Una mirada
Natasha sentía como su corazón se paralizaba; era como detener el tiempo. Frente a sus ojos todo ocurría en cámara lenta.
Sus pulmones se habían cerrado, impidiéndole la entrada al oxígeno, y la mirada se encontraba fija en el hombre frente a ella. Quieto. Casi muerto. A un par de metros de distancia, hacía ya cinco minutos que Steve había cerrado los ojos, dejándole con esa amarga incertidumbre del saber, ¿se había desmayado? ¿O era acaso que ya…?
No quería pensar en ello, le aterraba la idea.
Era algo factible, pero lo conocía bastante bien como para decir que nunca la dejaría sola en aquel lugar, en aquellas circunstancias. Había intentado llamarle, pero él no respondía. Ni siquiera estaba segura de que continuara respirando, y todo eso tan sólo aumentaba su desesperación.
No lo quería dejar ir. No quería quedarse sola. Le necesitaba. Más que nunca. Necesitaba escucharle decir que todo iría bien. Necesitaba mirarle a los ojos y sentir el mar de sensaciones que causaba su sonrisa. Había estado evitando pensar en ello pero tal vez sería la última vez que se vieran con vida, y si ese era el caso, ella tenía bastantes cosas que confesar. Su sentir, por ejemplo. Quería que, fuese lo que fuese a pasar, él estuviera al tanto de todo. No más secretos y no más mascaras. En cuanto aquello terminara, porque estaba bastante segura de que lo haría, dejaría que Steve derrumbara la última pieza de sus defensas.
Le dejaría entrar, aunque estaba bastante segura de que ya estaba adentro.
De pronto se encontró deseando poder regresar el tiempo. Si no le hubiera echado del motel, si no le hubiera hecho pensar que lo que sentía era sólo una ilusión de él, si hubiera sido sincera, entonces Steve nunca la hubiera abandonado; entonces, juntos, hubiera sido bastante sencillo salir del almacén.
-Despierta, Romanoff.- Dio un respingo, exaltada. La voz de Whitehall era fuerte, firme, como si estuviera acostumbrado a dar órdenes. No dudaba que lo estuviera. Normalmente ella nunca bajaba la guardia, pero en aquella situación quería guardar sus fuerzas para cuando tuviera la mínima oportunidad de escapar. -No me digas que estás cansada, si apenas vamos a empezar.- Canturreó Daniel con una amplia sonrisa, a pocos centímetros de distancia.
Natasha apretó la mandíbula, no caería tan fácil en las provocaciones de Whitehall.
Desvió su mirada hacia Steve; todavía estaba inconsciente, una capa de sudor le cubría el rostro y el tubo de acero inoxidable aún se encontraba incrustado en su pierna izquierda. Las ansias por hacer pagar a los culpables la carcomían. Apretó los puños, intentando controlar la ira. Nunca antes le había costado tanto trabajo mantener la máscara, no gritar ni llorar.
Por un momento deseó intercambiar los lugares. Ella había sido adiestrada para soportar situaciones semejantes a la del rubio, en cambio Steve nunca fue la presa, él era el héroe, el guerrero que venía a salvar a las personas en desgracia. Ella era la asesina, se merecía estar en el lugar de Rogers, debía ser ella quien estuviera medio muerta, no él.
Lo tenía bien claro, si alguien tenía que salir vivo de allí, ese era Steve. El mundo no necesitaba una asesina más, mucho menos un héroe menos. Si lo ponía en una balanza, la vida de él era mucho más importante que la suya.
Un chasquido de dedos la regresó a la realidad.
Con una simple seña, Daniel le ordenó a dos de sus hombres acercarse a Steve. Natasha les miraba con expectación, mientras, Whitehall se posicionaba a espaldas de ella. Todos sabían lo que vendría. Uno de los hombres tomó la jeringa que su compañero llevaba en una bandeja, después limpió con algodón el interior del brazo de Steve y enterró el utensilio médico de un solo movimiento. Natasha cerró los ojos y apretó los dientes, pasó saliva e intentó ocultar lo mucho que le turbaba aquello.
Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Whitehall al notar la reacción de la pelirroja. Entonces, mientras la jeringa se llenaba con la sangre de Rogers, el pánico crispaba los nervios de Nat. Steve aun continuaba inconsciente, ni siquiera había reaccionado ante la intromisión de la aguja dentro de su cuerpo, Natasha no sabía si aquello era bueno o malo.
