CAPITULO 12

A la mañana siguiente, tras una noche en la que Bella se despertó empapada en sudor por las pesadillas que sufría desde niña, agotada, decidió seguir durmiendo. Lo necesitaba.

Rosalie, que dormía con ella, sabía que abrazándola y hablándole con cariño se tranquilizaba. Consciente de la mala noche que su amiga había pasado, cuando se levantó procuró no hacer ruido y, en silencio, se vistió y salió de la habitación. Cuando Bella se despertó algo repuesta, era ya la hora de la comida. Se levantó y se aseó, pero al asomarse a la ventana vio a Edward con sus hombres y de pronto el corazón le aleteó.

¿Qué le ocurría?

Estaba desconcertada, asimilando ese sentimiento, cuando se abrió la puerta y apareció Jessica, que, al verla, dijo:

—No tienes buena cara. Rosalie me ha dicho que no has pasado buena noche, ¿es verdad? —Cuando ella asintió, su hermana añadió—: Ordenaré que te traigan una bandeja con sopa y estofado. Come algo y luego duerme, ¿entendido?

Ella asintió de nuevo, pero al levantarse Jessica, la cogió del brazo y le sonrió agradecida; sin embargo, al tocarla Bella, la otra hizo un gesto de dolor.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó.

Recomponiéndose rápidamente, Jessica negó con la cabeza y, cogiéndose el brazo derecho, contestó:

—Nada.

Sin hacerle caso, Bella le apartó la mano y, al subirle la manga del vestido, vio un enorme moratón.

—¿Cómo te has hecho esto? —inquirió.

Jessica no supo qué contestar y su hermana, horrorizada, insistió:

—¿Te lo ha hecho Tyler?

—No… Oh, no… pero ¡qué cosas dices! —No obstante, los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No te creo, ha sido él, ¿verdad?

Finalmente, Jessica asintió, pero bajándose rápidamente la manga del vestido, explicó:

—Fue sin querer. Estábamos hablando y…

—Eso no se hace sin querer, Jessica.

Ésta quiso marcharse, pero Bella, sujetándola por la falda, murmuró:

—Sé que no eres feliz con Tyler. Nunca te dice palabras cariñosas, ni tú a él, y he visto cómo miras a Mike. ¿Qué está ocurriendo aquí?

—Nada…

Bella clavó la mirada en ella y musitó:

—Nunca me has dicho por qué te casaste con Tyler en lugar de con Mike. Sé que estabas muy enamorada de éste y nunca entendí tu cambio de última hora.

Su hermana negó con la cabeza y simplemente respondió: —Me debo a mi marido. Él es mi señor y…

—Jessica, ¿qué ocurre?

Sin querer seguir hablando, ésta salió de la habitación, dejando a Bella descolocada.

Un buen rato después, sentada en el alféizar de su ventana, Bella comía mientras observaba el bosque, su bosque. Un lugar que adoraba y odiaba al mismo tiempo. Observó entrenar a los Steward de Mike. Sin duda eran buenos. De pronto vio a Rosalie caminar por el patio del castillo en compañía de Emmett, mientras le sonreía con coquetería.

¿Otra vez con él?

Pero ¿qué hacía aquella insensata?

Quiso bajar para decirle algo, pero no debía.

Cuando doblaron la esquina del patio, dejó de verlos, pero entonces apareció Edward Cullen caminando solo y con decisión. Se acercó hasta su negro e impresionante caballo y, tras darles dos palmaditas afectuosas en el cuello, acercó la cabeza a la del animal para decirle algo. Ese gesto tan íntimo le gustó. Era el mismo que ella hacía con su yegua Briosgaid. Una bonita yegua color canela oscuro, que su buen amigo Billy Black le compró años atrás y que él cuidaba como si fuera suya.

Desde la ventana, observó también cómo el laird Cullen, tras dejar a su caballo, bromeaba con las pequeñas gemelas, que se acercaban correteando. Su padre tenía razón: su gesto tierno y cómo les sonreía demostraban que le gustaban los niños.

Jessica se le acercó con el pequeño John. Hablaron unos instantes y, de pronto, Edward cogió al bebé. Su candorosa sonrisa al mirarlo le gustó y la hizo sonreír. Poco después, su hermana cogió a John y se marchó y entonces Edward se volvió y miró hacia su ventana.

Al verse descubierta se quedó sin aliento y se agachó rápidamente, pero al hacerlo se dio un golpe en la frente. El golpe la impulsó hacia atrás y acabó sentada en el suelo.

—¡Maldita sea!

¿Cómo había sido tan torpe?

Cuando consiguió levantarse, se asomó con tiento de nuevo a la ventana y vio que Cullen y su caballo ya no estaban en el patio del castillo. Bella se tumbó en la cama y decidió dormir. Lo necesitaba.

Cuando se despertó, tras desperezarse pensó en ir al riachuelo a refrescarse y, sin decirle nada a nadie, salió de su aposento, luego del castillo y se encaminó hacia el lugar. Allí no había peligro.

Al llegar, miró que nadie la hubiese seguido y que no hubiera nadie merodeando por los alrededores. Aquel sitio era su pequeño paraíso, adonde acudía desde niña con sus hermanas para bañarse. Encantada, sonrió mientras se desnudaba.

Instantes después, una exclamación de placer salió de su boca al sumergirse en el agua. Su madre les había enseñado a nadar a todos los hermanos desde muy pequeños y disfrutó de la sensación de libertad que aquel momento le ofrecía. Contenta, comenzó a tararear.

"Mi mente se nubla

si me miras y escuchas

y mi corazón aletea

cuando te vas y alejas.

Me llamas, mi cielo

sonrío y te beso

tú eras mi vida

y yo lo sabía.

Y cada mañana

tu flor nunca falta

y ansiosa la espero

y anhelo tu beso."

Durante un buen rato estuvo cantando las canciones que habían tocado la noche anterior en la fiesta. Las que hablaban de amor eran sus preferidas y, aunque ese sentimiento era nuevo para ella, la aparición de Edward Cullen la hacía entenderlas.

Era verlo y nublársele la mente, como decía la letra. Era olerlo y temblar. Era oírlo y el corazón le aleteaba. Sin duda, las canciones ahora la hacían ver cosas que antes nunca había visto, y eso le gustaba al tiempo que la inquietaba. ¿Por qué aquel hombre la hacía sentir así?

Cuando se dio por satisfecha y fue a salir del agua, se quedó de piedra al ver aparecer el caballo de Edward Cullen. El animal sin jinete se acercó al agua y comenzó a beber junto a su ropa.

