"La diosa menor"


Cap. 13: Las Tejedoras del Destino.


- ¡Au!, ¡ve con más cuidado, acabas de pisarme la cola!

- ¡Shhh!, ¡habla más bajo o Hades nos descubrirá!

Atravesando la yerma y gris Tierra de los Muertos amparándose en las sombras que los múltiples recovecos de aquel oscuro reino les concedía por doquier, Pena y Pánico corrían como gamos en pos de alcanzar su meta de aquel día: deshacer el lío en el que acababan de meterse y que, durante el proceso, nadie les pillase.

Portaban a sus espaldas un bulto alargado, no muy grande ni muy ancho, hábilmente envuelto en una alfombra enrollada de tal forma que nadie pudiera sospechar a simple vista que dentro hubiera algo... o alguien metido.

- Ha sido una buena idea esto de la alfombra. – señaló Pena con los ojillos al bulto envuelto sobre sus espaldas al tiempo que esbozaba una picuda sonrisa de media luna maliciosa – Cualquiera que nos vea no sospecharía... ¡incluso yo no sospecharía de nosotros mismos! - declaró orgullosamente.

Su verdoso compinche narigudo asintió con enérgico entusiasmo.

- Además, lo bueno que tiene es que no pesa nada. – convino, dándole un golpecito cariñoso al bulto - ¿Te imaginas si tuviéramos que transportar un día a Cerbero así?

Ante ésta perspectiva, un súbito escalofrío les recorrió a ambos por sus pequeñas espinas dorsales hasta las puntas de sus alitas membranosas.

- Uh... se me ponen los cuernos de punta con solo pensarlo. – dijo el diablillo regordete variando su ufana expresión a una de puro... miedo.

Porque Cerbero era, además de grande, tonto, baboso y glotón, un perro bastante fiero. No en balde les tenía pillado el aire a ambos diablillos como si fueran sus juguetes de goma particulares para masticar. Total, como las infernales criaturas nunca morían...

- ¡Mira! - señaló Pánico nerviosamente al tiempo que sonreía de cuerno a cuerno - ¡El Vórtice de las Almas!

Allí se dirigían, donde las almas de los muertos pasaban previamente por un filtro antes de entrar en la cadena cíclica del curso del Río de los Muertos, donde Caronte ejercía su trabajo de remero desde tiempos inmemoriales.

Y, dependiendo del comportamiento de los espíritus en vida, éstos o seguían el fluir eterno de las aguas oscuras... o acababan de cabeza en el Tártaro, donde serían sometidos a las más aberrantes torturas hasta el final de los tiempos.

Si una criatura viva, por el motivo que fuera, quedaba atrapada en las aguas del Inframundo, tenía bastantes posibilidades de no poder salir a la superficie... nunca más.

Pues ése era el plan de Pena y Pánico: echar a la joven deidad que tenían escondida en la alfombra al agua, para que navegase inconsciente y perdida hasta el fin de los días.

Total, el reino de Hades era tan, tan, tan, pero tan sumamente extenso que jamás se percataría de la entidad inmortal que tenía allí atrapada.

Y, de enterarse, probablemente con el odio que sentía hacia los otros dioses del Olimpo, no le importaría demasiado. Puede que hasta incluso se sintiera complacido de tener a aquella intrusa verde "decorando" las aguas de la Estigia.

Pero era mejor que no les viera haciéndolo ya que, al adquirir conocimiento del acto, el marrón recaería única y exclusivamente sobre su persona ante los ojos de Zeus.

Y, de momento, tanto a los diablillos como a los intereses personales del propio Hades les convenía que éste último siguiera permaneciendo en la más absoluta ignorancia en cualquier cosa referente al asunto.

Oye, ya dicen que la ignorancia es la felicidad, ¿no? Pues el mismo principio, a juicio de los diablillos, era también aplicable a un dios.

Al llegar justo al borde del acantilado que daba a las traslúcidas aguas de un insalubre verde fosforescente, Pena y Pánico dejaron su carga en el suelo.

- ¡Date prisa!, ¡date prisa! - chistó Pánico haciéndole aspavientos a su menos ágil compañero rosado para que hiciera las cosas con mayor celeridad.

- Vale, a la de tres. – convino Pena asiendo uno de los bordes de la alfombra para, al pegar un tirón, que el cuerpo inconsciente de la diosa rodara hacia abajo y terminara cayendo por gravedad sin llevarse la moqueta en el proceso – Una...

- Dos... - prosiguió Pánico.

- ¿Qué hacéis, chicos?

