AGRADECIMIENTO A: Sakura1234567890, slytheriana, Mikufuyuppe, landafrls, AnnittaChibaKou, Hana, Sam y sobre todo a Nate Evans. Todos ustedes me llenaron de comentarios hermosos.

Los que siguieron la historia o dieron favoritos también se les quiere: who is Adam, luisa. 67, doritaramosvillar88, Ronald B. Knox, RocketRiot48, MarRushionerGleek, Himesamy, HanaOwO, CherryPieGir, CassioBlack, Bakaa-chan

Y luego tenemos a los lectores fantasmita. Muchachos, los adoro.


~*Un toque dulce…*~


Épilogo: Un toque dulce, por favor.


Sam paso sus manos por su cabello, por su cuello, se desajusto la corbata y la deslizo por su pecho hasta arrebatársela con violencia, apretando los papeles que tenía en mano. Se desabrocho su saco gris conjunto de su traje Armani, y aunque desabrocho los gemelos de las mangas de sus muñecas, definitivamente dejo de intentar leer los papeles que tenía en la mano.

— Concentración Sam, concentración. — se murmuró a si mismo cerrando los ojos, pero el peso intenso que llevaba en su mano derecha le estaba carcomiendo el alma.

Bufó en lo alto y aventó los papeles contra su escritorio, sin intención de hallar respuesta en lo que sea que intentaba concentrarse; ¿papeles de transacción? ¿Documentos aislados? ¿Contrato de quién? Para empezar, ¿en qué fecha estaba? ¡Arg!

Se desarreglo el cabello por completo y no le importo, yendo a su ventanal detrás de su silla ubicada en su enorme y pomposa oficina. Escuchó el ruido de las calles de Nueva York a sus pies, observando el atardecer entre los edificios. No era un atardecer como el que apreciaba en las carreteras cuando era un niño y viajaba con su hermano en el Impala de su padre, pero al menos distinguía los colores naranjas y amarillos. Manchas. Bueno, ignorando a la contaminación se podían ver pequeños destellos. Casi.

¿El cielo también se estaba burlando de él? ¡Al demonio! ¡Qué se pudra el cielo y todos sus colores monocromáticos y feos! ¡Y sí, también Dios!

Sam decidió pegar su frente contra el cristal, y estaba entre llamarle a su secretaria que le trajera una pastilla, o a al pastor Jimmy para confesarse por andar blasfemando.

Esto era ridículo.

Sam cerró sus ojos nuevamente para tomar aire, lo necesitaba con prisa, aun sintiendo todo el peso del mundo en su mano derecha. Para ser más precisa, justo en el dedo que portaba una sortija de compromiso.

Sonrió ante el hermoso aro de plata con un diamante amarillo diminuto e incrustado en el centro. Que no haya confusión, el adoraba llevarlo en su mano y ante todo público; el significado, lo que representaba, anunciaba y de parte de quien. Sobre todo, por quien.

Gabriel Novak era, oficialmente, un exsoldado de fuerzas especiales de la OTAN desde su regreso al país, después de servirle más de la cuenta a creencia de Sam, hace un año y cuatro meses, exactamente.

La verdad es que fueron los peores meses que Sam tuvo que pasar en toda su vida, tanto así que Dean tuvo que irse a vivir a New York con él durante las primeras semanas que flaqueo después de que se despidió de Gabriel, cabello recortado, sin barba y en uniforme con demasiadas condecoraciones para darle respeto, lo suficiente como para que en medio aeropuerto no se doblara de rodillas y jamás lo dejase subir a ese maldito avión.

Los primero días sobrevivió muy apenas hasta que la primera carta llego, porque acertadamente, Gabriel no podía tener acceso a redes sociales ni abusar del chat de la milicia durante sus primeros días en Kabul. Seis hojas, literalmente abarrotadas de letras, hicieron que la vida regresará al menor de los Winchester.

Dos llamadas por WebCam nunca fueron suficientes, y ciertamente que las cartas a veces parecían más sinceras y menos incomodas porque siempre había alguien detrás de Gabriel. Subordinado o cadete, guardia o vigía, que escuchaba todo lo que platicaban. No, las cartas eran muchísimo mejor.

Pero de junio a julio, de julio a agosto y Sam ya era un manojo de nervios atento siempre a las noticias internacionales y un oído agudo entre sus clientes más influyentes en política, solo para estar seguro que nadie se le ocurrió atacar los campos de concentración en Afganistán o la frontera de Irán. Sinceramente que el castaño no sabía en qué parte exacta estaba su pareja, por eso se mantenía atento a todo.

De esa manera esquizofrénica es como preocupo a Gadreel y Ruby, viéndose obligados a buscar apoyo para sacar a Sam de las oficinas y las noticias móviles. Quienes intentaron ayudar fueron Kali y la esposa de Cole, Sarah.

No negara que al principio se sintió raro con las visitas de las mujeres ni parecer que él era la esposa nerviosa que esperaba en casa el regreso del héroe de su marido. Que, para empezar, por aquella época Sam no estaba tan seguro de querer ese compromiso si significaba estar con la oración en la boca todo el tiempo. Después resulto que Kali y Sarah solo intentaban darle ánimos de seguir soportando, recordándole de manera discreta que la vida seguía del otro lado del país, que solo debía seguir esperando como si nada hubiese cambiado.

Funciono. un mes. Para octubre volvió a caer en el trauma de tener el celular en la mano todo el día pendiente de las noticias.

