Una Navidad Dorada
Capítulo 13: "El Baile de graduación y un milagro de Navidad" (Parte I)
Disclaimer: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.
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Habían estado conversando durante largo rato, acompañados de bebidas calientes, refugiándose del intenso frío. Arnold no supo más de Helga, desde que debió irse del hogar, acudiendo al llamado de Curly. Ahora, estaban sentados en la cafetería del centro comercial, degustando exquisiteces. Sólo podía pensar en aquella vez, cuando encontró a la rubia de casualidad, por esa hermosa casualidad, y ella cargaba ese cuadro tan pesado a cuestas. Sólo podía pensar en la música que sonaba de fondo, en la charla sobre sus padres y la familia Pataki, como también, en las mutuas cortesías desplegadas por ambos esa mañana.
¿Acaso Helga se había olvidado del abrazo improvisado, del calor que lograron darse en ese gesto, del sonrojo de los dos? Era tan genial recordar esos momentos, cuando él aun no sabía cómo contarle sus sentimientos... Era tan bello, recordar que la contempló en silencio durante tanto tiempo antes de declarársele... ¿Por qué debían ocurrir cosas como las de la noche del engaño? ¿Tendrían razón Gerald, Stella y todos los que defendían a Helga? Si había alguien que pensaba que ella jamás sería capaz de traicionarlo, era él mismo. Pero esa imagen había dolido demasiado...
De repente, se vio haciendo caso a los planes debatidos por Lucy, Curly y Rhonda. ¿Qué significaría ese abrazo entre ambos ex, que alcanzó a avizorar cuando llegó? Sus cavilaciones cesaron, al ser interrumpidas por la pelinegra.
—¿Qué ocurre, Arnold? Luces como... Como si estuvieras en otro lugar.
—Estoy algo pensativo, melancólico, Rhonda... Eso es todo.
—Oh... —dijo ella, caminando a su lado. Lucy y Curly iban adelante de ellos, conversando alegremente.
—¿Ocurre algo? —preguntó Rhonda.
—Bueno... Para serte sincero... Anoche, sí.
La chica lo miró con curiosidad.
—Vi a Helga y Daniel besándose.
—¿Qué? ¿Es en serio? —preguntó sin poder creerlo.
—Sí.
—¿Hablaste con ella? ¿Qué pasó?
—No hemos hablando, sino hasta hoy, en el hogar. Pero tuve que irme, pues Curly me llamó...
—Oh, sí, sobre eso... Perdóname, Arnold. Yo le insistí que te pidiera ayuda... No quería estar sola con ellos. —susurró, aclarándolo—. No entiendo por qué la novia de Curly quiso que yo esté en la misión...
—Vaya, casi lo olvido. ¿Cómo supieron ustedes de esto?
—Lucy lo supo; su tía es conocida de Jillian, una de las ayudantes del hogar, y ella se lo comunicó a Curly, y a mí. Dice que conoce a un sujeto en las oficinas del gobierno, o algo así.
—Es increíble lo que quieren hacer con los niños... —dijo el chico, con furia e impotencia.
—Lo sé. No puedo creer que los políticos sean tan desalmados... Supongo que lo único que les importa, es ser reelectos, y el dinero.
Y vaya apreciación, viniendo de Rhonda, una chica de cierto estatus social, que había sabido compadecerse de las personas más vulnerables, como en este caso, los niños de un hogar.
—Y que lo digas. Es nefasto.
—Oye, Arnold... —le dijo, con cautela—. ¿No creerás que Helga pudo...?
—Sinceramente, no lo sé, Rhonda. Ella hoy me envió un mensaje muy extraño... —comentó, sacando su móvil, enseñándole el mentado texto.
—No, no puede ser... Arnold, esto está mal... Helga no es así, ella te quiere, ¡te quiere! —insistió con intensidad—. Lo sé, me consta, ella me lo ha dicho, a regañadientes, pero me lo dijo.