¿Qué hacía allí aquel animal? ¿Y su dueño?

Dudó si salir o no y decidió esperar a que el caballo se marchara. Pero su desesperación fue total cuando de pronto vio aparecer al guapo highlander de pelo claro y sonrisa intrépida, que se sentó en el suelo junto a su ropa.

Edward, sabiendo que ella estaba allí, tras localizarla semi escondida entre la maleza, le dijo:

—Seguid cantando, milady, tenéis una bonita voz.

Horrorizada, Bella no contestó y él insistió:

—¿Es vuestra esta ropa?

Molesta por su impertinente pregunta, respondió, controlando la irritación de su voz:

—¿Acaso lo dudáis?

Al oírla, Edward esbozó una sonrisa. La había visto salir del castillo y había decidido seguirla. Nunca se imaginó que iba a ver el espectáculo que la joven le ofreció. Agazapado entre unos matorrales, la había mirado desnudarse, nadar y cantar. Bella era una preciosa y deseable mujercita y, tras verla desnuda, eso era aún más claro.

Al principio pensó en marcharse, pero ante el temor de que pudiera ocurrirle algo, decidió esperarla. Sin embargo, su impaciencia creció al perderla de vista en el agua y decidió ir hasta la orilla. Deseaba que supiera que, si él la había visto, cualquier otro podría hacerlo.

—Salid del agua o cogeréis una pulmonía.

Desnuda y nerviosa, Bella gimió.

—No… no… ¡Oh, Dios mío!

Edward comentó:

—Nunca he conocido a nadie que dijera tanto «¡Oh, Dios mío!» como vos. ¿No os cansáis de repetirlo?

Ella sonrió, pero en el mismo tono de voz, exclamó:

—¡Oh, Dios mío, no!

Divertido, él preguntó:

—¿Qué hacéis aquí sola?

—Me estaba bañando.

—¿No os quedó claro anoche que no debéis andar sola? —Ella no contestó y Edward insistió—: ¿Acaso Jacob y Seth no os protegen en un momento tan íntimo?

—Hoy no.

—¿Hoy? —preguntó él, frunciendo el cejo—. ¿Acaso otros días sí están aquí?

Pensando rápidamente, Bella dijo:

—Como vos visteis, ellos son mis fieles acompañantes y…

—¿Y van con vos a todos lados, aunque estéis desnuda como ahora? —gruñó, levantando la voz.

—No os interesa —replicó, incómoda con la conversación—. Pero ¿quién os habéis creído que sois para preguntar eso?

Durante varios segundos, ambos permanecieron callados, mientras Edward se regañaba a sí mismo. La muchacha tenía razón, ¿qué hacía él preguntando aquello? Al final, preocupado por que pudiera coger frío, dijo:

—Vamos, Bella, sal del agua.

Oír su nombre en su boca le gustó. Era agradable cómo lo decía, pero en tono chillón, gritó:

—Es escandaloso que me tuteéis con esta libertad. Como diría mi hermana Jessica, es indecoroso y no se ciñe a las normas.

Su risa le llegó de nuevo y luego lo oyó decir:

—De acuerdo, milady, nos ceñiremos a las normas. Salid del agua.

En un tono de voz bajo, ella respondió:

—Haced el favor de daros la vuelta si queréis que lo haga.

—¿Y privarme de contemplar vuestros encantos?

—¡Oh, Dios mío! Haced el favor de no ser tan descarado e indecoroso.

A cada segundo más divertido, Edward se dio cuenta de que le encantaba hacerla rabiar y preguntó:

—¿Por qué decís eso, milady?

—Porque estoy desnuda, por el amor de Dios.

Él soltó una carcajada y estuvo tentado de decirle que ya la había visto desnuda, pero finalmente se lo calló.

—¿Os vale si me tapo los ojos con las manos?

—Oh, Dios mío, ¡no!

El highlander volvió a reír. Sin duda lo estaba pasando bien y Bella, en tono lastimoso, dijo:

—De acuerdo, señor. Moriré congelada y sobre vuestra conciencia caerá mi terrible y angustiosa muerte.

—¡Oh, Dios mío! —se mofó Edward, haciéndola reír.

Divertido, la apremió:

—Salid sin miedo, milady. He visto los encantos de muchas mujeres desnudas. No creo que me vaya a asustar por veros a vos.

Sorprendida por su poca vergüenza, respondió aflautando la voz:

—Laird Cullen, mi padre se enfadará mucho si le cuento lo que me acabáis de proponer, y más tras lo ocurrido anoche con vos. Lo que insinuáis es inmoral. Es más, seguro que, si Jacob o Seth se enteran de vuestras deshonestas palabras, os matarán.

—Por el amor de Dios, no me asustéis —dijo él, muerto de risa e, incapaz de no añadirlo, dijo—: Pero sabed que nadie levanta su espada contra mí sin salir perjudicado.

—Oh… pues que yo sepa, os asaltaron en el bosque y vos no pudisteis levantar la espada contra nadie, ¿o me equivoco?

Molesto por sus palabras, fue a responder, cuando ella, divertida, prosiguió:

—Si mal no recuerdo, fue la banda de encapuchados la que os salvó, ¿verdad?

Con el entrecejo fruncido por lo que ella insinuaba, Edward contestó: —Vuestros amigos son demasiado jóvenes para que yo les tema, milady.

Bella, divertida al ver que no había contestado a lo que ella había insinuado, replicó:

—Son muy buenos con el acero.

—¿Mejor que yo?

Al escuchar su tono de voz, replicó algo molesta:

—A vos no os he visto, pero sí he visto a Jacob y Seth, y son valientes y rápidos. Sin duda los mejores del castillo.

Edward sonrió y se mordió la lengua para no ser sarcástico. En aquel castillo sólo había mujeres y hombres demasiado mayores como para luchar, a excepción de los dos jóvenes a los que la joven se refería. De repente, se levantó y, dándose la vuelta, dijo:

—De acuerdo, me habéis convencido de la destreza de esos dos muchachos. Pero para solucionar el problema que ahora nos atañe a ambos, sólo os diré que tenéis un corto espacio de tiempo para salir del agua antes de que me arrepienta de mi acto caballeroso y me dé la vuelta. Vos decidís si salís o no.

Al comprobar que, en efecto, no estaba mirando, Bella corrió hacia la orilla, donde, controlando los movimientos de él, comenzó a vestirse mientras murmuraba para hacerle ver lo asustada que estaba:

—Oh, Dios mío… Oh, Dios mío…

Edward soltó una carcajada. En realidad, era muy respetuoso con las mujeres, aunque aquella joven creyese lo contrario y él aún no entendiera su reacción con ella la noche anterior. Así que esperó con paciencia hasta que, de pronto, oyó un golpe y, al volverse, la vio sentada en el suelo, pero vestida.

