*aparece con cara de maníaca, un café al lado y una sonrisa macabra*

Holaaaaaaa. ¿Me han extrañado?¿Odiado? ¿Maldecido? Porque yo sí a ustedes (lo de extrañar). Y bueno, ya me imagino que dirán ¿DESAPARECE Y LLEGA Y DICE HOLA? QUE LE PASA A ESTA MALDITA Y DESQUICIADA MUJER. Bueno, primero que nada, una graaaan disculpa por la ausencia (que no fue voluntaria) y es que he tenido varios asuntos, como mi próxima entrada a la universidad (tenía que concentrarme para mis exámenes) y problemas familiares que habían estado afectando mi humor. Y ya saben, yo solo no puedo escribir historias estando deprimida. Siempre tengo que poner alguna estupidez o no estoy feliz. Y ah, claro, no olvidemos el pequeño asunto de que mi teclado dejó de funcionar. Olviden los examenes universitarios y los problemas, EL TECLADO, ESO, ESO FUE LO QUE ME JODIÓ. Ajá, muy bien, tranquila. ¿Dónde estaba? Ah, esto, con todo lo anterior, sentía mucha presión y no podía concentrarme para nada, aunque intenté escribir este capitulo 235235252525 veces, dejé de hacerlo cuando supe que no iba a subir algo que no me gustara, porque me parecía que eso simplemente no era justo. Hoy regreso con este capítulo largo (20 super hojas) (El original estaba muchísimo mas largo pero he decido que le faltaban muchos arreglos, asi que subiré primero esta parte porque sabía que debía actualizar pronto o las amenazas de muerte no tardarían en aparecer)

Bueeeeeno. Lo bueno de todo este asunto es que pase mi examen en la universidad que quería y estoy muy feliz. Las cosas han mejorado y ahora mismo estoy en casa de mi mejor amigo (que me está obligando a darle las gracias por dejarme pasar todo el fin de semana aquí sin dejarlo dormir debido a que le hice leer este cap 25 veces hasta que le gustó y dio su aprovación. Y por prestarme su computadora.Y su cuarto. Y su café. Y su comida. Blah, blah.

Muchas gracias a TODOS los que dejaron sus reviews, cuando digo que qué haría sin ustedes, es enserio. Me pondré cursi y les diré que son mi mango de cada día que me inspira a escribir a Jace. Con muchas ganas les contestaría a todos, pero yo sé que prefieren que suba este maldito capítulo de una vez, así que les responderé todos sus hermosos reviews -con más calma- en el próximo capítulo.

mirak04,Yerlit, sarita, potta musa, Gwendolyn Tendo, todos los anonimos, Ximena, I wanna dance, KrnGrangerdBlack,Edurne Fairchild, mariushaa, saraa,MaryWayland, guest,Alada Demon, Faby Herondale, HedwigDream, Clarii, Candelaria, Hitomi Hozuki, Yocel, Raven Beth Herondale Salvatore.

*llueven mangos de felicidad* Los quiero :D perdonenme *se pone de rodillas*


I'll be right here now
to hold you when the sky falls down
I will always
be the one who took your place
When the rain falls
I won't let go
I'll be right here.

Right Here, Ashes remain.

Capítulo XII. Encrucijada.

El libro resbaló de sus manos y Amatis despertó de golpe cuando lo escuchó aterrizar con un sonido hueco en la madera. Parpadeó y miró a todos lados, asustada. Los restos moribundos de la chimenea iluminaban débilmente la lúgrube estancia, arrojando destellos rojizos hacia las paredes. Aún así, hacia bastante frío para que pudiera ver su respiración saliendo en nubes blancas por delante de ella. Un viento helado se coló por la ventana abierta y la hizo estremecer. Se levantó, temblando, y se apresuró a cerrarla.

El invierno podía ser hermoso en Idris, pero también cruel.

Se quedó allí parada, con el corazón latiéndole deprisa sin razón alguna. Nunca había sido una persona valiente, y a pesar de vivir sola tantos años, aún se sentía inquieta estando despierta en la noche. Un movimiento fugaz en la calle captó su atención y se giró de golpe. La ventana estaba cubierta de escharcha y ella limpió con su mano un pequeño pedazo, lo suficiente para echar un vistazo afuera. La calle estaba oscura, apenas iluminada por una antorcha que se mecía salvajemente en el viento, amenazando con apagarse en cualquier momento. Las ráfagas de viento helado silbaban en la noche, arañando los tejados, levantando las hojas del suelo, sacudiendo los enormes árboles, removiendo las oscuras aguas de los canales, sonando como si miles de voces susurraran lamentos a la noche.

Su mano resbaló en la ventana, dejando sus dedos marcados en la escarcha. Ahí no había nadie. Solo eran sus nervios jugando con ella. Suspiró y volvió a su sillón, demasiado cansada y atemorizada para subir las oscuras escaleras hasta su frío y desolado cuarto. Estaba cerrando los ojos cuando los golpes en la puerta la hicieron congelarse.

Se quedó muy quieta, convenciéndose a sí misma que se lo había imaginado.

Los golpes volvieron a sonar, insistentes y desesperados. Amatis resistió el impulso de taparse los oídos y fingir que no pasaba nada. En vez de eso, se puso de pie, con las manos temblorosas, y corrió hacia la chimenea. Sobre ella había una caja—una caja que no había abierto en años— y sacó un viejo cuchillo serafín. Sabía que no podía ser un demonio lo que estaba allá fuera, pero ella había aprendido que muchas personas eran peores y más peligrosas que los demonios.

—Ariel —susurró y la luz centelló en su mano; fiera, cálida y protectora, como el susurro valiente de un ángel.

Tragó y caminó hacia la puerta. Los golpes seguían sonando, tan fuertes como los latidos de su corazón.

—¿Quién es? —su voz sonó alta, pero también insegura.

Los golpes se detuvieron.

—Amatis…¿Amatis? ¿Eres tú? Soy yo…

Y Amatis se detuvo. Conocía esa voz. Sabía que podrían pasar meses, años, siglos, pero jamás olvidaría aquélla voz. Una voz gritaba en su mente que era imposible, pero aun así corrió hacia la puerta, olvidándose de todos miedos, y la abrió de par en par.

Ante ella había un hombre apenas visible entre la oscuridad de la noche. La antorcha de la calle se había apagado. Cuando ella se acercó más, jadeando, la luz del cuchillo serafín iluminó su rostro pálido con una luz azulada. Reconoció de inmediato su rostro al igual que su voz, reconoció sus pestañas, gruesas y rizadas, reconoció sus ojos azul oscuro, la curva elegante de sus pómulos, sus delicados labios, su cabello dorado y encrespado como oro retorcido. Reconoció ante ella a todo lo que alguna vez había amado.

—Amatis —una débil sonrisa aleteó en los labios de él—. ¿Es ése mi cuchillo serafín? ¿El que dijiste que nunca usarías?

Ella gritó, con las lágrimas desbordándose en su rostro, y el cuchillo cayó de sus manos, rebotando en el suelo y apagándose un poco.

—Stephen —su voz salió como una súplica.

Los labios de él se alzaron en una tímida sonrisa antes de convertirse en una mueca de dolor. Amatis miró hacia abajo, a sus empapadas ropas grises y negras, como si estuviera estado corriendo bajo la lluvia. Una gota cayó al suelo y ella se congeló al darse cuenta que era roja. No era agua, era sangre.

Levantó la vista hacia él, horrorizada, preguntándose en su interior eso era solo un sueño, o una pesadilla, o alguna ilusión, si finalmente se había vuelto loca del dolor y la soledad. Pero él solo la miró, su rostro ceniciento, y volvió a susurrar su nombre mientras se desvanecía. Amatis, estupefacta, lo tomó en sus brazos, casi derrumbándose ante su peso y lo arrastró hacia la casa. A pesar de su asombro, un estremecimiento la recorrió al tocar su pecho y sus brazos, los mismo brazos que una vez la habían rodeado y protegido.

—No tenía a dónde ir —susurró Stephen, con los ojos cerrados—. Amatis… yo… no tenía nadie más. Solo a ti.


Céline soltó un sollozo y corrió hacia ellos. El viento hizo volar su vestido como alas azules por detrás de ella y su cabello resplandeció con los rayos de sol como si fuera de oro. Clary sintió a Jace ponerse tenso de pronto, como si estuviera viendo a un demonio arrojándose contra ellos en vez de su madre. Ella quería poner un brazo en su hombro, solo para que supiera que estaba ahí, pero él no parecía necesitarlo. Probablemente mandaría su mano volando de un manotazo sin querer.

Céline llegó hasta ellos y alzó los brazos hacia él cuello de Jace, pero él retrocedió, todo su cuerpo tensado como un arco a punto de soltar una flecha. Ella se detuvo de pronto, con las lágrimas resbalando por su rostro, mirándole con una mezcla de horror y desesperado anhelo.

—L-lo siento —ella se puso una mano en su boca, como si deseara no decir nada más que pudiera alejar a Jace de ella—. Te pareces tanto a él.

Jace no dijo nada. Parecía haberse convertido en alguna clase de piedra.

—Céline —la voz de Jessamine era extrañamente suave, con una leve nota de dureza. Clary la miró sorprendida, no recordaba que estaba allí—. Céline, ¿Por qué no vamos todos dentro?

Céline asintió, sus ojos aún atrapados en Jace. Clary pudo ver el miedo en ellos, como si Jace fuera la cosa más hermosa que había visto y no pudiera tenerla, ni siquiera verla o tocarla. Sintió lástima por ella.

—Si —la voz de Céline fue apenas un susurró. Bajó el rostro, como si no soportara el rechazo de Jace, y se giró—. Vamos adentro.