Ambas criaturas infernales pegaron un bote en el sitio y se giraron despacio para encarar a un peligrosamente tranquilo dios primigenio del Inframundo, quien se hallaba en aquellos instantes recostado contra una columna gris a pocos metros de ellos, de brazos cruzados, y observándoles con gesto de aburrimiento.

Pena tragó saliva y Pánico comenzó a entrar en estado de solapado pánico (valga la redundancia).

- Pu... pues... - comenzó la verdosa criatura flacucha tímidamente – Nosotros estábamos...

- ¡Sacudiéndoles el polvo a las alfombras! - terminó Pena por su compañero con una enorme sonrisa, producto de su mucho miedo y nerviosismo.

Hades enarcó una ceja desde su posición.

- ¿Y desde cuándo os ha dado por jugar a las amas de casa? - inquirió con desconfianza.

No se fiaba de ellos ni un pelo, sabía que eran unos mentirosos compulsivos y le daba en la nariz que aquellas gotitas de sudor que les resbalaban en aquel instante a las criaturas por ambas frentes nada tenía que ver con el esfuerzo físico de cargar una alfombra más grande que ellos dos juntos.

- ¡Es que están muy sucias! - se defendió Pena.

- ¡Sí, se nos manchan los pies cuando caminamos por ellas! - confirmó Pánico, ya más seguro de seguirle la mentira a su regordete compinche.

Hades alzó las cejas, honestamente sorprendido.

- Vale, ¿estáis enfermos?, ¿habéis comido algo en mal estado? - probó de nuevo, hablando deprisa como era su costumbre – Porque no me conviene nada de nada teneros metidos en cama con cuarenta de fiebre tomando sopitas. No hay presupuesto para un seguro médico éste año y, por otra parte, no me apetece un pimiento hacéroslas de niñera... - se detuvo un momento - ¿Qué...?, ¿y ahora qué mosca os ha picado? ¿A qué vienen ésas lágrimas de cocodrilo...? - inquirió repentinamente, cada vez más desconcertado, descruzándose de brazos.

Porque sus dos subalternos le observaban ahora con enormes ojillos vidriosos, llenos de lágrimas por la emoción.

- ¡Oh, jefe! - exclamó Pena echándose a llorar como un bebé - ¡Qué majo te pones cuando quieres!

- ¡Nos emociona mucho que te preocupes tanto por nosotros! - convino Pánico sonándose su muy prominente apéndice nasal con un pañuelo.

Hades puso inmediatamente cara de asco y dio un paso atrás, repelido.

- ¡Eh, eh, eh! - exclamó alzando las manos - ¡Parad el carro, que yo no he dicho nada de...!

- ¡Qué bueno eres, jefe! - exclamaron ambos diablillos al unísono, acercándose al Señor del Inframundo emocionados.

Pero inmediatamente tuvieron que echarse atrás en cuanto a su Amo le cambiaron las llamas del cuero cabelludo del azul al rojo en cuestión de milésimas.

- ¡Yo NO soy bueno! - ladró furibundo, señalándoles con un dedo largo y puntiagudo - ¡Soy MALO! ¡Más malo que la tiña o que un inspector de Hacienda! ¡¿ME OÍS?!

- ¡S-Sí, su Grandísima Lugubriedad! - gritaron Pena y Pánico cuadrándose inmediatamente como soldados, toda emoción borrada de sus rostros para ser reemplazada por miedo.

- ¡Ugh...! - siseó Hades meneando la cabeza, todavía repelido por aquella inusitada actitud de sus subalternos - Seguid sacudiendo alfombras si es lo que queréis, ¡no me importa! - escupió - ¡Pero no se os ocurra tirarme ni una sola al Vórtice de las Almas o pagaréis las consecuencias! - añadió alejándose de allí lo antes posible. Necesitaba tomarse un Martini con gusano ya mismo para quitarse aquella súbita repelencia de encima.

Una vez los diablillos se quedaron solos, respiraron finalmente tranquilos. La jugarreta de hacerse los encantadores y los sentimentales había funcionado.

Porque, si había algo que a Hades le diera dolor de cabeza y le provocara poco menos que urticaria, eso eran los sentimentalismos. Le ponían enfermo.

Entonces, como si nada hubiera pasado, Pena y Pánico volvieron a asir uno de los bordes de la alfombra y se prepararon.

- Uno... - comenzó Pánico de nuevo.

- ¡Dos y tres! - concluyó Pena por él - ¡Al agua, patos!

