"Tú, corazón de papel,

que no entiendes de amores, ni sabes querer

que no lloras por nadie, sembrando desaires… "

Capítulo XIII

Sólo palabras

Las chicas salieron de la sala de reuniones, dejándolos a todos atónitos. A todos, menos a Regina Mills. Si ella no estaba segura de lo que estaba sucediendo, estaba en total conocimiento de lo que había pasado, y de lo que sucedería en el futuro. Por tanto, decidió cerrar brevemente los ojos, respirar profundo, y seguir adelante

- Regina… ¡Disculpa! – dijo el hombre apenado – Por lo general ella es una persona más tranquila, menos problemática, y extremadamente eficiente… Estoy seguro que es por algún malestar físico.

Diana y Regina se miraron fugazmente, y le sonrieron al hombre

- Tranquilo Marco, que nosotras entendemos perfectamente… – comentó la rubia, con tacto

- ¡Si! – enfatizó Regina – Las negociaciones no se dieron de la mejor forma, desde un principio. Cualquier resistencia que pueda existir, debemos unirnos y vencerla… Y aprovecho la oportunidad para disculparme por la reunión anterior… Ciertas cosas se salieron de orden y contexto

- ¡Lo sé Regina! – el hombre generaba mucha calma al hablar – Pero no fue nada… Vamos a concentrarnos en ver qué podemos hacer por ustedes…

- ¡No Marco! ¿Qué puedo hacer yo con ustedes? – soltó una de esas sonrisas de medio lado, que hacían brillar sus ojos…

- ¡Tú no cambias Regina! – rio Marco.

Se expusieron todos los detalles de la propuesta, y de lo que se esperaba por parte de Mills & CO. Todos los detalles de la oferta económica, hasta que llegaron al punto álgido: las modificaciones de diseño requeridas.

El planteamiento de la empresa de la morena, era atractivo por demás para Plataforma. Marco lo sabía. A nivel económico era imperdonable dejarla pasar, y a nivel de marca, respectaba la integridad de su empresa, y mejor aún, no sólo no perdía crédito alguno, sino que lograba posicionarla de nuevo en el mercado élite.

Obviamente, había quedado en evidencia la intención de Regina. Ella sólo quería ese proyecto de remodelación y expansión, porque había sido un monumento emblemático y prueba fiel del talento de su padre. Lamentablemente, debido a los malos oficios de Zelena, había perdido el contrato en la primera ronda de licitación. Lo demás era historia.

Llegados a ese punto, y una vez que Diana y August habían concretado los términos económicos del contrato, casi completamente conformes, venía el tema importante ¿quién comandaría el diseño?

- Regina… La propuesta es más que atractiva. Simplemente no entiendo cómo no obtuviste tú el contrato… ¡Te hubieses ahorrado todo esto! – le dijo con honestidad

- ¡Lo sé! – bajó la mirada. Recordó el estado actual de la responsable, y se le aguaron los ojos – ¡Cosas que pasan! – aclaró la garganta, y respiró profundo – Ustedes conocen el proyecto, quisiera presentarles nuestro diseño, y que nos ayuden a llegar a un consenso…

- ¡No podríamos sin Emma! – aclaró August

- Ciertamente Regina… Conocemos el proyecto, pero ella es la creadora, la que sabe los detalles más pequeños… – aseguró Marco – Y, dado que ella es quien debe ceder sobre su creación, debería conciliar y sincronizarse con lo que ustedes requieran… – le expuso con seriedad – También opino que, por parte de Plataforma, ella es con quien deberán trabajar activamente en lo que respecta a la arquitectura… Para poder cerrar el trato.

Regina lo miraba con seriedad, y entendía que aquel hombre estaba en lo correcto. Diana la miró, como pidiéndole que buscara otra salida. La morena asintió, como quedando conforme con lo que su amiga le decía sin hablar

- ¡Estoy de acuerdo Marco! – dijo con firmeza, mientras notaba que la rubia la taladraba con la mirada

- ¡Creo que es excesivo! – intervino Diana – Con que ella envíe los detalles de lo que exponga hoy es suficiente…

- Diana… – la interrumpió su socia, con paciencia – Yo no puedo exponer mi diseño sin la señorita Elsa, y no podemos continuar sin concretar qué trajo hará para nosotros la Señorita Swan. Por ende, deben ser ellas dos las que elaboren la unificación de criterios…

- Regina… Quiero que quede claro que, entiendo que debes quedar conforme, porque no quiero pleitos legales a mitad de camino – aseguró Marco

- ¡Claro! ¡Te doy mi palabra! – fue enfática.

Terminaron de aclarar estos puntos, y era un hecho que Emma y Elsa trabajarían codo a codo, con alguna asesoría de Marco, pero bajo la total supervisión de Regina. Menudo problema ese, y más el que le esperaba fuera del trabajo con las jóvenes rubias

- Bueno… ¡Sin las niñas éstas, estamos parados! – dijo Diana, mirando impaciente el reloj – Las voy a buscar…

- ¡No! – dijo bruscamente la morena, interrumpiendo a la rubia, y colocándose de pie antes que ella – ¡Disculpen! – Aclaró la garganta – Yo voy, que debo chequear en qué anda mi asistente, y debo ir al tocador… – se apartó y bordando la mesa, rozó la espalda de Diana – Si me disculpan… – salió de la sala.

Cerró las puertas, y observado que el corredor estaba sólo, se recostó de ellas y respiró profundo, con los ojos cerrados. ¿Dónde habría llevado Elsa a Emma? ¿Qué estaría sucediendo justo ahora?

Si ella conociese bien a Elsa, que lo hacía en gran medida, sabría que la joven buscaría aislarse con Emma Swan, para no ser oídas ni interrumpidas. Esto sólo dejaba una opción: los baños privados al final del pasillo, que estaban cerca de la entrada de su despacho, y que sólo estaban a disposición de la rubia, ya que nadie se atrevía a estar muy cerca de Regina.

Se dirigió, con paso firme, de un extremo del piso al otro, y observó la puerta cerrada. En aquel baño había apenas dos cubículos, un banco pequeño, y dos lavamanos; pero brindaba la suficiente comodidad y confidencialidad para tratar sus asuntos. Adicional, había dos puertas, la del cuarto de aseo, y la que colindaba con el baño en el despacho de Regina.