Jessamine la tomó del brazo y comenzó a jalarla hacia la casa. Clary miró a Jace. Él seguía parado, con la vista en la nada, como si estuviera perdido. Aun así, su expresión era dura.

—Ve adentro —le ordenó al percatarse de su mirada preocupada—. Iré a echar un vistazo alrededor. Este lugar no me agrada.

—Jace… —Clary dio paso hacia él.

Jace retrocedió.

—Clary, solo vete.

Clary sintió como si le hubiera dado una bofetada. Apretó los dientes, molesta y lo enfrentó.

—¿Por qué siempre lo haces?

—¿Qué cosa? ¿Ser genial? Lo siento, pequeña, pero no puedo controlarlo.

—Ser un imbécil —dijo Clary, ignorándolo—. Vamos, Jace. No puedes simplemente ocultarte tras una máscara de soy-muy-malo cada vez que algo te supera.

Jace seguía estando terriblemente calmado. No sonreía, no maldecía, no hacía nada en absoluto. A Clary le recordó el aspecto del hielo justo de romperse a sus pies.

—¿No puedes hacer simplemente lo que te digo?

Clary cruzó los brazos.

—No.

Algo centelló tras los ojos de Jace. Finalmente, se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia el bosque. Céline echó un vistazo por su hombro entonces, y palideció cuando vio a Jace.

—No —casi gritó—. ¡No! Hi… Jace… e-es peligroso.

Ella hizo ademán de correr hacia él, pero Jessamine no la soltó.

—Estoy bien —Jace no se volteó—. No soy un niño pequeño ¿sabes?

La frialdad de sus palabras hicieron a Céline estremecerse.

—P-pero tú…

—Sé cuidarme —Jace se encogió de hombros—. No pretendas preocuparte ahora cuando no te importó suicidarte antes de que naciera.


Clary se congeló. Céline hizo un sonido lastimero, como si fuera un gatito apaleado, y cayó semi desvanecida en los brazos de Jessamine.

—¡Jace! —dijo ésta, indignada.

Pero Jace siguió caminando, y no miró atrás.

—Yo voy por él —siseó Clary entre dientes—. Tú lleva a Céline dentro.

Jessamine, molesta y preocupada, asintió. Clary, furiosa, corrió tras Jace.

—¿Qué? —le espetó, caminando presurosa por detrás de él—. ¿Qué haces? ¿Por qué dijiste eso?

—Ya te dije que algo no me agrada aquí —dijo Jace tranquilamente sin dejar de caminar—. Algo nos ha estado siguiendo. Voy a encontrarlo y hacerlo pedazos.

Clary siguió caminando tras él a tropezones. Se dio cuenta que no había respondido a su pregunta.

Jace se detuvo.

—Ya sé que te desespera estar más de diez minutos sin verme, pero ¿podrías esperarme dentro?

Clary se dio cuenta, no sin cierta molestia, que hacia bastante tiempo que no discutía con Jace. De cierta forma, era raro que él no se riera. Parecía estarse conteniendo, tratando de que ella no viera que había detrás de su rostro inexpresivo.

—Quiero ir contigo.

—No. Irás a dentro.

—¡Deja de decirme que hacer! No es como si yo…

—¿Cómo si me fueras a obedecer? —la interrumpió Jace, con peligrosa suavidad —. Eso ya lo sé. Tú haces siempre lo que quieres, pero esta vez no te lo permitiré ¿crees que no sé qué es por eso estás enojada?

—¡Yo no estoy enojada!

—¿Ah, no? Qué raro, por la cara que tienes diría que estás apunto de escupir espuma por la boca.

—¡Cállate!

—Oh, el famoso "cállate". La palabra preferida de las personas que están tan enojadas que su cabeza no puede procesar ningún pensamiento inteligente.

—Un comentario muy peculiar viniendo de alguien cuyo cerebro tiene el tamaño de una nuez.

—¿Qué? —Jace volteó hacia todos lados con fingida sorpresa —. ¿Comentario de alguien que tiene el cerebro del tamaño de una nuez? Yo no escuché que Jonathan dijera algo ¿acaso está aquí? —volvió a mirar a Clary—. Dices cosas raras y sin sentido ¿sabes?

—Imbécil.

—¿Imbécil? —Jace parecía a punto de echarse a reír.

—No puedes solo salir corriendo y pretender…

—No salí corriendo —dijo Jace con sutileza—. Salí a echar un vistazo.

Se detuvo y sus ojos dorados recorrieron toda la linde del bosque con fría meticulosidad. Clary lo observó con repentina curiosidad, viendo como su mandíbula se tensaba y todo su cuerpo se ponía en alerta.

—Muy bien —dijo después de un rato. Se giró hacia ella y frunció el ceño. Alargó su mano y Clary, súbitamente alarmada, saltó cuando el atrapó un mechón de su cabello y lo puso en su lugar—. Bien, así está mejor. Ahora vamos adentro.

—¿Adentro? —dijo Clary, aún aturdida y tratando de quitar la sensación de cosquilleo donde su mano había tocado su piel.

—Si —Jace parecía divertido—. Pero si no quieres…

—Si quiero —Clary se apresuró a darse la vuelta para que no notara su sonrojo.

De todas formas, Jace parecía estar sumergido en su propio mundo. De nuevo, sin poder evitarlo, sus ojos volaron a él, a los músculos contraídos de su espalda, llenos de tensión y cansancio. Se preguntó, con tristeza, si alguna vez Jace estaba realmente tan tranquilo como aparentaba.

—¿Jace?

—¿Si?

—Lo siento.

Jace soltó una risita.

—¿A qué viene eso?

—Por hablarte así, quiero decir, sé que no debe ser fácil para ti…

Jace siguió caminando, pero Clary vio que su rostro volvía a convertirse en un estanque de aguas heladas.

—…aunque tú también eres un poco…

—¿Imbécil? —Jace medio sonrió.

—No debiste hablarle así a tu… a ella.

—Tal vez no —fue su respuesta—. O tal vez sí.

—¡Jace!

Jace se giró hacia ella, tan de repente que Clary hubiera chocado contra él sino fuera porque la sostuvo con sus brazos.

—Yo… —dijo y ella se sorprendió al ver su rostro dubitativo. Inclinó su rostro delante de modo que sus frentes se tocaron. Su aliento cálido le acarició el rostro y pudo sentir sus pestañas haciéndole cosquillas en las mejillas—. No sé qué pensar, Clary.

—No hay nada que pensar —dijo Clary en voz baja—. Ella es…

—No —la cortó Jace—. No lo digas.

Cerró los ojos y suspiró. Clary sintió que se hundía, como cada vez que estaba cerca de Jace, sintiendo como cada parte de su cuerpo se derretía inevitablemente. Cerró los ojos también, disfrutando de su cercanía como si fuera algo prohibido.

—Clary —volvió a decir Jace, como si nombre fuera algo que le diera fuerzas. Sus brazos se tensaron sobre sus hombros, estaban tan cerca que podían besarse… y entonces él la soltó, repentinamente alerta.

Clary parpadeó, confundida.

—¿Qué pasa?

—Nada —Jace la tomó del brazo y comenzó jalarla hacia la casa—. Deberíamos acabar con esto de una vez.

—¿Qué quieres decir? Dijiste que alguien nos seguía…

—E iba a buscarlo y hacerlo pedazos —asintió Jace—. Pero tú estás aquí y no es bueno luchar cuando tú estás alrededor.

Clary arrugó la cara.

—¿Por qué?

—Porque —dijo Jace, serio—, solo me preocupo por ti y que nadie te haga daño.


A pesar de las muchas veces que lo había visto sin camisa, Amatis se sonrojó cuando Stephen se sacó la destrozada y ensangrentada camisa y la arrojó al suelo. Le trajo recuerdos…. Recuerdos que se desvanecieron en su mente al observar las heridas —claramente de demonio— por todo el cuerpo de él.

—¿Quién te hizo esto? —murmuró, y lo empujó suavemente al sillón. Stephen se recostó sobre él, haciendo una mueca de dolor—. ¿Por qué no te has puesto una iratze?

—Porque no tengo una estela—suspiró Stephen. Amatis se abofeteó mentalmente—. Oye… Amatis…

—No te muevas, voy por mi estela.

—No —Stephen alargó su mano hacia ella y la tomó del brazo. Su piel ardía y a pesar de estar herido, su agarre era sorprendentemente fuerte—. Lo siento.

Amatis aspiró aire con fuerza.

—No tienes que decirme eso.

—Tienes razón. No tengo, pero debo hacerlo, y quiero hacerlo.

—No hay nada que…

—Amatis —Stephen alzó las voz, desesperado e impaciente—. Sé que me odias, sé que yo…

—No te odio —dijo ella con voz seca. ¿Cómo podía pensarlo si quiera? —. Y ahora quédate quieto, iré por mi estela para curarte.

—No —Stephen no la soltó—. No quiero dejarte ir.

No de nuevo, parecían decir sus ojos. Amatis retrocedió, repentinamente alarmada y salió corriendo hacia su cuarto. Hurgó entre su los cajones de su cómoda y volvió a bajar. A medio camino en las escaleras se detuvo, con el corazón latiéndole deprisa. Desde ahí alcazaba a ver a Stephen, recostado en el sofá, respirando entrecortadamente y con una mano sobre el pecho. Sus largas pestañas doradas formaban sombras en su rostro endurecido, el mismo rostro que Amatis había admirado tantas veces, preguntándose cómo alguien podía reflejar un fiero y obstinado orgullo y al mismo tiempo aquél atisbo de vulnerabilidad.