Y, sin mayores ceremonias, ambos pegaron el consabido tirón y el cuerpo de Perséfone se desenvolvió de la moqueta, rodó hasta el borde del acantilado cayendo de pleno en las aguas del Vórtice de las Almas y se unió al resto de ánimas inconscientes que por él navegaban en aquel instante, cada vez adentrándose más en lo profundo.

- En el fondo me da un poco de lástima, ¿sabes? - dijo Pánico en voz baja, observando el cuerpo de la joven deidad desaparecer poco a poco en la vorágine acuática verdosa.

- Era ella o nosotros. – replicó Pena encogiéndose de hombros – Vamos a ver si podemos mangar unas patatas fritas de la cocina, ¡me muero de hambre!


Frente a Ojo Que Todo Lo Ve, tres encorvadas figuras ancestrales se reunían en círculo, contemplando con oscuras cavidades en el lugar en el que debieran haber estado los ojos, cómo la diosa menor, aún inconsciente, se sumergía cada vez más en el olvido de un largo ciclo mortal en el que quedaría atrapada...

- ¿Para siempre? - preguntó una de las figuras.

- No, para siempre no. – respondió la más alta a la derecha de la que primero había hablado – No es su destino.

- Pero...

- ¡No seas quisquillosa! Ése par de memos acaban de ponérnoslo muy fácil...

- Demasiado fácil. – opinó la más bajita de ellas – Y todavía no es el momento.

- Tendremos que intervenir. - expuso entonces la segunda que había hablado.

- ¡Ay!, ¡me encanta actuar y no solo ver! - exclamó la primera, ilusionada.

- ¡Pero si ya sabías que lo haríamos!

- Claro, porque nosotras...

- … Lo sabemos...

- ¡TODO!

Dicho lo cual, y riéndose las tres al unísono, desaparecieron tragadas por el enorme ojo visionario, que se cerró y se disolvió en el aire como si nunca hubiera estado allí.


Perséfone despertó finalmente, sintiéndose algo mareada y desorientada, en un momento ciertamente no muy oportuno.

Bueno, en realidad no es que el hecho de despertarse fuera una eventualidad muy oportuna dadas las circunstancias.

La joven primero se quedó de piedra... para luego ponerse a chillar, chapotear y patalear en mitad de aquel hervidero de muertos que, al verla moverse y sentir la calidez de la vida que brotaba de su cuerpo, algo que ellos ya no tendrían jamás, se abalanzaron sobre ella para retenerla junto a ellos en cuanto la vieron debatirse por nadar hasta la orilla.

- ¡Fuera! - exclamó la chica, aterrorizada y furiosa a la vez, tratando de desarrollar pinchos con los que ahuyentarlos - ¡Soltadme!, ¡no me toquéis! ¡SOY UNA DIOSA, MALDITA SEA!

Pero las ánimas, sorprendente sólidas para su estado incorpóreo, se aferraban a ella como gigantescos tentáculos que quisieran asfixiarla bajo aquellos litros de muerte, drenándole toda fuerza y energía vital.

Perséfone, pese a ser inmortal, sentía en aquellos momentos lo más cercano a... lo que un mortal experimentaría cuando está al borde de la muerte.

Y la sensación la llenó de histeria y de pavor.

- ¡NO! - chilló - ¡Maldita sea!, ¡maldita sea! ¡QUE ALGUIEN ME SAQUE DE ESTE WÁTER ANTES DE QUE TIREN DE LA CADENA!

- Podríamos sacarte... - oyó repentinamente que le decía una voz femenina.

- … Si nos lo pidieras... - dijo otra voz de idéntica naturaleza femenina y... cascajosa.

- ¡... Por favor! - exclamó una tercera.

Perséfone, no muy segura de creer que había oído lo que había oído, pero deseando salir de allí lo antes posible, chilló a voz en cuello.

- ¡SÍ, SÍ, VALE!, ¡LO QUE SEA Y QUIÉN SEA, PERO SACADME DE AQUÍ... POR FAVOR!

Y rodeada de una intensa luz, la pequeña diosa de la primavera se vio en un instante flotando muy por encima de la marea verdosa de los muertos y, una vez se vio libre del peso de las ánimas ciñéndose en torno a ella, solo cerró los ojos y se dejó llevar por aquella maravillosa sensación de libertad...

… Que terminó con ella pegándose un buen porrazo contra el suelo, haciéndose un considerable daño en el...

- Ouch, mi pandero... - se quejó Perséfone poniéndose nuevamente en pie mientras se frotaba significativamente su adolorido trasero - ¿Pero qué demonios...?

