POV Draco

El paso del tiempo tiene un efecto que no es posible lograr con nada más. Los días, las noches, las horas y los minutos son los encargados de recordarnos que nada dura eternamente. Siempre llega un momento en el que debemos decir adiós, adiós a lo que conocemos, adiós a aquellos que creíamos que nunca nos abandonarían, adiós a todos esos pequeños momentos que componían una vida feliz. Todo eso se me pasó por la cabeza mientras intentaba que Hermione recuperase la consciencia. A pesar de que estábamos dentro del castillo, estaba helada y ni siquiera haber encendido el fuego del despacho de Moody parecía estar ayudando. Por un momento me pregunté si yo sería suficiente para compensar todo a lo que había renunciado Hermione. Pero ya no había forma de detenerlo. Cuando todos esos cambios se producen, cuando lo conocido se ha ido y lo desconocido ha ocupado su lugar, lo único que podemos hacer es preguntarnos….

- ¿Puedo confiar en ti? -me susurró con los ojos entrecerrados.

Escucharla hablar de pronto me provocó un respingo y la tensión con el que iba acompañado no se desvaneció ni siquiera cuando Hermione hizo un intento de incorporarse. Descarté la sensación de angustia que se instaló en la boca de mi estómago al verle dudar de mi de nuevo y me arrodillé para evaluar su estado. Ella por su parte se llevó la mano a la parte de atrás de la cabeza.

- Pensé que ya habíamos superado esa fase -le respondí intentando contenerme.

Sus palabras se habían clavado como agujas y esperaba hacerle el mismo daño que ella había proyectado con sus dudas, pero solo me encontré con un muro infranqueable. Como si hubiera de nuevo un muro entre ambos. Lo intenté de nuevo.

- Quiero creer que es porque te has dado un fuerte golpe en la cabeza. ¿Qué te ha hecho ese hombre? -le pregunté mientras me aferraba a sus hombros.

- Me ha dejado con un nuevo recuerdo. Uno del que todavía no estoy segura de querer revivir.

- ¿Se puede saber qué quería? Además, sigo sin entender cómo es qué podía aparecerse en los terrenos.

- Puede que sea por la final del Torneo. Pero eso no importa ahora. Él lo sabe. Lo sabe todo.

Llevaba todo el curso temiendo que aquello pasara, que alguien más, que alguien ajeno descubriera todo esto.

- Esto no es lo que quería. Y menos a un día de que finalizásemos este maldito curso. Pero si lo que dices es cierto, entonces no podemos perder más tiempo. Nos vamos, hoy mismo. Ahora. Antes de darle oportunidad a hablar con Dumbledore.

Ella cerró un instante los ojos y se abrazó a si misma antes de responder.

- Estoy cansada de huir.

- No es lo ideal, lo sé. Pero no pienso hacerte pasar por esto si no es en un lugar donde contemos con ventaja. Revelar quien eres, va a traer consigo algunos cambios, pondrá nervioso a unos cuantos y puede que remueva algunas consciencias.

- ¿Y si alguien pregunta por mi padre?

- ¿Por qué me preguntas eso?

- Lo he estado pensando un tiempo. El porque aun con todo decidieron que llevara el apellido Rossier. Se quien es mi madre, pero no se quien es mi padre. Y no se si estaré cómoda con desconocidos haciendo averiguaciones sobre mi pasado y haciéndome preguntas que no puedo responder.

- Te prometo que averiguaremos hasta la última historia que envuelve tu pasado. Cuando lo hagamos todo estará claro y nadie se atreverá a dudar sobre quien eres. Y con respecto a las preguntas, haremos como los políticos. Responderemos con evasivas y tergiversando respuestas.

- Vaya. Si que eres realmente un Malfoy.

Se me quedó mirando durante un instante y por una vez no supe descifrar que se ocultaba detrás de esos ojos color café. Quería cogerle de la mano, decirle que todo iría bien pero no me atreví. La notaba reticente, como si se estuviera conteniendo. Mi estómago empezó a retorcerse por la inquietud.

- ¿A dónde iremos? -preguntó de pronto.

- Aprovecharemos que todo el mundo está viendo la tercera prueba para ir a Hosgmeade. Usaremos la red flu del Caldero Chorreante para irnos a Malfoy Manor. Y una vez allí tendré que explicarles unas cuantas cosas a mis padres. Pero les encantarás, te lo aseguro.

- Los Rossier y los Malfoy siempre nos hemos llevado bien, ¿verdad?

Ver una pequeña sonrisa a pesar de todo lo que estaba pasando me ayudó a relajarme un poco.

- Exacto -dije mientras le tendía la mano para que nos incorporáramos.

Pero aunque me cogió de la mano, no llegué a ver como se levantaba. De repente vi como se llevaba la mano que tenía libre de nuevo a la cabeza mientras profería un grito de dolor.

- Hermione, ¿qué te pasa? ¡Hermione!

Antes de que pudiera hacer o decir nada más sentí un fuerte tirón que parecía no tener fin. Me retorcí y nuestro agarre se volvió a doblar mientras todo se volvía a negro. Era como si estuviera siendo presionado desde todas las direcciones, no podía respirar y notaba como unas cuerdas oprimían todo mi pecho. Justo cuando nuestras manos amenazaban con soltarse, noté como impactábamos con fuerza contra el suelo.

POV Lafford

Después de una acelerada subida desde Hogsmeade, por fin alcanzamos a ver la silueta de Hogwarts. Había recorrido el camino a la inversa, justo al contrario del que había hecho Jane-Anne años atrás cuando habían empezado nuestros encuentros en el pueblo, cuando ambos empezamos a actuar siguiendo el plan que había trazado el no tardaría en conocerse como Lord Voldemort. Pero como siempre, la ilusión por lo que creíamos que podía ser y lo que en realidad acabó siendo no habían podido estar más alejados. Aun así Jane-Anne le siguió siendo fiel, y yo le seguí siendo fiel a ella. La niebla se había apoderado de aquel enorme castillo y ni siquiera el revoltijo de torres altas parecía librarse de su presencia. Como yo no conseguía liberarme de aquellos recuerdos.

— Parece que el verano no quiere terminar de llegar, ¿no cree Señor Lafford?

Aquello no era un capricho. El tiempo estaba cambiando tal y como había sucedido la última vez. Tal vez era por eso que no lograba quitarme de encima la sensación de que algo estaba por suceder. Y muy pronto. Colagusano no podía tardar mucho mas en terminar la poción. Ya estábamos pisando el puente de piedra y nos dirigíamos, como el resto de personalidades invitadas, a los terrenos donde se había construido el espectacular laberinto en el que se disputaría en breve la final del Torneo de los Tres Magos. Lucius Malfoy se las había apañado para que yo acompañara a uno de los allegados de Fudge en su lugar. Todo como parte de un plan que me permitiera acercarme a Hermione, mi ahijada. Todavía se me antojaba extraño referirme a ella de aquella forma, pero más me valía acostumbrarme si iba a tener que empezar a referirme a ella así en voz alta.

Una parte de mi se preguntaba como había llegado a aquello, a verme en vuelto en la ira que me consumió después de recibir la noticia de la muerte de Jane-Anne. Como di de forma tan fácil por perdida a ella, a su hija y a mi mismo en el proceso. Y ahora estaba allí, doce años después, sin saber como dirigirme a una adolescente llena de preguntas. Muchas de las cuales, no sabía ni cómo empezar a responder. Detuve esa línea de pensamiento en cuanto me percaté que estaba empezando a hacer temblar las piedras que se encontraban a mis pies. Tenía que concentrarme, y más cuando en esos momentos no estaba ocultando mi aspecto. No tenía sentido hacerlo cerca de alguien como Albus Dumbledore. Además, quería que más de uno de los allí presentes me reconociera. Algo positivo tenía que tener ser capaz de permanecer inmune al paso del tiempo.