Agarrándose un pie, Bella se miró uno de sus dedos y masculló:

—Me lo acabo de machacar con esa piedra, ¡qué dolor!

Edward se agachó y vio que tenía el dedo pequeño de color rojo y palpitante. Ver su carita arrugada y cómo se quejaba lo hizo sonreír y, sin decir nada, la cogió en brazos. Bella protestó, pero él no le hizo caso y la llevó hasta una zona donde aún daba el sol. Una vez la soltó sobre la hierba, dijo:

—En la sombra os enfriaréis. Aquí, en el sol, se os secará el pelo y el cuerpo. Estáis empapada y tiritando.

Esa galantería a Bella le gustó. Sin duda, era un auténtico caballero cuando se lo proponía, y en su mente se cruzó su actitud posesiva de la noche anterior. Eso la hizo acalorarse. Y pensar en cómo la había besado en la cueva y apretado contra él la hizo soltar un inaudible gemido de placer.

Sin percatarse de lo que a ella le pasaba por la cabeza, Edward se sentó a su lado y, mirándole el pie, preguntó:

—¿Os sigue molestando el dedo?

Bella se lo miró y, cuando fue a responder, él, contemplándola, susurró:

—Menudo golpe os habéis dado en la frente. —Ella sonrió y Edward añadió—: ¿En serio sois tan torpe siempre?

Bella pensó hacer un puchero y echarse a llorar, era lo que seguramente él esperaba, pero le apetecía charlar con aquel hombre antes de volver a ser la atontada hija pequeña de Swan, por lo que, encogiéndose de hombros, respondió:

—Sí, a menudo soy muy… muy torpe.

Sin saber por qué, Edward alargó una mano y, con delicadeza, le tocó los labios. Bella, asustada, no se movió. ¿Los habría reconocido? Le dejó hacer mientras disfrutaba de aquella extraña intimidad entre ellos, hasta que, pasados unos segundos, él retiró la mano.

—¿Por qué seguís temblando? ¿Os doy miedo? —preguntó Edward en voz baja.

La pregunta la pilló por sorpresa. No era miedo precisamente lo que sentía y, como pudo, musitó:

—Tengo frío.

Hechizado por los ojos claros de ella, Edward dijo:

—Os abrazaría para daros calor, pero temo que vos lo consideraseis algo impúdico.

Fascinada por su cercanía y por lo que su cuerpo le estaba pidiendo, Bella asintió.

—A la par que deshonesto y atrevido —susurró.

Al oírla, el highlander soltó una carcajada que a ella le supo a gloria e, inconscientemente, Edward le revolvió el cabello rojo con tal naturalidad que a Bella no le molestó.

La ternura que aquella joven le despertaba lo desbordaba y, mirando su boca que tanto lo tentaba, esbozó una sonrisa. Pero se separó de ella antes de cometer una tontería. Aquella muchacha no era como las mujeres que él frecuentaba y no debía de tratarla como tal.

—Me alegra tener una conversación sin que lloréis.

Bella sonrió mientras se retiraba el cabello de la cara, pero no dijo nada.

—¿En serio debemos seguir con estos formalismos, milady? —preguntó Edward—. Vos sabéis que me llamo Edward y yo sé que os llamáis Bella, ¿por qué no tutearnos?

—Por decoro.

—¡Malditas reglas! —masculló él.

A Bella le hizo gracia oírlo. Aquello era lo que su madre decía siempre y preguntó:

—¿Qué habéis dicho?

—Simplemente he dicho «¡Malditas reglas!». De donde yo vengo, la gente no se anda con tantas pamplinas. Allí, al ser una joven soltera, serías Bella sin más, pero ya veo que aquí eres…

—Bella —respondió ella, cortándolo.

Edward la miró y asintió divertido y entonces musitó:

—¡Oh, Dios mío! —Ambos se echaron a reír y él, encantado, añadió—: Será un placer que me llames por mi nombre, ¿de acuerdo?

—Ajá…

Aquella rápida y desenfadada respuesta hizo que Edward la mirara. Sólo otra mujer que había conocido contestaba de aquella manera. Al darse cuenta de su mirada y de lo que había dicho, Bella rápidamente soltó con voz de tontorrona:

—Sólo nos tutearemos durante este rato, una vez regresemos al castillo, debemos tener decoro y decencia.

Edward sonrió. Sin duda alguna, a la mujer en la que pensaba el decoro y la decencia no le importaban y, mirando a la dulce joven que tenía delante, contestó:

—De acuerdo. Una vez lleguemos al castillo, todo será como quieras.

Sin decir nada más, Bella se dejó caer sobre la hierba, dispuesta a tomar el sol y secarse. El corazón le latía desbocado. La fuerza y virilidad de aquel hombre la anulaban, cuando lo oyó decir:

—¿Sabes que tienes una bonita voz?

Eso la sacó de sus pensamientos y él continuó:

—Antes cantabas una canción que me gusta, una que dice algo sobre el corazón que aletea, ¿me la podrías cantar de nuevo?

—No.

Edward sonrió ante su tajante respuesta y, contemplándola con la mirada ante la que sucumbían todas las mujeres, insistió en voz baja y sensual:

—Por favor, bella entre las bellas, me haríais muy feliz si la cantaseis.

Incapaz de resistirse a sus halagos, Bella, mirándolo, canturreó:

Mi mente se nubla

si me miras y escuchas

y mi corazón aletea

cuando te vas y alejas.

Me llamas, mi cielo

sonrío y te beso

tú eras mi vida

y yo lo sabía.

Y cada mañana

tu flor nunca falta

y ansiosa la espero

y anhelo tu beso.

Una vez terminó, Bella calló y Edward aplaudió.

—Qué bonita canción, y con tu voz es preciosa.

—Gracias.

—¿Quién te la enseñó?

—Mi madre. Ella nos enseñó esta canción y otras.

Con disimulo, lo miró con el rabillo del ojo y vio que él la miraba. Inquieta, observó cómo su mirada comenzaba en su rostro, proseguía por su cuello, sus pechos y continuaba su recorrido hasta sus pies. Eso la excitó. La acaloró.

Se mordió el labio inferior para reprimir un gemido que brotó sin querer y, poco después, oyó que se dejaba caer a su lado y decía:

—Tengo que disculparme por mi rudo comportamiento de anoche durante la fiesta. No suelo ser así con las mujeres, y menos con las bonitas y encantadoras.