En aquel instante, la joven deidad había sido transportada a una sala cerrada, oscura y bastante carente de mobiliario alguno. Y en el centro de ésa misma sala se alzaban la Triada del Destino, las Hilanderas Tenebrosas más conocidas por las Moiras: Láquesis, la medidora de hilos; Cloto, la hilandera y Átropos, la segadora que cortaba los hilos de la vida.

Pero no eran exactamente... como Perséfone las había imaginado.

La pequeña diosa de la primavera había pensado que, al ser entidades atemporales, muchas veces incluso más poderosas que los dioses del Olimpo, más honradas y temidas que el propio Zeus, serían hermosas, oscuras y temibles...

… Pero no aquellos viejos cuervos encapuchados, vestidos de negro, pellejudos, ciegos y desdentados.

Láquesis era alta y espigada, de prominente nariz aguileña, barbilla apenas inexistente y largos brazos esqueléticos. Su piel era de un tono azul enfermizo, como si fuera un cadáver andante recién levantado de la tumba.

Cloto era quizás las más "agraciada" de las tres... teniendo en cuenta que era mentoniana, tenía las cuencas de los ojos caídas, el pelo lacio, la piel macilenta y las manos llenas de verdugones.

Átropos era, al contrario que sus hermanas, pequeñita y rechoncha, de piel rosada y lengua puntiaguda, que le asomaba de entre los labios resecos como la de una serpiente. Era la única que, sorprendentemente, no era ciega... porque tenía un ojo... un ojo rojo que asomaba prominente sobre su única cavidad ocular, ya que era ciclópea.

Y Perséfone sabía que eran ellas por la inmediata sensación de escalofrío que le recorrió el cuerpo entero al verlas.

- Eh... - comenzó la muchacha, sin saber muy bien cómo actuar frente a tan importantes entidades – Supongo que debería darles las gracias por el hecho de que no siga haciendo submarinismo entre fiambres, ¿no?

- Supones bien. – contestó Láquesis con su voz grave y cascada de anciana gruñona – De no ser por nosotras te habrías quedado allí metida... por toda la Eternidad.

- Pero no era tu destino. – replicó a su vez Átropos aproximándose rápidamente a la diosa menor y examinándola de cerca con su único ojo – Vaya, sí... tiene un buen culo, qué envidia...

- ¡¿Qué?! - Perséfone se quedó bastante desconcertada ante semejante observación tan... fuera de lugar en aquellos instantes.

Las tres Moiras se echaron a reír.

- Sabíamos que te escandalizarías un poco. – explicó Láquesis.

- Nosotras lo sabemos todo. – aclaró Cloto, hablando por vez primera.

Perséfone enarcó una ceja.

Láquesis asió de repente a la pequeña y rechoncha Átropos y le incrustó los largos dedos en la cavidad ocular... para sacarle el ojo y ponérselo ella en una de sus dos cuencas vacías. El gesto repugnó soberanamente a la joven diosa de la primavera, quien procuró disimular su aversión lo mejor que pudo para no pecar de descortés frente a sus salvadoras.

- Sabemos lo que ocurrió en el pasado... - comenzó Láquesis.

- Sabemos lo que ocurre en el presente... - continuó Cloto, empleando el mismo procedimiento de sacarle el ojo a su hermana para ponérselo a sí misma.

- Y sabemos lo que ocurrirá en el futuro. – terminó Átropos, volviendo a hacerse con el poder del único ojo compartido entre las tres.

- Vale... - comenzó la joven deidad tratando de calmarse tras tan melodramática presentación - ¿Y también saben QUIÉN ha sido el GRACIOSO que me ha tirado AHÍ dentro?

- Por supuesto. - dijeron las Moiras al unísono.

- Y... supongo que no me lo van a decir, ¿eh? - aventuró la muchacha.

- ¡Por supuesto que no! - exclamó Cloto cruzándose de brazos.

- ¿Y si les pagase algo a cambio?

- Estás sin blanca. – replicó Átropos.

Perséfone las observó sorprendida.

- ¿Y cómo...? - pero no acabó su frase ante la clara evidencia – Ya, ya... que lo saben todo, ¿eh?

- Sí. – declararon las Hilanderas al unísono.

La chica bufó, algo harta de tener en frente suya a tres entidades a las que nada que ya no supieran podría decirles. Deseó irse.

- Pues verán... yo solo había venido a mirar si mi primo estaba bien... - comenzó.

- Ya lo sabemos. – replicaron nuevamente las Moiras.

