Disclaimer: nada de esto es mío.


El Experimento 13. Los seguidores del Lord Oscuro

(o las múltiples ventajas que tiene ser invisible. Y desventajas)


-¿Quieres salir con él? –es una posibilidad, ¿no? No hay nada de malo en preguntar, no señor, y menos aún después de lo de Sirius. Así que Lily lo deja caer, así como de paso; la mirada que le echa Lupin, al escucharla, no significa nada de nada.

La de Sirius Black puede que sí que signifique algo.

-¿Con Wilde? –ehm… Si Lily fuese una chica fácil de asustar, ahora mismo estaría corriendo a la puerta. Lo han dicho los dos. Igual tono, igual velocidad, igual todo. Como hermanos gemelos, o como si… como si…

-Bueno –se defiende, a falta de otra cosa que hacer. Además de ponerse roja, claro-, es una opción, ¿no?

-Lily, en serio, creo que deberías dejar de tomar lo que sea que has tomado –comenta Remus-. Te sienta mal.

Por supuesto, esto la enfurece. Un poco.

Hoy, precisamente, no ha tomado nada.

Así que se levanta del sofá, con un gesto muy digno –y un poco patoso- y se dispone a subir las escaleras de su habitación.

-Vamos, Evans, no te enfades –dice Sirius, con muy poco convencimiento. Pero poco poco.

De haber sido cualquier otra, por supuesto, esto la habría hecho irse más rápido. Pero hablamos de Lily Evans; que Black esté intentando que se vaya no hace más que impulsarla a quedarse. Así que, justo al llegar a las escaleras, se da la vuelta, y vuelve a sentarse.

-Vale, no me enfado –asegura. Luego le pellizca. Fuerte.

Sirius se queja.

-¡Ey! Eso ha dolido –por supuesto, esto Lily lo sabía perfectamente. Por eso lo ha hecho.

-Bueno, si no habéis visto a Wilde, yo casi que me voy, ¿eh? –empieza Remus, y luego añade-. No es cuestión de estar de carabina.

Si las miradas matasen, Remus Lupin estaría doblemente difunto.


Albus Severus Potter (ahora Smith) apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que una silla se le lance contra la cabeza. Suerte que, aunque el gusto por el quidditch se lo ha llevado James Sirius, los reflejos los tienen compartidos; esquiva como puede la silla voladora, rodando por el suelo, y la siente estrellarse contra la puerta, que se ha cerrado mágicamente.

-¡Director! –se queja, levantándose, y sin fijarse en absoluto en la cara de asesino del susodicho director- Creo que debería vigilar mejor a sus sillas; se le están descontrolando.

Por supuesto, el director Dumbledore no le hace ni caso. Se limita, en realidad, a lanzarle un expeliarmus muy bien lanzado, y a dejarle sin varita.

-¡Oiga! –y es que Al es demasiado educado como para olvidar las maneras, aunque le estén intentando hechizar y, posiblemente, asesinar.

-¡Ah! ¡Caísteis, magos oscuros! –exclama entonces el director, completamente metido en su papel y sin darse cuenta de que los supuestos magos oscuros ni han caído ni tienen ni idea de qué va el asunto. Especialmente Hugo, que está aún parado en mitad de la puerta y al que nadie hace ni caso. Que no es, claro, como si no estuviese acostumbrado, pero sigue siendo molesto. Además, Albus (joven) no se ha mostrado asombrado ni nada con su traumatizante descubrimiento, y eso es bastante jorobante, la verdad.

-Oiga, que no somos magos oscuros –protesta el pelirrojo (su primo está muy ocupado intentando esquivar los rayos de luz de la varita de Dumbledore). Luego se lo piensa. En realidad, no está muy seguro de que Al no lo sea.

-¿Ah, no? –inquiere el director, con sorna- Y, entonces, ¿cómo habéis venido a parar aquí?

Ahí, Hugo no sabe qué contestar.


El Lord tiene seguidores.

Eso es, en sí mismo, una gran noticia. Por supuesto. Siempre es bueno tener seguidores, especialmente seguidores que, como estos, hacen exactamente lo que tú digas cuando tú lo digas, sin pensar.

Lástima que duren tan poco. Concretamente, lo que tarda en acabar la conga.

La discoteca muggle ha resultado ser genial. En serio, mejor de lo que Tom se esperaba; había música, alcohol y muuucha gente. Lo único que no cuadraba –no mucho, por lo menos- eran las edades; Tom… digooo, el Lord esperaba encontrar jóvenes ambiciosos y borrachos que le seguirían, en caso de ser sangre limpia y magos, o le invitarían a algo, por lo menos. Pero no.

Aquí, la edad media son setenta y ocho años. Realmente extraño, por supuesto, pero es que los muggles son raros. Muy raros. Así que, supone el Lord, no hay nada malo en quedarse por aquí un ratito. Hasta acabarse las siete botellas de whisky sin fuego, más o menos. Y terminar de bailar la conga, por supuesto.


James Potter se aburre. Eso, en sí, no es muy raro, sobre todo teniendo en cuenta que lleva un rato enorme haciendo lo mismo: jugar al ajedrez. Todo tendría más gracia si hubiese ganado alguna partida, claro, pero Peter es demasiado bueno. Y eso que juega mientras lee un cómic muggle.