—Rhonda... —comenzó él, tratando de impedir un sermón.
—Helga ha estado enamorada de ti, desde que tenía tres años.
—¿Qué?
—¡Sí, tonto! ¿No lo sabías?
Arnold rascó su nuca con nerviosismo.
—No, ella siempre ha querido evitar ese tema...
—Ella nos saboteó a las que haríamos el rol de Julieta, porque quería tener el papel, Arnold... ¿No lo ves? ¡Cielos!
—¿Cómo sabes esas cosas? ¿Es cierto todo eso?
—Sí, ¡las chicas hemos tenido nuestras 'noches locas'! Helga bebió de más, y esa vez, habló de más.
—No...
—¡Sí, Dios! —exclamó frustrada—. ¿Por qué no me crees? ¿Por qué todas las parejas tienen que arruinar lo que construyeron?
—Y qué me dices de ti y él... —preguntó, señalando a Curly con la cabeza.
—Yo sigo enamorada de él. Y se lo dije. —aseveró en voz baja—. Hoy mismo, se lo dije.
Arnold abrió sus ojos con sorpresa.
—¿Y...? ¿Cómo lo tomó? ¿Qué pasó entre ustedes?
—¡Y finalmente, llegamos! —anunció la amable novia de Curly—. ¡Ahora, a rogar por un milagro!
—Claro, cielito. —la apoyó Curly, mientras la interesante plática entre el rubio y Rhonda acababa abruptamente.
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Los chicos frenaron repentinamente, frente a un gran edificio gubernamental que a Arnold le resultó conocido. Era el sitio al cual había acudido hacía nueve años atrás junto a Gerald, para tratar de encontrar a Mai, la hija del Sr. Hyunh.
Oh, sí que esa resultó ser una mágica Navidad... Desde entonces, Hyunh vivió por un breve tiempo más en Sunset Arms, junto a la jovencita, y al cabo de tres meses decidieron mudarse a las afueras de Hillwood. Se suponía que esta Navidad sería especial, se repetía Arnold. Se suponía; se suponía que Helga y él abandonarían Hillwood para iniciar la universidad; que el Sr. Hyunh vendría con Mai de visita, y se suponía que esta noche iría a su baile de graduación. ¡El baile, por Dios! Se había olvidado por completo de ese asunto.
Inmerso en sus pensamientos, se descubrió unos minutos más tarde en el piso doce del edificio, junto a Lucy, Curly y Rhonda. El sitio había cambiado bastante desde aquella vez, cuando él era apenas un niño. Las viejas computadoras y sillas que acompañaban las oficinas, fueron reemplazadas por sofisticadas notebooks y mobiliario menos rudimentario.
¿Acaso estaría aun trabajando aquel hombre, el Sr. Bailey? Tal vez ya no; tal vez era una de las muchas cosas que habían cambiado con el transcurso del tiempo, al igual que tantas otras.
—¿A qué hemos venido aquí, Lucy? —preguntó Rhonda.
—Vamos a hablar con un hombre que le debe algunos favores a mi padre, pero no recuerdo su nombre.
—¿'Favores'? —dijo Arnold, con curiosidad. La chica lo miró.
—Así es, Arnold. Mi padre fue Concejal, hace unos quince años. Era muy pequeña, prácticamente no recuerdo nada. Pero he oído sobre el sujeto, miles de veces...
—¿No puedes llamar a tu padre y preguntarle el nombre? —interrogó Curly.
—Sí, nos tomaría horas encontrarlo... —razonó Arnold.
—Es que mi padre no puede saber de esto, chicos... —sentenció la castaña con misterio.
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—¿Y?, ¿ya conseguiste lo que querías? —le preguntó arqueando una ceja. El muchacho volteó a verla.
—¿De qué hablas, Shaylene?