El proceso no tardó mucho, pero para la pelirroja fue una eternidad. Observó a ambos hombres caminar hacia ella, sin titubeos, con la jeringa en alto, mostrando la sangre que habían extraído del Capitán. El estomago se le revolvió, sus miradas morbosas y las sonrisas de autosuficiencia le hacían querer romperles el cuello. Tanto así que apenas si se había percatado del momento exacto en que Daniel había liberado su brazo izquierdo para poder limpiar la contraparte del su codo con un pedazo de algodón.
Natasha pensó que aquel era el momento idóneo para atacar, pero poco podía hacer con sólo una mano y tres hombres listos para detenerla. Así que se dejó hacer. No opuso resistencia y respiró hondamente en varias ocasiones. Evocó la imagen de Steve. Si aquello salía mal, si su cuerpo rechazaba la transfusión sanguínea, aquel sería el final de todo. La matarían justo allí y continuarían extrayendo sangre de Steve para poder probarla en otras personas.
Cerró los ojos con la imagen de él en mente. Si iba a morir, lo último que quería recordar era el pacífico rostro del rubio al saludarla por las mañanas, haciéndole creer, por un momento, que todo iría bien. Si moría, por lo menos lo haría con la satisfacción de haber llegado a experimentar aquel sentimiento del que todos hablaban y ella se sentía poco digna de merecer. Steve era perfecto. Sus mejillas, la fina línea que se dibujaba en su frente cuando algo no terminaba de agradarle, ese temblor casi imperceptible de sus labios al estar cerca de ella; había tantos detalles. Tantas cosas que temía olvidar si él se iba de su lado.
Recordó su beso, su último beso. Bajo el techado de lamina del patio, con las gotas de lluvia como música de fondo. En aquel entonces, ninguno de los dos se imaginaba llegar a caer en manos de Hydra; mucho menos estar a punto de compartir el suero que corría por las venas del rubio.
Sintió un piquete, la aguja había entrado.
Aligeró su respiración. Un instante después, los párpados de la mujer se separaron lentamente, dejando al descubierto una mirada fría, indiferente. Se irguió sobre su espalda y relajó el cuerpo; tenía que ser fuerte, por Steve y por ella, porque su historia no podía terminar ahí, no cuando había tantas hojas blancas sin llenar.
Y sin poder evitarlo, le miró una vez más.
Rogers respiraba con dificultad, su pecho ascendía y descendía con lentitud. Era como un compás. Su rostro estaba volteado hacía ella y un leve rubor cubría sus mejillas, debía de tener fiebre. Se veía enfermo, con la piel más blanca de lo normal y bolsas negras rodeando sus ojos.
Sintió la imperiosa necesidad de andar hacia él y besarle, tomarle de la mano y decir que todo estaría bien, porque no había manera, en todo el mundo, de que el Capitán América, el primer Vengador, abandonara la vida siendo un cautivo más de Hydra.
Totalmente embelesada, no reaccionó cuando se escuchó el primer disparo.
Se concentró en los latidos de su corazón, aun seguía con vida.
La bala le rozó la sien. Al instante, uno de los hombres detrás de ella cayó al suelo. Contuvo el aliento. Aun no terminaba de comprender lo que acontecía a su alrededor cuando el estruendo del segundo disparo se hizo presente. Otro hombre cayó. Sin saber cómo reaccionar, buscó con la mirada al responsable de los ataques.
El aire comenzó a hacerle falta. Su respiración se hizo errática y, sin poder contenerlo, un jadeo de sorpresa se escapó de sus labios. Entornó los ojos; ahí, en el marco de la puerta, se encontraba el hombre al que en antaño había dedicado todos sus suspiros.
James Barnes llevaba en un brazo la pistola y en el otro el escudo de Steve.
Su pulso se aceleró cuando los ojos de Barnes encontraron los suyos. Por un momento se sintió a salvo bajo la mirada decidida de él. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que anhelaba aquella situación, porque sólo con James a su lado se sentía segura, él le motivaba a seguir luchando, a pensar en el futuro pero al mismo tiempo en su pasado juntos.
