¡Él le había hecho el amor y luego la había abandonado para darle una lección! Sería ridículo si no le doliera tanto, pero ella era la única culpable. Había caído con facilidad en sus brazos, igual que hacía diez años...
Por lo menos, a los dieciocho años estaba enamorada de él y creía que Harry la amaba. La noche anterior no albergaba esa ilusión. Conocía muy bien la reputación de Harry, pero había justificado su entrega después de verlo unas cuantas veces creyendo como una tonta que, con la edad y la madurez, esta vez su relación con Harry sería diferente.
Había abandonado sus esperanzas de amor y matrimonio en favor de una relación adulta más madura, sólo para descubrir que él la había usado de nuevo. ¡Bien, era el final! Nunca más, se prometió; regresó a su dormitorio y se obligó a seguir su acostumbrado ritual matutino. Se puso unos pantalones desteñidos y una interior, y se aplicó una leve capa de maquillaje para disimular su palidez, pero no podía disimular las ojeras, ni la expresión de acoso en su mirada. Por suerte, tenía libres el jueves y el viernes en el trabajo, ya que había trabajado el fin de semana anterior.
De cualquier forma, no habría podido ir a la oficina ese día. Miró la cama en desorden y por su mente cruzó una vivida imagen de Harry y ella desnudos, unidos por la pasión. Apretó los labios y salió de la habitación.
Titubeó al pasar frente a la puerta del dormitorio principal; luego la abrió y entró. Ahí no había ningún recuerdo de Harry, sólo de su padre. Suspiró. Su padre había regresado a Inglaterra como editor de un periódico serio, después de la muerte de su madre, y había comprado esa casa, feliz de brindarle un hogar a su hija. Ginny se dirigió a la amplia cama y se sentó. Era una habitación agradable, decorada en tonos beige y marrón, y le recordaba a su padre. Evocó sus palabras, cuando una vez ella le preguntó si pensaba volver a casarse. En esa época él salía con una periodista muy atractiva y Ginny pensaba que tal vez tendría que mudarse para dejarle el espacio libre a la nueva mujer de su padre.
Papa: Ginny, pequeña, no sé qué consejos te habrá dado tu madre acerca del sexo (le había dicho una vez su padre) pero lo único que necesitas recordar es una vieja frase «Un hombre jamás comprará la botella si puede beber el whisky gratis» (y luego se echó a reír)
Debió haber recordado ese consejo, pensó. Se puso de pie y se dirigió a la puerta. Todos los hombres eran iguales. Harry, incluso su propio padre... Lo quería mucho, y a su muerte, Ginny nunca quiso mudarse a ese dormitorio más amplio. Tal vez ahora era el momento de hacerlo, porque sabía que jamás volvería a dormir feliz en la cama que había compartido con Harry. Se puso en movimiento y cambió todas sus pertenencias al dormitorio principal. Al fin, a media tarde, Ginny se desplomó en el sofá de la sala con una taza de café y un plato con sandwiches, pero no tenía apetito.
Bebió el café y apoyó la cabeza sobre los cojines. No podía olvidar lo sucedido el día anterior; era como una pesadilla. Harry se había enterado de la apuesta la noche en que la hizo con Hermione y nunca se lo había mencionado hasta que al fin la llevó a la cama.
Entonces se lo echó en cara con desprecio. Y, para colmo, había tenido la audacia, después de casi calificarla de prostituta, de decir que volvería a llamarla... Se encogió, avergonzada, al recordar cómo habían hecho el amor.
Él la deseaba y eso era un consuelo, trató de decirse, pero era un pobre consuelo, al considerar la forma en que terminó la velada. Harry la había usado y ella se lo permitió. Era una mujer de negocios inteligente, pero debía reconocer que en las relaciones con el sexo opuesto era una nulidad. Su cuerpo ansiaba la satisfacción que sólo Harry podía proporcionarle, pero decidió apartarlo de su mente. Lo había hecho una vez y podría hacerlo de nuevo. En ese momento sonó el teléfono…
Hermione: Hola, Ginny, ¿estás Choa?
Ginny: Sí (respondió bruscamente)
Hermione: Una pelea entre amantes, tan pronto?
Ginny: Ni amantes, ni pelea.
Hermione: No me digas que lo has estropeado todo, Ginny. Sólo tenías que seguir viendo a Harry hasta el próximo martes y el buda era tuyo.