— Puede que sea parte de la propia prueba, ¿no le parece? -le contesté a aquel auror que había insistido estar entre el público bajos las órdenes de Ministro.

Me parecía recordar que Lucius se había dirigido a él como Dolis, Dowlee o Dawlish, aunque su nombre se había perdido entre las excusas de la gripe estomacal que Lucius había simulado tener para no acudir a la final.

Una vocecita cantarina justo a mi lado me hizo desviar la vista hacia abajo. En cuanto Winry supo que iba a ir a Hogwarts se apresuró a enumerarme todas las razones por las que debería de acompañarme, la primera y más obvia, porque aseguraba ser la única capaz de reconocer a su querida señorita. De nada sirvió que le asegurase que ya la había visto en en el Profeta, según Winry ninguna de esas fotos era capaz de definir el espíritu de su señorita. Al final acabé tolerando su presencia por una mera cuestión práctica. Aunque el director hubiese anulado los hechizos anti aparición en Hogwarts, perfectamente podría volver a levantarlos. Y en caso de que eso sucediera, me vendría bien un elfo doméstico capaz de saltarse esa restricción.

Para cuando llegamos al valle que rodeaba el castillo, los alumnos de las distintas escuelas empezaban a ocupar sus asientos. Estábamos en la parte baja del semicírculo de gradas que se había formado pegado a la entrada del laberinto. Justo al lado de la salida de los campeones y un poco, pero no lo suficiente, apartados de la banda de música escolar. Pronto Dowee nos abandonó para irse a hablar con un colega de profesión lo que nos dejó a Winry y a mi el tiempo que necesitábamos para mirar a nuestro alrededor. Pronto la elfina empezó a descartar candidatos.

— Esa no es. Ni esa tampoco. Ni esa tampoco. Ni esa -dijo subida a la grada ampliando así su diminuto campo de visión.

— ¿Oh en serio? ¿Esa chica asiática vestida de azul no es a quién buscamos? -le reprendí. Ella sólo me respondió con una mirada airada-. La encontraremos. No te desesperes.

Mientras Winry seguía con su particular recuento me dispuse a observar a las personas conocidas en el recinto. El ministro Fudge ya había llegado y había decidido ocupar la misma grada que los profesores de Hogwarts. A ninguno de los allí presentes parecía entusiasmarle la idea y menos a Severus que miraba al frente sin echarle cuenta. Me quedé un instante observando la evidente incomodidad de los dos hasta que una mujer alta de sombrero puntiagudo y vestida con una túnica verde escocés se sentó entre ambos, acabando con mi diversión. Mi atención reparó entonces en las gradas superiores, en concreto donde se encontraban los alumnos de Durmstrang, la escuela de Karkarov. Por la forma en la que lucían parecía tratarse de una escuela con corte militar, algo sorprende para lo desastroso que había sido Igor como mortífago. Y entonces lo sentí. El poder contenido que acababa de aparecer en el escenario de entrada al laberinto. Albus Dumbledore. Alguien que no se había dejado engañar por la astucia ni por el carisma de Voldemort. Alguien a quien él había llegado a temer. Y alguien a quien yo no debía subestimar. Como si alguien lo hubiera invocado, él se giró, y una más que oportuna tela amarilla cayó justo delante, bloqueando así nuestra visión.

— Ten más cuidado Angelina -escuché como le decían.

— Lo siento muchísimo.

Me giré solo para encontrarme con una chic avergonzada y haciendo verdaderos esfuerzos para intentar recoger aquella pancarta en la que podía leerse "Ánimo Potter".

— Angelina Johnson, siempre liándola -dijo un chico pelirrojo y alto.

— Cierra la boca, Fred Weasly. O te la cerraré yo misma.

Di un respingo al escuchar aquel apellido y me giré al lado contrario, solo para encontrarme con los mismo rasgos que ya había identificado. Primero en su padre, el encargado de la inspección en casa de los Malfoy la noche de mi llegada a Inglaterra. Y después con su hermano, el rompemaldiciones de Gringotts al que haba tenido que aturdir y desmemorizar para poder entrar en la cámara de los Lestrange. El destino parecía especialmente interesado en que conociera a todos y cada uno de los miembros de aquella familia.

— ¿Qué estáis haciendo? Tenemos que tener la pancarta preparada para cuando entre Harry -dijo otro chico más bajito y joven con el mismo pelo rojo y las mismas pecas.

— Tranquilo Ron. Tenemos todavía tiempo -dijo una chica con la melena igual de pelirroja que el resto.

— Bueno al menos estás ayudando más que Hermione. Por cierto, ¿dónde está? Dijo que nos veríamos en el campo.

Antes de que pudiera reaccionar Winry profirió un gritito al escuchar su nombre y a duras penas se controló para no saltar sobre aquel grupo. Yo todavía seguía sujetando la pancarta de la otra chica y miré a todos y cada uno a la cara antes de responder.

— Disculpad. Es que no soporta el desorden. Aquí tienes tu pancarta -dije mientras intentaba contenerme-. ¿Apoyáis a Potter, cierto? -pregunté a la par que intentaba no atragantarme al pronunciar su nombre. No era fácil dejar de lado el nombre del niño que había sido el responsable de que todo se fuera a la mierda.

— Claro que si. Apoyamos al que pronto será el campeón más joven del Torneo de los Tres Magos -dijo el chico que respondía al nombre de Ron. No parecía albergar ninguna duda.

— ¿Le apetece apostar señor? -dijo el chico pelirrojo y alto que había reprendido a la chica. O tal vez era su hermano. No tenía forma de distinguirlos-. Hubiera ganado más al principio cuando teníamos 3 que Potter moría. Pero ahora que él y Diggory están empatados en el primer puesto la apuesta ya no está tan clara.

Años de contención eran lo que me permitían estar allí, manteniendo aquella conversación banal mientras les estudiaba a todos y cada uno. Al fin y al cabo, todos nos ponemos máscaras alguna vez. Apenas estaba entregando mis galeones para la apuesta cuando un hombre rechoncho y con capa entró casi corriendo en el césped para presentar de inmediato al primero de los campeones. A juzgar por los gritos, se trataba de Diggory, seguido de la representante de Beauxbatons. Era alta y esbelta y parecía emanar un tenue resplandor plateado. Tenía que tener parte de Veela para lucir así. Al poco apareció Viktor Krum, tal cual lucía en los artículos de El Profeta y pegado a él estaba Karkarov. Los años de paz no le habían tratado mal, había ganado peso y vestía mucho mejor que antes con elegantes pieles plateadas. Aunque nada podía borrar sus dientes amarillos. Estaba sonriendo y había empezado a mover los brazos en dirección a la grada de alumnos de Durmstrang para que animaran a su campeón. Como estaba deseando borrarle aquella expresión de la cara.

Los gritos a mis espaldas me alertaron de la llegada de Potter. De inmediato me sorprendió lo normal que parecía, delgado, con gafas redondas y pelo negro cubriendo la famosa cicatriz con forma de rayo. El niño que sobrevivió. Me pregunté como se las habrían apañado para hacerse con su sangre. Hubiese seguido analizándolo si no fuera porque un hechizo Sonorus me hizo perder la concentración.

— Esta mañana, el profesor Moody puso la copa de los Tres Magos al final del laberinto -indicó Dumbledore.

Bastó esa frase para que la magia empezara a concentrarse sobre la figura de Winry. Pronto el caos empezaría a ser visible. La rodeé por los hombros intentando contenerla. Ella me miró con ojos llorosos. Conocía ese dolor y la carga que llevaba sobre su diminuto cuerpo, su lucha por intentar que el sentimiento de pérdida no arrasase con todo. Pero me obligué a volver a ponerme mi máscara, aquella que necesitaba para permanecer oculto.