—Estás disculpado.

Con el corazón martilleándole en el pecho, tomó carrerilla y preguntó:

—¿Es verdad que en tus tierras abundan las mujeres valientes?

Edward cogió una brizna de hierba, se la puso entre los labios y, con las manos debajo de la cabeza a modo de almohada, asintió.

—No tantas como quisiéramos, pero las que hay son auténticas guerreras.

Bella sonrió. Le encantaría visitar aquellas tierras y, al recordar algo, dijo:

—Edward… —Al pronunciar su nombre, el corazón se le desbocó, pero consiguió continuar—: Te oí hablar de la hermana de Emmett, Chelsea era su nombre, ¿verdad?

—Sí.

Y, dispuesta a averiguar lo que necesitaba, preguntó:

—¿Es tan guerrera como decís?

—Más aún —rió Edward al pensar en su buena amiga—. Es una mujer fuerte y valerosa, que protege a los suyos con su propia vida.

—¿La cortejaste?

El highlander soltó una carcajada ante sus palabras y, tras negar con la cabeza, respondió:

—Cuando la conocí ya era la mujer del laird Félix McRae. Pero no dudo de que, si la hubiera conocido antes, la habría cortejado. Chelsea es una mujer muy especial.

Molesta por aquella intimidad al referirse a esa mujer, se recostó sobre la cadera para mirarlo.

—Por tus palabras parece que sientes algo por ella.

Sorprendido, Edward la miró y, poniéndose él también de costado para estar frente a ella, dijo, mientras observaba cómo el sol iluminaba su piel:

—¿Sabes?, no eres la primera persona que piensa eso. Pero no es así en absoluto. Lo que siento por ella es un gran afecto y una gran admiración. Chelsea es una buena mujer que ha sabido ganarse el cariño y el respeto de todos, y nunca se me ocurriría imaginar cosas no acordes con nuestras posiciones. Si algo valoro en esta vida es la amistad, y ella es la esposa de mi buen amigo Félix y nunca haría nada que pudiera molestar a ninguno de los dos. También siento una gran admiración por Maggie, la mujer de Laurent McRae. —Y, sonriendo, cuchicheó—: Ambas son buenas amigas mías y, aunque me han metido en algún lío por ayudarlas en algunos momentos puntuales de sus vidas, reconozco que lo haría un millón de veces más.

—¿Tan excepcionales son?

—Ni te lo imaginas.

Y al ver que él sonreía tras contestarle, replicó:

—¿De qué te ríes?

Edward estaba imaginando la cara de sus amigas si se encontraran con la delicada joven que tenía delante, y respondió con sinceridad:

—De que tú y ellas no tenéis nada que ver. Ellas son mujeres diestras y guerreras y tú una damita llorona y torpe. Si te conocieran, no dudo que te apretarían para que no llorases tanto y aprendieras a manejar el acero.

—Dios me libre —respondió ella.

Pero interiormente, Bella se congratuló. Cuánto le gustaría demostrarle que ella era como esas mujeres que acababa de describir, pero se contuvo. Su secreto debía seguir siendo secreto.

Entre bromas, hablaron un buen rato y cuando el sol empezó a ocultarse, Bella suspiró. No podía dejar de mirarle los labios. Ansiaba besarlo e, intentando saber más de él, dijo, con un hilo de voz:

—¿Puedo preguntarte algo sin que me consideres indiscreta?

—Puedes —sonrió Edward.

—Es algo muy personal.

—Hazlo.

Dispuesta a todo, Bella tomó aire y dijo:

—¿Alguna mujer especial os espera en Kildrummy?

Sorprendido por la pregunta, pensó en Tanya Denali. Sin duda, ella esperaba verlo con más ansia que él a ella, y respondió:

—Sí.

La desilusión la inundó, pero no dispuesta a dejarse amilanar, insistió:

—¿Y es también una brava guerrera, como las mujeres de tus amigos?

Edward soltó una carcajada. Tanya no tenía nada que ver con Chelsea y Maggie.

—Aunque es una buena amazona y tiene otras cualidades, como la belleza y el saber estar, no tiene nada de guerrera —contestó.

Esa aclaración a Bella le gustó y siguió preguntando:

—¿Cómo se llama esa mujer que os espera?

—Tanya Denali.

—¿Y la amáis?

Algo desconcertado por tantas preguntas, Edward torció el gesto y replicó:

—Yo sólo conozco el amor que siento por mi madre. No busco más.

—¿No os decís cariñosas palabras de amor?

—¿Como tú haces con tu padre?

Molesta por la mofa que vio en su mirada, repuso:

—Mi padre es un hombre cariñoso, que se dirige a nosotras con palabras llenas de amor y afecto. Como él dice, son palabras que salen del corazón, y yo lo ratifico.

—Vaya… —rió Edward, al pensar que eso mismo decía su madre y, divertido, añadió—: Las palabras edulcoradas como «cariño», «cielo», «mi vida», «mi amor» no van conmigo y mi condición de guerrero.

—¿Y con tu enamorada?

Al pensar en Tanya y en su frialdad, que le habían señalado su madre y sus amigos, respondió:

—Tanya es una bonita mujer llena de cualidades, a la que no le hace falta decirme palabras dulzonas. Estoy convencido de que ella piensa como yo en eso y otros asuntos.

—¿No te parece insensible pensar así? —inquirió Bella, atónita.

Edward negó con la cabeza.

—No. Simplemente soy práctico. Cuando nos casemos, mi vida no cambiará en nada, excepto en que habrá otra mujer esperándome en Kildrummy, además de mi madre y, seguramente, algunos chiquillos.

Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, hasta que ella volvió a la carga.

—¿Puedo preguntar algo más?

—Si no mencionas eso que tú llamas «amor», por supuesto.

Esa respuesta la hizo sonreír.

—¿Por qué tú y tus hombres estabais acampados en el bosque la noche que os asaltaron?

Con una encantadora sonrisa, le explicó:

—Regresaba de la abadía de Dundrennan. Por deseo expreso de mi madre, llevo meses buscando a mi hermano James y nos avisaron de que allí había un hombre herido y…

—¿Era él?

Edward negó con la cabeza.

—No, no era él. —Y al ver cómo lo miraba la joven, añadió—: Mi relación con James no es tan buena como la tuya con tus hermanas. Digamos que James decidió seguir el mal camino y que no estoy de acuerdo ni con él ni con sus fechorías.

—Lo… lo siento —murmuró Bella, al ver que su sonrisa desaparecía y fruncía el cejo.

Pero tras unos segundos en silencio, volvió con las preguntas.