Ginny: No tengo la menor intención de volver a ver a Harry jamás, así que dime cuándo quieres que vaya a cuidar a los niños (y por primera vez en su larga amistad con Hermione, mintió) Lo siento, Hermione, están llamando a la puerta. Debo ir a abrir. Adiós.
Ginny sólo había retrasado lo inevitable, ya que a las cuatro de la tarde una llamada en la puerta anunció la llegada de Hermione.
Hermione: Tu voz me sonó muy extraña antes, y como tenía que venir a la ciudad a reunirme con Ron, le pedí que pasara por mí aquí. La rapidez con la que te saco Harry ayer de las carreras, fue increíble. Vi que te devoraba con la mirada. Vamos, ¿qué sucedió?
Ginny: Nada. Regresamos aquí. Platicamos y se fue…
A Ginny no le resultaba fácil mentir, pero ni siquiera porque era su mejor amiga, podía desnudar su alma. Aún le dolía demasiado...
Hermione: Estás pálida, con los ojos rojos, y no quieres hablar ?
Hermione: Tal vez te serviría de algo hablar y yo sé escuchar.
Una sonrisa irónica iluminó por un segundo el rostro de Ginny.
Ginny: Nunca renuncias, Hermione, pero me temo que esta vez tendrás que hacerlo. Basta con decir que tenías razón cuando me advertiste cómo es Harry, después del cumpleaños de Ron. Es demasiado frívolo y cínico para mí. Ahora, ¿podemos cambiar de tema? Por favor...
Hermione: Estás bien?¿O quieres que le pida a Ron que le dé a Harry un puñetazo en la cara...? No, creo que ésa no sería una buena idea. Ron espera hacer un negocio importante con Harry, que tal vez lo ayudará a llegar a la presidencia del banco. Si le rompe la cara, eso no lo ayudaría.
Ginny rió, hasta la llegada de Ron, evitaron mencionar a Harry. Sólo después de que se fueron Hermione y Ron y el silencio de la casa empezó a abrumarla, fue cuando Ginny contempló con tristeza lo mucho que había esperado en el fondo que esta vez su relación con Harry fuera diferente.
La casa nunca antes le había parecido tan vacía, y ella jamás se había sentido tan Choa como ahora. Disgustada, se sorprendió rezando para que sonara el teléfono. « ¡Eres una tonta, contrólate! Tuviste una vida después de Harry y volverás a tenerla», se dijo con firmeza.
¡Además, ahora no amaba a Harry, eso había terminado hacía años! No podía negar la atracción física entre ellos y que la noche anterior había llegado a su punto culminante. Era una locura temporal, se aseguró, pero cuando subió por la escalera y se dirigió a su nuevo dormitorio, recordó que hacía unas horas había subido por esa misma escalera en brazos de su amante y se estremeció.
Había sido difícil reconocer su error la primera vez, pero, por lo menos, tenía la excusa de su juventud y su ingenuidad. Ahora era una mujer madura y le sería más difícil resistir el golpe a su orgullo y su dignidad. Esta vez, su humillación era mayor.
Casi tres semanas después, Ginny estaba acurrucada en el sofá con el camisón puesto, con un plato lleno de papas, un pastel de fresas con crema y una taza de té sobre la mesita frente a ella, y el periódico abierto en la página de la programación de la televisión.
Sí, se felicitó, el dolor empezaba a disminuir. Harry no la había llamado, pero no esperaba que lo hiciera. No le había mentido; le había sugerido una breve aventura y eso había sido. En realidad, no podía culparlo. Su cólera por la forma en que otro hombre había tratado a su compañera de trabajo, la había incitado a hacer esa estúpida apuesta. ¿Cómo podía esperar que reaccionara un hombre tan orgulloso como Harry, cuando se enterara de todo, como no fuera vengándose de ella?
Él mismo le había asegurado que siempre ganaba, y ahora Ginny sabía que era verdad... Harry se había mostrado tal y como era. Sus relaciones con las mujeres eran, y siempre lo serían, superficiales. Le había hecho el amor a ella porque quiso darle una lección, mientras que ella en secreto albergaba la esperanza de que su relación pudiera convertirse en algo más.
En su vida de negocios era una mujer dura, pero jamás podría aceptar la clase de relación vacía y frívola que Harry prefería. No comprendía cómo se había dejado engañar, confiada sólo en unas cuantas llamadas telefónicas.