A través de a puerta principal, no lo graba escuchar absolutamente nada. Trató de abrir la puerta, de forma sigilosa, pero no giraba la perilla; aquellas chicas estaban encerradas, sabe Dios en qué. Allí estaba ella, la jefa, Regina Mills, a hurtadillas para no causar peores daños. Se sintió molesta, y por un momento realizó el hecho de que, tal vez, las chicas estaban en al baño pasándola bien. No sería ella la que montaría un espectáculo, tocando la puerta para que le abrieran.

Entonces, pasó algo que no creyó que fuese posible, se sintió molesta. ¿Qué se creían esas dos? Encerrarse en el baño de su empresa, ante la vista de todos, a hacer sus "cosas privadas". No lo iba a permitir. Estaba furiosa. Sentía cómo mil demonios se la llevaban, la sangre recorría a velocidad todo su cuerpo y apreciaba cómo sus mejillas se tornaban tibias.

Ingresó a su despacho, de ahí al baño. Visualizó la puerta cerrada, con total libertad de acceso al otro tocador, únicamente para ella. Sin pensarlo dos veces, y con la ira dominándola, entró sin más, para observar a Emma y a Elsa sentadas en el banquito, besándose tiernamente.

xXx

- ¿Cómo pudiste Emma Swan?... ¡¿Cómo?!... ¿Tienes el corazón de papel? – le dijo con dolor, y se abalanzó sobre ella.

Eso fue lo único que articuló Elsa, antes de quebrarse por completo y romper a llorar, mientras intentaba ahorcar a Emma de forma infantil y precaria

- ¡¿Cómo pudiste?! – se ahogaba en llanto, y ahora golpeaba débilmente con los puños, el pecho de su amiga – ¡Yo la amo! – le costaba hablar – Era ella, ¿verdad?... ¡Es ella! ¿No es cierto?

Emma atinó a zafarse del pobre agarre de Elsa, y no pudo hablar, sólo tratar de contener su expresión corporal. Estaba apenada y triste por su amiga. Aún no acababa de entender lo que había pasado, y ya tenía que enfrentar las consecuencias de haber disfrutado de aquella mujer prohibida. ¡Cómo odiaba a Regina Mills en éstos momentos! ¡Más que nunca!

- ¡Ella es mi sueño Emma!... ¡La amo! – sentenció, viéndola desde el asiento, con dolor en sus ojos – Después que terminamos, jamás pensé que me sentiría así, aceptada y deseada por alguien… Y menos, que yo podría enamorarme de esta manera… – hablaba con palabras entrecortadas, a causa del llanto – Sabes que tengo más de dos años, perdida por ella…

La rubia se llevó las manos a la cara, lloraba descontrolada. Emma no sabía qué decir, pues aún estaba en shock. No sabía por qué, pero en parte se sentía responsable. Tal vez por el hecho de que, le había confesado sus obscuros deseos por la morena, y todo lo que le había hecho para darle placer

- ¡Obvio Emma Swan! – se dejó decir, en voz alta

- ¡¿Qué?! – la miró extrañada y desesperada – ¡Deja de divagar y respóndeme! – guardaron silencio unos segundos, mirándose fijamente – Sé que no entiendes del amor… ¿Pero no sabes querer? ¿Todo para ti es un juego?

- ¡Basta! – la cortó con energía, pero sin atacarla – ¡Tienes razón! ¿Vale?... Sí, soy de lo peor… Y sí, sólo me gusta divertirme… ¿acaso es pecado?

- ¿Pero con ella?... – estaba dolida

- ¡Yo no sabía quién era ella! ¡No lo sabía! – le alzó la voz ligeramente – Yo sé todo lo que puedo llegar a ser, pero me conoces… ¡Si yo la odio!... De haber sabido que era ella yo… Yo…

- ¿No te habría gustado igual? – necesitaba saber

- ¡No lo creo! – fue honesta, y la otra rubia lo sabía – Por muchas razones, las que conoces, como el desprecio que le tengo, y las que no... Pero, principalmente, jamás me metería con una mujer por la que sientas algo…

- ¡Lo sé! – trataba de calmarse. Bajó la cara y respiró profundo – ¿Y por qué siento que ahora no me vas a poder prometer nada? – volteó a mirarla, con dolor en su expresión

- ¡¿Qué dices?! – se sentía molesta, y no sabía por qué. Esa última pregunta de Elsa la había confundido – No entiendo a qué te refieres, pero mi manera de pensar sobre esa… Señora – estiró la última palabra, sílaba por sílaba – ¡Ella fue quién nos engañó! ¿O no te das cuenta? – se agachó para estar a su altura. Se colocó a sus pies

- ¡Por favor Emma! – negaba con la cabeza – ¡Tú te aprovechaste de ella!... Creo que eso ha quedado bastante claro…

- ¡Es cierto! – se sentó a su lado. La tomó de las manos, y luego tocó su barbilla para que la viera – Yo la usé sexualmente… Y discúlpame, porque no quiero poner sal en la herida, pero sabes que es así, y que para mí ella no significa nada… Bueno, sí… ¡odio y repulsión!

- ¡Por favor Emma! – la interpeló – ¿Acaso me vas a decir ahora, que no te gusta?… ¿Ha dejado de ser atractiva para ti?… ¿Que no la deseas?…

- No te lo niego… La tipa esa, está como quiere… Pero de sólo saber que es ella, se me quita todo, y sólo me queda el desprecio… – en realidad, lo que había pasado le afectaba, y apenas se percataba de ello – No quiero separarme de ti, por causa de esa mujer… Nunca te importó lo que pensaba de ella, y yo no sabía su aspecto físico entonces…

- ¡Lo sé! – lograba calmarse un poco más – Pero no entiendo… ¡¿Cómo llegamos a éste punto?!