Es aquí donde llega Dean y su maleta, con cuatro paquetes de cervezas y destruyéndole su celular. Literalmente, estrellándolo contra la pared cuando lo sacó de quicio. Su hermano ayudo mucho más, ignorando sus burlas por la conexión tan rara que formo con Kali y Sarah; su hermano le recordó por qué, para empezar, decidió esa mañana de mayor que aceptaría esperar a Gabriel lo que tuviera que tardar, para tenerlo en sus brazos.

Sam quiso que Gabriel siguiera en su vida, en su piel, amándolo tan fuerte y que valiera la pena todos los días. Esa mañana donde Gabriel pensó que con aquella carta todo terminaba, Sam decidió que no estaba en el olvidar a la persona más importante, que no valía la pena alejarlo ni huir, sino sufrir, porque siempre volvería a él, y Sam esperaría.

Sólo el señor, el pastor Jimmy y posiblemente medía ciudad sabe lo que les costó a los dos durar tanto tiempo.

Pero el veinte de enero del año 2017, Gabriel bajaba de su vuelo desde Francia a la pista de New York, llegando a la terminal y de ahí, ya sin uniforme ni banderas, colgando los brazos detrás del cuello del abogado y ahí se quedó y no se separó, ni tenía la intención. De hecho, Gabriel terminó mudándose con Sam desde el primer día, ahora compartiendo una pared llena de fotos de sus familias. Sam casi llora.

Sam creyente que después nada podría ser peor, bueno, sí se pudo.

Ese día lo recuerda muy bien, no fue hace más de dos meses cuando paso, aun así, parecía que fue ayer.

Resulta que al final la prensa amarillista logró unir los lazos de la organización de Sam con la corporación de Dean, emparejándolos como hermanos descabelladamente y se hizo un pequeño bum. Por suerte, el ex patrocinador del grupo de Strippers de Dean, Crowley, ya había firmado un contrato antes sobre la discreción de aquel pasado oculto sobre su hermano. Nadie que gastara veinte dólares en un club nudista podía ser considerado fiable para las noticias, y nadie que pagara más de tres mil dólares -antigua tarifa VIP de su hermano- se echaría de cabeza reconociéndolo públicamente.

Kali hizo de nuevo un gran favor a ambos, haciéndose cargo desde el principio de todo lo que circulase por las redes sociales e incluso pudo sacarle ventaja en el aspecto juvenil. Mientras que Sam se encargaba de política, Dean abrazaba con ganas la revolución automotriz, logrando que la mejor amiga de su novio convirtiera sus rostros en figuras públicas y plasmadas en primeras planas como el NYT o los hombres de éxito.

Nadie lo vio venir.

Por supuesto, la prensa quería toda la historia detrás de atractivos rostros, según Kali, por lo que sólo vieron una alternativa y esta fue proporcionada por Gabriel. Fue él mismo quien escribió una pequeña biografía de cinco páginas, más otras cinco de entrevista exclusiva. Por fin Naomi tuvo su exclusiva, y Sam y Dean se quitaron un peso de encima de que gente extraña se metiera en sus vidas.

Pero fue tanto el estrés, que algo explotó entre Gabriel y él. Una mañana discutían por sabrá Dios que, el primero amenazando con no seguir soportando más indiferencias y él siendo un idiota respondiendo que podía marcharse cuando quisiera. Gabriel lo cumplió, pese a la mirada cargada de dolor y decepción no dijo nada más y tomó su maleta colgándola en su hombro. Sam no reaccionó hasta oír la puerta cerrarse de su departamento y al darse cuenta que el elevador ya iba en el penúltimo piso, hizo uso de su buena complexión deportiva y bajo las escaleras de emergencia; apenas logro alcanzarlo cuando esta ya estaba alzando en la cajuela de un taxi.

Sam no sintió su corazón seguir latiendo, no cuando el ojimiel se dirigía a donde el portero del edificio le abrió la puerta trasera del taxi.

— ¡Gabriel! — gritó con todas sus fuerzas trotando el último tramo de distancia, y aunque el ojimiel no se volteó, si lo detuvo apenas ponía un pie dentro del vehículo amarillo —…Gabriel.

— ¿Ahora qué diablos quieres, Sam? — Gabriel se dio la vuelta con fastidio, pero sus ojos ya estaban rojos y Sam estaba seguro que los suyos ya comenzaban a humedecérsele — Ya me fui de tu jodido departamento y lo hare de tu jodida vida, ¡¿qué más quieres Winchester?!

Lo último el rubio no lo quiso decir tan alto, se notó cuando sus ojos bailaron alrededor y apretó los labios en una fina línea. Pero Sam sólo veía aquellos ojos dorados cristalizarse de nuevo, las mejillas sonrojadas del enojo y vergüenza al mismo tiempo, y como esa maldita chaqueta negra le quedaba bastante bien a su pequeño cuerpo.

— ¿Vas a decir algo o no? Yo sí tengo una vida Sam, no puedo seguir perdiendo mi tiempo.

Sam saboreó su voz, poco grave para ser la de un hombre y con el acento de cualquier reportero, su aliento que pego en su rostro aunque aún quedase medio metro de separación y este era de sabor chocolate, como siempre. La barba recientemente afeitada pero que era rojiza caoba cuando se la dejaba crecer.

— ¿Sabes Sam? Hoy había amanecido de buenas, olvidando todo este conflicto que tienes contigo mismo, estaba muy feliz; iba a proponerte lo mejor que pudo haberte pasado pero, ¡a la mierda! ¡Eres un idiota!