POV Hermione

Lo primero que noté es que todo lo negro que se extendía a mi alrededor empezaba a aclararse. Lo siguiente fue un fuerte dolor de cabeza que no invitaba a abrir los ojos. AL final, fue un fuerte olor a hierba mojada lo que se impuso. Me recordó a las visitas al bosque que hacía con los Granger cuando era niña. Descarté esos recuerdos tan confusos y guardé en un rincón todas las sensaciones que evocaban. Me concentré en recuperar el aliento y en abrir los ojos. Cuando lo hice pude ver como Draco gruñía con las rodillas y las manos todavía apoyadas en la hierba. Nada más levantarse me ayudó a mi, y a mi palpitante dolor de cabeza, a incorporarme. Mientras lo hacía vislumbré una colina salpicada de piedras y estatuas llenas de hierba y musgo.

— ¿Dónde estamos? -pregunté mientras intentaba distinguir algo más de mi alrededor-. ¿Y cómo hemos llegado hasta aquí?

— No lo sé. Estábamos en el despacho de Moody…

— ¿El despacho de Moody?

— Fue allí donde te encontré. Estábamos hablando y de repente tú te llevaste la mano a la cabeza y todo empezó a girar.

Me esforcé por recordar algo de lo que decía pero una espesa bruma cubría gran parte de lo ocurrido.

— Da igual. Sea lo que sea, lo mejor que podemos hacer es largarnos de aquí -respondió zanjando el tema-. Tenemos que ir a Hosgmeade y rápido. Antes de que Moody le cuente a Dumbledore lo sucedido en su despacho.

Eso sonaba como algo de lo más lógico, pero algo me empujaba a intentar averiguar antes donde estábamos. Antes incluso que salir de allí.

— ¿Qué es todo esto? -pregunté acercándome a una de las piedras.

Pero no eran sólo piedras, sino una fila de lápidas ornamentadas cubiertas en la base por una capa de niebla. Cuando le miré ya había sacado su varita y cuando me disponía a imitarle un siseo inundó nuestro alrededor.

— Ama… -escuché con claridad.

Tardé un poco en averiguar el origen de aquel sonido, y cuando lo hice me arrepentí de haberlo buscado con tanta insistencia. Provenía de una serpiente que se deslizaba entre aquella fila de tumbas. Una enorme serpiente verdosa que nos estaba mirando con sus ojos amarillos. La misma serpiente que en mi sueño.

— Dime por favor que no he sido el único en escucharlo -dijo Draco antes de que yo pudiese reaccionar si quiera.

Retrocedí solo para encontrarme con que una de las lápidas bloqueaba mi camino. Aun así me las apañé para no gritar. Nadie excepto esa serpiente sabía que estábamos allí y tal vez fuera mejor así. Miré a Draco, pero él parecía tan abrumado como yo. No me dio tiempo a preguntarle nada puedo que una voz a unas piedras de distancia hizo que los tres, tanto Draco, como yo misma, como la propia serpiente nos girásemos hacia la dirección de donde provenía.

— ¿Dónde estamos?

— Yo conozco este lugar. Yo he estado aquí antes, en un sueño.

Draco y yo nos miramos con desconcierto al identificar las voces de Credic Diggory y Harry. ¿Es qué acaso habíamos acabado en los terrenos dónde tenía lugar la Tercera Prueba? Como si nos hubiera leído el pensamiento, Diggory nos sacó de dudas.

— ¡Harry! ¡La copa era un traslador!

— Cedric, debemos irnos. Cedric, hazme caso, debemos irnos.

Aquello no tenía ningún sentido. No sabía qué hacer, ni siquiera cuando se empezaron a escuchar los gritos de Harry a lo lejos y mucho menos cuando los míos se unieron a los suyos. Empezó de repente, como si alguien se hubiera propuesto derretir todos mis huesos de una sola vez.

— Hermione, ¿¡qué te pasa!? -escuché como me gritaba Malfoy.

Pero yo no era capaz de pensar y mucho menos de responderle. No hasta que el dolor disminuyó lo suficiente para que pudiera abrir momentáneamente los ojos. Draco estaba allí, evitando que me desvaneciera contra el suelo.

— ¿Hermione?

Debería haberme tranquilizado escuchar mi nombre, pero esa vez no lo hizo. No cuando no venía de la persona que me estaba sujetando. Harry estaba arrodillado, llevándose las manos a la frente por el dolor y me estaba mirando con una mezcla de confusión y alivio.

— No sé como has llegado hasta aquí, pero tenemos que volver a la copa. ¡Ya!

— Ella no irá a ninguna parte contigo Potter -le amenazó Draco.

Fue en ese momento cuando el resto se percató de su presencia. Por la cara de incredulidad de Harry, no estaba siendo capaz de encontrar una respuesta lógica a lo que tenía delante. Y no era el único. Por mucho que lo intentara, a mi tampoco se me ocurría ninguna respuesta que pudiera ofrecerle. Nada excepto la verdad.

— ¿Pero qué...? -preguntó Cedric casi más confuso que el propio Harry-. ¿Cómo has llegado hasta aquí Malfoy? ¿Es una prueba más del Torneo?

Intenté incorporarme lo más que pude pero mi cuerpo tembloroso me lo impidió. Teníamos que irnos. Viendo a Harry algo me decía que no era el momento ni el lugar adecuado para permanecer a su lado.

— Se tanto como tú Diggory -se defendió Draco-. Y no tengo ningún interés en participar en ninguno de vuestros jueguecitos. Nosotros tan solo… Tan sólo vamos a irnos y punto.

Me aferré todavía más a él cuando dijo esas palabras, como si así pudiera volverlas realidad. Sus miradas me lo dijeron todo. Ambos habían conocido a Draco como un matón, como alguien ridículo, la máscara detrás de la que el resto de su ser se había ocultado durante todos esos años. Y la mayoría de los matones son cobardes en realidad. Ninguno de los dos tomaba sus palabras en serio. Pero ellos no habían vivido lo que yo. No habían visto como se la había jugado una y otra vez por sacarme de los líos en los que yo misma me había metido. Esta solo era una ocasión más, una cámara más, un sótano más, un barco más… Y como todas las veces anteriores acabaríamos por salir.

— ¡Hermione! ¿¡Pero es qué te has vuelta loca!? ¡Estamos hablando de Malfoy! -me gritó Harry reaccionando por fin.

Le ignoré, así como ignoré la varita de Diggory que todavía no sabía si dejar de apuntarnos y el profundo dolor de cabeza que lo envolvía todo, como una bruma. Draco me sujetó la mano y por la expresión de concentración de su rostro, supé que iba a intentar una Aparición. Le sujeté con fuerza, y pedí en silencio que si alguien quería ayudarnos fuera capaz de hacerlo en ese instante. Y alguien pareció atender a mis plegarias, pero no en el sentido que yo quería. Esta vez fue Draco el que gritó de dolor y aun con nuestras manos sujetas, vi como caía al suelo demasiado rápido como para que fuera capaz de frenarlo.

Me arrodillé junto a él, y sin tan siquiera pensarlo hice que la enorme serpiente que todavía seguía mordiéndole saliera disparada contra una de las lápidas. No me había hecho falta mover mi varita, mi magia había actuado sola, por puro instinto. Aunque no sabía si eso serviría de algo para detener el veneno que empezaba a hinchar su tobillo, ni los hilos de sangre que estaba saliendo del lugar donde hasta hacía un instante habían estado sus colmillos. Podía sentir como mi propia pierna palpitaba de dolor en el mismo lugar en el que le habían mordido, y como las lágrimas habían empezado a caer por su cara, aun cuando intentaba ocultarlas. Alcé mi cabeza, intentando pensar y fue entonces cuando vi como una figura se acercaba caminando derecho hacia nosotros, entre las tumbas. Ni siquiera emití una reacción cuando esa sombra levantó su varita y lanzó a Harry por los aires. Mi respiración irregular se presentaba como lo único lógico en aquel momento, mientras intentaba recordar algún hechizo de sanción que evitara que aquel veneno se propagase. Harry me gritó algo estando encajado por la guadaña de la estatua de un ángel encapuchado pero no le escuché. Era incapaz de escuchar a nadie en aquel momento. Pero entonces, desde lo lejos, una voz fría y aguda se impuso por encima de nuestras cabezas. Una voz que decía.