- Pues… Yo nunca te dije su nombre… – pensaba en los hechos, con detenimiento – Y tú sólo tratabas a tu jefa por su apellido… Tan formal como has sido siempre, y con lo que la detesto, nunca te lo pregunté. Siempre firma R. Mills… De idiota no lo relacioné…

- Ella me besó, Emma, ¡me besó!… Bueno… yo la besé, pero ella me correspondió… – estaba sufriendo, y no entendía por qué se había enredado todo – Me apretó contra su pecho, con pasión, y sentí que por fin mis sueños se materializaban… ¿Crees que ella lo sabía? – se dijo para sí, y se respondió al instante – ¡Claro que lo sabía! ¡Es Regina Mills!... ¡Dios, claro que lo sabía! – se tapó la cara apenada.

Emma guardó silencio, dejándola desahogarse, mientras recordaba cada detalle que le pudiese sacar de la duda. El beso de Regina y Elsa la desconcertaba, pero también podría tratarse del complejo de culpa de la morena; o por qué no, que tal vez ese escarceo sexual con ella, la había hecho liberarse ante la posibilidad de estar con una mujer, y estaba escogiendo a su asistente como la indicada.

Recordó el mensaje, "No puedo seguir a adelante con esa clase intimidad, espero que puedas entenderlo…" Luego, asaltaron sus pensamientos las veces que habló de "La Reina malvada" delante de la morena, y las ocasiones en que reveló los sentimientos de Elsa con su musa, preocupada por su "supuesta novia". Era claro que, en ese momento Regina lo sabía, y sentía celos porque Elsa tuviese novia. No supo por qué, pero se había puesto furiosa

- ¡Nunca fui yo Emma! – sollozaba – ¡Nunca se va a fijar en mí!…

- ¡Claro que sí! – la volvió a tomar de las manos, y luego le acariciaba el cabello – Ella lo sabía… Cuando fuimos a comer, el día que nos conocimos, la llamaron por su apellido de casada… En ese momento no lo supe, y ella tampoco… Pero esa misma noche, ella se enteró, porque hasta le dije "la bruja esa de la Mills" …

- ¿Y entonces por qué siguió viéndote? – no podía dar crédito a tanta mala suerte – Por qué no te dejó de lado…

- ¡No lo sé Elsa! – la tomó por la nuca y acercó sus frentes, hasta unirlas – Eso se lo vas a tener que preguntar a ella… Además, recuerda que, siempre ha sido en domingo… Si casi no nos conocíamos…

- ¿Crees que nos enfrente? – le preguntó, cerrando los ojos

- ¡No lo sé!... Esa mujer me desconcierta, he de confesarte… – tenía que ser sincera

- ¿Te gusta? – abrió los ojos, aunque no pusiesen verse bien – Puedes ser honesta… Si no hubiese sido la misma… qué dirías de esa mujer casada…

Emma guardó unos segundos de silencio. Quería responder con la verdad, con el tacto del caso

- Que seguiría con ella… ¡Porque me trae loca! – lo hizo sin más – Sabes que me agradaba, la calidad de su compañía… Y cómo nos relacionamos… ¡Incluso la atropellé! – rio con nostalgia y suavidad – Ahora no me da ni pizca de pena, haberla empujado en la calle… ¡Ella es la única responsable de esto!… Sí, yo me aproveché de ella para incitarla, pero ella estaba clara de lo que hacía con nosotras dos…

- Esas últimas veces que hicimos el amor… Tan salvaje e intenso… ¿Ambas pensábamos en ella? – se llevó las manos a la cara

- ¡Por Dios! – ella hizo lo mismo

- ¿Te gusta verdad? – sabía que la sinceridad de su amiga, era su boleto seguro

- ¡Sí! – guardaron silencio – ¿Quieres intentar acercarte a ella? ¿Seguirás trabajando para ella, como si nada? ¡¿Qué harás?!

- ¡No lo sé! – suspiró – ¿Crees que deba quedarme?...

- ¡Es tu trabajo! – estaba preocupada por ella – ¡Por ahora! Hasta que consigas algo más…

- ¿Y si me quedo? Por ella, digo… A intentarlo… – se separó para mirarla – ¿Te molestaría?... Que yo me quede a conquistar a Regina, si es que tengo la oportunidad…

- ¡No, para nada! – sentía un nudo en la garganta

- ¿Y si ella te busca? – tenía que saberlo

- ¡Te lo diría! – le dedicó una sonrisa para calmarla

- Y si ella se te desnuda, como aquel día… – le dolían esas palabras – Si te quiere a ti, al punto de buscarte… – estaba seria – Yo sé que no eres la mujer más fuerte del mundo, en esos casos… Y menos cuando te gusta tanto una mujer… ¡Y no lo niegues!

- ¡Vamos Elsa! – se sentía incómoda. Trató de levantarse, pero su amiga se lo impidió

- ¡Sólo dime! – seguía con cara de circunstancias, pero estaba serena – ¿Tendrías sexo con ella?

No quería responder. No sabía si confesar su primer pensamiento, si guardar silencio por la paz, o mentir. Tal vez una media verdad, o una mentira a medias. Lo cierto es que, ser totalmente transparente en ese instante, le estaba constando lo indecible, y no tenía idea si era recomendable

- Pues… Al fin y al cabo, son sólo palabras Elsa… Tal vez me constaría resistirme, si se me presentan de esa forma las cosas… Pero creo que, no pasaría a más de un beso. ¡Yo no podría hacerte daño! – le aseguró – Yo no tengo el corazón de papel, como dices… Por lo menos, no contigo…

- Emma… – sabía que su amiga estaba siendo lo más honesta posible – Amo a esa mujer, demasiado, tanto como para intentarlo… Pero si ella te busca, te escoge a ti, deberé retirarme… Sólo necesito que me prometas que, si llegas a sentir algo por ella… ¡Me lo dirás de inmediato! ¡Sé honesta contigo misma!