Sin poder evitarlo, comenzó a sentir un viejo abismo abriéndose en su interior. Él la había destruido, él la había tomado como un papel y la había ido arrugando y rompiendo poco a poco, hasta dejarla hecha pedazos. Y ella se preguntó si quizás sus pedazos eran tan pequeños que ya no podían unirse jamás, si quizás, había quedado rota para siempre.

—¿Qué haces ahí observándome así? —Stephen abrió un ojo, inquieto.

—Nada —se apresuró a decir Amatis y corrió hacia él. —Dame tu brazo —dijo, más bruscamente de lo que pretendía, pero él obedeció en silencio. Amatis dibujó la iratze rápidamente, admirando como lucía la runa en su áspera piel dorada—. Ya está. —lo soltó y se sentó en el suelo, lo suficiente lejos para no sentirse incómoda, pero lo bastante cerca para poder ver las motas más oscuras de sus ojos del color de la medianoche—. Ahora… eh… ¿Qué estás haciendo aquí?

Stephen parecía divertido.

—No pareces muy contenta.

—Estás lleno de sangre —casi gritó Amatis—. Quiero saber qué demonios está pasando. Hace… hace años que no sabía nada de ti. Creí que estabas muerto. La última vez que viniste me dijiste que te irías a no sé dónde… —la garganta se le cerró y no pudo continuar.

Stephen cerró los ojos y suspiró. Parecía cansado.

—Sí, me fui a la Ciudad de Sombras. Y no tenía intenciones de salir, pero… —titubeó—. Pero hace poco llegaron informes de que el hijo de Valentine se acercaba. Unos decían que era el mismo Valentine… —meneó la cabeza—. No sabía que pensar. Y… yo no quería poner a Céline en peligro —Amatis sintió una punzada de dolor, pero trató de mantener su rostro inexpresivo—. Ella murió por mi culpa. Y Valentine… tú conoces Valentine, él podría haberla tomado para obligarme a entregarle los mapas. Así que mi única opción era… salir de ahí. Regresar aquí.

—¿Regresar? ¿Pero por qué?

—Había otra cosa —dijo Stephen y esta vez su rostro mostró un atisbo de ferocidad—. Algunos decían que ese chico era Jonathan, pero no él hijo de Valentine, sino mi hijo.

—Escuché sobre eso —dijo Amatis en voz baja—. Él la mató a… ella. Y tomó a Jace como rehén.

Stephen pareció sorprendido por el apodo, pero no dijo nada. Meneó la cabeza.

—Lo sabía —dijo entre dientes—. Pero no hice nada… conocía a Valentine, él lo mataría en cuanto me encontrara, nunca tuvo intención de hacer ningún intercambio. Yo lo traicioné, y eso él jamás me lo perdonaría. Lo mataría en cuanto le diera los mapas. Si quería que Jonathan siguiera vivo, solo tenía que seguir ocultándome…

—A pesar de que querías salir a luchar —murmuró Amatis.

—Si —admitió Stephen a regañadientes—. El plan era dejar los mapas en la Ciudad de Sombras y luego salir y tratar de matar a Valentine, pero cuando supe que tenía a Jonathan…

—No pudiste hacer nada —dijo Amatis, comprensiva.

Stephen desvió la mirada.

—William nos avisó que lo habían convocado y qué probablemente tendría que traer al hijo de Valentine, si no es que al propio Valentine. Yo no sabía si su hijo era el mío o el de él… y, de igual manera, no tenía fuerzas para luchar. Estar en la Ciudad de Sombras… es desgastante. Yo estaba vivo, no pertenecía ahí, y poco a poco, me fue consumiendo. Fue entonces cuando decidí que el tiempo había llegado. Que debía regresar. Le dije a Céline que averiguara quién se avecinaba; si era Valentine, que se fuera a algún apartado con los hombres que dejé para protegerla, y si era mi hijo… que le dijera como salir de ahí para que viniera tras de mí. Ya estaba muriendo cuando salté en el portal que Ragnor había creado en caso de que necesitara escapar, se suponía que debía haberme traído aquí… pero tuve problemas en el trayecto.

—¿Qué clase de problemas? —dijo Amatis, inquieta.

Stephen medio sonrió.

—Nada importante —se enderezó y trató de ponerse de pie.

—¿Qué haces? ¡La iratze aún no acaba de funcionar! —protestó Amatis.

—Debemos ponernos en marcha —dijo él tranquilamente—. Entre más pronto, mejor.

—¿A dónde? —dijo Amatis, confundida.

Stephen ya estaba metiéndose las botas ensangrentadas.

—Cuando logré librarme del pequeño problema en el que me metí, el guardián cumplió su palabra y me permitió venir hacia aquí, hacia dónde el portal debía mandarme.

—¿El guardián? —Amatis estaba cada vez más confundida—, no entiendo…

—Un tipo muy agradable —dijo Stephen con voz burlona—. El punto es que ese portal solo, por razones de seguridad, funcionará una vez. Así fue como lo acordamos con Ragnor. La siguiente persona que lo cruce será mandada como yo, a ese pequeño problema, y si logra salir, que estoy seguro hará, será mandado a una isla desierta, a kilómetros de aquí.

Amatis intentó encontrarle un sentido a lo que estaba diciendo, pero no lo encontró.

—¿Y…?

—Que si en realidad es mi hijo, Céline lo habrá mandado en esa dirección. No podía haber tenido idea de los problemas a los que lo enviaba, pero estoy seguro que él logrará salir —frunció el ceño—. No tengo ninguna duda. Lo que tengo que hacer ahora es ir por él a esa isla.

Amatis observó su obstinado rostro. Él no iba a cambiar de opinión.

—Muy bien, lo encontrarás. ¿Y luego qué? Stephen, sigo sin entender…

—Amatis —Stephen se puso de pie y la miró fijamente—. ¿No lo ves? Todo ha cambiado. Si Jonathan fue a buscarme es porque sabe que estoy vivo, porque ya no está bajo el dominio de Valentine. Esa era la única cadena que me ataba a la Ciudad de Sombras. Ahora he vuelto, como tenía planeado, y voy a reunirme con mi hijo. —Su rostro se endureció—. Voy a buscarlo, lo encontraré, y entonces iré por Valentine

—¿P…por Valentine? —Tartamudeó Amatis y casi se sintió como la niña que había sido cuando había besado por primera vez a Stephen—. Pero… pero tú te fuiste precisamente por eso… no puedes enfrentarte a él…

—No podía enfréntalo porque tenía una familia que cuidar —dijo Stephen con firmeza—. No podía ponerlos en peligro, por eso me fui… para que Valentine los dejara y fuera tras de mí. Pero no lo hizo. Mató a Céline y secuestró a Jonathan. Yo ya estaba en la Ciudad de Sombras cuando lo supe, estaba prácticamente atrapado ahí… pero ahora, ahora es diferente. Le haré pagar cada una de las cosas que hizo —dijo con voz fría—. Cada una de las cosas que me quitó.

—Entonces, tú estás diciendo… —Amatis dejó la frase flotar en el aire.

Stephen la miró. Sus ojos lucían como el cielo antes de la tormenta.

—Que estoy cansado de huir. Que he venido a luchar —dijo con la mandíbula tensa—. Eso estoy diciendo.


Jace se dirigió a la casa como una exhalación, caminando presurosamente a través de la colina y arrastrando a Clary tras él. Cruzaron la puerta a toda velocidad y enseguida a un pasillo cubierto de alfombra de un dorado desvanecido. Clary observó, con la parte de su mente que no estaba concentrada en no tropezarse, que las paredes estaban cubiertas de tapices azules con destellos de oro, con alguno que otro cuadro polvoriento colgando en ellas. Había puertas a ambos lados del pasillo, algunas de ellas abiertas, dónde se podía ver salones grandes y lujosos, con muebles antiguos, estantes cubiertos de libros y grandes arañas de cristal colgando del techo. Todo parecía tan antiguo y lujoso. Parecía el interior de alguna clase de castillo de cuento.

En el aire flotaba un olor a vainilla mezclado con polvo, soledad y tristeza. Y a pesar del tinte abandonado del lugar, Clary podía ver que la casa era un lugar increíblemente luminoso, con grandes ventanales en cada recámara, velas por todos lados…

Jace se detuvo al llegar a un pequeño salón circular donde había varias puertas. Una escalera de madera brillante se elevaba en forma de caracol en el centro. Había una mesa a su lado con flores muertas. Jace se dirigió hacia una puerta a su derecha.

—¿Cómo sabes…? —preguntó Clary.

—Puedo escuchar sus voces —dijo Jace por toda respuesta y abrió las puertas de un golpe.

Clary entró detrás de él, encontrándose de pronto en medio de una biblioteca. Debía de serlo, porque había libros por todos lados. Cubrían las paredes, las mesas, incluso en el suelo… Aparte de eso, no había más que tres sillones rojos y una chimenea que chisporroteaba en una esquina.

Jace barrió toda la habitación con una mirada despectiva. Se detuvo cuando se topó con Jessamine y Céline, que estaban sentadas en un sillón rojo.

—¿Dónde estaban? —dijo Jessamine, molesta.

—Yo iba a hacer pedazos a los hombres que están rodeando la casa —contestó Jace afablemente—, pero Clary me siguió, así que no pude hacer nada.

—¿Los hombres…? —Clary miró a Jace —. ¿De qué hablas?

Jace señaló con la cabeza a Jessamine.

—Podrías preguntarle a ella, yo no sé nada.

—Pero… pero afuera no había nadie —dijo Clary.

—Que no los hayas visto no significa que no estuvieran ahí —dijo Jace y miró a todos lados—. Tengo hambre. ¿No hay nada de comer?

—Pero… ¿qué? —Clary lo miró con cara de pocos amigos—. ¿Quieres comer?

—Tú también tienes hambre —dijo Jace como si nada.