Perséfone se llevó una mano a los párpados y se los masajeó. Aquellas viejas le estaban empezando a dar un serio dolor de cabeza.

- Que sí... que ya sé que lo saben... - murmuró molesta – Y bueno... ya tengo respuestas a mis preguntas, así que me voy... - terminó a medias, dándose la vuelta para irse – Arrivederci, señoras.

- También sabíamos que dirías eso. – replicaron las mujeres impasiblemente.

- ¡Vaya, no me digan! - ironizó la diosa menor, harta, dispuesta a marcharse.

Pero fue frenada cuando inmediatamente oyó la voz de Cloto decirle...

- También sabemos que eres una pequeña embustera y codiciosa.

Perséfone se dio la vuelta muy lentamente.

- ¿Qué?

- Tus tejemanejes en el Olimpo para que te dejen actuar a tu libre albedrío ahora son simples travesuras en comparación con lo que, en un futuro, podrías llegar a hacer con el poder necesario. – aseveró Láquesis.

La muchacha las encaró de frente y se cruzó de brazos.

- Las escucho. – dijo sencillamente.

Las tres ancianas la contemplaron con el semblante neutro.

- Tú quieres poder… – dijo Láquesis señalándola con un dedo largo y afilado.

- Y puedes obtener mucho... más de lo que nunca hayas soñado. – sentenció Átropos sacándose el ojo de la cuenca y dejando que éste flotase en el aire, creando una luz mística sobre la estancia en penumbra – Pero un aviso te hemos de dar.

- Pues nunca sabes con lo que te puedes encontrar. – prosiguió Cloto.

Perséfone suspiró. Versos... por los dioses, qué rollo de versos...

- Ten cuidado con lo que deseas. – advirtió Láquesis.

- Porque puede terminar de otro modo aunque no quieras. - anunció Cloto.

- Tus ansias de poder... tu deseo de hacer lo que quieras...

- Pueden tornarse en las más terribles y dolorosas cadenas.

- Serás reina, serás temible y poderosa.

- Pero... ¿es eso en verdad lo que quieres, hermosa?

Y Perséfone se vio a sí misma engrandecida ante los dioses, coronada su cabeza... con una corona de espinas.

- Sobrevendrán tiempos difíciles, tiempos en los que cambiarás. – dijo Átropos, continuando con la rima – Tu familia, tus amigos... ya tanto no importarán.

- Porque tendrás lo que quieres... – continuó Cloto – Aunque eso signifique perder lo que tienes.

- Dividida entre dos mundos finalmente te hallarás. – terminó Láquesis – Lo que suceda, solo en tus manos está.

Dicho lo cual, las tres brujas se condensaron en una sola figura con el ojo que, acercándose a Perséfone flotando en el aire, cegó su vista dejándola nuevamente inconsciente.

Más tarde despertaría en mitad del bosque y sin tener muy claro cómo había acabado allí, con el sábado pendiente de hacer el último día de prácticas laborales.

Porque así lo querían las Tejedoras del Destino.

Porque así lo habían dictaminado.


Nota de la autora: yaaaa sé que ha sido un poco corto, pero seguiré con las aventuras en el siguiente capítulo :)

Aquí tenemos a las Moiras, que son, cuanto menos, que malrolleras, cansinas e inquietantes :D

AkumuHoshi: do not worry, que Meg saldrá. Primero con el capítulo del ánfora (y ése capítulo es MUY importante en esta historia) y luego con los sucesos de la peli. Todavía queda una buena tirada con el tema de los enfrentamientos entre Démeter y Hades :D Pero ya sabes lo que ocurrirá: se liará muy parda jajajaja Y Hércules también descubrirá con tiempo el asunto de su prima con Hades, y no le hará ninguna gracia xD En cuanto a que la propia Perséfone se entere de quién es el chico pálido... lo descubrirá y su reacción la dejo a... ¡sorpresa! :P No spoliers, que si no, chafo la historia :D

Ninjin: voy a tratar de actualizar cada mes (menos el mes de los exámenes, lógicamente), así que pásate de tanto en tanto, nunca se sabe... :P

Guest: ¡Muchas gracias! Me alegro que me digas que respeto el carácter de los personajes, porque me fastidiaría mucho convertirlos en OOC's. Si alguna vez ves que me inclino en ésa dirección, házmelo saber, que lo corregiré ipso facto ^^ Por lo demás me halaga mucho que te parezca una buena historia, intentaré no defraudaros.

Un saludete, gente, que es tarde y me voy a mimir. ¡Nos leemos!