- ¡Por favor! Yo no estaría con ella… – aclaraba – pero te apoyaría, cien por ciento, en que dejaras de trabajar con semejante bruja…

- ¡No sé Emma! – bajó la vista – Tengo miedo… Porque conozco a Regina… Y haber dado ese paso contigo, no lo sé… Y me desconcierta que me haya tratado como lo ha hecho… Pero hay algo que tengo claro… Ella está pasando por un mal momento, y tal vez eso es lo que explique su comportamiento… Para contigo y conmigo…

- ¡Nada la justifica! ¡No lo hagas! – estaba preocupada por ese empeño de Elsa, en defender a la morena – Regina… La bruja esa, puede estar pasando por lo que quiera, pero eso no le da derecho a jugar contigo…

- ¡Ni contigo! – la interrumpió

- ¿Ella?… ¡Ja! – sonrió irónica, pero en el fondo le dolía – Ella no ha jugado conmigo…

- ¿Pero tú si con ella?… – la veía con incredulidad

- ¡Claro! – se estaba alterando

- ¡Si Emma! ¡Claro! – era ligeramente sarcástica – ¿Cuándo te vas a dar cuenta que, Regina Mills, la bruja esa, te sacó de tu zona segura? – dejó caer una lágrima.

Emma no podía creer que Elsa la subestimara de esa manera. Nadie en el pasado lo había hecho, a excepción de sus padres. Le demostraría a su amiga que ella era capaz de jugar el juego de Regina

- ¡No es así! – le confirmó – Pero si ella viene por sexo, te garantizo que te lo informaré, y que se topará con una pared…

- ¡Ok! – la miró con amor – De ahora en adelante, trataré a Regina con indiferencia, le haré saber que me lastimó, y si quiere que sigamos adelante, va a tener que ser honesta. De llegar a algo más, te lo haré saber… Pero igual, ¡tendrá que ganárselo! – sentenció, mientras estrechaba la mano de la rubia

- Y yo… ¡La rechazaré! – se sentía segura – Espero que no sé dé el acuerdo… Pero si llega a pasar, seré indiferente. Nunca haría algo para lastimarte… Te repito… – terminó el gesto anterior de aprobación, y la tomó del rostro

- ¡Yo sé Emma! Lo peor es que, sé que no has querido lastimarme… Pero temo que lo hagas en el futuro… Sé que no será por tu causa. Por más que trates de resistirte, y no lo aceptes, Regina no es una mujer fácil de dejar atrás… – se puso triste, y lágrimas caían de los poderosos ojos, de color azul intenso

- ¡Venga! ¡Si yo te… te… te quiero! – le sonrió. Quería ignorar sus últimas palabras

- ¡Emma! – estaba emocionada. Era una de las pocas veces que le había escuchado esa palabra a su amiga, sin que hubiese sexo de por medio – ¡Y yo te quiero a ti!

- ¡Vamos! Bésame, para cerrar éste acuerdo… – le sonrió y le dedicó un guiño.

Ambas rieron. Se dieron un tierno beso. Elsa rodeaba a Emma con sus brazos, y ésta la tomaba por el rostro, besándola con suavidad.

Justo en ese instante, sonó la puerta trasera de aquel baño. Ellas no alcanzaron a reaccionar a tiempo. Cuando Emma volteó, allí estaba Regina, con cara de pocos amigos, debatiéndose entre la sorpresa y la furia

- ¡Señorita Elsa! – dijo con voz de mando – Tenemos minutos esperando por ustedes, para poder concluir la reunión…

Las jóvenes la miraron con incredulidad. Regina Mills, o era la mujer más segura del mundo, o la más cara dura. El hecho es que, estaba allí, con su pose digna preguntando por trabajo. Esa era la bruja que Emma se imaginaba, esa era su verdadera personalidad

- ¿Y entonces? – estaba endemoniada. Sentía que algo la carcomía por dentro – ¿Mudamos la reunión al baño de mujeres? – totalmente irónica y molesta.

Nada. Las chicas estaban procesando todo lo que había pasado, los acuerdos, y cómo debían proceder

- ¡Elsa! – le gritó – ¡Te estoy hablando! ¿Qué son éstos comportamientos en tu sitio de trabajo? – "Qué moral de mierda la mía", pensó; pero no podía salirse de su personaje – ¡Lávese la cara! Vaya inmediatamente a la sala de juntas, y arregle todo para la presentación de las propuestas… Y si se siente mal, vaya a recursos humanos…

- ¡¿Qué?! – interrumpió Emma – ¡Vaya que tienes voluntad! – se levantó de golpe

- ¡No! – Elsa también se incorporó, tomando del brazo a su amiga – La Señora Mills tiene razón, la reunión nos espera… – se colocaba frente al espejo, se lavaba y se componía.

Regina no sabía para dónde mirar. Su fachada de piedra se estaba derrumbando, pero tenía que mantenerse firme. En ese momento, Elsa estaba lista para salir.

- ¡Disculpe usted Señora Mills! – le dijo en tono robótico, con un dejo de molestia y dolor. Le pasó por un lado, tropezando ligeramente su hombro. Iba a salir por donde había entrado la morena. Se detuvo en la puerta, y sin voltear les dijo – Las esperan en la sala de juntas… Señorita Swan… ¿Preparo el video-beam ya?

- ¡Si! – se dejó decir la rubia, impactada, con los ojos fijos en la asistente.

Se fue, dejándolas solas allí, encerradas. Escucharon cómo se cerraban las puertas a su paso, y los tacones sonar por el pasillo. Se había ido a hacer su trabajo, así sin más, tal y como la había entrenado su jefa.

Regina permanecía mirando por el espejo, la puerta que se acababa de cerrar. Estaba impactada por la actitud de Elsa. Le dolía profundamente que la chica la despreciara, le partía el corazón. No entendía sus sentimientos justo en ese instante.

Cuando reaccionó, la furia en los ojos verdes y azul, se encontraba con sus profundos pozos marrones. La hizo estremecerse, pero volver a su postura inicial

- ¡Ella es mía! – soltó Emma sin más – ¿Cómo te atreves a hacerle esto?

- ¿Perdón? – dijo la morena, más que indignada

- ¡No te hagas la loca! – la rubia se le acercó – Aquí, ahora, y con lo que está pasando… en este baño no eres la "Poderosa Mills", eres simplemente, la mujer con la que me acosté… – le hablaba con repulsión – Y la que se besa con su asistente, la manosea… Pero le exige rectitud, porque demuestra amor por su novia, o sea… ¡Yo!