—Yo no… bueno sí —admitió Clary a regañadientes.

Jace pareció complacido.

—Lo sabía —miró a Jessamine, que apretaba los dientes. Parecía a punto de decir algo, pero se retuvo al ver a Céline—. Entonces, ¿podrías traernos algunos sándwiches? Y, si no es mucha molestia, podrías comenzar a explicarte y darme una buena razón para no creer que esto es una trampa y matar a todos esos hombres ahora mismo.

—Eso… eso no es necesario —Céline, que había estado demasiado conmocionada para hablar, levantó la mirada hacia él. Temblaba—. Ellos… ellos están aquí para… proteger la casa.

—¿Protegerla de qué? —dijo Jace con brusquedad.

—Jace —dijo Clary, alarmada.

Jace no le hizo caso. Su rostro era inescrutable, pero sus ojos eran de fuego dorado. Céline pareció encogerse ante él. Clary recordó que Magnus había dicho que Valentine la había matado, pero claramente Jace no creía eso. Él creía en lo que Valentine debía haberle dicho. Clary sintió una punzada de enojo. ¿Cómo podía creer en él aún después de saber todo lo que ese hombre les había hecho a sus padres? ¿Y por qué se comportaba así?

Céline era su madre.

Aquél repentino pensamiento la mirar realmente a Céline, con una mezcla de confusión mezclada con asombro.

Ella era la madre de Jace.

Parecía alguna clase de muñeca de porcelana, con su cuerpo menudo y delicado, a pesar de que era bastante alta. Sin la luz de sol, se dio cuenta que su cabello no era realmente dorado como el de Jace, sino de un extraño dorado pálido, como el bosque durante el otoño. Su piel era blanca, no bronceada, y tenía un bonito y pequeño rostro en forma de corazón, con labios cincelados y pómulos suaves, un rostro dulce que no ocultaba nada, claro como el agua, a diferencia del rostro duro e inexpresivo de Jace.

Jace definitivamente había salido a su padre.

Excepto por los ojos. Jace los tenía dorados, pero cada vez que Clary miraba a Céline, no podía evitar ver a Jace a través de ella. Si Céline frunciera el ceño, o estuviera molesta, el parecido sería más acentuado, pero ella simplemente no parecía la clase de personas que se enojaba con facilidad. Era demasiado dulce, demasiado tierna y vulnerable. La clase de persona que no podrías mirar sin sentir cierto cariño.

—Quisiera hablar contigo a solas, Jace —la escuchó decir finalmente en voz baja.

Clary hizo ademán de ponerse de pie, pero Jace la acercó a él posesivamente.

—No —dijo Jace, cortante—. Clary no se va a dónde yo no pueda verla.

Clary frunció el ceño.

—Puedo cuidarme sola, gracias.

—No irás a ningún lado sin mí —dijo Jace, y sonó como una amenaza—. Y menos en este lugar.

—Suéltame.

—De acuerdo, como quieras —Jace apareció de repente en la puerta, bloqueándola—. Si quieres salir, vas a tener que pasar sobre mí.

—Tú… tú… —Clary corrió hacia él y le hundió un dedo en el pecho—. ¡Muévete!

—No —dijo Jace, ahogando una risa.

—¿Jocelyn? —escuchó decir a Céline, que los miraba entre curiosa y confundida. Se dio cuenta de lo cerca que estaba de Jace, sus narices casi tocándose, y retrocedió avergonzada. La madre de Jace parecía estarla viéndola por primera vez. Posiblemente así fuera.

—No —dijo, sonrojada—. Soy Clary. La hija de Jocelyn.

—No es que eso importe ahora —Jessamine rodó los ojos—. Oh, vamos, Jace. ¿Tienes cinco años o qué? ¡Te pareces tanto a Will!

—Y tú a una horrible vaca rosa —le espetó Jace.

—No hay necesidad de esto —murmuró Céline, pero nadie la escuchó.

—¿Cómo me dijiste? —siseó Jessamine.

—¿Quién te estaba hablando a ti? —Jace puso su mejor cara inocente —. Ya sabes, si te queda el saco…

—¡Ya está! —Jessamine se levantó—. Yo me voy.

Jace se cruzó de brazos frente a la puerta.

—Usualmente me importaría un rábano lo que hicieras, pero ahora mismo nos debes explicaciones.

—Si quieres que se queden, está bien —dijo Céline, insegura—. No hay ningún problema.

—Ahora mismo voy con usted, señora —dijo Jace, burlón—. Si me permite, primero cuestionaré a la adorada y horrorosa Jessamine.

Jessamine alzó las cejas.

—¿Perdón?

—¿Por qué nos trajiste aquí?

Jessamine alzó las manos.

—No pienso explicar nada si sigues con ese comportamiento tan grosero.

—Lo harás —dijo Jace con un brillo amenazador en los ojos.

—No hay necesidad de esto —suspiró Céline—. Yo lo explicaré —se retorció las manos, mirando a Jace de soslayo. Clary pudo ver, no sin sorpresa, como ella parecía tenerle miedo. Como si Jace fuera a saltar y morderla—. Yo… yo conozco a Jessamine desde hace tiempo. Ella es una buena amiga.

—Una de las pocas mujeres decentes en este horrible lugar —murmuró Jessamine.

—Cállate —rugió Jace—. Nadie te ha dicho que puedes hablar.

Jessamine abrió la boca para replicar, indignada, pero se calló al ver a Céline.

—William me advirtió que lo habían convocado —siguió Céline, dubitativa—. Y que lo había hecho un brujo al cual él le debía un favor, así que no se podía negar. Según él, pensaba que posiblemente iba que tener que traer a un hijo de Valentine —frunció los labios—, o al mismo Valentine. Me preguntas quiénes son esos hombres. Ellos son hombres de tu padre, de su tripulación, los que dejó aquí antes de marchar, para protegerme.

—¿Protegerte de qué? —dijo Jace con rudeza, y Clary se dio cuenta que estaba tratando seriamente de no gritarle que literalmente, ya estaba muerta.

—Hay cosas peores que la muerte —fue todo lo que dijo Céline.

—Parece que alguien no aprende de sus errores —dijo Jace con voz fría—. Supongo que su plan funcionará a la maravilla, al igual que lo hizo aquélla vez que Valentine logró que te suicidaras.

Céline palideció, se si podía, aún más. Clary se tensó. A pesar de que había decidido intervenir, no pudo evitar decir:

—Tu madre no se suicidó, Jace. Magnus dijo que…

—Valentine me lo dijo —siguió Jace, imparable, sin dejar de mirar a Céline—. Me dijo que él iba a matarte, pero que en cuanto escuchaste que mi padre había muerto, te quitaste tu misma la vida. No te importó estar embaraza. No te importé yo en lo más mínimo. Entonces ¿por qué finges que yo te importo ahora? Es curioso —Jace soltó una risa amarga—, que podemos considerar que Valentine también es mi madre, puesto que tú ni siquiera viviste lo suficiente para dar a luz.

Céline aspiró aire, como si cada palabra hubiera sido una puñalada. Jace la observó, con furia, y con algo más detrás de sus ojos, un anhelo feroz, como si buscara desesperadamente una explicación, como si buscara en vano en aquélla mujer algo que le dijera que era realmente su madre.

—¡Valentine es un mentiroso! —Estalló Clary—. ¡Y tú un idiota! ¡Le echas en cara a tu madre que ella creyó en las mentiras de Valentine cuando tú mismo también lo hiciste!

Céline la observó, sorprendida y tan agradecida que Clary casi se sintió incómoda. También quería gritarle a ella, quería decirle que dejara de mostrarse así, como si Jace y todo el mundo tuviera todo el derecho de pasar sobre ella. Ella pareció leerlo en sus ojos, porque se enderezó y se puso de pie. El nombre de Valentine parecía haberle dado el coraje que le hacía falta.

—Tú no sabes la verdad, hijo—dijo, y a pesar de que sus palabras eran dulces, Clary creyó ver por un momento una fortaleza que no había estado ahí antes —. Si, ya sé que no te agrada que te llame hijo. Tal vez no lo merezco. No estuve allí para ti jamás. Pero tú no sabes —volvió a aspirar aire, como si le doliera cada palabra—, tú no sabes cuánto deseé estarlo. No sabes cuánto deseé poder cantarte una canción todas las noches para hacerte dormir. No sabes cuánto deseé haber peinado tu cabello. No sabes cuánto deseé haberte visto crecer. No sabes cuánto deseé verte convertirte en el gran guerrero que ahora eres. No sabes cuántas veces lloré el día de tu cumpleaños. No sabes cuántas cosas quise hacer, cosas que día tras día, me torturan. No sabes cuánto deseaba yo tenerte. No sabes cuánto yo te amaba. Y yo nunca… nunca… jamás me hubiera quitado la vida mientras tú estabas dentro de mí, ni siquiera si Stephen hubiera realmente muerto, yo… yo te tenía a ti. Yo te amaba más que nada en el mundo. —una lágrima resbaló por su rostro y ella no hizo el menor esfuerzo por limpiársela. Sus ojos azules brillaban, fieros y decididos—. Esa noche que Valentine fue a nuestra casa, él me dijo que Stephen había muerto. Yo le creí, no voy a negarlo. Y enloquecí de dolor, pero eso no era suficiente… nada importaba si tú estabas conmigo. Y entonces Valentine me dijo que tú eras su experimento. Que tú eras su hijo. Él dijo que Stephen estaría encantado que su hijo fuera educado por él. Yo le grité que estaba loco. Él había matado a Stephen, eso es lo que yo pensaba en ese momento. Y aún si no lo había hecho… Stephen jamás… jamás… no importa cuánto hubiera apreciado a Valentine, ni cuánto lo hubiera querido, tú eras más valiosos para nosotros que cualquier otra cosa. Cuando le dije eso, Valentine enfureció y mató a Ragnor. Y luego… luego… Intenté —Céline no paraba de llorar ahora, y cada paso se acercaba más a Jace, lentamente, como si le costara hacerlo—, intenté correr. Intenté huir. Pero él me dijo que lograría que nos matáramos yo y él bebé. Me dijo que me dejaría vivir, que me dejaría estar contigo, siempre y cuando yo hiciera lo que le dijera… y yo, tonta y estúpida, acepté. Y él… él mintió.