Sam no prestaba mucha atención a lo que Gabriel decía con esa exactitud, sino que prestaba más atención al rostro enojado que llevaba; el ojimiel era de esas personas que le iban mejor una sonrisa burlona o sarcástica todos los días, no una mueca de que enojo y tristeza como ahora.

Porque la actitud de Gabriel siempre era infantil, grosera, muy sarcástica e imprudente en la mayoría de las ocasiones; pero pese a eso, siempre era sincera, agraciada, trabajadora, dulce, amable y benévolo. Le encantaba la honestidad y despreciaba las máscaras artificiales de la gente, le gustaba el trabajo eficaz pero siempre contando con su equipo, ayudaba a las personas a vivir sin mentiras aun contra todo el mundo.

Era como estar con un niño bastante travieso pero muy inocente, que se creía Superman y salvaba al mundo.

— ¡Sam! — Gabriel se ha quedado sin palabras para seguirle reprochando. Ciertamente se las dijo cuando ambos discutían esa mañana y ahora ya no tenía ningún otro argumento, o energía para crear alguno.

Pero Sam no notó el brillo de desesperación en sus ojos o nervios, sino que el viento de verano en la ciudad pegó con fuerza y alborotó esos cabellos rubios castaños que bailaban con la fresca brisa. El aroma del hombre era entre su colonia, el aromatizante de sus sabanas de su propia cama y chocolate.

En ese momento los fuertes y deliciosos olores le dieron una epifanía donde se veía feliz, en una cama en pijama abrazado al mismo hombre que tanto le hizo cambiar hace dos años. Una vida tal vez nunca pacifica ni amorosa del todo, pero sí única y feliz, con ese hombre que estaba a punto de golpearlo si no hablaba en ese mismo instante.

Y tenía que hablar rápido, con lo primero que se le vino a la mente.

— Cásate conmigo. — soltó de repente.

— ¡…¿Eh?! — Gabriel detuvo su intención de golpearlo y simplemente frunció el ceño, creyendo que ya estaba lo suficientemente loco

— Cásate conmigo. — repitió esta vez, con más seguridad ya que la primera lo soltó con susurró, y para la tercera ya estaba sonriendo — Cásate conmigo.

— ¿Cómo puedes decirme eso, estúpido alce? ¡Hace menos de veinte minutos me corriste de tu lado, ¿y ahora me quieres una vida?! ¡Vete a la mierda Winchester! — Gabriel cerró sus puños y los estrello contra su pecho, claramente pasando por un berrinche, aunque justificado — ¡Muérete, muérete mil veces!

Sam paró sus golpes que, si bien no lo movían de su lugar, si le dolían. Su amante era chaparro, no débil.

— Okey, lo aceptó Gabriel, ¡lo acepto y lo siento! — con este último grito obtuvo la atención completa del pequeño. — La he cagado con mi hermano, con nuestros amigos, ¡en nuestra relación, lastimándote! ¡Y lo siento!

Sam tragó con fuerza, pero ya no podía parar. No cuando esos ojitos dorados lo miraban sorprendido y esperanzados.

— Dean es un idiota, pero yo lo he sido más que él por haberlo ignorado todos estos años.

— Eso es cierto. — Gabriel estaba cabreado, eso seguro, pero Sam no se detuvo

— He sido un cobarde desde siempre, fingiendo que mi vida era perfecta.

— ¡Eso es doblemente cierto! — lo interrumpió otra vez el pequeño, Sam se vio obligado a ignorarlo de nuevo.

— Y no lo era, hasta hace casi dos años que entraste por mi oficina para esa estúpida entrevista. — Gabriel abrió su boca con la intención de volver a interrumpirlo, pero Sam no paró de hablar —; Entraste por la puerta de cristal por sólo trabajo, y terminaste de llevarte algo más que una simple historia de un abogado novato popular. No fue solo el beso de despedida, ni mi número telefónico para otra cita, sino todos y cada uno de mis pensamientos.

»Eras esa luz que me faltaba, la chispa que no tuve nunca a mi lado, y aunque todo esto inicio como un juego, terminaste por ser la persona más importante a mi alrededor.

»Has tratado de unirme a mi hermano de nuevo, de alejarme del trabajo y divertirme, de conocer gente encantadora a la que llamar amigo y familia. Entraste en mi vida Gabriel, y aunque yo siga siendo un idiota, no quiero que te vayas de ella nunca más. Tendremos muchos problemas, muchas discusiones por mis tonterías y tus berrinches que son adorables al final de cada día, pero yo los quiero sin falta durante muchos años. «

Sam tuvo que detener su parloteó para tomar aire y pasar saliva por su garganta, pero sin despegar nunca su vista de los ojos ajenos que parecían miel derretida, la más deliciosa que el pudiese apreciar. Gabriel nunca bajó el rostro pese a que el cuello podía llegar a dolerle, con los labios entreabiertos dejando salir poco a poco el aire que no se atrevió a soltar en medio de tan bellas palabras. Nunca lo aceptaría en voz alta, claro.

Y ahora Sam si temblaba porque no recibía ninguna reacción de su amante. No se daba cuenta que el portero del edificio estaba que se mordía las uñas por saber que pasaría, o que el taxista pese a su notable disgusto por la escena tampoco decía nada para no interrumpir el suspenso en la parejita.