— Inmovilízalos a todos.

Y como la voz de alguien que reconocí como Colagusano resonaba en el aire mientras gritaba:

Desmaius!

Todo se había vuelto negro. Y como la vez anterior, todo volvió a aclararse aunque esta vez no había forma de prever que fuese a traer consigo nada bueno. No se cuanto tiempo pasó hasta que desperté pero poco a poco, fui tomando consciencia de mi propio cuerpo y de cómo una fuerte corriente me atravesaba. Conforme las figuras ante mis ojos iban tomando forma, empecé a notar como mis movimientos estaban limitados, como si me apretaran unas cuerdas invisibles. Me picaba la cara ante el contacto con la hierba así que podía suponer que seguía en el cementerio. Los recuerdos de lo sucedido vinieron todos de golpe y con ellos la urgencia por salir del estado en que me encontraba. Abrí los ojos y suspiré de alivio al notar como las punzadas en mi cabeza habían desaparecido, aunque este se fue tan rápido como había venido al ver a Draco tendido delante. De pronto, me vi liberada de las cuerdas invisibles y caí de bruces contra el frío suelo. Miré hacía atrás solo para percatarme de que hacía unos instantes había estado atada a una lápida. Sentía todo mi cuerpo entumecido y agotado, pero de algún modo conseguí arrastrarme a su lado. Estaba inmóvil y pálido… Todo eso tenía que ser sin duda una pesadilla.

— Draco, ¿qué ha pasado? ¿Por qué? -pregunté confusa mientras comprobaba el estado de su pierna. El veneno había empezado a hinchar y poner aun más morada su pierna-. ¿Qué está ocurriendo? Oye, Draco, Respóndeme, por favor. Perdóname Draco, por mi culpa. Lo siento tanto… -le susurré al oído con voz quebrada.

— Bien hecho Nagini -escuché que decía una voz en frente de nosotros.

Levanté la vista. Ante mis ojos se encontraba un hombre alto y delgado como un esqueleto. Su rostro era pálido, como una calavera, y sus ojos tan fríos como dos bloques de hielo se asomaban a través de unas rendijas. Tenía tan solo orificios donde se suponía que debía haber una nariz. Era como estar contemplando el rostro de una serpiente, capaz de devorarte en cuanto le plazca. No necesitaba seguir contemplándolo para saber ante quien me encontraba. Se me escapó un grito ahogado y hasta la última fibra de mi cuerpo me gritó que me alejara, pero yo no podía moverme. Tan solo fui capaz de aferrarme al brazo de Draco.

— ¿¡Qué le has hecho!? -le recriminé sin pararme a pensar.

Solo el hecho de ver a Draco así, de sentir el contacto de su brazo ardiendo a través de la camisa. Resultaba asfixiante, como si alguien hubiera colocado algo sobre mi garganta que no me dejaba inmediato supe que habría sido mejor permanecer en silencio. Pero necesitaba saber qcómo ayudarle. Y si el único capaz de darme respuestas era Lord Voldemort que así fuera.

— Te has vuelto impertinente...- dijo mientras fruncía el ceño-... yo no te eduqué para ser tan irrespetuosa.

Sus dedos esqueléticos se aproximaron en mi dirección. Cerré los ojos esperando que sus manos se cerraran alrededor de mi cuello, pero en su lugar solo sentí una breve caricia en mi mejilla que me produjo una fuerte sacudida. Un roce inexplicablemente familiar. Eso me asustó todavía más. Notaba el peligro debajo de aquel gesto. De algún modo conseguí mantener mis lágrimas a raya, mientras intentaba procesar lo que acababa de suceder. No sabía por cuanto sería capaz de reprimir las ganas de llorar.

— ¡No la toques! -gritó Harry desde el otro lado.

— Anda Harry, pero si te has despertado -se burló poniendo su atención sobre él-. Justo a tiempo para presenciar un reencuentro familiar.

Reencuentro…Familiar… Aquellas palabras eran como secretos desvelados en el aire. Secretos que hubiese deseado poder enterrar a una mayor profundidad. Notaba mi corazón latiendo a un ritmo mucho mayor que antes, todo mi cuerpo frío y mi mente ardiendo. Gritándome que nada de aquello podía ser verdad.

— Estás loco. Tienes que estarlo -le dije a sabiendas que estaba tentando a mi suerte.

Él se giró de nuevo al escucharme, con la ira brillando en sus ojos. El fondo blanco se había vuelto rojizo, pero tan rápido como había venido, desapareció.

— No quiero ni pensar la cantidad de mentiras que te habrán contado para que reacciones así. Pero no importa. Mi sangre corre por tus venas. Puedo demostrarlo.

Negué con la cabeza mientras me aferraba con fuerza al brazo de Draco. Empecé a sollozar, en un intento de deshacerme de toda la culpa que estaba sintiendo en aquel momento. No funcionó. Y solo conseguí enfurecerle todavía más.

— No llores. No te ví hacerlo de niña y no tengo porque verlo ahora.

Levanté la vista, suplicando que me abofetease y poder despertar así de esa pesadilla.

— ¡Déjala tranquila! -gritó Harry haciéndome pegar un respingo. Por un momento, había olvidado que estaba allí.

— ¿No te conmueve que tu amigo quiera protegerte Hermione? -se burló.

— Él no es… -respondí intentando ajustar mi tono. Quería que mi voz sonase firme-… él no.

Mis acciones durante los últimos meses pasaron por mi mente como un carrusel. Las mentiras, los engaños, las falsas apariencias y la poción que me había tomado para olvidar todo lo posible acerca de Harry. En un intento de protegerle y protegerme a mi misma de lo que estaba por venir. Por su cara sabía que estaba usando la Legeremancia conmigo, que estaba viendo lo que yo, y que no le estaba gustando. Una furia irracional me invadió de repente. Él no tenía derecho a juzgarme, así como no tenía derecho a juzgar las decisiones que había tomado. Nadie había estado allí para guiarme. Y yo solo había hecho todo aquello, para descubrir a mi verdadera familia, y proteger a aquellos que consideraba importantes. Aunque ya no pudiera recordarlos. Aunque no supiera ya si todo ello había merecido la pena.

— ¿Ya lo has visto, verdad? - le enfrenté-. He desterrado esos sentimientos. Así que no te refieras a él como mi amigo.

Yo ya había tenido mucho. Aun no siendo capaz de recordar lo que había vivido con Harry sentía como la culpa empezaba a devorarme, como si fuera incapaz de estar en paz con algo que debería estar rompiéndome en pedazos. Debía haber sabido que el final de mi búsqueda solo traería dolor. Que solo haría daño a las personas que me importaban. Miré de nuevo hacia abajo, el pecho de Draco se movía agitado y su respiración se había vuelta irregular. Me mataba verle así.

— Respóndeme, ¿¡qué le has hecho a Draco!? ¡Haz que vuelva a estar bien!

Me ignoró mientras se daba la vuelta y se acercaba a Colagusano que se retorcía sangrando y llorando en el suelo. Su mano, bueno más bien su muñeca puesto que mano ya no tenía, no paraba de sangrar.

— ¡Jah! ¿Lo ves Colagusano? Se parecerá a su madre pero ese toque malvado en los ojos y esa capacidad de desterrar emociones inútiles rápidamente. Eso lo ha sacado de mi.