- ¡No te permito…! – se acercó aún más a ella, con furia

- ¡¿Qué no me permites?! – la interrumpió irónica – ¡Si ya me lo has permitido todo Regina Mills! – la vio de abajo hasta arriba, con una sonrisa de burla, desnudándola con la mirada – Tú, a mí, me lo permites todo… – terminó de acercarse, sintiendo cómo se estremecía la morena, y se apartaba ligeramente – O me lo permitías… Porque en realidad, ya no hay nada que me interese de ti… – dio un paso atrás, y se jactó de sus recientes palabras

- ¡Me importa un bledo lo que usted crea… Señorita Swan! – Regina volvió con fuerza – Me da lo mismo… Pero, quién no me da lo mismo, es Elsa – fingía que no estaba ofendida, pero lo de su asistente no era, para nada, una mentira – Ella es mi protegida, y si a usted le preocupa ella, con su precaria forma de amar, ¡a mí me importa más! – la vio también con repulsión – Y déjeme decirle algo… – ahora era ella, la que caminaba en dirección a la rubia, arrinconándola contra la pared – No soy yo, la que sueña despierta con usted… No soy yo la que me inspiro en su cuerpo… – se acercó tanto que logró intimidar a Emma, por completo. Tenía esa mirada de seguridad y lujuria, que era difícil resistir – No soy yo, la que muero por probar el dulce sabor adictivo de su sexo… No soy yo, la que quiere poseerla aquí y ahora, justo en éste baño… – tenía sus labios, casi rozando los de la rubia.

Sus susurros morían en la boca de Emma, haciéndolas estremecerse. Todo estaba dispuesto para ese beso pasional, cuando Regina se apartó, dándole la espalda a Emma, caminando en dirección a la puerta principal del baño

- ¡No soy yo! – se volteó a verla, con satisfacción – ¿O sí?

Emma no daba crédito a lo que acababa de pasar, en especial por la actitud tan diferente de la morena, y de las ganas que la consumían por dentro

- ¡Una dice cualquier cosa, para llevar a la cama a una mujer desesperada! – soltó sin pensar

- ¿Si? – se rio, bajando la mirada – ¿En serio?... Creo que he estado muy desesperada entonces… Porque justo ahora, lo noto…

- ¿De qué hablas? – se estaba molestando

- Creo que debo estar desesperada, justo ahora… porque tu cuerpo pide agritos tocar el mío – la miró con intensidad, y se acercó nuevamente. Había aprendido bien de Diana, todos éstos años

- ¡Estás alucinando querida! – no podía demostrar que estaba molesta, debía fingir que le daba igual la morena – ¡Cómo se nota que, no sabes nada de conquistar mujeres!

- ¡No! – dijo, y le sonrió con picardía – Pero sí sé de mí… Sé lo que es sentirme deseada, lo que es que me miren con ganas de poseerme, con ganas de tomarme… Y eso Emma Swan, es algo que no has podido evitar… Y que, justo ahora, te tiene mal… – se abalanzó sobre ella y la besó.

Emma no pudo resistirse, y atacó, arropando con su lengua la de Regina, mientras con sus manos subía su falda, y la apretaba contra sí, masajeando sus glúteos a través de las medias.

Unos segundos se besaron así, con necesidad, pasión, ansiedad y desesperación, hasta que, por instinto mutuo se separaron

- ¡Esto queda aquí! – sentenció Emma, con los ojos abiertos como platos – No puede enterarse… – se dirigió al lavamanos, y se quitó la pintura de Regina

- ¡No! – bajó la vista, e hizo lo propio, al lado de Emma – ¡La veo el domingo, donde siempre! – salió por la puerta, y se volvió a meter al despacho.

No era posible que la hubiese correspondido al beso, con las ganas que tenía de matarla. Pero la besó, y encima la morena descarada, le había recalcado su cita del domingo en el parque. ¡Esa mujer estaba loca! Y lo peor, ¡la iba a volver loca! Debía reconocer, que besaba divino.

Se dirigió como bólido a la sala de juntas, respiró profundo, y abrió las puertas

- ¡Disculpen!… Pero ya me siento mejor – dijo, al ver que estaban haciendo una pausa, y que no interrumpía

- ¡Ya tengo todo listo Señorita Swan! – una Elsa muy seria, le indicaba cómo acomodarse

- ¿Y la señora Mills? – ella se había tardado unos minutos en el baño, y pensó que la morena ya debía estar allí. Su cara de extrañeza, confundió a Elsa

- ¡No ha llegado! – indicó extrañada Diana – Vamos, tómense un café o algo de refrigerio… Mientras, yo voy a buscarla…

- ¡No se preocupe! – la interrumpió la asistente – Yo sé dónde está, porque ella me envió para acá hace unos minutos… – se dirigió a la puerta – ¡Ya regreso!

Diana se quedó en una pieza, más cuando se percató de la cara de pocos amigos de la fulana Swan. Emma de verdad estaba molesta. ¿Por qué Elsa no se daba su puesto con esa bruja? Esa bruja que, para ella, tenía los labios más apetecibles que hubiese probado.

- ¡Despierta! – se dejó decir en voz alta

- ¿Qué? – reaccionó August

- ¡No! – disimuló – ¡Nada!... Que… ¡me voy a preparar!…

Diana no dejaba de mirarla, con aquella expresión tan extraña, que se le antojaba entre retorcida y molesta; pero que lograba disimular, atendiendo a Marco y a August. Ahora entendía, esa era su amiga Diana, de la que le habló el día de su encuentro, y que estuvo enamorada de la morena.

xXx

Cuando Regina entró a su despecho, estaba activada. Toda la seguridad y auto control que había demostrado frente a las rubias, había desaparecido. Su pecho parecía que iba a explotar. Subía y bajaba con la respiración acelerada, y el palpitar muy frecuente de su corazón.

- ¡¿Qué he hecho?! – se apoyó contra su escritorio.

Podía ver la ciudad, la luz del sol que ya no era tan intensa. Cerró los ojos, y se dijo en voz alta

- ¡Respira Regina! ¡Concéntrate! – hizo varias respiraciones.