Bueno, de cualquier forma, lo interesante aquí no es Peter. Es James. Y su aburrimiento. Y cómo, por culpa de ese mismo aburrimiento, coge la capa invisible y baja corriendo –rodando, en realidad, porque se ha tropezado- por las escaleras. De alguna forma que probablemente tenga algo que ver con el hecho de que lleva puesta una capa invisible, nadie le ve. Y sale de la Sala Común.

En realidad, no es especialmente necesario el llevar la capa invisible. No es hora de estar en la Sala Común, y nadie le va a echar la bronca si le ve por ahí visible del todo, pero a James le gusta hacer pequeñas maldades tontas, y, además, ir invisible por la vida tiene ciertas ventajas.

Así como algunas desventajas, piensa al chocar con alguien. Y levanta la vista para encontrarse con una nariz enoooorme, y, un poco más allá, con una expresión ciertamente sorprendida.

Severus Snape. Snivellus, para los no amigos (es decir, para todos, se dice con una sonrisita tonta). ¿Qué se cree que hace aquí, tan cerca de la Torre de Gryffindor –en la puerta, en realidad- y sin morirse ni nada? ¿Eh?

Como hemos dicho, ir invisible por la vida tiene muchas ventajas. La primera, por supuesto, es que no tienes que molestarte en ponerte presentable, porque, aunque te cruces con Lily Evans, ella no se dará cuenta. Como ha pasado en la Sala Común –ahora que lo piensa, tendría que haberle dicho algo, a Lily. Pero estaba hablando con Sirius y con Remus, y parecía concentrada, y estaba muy guapa y, además, James quería ir a tomar el aire un rato.

La segunda gran ventaja de ir invisible es que nadie puede verte. Ni siquiera Severus Snape, aunque él quizás sí que huela, con esa pedazo de nariz. Sería una ventaja evolutiva, supone James. Pero vamos, a lo interesante: como James es invisible, puede espiar. Y averiguar qué hace aquí Snivellus, exactamente, además de contaminar el aire.


Sirius está un poco más tranquilo, ahora que Roxanne le ha dicho que era sólo un decir. Que no tienen por qué estar muertos, todos a los que conoció, y que, es más, por lo menos Lucius Malfoy está vivo. Aunque chochea, y lleva unas gafas ridículas.

Al fin y al cabo, ha dicho Ro, lo único que quería decir es que eres viejo.

Eso no le ha sentado demasiado bien.

La señora Jinglebells entra en la habitación –cuchitril, más bien- con lo que parece un humeante plato de sopa. O de ácido sulfúrico, por el color.

-Toma, anda –dice-. Come algo -y, por si acaso iba a protestar (que pensaba hacerlo) le mete una cucharada en la boca.

Sirius desearía volver al Velo. En serio. O a Azkaban.

-Vamos, niña, dale tú de comer, anda –ordena, con un tono de voz que hace impensable la resistencia. Roxanne, que entiende de estas cosas, se apresura a obedecer, y pasa a ocupar el lugar de la viejecita, alimentando (torturando) a Sirius Black, que la mira con cara de odio profundo.

Se ríe. Un poco, claro, porque a la viejecita Jinglebells le molestan las risas continuadas. Dice que no es propio de una señorita (por lo visto, una señorita debe estar apropiadamente aburrida en todo momento), y, la única vez que Ro se rió largamente desde que llegaron a la casa, el bastonazo casi la mandó al otro lado del pueblo. Así que es mejor obedecer.

-Mátame –susurra Sirius, poniendo ojitos de cachorro abandonado. Ro sonríe un poco, y susurra:

-En eso estoy –antes de meterle otra cucharada en la boca. Por lo visto, para la ancianita el haberse desmayado le ha convertido en un inválido.

-Eres cruel –y pone un pucherito. Ro se tiene que morder los labios, aquí, para no sufrir un ataque de bastonitis aguda.

Ahora que se fija, Sirius Black no es tan viejo como pensaba.


Cuando sale de la Sala Común, Remus Lupin está nervioso. Histérico, casi. No hay nadie que haya visto a Wilde –tampoco es como si alguien se fijase, además-, y, a estas alturas, el chico podría haberle contado lo que ha visto a… a todo el mundo.

-¿Le has encontrado? –pregunta Severus, apoyado en un muro, justo enfrente de la Sala Común. Es una postura realmente peligrosa, por supuesto, porque en Hogwarts no faltan muros abiertos a otros lugares del mundo. O incluso a otras realidades.

-No le han visto –contesta Remus, y suspira, pasándose una mano por los ojos en un gesto de desesperación.

-Mierda.

Y es un pensamiento compartido, aunque el Gryffindor lo habría dicho de forma más suave. O no.

-Bueno, no es la forma en la que pensaba salir del armario, ¿sabes? –comenta, mirando de frente al moreno, que (por debajo de toda esa máscara impasible tan Severus Snape) parece bastante nervioso-, pero supongo que alguna vez habría que hacerlo.

-Esperaba que ese día estuviese lejos. Y que fuese algo un poco más –titubea, como buscando la palabra adecuada- controlable.

-Ya. Tú y tu maldito control –y, a pesar de todo, Remus Lupin esboza una sonrisa. A sus amigos no les va a gustar, piensa, pero luego se dice, ¡qué narices! A quien le tiene que gustar es a él, al fin y al cabo, ¿no? Y se acerca a Severus, y le besa.

Si alguien estuviese atento, podría oír cómo se desencaja la mandíbula de James Potter –que no verlo. Otra de las ventajas de ser invisible, suponemos.


Danny