Anonadada, no prestó atención a lo que Whitehall decía, cuando quiso darse cuenta él ya se encontraba en el suelo con una herida de bala en la pierna y la jeringa en su mano izquierda. De pronto, Romanoff comenzó a sentir un vacío que crecía en su interior, el utensilio medico se encontraba vacío.
Ya estaba hecho.
En su cuerpo ya circulaba la sangre de Steve.
Se encontró mordiendo su labio inferior con fuerza, era pura frustración. Esperaba un cambio, que se sintiera diferente, pero nada de eso sucedió, lo que era una buena señal. Decidió que aquel no era el momento para preocuparse por sí misma, la vida del Capitán América pendía de un hilo.
Como si de un deja vu se tratara, Natasha indicó a James que fuera con Steve primero. Se entendían, después de tantos años juntos, sabían que una mirada podía decir más que mil palabras. Así que él acató la orden, se acercó al que en el pasado fue su mejor amigo y, con ayuda del escudo, rompió una a una las esposas que lo retenían a la silla.
Natasha sintió un nudo en la garganta cuando Rogers intentó enfocar su mirada en James y éste, en cambio, le dio la espalda y se aproximó hacia ella.
-Natalia.- Le escuchó decir cuando los separaban ya pocos metros. Su voz era grave, rasposa; tal como la recordaba.
Intentó evitar el contacto visual, pero pronto sus esmeraldas se vieron eclipsadas por los profundos ojos de él. Lo estudió, era la primera vez que lo veía de cerca en mucho tiempo y se sentía extrañamente nerviosa, pese a la situación que los rodeaba. Casi no había cambiado; el cabello azabache seguía con su mismo aspecto, los músculos, ahora un poco más marcados, continuaban robándole el aliento, y se dio cuenta que detrás de esa mirada indescifrable existía algo más, algo que ella nunca había visto, algo que antes no estaba, algo como un pasado, como una historia.
Barnes, por el contrario, se concentraba en romper las esposas, aunque no perdía detalle de lo que la mujer estaba haciendo. Le inquietaba la manera en que ella lo miraba, y, a decir verdad, si él no estuviese ocupado, la miraría de igual manera. Su cabello pelirrojo que tanto le encantaba estaba desordenado; una capa de sudor combinada con polvo le cubría el rostro, ocultando las posibles heridas que pudiese tener, y los labios resecos sólo le decían que necesitaba hidratarse lo más pronto posible.
En un movimiento rápido, James inutilizó la esposa de la mano derecha, la única que le hacia falta, y, por menos de un segundo, su mano rozó la tersa piel de ella. Sucedió tan rápido que nadie podía asegurar lo acontecido, sin embargo ellos dos eran consientes de que había sido real, porque la sensación eléctrica que les recorrió de arriba abajo no se podía imaginar.
Con movimientos torpes Barnes tomó delicadamente la muñeca de Natasha y le ayudó a ponerse de pie. Se mantuvieron así por un par de segundos, frente a frente, respirando el mismo aire.
Se miraron a los ojos y fue como si el tiempo dejase de correr. No supieron cómo, pero la distancia que al principio los separaba era casi inexistente.
Natasha sintió como la mano de James descendía sobre su muñeca hasta lograr entrelazar sus dedos. Se preguntó si era normal el nerviosismo que le provocaba sentir el contacto de su piel con la de él.
Al final, fue James quien la acercó a su cuerpo y le rodeó la cintura con el brazo metálico, mientras con el otro daba caricias a su melena roja. Ella, al principio renuente, se dejó hacer, ansiosa por sentirlo nuevamente.
Respiró con calma mientras se aferraba a los hombros de él como un naufrago se aferra a la orilla del mar. Se obligó a no derramar ni una lágrima. Apenas era consiente de lo mucho que había anhelado aquel abrazo.
De pronto él la abrazó con más fuerza y ella se permitió cerrar los ojos.
El contacto no duró mucho, en cuanto Steve soltó un quejido de dolor ambos se separaron. Sin saber muy bien como reaccionar, Natasha corrió en dirección al rubio, sacando fuerzas de donde no las había.
Steve, gracias al peso de su cuerpo, se mantenía sentado en la silla, aunque hacía ya mucho tiempo que había perdido la lucidez. Natasha se hincó para poder mirarle de frente. Al estar frente a él, su primera reacción fue pasar las yemas de sus dedos sobre las mejillas masculinas. Ascendió lentamente hasta su frente, entonces supo que no se equivocaba, estaba ardiendo en fiebre.