Céline se derrumbó a los pies de Jace, sin parar de llorar. Clary y Jessamine estaba tan conmocionadas que apenas podían moverse. Jace miraba horrorizado a Céline, como si no hubiera terminado de asimilar todo.

—Solo… solo perdóname, hijo, mi niño…. Mi único niño —sollozó Céline—. No importa si me odias. No importa nada. El solo verte… el solo verte es suficiente para mí. Jamás creí que podría verte. Jamás creí tener una oportunidad.

Jace hizo un sonido grave, como si se estuviera ahogando y luchara por respirar.

—Levántate —dijo con un hilo de voz—. Por favor, levántate.

Jace se agachó y tomó a su madre por los codos, poniéndola de pie de prisa, como si no soportara verla en el suelo. Sus ojos lucían enfebrecidos, perdidos, suplicantes, y Clary, aún estática, se sorprendió viendo en ellos una vulnerabilidad que jamás había pensado ver en Jace. Céline se lanzó a sus brazos, y esta vez, Jace no la apartó.


—Iré contigo —dijo Amatis de inmediato.

Stephen negó con la cabeza.

—Amatis, no puedo…

—Viniste aquí pidiendo ayuda —dijo ella con firmeza—. Y eso es lo que haré, te ayudaré.

Stephen abrió la boca y luego volvió a cerrarla.

—No cambiarás de opinión ¿verdad?

—No —dijo Amatis y trató de parecer más convencida de lo que se sentía.

Él esbozó una sonrisa.

—¿Escondiste el barco como te pedí?

Esta vez Amatis también sonrió.

—Por supuesto que lo hice.

—Entonces deberíamos ponernos en marcha —Stephen señaló el cuchillo serafín de Amatis—. ¿Tienes más de esos?

Amatis corrió hacia la caja dónde tenía guardado todos los cuchillos serafines que había sido de Stephen. Se la arrojó completa.

—Iré por mi arco —avisó. Iba a medio camino de las escaleras cuando un fugaz pensamiento la hizo darse la vuelta de pronto. —¿Stephen?

—¿Sí? —él estaba de espaldas, metiéndose todos los cuchillos serafín el pantalón.

—¿Dónde están los mapas?

Stephen se volteó y sonrió.

—Aquí —señaló su cabeza. —Estuve mucho tiempo con ellos como para memorizarlos perfectamente.

—¿Estás diciendo… estás diciendo que no hay ningún mapa? ¿No se supone que no podían destruirse?

—Lo intenté muchas veces —dijo Stephen—. No pude. Cuando vine hacia aquí, los tenía conmigo, pero los perdí en el camino.

—¿¡Los perdiste?!

—Te dije que tuve un problema —dijo él, sorprendido por su tono de voz—. Pero créeme, nadie los podrá encontrar… excepto, eh, bueno…

—¿Qué?

—Deberíamos apresurarnos —dijo Stephen por toda respuesta. —Necesitaremos ayuda.

Amatis creía saber que ayuda necesitarían.

—Buen punto —desapareció tras las escaleras.

Cuando bajó, llevaba puesto un casi nuevo uniforme de combate y un arco blanco sujeto a la espalda junto a carcaj de flechas azules. Al ver a Stephen esperando por ella, el corazón le latió más deprisa, él era tan hermoso…

Él alzó los ojos hacia ella.

—¿Lista?

—Lista.


Los pasos de Simon resonaban con fuerza en la madera mientras corría a toda velocidad, escuchando las quejas de Isabelle por arriba de él, martilleándole los oídos y haciéndole sentir una desagradable sensación en el estómago. Estaba subiendo las escaleras cuando se giró hacia Jordan, que caminaba un poco más atrás de él, su rostro estaba cubierto de sudor y cojeaba haciendo muecas de dolor.

—Sigue —jadeó, recargándose en la pared—. No voy a morirme en el camino.

Simon lo miró, dudoso y desesperado, no quería perder más tiempo.

—Tal vez deberías quedarte aquí.

Jordan soltó una risotada, pero paró de reír abruptamente e hizo una mueca de dolor.

—Ni de broma. Muévete, vampiro.

Simon sabía que no lo haría cambiar de opinión, y aunque sabía que probablemente fuera más una carga que una ayuda, no tenía tiempo para pelear con él.

—De acuerdo, pero si te aplastan allá afuera, le diré a Maia que fue tu idea.

—Igual te matará.

—Gracias por los ánimos.

Los dos iban subiendo las escaleras cuando un repentino estallido de luz blanca los hizo detenerse. Simon se cubrió con su brazo y entrecerró los ojos.

—¿Qué demonios? —gritó Jordan.

El corazón de Simon comenzó a latir con fuerza. ¿Era ya demasiado tarde? ¿Magnus había llevado a Valentine a la Ciudad de Sombras?

El suelo se estremeció bajo sus pies. Alguien grito. Simon sintió un escalofrío al reconocer de nuevo a Isabelle. De repente encontró subiendo a toda velocidad hacia la cubierta, atravesando la luz blanca sin saber realmente a dónde iba. Jordan gritó algo por detrás de él, pero él no lo escuchó.


—¿Qué fue eso? —Jace, tenso de repente, se levantó.

Céline, aun derrumbada en el suelo, lo miró confundida.

—¿De qué hab…?

—Alguien gritó —dijo Clary, que también lo había escuchado. —Alguien viene.

—Deben ser los hombres de Stephen… —dijo Jessamine.

—Están muertos —dijo Jace y su cara se tornó blanca mientras lo comprendía—. ¡Al suelo! ¡Ahora!

Clary estaba a punto de preguntarle de qué rayos hablaba cuando el techo se les vino encima. Hubo un estruendo, seguido de un crujido, y luego una nube de polvo y escombros la cubrió por completo. Algo la golpeó con fuerza en la cabeza y la hizo caer de espaldas. Tosió y trató de levantarse, pero algo aplastaba sus piernas. Por encima de ella escuchaba gritos y el sonido metálico de los cuchillos serafín al chochar. Niebla gris flotaba a su alrededor y podía ver destellos azules por todos lados. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Era Valentine? ¿Los había encontrado?

—Jace —su voz salió como un sonido ronco. —¡Jace!
—¡Clary! —su voz provenía de algún lugar de la niebla, pero no podía verlo—. ¡Cla…! ¡Muérete, maldito bastardo!
—Clary —la cara de Céline surgió de la nada—. ¡Dame tu mano!

Clary, aturdida, hizo lo que le decía y la mujer la jaló hacia arriba. De repente se encontró sobre montón de ruinas de madera y vidrios, rodeada de suciedad. Sombras se movían a su alrededor, una más veloz que las otras, luchando y gritando. Clary intentó llegar hacia la sombra más veloz, pero Céline la tomó por los hombros y la jaló hacia atrás.

—¡Clary! ¡Mírame! ¡Clary!

Clary se dio cuenta que le costaba enfocar su rostro. Había una, dos, tres, cuatro Célines…

—¿Qué pasa? —su voz sonaba extrañamente lejana.

—Quédate quieta —dijo ella mientras sacaba un extraño objeto reluciente y dibujaba algo en su antebrazo. Clary sintió un cosquilleó y un ligero dolor punzante antes de que el alivio la invadiera. Lentamente su cabeza se fue despejando y las voces comenzaron a llegar a ella, como si surgiera de debajo del agua.

—¡He matado a uno! —escuchó decir a Jessamine, medio horrorizada medio triunfante—. ¡Agg!

—¡Captúrenlos vivos! —dijo una voz desconocida.

—¡Cállate! —rugió Jace—. ¡Sal de aquí, maldita sea, Jessamine! ¿Dónde está mi madre? ¿Y Clary?

—¡Aquí! —gritó Céline, al mismo tiempo que Jessamine respondía:

—¡Si hay alguien que tiene que salir de aquí, eres tú, idiota! ¡Estos son los guardias!

¿Guardias? Pensó Clary.

—¿Guardias? Me gustan los guardias —hubo un sonido de un cuchillo volando en el aire y enseguida un grito desgarrador—. Sobre todo a los que no obedezco. Aunque sinceramente, no sé qué hice para que me persiguieran, ¿o acaso mi deslumbrante belleza ha despertado su horrible envidia asesina?

—Oh, cállate —gritó Jessamine—. Es decir, ¿enserio? No pensarás que los vivos tienen permitido entrar al mundo de los muertos ¿o sí? Todo tiene una consecuencia, y no se supone que ustedes tendrían que estar aquí. Solo pregúntale a tu padre, Jace, como estar aquí te debilita poco a…

El resto de sus palabras se perdió en un grito de rabia seguido de varios golpes. Clary trató de gatear hacia los sonidos, pero Céline volvió a detenerla. Estaba a punto de hacerla a un lado y correr cuando se dio cuenta de que Céline parecía volverse transparente.

—¿Céline? —Clary intentó tocarla, pero su mano traspasó el brazo de la madre de Jace como si fuera humo.

La miro, alarmada.