Mi estómago se agitó con fuerza al escuchar esa declaración. Pude ver como levantaba su varita y apuntaba con ella a Colagusano, que se elevó en el aire y fue a estrellarse contra la tumba que Harry estaba atado. Cayó a sus pies y quedó allí, desmadejado y lloriqueando todavía más que antes. Fue entonces, cuando volvió a prestarme su atención.

— Si te dijera que puedo curarle, ¿qué harías por mi?

— Haría lo que fuera por él… -le dije aun conociendo lo peligroso que era pronunciar semejante afirmación. Pero no era mentira, le estaba poniendo por primera vez palabras a todo lo que hacía ya tiempo se había ido enredando en mi cabeza-… Si no estuviera ni siquiera tendría un princ…

— Se suponía que solo Harry Potter llegaría aquí esta noche… -me cortó-… Qué estés aquí es un regalo. No podía permitir que te fueras antes de que pudiéramos hablar. Y ahora bien, ¿de verdad cumplirías mi deseo? ¿Obedecerías a alguien como el Señor Tenebroso con tal de salvar a tu Semper?

Su tono se había suavizado de repente. Su voz era casi agradable.

— ¿Tú sabes qué es un Semper? ¿Habías visto antes está clase de unión? -le pregunté de pronto. Aquella podía ser la primera reacción que había tenido que no estaba motivada por el miedo.

Una expresión de sorpresa cruzó aquel rostro blanquecino. A pesar de que sus rasgos tenían un aspecto extraño y ceroso, aquella cara deforme todavía parecía ser capaz de transmitir emociones.

— Aunque sólo te hayan hablado de mi como un asesino, mis conocimientos acerca de la magia superan con creces a la de muchos de tus profesores de Hogwarts. Conozco el conjuro que es capaz de unir a dos almas de esa manera. Aunque no se porque alguien estaría interesado en usarlo con un par de adolescentes.

— ¡Hermione! No le escuches, ¡Te está manipulando! -gritó Harry a lo lejos.

— Harry, ¿es qué acaso no te enseñó tú sucia madre muggle a no interrumpir conversaciones ajenas? ¡Crucio! -le gritó.

Harry empezó a retorcerse y a gritar por el dolor. Era como si se estuviera ahogando. Y aunque hubiera tenido su varita consigo, no hubiese podido hacer nada más una vez recibido el primer impacto. Por fin, Voldemort levantó la maldición. Eso debería haberle concedido un alivio, pero Harry siguió allí, atrapado por la guadaña del ángel de la muerte. Temblando sin control.

- Mátalo.

Por un momento pensé que se estaba dirigiendo a Colagusano, hasta que percibí como sus ojos fríos estaban clavados en mí.

— Vamos Hermione, conoces el hechizo. Y le daremos una oportunidad a tu amigo Potter, lo prometo -dijo mientras se burlaba-. Un duelo cumpliendo las normas, con su reverencia y todo. Y cuando le hayas derrotado, le matas. O le desarmas y yo le remato. Si. Debo ser yo quien mate al chico. Pero me gustaría contar… con tu colaboración.

Me había tendido la mano, esperando una respuesta. Yo todavía seguía sentada, paralizada y aterrorizada en el suelo. Nunca antes le había hecho daño a nadie, y aunque la sombra de la muerte de la hija de los Granger no dejaría de perseguirme, siempre podría decir que había sido un acto inconsciente. Aparqué en un lugar diminuto de mi mente lo sucedido con Karkarov y Moody, lo que había hecho con la intención de herirles. Pero enfrentarme a Harry, desarmarlo en un duelo para poder así salvar a Draco, no sabía si mi consciencia me dejaría vivir con ello. Pero decir que él me estaba obligando sería faltar a la verdad.

De niña había temido la oscuridad, y conforme fui creciendo, el miedo por la oscuridad de mi dormitorio, derivó en el miedo por la oscuridad presente dentro de mi, aquella que se manifiesta de curiosas y caprichosas maneras. Ahora sabía que no era a mi propia oscuridad a la que debía tener miedo, sino a la verdad que se encuentra oculta detrás de ella, la cual a veces deja al descubierto aspectos de nosotros mismos que ni siquiera conocíamos. Aquella verdad fue la que me hizo soltar el brazo de Draco, y aferrarme a mi varita, aquella verdad fue la que me hizo ponerme en pie temblorosa y dar un paso, y dos, sin atreverme a mirar a Harry a los ojos. Hasta que algo me detuvo.

— Bien hecho, Hermione. Bien hecho -respondió cortándome el paso.

Esa era la primera vez que se dirigía a mi por mi nombre, y fue como si estuviera escupiendo veneno.

— Necesito qué me acompañes a un lugar. Después de eso, el veneno de Nagini será la última de tus preocupaciones.

Fue como si alguien me hubiera lanzado un cubo de agua helada por encima. Mis actos no habían servido para salvarle, tan sólo me había engañado. Y aun así yo había sido capaz de traicionar a Harry. No me atrevía a despegar la mirada del suelo, me faltaba valor para mirarle a la cara. Pero tal vez todavía estuviera a tiempo de arreglarlo. Si la copa realmente era un traslador, podría cogerla y…

— Ni lo pienses si quiera -me dijo eliminando aquella línea de pensamiento-. No vas a acercarte a esa copa.

Después volvió sus ojos primero hacia Harry y después hacia mi y soltó una risa sin alegría, fina y aguda.

— Estas sobre los restos de mi difunto padre, Harry. Tu abuelo -recalcó con un suave siseo-. Era un muggle y un idiota. ¿Ves la casa de la colina? En ella vivió mi padre. Mi madre, una bruja que vivía en la aldea, se enamoró de él. Pero mi padre la abandonó cuando supo lo que era ella, no le gustaba la magia. La abandonó y se marchó con sus padres muggles antes incluso de que yo naciera, y ella murió dándome a luz, así que me crié en un orfanato muggle... pero juré encontrarlo... Me vengué de él, de ese idiota que me dio su nombre, Tom Riddle. Así que esa mansión, ahora es nuestra -dijo situándose a mi lado y señalando a lo lejos-…. Y como te darás cuenta, nuestras historias no son tan diferentes.

A pesar de la crudeza de su historia y de la existencia miserable que habría tenido que soportar no me permití empatizar con él.

— Tu yo no nos parecemos -respondí con una voz fría y cortante que no parecía pertenecerme.

— Puedes negarlo cuanto quieras. Pero si no fuera por mi tú no estarías aquí.

Había querido herirle con mis palabras, afilarlas como cuchillos antes de lanzárselas a la cara. Pero él también sabía jugar a ese juego,

— Hermione, ¡dime que no es verdad! -volvió a gritar Harry a lo lejos-. ¡No puede ser verdad! ¡Te está manipulando, tú eres nuestra amiga, Hermione Granger! ¡Quiere volverte contra nosotros! ¡No te dejes engañar! ¡Eres una Gryffindor!

— ¿Gryffindor? -repitió Voldemort mientras me lanzaba una mirada de absoluto reproche-. Acabemos con esto de una vez, ¡Tú te vienes conmigo! -dijo para después cogerme el brazo y tirar de mi.

— ¿Qué?¡No! No pienso ir a ninguna parte. ¡Suéltame! ¡Qué me sueltes he dicho!

— ¡Hermione! -gritó Harry a lo lejos. Y por una vez le miré a él en busca de ayuda-. ¡Maldita sea! Estoy aquí. Soy yo a quien quieres.

— Vigila al chico, Nagini -le ordenó a la serpiente mientras nos alejábamos-. Y Colagusano, encárgate del resto. No los necesito.