—¿Crees que la mujer del bosque es valiente?

—¡¿Hada?!

Bella fue a decir «¡Ajá!», pero se contuvo y sólo asintió. Al recordarla, Edward se tocó el chichón de la cabeza, se tumbó boca arriba y respondió con voz más íntima:

—Sin lugar a dudas. Su arrojo, su osadía y su valor así me lo hicieron saber. Sólo espero volverla a ver antes de regresar a Kildrummy.

Ella sonrió con disimulo y, aunque su inminente marcha la apenaba, afirmó:

—Haces bien regresando a tu hogar.

No muy convencido, Edward contestó:

—Sí, los hombres están impacientes por regresar y ver a sus familias.

—¿Y tú no estás impaciente por ver a Tanya?

—¿Quieres saber la verdad?

—Siempre —asintió Bella.

Edward suspiró y, meneando la cabeza, dijo:

—Cuando estoy con ella, disfruto de sus bonitos ojos, de sus delicados gestos y de su preciosa sonrisa, pero ¿sabes?, mi madre cree que es una mujer fría, insensible con la gente de su alrededor, mimada y consentida por sus padres.

—¿Y tú piensas como lady Esme?

—Sí. Estoy totalmente de acuerdo.

—¿Y pensando así te vas a casar con ella?

—Seguramente. —Y al ver su cara de desconcierto, añadió—: Es una mujer muy bella y sin duda seré la envidia de muchos guerreros.

Bella se quedó pensativa. Ella no querría tener un marido así.

Edward la miró a la espera de otra pregunta, pero Bella permaneció callada. Así estuvieron unos minutos, hasta que ella anunció:

—He de regresar al castillo.

Levantándose, Edward la agarró del brazo.

—Permite que te lleve en mi montura. Vamos al mismo sitio.

Bella miró el caballo. Se moría por montar en él. Era hermoso y enorme, pero adoptando una actitud temerosa, balbuceó:

—No… me… mejor que no.

Sin soltarle el brazo, Edward insistió:

—Vamos, confía en mí.

—No.

Dándole un suave tirón, se agachó un poco para quedar a su altura y susurró:

—Soy más grande y más fuerte que tú. ¿Acaso anoche no te quedó claro? Además, puedo obligarte.

De eso no cabía la menor duda. Bella era menuda y delicada, y él le sacaba una cabeza. Haciéndose la modosita, intentó alejarse, pero al hacerlo dio un traspié. Edward la agarró para que no se cayera y ella acabó con su nariz enterrada en el pecho de él. Notó su risa y levantó los ojos para mirarlo.

—Vamos, no seas niña. He dicho que te llevaré.

—No soy una niña, soy una mujer.

Edward soltó una carcajada.

—Siento decirte que, si te comparo con la clase de mujeres a las que yo estoy acostumbrado, tú para mí eres un tierno bebé.

Molesta por ese comentario, intentó zafarse de su brazo, pero fue inútil.

—¿Por qué te enfadas? —le preguntó él—. ¿Acaso no eres una dulce y tímida damita? —Bella no dijo nada y él aclaró—: Si digo que, para mí, o para muchos hombres, eres un tierno bebé, es porque intuyo que eres inexperta en las lides del amor y el deseo, ¿verdad?

Acalorada por lo que le decía, se dio aire con la mano y, con gesto divertido, Edward se mofó:

—Te agradecería que no dijeras «¡Oh, Dios mío!», y que no llorases.

Esas palabras la hicieron sonreír y, retirándose el pelo de la cara, contestó:

—No tengo experiencia en lo que dices, pero…

—¿Has besado alguna vez?

Boquiabierta ante la pregunta, afirmó:

—Por supuesto. Tengo una familia a la que me encanta besar.

—No hablo de esos besos, Bella —susurró él en un tono íntimo de voz—. Hablo de otros besos diferentes. De besos de pasión, calientes y posesivos.

Hechizada por aquella conversación que le estaba haciendo sentir algo entre las piernas que nunca antes había sentido, negó con la cabeza y mintió al recordar los besos que se habían dado.

—Esa clase de beso aún no.

Esa aclaración le gustó a Edward y, tocándole con afecto la punta de la nariz, dijo:

—Hazme caso y guarda ese otro tipo de besos para quien tú desees.

—¿Tú los guardas para Tanya Denali?

Sorprendido por esa pregunta tan descarada, la miró y respondió:

—No. Pero tú procura no sucumbir a los hombres como yo o…

—¿Tan malo eres?

Edward negó con la cabeza y, divertido, explicó:

—No soy malo. Sólo un hombre experto al que le gustan las mujeres y satisfacer mis deseos y los de la fémina que en ese instante esté conmigo. —Y al ver cómo lo miraba, añadió—: Los hombres como yo, cuando besamos, sabemos muy bien lo que queremos hacer y dar a cambio.

—Seguro que deseas lo mismo que anoche deseaba Eric Steward, ¿verdad?

Edward se tensó.

—Compararme con ese patán no es agradable, pero sí, Bella, hay ciertas cosas que tú no sabes y que sin duda cualquier hombre, sea Steward o Cullen, desearía de ti.

Acalorada por aquella conversación tan íntima con un casi desconocido, sintió que la respiración se le aceleraba. Lo que ella sentía cada vez que lo miraba seguramente era deseo, fogosidad, acaloramiento y, dejándose llevar por ello, preguntó:

—¿Puedo preguntarte algo más?

—Eres muy preguntona, ¿verdad? —observó él divertido.

Bella sonrió y, dejándolo totalmente descolocado, planteó:

—Acabas de decir que tus besos posesivos no los guardas para Tanya Denali, ¿no es eso?

—Sí.

Consciente de la locura que iba a decir, cerró los ojos y soltó de carrerilla:

—Entonces, si yo te pidiera uno, ¿me lo darías?

Edward la miró sorprendido. ¿Aquella tímida muchacha lo estaba tentando? ¿Se le estaba ofreciendo?

Con deleite, miró aquellos labios que desde un principio le habían llamado la atención, después sus dulces ojos y, tras convencerse de que no debía hacer lo que su entrepierna le pedía, le pasó la mano por el cabello y respondió:

—No.

—¿Por qué?

Sorprendido por su insistencia, torció el gesto y dijo:

—Bella, piensa en el decoro. Eres una inocente doncella y…

—¿Y si yo te lo pido para aprender?

Incrédulo de que la dulce y tierna Bella quisiera continuar con aquella conversación, susurró:

—Ahora soy yo el que dice eso de «¡Oh, Dios mío!».