Sam se puso nervioso de pies a cabeza y ya quería empezar a hablar de nuevo para prometerle al hombre frente a él cielo, mar y tierra, cualquier isla, una maldita estrella con su nombre o una casa al lado del palacio en Abu Dabi, pero entonces notó como Gabriel sacaba algo de su chaqueta y jugaba con eso entre sus manos.

— Eres un estúpido alce, ¿por qué tuve que irme para que dijeras todo eso? — los murmureos de Gabriel apenas fueron entendibles para él

— Porque soy un estúpido alce que necesitaba ver a su glucosa con patas en forma de ángel muy lejos de él. — intentó sonreír un poco con lo dicho para bajar sus nervios, pero sólo recibió otro paro al corazón cuando su dicho angelito subió la vista sonriendo.

— Arcángel, por favor. Léete la biblia un día de estos, maldito ateo. — Gabriel también intento sonreír un poco ante su broma y Sam no podía pedir más.

Se acercó un último paso que los separaba y cogió entre sus palmas las manos del susodicho, quien todavía movía unos objetos entre ellas. Sam con cuidado y precaución desdobló los dedos que de pronto apretaron dichos objetos, y aunque Gabriel tuviera la mirada agachada y con las orejas misteriosamente rojas, Sam pudo desdoblar las falanges y observar lo que tanto ocultaba el castaño.

Dos sortijas de plata gruesas, una con un diamante blanco pequeño incrustado en el centro, y la otra con el mismo modelo, pero más grande y con el diamante de color dorado.

Fue el turno de Sam de ponerse rojo.

— Pensaba proponértelo ya hace un tiempo — susurró el arcángel extrañamente cohibido y escondido entre sus cabellos —, pero con todos los problemas en tu trabajo, la prensa y con Dean, pues. Bueno. No pude hacerlo. No quería presionarte, incomodarte o yo que sé.

Lo último pareció más un sollozo que un verdadero argumento, pero Sam ya no podía encontrar cosa más adorable y tampoco quería hacerlo sentir más incómodo. Así que solo tomo las sortijas de la palma rosada de su, ahora ya prometido, y supuso que la más delgada era para las manos pequeñas de Gabriel, y la del diamante dorado para él.

Puso ambas en los lugares justos y luego entrelazó ambas izquierdas con los dedos, usando la diestra para acunar el rostro sonrojado que tanto le encantaba. Acarició con su pulgar la piel suave y limpia de cualquier imperfección, trazando cada línea que podía de aquel rostro, llevando su pulgar hasta el befo inferior y presionándolo un poco mientras con los demás dedos sujetaba el mentón. Elevó con cuidado y cariño ese rostro y lo recibieron los dos pedazos de dulce miel en el iris, degustándolos con gula interna ese néctar puro.

— ¿Te casas conmigo? — volvió a preguntar, ahora consiente de que no lo decía con apuración o en las nubes, sabiéndose la respuesta de antemano, pero con ansias de escucharla y grabarla en su memoria para siempre

— ¿Todavía quieres más drama? — bufó Gabriel, pero al recibir su mirada de cachorrito perdido, solo desistió — Si Sam, manipulador sin escrúpulos. ¡Pero donde vuelvas a ser un…! ¡Sam!

El pequeño grito de sorpresa que dio se debió a que el castaño más alto lo abrazó de su cintura y lo elevó con mucha fuerza para dar vueltas al aire. Sam se vio a si mismo efusivo y carcajeando limpiamente, acompañado de Gabriel quien lo hacía un poco más discreto.

Ese día lo recordaría Sam para toda su vida definitivamente, más por el gritillo de victoria que soltó su muy reservado y avergonzado portero, o la cara de molestia del taxista que aún así no les cobro nada por el taxímetro que se dejó correr durante toda su escenita. Aunque realmente fue la reconciliación la que importo, después de todo duro toda la mañana, no se dejaron de meter mano en toda la tarde en la que ninguno de los dos quiso ir a trabajar, y a la noche nunca le encontraron fin bajo las sabanas.

Sip, momentos muy valiosos.

Pero entonces, ¿en dónde estaba su problema? Claro, venía directamente desde hace una semana, en donde llegando a casa temprano y siendo una sorpresa por lo que entró en puntillas, escuchó la plática que estaba teniendo Gabriel con su archienemigo-mejor amigo Baldur. Por accidente, claro, no era que el tipo en si le caía mal y le molestaba verlo tan pegadito siempre con Gabriel.

— Me dolió. En serio. — esa era la estúpida voz del mejor amigo de su novio. Fue la risa burlona de su pareja lo que le relajo

— Si Sam va a tener ahí a su hermano, yo quiero a Castiel a mi lado también, no es nada en tu contra. Aunque sí, me gusta que te duela la noticia. — Sam hizo una nota mental: regalarle durante una semana entera chocolates a su pareja.

— Bastardo. — gruñó el invitado — Yo te hubiera hecho una mejor despedida de soltero que Castiel. ¡Incluso mucho mejor de la que le prepara tu cuñado!

— No creo que vaya a tener algo así.

— ¿Cómo de que no?

— Sam simplemente no es así. — Sam sabía que Gabriel seguía con su sonrisa pese a que se había encogido de hombros. También de que había amenazado a Dean si se atrevía a llevarle a algún lado morboso.

De hecho le había pedido que cargara el impala para los tres días que les tomaría llegar a Dakota, con botana y cervezas. Disfrutaría de un último viaje por carretera con su hermano, entre bares para jugar billar y quitarles dinero a unos pobres diablos, y después verían el cielo estrellado sobre el impala, disfrutando del buen rock de los ochenta.