Se había concentrado en su trabajo y no carecía de amistades. La próxima semana sería Semana Santa y la pasaría cuidando de los gemelos, porque Hermione y Ron viajarían a París. Además, le fascinaba la ópera, y al día siguiente, viernes, iría con Colin al Covent Carden a escachar a Plácido Domingo en Tosca. Agarro unas fresas y se las llevó a la boca, antes de volver su atención al periódico. Cuando trataba de decidir el programa que iba a ver, sonó el teléfono. ¡Maldición! ¿Quién podría llamar a esa hora de la noche?, se preguntó, y se dirigió al vestíbulo. Descolgó el teléfono y se quedó sin aliento. Era Harry.
Harry: Estoy de regreso, por unos días; vi a Ron ayer y me dijo que aún estás libre. Siento no haberte llamado antes, pero ya sabes cómo son los negocios...
Su descaro la dejó muda, pero con un esfuerzo logró controlarse y respondió, sarcástica
Ginny: Olvídalo, no tiene importancia.
Harry : Bien, sabía que lo entenderías. ¿Qué te parece si vamos mañana por la noche al Covent Garden, a la ópera, con...?
Ginny: Con Plácido Domingo (lo interrumpió) Lo sé, ya tengo mi entrada, iré con Colin (nada en el mundo podría haberle causado tanta satisfacción, pensó, encantada)
Harry: El tipo con el que estabas en la fiesta (comentó él, ásperamente)
Ginny: Sí, pero gracias por pensar en mí (con voz dulce, que no le dejó a él la menor duda de que estaba segura de que no sería así, añadió) Espero que disfrutes, estoy segura de que yo lo haré.
Harry: No lo dudo, es muy buen cantante
Respondió con amabilidad, por lo visto nada molesto por el rechazo de Ginny. Pero su voz profunda volvió a despertar en ella todo el dolor y el anhelo que trataba de reprimir...
Cuando Harry se despidió diciendo que esperaba verla pronto, tuvo que morderse la lengua para no preguntarle cuándo. Terminó el plato de papas y el pastel con el té ya frío. Había salvado su orgullo al rechazarlo, pero un pequeño demonio en su mente murmuró que Harry no había insistido mucho. Habría podido invitarla otra noche... ¿Por qué había tenido que llamarla ahora, justo cuando su vida comenzaba a tomar un curso normal?
La noche siguiente, sentada al lado de Colin, ni siquiera el enorme talento de Plácido Domingo lograba apartar de la mente de Ginny el temor de encontrarse con Harry. Sucedió en el intermedio. Colin había conseguido dos copas de vino, y después de unos sorbos al fin empezaba a relajarse. Alto y elegante, Colin estaba apoyado contra la pared y Ginny frente a él.
Ginny: Qué desperdicio para las mujeres, Colin (comentó, burlona) Estás increíblemente atractivo (y era cierto, parecía un modelo con el impecable traje de etiqueta)
Simon: Lo sé, Ginny, pero por el momento tengo un problema mucho más terrible que mis predilecciones sexuales. Cierto hombre está de pie en el otro extremo y me mira como si quisiera matarme.
A Ginny le tembló la mano y derramó un poco de vino. Respiró hondo y, resistiendo al impulso de voltearse, mantuvo la cabeza erguida y miró hacia el espejo en la pared a un lado de Colin, en donde se reflejaba todo el salón. Harry, con el traje de etiqueta y la camisa de seda blanca, estaba de pie, con un brazo alrededor de los hombros de Cho, pero tenía la mirada fija en Ginny, que sintió que el corazón le latía apresuradamente.
Ginny sentía la garganta reseca y no podía apartar la vista de Harry. Él sonrió cortésmente y alzó su copa en un gesto burlón para brindar con Ginny. No podía fingir que no lo había visto, y, rígida, Ginny alzó su copa, pero la invadió una oleada de celos tan intensa que apretó con fuerza la copa cuando Harry inclinó la cabeza hacia Cho para decirle algo, y Cho le dirigió una sonrisa de adoración.
Ginny quería gritarle que ella no había sido su primera elección y la invadió un intenso pesar. Habría podido estar al lado de Harry esa noche, de no ser porque se había interpuesto su estúpido orgullo. Bebió de su copa de vino y desvió la mirada. Sabía que no era justa con Cho, porque en realidad era una mujer atractiva y agradable. Pero Ginny no dudaba de que Harry la atraía... Se dijo que era una tonta y suspiró con alivio cuando sonó la llamada para el siguiente acto.
