, Acantha-27, Annabella Prinx, Usuratonkashi, Yakii-586, Namikaze-Tomoyo, , Kennet M, Perfectdesires y Deyitha.
Bueno, me paso a los reviews anónimos ;)
Victoria.Me alegra que te haya gustado, cariño :D Jajaja, es verdad, lo de Curly no puedo evitarlo. Verás que aquí justo intentaba no mostrarlo mucho, si no más bien sugerir más participación de Stinky, pero ya se me fue. Amo a Curly y a su locura, justo tengo en el horno un one shot Curly/Rhonda-Helga/Arnold-Helga/Curly. Me alegro que te guste porque sí, Curly y Helga son muy parecidos ;) ¡Que te vaya muy bien en la universidad! Paris está genial, te agradezco las buenas vibras. ¡Cuídate mucho cariño y gracias por escribir! Un abrazo fuerte :D
Ninna99. Y yo felicidad de leerte. Gracias por escribir, cariño :) Me alegra MUCHÍSIMO haberte sorprendido, esa era mi intención. Aw, gracias por las buenas vibras, me está yendo muy bien gracias :D ¡Espero que tú también estés bien! Cuídate mucho y ojalá nos leamos pronto :) abrazos para ti también.
yaki. Wow, muchas gracias cariño, me alegra muchísimo saber que logré todo eso. La verdad yo también disfruté mucho escribiendo el capítulo anterior (este también ha estado bien), sobre todo porque es la primera vez que pongo una referencia tan directa a la serie. ¡Dimos saltitos juntas entonces! Gracias por seguir la historia con tanto cuidado y por los comentarios asiduos :) ¡Te mando un súper abrazo virtual y espero leerte pronto!
Anna Shortman. Me alegra que te haya gustado cariño y todo lo que me dices es muy lindo. No dejaré que lo de mi troll plagiador me moleste y Paris es una fiesta, ten paciencia que pronto podrás venir y lo disfrutarás tanto o más que yo. Yey :D qué bueno que te gusten los personajes como están, a mi eso de modificarles el físico me choca cuando es de repente y sin razón alguna. Aw si eres mi fan me muero de amor. ¡Gracias por el cariño y por la fidelidad! :) Te dejo un súper abrazo de oso y espero leerte pronto.
Polly. Oh mi bellísima Polly, ya sabía que algo estaba pasando. Yo sé que tú sigues las historias y que le tienes mucho cariño, así que no te angusties, con lo que me cuentas es como si me hubieses dejado diez reviews :) Por supuesto que Arnold es un denso, jajajaja, te han gustado las partes que a mi también me han gustado más escribir. La verdad no esperaba que Arnold se decidiera tan pronto, pero ya ves que los personajes me ganan a veces. Me alegro muchísimo que te esté gustando todo y que te haga reír. Gracias a tí cariño por escribir siempre y por todas las buenas vibras (por eso me está yendo bien, seguro). Ya sabes que te quiero mucho y que espero que estés muy bien, cuídate muchísimo ;) y no te preocupes que yo te espero :D ¡Un beso!
Bueno retoños, son las seis de la mañana y ya no dormí nada, pero en fin, seguro me va a dar sueño en media hora... ¡ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO! Críticas, comentarios, etc. etc. me los hacen llegar que ya saben que los recibo todos :) Ya se viene navidad, cuéntenme qué les gustaría ;)
¿CLIC AL BOTONCITO AZUL? :3 (lo sé, pero extrañaba mi despedida)
Nos vemos prontísimo ;)