Sonaba bastante bien para él.

— Dios, el abogado más exitoso y sexy de Nueva York no sabe divertirse. — la voz de Baldur lo sacó de sus pensamientos.

— Eso mi querido Baldur, no te corresponde juzgar a ti, sino a mí. — lo dijo Gabriel con su tono pervertido. Nota mental numero dos: comprar doble caja de chocolates.

— Bueno, ¿ya decidiste donde será?

— En un terreno que pertenece a un familiar de los Winchester, en Dakota del sur; un lugar bonito en el campo y lo suficientemente lejos de Nueva York para el disfrute de Sam.

— ¿Sam que dijo?

— Yo soy el que prepara todo este caos, él debe estar de acuerdo quiera o no. Además, los trajes grises combinaran con el paisaje. — respondió Gabriel en su modo berrinche, a lo que Sam rodó los ojos decidido a entrar, pero otro comentario tonto de Baldur le hizo quedarse en su lugar.

— ¿Tu solo estas organizando la boda?

— ¿Qué parte de "todo" fue la que no entendiste?

— ¿Al menos le interesa la boda?

— ¿Ahora que tonterías estas diciendo Baldur? — Gabriel sonó ofendido pero curioso, Sam estaba igual

— Gabriel, dejándome de bromas. Eres mi mejor amigo, pese a que te parezcas a mis hemorroides en pleno verano. — estando tras la puerta, se preguntaba si en algún momento dejaría de tomarse todo a broma el muy bastardo. — Sam Winchester es muy reservado con eso de los sentimientos y emociones, tú eres un maldito libro abierto de sentimientos y emociones; no te ayuda con la boda, yo fui contigo a probar los platillos, el pastel, ¡la jodida mantelería! ¿Estás bien con todo esto?

Pese a todo, Baldur si era un gran amigo que se preocupaba de verdad por su mejor amigo, lo que le hizo a Sam alertarse por tremenda pregunta. ¿No se le notaba lo enamorado que estaba por Gabriel? ¡El hombre lo traía de cabeza!

— Sólo lo diré una vez Baldur: yo me enamore de ese hombre del que tanto reniegas su actitud, me viene valiendo tres cuartos de chocolate que lo comprendas o no.

Después de esa charla, ahora Sam sí que estaba preocupado.

A él también le valía lo que pensara Baldur, el problema era que no sólo era el desgraciado. Dean ya se lo había dicho desde hace mucho que parecía muy frio al lado de Gabriel, y si su mismo hermano-Oh-esas-son-cosas-de-chicas-mayor lo notaba, era porque algo definitivamente iba mal con él.

En privado con Gabriel era todo sonrisas, mimos y cosas aún más tontas pero que tanto amaba hacer con su novio, pero en público era otra cosa. No que Gabriel fuese un adicto a las caricias y actos indebidos en la sociedad, pero apenas y rozaban el hombro al caminar si es que no era en citas, y eran bares o sitios muy reservados.

Entonces tuvo una gran necesidad de darle una gran sorpresa a Gabriel y a todos los jodidos invitados de la boda, algo que afirmara a los cuatro vientos que estaba locamente perdido por su prometido.

Primero se le ocurrió que un avión pasara por las nubes y dibujara un corazón. Sintió escalofrió con esa idea.

Segundo, era cantar frente al público durante el intercambio de votos. Se dio una pepa por ese pensamiento, y la imagen imaginaria donde Dean terminaba por morir gracias a un ataque de risas.

Tercero, fue cantarle solo a Gabriel después de la cena ensayo con su hermano de coro y con Castiel tocando el triángulo. Su imagen imaginaria le mostro a un Gabriel junto a Dean muriendo de risa y Castiel con su inocencia, llorando.

Con la tercera terminando por pegar su cabeza contra el ventanal y una patada imaginaria en su paquete. No sabía qué hacer.

Dale un caso de una empresa billonaria en quiebra por motivos misteriosos y lo resolvería en menos de una semana, ¡él de creativo públicamente no tenía nada! ¡Ese era su hermano!

¿Su hermano?

¡Su hermano!

¡Dean! Gritó dentro de su mente con las energías renovadas.

Rápidamente cogió su celular y marco el número de su hermano, esperando que su idea no fuese lo suficientemente ridícula para que asesinar a su hermano por deshidratación causada por un ataque de risa.

Espero un timbrazo. El segundo. El número tres y escuchó la voz gruesa del otro lado de la línea.

¡Hey Sammy!

Dean, necesito de tu ayuda.

¿Ocurrió algo? ¿Estás bien? ¿Ya se arrepintió Gabriel de casarse contigo?

Que gracioso idiota — maldijo el momento donde le dijo de su problema a su hermano — Pero por si las dudas, tengo un plan para evitarlo y necesito tu ayuda.

Perdona, ¿qué?

Sam sonrió como el Grinch ante su plan malévolo, y del otro lado de la línea en un taller mecánico de Manhattan, Dean sintió escalofríos de tan solo imaginarse a su hermano con esa mueca del mal.

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El día de la boda todo fue mucho más tranquilo de lo que cualquiera que conociera a Gabriel por cinco minutos podría esperar.

El campo de Bobby tenía un prado hermoso en perfecto estado para estar a inicios de otoño, y las dos enormes carpas blancas enormes rodeadas con ligeras telas blancas brillosas les tapaban de cualquiera con ojos curiosos.