—El único motivo que me retenía aquí ya no existe —explicó Céline. Y para sorpresa de Clary, no lucía triste, sino ansiosa y extrañamente alegre—. Ahora, escúchame bien, Clary. Stephen les explicará todo cuando lo encuentren. Solo debes saber que yo mandé a Jessamine a averiguar quién era ese chico que William traía. Si era mi hijo, ella lo traería a mí y yo les diría dónde encontrar a Stephen. Y si no... ella debía evitar que llegara aquí a toda costa. Ahora bien, ahora solo importa una cosa, y es sacarlos de aquí. Solo hay tres formas: La primera es por la puerta principal, la cual deben evitar por cualquier motivo, los matarán si saben que están aquí. La segunda es por William, que no los ayudará porque ya cumplió su parte del trato. Y la tercera es la que Stephen creo...

Céline, que ya no era más que una silueta en la niebla, soltó un grito ahogado cuando un hombre pasó a través de ella y se arrojó sobre Clary. Tomada por sorpresa, alzó las manos para cubrirse y se arrojó hacia atrás. El cuchillo le rozó los antebrazos y la hizo gritar. Intentó hacerse a un lado pero el hombre cayó sobre ella y la inmovilizó en el suelo. Clary se revolvió y lo pateó en la entrepierna. El hombre gritó y soltó el cuchillo. Sin perder tiempo, Clary lo atrapó en el aire y se lo clavó en el estómago con un grito rabioso.

—¡Clary!

—¡Jace! —jadeó Clary volteando a todos lados—. ¡Céline!

—… barco de Stephen —susurró la voz de Céline desde algún lado. Clary ya no podía verla—. Vayan… ahí….

—¡Clary!

—¡Jace! —Clary comenzó a correr hacia su voz. Mientras avanzaba a toda velocidad le pareció escuchar la voz lejana de Céline en la niebla a su alrededor, como un aliento cálido susurrado al oído.

Cuida de él —parecía decir—. Él te escucha. Cuida de él por mí.

Lo haré, pensó Clary, y por un momento casi juró ver la sombra de la sonrisa de Céline frente a ella, antes de que chocara contra la pared.

—¡Clary! —el rostro de Jace surgió frente a ella—. ¿Estás bien?

Clary se sobó la cabeza.

—Sí, creo que me dado contra la pared.

Jace sonrió burlón.

—Ya sabía que mi cuerpo de Dios griego era duro, pero no tanto como una pared. De hecho, debo ser la pared más sensual del mundo.

—Oh, cállate. ¿Dónde está Jessamine?

—Desapareció —parecía complacido—. Por fin se calló la boca.

—¿Desapareció? ¿También ella?

—¿Cómo que también? —Jace frunció el ceño—. ¿Dónde está…?

—No hay tiempo —Clary se puso de pie—. Tenemos que buscar a tu padre. Te explicaré después.

—Y para eso, primero tenemos que salir de aquí —objetó Jace—. Y a pesar de que lanzarnos por la chimenea es una opción terriblemente tentadora, no creo que me lleve al mundo de los vivos.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan idiota?

—Es parte de mi encanto —Jace se encogió de hombros y Clary casi quiso golpearlo. ¿Cómo podía estar tan tranquilo.

Se escuchó otro golpe. Jace hizo una mueca y se agachó para cargar a Clary como un saco de arena.

—¿Qué…? ¿QUÉ HACES?

—Como en los viejos tiempos —sonrió Jace—. Salvándote y tú insultándome.

—¡Bájame!

—Miel para mis oídos —Jace soltó una risita y comenzó a correr hacia la ventana. El polvo y los escombros volaban a su alrededor como lluvia gris—. Lo siento, pero eres demasiado lenta y tenemos a mi horda de fanáticos detrás.

Clary sintió como si surgiera a otro mundo cuando por fin salieron de la estropeada casa hacia el mundo exterior. El aire limpio inundó sus pulmones mientras Jace descendía a toda velocidad por la colina en dirección hacia el camino por dónde habían llegado.

—¿A dónde vamos? —casi gritó Clary y lo golpeó en la espalda—. ¡Tenemos que ir hacia el barco de Stephen!

—Podrías haberlo mencionado antes —dijo Jace—. Pero igual la carreta servirá.

—¿Qué? ¿Qué carreta? ¿De qué hablas?

No podía mirarlo, pero pudo sentir su cuerpo estremecerse cuando rió.

—Tengo una idea.

Oh, no.


Isabelle parpadeó. Su cabeza daba vueltas sin parar, el mundo excesivamente brillante moviéndose a su alrededor, enfocándose y desenfocándose sin parar en un aluvión de colores. Cuando por fin la luz blanca se desvaneció, se encontró a sí misma tirada en la cubierta, escupiendo sangre.

Se levantó entre tropezones, y observó a su alrededor, aturdida. Los piratas, asombrados y temerosos, miraban a su alrededor con los ojos como platos. Valentine, justo en frente de ella, tenía una expresión triunfante en el rostro. Entonces todo a su alrededor se volvió más nítido e Isabelle pudo ver que se encontraban en un oscuro puerto envuelto en la niebla, dejando ver debajo un mar de aguas grises verdosas. Todo estaba desierto y sumido en las tinieblas. Habías casas de madera regadas por toda la playa, con extraños grabados en ellas. Un intenso olor a pescado, suciedad y sal llegó hasta ella, haciéndole arrugar la nariz. Todo lucía viejo, oscuro y sucio… y demasiado silencioso. Solo se escuchaba el sonido del agua y el rechinar de la madera. No había más gente ahí aparte de dos pescadores en un bote que miraban hacia ellos con la boca abierta. Sus rostros eran pálidos, con ojos almendrados y extraños sombreros acampanados.

Cuando Isabelle lo comprendió, un extraño y gorgojeante sonido salió de su garganta. Estaba riendo. Oh, Raziel, ¿se había vuelto loca?

Valentine, por delante de ella, miraba a todos lados con la boca abierta como si no diera crédito a sus ojos. Su cara, lentamente, comenzó a ponerse de un rojo intenso.

—¿China? —su voz salió débil, y luego su rostro se endureció—. ¿CHINA? ¿ME TRAJISTE A CHINA? ¿¡A CHINA?!

Los piratas estaban estupefactos. Incluso Jonathan lucía un poco turbado. Magnus sonrió.

—No es casa, pero se parece bastante. ¿Lindo, verdad? Algo sucio y apestoso pero…

—¡CHINA! —Valentine parecía enloquecido, mirando a todos lados como si fuera algún truco. Isabelle estaba roja de tanto reír. —¡SI SERÁS DESGRACIADO HIJO DEL DEMONIO!

Valentine sacó su espada y su filo rozó el cuello de Magnus.

—Literalmente, lo soy —dijo Magnus, encogiéndose de hombros—. Ahora, por favor, ¿podrías apartar tu espada de mi cuello? Es bastante incómodo. ¿No quieres que te dé un viaje turístico por aquí?

—¡TE VOY A MATAR!

Magnus sonrió y sus manos se encendieron en llamas. Algunos piratas retrocedieron, confundidos y atemorizados.

—No —fue todo lo que dijo le brujo antes de que lanzara un bola de fuego que mandó volando a diez piratas hacia el mar. Isabelle no perdió la oportunidad y se puso de pie de un salto—por suerte para ella solo tenía las manos y la boca atadas— y lanzó una patada a un pirata que le dislocó la mandíbula. Todo sin dejar de reír. A su lado, Maia rugió y se transformó en la una loba, destrozando todas las cuerdas que la sujetaban. Isabelle saltó y giró en aire, y volvió a patear a dos piratas. Captó un brillo plateado por el rabillo del ojo y se giró justo cuando Jonathan se lanzaba sobre ella. Alzó las manos y su espada cortó las cuerdas en su muñeca, liberándole.

—Perra —escupió el chico y su mano estalló en su rostro, tan rápido que Isabelle ni siquiera lo vio. Cayó en el suelo con un golpe sordo y sintió algo cálido resbalar por su mejilla. Trató de levantarse pero algo impactó en su estómago, haciéndola soltar un grito. Se arrastró, queriendo alejarse, pero de nuevo volvieron a golpearla, ahora en la cabeza. Isabelle se derrumbó en el suelo, con el sabor metálico de la sangre en sus labios. Miró hacia arriba, de nuevo mareada, observando la imagen difusa de Jonathan sobre ella.

Él estaba riendo.

Isabelle sintió la rabia hervir en su interior y trató de lanzarse sobre él, pero él la volvió a patear, sin dejar de reír. Retrocedió cuando él volvió a alzar el pie, pero sabía que no era tan rápida... y entonces observó atónita como dos sombras se cernían sobre Jonathan y éste era arrojado en el aire.

Isabelle parpadeó y miró hacia arriba.

—Simon —casi gritó, y luego observó a la pálida figura a su lado—. ¡Alec!

—¡Levántate! —la apresuró su hermano, sus manos moviéndose veloces, lanzando una flecha tras otra,

Simon le ofreció su mano y ella la sujetó, sintiendo su agarre firme y frío. A su alrededor las tripulación del Estrella de Amanecer era un caos, corriendo de un lado a otro mientras las llamas azules de Magnus consumían todo a su paso.

—¡Por aquí! —gritó entonces un jadeante Jordan. Max, alarmado, estaba tras de él con un cuchillo serafín en su mano.

—¡Max! —gritó Isabelle, horrorizada—. ¿Quién te dio eso?

—Yo —dijo Alec—. Y desearía no haberlo hecho, pero creo que no hay tiempo para discutir.

—¡Es genial! —Max miraba embobado a su cuchillo—. ¡Vibra!

—Sí, muy genial todo, pero yo creo que nos vamos yendo de aquí —dijo Maia, apareciendo de repente en su forma humana. Tenía un feo corte en el brazo.

Jordan les hizo una seña para que le siguieran. Simon, Maia y Max corrieron tras él. Isabelle dudó, mirando a Alec, quién seguía parado en su lugar, mirando fijamente algo.

—¡Isabelle, vete!

—¡No! ¿Qué se supone que estás esperando?

—A Magnus —Alec frunció los labios y lanzó otra flecha. Isabelle siguió su mirada y se encontró con que Magnus había hechizado a Valentine, dejándolo inmóvil como un estúpido pedazo de hielo, y ahora se encargaba de los demás piratas—. ¡ISABELLE, VETE!

Isabelle le quitó uno de los cuchillos serafín que llevaba colgado del cinturón. Y entonces, ante los gritos desesperados de su hermano, se lanzó hacia Magnus y hacia los demás piratas.


Max frenó en seco cuando vio como Isabelle pasaba a través de Alec y se internaba en la batalla. Vio hacia delante, donde los demás corrían, y antes de que saber lo que hacía ya estaba corriendo hacia dónde estaban sus hermanos.

—¡Max! —bramó Alec en cuanto lo vio pasar a su lado como una flecha—. ¡MAXWELL LIGHTWOOD!

Max lo ignoró y siguió su camino, tomando un ordinario cuchillo humano del suelo. Podía necesitar su cuchillo serafín después. Isabelle se estaba encargando de cuatro piratas al mismo tiempo, abriéndose paso hacia dónde Magnus estaba acorralado. Las llamas azules se reflejaban en el rostro del brujo, rabiosas. Max, con el cuchillo en la boca, se agachó y comenzó a gatear hacia él. Podía escuchar por encima de la batalla el ruido de las flechas de su hermano, silbando en el aire, cuidando las espaldas de todos. Tomó el cuchillo en su mano y con un grito rabioso, lo enterró en uno de los hombres que atacaba a Magnus. Captó un movimiento por el rabillo del ojo y se giró. Un hombre con un arco apuntaba hacia Alec, su mano tensándose, a punto de disparar. Max lanzó su cuchillo y acertó justo en su mano. El pirata gritó, soltó el arco, y se giró hacia el niño con la mirada asesina.

Justo entonces una bola de luz pasó por la cabeza de Max y se estrelló en el hombre. Éste gritó y se cubrió en llamas.

Alguien agarró a Max por el cuello de la camisa.

—¡Eh! —protestó.

—Pequeño, lindo Max —dijo Magnus—. ¿Sabes que tú y tu hermana están a punto de provocarle un infarto a tu hermano?

—¡Lo estamos ayudando! —protestó Max.

—Si de verdad quieres ayudar —dijo Magnus, al tiempo que lo arrojaba al suelo y lanzaba tres bolas de fuego—. Agarra las cosas que tengo en mi bolsi… Ah, tú quítate —dijo con desdén mientras rayos de luz salían de sus manos y se estrellaba contra un pirata que tenía un hacha—. ¿Me has entendido? Coge las cosas que hay en mi bolsillo, espera a que saque a tus hermanos de aquí, arrójalas por todos lados y salta al agua, ¿de acuerdo? Me quedaré aquí hasta que lo hagas.

Max gruñó un sí y se apresuró a meter la mano en su bolsillo. Cuando las sacó, tenía varias pequeñas bolas de luz que brillaban con furia.

—¡Ay, queman! —casi gritó Max.

—Ten cuidado. Arden incluso en el agua —le advirtió Magnus—. Ahora corre, no le digas a Alec ¡y vete!


Isabelle destrozó a otro de los piratas antes de que Magnus la jalara de su camisa, guiándola a través del caos hacia el bote donde esperaban los demás.

—¡Vámonos!

—¿Por qué? —gritó ella, desafiante. No había olvidado que ellos habían destrozado a su barco, y a toda su tripulación. De alguna manera, se lo debía a Jace—. ¡Quiero matarlos a todos!

—Ya lo sé —Magnus rodó los ojos—. Controla tus hormonas, linda Isabelle. A menos que quieras estar aquí cuando esta cosa vuele, mejor vámonos.

Isabelle lo miró aturdida.

—¿Antes de que vuele?

—Vamos —dijo Magnus con una sonrisa misteriosa—. O tu hermano terminará conmigo si logro que te maten.


Max esperó escondido en un rincón hasta que vio como Magnus, arrastrando a una histérica Isabelle, la arrojó al mar y enseguida a un sorprendido y protestante Alec.

—¡Magnus! ¿Qué… que haces?

—No entienden de la buena manera —dijo Magnus con falsa tristeza—. Ahora naden hacia el bote.

—¿Qu…? —el resto de su pregunta se perdió en un grito cuando cayó de bruces hacia el mar.

Max se levantó y comenzó a correr por el barco, tirando por todos lados las pequeñas bolas de cristal que Magnus les había dado. Tenían un extraño color púrpura que cambiaba al azul y luego al verde, diluyéndose y temblando en sus manos como si fuera un feroz fuego prisionero.

10…

Max escondió una bola cerca del mástil principal.

9….

Corrió y lanzó dos por las escaleras.

8…

Lanzó una hacia un camarote.

7…

—¡Deja de contar! ¡Me pones nervioso! —gritó Magnus desde algún lado.

—Uh, lo siento, no me daba cuenta.

6….

Max colocó algunas más entre las cuerdas y de repente alguien lo agarró por el brazo y lo jaló. Max actuó por impulso y levantó su cuchillo serafín, deteniendo a la otra espada justo cuando caía sobre él con un golpe tremendo que le hizo vibrar los huesos de su brazo hasta sus dientes.

—Niñato —escupió el pirata. Sus dientes eran negros. —Deberías haberte quedado con tu mami.

—¡No soy un niño! —Max soltó un grito de rabia y se puso de pie, haciendo retroceder a su oponente. De alguna manera, el sentir el cuchillo vibrar en sus manos —como si tuviera vida propia— le infundaba valor y seguridad. Alzó su cuchillo de nuevo, parando otro golpe que casi lo partía por la mitad. No era fuerte, pero sí rápido. Rodó a un lado, esquivando otra estocada, y se deslizó entre las piernas del pirata, clavando su cuchillo en su talón. El hombre rugió de dolor e intentó atacarlo de nuevo, pero Max se hizo a un lado y lo esquivó.

—Vámonos —escuchó gritar a Magnus desde algún lado—. Ya no queda tiempo.

Max arrojó todas las bolas que le quedaba al suelo, donde rodaron a todos lados, y corrió hacia la borda.

Su último pensamiento antes de arrojarse al mar con una sonrisa fue: ¡Bam!


Isabelle soltó un grito de euforia que se perdió en el estruendo que rasgó el silencio de la noche. Donde antes estaba el inmaculado barco de Valentine, ahora no había más que una furiosa nube de fuego azul que iluminó la noche como una bola gigante de energía. La luz los cegó por un momento, seguido por un estruendo que hizo sacudir el agua a sus lados. El fuego alcanzó algunas casas del pueblo y de repente hubo una serie de estallidos seguidos de varios destellos de luz, como serpientes de fuego, que surgían desde una de las casas hasta el cielo, explotando en miles de colores que se desvanecían en el cielo como estrellas fugaces, siendo rápidamente reemplazada por varias más.

Max y Magnus surgieron entonces de entre las aguas oscuras, nadando hacia ellos. El niño sonreía como idiota mientras Alec comenzaba a gritarle.

—¿CÓMO PUDISTE QUEDARTE AHÍ, MAXWELL LIGHTWOOD? ¡TE DIJE QUE TE PUSIERAS A SALVO!

—Actualmente —dijo Magnus, subiendo al barco con el pelo extrañamente mojado y sin brillo—. Tu hermano hizo volar ese barco.

—Choca esos cinco —sonrió Simon y Max rió.

Isabelle lo abrazó y Jordan y Maia lo miraron sonrientes.

—Simon —casi gritó Alec—. CÁLLATE.

Isabelle rodó los ojos.

—Tranquilízate, Alec.

Max sonrió al cielo, la luz de colores reflejándose en su pálido rostro y afilando sus rasgos.

Esa fue por ti, Jace.


Una nube de polvo se alzó desde las botas de Jace cuando frenó en seco al pie de la colina. Por detrás de ellos, los restos flotantes de la casa solariega de los Herondale brillaban contra el sol moribundo. ¿Tanto tiempo había pasado ya? Jace murmuró algo por lo bajo y enseguida arrojó a Clary sin mucha delicadeza hacia el interior del carruaje.

—Quédate aquí —sacó tres cuchillos serafín de su cinturón y se los dio—. Si algo se acerca a ti a más de diez metros a la redonda y yo estoy demasiado ocupado tratando de que nos maten, usa esto.

—¿Siempre traes un arsenal de armas contigo todo el tiempo?

Jace se encogió de hombros.

—Ya sabes que soy maravilloso —le cerró la puerta en las narices—. Ahora grita y actúa como la damisela en apuros.

Clary hizo un sonidito indignado y casi juró escucharlo reírse al otro lado.

—¡Agárrate! —lo escuchó decir y el carruaje dio una violeta sacudida que la hizo caerse contra el asiento.

—¡Jace! —se quejó.

—¡Oh, no temaís hermosa dama, su joven héroe está aquí para salvarla!

Se escuchó un latigazo y enseguida el carruaje salió despedido a toda velocidad. Clary salió volando hacia delante y se golpeó contra la ventana. Jace soltó una risotada y ella casi deseó poder ahorcarlo desde ahí.

—¡Idiota! —Se puso de pie a duras penas y desgarró las cortinas de la pequeña ventana. Al otro lado el bosque pasaba como un borrón verde y café. Clary retrocedió un paso y pateó la ventana hasta romperla. Sacó la cabeza y el viento la golpeó con fuerza. A través de la nube de polvo que el carruaje dejaba a su paso, alcanzó a ver a los jinetes que los perseguían.

Son más de diez.

Podía escuchar a Jace gritando algo, pero el viento ahogaba sus palabras.

De todas formas, ya tenía su plan. La ventana era demasiado pequeña, pero ella también. Se acomodó los cuchillos en el cinturón y, con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos, comenzó a salir por la ventana. En cuanto sacó la cabeza, el viento feroz le abofeteó el rostro y la hizo entrecerrar los ojos. Los jinetes estaban más cerca ahora.

—¡Eh, ahí está una! —gritó uno de ellos. Clary no lo había notado antes, pero todos tenían el rostro cubierto por una gran capa negra—. ¡Es mía! —Sacó algo reluciente de entre su capa.

Clary maldijo por lo bajo y volvió a meter la cabeza de golpe. El cuchillo pasó volando a centímetros de su cabeza y se clavó en la madera. Antes de saber qué hacía, ya había puesto el mismo cuchillo en su boca y había salido por la ventana, escalando hacia el techo del carruaje a toda velocidad. Algo zumbó a lo lejos y Clary se derrumbó en el techo justo cuando la flecha pasaba silbando sobre su cabeza. Rodó a un lado, sin levantarse, y arrojó en respuesta su cuchillo serafín, que voló y se perdió en la humareda antes de clavarse en un hombre… o lo hubiera hecho, si no se hubiera lanzando hacia un lado. Clary frunció los labios. Había fallado, pero al menos había ganado algo de tiempo.

Se puso en cuclillas y sacó otro cuchillo serafín. Sus piernas temblaban incontrolablemente mientras trataba de mantener el equilibrio en el inestable carruaje. El viento hacia volar su cabello salvajemente y le pegaba la ropa al cuerpo, como si quisiera derrumbarla.

"Solo no veas abajo. Si vez abajo, caerás y rodarás y las llantas del carruaje te arrollarán."

Bien, eso no estaba ayudando. Por delante de ella, Jace reía como maniaco y manejaba de igual manera. Por un momento a Clary le pareció como un pequeño niño con un juguete nuevo, sonriendo estúpidamente. Estaba a punto de gritarle cuando captó por el rabillo del ojo la sombra de un jinete de entre los árboles. Vio como alzaba el arco, al mismo tiempo que ella lanzaba su cuchillo, pero ya era demasiado tarde; el cuchillo se clavó en el jinete y lo derrumbó de su caballo, al mismo tiempo que la flecha volaba y se clavaba en el hombro de Jace.

Clary gritó su nombre, horrorizada, pero él solo se sacó la flecha como si fuera una molesta cucaracha. Su sonrisa se le borró de la cara cuando se giró y la vio ahí de pie, cuchillo en mano. Clary resistió el impulso de sacarle la lengua.

La cara de Jace pasó del blanco al rojo, y de rojo a morado.

—¿QUÉ DEMONIOS HACES AHÍ, CLARISSA?

Por toda respuesta, Clary se giró y lanzó otro cuchillo hacia uno de los jinetes restantes. El cuchillo voló como una estrella fugaz, pero el hombre lo esquivó con facilidad. Escuchó a Jace soltar una sarta de maldiciones por delante de ella y casi de inmediato otro cuchillo pasó volando a su lado, tan rápido que solo vio un destello y después al jinete caer.

—¿Por qué nunca me haces caso? —bramó Jace, de repente estando de pie a su lado—. Te digo que no lo hagas, y lo haces. Te digo que lo hagas, y no lo haces. ¿Acaso funcionas con alguna clase de psicología inversa? ¿Qué tal si probamos con CORRE, CLARY, VE Y MATÁTE? ¿Así no lo harías cada cinco segundos?

Clary lo miró indignada y lo señaló con un dedo.

—¡No me grites! ¡Tú no me puedes decir que hacer!

—Yo no estoy gritando —dijo Jace con fingida diplomacia—. Estoy hablando civilizadamente contigo, tratando de hacerte ver tus actos suicidas desde mi perspectiva, pero tú siempre te enciendes. Es decir, sé que las chicas siempre se encienden cuando están cerca de mí, pero…

—¡Cierra el pico! —Clary trató de darle un puñetazo, pero Jace lo esquivó con una sonrisa burlona.

—Te diría que no golpearás mi hermoso rostro, pero dudo que puedas llegar a él.

Clary gruñó y trató de patearlo, pero Jace volvió a desvanecerse y apareció detrás de ella.

—¡Abajo! —advirtió y la arrojó al suelo cuando una lluvia de flechas pasó sobre sus cabezas.

—¡Quítate de encima de mí! —vociferó Clary.

—Oh, claro, se me olvidaba la psicología inversa. —Jace sonrió torcidamente. —Entonces, levántate, Clary, para que te maten y te claven un montón de flechas. ¿Ya te dije que te verías muy bonita de puercoespín?

Clary rodó los ojos y lo empujó. Jace se levantó, sacó dos cuchillos, y los arrojó a otros dos jinetes. Clary lo miró con malicia mal disimulada, ¿cómo podía nunca fallar? Sacó el último que tenía y se lo lanzó al jinete más cercano. Falló.

Jace la miró sonriente.

—Ahora, querida, ¿podríamos posponer nuestra civilizada conversación para otro día? ¿No preferirías observarme detenidamente mientras peleo como un héroe por su amada?

—¡No! —Clary trató de golpearlo de nuevo—. ¡Y no me digas querida!

—Ahora, claro, tenemos un problema con el papel que te corresponde. ¿No deberías estar dentro del carruaje gritando 'sálvenme, sálvenme' o 'por favor, no le hagan daño'?

—¿Quién te crees? —siseó Clary.

—Me creo muchas cosas —Jace puso cara de pensativo—. Fabuloso, encantador, guapo, terriblemente irresistible… —uno de los jinetes los alcanzó entonces y trató de subir al carruaje, pero Jace lo pateó con frío desinterés—. ¿Dónde estaba?

—¡Jace! —Clary soltó un grito ahogado cuando los demás jinetes comenzaron a alcanzarlos. Otro más intentó subir al carruaje, pero el rubio volvió a patearlo y lo observó caer una fiera satisfacción.

—¿Qué no te han dicho —gritó— que es de mala educación interrumpir a una pareja cuando están discutiendo?

Clary lo ignoró y le dio un puñetazo a otro jinete. Entonces observó delante de ella, dónde el bosque se abría y daba paso a un estrecho puente.

Solo entonces cayó en la cuenta.

—¿Jace? —dijo, pálida. Él la miró, sin dejar de observar ceñudo a sus perseguidores.

—Estoy empezando a irritarme.

—¡Jace!

Él parpadeó y la miró.

—¿Qué?

Clary lo miró aterrorizada.

—¿Qué haces aquí arriba? ¿Quién está manejando?

—Fred.

—¿Quién es Fred?

—El caballo.

—¡JACE!

—Ahora, tómalo con calma —Jace miró a todos lados sonriendo—. En cualquier momento tendré una idea genial.

Clary estaba a punto de golpearlo de nuevo cuando el carruaje chocó contra una roca y ambos perdieron el equilibrio, cayendo de rodillas. Escuchó un grito, y se dio cuenta de que era ella.

—Lo tengo —Jace, radiante, miró a Clary—. Solo no grites, ¿de acuerdo?

Clary parpadeó.

—¿Qué?

Lo siguiente que supo era que el carruaje se volcaba y que Jace se reía mientras salían despedidos en el aire.


En algún momento durante la caída, Jace la rodeó con los brazos y la sostuvo mientras caían y rodaban en el suelo frío cubierto de hojas. Clary aún estaba mareada cuando Jace la levantó y la arrojó a un lado en el momento que los jinetes cayeron sobre ellos. Él no tenía ningún arma y Clary observó aturdida como derrumbaba a los cuatro primeros solo con las manos. Sintió un jalón en su camisa, gritó y trato de resistirse.

—Soy yo —gruñó Jace, antes de arrojarla hacia uno de los caballos sin jinete, para enseguida subirse detrás de ella —. Ahora vámonos al infierno.

Clary quiso decirle que, literalmente, ya estaba en algún lugar parecido, pero todo se le olvidó cuando Jace hundió los talones en los flancos de caballo y éste salió cabalgando a toda velocidad. Atravesaron el puente, con los casos traqueteando en la madera y sus seguidores gritando detrás. Clary se aferró con fuerza a la silla y observó cómo la ciudad aparecía por delante de ellos, entre las colinas. Desde ahí alcanzaba a vislumbrar los tejados rojos de las casas mezclados con las relucientes torres demonios que sobresalían por encima de todo. Y, aún más lejos, alcanzó a ver el mar.

Y los barcos.

Ya estaban cerca.


Próximo capítulo: 5 días. Viernes.

(N.A: Traté de hacer el encuentro de Céline y Jace lo más real posible. Sé que algunos esperaban algo diferente, tal vez, pero creo que así es como reaccionaría el verdadero Jace. También traté de que Céline dijera lo que la 'verdadera' Céline le diría a Jace si tuviera la oportunidad de hablar con él. Yo creo. Por otro lado, esto solo es el comienzo de las verdaderas batallas que están por venir. Y sí, me estoy muriendo por que ya quiero que entré de lleno mi Sebby en la historia. Y que Jace "pierda su cabello", oh siii, eso más que nada. *risa cruel*) (¿Y qué tal les ha parecido la aparición de papa sexy rubio y dulce Amatis?) (Sip, habrá más romance en el próximo cap.) (Es solo que tanta acción me está volviendo loca de emoción.) (Debo dejar de usar tanto los paréntesis, demonios.)