Debió estar así por un par de minutos, hasta que creyó escuchar a Emma Swan salir del baño. Se sentó en una de las sillas de visita, y volvió a apoyarse en el escritorio; ésta vez eran sus codos, mientras que sus manos permanecían en su cabeza.

- ¡Demonios! – Gritó, abatiendo lo que estaba en el escritorio, cercano a ella.

Se reclinó, y tapó sus ojos con el antebrazo derecho. Hizo nuevamente varias respiraciones. Debía conseguir la calma, o se volvería loca.

Fue hasta su cartera, tomó el estuche de maquillaje y su celular, y se dirigió al baño privado de la oficina. Abrió el grifo, colocó sus manos en el mármol negro, y se miró en el espejo

- ¿Qué te sucede Regina? – se hablaba – ¡¿Qué demonios te está pasando?! ¿Acaso perdiste la cabeza?...

Se lavó la cara con cuidado, retirando las huellas del par de lágrimas que había soltado hacía unos segundos. Respiró profundo, y se retocó el compacto, el rubor y los ojos; sólo faltaba la boca, esa boca que había besado con furia a Emma Swan, y que había sido correspondida.

Sacó el labial, dispuesta a aplicarlo, y se detuvo, para contemplarse en el espejo. Era obvio que Emma se sentía atraída por ella, y estaba muy claro que la deseaba. ¿Por qué había sido tan hostil? Ella había cometido un error, más allá de las intenciones de su artista favorita, y su asistente, había pagado los platos rotos.

Se sentía fatal. Ahí estaba, inmóvil. Escuchó cómo llamaban a la puerta de su despacho, y cómo se abrían las puertas ante su supuesta ausencia. En ese instante, su mirada se encontró con la de su subalterna

- ¡Señora Mills! – notó que se había lavado la cara – Sólo esperamos por usted en la sala de juntas… ¿Quiere que cancele?... ¿Comenzamos sin usted?...

Estaba en shock. Por alguna bizarra razón, los pechos de la rubia que tenía en frente, le vinieron a la mente. ¿Cuánto no habría disfrutado la joven, de las bondades del sexo con Emma Swan?

- ¡No! – atinó a decir – Lo sabes Elsa… Nada es sin mí, y menos algo tan importante como esto…

Se quedaron paralizadas otro par de segundos. Entonces, Regina giró para mirarse en el espejo, terminó de acomodar el labial, y se disponía a utilizarlo

- ¿Algo más? – esperó por la repuesta de la rubia

- ¡Si! – le dijo seria

- ¿Qué? – respiró profundo, interrumpiendo nuevamente la operación

- ¡No te lo coloques todavía! – se acercó a ella, se lo quitó de la mano y la besó.

Regina no correspondía, sólo observaba atónita el suave y delicado beso de labios que la chica le daba; lo cual, la instó a entregarse y a cerrar los ojos, ahora sí, para seguirle el juego. Fue tan tierno e intenso que, no notó cuando la chica se separó, mas al abrir los ojos, pudo evidenciar cómo la observaba, con aquel amor y deseo en perfecta combinación

- ¡Lo siento Elsa! – retrocedió

- ¡No lo sienta! Tal vez no vuelva a pasar… – la chica estaba seria – Esto se queda aquí… – se dio la vuelta – Recuerde que la esperamos…

- ¡Elsa por favor!... ¡Te juro que no he querido lastimarte! – se apresuró

- ¡Lo sé! – la miró por encima del hombro – ¿Quiere que la espere?

- ¡Sí! – no creía que eso le estuviese pasando a ella – Dame un segundo Elsa… – se pintó los labios, con la sensación de ambos besos en la piel

- ¡Si señora Mills! – dijo, y se retiró hasta la puerta del despacho

- ¡Dime Regina, por favor! – traía sus cosas de vuelta. Hablaba con determinación

- Volveré a llamarte Regina… ¡Cuando seas mía! – la miraba con intensidad – Esa es mi condición… De lo contrario, serás siempre la señora Mills…

La chica se dio la vuelta, mirando el desastre del escritorio, y abrió la puerta. La morena, apenas si pudo reaccionar, terminar de componerse y salir detrás de su asistente. Estaba ruborizada, y sospechaba que Elsa estaba consciente de ello.

Llegaron a la sala, y la cara de todos era de expectación

- Disculpen… Pero tengo a mi hermana con problemas de salud… Y pues, me distraje en ese asunto… – bajó la vista y se sentó – ¡Empecemos!

- ¡Tranquila Regina! – sentenció Marco, sonriendo – ¡Vamos Emma!

La señorita Swan se levantó, como si nada hubiese pasado. Ahora no estaba nerviosa por lo que pudiese decir "la bruja Mills", puesto que la técnica de visualizarla desnuda, era poco menos que fácil; y, para qué decirlo, placentera.

Esa mujer había apostado claramente a ella, con el beso que se habían dado en el baño. Lo peor de todo era que quería seguir frecuentándola, y, a decir verdad, seguir teniendo sexo con ella, hasta destaparla por completo. Eso quería, pero estaba Elsa.

La rubia también se sentía más tranquila, y optimista por lo que acaba de suceder. Su jefa había cedido en su oficina, no se había comportado tan dura como cuando estaba Emma. Era evidente su temor a perderla, y que esto iba más allá del plano profesional. Observarla cómo se quedó extasiada, después de que la besara, la hizo sentir feliz nuevamente. Regina había quedado rendida, y amansada. Esa mujer era una fiera, y le encantaba.