Por parte de Sam sólo eran unos compañeros con los que siguió en contacto después de Stanford y sus respectivas familias como Jess y su esposo e hijo, Ava junto a su prometido, Lily con su hija, Adrew, Pamela, Missouri, Gadreel con Ruby, Bobby con Ellen, Judy Mills con su esposo e hijo, Jo y su novio, Ash, los estudiantes de Castiel, y por supuesto su hermano. Los invitados de Gabriel sólo fueron sus hermanos y sus familias, su editora Naomi con su marido e hijos, Kali, James, Chuck, Becky, y otros tres soldados con quienes sirvió en Afganistán y fuerzas especiales, entre ellos la esposa de Sarah, Cole y su hijo.

En realidad, fue una reunión pequeña y por eso no hubo necesidad de más espacio, salvo tal vez por tener que instalar la pista de baile de un tamaño considerable, donde también se pusieron en frente con el juez para intercambiar los votos.

El momento de los votos tal vez fue él más curioso, ya que se escuchó más de un sollozo, entre ellos fueron los de Chuck consolado con mucha pena por parte de Miguel, no creyendo la actitud de su padre junto a Ana para reírse.

Sus votos fueron normales, clichés, nada del otro mundo y pese a que Gabriel seguía sonriendo como si estuviesen parados sobre un planeta de chocolate, Sam no pudo evitar mirar de reojo a Baldur y recordar sus palabras referentes a él: "frío sin emociones".

Los de Gabriel fueron otra cosa.

— Yo entre a tu oficina esa tarde por una entrevista, no a que tus ojos me examinaran como Golum veía al anillo único. La referencia va del Señor de los anillos, bola de incultos — la gente empezaba a reír un poco más fuerte cada que hablaba el rubio —; Debía salir con preguntas interesantes y respuestas lo doble de satisfactorias sobre la fabulosa vida del abogado más joven y exitoso del momento, pero la mañana del lunes cuando le entregué el borrador a mi editora, sólo estaba tu número y una corta novela erótica de lo bien que besabas.

Sam tuvo que empezar a reír con decoro, más por el nerviosismo que aún sentía que por los propios comentarios de Gabriel. Sólo Dean y Miguel tuvieron la decencia de negar ante la actitud de su novio.

— Pero entonces empezamos a mensajearnos, a compartir salidas, risas y secretos. Comencé a ver no a un chico que estaba en la cima, sino a un hombre cansado pero que aun así se levantaba cada mañana para hacer de este mundo uno mejor sólo con su inteligencia — todo el mundo quedo en silencio, justo cuando Gabriel tomaba aire para seguir ablandando cada corazón presente, el de Sam para empezar —. Estuve en la guerra, escribí cientos de artículos sobre héroes caídos u olvidados, pero nunca jamás tuve la oportunidad de iniciar una historia junto al lado de uno, que sólo pelea con palabras.

»Esa tarde yo entre a tu oficina sin rumbo, con pesadillas y malos momentos rodeándome, pensando que hacer el reportaje de un niño recientemente glorificado era lo peor que podía pasarme. Cuan equivocado estaba, eso me lo mostro tu sonrisa, cuando sólo dijiste con una sonrisa humilde, "Hola, Sam Winchester a tu servicio". No corazón, yo estoy a tu servicio desde ese momento, y lo estaré por el resto de nuestras vidas. «

Todos quedaron en silencio, con el aliento espeso y ruidoso al salir de sus labios, recuperando la noción del tiempo y del significado de respirar. Hasta Chuck dejo su melodrama y soltó lágrimas en silencio, Castiel sonreía de par en par en dirección a Dean, quien junto a Miguel mostraron algo de su macho corazón al tener los ojos cristalizados.

Sam sintió su pecho muy pequeño porque su corazón se estrujaba de felicidad. Por dios, ¿qué hizo él para merecerse a su arcángel? No pudo soportarlo sinceramente, así que dio un pazo largo y deposito un beso en la frente de su ya casi esposo, y dejo las frentes unidas mientras le acariciaba el rostro con una mano, intentando no llorar en su propia boda.

— Te amo tanto. — le susurró con cuidado y percibió la enorme sonrisa que causaron sus palabras en el rostro de su amado.

El carraspeo de la juez, su amiga en el buffet que trabajo por primera vez, Maritza. Ella también había soltado unas lágrimas, pero recupero su sonrisa inmediatamente.

— Okey, prosigamos. — dijo ella y Sam se tuvo que separar de él con ayuda de un jaloneo sutil de su hermano.

Con una mirada le indico a Dean que no moviera su mano de su propio codo, porque ya no encontraba fuerzas para abalanzarse sobre Gabriel. Su hermano mayor, una vez más, le salvo de sus incoherencias.

— Antes de unificar este enlace, si alguien conoce o sabe motivos del por qué no se debe de realizar, que hable ahora o calle para siempre. — si bien, Mitzuri no termino de hablar, Gabriel ya se había dado la vuelta con cara de asesino

— Juro que si alguien tiene la intención de hablar, mis amigos de Fuerzas Especiales aquí presentes tienen mi permiso para asesinar al estilo Cally of Duty. — todos perdieron el momento melancólico de antes, sólo para volver a reír por las tonterías de Gabriel — La amenaza va para ti, Baldur.

— ¡Oh, rayos! — Baldur chasqueó sus dedos, imitó al zorro de Dora la Exploradora, siguiéndole el jueguito a su mejor amigo.

