Hanabi
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Estaba sentada junto a la ventana, viendo cómo los últimos comercios cerraban sus puertas y apagaban las luces poco a poco. Esperaba que el sueño le atacara irremediablemente, como había sido en los últimos meses, pero por alguna razón esa noche sus párpados ni siquiera daban señales de pesadez. Su intuición ninja no le indicaba ningún peligro próximo, pero esa noche ella contemplaba aquellas actividades del final de un día cualquiera como el final de un lapso imaginario que le habían dado para cumplir una condena, y ya se acercaba a ciegas a la horca.
Habían pasado exactamente dos semanas desde que él se había ido. Dos semanas sin molestar a Kiba eran mucho, así que procuró que todos y cada uno de esos días estuviera bien ocupada. Por ejemplo, todas las mañanas iba al dōjo de Yūhi Kurenai, quien lo había dispuesto desde que tuvo al vástago del difunto Sarutobi Asuma*. La necesidad había aparecido desde que la jounin había descubierto que no había centros especializados para que las kunoichi continuaran con un ejercicio físico adecuado a su verdadera resistencia, antes del embarazo, que era muy diferente a la de las mujeres civiles, las únicas contemplados en los ejercicios para la etapa de gestación, Konoha tenía muchos lugares de esos, pero no para kunoichis. Y el ejercicio era tan importante para la kunoichi como para el bebé, y afortunadamente Kurenai tuvo eso muy en cuenta. Eran mañanas muy entretenidas porque la atención era muy personalizada dado que no habían muchas kunoichis embarazas en ese momento, y la antigua sensei de su hermana siempre contaba historias del Equipo 8 (cuando estaban las dos solas) o alguna de su juventud —en caso de que las sesiones estuvieran más concurridas. Pero lo más agradable era que daba experiencias y consejos propios a las futuras madres —esos que sólo se adquieren empíricamente, esos que no te podrían decir en un hospital.
Viajar a pie era algo que casi no hacía, menos antes de estar embarazada, así que con el crecido vientre, se desplazaba discretamente a través de los tejados de la aldea. Resultaba increíblemente reconfortante, se sentía ella misma de nuevo, y entonces se daba cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que no había hecho algo tan sencillo como eso a plenitud. Por supuesto que la actividad resultaba un poco más agotador que de costumbre, y era en esos momentos donde Akamaru le hacía una falta infinita, pero él era el amigo inseparable de Kiba, no de ella.
En esas semanas hizo cosas que había dejado de hacer, y que resultaban, en ciertas ocasiones, reconfortantes. Un día se detuvo en una tienda en particular, y llegó a casa de su hermana sorprendiéndola con un regalo para el niño. La visita en cuestión no fue exactamente cómoda para ninguna de las dos, pero se hizo amena gracias al niño. También visitó a sus antiguos compañeros de equipo al enterarse que uno y luego el otro estaban en la aldea —sin misiones programadas que lo arruinaran todo. Además de eso, estuvo dos días en el barrio donde había crecido y aprovechó para charlar con su padre, y afortunadamente, en ese momento había llegado Neji y luego Tenten, ambos la felicitaban por su estado y se unieron a la conversación. En tiempos no muy lejanos aquella reunión había sido impensable tomando en cuenta estatus, personalidades y actitudes; pero estaban bajo el gobierno de Naruto Uzumaki, incluso, aunque nadie lo dijera, también el clan Hyūga…
Esa noche se durmió muy temprano, y se fue de largo hasta el día siguiente. Así había sido en varias ocasiones, y Hanabi se preguntaba por qué esta noche era la excepción. En las horas pasadas, mientras no hacía nada, evocaba aquellos tiempos en donde se veía con Kiba a escondidas. Pero ya no podía rememorar aquellos recuerdos simplemente porque les había dado vueltas hasta el cansancio.
La ironía de la vida, que, todo su esfuerzo por mantenerse activa, todo lo que había hecho para estar ocupada y sentirse más como ella misma, para ser ella misma con todo lo que tenía que pasar ahora, todo la llevaba al punto inicial de todo a lo irremediable, lo que siempre supo en un principio desde que él se fue.