Divertida al verlo por primera vez tan desarmado, ella dio un paso adelante y, dispuesta a conseguir su propósito, dijo:

—Sé que esta conversación es indecorosa y lo que te pido también, pero nunca le he dado un beso apasionado a un hombre. Y ya que tú eres un experto en mujeres y me gustas…

—¿Te gusto?

Al ver su sonrisita de conquistador ante ese descubrimiento, Bella puso los ojos en blanco y respondió:

—Sabes de sobra que eres un hombre muy apuesto y que gustas a las mujeres. ¡No seas necio e impertinente!

Edward soltó una carcajada y ella insistió:

—Te acabo de pedir un beso. De acuerdo, lo que te acabo de proponer es pecaminoso, a la par que terriblemente descarado, indecente y atrevido, pero sería algo que quedaría entre tú y yo. Nadie tendría por qué saberlo, ni siquiera Tanya.

Incrédulo, él la miró. Era una joven deseable, a pesar de sus tontos lloriqueos. Pero lo que le pedía no debía hacerlo. Sin lugar a dudas, aquella muchacha se merecía un bonito beso de amor que recordara toda su vida y él no podía dárselo.

—No, Bella. Lo siento, pero no.

—¿Tan poco deseable soy para ti? —Hizo un puchero.

—No, no es eso. Y no se te ocurra lloriquear.

Con maestría, ella hizo que le temblara la barbilla y asintió con la cabeza.

—Vale… me has rechazado.

A pesar de los impulsos que sentía ante su insistencia, él se mantuvo firme y contestó:

—Tómalo como quieras.

—No llevo muy bien el rechazo.

—Pues ve aprendiendo que en esta vida no todo puede ser.

Bella lo miró. Si alguien sabía que en la vida no todo podía ser, ésa era ella.

—Me acabas de hacer sentir fea, horrorosa, poco deseable, imperfecta, desagradable y…

—Pero ¿qué estás diciendo, mujer? —gruñó él al escucharla—. Yo no he dicho nada de eso.

—Eso es lo que me hace sentir tu rechazo.

Desesperada por volver a sentir sus labios, al ver que la miraba lo provocó con rabia:

—Seguro que un Steward no desaprovecharía esta oportunidad.

Esas palabras lo molestaron y, tras mirarla con gesto adusto, siseó: —Deberías darle tu primer beso al hombre que en el futuro sea el dueño de tu cuerpo y tu pasión.

Oír eso la caldeó aún más. Bella no sabía qué era la pasión, ni lo que le ocurría, pero sí sabía que ansiaba ser besada por aquel hombre, porque le gustaba mucho. Y en un afán desesperado por llamar su atención, apretó los puños y masculló, sin dejarse llevar por la furia que sentía:

—Si yo fuera la mujer del bosque, esa tal Hada, ¿me besarías?

—Sí —afirmó Edward sin dudarlo.

—¿Por qué?

—Porque ella no eres tú.

Ofuscada por aquello, fue a protestar cuando él añadió, mirándola a los ojos:

—Escucha, Bella. Hada es una guerrera y, por lo poco que sé de ella, intuyo que es una mujer experimentada en las lides del amor, acostumbrada a dar y recibir placer, y tú eres justamente todo lo contrario. Debes guardar tu virtud, tus besos y tu amor para el hombre que se despose contigo.

—Entonces, crees que esa mujer no tiene virtud, y que sus besos y su amor se los entrega a cualquiera.

Cada vez más confuso por aquella extraña conversación, respondió: —Eres inexperta y por eso no me entiendes. Quizá el día que…

—Edward… bésame —le exigió, clavando los ojos en él.

Sorprendido por su tono de voz, su mirada y su orden, el highlander murmuró:

—Eres una descarada, Bella Swan.

Ella sonrió.

—Lo sé.

Esa sonrisa le aceleró el corazón. Lo cautivó. Lo hechizó. Y supo que su cuerpo y su voluntad flaqueaban.

Ese «Edward, bésame» y el «Lo sé», con aquella voz íntima lo volvieron loco. Cerró los ojos e intentó volver a recuperar su autocontrol, cuando sintió que ella daba un paso y se le acercaba aún más.

Aquello era una locura. No debía besar a aquella joven. Era demasiado inocente para saber lo que le estaba pidiendo. Pero cuando abrió los ojos y la vio, sólo pudo musitar:

—¿Estás segura, Bella?

Embriagada como nunca en su vida por su magnetismo, y sumida en una burbuja de lujuria, respondió con un hilo de voz, dejándose llevar:

—Sí… cariño.

Edward la advirtió con voz ronca:

—No soy tu cariño. No me llames así.

Consciente de su metedura de pata, Bella asintió.

—Uy… perdón, ¿en qué estaría yo pensando?

Sin apartar la vista de ella, él preguntó:

—¿Sigues queriendo que te bese?

Olvidándose de lo que estaba bien o mal, Bella asintió y Edward, rodeándole la cintura con los brazos, la apretó con posesividad contra él. Ella dio un gritito y, al oírlo, Edward susurró:

—Un beso caliente, posesivo y apasionado, se compone de tres partes, mi querida Bella. La primera, acercar los labios y sentir su suavidad. La segunda, abrirlos para recibir al que está deseoso de besarte. Y la tercera, dejar que el deseo te embargue. ¿Lo has entendido? —Bella, acalorada como nunca en su vida, asintió y él prosiguió—: Un beso como el que te voy a dar es para dar y recibir placer. ¿Aún deseas que siga adelante?

Sin dudarlo, Bella asintió y, poniéndose de puntillas, acercó sus labios a los de él y los rozó con delicadeza mientras musitaba:

—La primera parte es así, ¿verdad?

Al sentirlo, Edward cerró los ojos. ¿Qué estaba haciendo aquella descarada? Pero sin poder detener lo que deseaba y su cuerpo le pedía, al rozar su boca afirmó con voz ronca y llena de lujuria:

—Sí, mi cielo.

Al oírlo llamarla así, a Bella se le puso el vello de punta. Sin darse cuenta, le había dicho ese término tan cariñoso y que tanto significaba para ella. Eso le encantó, aunque él no pareció darse cuenta.

El roce, la fricción, dio paso a la segunda parte del beso y, cuando vio que ella abría los labios, invitándolo a tomarlos, le introdujo la lengua con delicadeza y la movió hasta que Bella gimió. Enloquecido, no paró y aprovechó para degustar su maravilloso sabor. Un nuevo gemido de ella le volvió loco y, sin cerrar los ojos, observó a la joven.

Verla totalmente entregada a él le provocó tal excitación que tras sacar la lengua de su boca susurró:

—Eso es, mi querida Bella. Ahora introduce tu lengua en mi boca.