Sam le volvió a coger de las manos que ya tenían unidas por el intercambio de sortijas, esta vez doradas y sencillas. Que podía decir, no sería su boda con Gabriel, si este no hiciera de las suyas como el Truquero.

— En ese caso y bajo la agresiva amenaza, los declaro esposos frente a todas las leyes del hombre, del estado y para el estado. Pueden besarse. — concluyo Mitzuri con alegría, y Sam no perdió tiempo al inclinarse un poco y Gabriel ponerse de puntillas.

Los espectadores completos se elevaron de sus asientos para aplaudir y vociferar, había unos más ruidosos que otros, pero con total alegría e ignorados por la pareja, ésta estaba considerablemente pegada la una a la otra en su propio mundo.

Pero de eso ya unas horas, ahora la tarde se terminaba y la noche disfrazaba a la fiesta que estaba bastante animada con la música y la pista de baile considerablemente animada. Nadie parecía querer irse, pues hasta los niños más pequeños parecían estarse divirtiendo y los adultos no querían irse sin probar el pastel que se presumía estaba delicioso, según sus reposteros Dean y Gabriel.

Era la señal perfecta para Sam en ese caso. Agradeció que de su propia firma sólo estuviera presente Gadreel y Ruby, aunque Jessica con su marido era algo incómodo, lo bueno es que lo más probable no los vuelva a ver por mudarse a una cueva a cubrir su vergüenza.

Lo hacía por su marido, por su marido, por su marido. Marido, que hermoso sonaba esa palabra en sus labios.

— ¿Estás listo? — preguntó Dean a su espalda, quien con la cabeza señalaba que Benny y los demás compañeros de su hermano estaban ahí.

Sam tuvo que tomar el vaso de whisky que su hermano llevaba en una mano, tomó aire lo más que pudo, y luego le arrebato el vaso del mismo líquido que permanecía a su familiar. Dean tuvo que burlarse de él con una sonrisa, pero no desistió. No podía hacerlo. Debía hacerlo.

— Hora de ser un hombre, Sam. — le dijo su hermano, no con burla exactamente, si no con el propósito de recordarle que lo hacía para ser el hombre que Gabriel necesitaba.

— Sí Dean, es hora. — habló con determinación y camino junto a su hermano fuera de la carpa, al camión con el logo de la pequeña organización creada por Dean y sus amigos.

Era hora de ser un hombre. Un hombre que necesitó un tercer Whisky.

.

.

.

Joder, joder, ¡joder! Estaba nervioso, catatónico, delirante, ¡¿en que estaba pensando cuando creyo que esto sería una buena idea?!

En Gabriel Sam, pensabas en él y las estúpidas palabras de Baldur. Vale, que hablar consigo mismo se estaba haciendo muy común y ya daba miedo.

— ¿Dean? — su voz no evitó que temblara, ¡joder!

— Deja de llorar Samantha, yo te cubro la espalda. — le dijo Dean desde su posición al lado de él.

Su hermano estaba con él, y su hermano siempre lo cuidaría de todo. Confiaba en él, confiaba en Dean. Estaba listo para esto.

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.

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La pista fue despejada y todos se amontonaron alrededor de ella. Gabriel fue obligado a sentarse en un extremo central de la pista, y frente a él donde antes estaba la mesa del juez, ahora se encontraba una cortina negra sostenida por un improvisado par de postes. Castiel estaba a su lado, obligados ambos por Dean para mantenerse ahí.

Amaba el segundo oficio secreto de su cuñado, pero no entendía por qué justo en su boda tenía que hacerle uno de sus espectáculos. ¿Dónde estaba Sam? ¿Estaría de acuerdo con eso? Sólo esperaba que los hermanos no tuvieran otra pelea en su día especial.

— ¡Damas y caballeros, invitados honorarios de los novios, estarán a punto de presenciar el mejor espectáculo en una boda jamás antes visto! — Gabriel estaba seguro que esa voz era de Crowley, uno de los amigos y socios de Dean, pero no entendía porque las luces se volvieron de discoteca o tanto relajo, ¿en serio Sam estaba de acuerdo con esto? — ¡Un regalo especial del señor Winchester, para su señor Winchester! ¡Un aplauso por favor!

Gabriel y Castiel se coordinaron en alzar una ceja incrédulos, ¿Señor Winchester? Era Novak-Winchester, ninguno más ni uno menos. El apellido de su esposo era muy sureño para él, gracias.

Pese a eso, una melodía del grupo favorito de Gabriel sonó a su alrededor y al que reconocía como Benny forrado en un traje a la medida blanco con camisa de seda negra y corbata del mismo blanco, más un sombreo negro en su cabeza. A su lado salió Balthazar, pero ambos se pusieron en lugares opuestos.

El público grito ante sus movimientos lentos y caminata tranquila, pero después en la segunda estrofa vio salir a Lucy acompañado de Adam, curiosamente con el mismo traje. Vale, Gabriel ya comenzaba a sonreír y aplaudir como sus invitados, aunque seguía sin entender a que venía todo eso. Los recién llegados se unieron a las filas, dejando dos y dos de cada lado moviéndose despacio.

Pero justo llego el coro, se corrió la cortina por completo y vio lo que jamás pensó que pasaría en esta vida u otra.

Sugar,

Yes please…

La gente grito mucho más fuerte, Gabriel lo hizo de la misma forma y totalmente emocionado.

La cortina abajo dejo ver a los hermanos Winchester moviéndose con una sincronía perfecta, en trajes negros diferentes a los que llevaban en la boda pues estos parecían llevar brillo, con la pulcra camisa del mismo color pero la corbata blanca brillante, con un sombrero haciendo juego.