—¿Sabes, Daniel? —comenzó con sequedad—. He hecho muchas cosas por ti, muchas, —aseguró enfáticamente— y de muchas, no me siento orgullosa...
—¿Qué intentas decirme? —la interrumpió.
—Ninguno de tus planes sucios funciona bien para ti, ni para mí. A ver, —dijo fingiendo meditar—, pensemos. Anoche besaste a Lucy, dejándola confundida, peligrando su noviazgo; besaste a Helga, armando la escena del siglo, con un Arnold más que patético, huyendo.
—¿Es mi culpa que él no te haya correspondido, Shaylene? Ambos sabemos cómo era esto...
—¡Sí, idiota, sí! —dijo empujándolo—, es tu grandísima culpa. ¡Ambos sabíamos que él ama a Helga y tú me convenciste de lo contrario, de que podríamos separarlos! —concluyó furiosa.
—Oh, Shay, Shay, Shay... —dijo rodando los ojos con lentitud—. ¿Es que no lo ves? Separamos a dos parejas.
—¿Y con eso, qué? Ni siquiera tú sabes a quién quieres.
—¡Oye, tampoco es así...!
—Al menos yo sí, y me odio por eso... —acotó la chica.
Daniel frunció el ceño, sin comprender.
—¿Te odias por querer a Arnold? ¿Ese pelmazo buen samaritano que todos quieren? ¡Por favor! Terminaste siendo como todos los que están a su alrededor... No sé qué le ven, además de ser increíblemente ingenuo y modesto.
Shaylene tomó aire, exaltada.
—Me odio, porque nunca quise a Arnold, solo me gustaba... Pero sigo queriéndote, y eso, es un asco, porque eres la peor persona que he conocido.
—¿Tú...? ¿Me quieres? Pero Shay, lo nuestro quedó atrás desde hace mucho tiempo... ¿Cómo es posible que...?
—Nunca entenderás por qué Helga ama tanto a Arnold, porque nunca serás como él... Siempre serás la misma escoria. ¡Maldito seas, Daniel Saint Priestley! —dijo alejándose rápidamente, dejando caer sus lágrimas.
—¿Adónde vas, Shay? No te pongas así, yo solo bromeaba...
—¡Olvídate de mí, basura! ¡Renuncio! Jamás debí asociarme en tus fechorías, no eres más que una basura.
—Pero Shay, nena, no me dejes... A fin de cuentas, siempre quedamos tú y yo, ¿no? —dijo Daniel, en su afán de parecer creíble.
La chica secó sus lágrimas y recogió sus pertenencias de los casilleros.
—Abre la puerta, ya son las dos y hay clientes agolpándose. —agregó ella, sin mirarlo.
—Eh, sí, sí... Claro. —dijo acatando su orden.
—No me verás nunca más. —sentenció la chica, dejando a Daniel pasmado.
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—Buen día, ¿qué tal? —saludó—. Soy Lucy Martin, hija de Patrick Martin, el Concejal de la ciudad en el período 1993-1996, ¿lo recuerda?
El hombre la vio sin recordar tal suceso y a tal persona.
—¿Su padre? ¿El ex concejal...?
—Sí. —asintió Lucy—. Él tenía toda un equipo de trabajo, como por ejemplo, Sandy Brandson; Rick Jones; Claire Martin, mi madre —aclaró—, Thomas Phillips Quinn...
—Ajá... —asintió con la cabeza el sujeto—. ¿Y en qué puedo ayudarte, jovencita?
Arnold, Curly y Rhonda veían con poca esperanza toda la situación. ¿Habían ido a buscar a un tipo que le debía un favor a otro desde hacía años, del que ni siquiera sabían el nombre? Lucy lucía tranquila.
—Hemos venido porque necesitamos conversar con uno de sus colaboradores más cercanos...
El hombre parpadeó, anhelando más información.
—El problema, —continuó—, es que no sé su nombre...