Decidió disfrutar de la segunda mitad de la ópera, pero no fue fácil. Miles de preguntas sin respuestas giraban en su mente. ¿Se habría precipitado al rechazar la invitación de Harry? ¿A quién trataba de engañar? Ella no significaba nada para ese hombre, y el hecho de verlo con Cho se lo había demostrado. Ginny tenía demasiado orgullo y dignidad para ser el juguete de un hombre.
**: Tía Ginny, tía Ginny (gritaron a coro dos vocecitas)
**:Ya levántate!
Ginny abrió un ojo y consultó el reloj que estaba encima de la mesita. Eran las seis. Gimió y se dio la vuelta cuando los traviesos Hijos de su hermano y cuñada se subieron de un salto a la cama.
Ginny: Sí, de acuerdo
Se sentó y contempló a los dos pequeños en pijama, antes de bajar las piernas al suelo. De pronto la invadió una intensa náusea y a toda prisa se dirigió al baño. Cinco minutos después volteo la cabeza, se dio la media vuelta y se sentó en el suelo del baño; su rostro quedó al mismo nivel que el de los dos ángeles pelirrojos que la miraban preocupados.
Rose: Te sientes mal todos los días, tía?
Ginny: Por lo visto (murmuró y se puso de pie) pero no se preocupen
Los tranquilizó y deseó poder tranquilizarse ella misma. Los últimos días habían sido un infierno. Adoraba a Rose y a Hugo, y cuando llegó el jueves en que debía hacerse cargo de ellos y se despidió de Ron y Hermione, se dispuso a pasar un fin de semana agradable en su cómodo y lujoso hogar, pero no fue así.
El viernes fue el cuarto día seguido que despertó sintiéndose mal, y ya no podía decirse que era algo que había comido. Le había sucedido lo mismo el sábado, y ahora, esa mañana. Ya no podía engañarse y un breve cálculo mental confirmó sus sospechas. Tenía dos semanas de retraso. No podía creer que hubiera sido tan estúpida... Por suerte, debía cuidar de los niños y no disponía de tiempo para pensar en su problema, ya que ellos la mantenían ocupada cada minuto del día.
Se bañó, se vistió a toda prisa y luego hizo lo mismo con los niños. Media hora después, con el desayuno ya preparado, se sentó a beber una taza de té. Hacía una semana que no soportaba el café...Una señal de advertencia que había ignorado...
Ginny: No te metas el pan tostado en las orejas, Hugo, es para tomárselo con la leche ...
Ginny: Qué vamos a hacer hoy?
Rose: Ir a la escuela…
Ginny suspiró, aliviada. Los llevaría a la iglesia a las diez y dispondría de un par de horas antes de ir a recogerlos.
No había sido un descanso productivo, pensó con ironía cuando salió de nuevo de la casa y cerró la puerta. Había pasado la mayor parte del tiempo mordiéndose las uñas y maldiciendo a Harry. Podría estar equivocada, se dijo. ¿Trataba, de una manera subconsciente, de disimular un imaginario vientre abultado?
Se dirigió al coche, introdujo la llave y titubeó; cuando alzó la cabeza, vio que un coche se acercaba veloz. ¿Quién podría ser? Ron y Hermione no regresarían hasta el día siguiente. Esperó, y cuando el coche estuvo cerca, abrió los ojos, horrorizada. El coche se detuvo cerca del suyo, y con una creciente sensación de impotencia vio que se abría la puerta del lado del conductor y Harry bajaba de él.
Ginny: Qué diablos estás haciendo aquí? (preguntó más a la defensiva que colérica)
Esa mañana se sentía demasiado frágil para enfrentarse a Harry
Harry: Eso es asunto tuyo?
Ginny: Yo estoy a cargo de la casa (le dijo, malhumorada)
Harry: A cargo de qué? Te veo como un general que ha perdido a su tropa (murmuró, divertido)
Ginny: No me interesa tu opinión, y si has venido a buscar a Ron y Hermione, están fuera. Yo me quede a cuidar a los niños.
Harry: Y quién cuida de ti? (preguntó cínicamente) Colin?
Ginny: Por supuesto que no .