De Dean lo creía muy apenas, pues aunque era el trabajo de su cuñado y así lo conocieron él y Castiel, que lo hiciera frente a su familia y personas allegadas era extraño. La mayor sorpresa era Sam, que se movía como si bailar en público fuese tan normal para él; mover de esa forma el trasero, debía venir en la sangre.

Los pasos en si eran sensuales, más que nada moviendo la retaguardia de un lado a otro, con los pies deslizándose por la plataforma y las manos sólo para lucir el traje y el sombrero que se quitaban, jugaban con él y volvían a poner haciendo un movimiento obsceno con las caderas que a Castiel hizo soltar la baba. Gabriel ya estaba como la vieja loca de su editora, gritando sin parar y riendo de felicidad.

La canción también era especial, Gabriel lo sabía y por eso seguía sonriendo con la cara toda roja. Porque fue la primera que sonó en su cita con Sam, era la que lo identificaba al inicio en su relación con él, y literalmente una vez se la bailo en la cocina de su propio departamento después del a primera noche juntos. Sam era su azúcar, con la única que pedía vivir sin morirse el resto de su vida. A excepción tal vez de un dulce orgasmo, pero eso ya era aparte.

En el segundo coro los hombres se desabotonaron de forma salvaje el saco y mientras movían la cintura de forma circular se lo fueron quitando. Para ese rato Sam ya tenía una expresión completamente profesional como bailarín desnudista, sin pena ajena y disfrutando del momento, pero más que nada sin dejar de mirar todo lo posible a su esposo, para que el directamente gozara de su mirada de igual manera.

El baile consistía en moverse de un lado a otro, pero sin dejar de deslizar los pies o mover las caderas de forma incitadora, con giros perfectos y Lucy junto a Balthazar se plantaron dos acrobacias en el centro.

Gabriel sabía que después de eso no llegarían a la luna de miel frente a la playa.

Yeah

I want that red velvet

I want that sugar sweet…

Sam se acercó a él a grandes zancadas, se hinco de forma rápido y le beso su mano izquierda. Se paró y con fuerza sin medida le hizo pararse a él, para tomarlo de la cintura, pegar sus pelvis y moverlas de forma circular o simplemente de adentro hacia afuera, de la misma forma. Joder, ¡Sam no podía escoger mejor momento para frotarse!

El coro volvió a iniciar los mismos bailarines tomaron a cualquier invitado y los pusieron a bailar de nuevo, esta vez todos amontonados en la pista.

Pero no importaba, él estaba con Sam, y le acaba de dar la mejor de las sorpresas. Que se jodiera Baldur, su esposo era lo mejor que pudo pasarle y tendría muchas noches divertidas a su lado. Sus risas en ese momento lo comprobaban, y sus manos entrelazadas entre giro y giro que le hacía dar Sam, todo estaba bien mientras terminara pegado a su pecho de nuevo.

La canción acabó y siguió otra, pero esta vez Gabriel lo abrazó con fuerza y solo se estuvieron así por un rato.

— Te amo. Te amo tanto. — le dijo su esposo a su oído, y Gabriel no hizo más que enterrar sus dedos en esa melena suave libre del sombrerito blanco, dejando que su esposo rodeara su cintura e incluso lo levantara y lo pusiera sobre sus propios zapatos.

Gabriel sabía que era amado, añorado y respetado, no necesitaba que Sam o alguien más se lo dijera, porque sólo bastaban momentos como ese para saberlo. Aun así, escucharlo con aquella voz de su alce, era lo mejor como una jugosa cereza sobre un helado de chocolate doble crema.

— Jajaja, mira. — Sam le indico a su derecha y Gabriel obedeció, ladeando la cabeza para observar como su hermanito menor y cuñado lucían igual de enamorados que ellos en su propio mundo, pero un brillo casual en el dedo corazón de Castiel le hizo sonreír con travesura

— Tendremos otro bailecito de estos muy pronto. — Sam lo miro confundido, pero tratando de buscar lo que sea que hizo poner esa mueca en el rostro de su esposo, encontró la argolla de oro blanco que adornaba la mano de Castiel con una esmeralda bien centrada.

¿Cuándo apareció ahí? Esa era otra historia que merece ser contada.

No en este momento, sabía Sam, porque esta historia era solo de Gabriel y suya.


Y ESTE ES EL FINAL! SIIIII! \(*~*)/

Sugar es la cancion por la que todo comenzó, un aplauso a Maroon 5 UuUr

A TODOS se les agradece que hayan comentado, votado por favorito o incluso como lector anónimo. Chicos, que sin los lectores nosotros escritores no somos nada, así que muchas gracias.

Tambien a travez de esta historia escribi una llamada "Somos los Novak"; inicia en la vida de Chuck y Becky y termina en Chuck y Hannah y once hijo :v

Solo es un OneShot de esa, pero me gustaría que se pasaran por ahí para ver que tal la vida de Gabriel y sus diez hermanos. La subiré muy pronto.

Tambien tengo más historias planeadas como "No me dejes ir" "Llevame en tu bolsillo" y "No se dice Bonjuor en Kansas" Tooooodas llenas de Destiel y Sabriel *~*

Aunque primero, claro, terminare "El alfa de lomo blanco" y "Justo como el fuego"… Total, espero verlos por ahí en algún momento. Besos y cuídense mucho chicos, ¡Nos vemos luego!