Una vez expuestos ambos enfoques del proyecto, por las dos jóvenes rubias, Regina tomó la palabra para cerrar, lo que sería, la discusión creativa

- La idea es que podamos hacer la mejor fusión posible, tratando de respetar el concepto original… – indicó – Obviamente, y complaciendo la petición de Marco, la señorita Swan va a estar a cargo…

- ¡Es lo menos! – dijo la chica, de forma pedante

- ¡Emma! – el hombre la frenó

- ¡Tranquilo Marco! – Regina hizo un gesto de no que no le prestara importancia – El punto es que no trabajará sola… – señaló, mirándola con desdén

- ¡Yo no pienso trabajar con usted! – fue directa – Y menos con la obvia contradicción que hay, entre la esencia del original, y los enfoques creativos de ambas empresas… – señaló la laptop de Elsa y la suya

- ¡Ese no es problema, Señorita Swan! – intervino Diana – Ya se firmó el acuerdo previo, y lo que predominará, es lo que considere la señora Mills…

- ¡¿Cómo?! – miró a su jefe contrariada, e indignada

- ¡Abre tu mente Emma! – sentenció

- Y no se trata de trabajar conmigo… – aclaraba Regina – Se trata de que, junto con Elsa, trabajarás para mí…

La rubia sentía que se repetía la escena del baño. La morena la había sacado de su zona segura, la estaba intimidando, y ya se había logrado cerrar casi por completo el acuerdo. Por un momento pensó que, tal vez, su encuentro con la mujer no había sido casual. ¡Pero no! ¡Se negaba a creer que todo fuese tan calculado!

Miró a Elsa, y esta asintió a modo de aprobación. Si ella estaba segura de que era lo correcto, tal vez debía ceder, y así demostrarle a Regina Mills que con Emma Swan no podía jugar, que ella era una profesional, y no el títere sin corazón de "la reina malvada".

Así fue que, entrando en mutismo, la joven arquitecta consiguió acabar la reunión, escuchando con atención todo lo que la morena decía, urdiendo el contrataque, cuando fuese el momento preciso.

El inicio de las operaciones estaba pautado para dentro de mes y medio, lo que le daba el tiempo suficiente para salir del redar de la bruja perversa; por otro lado, le daba oportunidad de prepararse, y así imponer sus criterios como proyectista.

Se despidió a viva voz, y detrás de ella salió Elsa. Los demás permanecieron en la sala, hablando del clima y la política, mientras recogían sus cosas. Regina y Diana escoltaron a los hombres hasta el ascensor.

- Elsa… ¿Y Emma? – le preguntó el joven, con voz melosa, al verla a lo lejos sentada en el escritorio

- ¡No sé Señor August! – le respondió, sin mirarlo siquiera – Creo que ya bajó… Si me disculpan, voy a la sala a recoger los documentos – les dedicó una sonrisa escueta al pasar

- ¡Ay August! – bromeó su jefe – No tienes mucho tacto con las mujeres, ¿o sí? – sonrió.

Las amigas se miraron con complicidad, mientras esperaban el ascensor. Cuando se retiraron todos, se reunieron en la oficina, a ver los detalles que faltaban, determinar la elaboración de la minuta, entro otros aspectos importantes. Elsa estaba rígida, indiferente, solícita en las cosas de trabajo, pero áspera en el trato, por lo menos con su jefa.

- ¡Al fin solas! – dijo con sorna

- ¡Diana! – le miró desde abajo, entornado los ojos en el proceso. Se dio la vuelta, para ver la ciudad – ¡No empieces!

- ¡¿Qué?! – estaba divertida – Te iba a decir que, en mi opinión, la reunión de hoy fue todo un éxito… Uno que deberíamos celebrar, por supuesto, con la modestia del caso… dada la condición de Zelena – suavizó su ímpetu

- ¿Tú crees? – respondió sin ánimo, con esa pregunta – Quiero ir a ver a mi hermana…

- ¡Lo sé! – se levantó y la abrazó – Hoy ganaste ese contrato, que era tan importante para ti… – estaba a su lado, de pie, con el brazo rodeando los hombros de la morena – ¡Vamos! Aunque sea una cena me debes, mira que no estoy en mis mejores momentos…

- ¡Gracias! – la miró, y le sonrió. Se levantó y la abrazó fuerte contra su pecho – No sé qué haría sin ustedes dos… Bueno, ustedes tres… – cerró los ojos.

Elsa, tocó la puerta casi de forma imperceptible, y ni Regina ni Diana se percataron de ello. Entró y las vio abrazadas, de esa forma entrañable

- ¡Te amo Diana! – la morena acariciaba la espalda de la mujer – ¡No sé cómo podría afrontar esto sin ti!

- Y yo te amo a ti Regina… Siempre que sigas en mi cama… – rieron juntas.

Con la misma velocidad y sigilo, se retiró cerrando la puerta. Ella que creía que podía conquistar a Regina, y Emma pensando que era la primera en esa historia; resulta que la morena era la amante de su mejor amiga. Tal vez las tres eran amantes, Diana, Sarah y Regina; y por eso a su jefa se le daban tan bien las multitudes, en especial, con más de una rubia.

Vio el reloj, estaba sobre girada en la hora de salida. Tomó su bolso, su celular y salió como alma que lleva el diablo, sin despedirse.

Cuando Regina se percató de la ausencia de Elsa, no pudo evitar sentirse mal, y culpable. Pensó en llamarla, pero imaginó que no serviría de nada, y que, tal vez, complicaría aún más las cosas

- ¿Te vienes? – le dijo la rubia

- ¡No Male! – la miró con resignación – Me quedaré un rato más, viendo la propuesta de la señorita Swan…

- Y… – miró al piso, luego a Regina nuevamente – ¿Cuándo hablamos de eso?

- ¡Si! – hizo un sonido de cansancio, y sonrió – Esta noche… Que estemos las tres… ¿Te parece?

- ¡No!... ¡Si a quién le tiene que parecer es a ti! – le dedicó un guiño, y le lanzó un beso – No te quedes tanto rato aquí… ¡Nos vemos en el restaurante!

Se sonrió de pensar lo que le esperaba. No le quedaba más que tomarse la preocupación de sus amigas de forma deportiva. Ella parecía una adolescente descarriada, y las otras, sus preocupadas madres. Unas muy modernas, pero madres, al fin y al cabo.

Todo lo de Emma y ella, se convirtió en un huracán, que la había sacado de su centro; y el daño colateral había sido, sin quererlo, para Elsa.

Tomó su celular, y marcó a su mejor opción en esos momentos

- Aló ¿John? – quería tanto escucharlo

- ¡Regina! – el hombre la saludó con gusto – ¿Imagino que quieres hablar con Henry?