—Mira, jovencita, por este edificio han pasado miles y miles de asistentes, colaboradores, y yo... Bueno, no dispongo de demasiado tiempo para darte más datos... Si pudiera, lo haría, pero...
—Este hombre ocupó un cargo muy importante en el Ministerio de Desarrollo Social... —acotó, con entusiasmo.
El hombre carraspeó.
—¿Don Marchester? —le preguntó a Lucy.
—No, ese no es el nombre...
—¿Benjamin Clifford?
—¡Fue su compañero de fórmula!
El sujeto sonrió con claridad.
—Debe ser Edward Powell... —dijo el hombre con suspicacia.
—¡Sí! —exclamó, sintiéndose victoriosa—. ¡Ese es! ¿Cómo pude olvidar su nombre? Se auto—reprochó ante la atenta mirada de los chicos.
—Me temo que el Sr. Powell no se encuentra en este momento, Srta... Martin…Volverá en dos horas.
—Bien, lo esperaremos. —respondió por todos la joven.
Era inevitable, todos esos momentos, cada ruego, cada obstáculo y excusa expedida hacia ella, hizo que se visualizara a sí mismo, rogándole al Sr. Bailey para que este realizara la búsqueda de Mai Hyunh. Cómo extrañaba a Helga. Ya lo estaba sintiendo...
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No disponía de mucho tiempo más. Las cosas, debían hacerse y ya. Shaylene estaba arrepentida de cada una de las jugarretas que había hecho junto a Daniel, para perjudicar a diferentes personas. ¿Qué tenía ella, en contra de chicas como Lucy, o Helga? Nada, si lo analizaba. Pero probablemente ese amor enfermizo que aun sentía por el apellidado Saint Priestley, la llevaron a unirse en sus perversos objetivos. ¿Es que tenía que atravesar todo eso para notarlo? Su historia no se había terminado de escribir, por eso el rechazo dolía enormemente. Había arruinado la solidez de ambos rubios; había contribuido a que Curly y Lucy, eventualmente se alejaran, y todo eso, ¿para qué? Pero era tiempo de decir la verdad y asumir las consecuencias de sus actos.
Arribó a la casa de Helga, a las dos y media, siendo recibida por la amable Miriam. Ciertamente, el clima reinante en la habitación, no era el mejor. Phoebe y Helga parecían haber permanecido en silencio desde hacía un buen rato, a juzgar por sus rostros inalterables, de tristeza.
—Hola chicas. —saludó. Ambas chicas retribuyeron el gesto.
—Shaylene, ¿qué haces aquí? —preguntó la rubia, con una pequeña mueca.
—Pasaba por aquí, quería hablar contigo... A solas, si es posible...
—Claro. Sígueme... —indicó—. Ya regreso, Phoebs.
—Está bien, ve Helga.
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Una vez en el comedor...
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—¿Y bien? ¿De qué se trata? —preguntó, curiosa
Shaylene se retorcía de los nervios.
—Mira, Helga... Analicé miles de formas de decirte esto, y créeme, ninguna suena bien, así que lo diré.
Helga parpadeaba con sorpresa ante tales palabras.
—Shay, me estás asustando... ¿Qué ocurre?
—Anoche, en la fiesta de Nadine, besé a Arnold.
Helga palideció, abriendo sus ojos en demasía.
—¿Qué? ¿Es una broma? Porque si lo es, fue muy cruel, ¿sabes?
—No es broma, Helga. —dijo con seriedad y con la mayor fuerza que pudo—. Lo siento...
—¿Lo sientes? ¡Qué sientes! —exclamó—. ¿Sientes haber besado a mi novio, y vienes a refregármelo ahora que estamos peleados? ¡Es el colmo! —gritó, comenzando a caminar, para finalmente sentarse en la sala de trofeos.
Shaylene la siguió.
—Helga, tienes que creerme, lo hice por razones incorrectas; por ideas de personas perversas, yo no quise...