Tomó la mano de Steve y la entrelazó con la suya, cerró los ojos y no pudo evitar que una gruesa lágrima se le escapara.
-B-uck...-
Natasha separó los párpados sólo para encontrarse con la mirada clara de Steve. Sonrió a medias, lo que provocó que más lágrimas salieran. Una mezcla de alivio, preocupación y rabia brillaba en sus ojos.
Miró de reojo a Bucky y le pidió que se acercara. Después señaló el tubo de acero inoxidable. Barnes asintió y tomó la mano libre de Rogers mientras Natasha cernía la suya alrededor del tubo incrustado en la pierna del Capitán. La pelirroja dio una última respiración y tiró de él con bastante fuerza hasta que éste quedó completamente fuera.
El grito que Steve profirió taladró los oídos de la Viuda. Enseguida la espía rasgó la bata que vestía y la ató alrededor de la herida abierta que había dejado el tubo. Le miró y comprobó sus signos vitales. Estaba débil, necesitaba atención médica pronto. Sus ojos se veían fibrosos, desencajados. Natasha temía que no lo lograra.
-Déjame a mí.- Escuchó decir a James mientras hacía el amago de pasar el brazo de Steve sobre su hombro.
-No puede caminar, cárgalo.- Dijo haciendo notar su preocupación.
-¿Y tu?
Hubo un momento de indecisión. La voz de Barnes denotaba preocupación, pero no por Steve. Natasha pasó saliva y contestó:
-Yo estoy bien.
Y sin mas, Barnes cargó con Steve como si se tratase de un saco de papas. El rubio, completamente fuera de sí, balbuceaba una que otra cosa sin sentido debido a la fiebre.
Natasha tomó una de las pistolas que Barnes le ofrecía, enseguida se aproximó a la salida. Antes de abandonar la habitación regresó su mirada, el cuerpo de Whitehall no estaba.
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Cinco minutos atrás, la mayor parte del equipo de Coulson había logrado colarse dentro del Hospital Psiquiátrico de Kings Park, todo esto gracias a una estrecha ventana al nivel del suelo.
Estando dentro del sótano, el nuevo director de S.H.I.E.L.D. dio la orden para dispersarse por todo el lugar. Debían ser rápidos, silenciosos y precisos. Aquella era su única oportunidad; no se aceptaban fallos. Debían golpear, derrotar a la primera, hacer todo lo posible para ayudar a la extracción segura de Skye, Rogers y Romanoff.
-Barnes... ¿confías en él?- Preguntó May después de noquear al primer guardia de seguridad que se cruzó en su camino.
Phil Coulson le miró con el ceño fruncido. -¿Tú no?
-Hasta hace unos meses trabajaba para Hydra.- Le miró. Por un instante logró captar su completa atención.
-Las personas cambian.- Replicó el hombre. -Tal vez recordó, como sea, él no es el enemigo. - Mientras hablaba, sus ágiles dedos se dedicaban a presionar botones en el cronometro de la bomba que Barnes había colocado antes de que ellos llegaran.
-¿Estás seguro?- Melinda lo detuvo antes presionar el botón para iniciar la cuenta regresiva. -Si no salimos de aquí antes de que el tiempo se termine, todos moriremos bajo los escombros.
El tono que la mujer había empleado tenía algo de alarmante. Hasta aquel momento, Coulson no se había detenido a sopesar el plan que El Soldado del Invierno tenía en mente. ¿Y si no lo lograban? ¿Y si no encontraban a sus agentes antes de que el reloj llegara a cero? Entonces él sería el culpable de la muerte de su equipo. No sólo cargaría con la muerte de tres personas, sino con la de ocho. Pero ¿y si sí? ¿Y si salían del hospital con tiempo de sobra? Entonces, una vez que ellos se encontraran dentro del Quinjet, la bomba explotaría, terminando así con una base más de Hydra.
Con esa idea en mente, tomó una gran bocanada de aire y presionó el botón para iniciar la cuenta atrás. A partir de ese momento, todos tenían 30 minutos para encontrar a los raptados y salir de allí.
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-Está hecho.- Se escuchó la escueta voz de May a través de los intercomunicadores. - Tenemos treinta minutos a partir de ahora.