Estalló a la defensiva. Harry estaba demasiado cerca, el aroma de su loción se mezclaba con el fresco aire y ejercía un desastroso efecto en su respiración. Luego, vio sorprendida que Harry de pronto sonreía cautivador, con un gesto que hacía más profundas las líneas alrededor de sus ojos y le hacía ver más guapo.
Harry: Me alegra saberlo, Ginny.
Durante un momento, ella creyó ver un destello de alivio en su expresión y se preguntó si estaría celoso de su amistad con Colin, pero apartó de su mente ese pensamiento cuando él continuó
Harry: Sé que Ron y Hermione están fuera, pero les prometí a los Niños que les traería unos huevos de Pascua. ¿Dónde están?
Ella quería ignorarlo, subir al coche y alejarse. Harry era demasiado peligroso para su bienestar emocional. Pero había hecho la pregunta con toda naturalidad, así que se vio obligada a responder
Ginny: Iba a recogerlos a la escuela.
Harry: Bien, entonces iremos en mi carro; hay más espacio
Antes de que pudiera protestar, Ginny se encontró instalada en el asiento delantero, le indicó a Harry el camino hacia la iglesia. Durante un momento, sólo se oyó el ruido de los neumáticos. Ginny miraba por la ventana porque no quería ver a Harry, pero era consciente de cada uno de sus movimientos.
Harry: Así que estás haciendola de madre?
La voz profunda y seductora alteró los nervios ya de por sí tensos de Ginny, y la palabra «madre» aumentó la sensación de malestar en su estómago, pero no dijo nada y él prosiguió
Harry: Te han cansado los niños? Te veo agotada.
Ginny: Estoy bien
¿Qué le importaba si él pensaba que tenía mal aspecto? Pero si Harry se enteraba de lo que le sucedía, su vida ya no le pertenecería, reconoció instintivamente. Temerosa de haber sido demasiado enfática, añadió
Ginny: Quiero mucho a los niños y puedo salir adelante muy bien.
Harry: No quise decir que no pudieras, Ginny.
Manifestó él, y detuvo el coche frente a la iglesia. Se volteo hacia Ginny y observó su figura acurrucada en una esquina del asiento. Luego extendió una mano y le apartó el pelo del hombro. Ginny sabía que su pelo era un desastre, pero esa mañana, por comodidad, se lo había sujetado en la nuca en una cola de caballo. El roce de esa mano la perturbó y, alarmada, sujetó el manillar de la puerta, dispuesta a huir...
Harry: Aún guardas silencio, a la defensiva?
Curvó una mano sobre su hombro, impidiendo que bajara del coche y, deliberadamente, dejó que la tensión aumentara hasta que Ginny ya no pudo soportar más y se vio obligada a mirarlo. Harry le sostuvo la mirada y durante un largo rato algo inexplicable pasó entre ellos; una emoción tan poderosa que Ginny se estremeció, atemorizada.
Su mirada se detuvo en la boca de él, los sensuales labios estaban ligeramente entreabiertos y sabía que, si trataba de besarla, ella no podría resistirse. Se había negado a salir con él, pero lo había hecho por teléfono, y comprendió que cara a cara no tenía ninguna defensa contra él. Pero las siguientes palabras de Harry rompieron el lazo que los unía
Ginny: Te resultaría muy difícil comportarte como un ser humano normal durante el siguiente par de horas?
Le pregunto, sin dejar de mirar la palidez de su rostro
Harry: No tengo ningún deseo de inquietar a los niños, pero si insistes en ignorarme o en mantener ese espacio entre nosotros, ellos se darán cuenta...
Harry no tenía el menor interés en ella. ¿Cuándo lo entendería...? Le preocupaban los niños y ella sabía que tenía razón. Había ido a ver a los niños. En ese momento, se oyeron sus gritos de alegría al ver el coche negro. Harry abrió la puerta e insistió
Harry: Y bien, Ginny... ¿amigos?
Ginny: Sí
Se bajó del coche para hacerse cargo de los niños. Durante las siguientes horas, Ginny conoció a un Harry diferente. El implacable hombre de negocios se vio reemplazado por un amigo risueño, a quien no le importó conducir hasta las afueras para comer en el restaurante de hamburguesas más cercano. Regresaron a casa y jugaron un partido de fútbol en el patio, sin preocuparse por las plantas que Hermione acababa de sembrar; para las seis de la tarde, los dos pequeños, recién bañados, estaban tirados en el suelo de la sala, y Harry, con el pelo alborotado, estaba a su lado, ayudándolos a construir un castillo.
Ginny, estaba acostada en el sofá, fingía leer el periódico, pero no podía apartar la mirada de las tres figuras en el suelo, en particular, de Harry, y recordó la última vez que lo había visto recostado; entonces estaba desnudo en la cama de ella y su atractivo rostro estaba tenso por la pasión...
Harry: Qué pasa, tengo una mancha en la nariz o algo parecido?
Ginny se sobresaltó y dejó caer al suelo el periódico cuando Harry la sorprendió mirándolo. ¿Cómo podía decirle lo que estaba pensando?
Ginny: No, nada de eso. Sólo estaba pensando en lo bien que te entiendes con los niños.
Harry: Me agradan los niños, y si quieres saberlo, disfruto mucho con mi sobrino y mis sobrinas
Ginny: Pero no te agrada lo que tienes que hacer para tenerlos? (preguntó ella, pensando en la aversión de Harry al matrimonio y en sus numerosas relaciones)
Harry: No podrías estar más equivocada (se echó a reír y se desplomó a su lado en el sofá. Le pasó un brazo alrededor de los hombros y Ginny sintió su aliento en la mejilla cuando murmuró con voz ronca) después? (se apartó, aun riendo, y Ginny se sonrojó, avergonzada)
Ginny: No me refería a eso... sino al matrimonio (lo corrigió, furiosa)
Harry: Es cierto, siempre he evitado esa trampa , pero(Harry no pudo continuar porque los niños lo interrumpieron)
Hugo: Podemos comer otro pedazo de chocolate?
Preguntó Hugo tirando de un brazo de Ginny, mientras Rose le pedía a Harry que jugaran a algo más. Aliviada por la distracción, Ginny observó el rostro sonrojado y la mirada de los pequeños.
Ginny: Creo que ya comieron bastante por hoy
Los dos se habían quedado encantados con los grandes huevos de chocolate que Harry les había llevado y casi se habían comido la mitad.
Ginny: Además, Harry debe irse ahora, así que lo acompañaremos a la puerta, luego se van a la cama y les contaré un cuento.
Hugo: Pero yo quiero que Harry se quede y también quiero más chocolate
Ginny: Lo siento, pero te puedes enfermar y eso no te gustaría
Hugo: No me importa (replicó, obstinado) Tú te pones mala todos los días, y ahora estás bien.
Ginny palideció, y por un momento se quedó sin habla. No se atrevía a mirar a Harry, y cuando al fin recobró la voz, respondió
Ginny: Bien puedes comer un poco más de chocolate y luego se van a la cama
Trató de ponerse de pie, pero una mano le rodeó la muñeca y la retuvo en el sofá concentrada en los niños.
Harry: Ginny ha estado enferma por comer chocolate?(les preguntó, sonriendo)
Ginny se sentía arder de humillación mientras los niños le contaban encantados a Harry todos los detalles gráficos de su náusea matutina, con la cabeza inclinada sobre el inodoro, y terminaron diciendo que después de desayunar té con pan tostado se sentía bien. La expresión de Harry se endureció cuando volvió a mirarla con un odio tan intenso que ella se sobrecogió como si la hubiera golpeado, sentía sus dedos clavándose en su carne a través de la blusa. Luego la soltó bruscamente, como si el contacto de ella pudiera contaminarlo.
Ginny no supo cómo logró salir adelante la siguiente hora. Le bastó una mirada al rostro inflexible de Harry para saber que sería inútil sugerirle que se fuera. Había adivinado que estaba embarazada... y estaba furioso, aunque lo disimuló muy bien delante de los niños. Al fin, ya no pudo retrasar el enfrentamiento. Los niños se habían dormido, salió de la habitación y bajó por la escalera, seguida de Harry.
Harry: Necesito algo de tomar
Harry se dirigió al carrito de las bebidas y se sirvió una buena dosis de whisky.
Harry: No te ofrezco una, porque en tu estado no creo que sea bueno…
Ginny: No sé de qué estás hablando. Estoy bien, y creo que ya es hora de que te vayas…
Le temblaban las piernas y necesitó toda su fuerza de voluntad para quedarse de pie delante de él y hacer un último intento de negar lo inevitable, pero no le sirvió de nada.
Harry: No me mientas, Ginny. Estás embarazada, ¿verdad? ...
ooooh, que capitulo tan interesante se quedo...jajaja.
pronto ya llegara su final :)
NPotter