Hanabi apretó con fuerza el peluche y cerró los ojos.
"No puedo hacer esto sin ti…"
Parecía que no había otra salida; desde que había empezado su embarazo había tratado de evitar esos pensamientos, pero ahora que no estaba con Kiba sabía con certeza que la invadirían…
Y como si su consciencia hubiera estado esperando para reprochárselo, pensó en la irremediable ausencia de misiones. Ese era su vacío más grande, porque era prácticamente lo único que hacía en la vida. No; ser kunoichi era su vida. Por eso se sentía inútil, desplazada, frágil, se sentía nada. Sintió una inevitable impotencia, porque ese vientre le quitaría meses de misiones que se le hacían eternos. No solía dejarse llevar, pero esta vez fue inevitable: dejó derramar una lágrima. ¿Quién era ella, entonces? Sin todo eso que la caracterizaba, que era parte de ella, ya no era nada, no era nadie. Probablemente una existencia vacía que se limitaría a vivir… Desde que se hizo kunoichi su cuerpo dejó de pertenecerle para ser propiedad de la Aldea de Konoha. Y la pequeña parte de identidad que tenía pertenecía a Kiba. Entonces, al no poder servirle a ninguno de los dos, nada tenía sentido. Los ninja no tenían nombre, eran sólo una sombra, una herramienta. Pero ella no sólo no poseía nombre, sino que se había convertido en una simple carga para todos: para Kiba, su padre, su clan, y la Aldea. Como un costal que no desea llevarse sobre la espalda.
Ya se sentía diferente, y era algo más que sentir el crecimiento en su interior día con día, algo más que las diversas molestias que sufría en los últimos meses. No; ella estaba cambiando precipitadamente, un cambio que iba mucho más allá de lo físico. Su identidad, su personalidad, incluso su fama se había perdido. No salía mucho a la calle porque sabía todo esto, pero debido a ciertas molestias a veces no le quedaba más remedio que andar a pie. Y era entonces cuando podía notar las miradas de los civiles, de sus camaradas que ya no la veían como un igual haciéndola sentirse humillada, de las mujeres que ya habían vivido casi una vida entera y que ahora la miraban como una chiquilla inexperta cuyas calenturas la habían dejado en ese estado. Negaban con la cabeza con pesar, como si no tuviera remedio. Pensar que antes varios habían estado encantados nada más verla… Y no sólo era percibir esto en el ambiente, también era escucharlo.
"¿Has visto su vientre?"
"¿Quién será el padre?"
"Ha de ser de algún primo"
"No lo creo. Siempre supe que en esa rara familia las costumbres eran austeras, pero mira lo rebelde que fue…"
"¡Su hijo será un bastardo, con toda seguridad…!"
Y era increíble porque antes su presencia bastaba para hacer callar a los que la veían pasar por ahí. En esos momentos la embargaba un instinto asesino que controlaba a duras penas para no lanzar kunais y shurikens a diestra y siniestra. Era penoso que ya nadie la respetara. Y más penoso aún que necesitara de Kiba para repeler por lo menos esos comentarios. Jamás se había sentido tan escoria. Y se arrepentiría toda la vida de haber quedado embarazada. Ya no dormía con tranquilidad, siempre había algo que le molestaba, y si lo hacía, dormía más de lo necesario levantándose más tarde que los demás haciéndola quedar como una floja y dormilona. Odiaba estar embarazada, pero odiaba por sobre todo, la manera en que su enorme barriga le impedía abrazar con fuerza a Kiba, pegarse a su cuerpo por completo y ser uno solo, odiaba la manera en que él tenía que inclinarse si sólo quería darle un simple beso…
Hubo un instante en su vida en que se dio cuenta que no quería tener hijos, y Hanabi tardó un poco más en asimilar que sería mucho más difícil —si no imposible— encontrar a un compañero de vida que tampoco deseara más que compartir la experiencia de la vida juntos. Era difícil escuchar a una joven pareja hablar de su "pequeño" proyecto de vida, y más difícil aún ver que todos eran felices llevando un cochecito, o buscando a su retoño en la Academia. Era la manera en que todos eran felices.