- ¡Si claro! – se rio – Pero, también puedo saludarte…

- A, sí, claro ja, ja, ja… – siempre había sido muy amable y atento con Regina – Mañana en la tarde ya estaremos de regreso – le informó – Sé que… bueno, Robin no está en casa…

- ¡Tranquilo! Mariam lo recibe, si yo estoy trabajando… Y en la noche me encargaré de explicarle … – habló calmada – No sé… – bajó la vista, como si el hombre, al otro lado de la línea, pudiese ver su vergüenza – ¿Si supiste lo de Zelena?…

El silencio de John, delató su ignorancia al respecto

- ¡No sé!… ¿Qué pasó con ella? – estaba nervioso

- Obviamente sabes de su affaire con Robin… – afirmó, y guardó silencio unos segundos – Pero ahora es ella quien está en el hospital, en terapia intensiva, luchando por su vida…

- ¡Regina! Yo… – no sabía qué decir. Estaba sorprendido

- Te agradezco lo que has hecho por Henry, en estos días de vacaciones… – estaba triste al extremo, y comenzó a sollozar

- ¡Regina! Lo lamento… ¡En verdad! – sabía que el hombre, no compartía muchas de las decisiones de su amigo, más le era fiel, y se evidenciaba en sus palabras – ¡Voy a apoyarte, en lo que pueda!

- ¡Ayúdame con Robin! – le dijo, tratando de serenarse – No sé si puedo encargarme de eso ahora… Son tantas cosas, y me siento muy afectada…

- ¡Entiendo!... – hizo unos segundos de silencio – ¿Te paso a Henry?

- ¡Si! – no dudó.

Conversó con su hijo, y como siempre, éste la llenó de una paz inmensa, y de las fuerzas que necesitaba para volver a ser ella misma.

- ¡Te amo mamá! – el niño la adoraba

- ¡Te amo Henry! – lo extrañaba a morir – ¡Eres mi vida!

No llamó a Elsa, y no le escribió a Emma. Se limitó a ir a aquel restaurante, donde sabía que sus amigas la esperaban, y se dedicó a ser feliz con ellas.

Los días pasaron, y se iban entre amar a Henry, visitar con él a sus amigas, ir a ver a Zelena que seguía igual, y trabajar. ¡Cómo odiaba el trabajo en esos momentos! Ese trabajo, que había sido su gloria y su refugio, ahora era su cruz.

Elsa seguía indiferente y distante, algo molesta, aunque no lo exteriorizara, y muy seca con Regina. Ella, tuvo que fingir que no lo notaba, y seguir con su actitud de jefa poderosa. Eso parecía afectar aún más a la chica.

El domingo en la mañana llegó, y apenas si pudo dormir esperando ese día. Henry lo hacía instalado en su pecho, plácidamente, abrazado a su mamá. Lo contempló bajo la pobre luz del amanecer, mientras acariciaba sus cabellos. Amaba a su hijo.

Cuando ya había salido el sol, dejó a su amor descansando, arropado. Lo besó en la frente. Sin hacer ruido, se fue a la cocina y le indicó a Mariam lo que necesitaba para comer, y cómo atender a Henry, hasta que ella llegara.

Se dio una ducha, y se arregló en forma casual. Su cabello en una cola de caballo, una franela de un estilo POP clásica, pantalón de jean, zapatillas de paseo, la chaqueta de cuero negra, y los respectivos lentes de sol. Su maquillaje, y su ropa interior, decían otra cosa. Llevaba un brasier de encaje y transparencias, color rojo pasión, y estaba impecablemente maquillada a juego con ésta.

Tomó el bolso deportivo, le incluyó a la comida su libro favorito, tomó las llaves de su camioneta, y se dirigió al parque. Todo lo que esperaba era poder conseguir a Emma allí. Su nivel de ansiedad, la hizo llegar al estacionamiento de Mills & CO. en un santiamén.

Tomó sus cosas, y caminó la distancia que la separaba del parque, chequeando ya en las cercanías, la posibilidad de ver a la artista.

Eran las ocho y media de la mañana. Ella estaba sentada en el árbol de aquella vez. Desayunó, con esfuerzo, porque el nudo que tenía en la garganta y su excitación por ver a Emma, no le permitían tener apetito. Luego, recostó su cabeza contra el árbol, y se dedicó a leer.

Reconoció a uno de los jóvenes que ayudó a Emma a levantarse aquel domingo. Vio al labrador que atropelló a la rubia, y a su dueña, jugando muy cerca, tan cerca que, en un par de ocasiones, el perro buscó recibir amor de la morena.

Un hombre, al que le calculaba una edad un poco superior a la suya, pasó un par de veces trotando cerca de ella, mirándola con gesto interesado. Ella decidió ignorarlo, como lo había intentado hace un par de semanas con la pintora.

Así se le pasó el día, entre la lectura, esperar a Emma, acariciar al perro, pensar en la rubia, evitar al hombre, y desear la llegada de su artista favorita. Era obvio que eso no sucedería.

Emma la había plantado, y con toda razón. Guardó una esperanza infantil, nada propia de una mujer de su edad, y de su nivel intelectual. Tal vez era la crisis de los cuarenta, manifestándose en una mujer, lamentablemente deprimida.

Las lágrimas, como de costumbre últimamente, se hicieron presentes. Cerró el libro, recostó la cabeza contra el árbol y cerró los ojos. Suspiró, y dijo para sí misma

- ¡Te extraño! – como si hablaba con alguien más.

Escuchó cómo se sentaban, detrás de ella, en el mismo árbol

- Pues… ¡Aquí estoy! – dijo la rubia.

Se volteó de inmediato, quitándose los lentes de sol, para mirar con sorpresa quién había acudido, a su citan tan anhelada.

oOo

Saludos gente… He aquí otro capítulo de ésta historia. Espero que les guste, y de igual forma quisiera leer sus opiniones, comentarios… Lo que gusten plasmar.

El recibir sus reviews me anima a continuar. Gracias por el apoyo que le han dado a la historia.

Gracias a l s de antes, a l s de siempre, a l s ahora y a l s que se están integrando… Las leo con gusto.

Disculpen, pero me pareció apropiada la canción, en éste preciso capítulo, je, je, je…

¿Qué creen que pase ahora que no ha dejado a Regina plantada? )