Sin abrir los ojos y totalmente inmersa en el momento, ella lo hizo. Aún recordaba el beso que él le había dado en la cueva. Ése fue su primer beso de pasión con un hombre y, aunque supo disfrutarlo, el de ahora lo iba a disfrutar mucho más.

El contacto le había provocado un extraño ardor interior que la hacía querer más y más. Sólo esperaba que Edward no se diera cuenta de que aquélla era la misma boca, la misma lengua y el mismo sabor de la mujer de cueva. De Hada.

Extasiada y deseosa, metió la lengua en su boca y, tras soltar un gemido de lo más placentero por el calor que la inundó, buscó la lengua de él, que, alterado por su fogosidad, sin dudarlo profundizó en su beso mientras la apretaba más contra su cuerpo y la izaba entre sus brazos para besarla con más comodidad.

La pasión bullía entre los dos y Bella, olvidándose del decoro, se agarró a su cuello y se entregó totalmente.

Durante varios minutos se besaron sin reservas, sin barreras. Edward, con ella entre sus brazos, bajó las manos hasta su trasero para sujetarla y se lo apretó. Aquella nueva intimidad hizo que la boca de Bella temblara tras un gemido asustado y entonces él paró. No debía proseguir.

Dejándola en el suelo, dio un paso atrás, mientras ella lo miraba con la respiración entrecortada. No cabía duda de que aquello era totalmente nuevo para la joven. Intentando no dejarse llevar por lo que sus deseos más carnales le gritaban, susurró mirándola:

—Esto es un beso caliente, posesivo y apasionado, Bella.

Todavía incrédula por lo que acababa de hacer, deseó proseguir. Edward lo leyó en su mirada y negó con la cabeza mientras ella respiraba agitadamente. Con entereza, se contuvo de arrancarle la ropa, tirarla sobre la hierba y hacerla suya con fiereza. Su latente entrepierna se lo pedía, pero su cabeza lo alertaba de que no debía continuar.

Finalmente, decidió hacer caso a su cabeza. No podía, no debía proseguir con aquello. Él era un hombre de honor y nunca desfloraría a una joven tan delicada como aquélla y menos por la fuerza.

Si algo le gustaba a Edward eran las mujeres. Disfrutaba de ellas con verdadera pasión, pero siempre cuando se le ofrecían y estaban de acuerdo. Odiaba a los hombres que las forzaban a hacer lo que no querían. Él no era así y nunca lo sería.

Los dos se miraban a los ojos con la respiración entrecortada. Ambos sabían lo que querían sus cuerpos, pero Edward negó con la cabeza.

—No, Bella, no voy a continuar.

Y para finalizar aquel momento, montó con agilidad en su caballo, se inclinó y, como si fuera una pluma, la sentó a ella delante de él.

Bella, aún conmocionada por el beso y por lo que su cuerpo le pedía a gritos, parpadeó y, cuando se vio sobre el caballo, a pesar del regocijo que sentía, murmuró:

—Oh, Dios mío… Oh, Dios mío…

Al oírla, Edward se relajó. Debían olvidar lo ocurrido. Y, acercándose a ella, le dijo:

—Escúchame y relájate.

—Oh, Dios mío…

Obligándola a que lo mirara, le explicó, mientras contenía sus deseos más salvajes:

—Hay dos formas de montar a caballo, a horcajadas, como estoy yo, o ladeado, como estás tú, ¿cómo prefieres?

—No… No… me pu… puedo mover.

Divertido, dijo con decisión:

—Muy bien, ladeada pues. Yo te sujetaré.

Y, sin más, pasó los brazos alrededor de la cintura de ella, cogió las riendas del caballo y le susurró al oído:

—Tranquila. No permitiré que te caigas.

Con el corazón latiéndole con fuerza y con su sabor todavía en la boca, Bella suspiró y, deseosa de tocar sus callosas manos, puso las suyas encima de las de él. Necesitaba tocarlo. Su piel era tan cálida como su boca. Eso le gustó. Entonces el caballo se empezó a mover.

—Tranquila —repitió Edward—. Confía en mí y en Caraid.

—¡¿Caraid?!

Mientras el animal avanzaba con docilidad, él le explicó:

—Caraid es mi fiel caballo y, como su nombre indica en gaélico, mi amigo.

Bella asintió y, con voz temblorosa, preguntó:

—¿Tanto confías en él?

—Confío en Caraid tanto como él confía en mí.

Aún acalorada, Bella sonrió. Sin duda, lo ocurrido le dejaría un bonito recuerdo de Edward Cullen, aunque también sabía que su corazón lo añoraría cuando regresara a sus tierras.

Lo que había comenzado como un encuentro en el río algo incómodo, se había convertido en algo placentero para ella. Lo había vuelto a besar y él no se había dado cuenta de que era la misma mujer de la cueva.

Los movimientos del caballo los hacía topar una y otra vez y Bella pudo notar la fortaleza de su cuerpo y disfrutar de su protección. Sin duda, era un hombre apasionado y deseó conocer algo más de él, aunque después se regañó por pensar eso. ¿Qué estaba haciendo? Cuando llegara a Kildrummy, él se iba a casar con una tal Tanya Denali.

Por su parte, Edward, sorprendido por lo ocurrido, no podía dejar de pensar en aquel beso. Su sabor, su olor, su entrega. Era deliciosa, suave, tentadora. Nada que ver con la frialdad de Tanya, a pesar de que ésta la superaba en belleza.

Había sido un beso delicioso, increíble, espectacular, y le había parecido notar en ella algo familiar que no conseguía entender qué era. Mientras cabalgaban, se dio cuenta de que le gustaba tenerla sentada delante de él, rodeada con sus brazos. Sacudió la cabeza confuso. Bella era dulce, suave y sin duda, y aunque no lo pareciera con sus continuos lloriqueos, podía entregarse a un hombre con pasión. De pronto, pasó a ser algo más que la tímida mujercita que parecía y eso lo excitó y la quiso poseer.

Pero ¿qué estaba pensando?

Cada vez que sus cuerpos se rozaban, él notaba que su entrepierna se endurecía. Sus calientes pensamientos, lo que había ocurrido y la presencia de ella lo estaban volviendo loco. Para que la joven no notara lo que le pasaba, cogió el plaid verde de su clan, que llevaba atado al caballo, y lo colocó entre los dos. No quería asustarla y que se cayera de la silla. Conociéndola, si se percataba de aquello, se tiraría aterrorizada.

Bella no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Edward tenía una mujer esperándolo, ¿qué estaba haciendo? Pero su cuerpo entero se estremecía al recordar la suavidad de sus labios, de su lengua y, en particular, su actitud posesiva. Oh, Dios, había sido lo más excitante que había hecho en toda su vida.

Deseó repetirlo. Pero pedirlo de nuevo le parecía demasiado descarado. Al final, decidió utilizar un truco que a su hermana Jessica se le escapó un día, de cómo le robó un beso a Mike siendo éste su pretendiente.

Sin dudarlo, Bella esperó a que Edward le hablara al oído y, cuando lo sintió cerca, se volvió repentinamente hacia atrás y sus labios se encontraron de nuevo.

Edward conocía ese truquito de las damas que tanto utilizaba Tanya cuando la visitaba en Aberdeen, pero deseoso de poseer de nuevo sus labios, la agarró con cuidado de la barbilla y, deteniendo el caballo, la movió para tener mejor acceso y la volvió a besar.

Con una mano en su nuca, la devoró como un lobo hambriento mientras ella le rodeaba el cuello con los brazos y lo devoraba también a él. Sus bocas abiertas se arrasaban y lo que había comenzado siendo un tímido beso, se convirtió en uno apasionado y demencial.

Edward la sujetó con fuerza para que no se cayera, mientras pensaba si bajarla del caballo y continuar en el suelo aquella locura. Sin duda, le estaba haciendo perder la cordura y deseó besarle los pechos, tocárselos, disfrutarlos, pero todo se acabó cuando, involuntariamente, ella posó la mano en su entrepierna y notó lo que Edward llevaba rato ocultando.

Con los ojos abiertos como platos, separó su boca de la de él y, al suponer lo que era aquello, murmuró:

—Oh, Dios mío…

—Exacto, Bella, ¡oh, Dios mío! —susurró él, mirándola. Y, sin dejar que se apartara, susurró sobre su boca—: Esto es el resultado del deseo que provoca un beso así, y si sigues besándome como lo haces, terminaré bajándote del caballo para hacerte cosas que una dulce joven como tú jamás ha llegado a imaginar.

La cara de ella se contrajo y de pronto Edward se percató de sus ojos asustados y sus labios temblorosos. Sin duda, la magia se había esfumado. Así que, retomando el control de su cuerpo y de su mente, la volvió a sentar como estaba segundos antes y añadió:

—Pero, tranquila, Bella. Soy un hombre que sabe cuándo parar. Y éste es el momento de hacerlo, antes de que los dos nos tengamos que arrepentir.

Y dicho esto, azuzó el caballo, que echó a andar de nuevo a un paso más rápido. Sin duda, Edward quería llegar cuanto antes. Bella no se volvió más, pero cuando avistaron el castillo, la decepción se apoderó de ella. ¡Qué rabia, ya llegaban!

Al alcanzar los alrededores, observó cómo varios de los Steward se volvían a mirarla con gesto sombrío. Entre ellos vislumbró a Eric junto a su cuñado Tyler y al amigo de éste llamado Riley. Cuando entró en el patio, la gente del castillo la miró. ¿Ella en un caballo?

Bella, al ver sus expresiones desconcertadas, arrugó la frente y puso cara de disgusto, pero casi se echó a reír cuando vio a Rosalie, a Jacob y a Seth. Éstos, al verla sobre aquel enorme animal, en compañía del laird Edward Cullen, rápidamente se encaminaron hacia ella.

—Ya viene tu casi hermana y tus guardianes a salvarte de mí.

Aquello a Bella le hizo gracia. Cuando Edward hablaba de Jacob y Seth lo hacía en un tono molesto que a ella le gustaba. Pero dispuesta a alargar aquel íntimo momento un poco más, apretándose contra su pecho le pidió:

—Sujétame, por Dios.

Edward sonrió y la sujetó con fuerza. No podía negar que le hacía gracia su inocencia. Cuando el caballo paró, él le susurró al oído:

—Como te había prometido, Caraid y yo te hemos traído sana y salva. Ahora no te muevas hasta que te lo diga. Desmontaré y luego te ayudaré a bajar con delicadeza.

Edward desmontó de un salto. La miró desde abajo y, antes de que le dijera nada, ella se lanzó a sus brazos y sus cabezas chocaron. A pesar del golpe, él la agarró con fuerza contra su pecho y, con su boca a escasos centímetros de la de ella, protestó:

—Te he dicho que no te movieras, Bella.

—Lo sé —gimió hechizada, sin moverse.

Durante unos instantes, ambos se miraron a los ojos. Lo que había pasado entre ellos estaba latente. Bella pudo aspirar el aliento de él y viceversa y cuando estaba a punto de besarlo de nuevo, Edward la dejó en el suelo y, marcando de nuevo las distancias, dijo:

—Milady, ya estáis en vuestra casa sana y salva.

En ese instante, Rosalie exclamó:

—Por el amor de Dios, ¿estás bien?

—Estábamos preocupados por ti —comentó Seth.

Sin poder apartar la mirada de la de Edward, que seguía observándola, ella hizo un puchero y él le guiñó un ojo con gesto divertido. Eso la hizo reaccionar y, con un gimoteo, se llevó las manos a la boca y sollozó dramáticamente:

—Ha sido horrible ir a lomos de ese infernal caballo con ese hombre.

Edward la miró desconcertado. ¿Por qué decía eso, cuando él creía que había sido todo lo contrario? Rosalie ocultó su sonrisa y, mirando al highlander, siseó:

—¿Acaso no sabéis que teme a los caballos?

Emmett, que en ese momento se acercó a ellos, al oírla, replicó:

—¿Acaso creéis que tenemos que saberlo todo?

—Oh, Bella… —la abrazó su amiga—. Estás muy pálida.

Con manos temblorosas, ella se llevó la mano a la frente y murmuró, mientras se alejaba acompañada de sus dos guardianes:

—Necesito descansar. Creo… creo que voy a vomitar.

Edward, sorprendido por su melodrama, la miró alejarse. ¿Cómo podía ser aquella temblorosa dama la misma apasionada joven a la que había besado y hecho perder momentáneamente la razón?

Jasper se acercó a él y le preguntó divertido:

—¿Cómo se te ocurre hacer algo así?

Edward cogiendo las riendas de su caballo, gruñó y dijo:

—Sinceramente, todavía no lo sé.

Esa noche, cuando Edward regresó al bosque para dormir, esperó durante horas la llegada de la mujer encapuchada, mientras pensaba en el suceso con Bella, sin saber que las dos eran una misma persona. Mientras, ella miraba hacia el bosque desde la ventana del castillo, intentando calmar su alocado corazón.