El miedo que se instaló en mis huesos debería haberme paralizado, pero tan sólo me hizo luchar más mientras él me sujetaba. Grité, pataleé y le lancé los restos de una lápida a la cara. Él las convirtió en polvo antes si quiera de que consiguieran hacerle un rasguño. No dejó de sujetarme en ningún momento y con un simple gesto consiguió dejarme sin mi varita. No había esperado que alguien con un cuerpo tan frágil y demacrado pudiera tener tanta fuerza. Ya casi no podía ver a Draco, mientras él me arrastraba por el camino de lápidas. Y entonces un rayo de luz verde, centelleó justo en el lugar en él que tenía fija la vista.

- ¡No! ¡NOOOOO! -le grité mientras sentía como mi corazón se iba a salir del pecho.

Dejé de moverme, apenas podía respirar. Como si alguien me hubiera aprisionado de nuevo con cuerdas. Sólo que esta vez sentía una sobre la base de la garganta que no me permitía hablar. Ni siquiera conseguía que saliera una sola lágrima. No cuando eso sería aceptar que él estaba… que Draco estaba… Él me arrastró hacia uno de los panteones y lanzó un hechizo que ni siquiera me molesté en entender. Una niebla fría empezó a invadirlo todo y cuando terminó, nos engulló junto con toda la oscuridad que la acompañaba. De pronto me vi en el mismo cementerio de antes, las mismas lápidas, la misma estatua del ángel y su guadaña. Sólo que esta vez estaba sola. Di unos cuantos pasos, y hasta fui capaz de encontrar mi varita donde él la había tirado. Pero en cuanto escuché un sonido de alguien acercándose me escondí detrás de una de las lapidas. Me dejé caer de espaldas contra una de las lápidas. Por primera vez en toda la noche no sentía frío o miedo ante su contacto. No debieron pasar más de unos minutos pero fueron suficientes para que mi cabeza diese todas las vueltas posibles a lo sucedido a aquella noche. Tuve que taparme la boca para no gritar.

— ¿Tom? -preguntó una voz suave a mis espaldas.

Me giré de inmediato, como si estuviera sujeta por un mecanismo que acababa de ponerse en marcha. Escuchar esa voz que creía no haber oído nunca y reconocerla como familiar debía haber traído consigo un sentimiento cálido. Pero yo no era capaz de sentir absolutamente nada. Conforme la sombra se fue haciendo más definida empecé a distinguir una figura delgada. Estaba cubierta por un fino vestido negro que contrastaba con una piel pálida. Parecía una aparición en medio del cementerio y en cierto modo lo era.

— ¿Tú eres? -preguntó mientras se llevaba la mano a la boca-. ¿Hermione?

Tal vez eso me dio de algún modo el valor para mirar a mi madre a la cara, a aquel rostro fino y pálido y a aquellos ojos verdes que desprendían un brillo feroz. A ponerle cara y voz a la cáscara de mis recuerdos vacíos. Me quede mirándola en busca de cualquier defecto o imperfección, algo que le confiriera un aspecto macabro o retorcido que me explicara como alguien así podía estar al lado de alguien como Voldemort. No encontré ninguno. Y lo que debería haberme asustado todavía más, de algún modo, no lo hizo. Di un paso en su dirección, después otro y otro. Mi madre se acercó, despacio, como si intentara no asustarme. Podía percibir el alivio y la tristeza conforme lo hacía.

— Me lo perdí. Me lo he perdido todo -me susurró mientras me envolvía con sus brazos.

Aún rota como estaba, me aferré a ella con fuerza. A punto estuve de derrumbarme. No sabía como era posible echar de menos alguien a la que no recordaba haber conocido.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? No es tu momento todavía -dijo cuando por fin nos separamos.

—No puede ser. ¿Todo este tiempo has estado aquí? -pregunté aun sin atreverme a preguntar el lugar donde nos encontrábamos.

— Si. Llevo trece años muerta -continuó ella con voz calmada.

Mi corazón amenazaba con salir del pecho con cada una de sus palabras.

- Durante todos estos años he tenido mucho tiempo para pensar en lo que podría haber sido, si tan solo me hubiese limitado a vivir una vida normal. Pero supongo que ya es demasiado tarde para eso. Y ahora mi hija está aquí, pagando las consecuencias de todos actos. No deberías estar aquí. ¿Qué es lo qué ha hecho Tom para entrar aquí? ¿A qué ha renunciado?

—Te refieres a lo que ha hecho Vol… -le respondí incapaz de pronunciar su nombre. No después de lo que había hecho. Era incapaz de entenderla-. Bueno, dado que estoy aquí, lo más probable es que me haya matado.

Así todo habría terminado. Y una parte de mi se alegraba de haberla encontrado por fin. Aunque tuviera que ser en el fin del mundo.

— Hermione. Puede que tu padre sea Lord Voldemort, el mago tenebroso y asesino con mil enemigos. Pero jamás te haría daño. Así que tú entre todos, eres la que menos deberías temer pronunciar su nombre. Desde el momento en que te vio solo ha querido protegerte.

— Creo que no hablamos de la misma persona.

— Tu padre puede tener muchas máscaras. Aunque desconozco porque ha decidido mostrarte la peor.

— Pero él ha… -dije asociando los hechos-. Él ha matado a Draco. Es por eso qué estoy aquí. Yo también estoy muerta, ¿verdad?

— Si la muerte no te estuviera acechando no podríamos vernos. Eso es cierto. Pero todavía puedo notar como una parte de ti sigue en el otro lado. ¿No recuerdas nada más qué haya podido hacerte entrar aquí?

—Bueno, nos mordió una serpiente gigante. Y tengo una herida en la mano que todavía no ha terminado de curarse.

—Nagini… -dijo mientras sacudía la cabeza. Aunque eso no impedía que pudiera ver la angustia reflejada en su cara-. Aunque pudiera llegar a funcionar, necesitarías algo más para llegar hasta aquí. Y si hubiera acabado con tu Semper no podría sentirte al otro lado.

El alivio se apoderó de mi un instante. Hasta que un torrente de dudas se lo llevó por delante.

— ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes qué él es mi Semper? ¿También has mirado dentro de mi mente?

— Podría -dijo esbozando una media sonrisa-. Pero no me hace falta. No cuando fui yo quién lo orquestó.

— ¿Por qué?

— No fue una decisión fácil. Pero necesitaba asegurarme que los Sangre Pura iban a protegerte.

La miré a los ojos. No eran fríos, no estaban vacíos. Sólo había amor, y recuerdos. Los ojos de alguien que aun estando muerta no había renunciado a protegerme. Decía la verdad.

—A estas alturas deberías odiarme, si es que no lo haces ya -continuó de pronto.

Un sonido muy cerca de nosotras nos hizo girarnos a ambas. Parecía como si algo a nuestro alrededor hubiese empezado a acecharnos.

— Tienes que irte. Has estado aquí demasiado.

— ¿Qué?

— No es seguro. Tienes que coger a tu padre y salir de aquí.

— ¡No! Por mi como si se pudre aquí dentro.

— Hermione Jean Rossier -dijo utilizando un tono de voz que se impondría a cualquier ejército-. Se que hay muchas cosas que no entiendes, y lo más probable es que ahora nos veas como una carga terrible. Tú vínculo con nosotros no es algo forjado a tu elección. Lo sé. Y viene con muchos, muchos sacrificios. Y te aseguro que muy pocos se quedarán parados cuando se enteren de que tu padre está de vuelta. Pero no quiero que estés asustada. Busca a tu padre, busca también a Lafford Rossier. Rodéate de gente que te quiera. No debes olvidarlo Hermione, tu sangre es poder. La familia es poder. Y a la familia se la protege por encima de todo.