Uno a uno, los miembros del equipo fueron confirmando que habían escuchado el mensaje. Sam, desde el patio trasero, informó que el movimiento en el lugar era nulo; no obstante, Mack recomendó no bajar la guardia, en cualquier momento se darían cuenta de su presencia en el lugar.
-¿Cómo les va allá arriba, Morse?- La pregunta de Wilson se escuchó alto y claro hasta las escaleras de la primera planta, lugar donde se encontraba la rubia junto a Hunter.
-Sin movimiento. Creo que...- Sus palabras fueron sustituidas por varios sonidos de pelea. Tras varios segundos se escuchó un golpe seco, como el que provocaban los bastones de Bobbi al ser utilizados. Enseguida, con voz agitada y entrecortada, añadió: -Todo bien. Sólo fue un...- Se detuvo un momento, dejando a todos expectantes. -¡Demonios! ¡Vienen más!
Un gruñido molesto vino a través de las comunicaciones, seguido de una lluvia de golpes y disparos. Algo iba mal. La estática duró tan solo un par de segundos, los suficientes como para deducir que ya se habían percatado de su presencia en el Hospital.
Una granada lanzada desde las plantas superiores se los informó: el caos había comenzado. Mientras Bobbi y Lance libraban una batalla al interior del Psiquiátrico, los demás trabajaban arduamente en el patio trasero para salvaguardar sus vidas.
El tiempo pasaba y todo cada vez era más intenso. Las balas volaban como pájaros libres en el aire mientras que el equipo de Coulson (los que se encontraban en el patio) hacía todo lo posible para ganar la contienda. May y Mack se encontraban peleando cuerpo a cuerpo contra varios agentes de Hydra; mas atrás, Sam, con ayuda de Coulson, disparaba hacia los francotiradores que se asomaban por las ventanas mas altas.
Tremendo lío, pensó Bobbi desde el segundo piso, a la vez que caminaba cautelosamente a través de los corredores. Desde su posición, ella y Lance podían escuchar perfectamente la contienda que se llevaba a cabo abajo.
-Hey, Bob.- Susurró Hunter jovialmente. La rubia le dedicó una mirada rápida, alentándole a hablar. -¿No te parece extraño esto?
-Ya estoy acostumbrada a que no te calles.- Contestó con el mismo tono que él había empleado. Fue cortante, dura, pero su voz denotaba algo de gracia.
-Sabes a lo que me refiero.- Rodó los ojos mientras se preparaba para doblar en el pasillo. -Nosotros dos, rescatando al Capitán América y a la Viuda Negra. Nunca lo habría imaginado. - Sonrió de medio lado.
-Sí.- Morse sonrió, preguntándose por qué su compañero nunca dejaba de ser tan cabezota. -Ahora que ya lo has dicho, ¿será posible que te concentres en la extracción?
-No soy yo el que no está concentrado.
Bárbara le echó una mirada rápida. -¿De qué hablas?
-Es bastante obvio que...- La palma de Morse sobre su pecho le obligó a callar. Enseguida su espalda tocó la pared detrás de él. -¿Que...
Bobbi le calló con la mirada mientras señalaba su oído. Entonces Hunter prestó atención a las pisadas apresuradas que se acercaban por el pasillo contrario. Rodó los ojos. Ambos, al mismo tiempo, apuntaron con sus armas hacia en frente.
Comenzaron a caminar ágilmente, teniendo especial cuidado en no tropezar con los escombros, aunque la falta de luz les dificultaba la tarea. Conforme se adentraban más en el lugar, veían las lámparas de varias habitaciones encendidas, dejando salir un halo de luz a través de la ranura entre el piso y la puerta. Se preguntaron en cual de todas ellas estarían sus compañeros.
Al doblar en la esquina, ambos listos para atacar, se encontraron con una imagen que les dejó sin aliento momentáneamente. Lance fue el primero en reaccionar, bajando su arma con un bufido.
-Caray, Nat. Que mal aspecto tienes.- El comentario jovial de Hunter cortó el incomodo momento que estaban atravesando.
Fue el turno de los demás para bajar sus armas. Natasha dejó escapar un bufido mientras el esbozo de una sonrisa se hacía presente.
No hay excusas, lo sabemos :c
No nos odien por no actualizar en mucho tiempo... Entre tantas cosas apenas si tenemos tiempo para nosotras, pero intentaremos actualizar más seguido c:
