XII.
Pero cuando se refiere al amor, eres igual de ciega.
Nena, por favor vuelve.
No eras tú, nena, era yo.
Quizás nuestra relación no era tan enfermiza como parecía,
quizás eso es lo que pasa cuando un tornado encuentra un volcán.
Stan no me respondía ni me miraba a los ojos.
Por más bofetadas que le diera, por más que le gritara, él no me respondía. Ni siquiera reaccionaba como en otras ocasiones… Entonces temí lo peor.
- ¡¿Qué demonios te has hecho, Stan?! – exclamé mientras lo revisaba.
Temía que él haya hecho alguna locura que le estuviera drenando la vida lentamente; por suerte, al desnudarle en la habitación, comprobé que no tenía nada, salvo el hecho de que continuaba sin mirarme a los ojos y sin decirme ni una palabra.
- ¡Al menos mírame! – exclamé.
Lo tomé de las mejillas y le obligué a mirarme. Sus ojos, esos bellos ojos azules que en un momento brillaban indomables ahora estaban tristes, apagados, como si alguien hubiera venido y le hubiera robado su alegría…
Alguien…
Mierda.
¿Él…? Oh, mierda, no puede ser posible. ¡Él se enteró! ¡Se enteró de lo mío con Encore! ¡Se enteró de la apuesta!
- Stan… Stan, escúchame bien… Te juro… Te juro que no ha sido mi intención convertirte en una apuesta… Encore me retó….
Él desvió nuevamente la mirada.
- Stan…
No me dijo nada.
- ¡Stan, por favor, dime algo! ¡Lo que sea que quieras decirme, hazlo!
Continuada mudo.
- ¡Oye, al menos te estoy pidiendo perdón por esto!
Él se recostó en el lecho dándome la espalda.
- ¡No me des la espalda! ¡Stan, te ordeno que me mires y que me digas algo, porque si no lo haces, te juro que te romperé toda la cara!
No se amilanó ni me hizo caso.
Me aparté de él y me fui de la habitación. Bajando a la cocina, tomé la botella de whisky que estaba en la alacena, un vaso y me serví en él lo suficiente para calmar mis nervios ante la presente situación.
No cabía duda de que Encore era una rata sucia, pero nunca me imaginé que hasta ese grado. El maldito de seguro se lo dijo cuando intentaba besarle, motivándole a que no me hablara ni que me viera a los ojos ni mucho menos que me creyera.
Arrojé el vaso, preso del desconcierto y de la ira, del dolor y de las ganas de salir de esta maldita casa y de matar a Encore.
¿Cómo pudo haber sido tan capaz de decirle eso al chamaco, de jactarse de una buena vez de que ya lo tenía ganado? ¡¿Cómo podía faltar a las reglas del juego, maldita sea?! Por supuesto, no soy un santo, ya que yo también no siempre he respetado lo que es el reglamento más sagrado de la sociedad, pero no era para caer tan bajo.
Abrí la puerta de la habitación.
Stan todavía seguía en la misma posición en donde lo dejé, lo que me daba cierta tranquilidad, así que cerré la habitación con cuidado y me fui a la que estaba al final del pasillo. Cerrando la puerta con llave, me dirigí hacia la gaveta, la cual abrí y empecé a contar el dinero que estaba envuelto en un sobre.
Ocho mil dólares; esos eran los ahorros de un año y medio, la cantidad suficiente para apostar y ganar más dinero en el torneo del sábado. Estoy convencido y confiado en que le ganaré a esos idiotas, especialmente a Encore, para quedarme con su dinero y, de paso, con Stan, quien sucedía ser la apuesta mayor en el torneo.
Suspiré al acordarme de esa apuesta.
No tenía la intención de apostarlo; no quería hacerlo, a final de cuentas. El chico ya tenía bastante con ser apostado por su tío y ahora esta situación nada honrosa había surgido.
No, no eran mentiras lo que estaba diciendo. Eran verdades que debí aclarar al momento; era algo a lo que no debí haber cedido a pesar de la insistencia de ese gordo asqueroso de Encore. Ofrecer como premio mayor a una persona era sinónimo de venderla al mejor postor; a pesar de que Stan estaba acostumbrado a sentir mi polla al momento, no creo que él aguante el abuso del cual sería objeto si Encore le ganara.