Los sonidos se hicieron más fuertes y las sombras de las lápidas mucho más amplias, como si también quisieran atraparme. Ni siquiera me dio tiempo a pensar o decir una respuesta. Aquellos ojos verdes con un brillo feroz augurando una promesa de lo que estaba por venir. Eso fue lo último que pude percibir de ella antes de echar a correr por el mismo lugar donde me había arrastrado Voldemort. Al poco me encontré con que las ramas de los árboles habían empezado a inclinarse en mi dirección, mientras el camino se hacía cada vez más largo y se descomponía a partes iguales. Como si todo aquel espacio quisiera decirme que no pertenecía a ese lugar. Seguí corriendo, agotándome más y más ante cada paso que daba y esquivando y desviando todo lo que el entorno quisiera lanzarme.

Una de las ramas se deslizó por el suelo como lo haría una serpiente y no fue hasta que le vi yendo hacía un bulto que entendí las palabras de mi madre. Allí estaba, bajo la forma de un niño pequeño, esquelético y con la piel en carne viva. Era la imagen de un alma totalmente corrompida. En sus ojos no había nada, no había amor, ni recuerdos, ni odio. Eran fríos como dos glaciares. Calculadores. Pero en aquella ocasión no levantó su varita contra mí. Las palabras de mi madre ardieron en mi mente durante un momento, el tiempo que tardé en inclinarme a coger aquel cuerpo frágil y esquelético y dejé que la niebla nos cubriera a ambos por completo.

Cuando terminó, un sonido forzado lo invadió todo. Como él de alguien al atragantarse. Tardé unos momentos en comprender que era yo, sólo que no me estaba atragantando sino vomitando de rodillas sobre un suelo de piedra. Habíamos vuelto. Apenas podía ver nada más porque las lágrimas lo bloqueaban todo. Ni siquiera había percibido el momento en que había empezado a llorar. Y ahí estaba él, de nuevo con su cuerpo recuperado. La serpiente de sangre fría, el asesino insensible, sujetándome, apartándome el pelo, abrazándome. Aquel no era Lord Voldemort, no era el personaje, ni el ente, ni el símbolo. En aquel panteón no sentía que fuera el hombre de aspecto frío, espeluznante y malsano que se había aparecido ante mi aquella noche. Ese era el Tom del que hablaba mi madre, la persona que ella veía debajo de toda aquella máscara. Las palabras que me había dicho una vez Draco se quedaron flotando en aquella tumba, "Aunque sean monstruos para el resto del mundo, para nosotros no tienen por qué serlo". Me las seguí repitiendo, hasta que las palabras de mi padre se impusieron a todo.

- Pienso traerla de vuelta. No descansaré hasta que Jane-Anne vuelva a estar de nuevo entre nosotros. Procura no matarme hasta entonces.

POV Lafford

La tablilla de madera de la grada estaba suelta. Fue en lo único en lo que me permití concentrarme mientras dejaba que Winry cumpliese con su cometido. Encontrar a Hermione. Pero después de lo que se me hicieron horas, no estábamos obteniendo resultados. Hermione no estaba allí. Y la presencia de Alastor Moody en la entrada del laberinto no era un elemento capaz de ayudar a calmar mis nervios. Cuando Winry volvió de su incursión supe que era el momento de irnos. Me levanté y no sin esfuerzo mantuve la sonrisa mientras pedía paso a varios grupos de alumnos para bajar de la grada. De pronto, todos a mi alrededor se pusieron de pie y empezaron a aplaudir. No pude evitar mirar al campo, y me quedé un instante paralizado por lo que estaba allí. Un grito perforó el ambiente festivo que se había formado nada más aparecer ambos campeones en la entrada del laberinto. Algunos bajaban de las gradas para felicitar a los que se habían hecho con la copa sin ser conscientes de que uno de ellos no iba a poder jamás contestarles. Cedric Diggory estaba muerto y Potter lloraba sobre su cadáver arropado por Dumbledore. Pero por mucho que sollozara, no quedaba nada del chico. La muerte nunca dejaba nada de la persona atrás, su alma ya no estaba en este mundo, sólo quedaba carne y huesos.

Muchos se tapaban la boca, otros se miraban entre ellos solo para encontrar la misma expresión de dolor que se dibujaba en sus propios rostros.

— Un chico ha muerto en el laberinto -escuché como decía Fudge al pasar por la grada.

Puse los ojos en blanco al percatarme de que el ministro no se había molestado ni en aprenderse los nombres de los participantes.

— Ha sido Voldemort. ¡Ha vuelto! -gritó Potter a la par que el padre de Diggory lloraba sobre el cuerpo de su hijo.

Tragué saliva al escuchar su afirmación. Él realmente lo había conseguido. El resto de las emociones me las guardé para mi. Eso me daba todavía menos tiempo para poner a Hermione a salvo. Un rápido vistazo a mi alrededor me hizo darme cuenta que no era ni mucho menos el único que había empezado a hacer planes. Fudge negaba con la cabeza como si así pudiera borrar las palabras del chico y Dumbledore lucía más viejo y cansado que nunca. Karkarov tampoco fue capaz de contener por mucho su expresión de terror mientras se sujetaba con fuerza su brazo izquierdo. Como si ambos no supiésemos lo que había debajo.

Pero no fue a mi a quién buscó con la mirada, si no a Severus. Él le ignoró, así como también tuvo que ignorar el dolor que debía estar recorriéndole el antebrazo en aquellos momentos. Él único movimiento que hizo fue para ponerse al lado de Dumbledore y ponerle la mano en la espalda mientras este intentaba inútilmente consolar al padre del chico. Me negué a seguir viendo nada más. ¿Qué vas a hacer Karkarov? Me pregunté mientras le observaba dudar. El pánico le hizo bajar la guardia lo suficiente como para dejar a la vista sus pensamientos. Pensamientos de una conspiración orquestada por Dumbledore, y que dejaba a Hermione atada en medio de una habitación. Una sensación incómoda se instaló en la parte baja de mi estómago. Karkarov dio un paso hacia atrás seguido de otro y otro más y para cuando quise darme cuenta, ya estaba siguiéndole.

Ambos descendimos por la colina, incapaz de aparecernos. Consciente o no de que le estaba siguiendo, aceleró el paso. No podía hechizarme en medio del castillo, no después de lo sucedido cuando cualquier movimiento de varita sería sospechoso. Ahí estaba. El pasado que amenazaba con consumirme de nuevo, impidiéndome una y otra vez seguir adelante. Había estado tan concentrado que apenas caí en la cuenta de que casi habíamos llegado a Hogsmeade. Una vez enfilásemos la calle principal, tendría que inmovilizarle. No podía matarle sin saber antes lo que había pasado con Hermione.

— ¡Lafford! -gritó una voz perforando el silencio que envolvía todo.

Me giré apuntando con mi varita a la dirección de donde provenía. Y entonces lo vi, justo en la curva antes de la entrada al pueblo, Lucius Malfoy todavía lucía su traje y capucha de mortífago. Tenía la rodilla en el suelo y se apoyaba en su bastón mientras intentaba a duras penas sujetar los dos cuerpos que llevaba consigo. Entonces caí en la cuenta que la sensación incómoda que me invadía no era otra cosa sino pánico. Pánico a que algo malo le sucediese a alguien que me importara. Una sensación que no experimentaba desde hacía mucho. Apenas escuche el grito de Winry al acercarse corriendo y me puse delante de todo el grupo al percatarme que Karkarov seguía allí, mirándonos, dubitativo.

—Ha vuelto, ¿verdad? Y vosotros no habéis tardado nada en volver a su lado como sus fieles perros.

Sus palabras destilaban amargura y miedo. Las palabras de un cobarde. Apreté con fuerza mi varita pero no me molesté en parar las chispas que empezaron a brotar de mis manos.

—Nosotros no tenemos nada que temer Karkarov, ¿puedes decir tú lo mismo?