—Oh, ¿en serio? ¡No me digas! —exclamó irónica y colérica—. ¿Cuántas personas se necesitan para besar al novio de otra? ¡Sólo ser una perra traidora! —dijo en un sollozo lleno de odio.
—Lo siento, Helga. No te mentiré, me gustaba Arnold, y pensé que podría separarlos...
—¿Qué sabes de nuestra relación? ¡No eres nadie! Lárgate de mi casa, por favor. No necesito esto en este momento. —sentenció, tomándose la cara con la mano.
—Él me apartó de inmediato, Helga. Me gritó cosas como que "si estaba loca" y otras por el estilo... Él realmente te ama. Y lamento haber hecho eso y muchas otras cosas.
—¿A quién más le robaste el novio, mentirosa? ¡Lárgate!
Phoebe bajó, al oír gritos.
—Lo siento, Helga. Lamento que no me creyeras... Aun así... —suspiró antes de abrir la puerta—. Aun así, solucionaré esto, lo sé.
—¡Largo! —chilló Helga, por última vez. Shaylene se retiró en silencio.
—Helga... No llores... —dijo Phoebe.
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—Ya han pasado dos horas, y este tipo Powell no aparece, Lucy...
—Ten paciencia, Rhonda. —aconsejó la aludida—. Sé que llegará.
Y se hizo la magia. Edward Powell había llegado.
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—Buenas tardes, mi nombre es Shaylene... Estoy buscando a alguien... —dijo en cuanto le abrieron la puerta.
—Buenas tardes, señorita. ¿Puedo ayudarla?
—Sí, busco a Ellen y Axel, a dos chicos del hogar. Soy amiga de Helga Pataki. —mintió con culpa.
—Adelante. —le indicó una mujer.
—Con permiso. Por casualidad, ¿los chicos de la escuela siguen aquí? Sé que hoy vendrían... —razonó, recordando lo que Helga le había dicho días atrás.
—No, Srta. Shaylene. Me temo que ya se fueron. ¿Para qué los necesitaba?
—Es por un asunto muy importante para Helga y Arnold, señora.
—Jillian, ¿quién busca? —preguntó Ellen, desde adentro.
—Una muchacha, busca a los chicos de la escuela... O a ti, también.
—Hola... —saludó la chica, con cierta desconfianza que Shaylene le inspiró.
—Bien, las dejo a solas. Un gusto, Shaylene. —saludó Jillian, la ayudante del hogar, yéndose.
—Gracias, lo mismo digo. —saludó—. Así que tú eres la famosa Ellen... —agregó.
—Esa misma. —aclaró la chica—. Cuéntame, ¿en qué puedo ayudarte?
—Debes ayudarme a encontrar a Arnold Shortman.
Ellen enarcó una ceja.
—¿A 'encontrarlo'? ¿Por qué, no estaba en su casa?
—Nadie sabe a dónde fue... —afirmó Shaylene—. Pero hay algo muy importante que debe saber...
—¿Puedo preguntar sobre qué asunto? —se atrevió a decir, la niña.
—Es algo que de no saberlo, destruirá su relación para siempre, Ellen...
La chica comprendió instantáneamente a qué se estaba refiriendo esa extraña muchacha.
—Te ayudaré a encontrarlo.
Shaylene sonrió complacida. Quizás aún quedaban esperanzas.
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CONTINUARÁ…
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Hola queridos lectores, muchas gracias por leer y comentar el anterior episodio. Como lo prometido es deuda, aquí está el capítulo que dije que publicaría hoy. Creo que faltan sólo dos más para el final, dependiendo de cómo avance con el siguiente. Lo tendré publicado en diez días.
Muchas gracias a Sweet-sol, anitha y eli gam por leer y comentar la historia.
Espero que les guste, nos encontramos en unos días.
Por favor, no teman comentar, ¡necesito saber qué opinan, :'( !
Buen finde,
MarHelga!