Y era triste pensar que estaría sola, y que podría ser feliz de esta manera si no pensaba en todas esas cosas. Un hijo era demasiada responsabilidad, y nada la haría cambiar de opinión.
Pero entonces estaba él. Era como una utopía, algo que no creyó posible. A parte de amarse mutuamente, querer vivir juntos por siempre y bla, bla, bla, él tampoco quería hijos. Qué va, Kiba era demasiado sexual para eso. Los dos llegaron a un punto en común en que estuvieron de acuerdo en que sólo serían ellos, hasta que la vida lo dispusiera.
¡Y ahora la vida les enviaba un hijo que ninguno esperaba! Todo lo que Hanabi había planeado para su modesta vida se estaba viniendo abajo. Su embarazo estaba transcurriendo en un abrir y cerrar de ojos dejándola atrás, donde el cambio de su cuerpo la hundía en la desesperación, ¡y cómo no, si iba a tener un hijo! ¡Algo para lo que Hanabi no se había preparado ni en sueños! Una posibilidad que jamás había contemplado para su vida, algo en lo que era incapaz de verse. Por mucho que quisiera disimularlo, se estaba viniendo a pedazos, todo la estaba reventando. Estaba pasando por una etapa para la que sentía que tenía que haberse preparado con una eternidad de anticipación, pero en lugar de eso vivía el momento con la desesperación de "apenas pasar"; todo de apuro, todo de último momento. La vida, su embarazo, transcurrían con el curso natural del tiempo, y la estaba dejando atrás.
No podía con esto, simplemente no podía.
Luego de un rato decidió irse a dormir. Al instante que abrió la puerta supo que no estaba sola, sus sentidos se dispararon y activó el Byakugan: era Kiba.
—Perdona —decía él levantándose de la cama—, pensé que estabas con tu padre.
Ella se quedó quieta, sin saber qué hacer. No esperaba a Kiba hasta dentro de unos días… Pero al parecer él sí sabía qué hacer: se acercó a ella con una sonrisa que le iluminaba el rostro y la estrechó entre sus brazos. A él no parecía importarle que su vientre impidiera ese gesto "como debía ser"; es más, buscó sus labios y la besó con ansiada ternura. Ella le respondió de la misma forma, aferrándose a su espalda. No le importaba saber por qué estaba en casa antes de lo planeado, no le importaba su actitud desinteresada por no ir de inmediato a rendir informes, no sabía si lo iba a hacer en ese momento o al día siguiente, o si lo haría alguno de sus camaradas, si es que había ido acompañado, ya ni siquiera se acordaba. Él estaba ahí cuando más lo necesitaba, y eso era lo que realmente le importaba en ese momento. Ambos se fueron a acostar sin decir una palabra, y en la cama Akamaru se apartó para dejarles espacio; Kiba empezó a acariciarle el vientre mientras la acunaba a ella entre sus brazos.
—¿A quién crees que se parezca? —Le preguntó en un susurro.
—No lo sé —musitó la chica—, pero espero que sea a ti.
—¿Por qué? —Inquirió él extrañado. Ella siempre era tan orgullosa…
La chica tragó con dificultad reprimiendo las lágrimas. Con un nudo en la garganta, contestó:
—Porque tú eres, por mucho, mejor persona que yo.
*La idea de que Kurenai tuviera un dojo no es mía, pertenece a Kusubana Yoru de su fanfic "Kunoichi" (capítulo 13), un fic y autora muy recomendados. Por cosas de fanfiction, ha quitado todos los links de los perfiles (incluyendo el que tenía con estos créditos), así que tendré que resignarme con esta mención. De todas maneras, tengo el fic en mis favoritos por si a alguien le apetece.
(Nota de autor editada al 1 de diciembre de 2013)