Si le mataba, llamaríamos todavía más la atención. No dejé de apuntarle, pero al ver que no sería yo quien lanzaría el primer hechizo, desapareció de allí. Me quedé mirando unos segundos más al sitio donde instantes antes había estado Karkarov y conjuré una barrera a nuestro alrededor. Respiré hondo, cogiendo todo el aire que había estado reteniendo desde que empecé a descender por la colina, para enfrentarme a todo lo que tenía detrás. Lucius se había dejado caer, sujetando apenas los dos cuerpos que llevaba consigo. Al enfrentarme a un cuerpo siempre me invadían las mismas dudas: ¿a qué tendre qué hacer frente esta vez? ¿Surgirán complicaciones? Y para cuando haya terminado, ¿quedará algo que merezca la pena salvar?

Intenté abstraerme pero mi corazón me traicionó dando un vuelco al reconocer esa mata de pelo que cubría una cara inconsciente. Las palabras de una vidente años atrás en Nueva York cobraron fuerza de pronto…

Se acerca una tormenta y tus demonios más oscuros cabalgan sobre ella. No sé su nombre pero cuando miro tu futuro, hay multitud de sombras oscuras a las que deberías temer.

Alejé aquellas palabras de un plumazo y me obligué a concentrarme. Un rápido vistazo me ayudó a descartar una muerte inminente, aunque había un par de heridas que debía tratar. De ambos. El chico era el vivo retrato de Lucius.

— ¿Qué ha sucedido? -pregunté mientras terminaba de examinarla.

Cosa bastante complicado porque cada vez que apartaba mis manos, una llorosa Winry se apresuraba a inclinarse sobre Hermione para cubrir las heridas con la tela de su propio uniforme. Dudaba que fuera a servir de mucho sobre una sangre ya seca, pero no me atreví a obligarla a desistir en su empeño.

— No lo sé. Yo acudí a su llamada y cuando me quitó la mascara vi el cuerpo de mi hijo en aquel cementerio. ¡Mi hijo, Lafford! Si quería martirizarme por todo lo sucedido en los últimos doce años lo ha conseguido. Ni con una sesión de Crucios podría haber logrado el mismo efecto.

— ¿Cómo llegó tu hijo hasta allí? ¿Y Hermione?

Podía sentir su magia incluso estando insconsciente, el temblor de su corazón y la furia de aquellos pensamientos que intentaba controlar. El choque de nuestra magia nada más rozarla me provocaba descargas.

— Ya te he dicho que no lo sé -me respondió con un tono que no estaba acostumbrado a verle usar. Al menos no contra mí.

— Lucius. Tienes que calmarte. ¿Cómo has acabado aquí?

— Intenté hacerle entender, pero a él solo le interesaba el chico. Se enfrentó a él mientras el resto miraban, aplaudían incluso.

— Y aún así perdió.

— ¿Cómo lo sabes?

— Vi al chico volver del laberinto.

— Bueno, como ya sabrás no se lo tomó bien. Descargó su rabia con la mayor parte de los mortífagos que habían estado aplaudiendo momentos antes. Cuando se recobró, yo tenía ya a Draco entre mis brazos. Estaba a punto de aparecerme cuando me indicó que le siguiera. Hermione estaba tendida, en medio de una cripta. Cuando fui a preguntarle que quería que hiciera, ya se había ido.

— ¿Pensaste en venir aquí?

— Pues claro que sí, ¿a quién más querías qué acudiese?

La imagen de Severus acercándose a Dumbledore a la entrada del laberinto apareció en mi mente. Intenté resignarme a que contar con él no fuera una opción. Pero no era el momento para detenerme en eso.

— Entonces debemos suponer que no está en desacuerdo con que nos hagamos cargo. Al menos de momento.

La expresión de su rostro me hizo entender que ambos habíamos seguido la misma línea de pensamiento.

— ¿Después incluso de saber que planeábamos apartarla de él?

—Puede que ya no sea posible. Ni siquiera sabemos que ha podido hacerle -dije mientras la observaba por unos momentos. Sea como fuere, aquí no puedo hacer mucho. Busquemos refugio. Se acerca una tormenta.

POV Hermione

Un pinchazo en el estómago fue lo primero que me hizo despertar. Tenía miedo de abrir los ojos, me veía incapaz de romper el ciclo por el que llevaba pasando toda la noche. Y dudaba si me encontraría con un escenario peor que lo anterior. Pero al hacerlo, me tomó totalmente por sorpresa encontrarme en una habitación. Me incorporé de la cama acompañada de un fuerte quemazón. Tiré de las sábanas y allí estaba, mi tobillo hinchado y recubierto de una sustancia verde y pastosa. Mi mano derecha también estaba vendada, cubriendo casi hasta el codo. No necesitaba tirar de astucia para saber que alguien se había tomado su tiempo para intentar curarme. Estaba en una estancia austera, sobre una cama que chirrió nada más sentarme en el borde. Me quedé quieta esperando que aquel sonido provocase que alguien abriese la puerta que permanecía cerrada. Nada lo hizo. Apoyé en tobillo con cuidado y contemplé satisfecha que ya apenas dolía. Un crujido al otro lado me hizo descorrer las cortinas que cubrían la única ventana sólo para encontrarme en el piso más alto de un edificio de madera, rodeada de techos puntiagudos. No era difícil deducir donde me encontraba, y menos con la enorme pista en forma de castillo que tenía en frente. Estaba en Hosgmeade. Y por la claridad que llenaba toda la habitación, hacía bastante que debería haber estado en Hogwarts.

Unas voces al otro lado de la puerta me pusieron sobre aviso. Caminé hacia la mesilla, cogí mi varita y di un par de pasos hacia la puerta. Parecía que quiera quien fuera había decidido quedarse justo delante. Respiré. Lo más probable es que ellos, al igual que yo, ya supieran que estaba detrás. Giré el pomo y abrí la puerta, y al momento siguiente, un fuerte golpe en la mejilla casi me tira al suelo.

Mi hombro se encargó de parar toda mi trayectoria chocando contra el marco de la puerta. A juzgar por las expresiones de quienes se encontraban delante, no fui la única sorprendida. Reconocí de inmediato a Lucius Malfoy, aun con la mano abierto tras propinar el golpe, y pasé de largo del rostro sorprendido de un joven desconocido, nada más ver a Draco de pie con la mano apoyada sobre una barandilla. Mis ojos se llenaron de él. Aun tenía la cara roja por el golpe, pero aquello significaba que la sangre había corrido hasta el lugar, que su corazón la bombeaba, que estaba vivo. Después de todo lo que había sucedido parecía un milagro. Y a lo mejor fue por todo, que nada más ser consciente, me lancé hacía donde estaba. Sus ojos se abrieron y noté por el balanceo que hizo al cogerme que le había tomado por sorpresa. Aunque nada de eso le impidió abrazarme. Me picaban los ojos, así que los cerré impidiendo el paso a las lágrimas que empezaban a formarse y me aferré a él todavía con más fuerza.

— Ya me regañarás después -escuché como decía Draco. Abrí los ojos confundida ante sus palabras, no sería la primera vez que me pedía disculpas antes de hacer algo inesperado. Hasta que vi que iban dirigidas a su padre a quien miraba desafiante.

Notaba a mi corazón latiendo con furia. Recordé las palabras de mi madre, Tú sangre es poderla familia es poder… rodéate de gente que te quiera… Eso me ayudó a calmarme un poco, a ser capaz de abandonar los brazos en los que me sentía segura, y a mirar de nuevo a los dos hombres cara a cara. Era hija de mi madre, y si tan solo podía invocar algo de la fuerza que desprendían sus ojos, me daba por satisfecha. Ese pensamiento fue suficiente para que Lucius Malfoy retrocediera un paso. El hombre joven y pálido volvió a agrandar todavía más los ojos, aunque no retrocedió.

—Y bien, ¿para qué estáis aquí?


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