Debo ganar ese juego a como dé lugar, eso era un hecho. No quiero perder mi dinero, pero preferiría eso antes que perder a Stan. Perderlo sería como una locura dolorosa de la cual dudo mucho recuperarme ni aunque Encore me ofreciera a su mejor puta.
Guardé el dinero en la gaveta y salí de la habitación para dirigirme hacia donde estaba él.
Al entrar a la habitación, cerré la puerta con llave y me desnudé. Al subirme a la cama, hice lo que el impulso me inducía en estos momentos: Le besé el hombro y después el cuello con lentitud y suavidad; luego empecé a recorrer con un dedo su espalda hasta llegar a sus glúteos, en donde me abrí camino para empezar a jugar con su cavidad.
Stan se había despertado, pero no hizo ninguna clase de protesta.
Me incorporé, le abrí un poco más los glúteos, y empecé a practicarle el beso negro. Para que se sintiera más cómodo, intercambié lugares, quedando él arriba de mí.
Antes de decirle algo, él empezó a succionarme el pene lo mejor que podía; yo no le dije nada, puesto que entendía que él lo hacía de manera automática… Pero esta vez decidí hacerlo temblar de placer, que me sintiera, que compartiera conmigo todo.
Que…
- ¡Ah! – murmuró él mientras se llevaba una mano hacia sus labios.
Bien, pensé con agrado mientras jugaba su miembro con mi lengua.
Volvimos a cambiar de posición, quedando yo arriba y él abajo. Me separé de su miembro y lo miré a los ojos; él estaba asustado, lo podía notar. Él no esperaba reaccionar así… Y no esperaría tampoco reaccionar ante lo que estaba haciendo: Me coloqué entre sus piernas, me volví hacia la mesa de noche y tomé la botella de aceite; al untarme el aceite en el pene, lo masajeé contra su entrada lentamente.
Stan me miraba confundido, como si no comprendiera porqué ahora actuaba gentil con él y no con la rudeza de siempre. No preguntó y eso me deprimió un poco, pero no me dejé llevar por ello, no ahora… No cuando ya lo empezaba a penetrar con lentitud.
Él se llevó una mano a los labios, pero yo la aparté y lo besé en su lugar mientras terminaba de introducirme en él.
Esperé un momento para que se acostumbrara y luego empecé a moverme pausadamente. Al cabo de un rato, empezó a respirar de manera entrecortada y a gemir.
- ¡Ah! ¡Ah!
- ¿Me sientes, niño?
No me contestó.
Tomé su pene, el cual ya estaba en plena erección, y empecé a jugar la punta con él.
- ¡No, por favor! – empezó a rogar al sentir mi jugueteo - ¡Te lo ruego!
- ¿Me sientes?
- ¡A-ah! ¡Aaah!
- Contéstame…
Masajeé la punta con suavidad; él estaba derritiéndose bajo mi cuerpo mientras lo embestía lentamente.
- ¿Me sientes? – le repetí.
- ¡S-sí!
- ¿Estás seguro?
- ¡Aaaaaah! ¡S-s-sí!
- ¿Se siente bien?
- ¡Síiiii! ¡Se siente bien! ¡Se siente bien!
- ¿Quieres más o así está bien?
Se llevo ambas manos a los labios mientras que yo, sosteniéndole sus caderas, embestía con creciente velocidad.
- ¡Más! – rogó de pronto - ¡Más, por favor, más! ¡Romper!
- ¡Eso! ¡Di mi nombre, chico! ¡DILO!
- ¡R-Romper! ¡Romper! ¡Romper! ¡A-ah!
Me apretó las caderas con sus piernas y empezó a gritar mi nombre con locura.
¡Mierda, se siente bien! Se siente bien hacer el amor y se siente mejor el sexo rudo. Siento que el orgasmo estaba cada vez más cerca, así que le aumenté más la velocidad de mis caderas.
- ¡Di mi nombre por última vez, cielo! – exclamé - ¡Dilo!
- ¡ROMPER! – gritó.
Y los dos, fusionándonos en un beso, llegamos a lo mejor… Llegamos a un hermoso clímax.
