Esta historia es de Krazyk85, yo sólo traduzco.

Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. El argumento y demás ingredientes de esta obra, son de la autora.

.

Chop and Change

Capítulo Catorce

Nos quedamos en nuestra habitación por unas horas más sin que nos interrumpa Emmett ni cualquier otra persona, y fue agradable. La traba en la puerta me había dado la libertad de besarlo y tocarlo como quisiera. Aunque, era raro estar sola con Edward. Siempre estábamos rodeados de gente, pero tenía la sensación de que él tenía algo que ver con eso.

Dudaba que él quisiera estar a solas conmigo en una habitación con una cama disponible.

Mis dedos trazaban dibujos incoherentes, delineando cada tatuaje del pecho de Edward. Él estaba recostado con sus manos detrás de su cabeza y sus ojos cerrados, disfrutando del toque simple y suave. Eso era la única cosa que me permitía hacer. Después del momento increíble que me había hecho pasar, quería devolverle el favor. Podía sentir lo mucho que lo deseaba, y mi mano había incluso deslizado por debajo de sus jeans, pero me dijo que esa no era la razón por la que me había masturbado. Él no estaba ningún tipo de devolución.

No importaba cuanto le dijera que no me importaba o lo mucho que quería tocarlo, no me dejó hacerlo.

Él era un estúpido terco en camino a ser un santo desinteresado.

—¿Qué significa este? —pregunté, trazando el tatuaje por el lado derecho de su pecho.

Era difícil de entender lo que era. Por un lado, parecía un tatuaje tribal. Era una luna creciente, y en la parte superior tenia forma circular con líneas que entraban y salían de él. Todo era complejo, confuso, y completamente apropiado para Edward.

Levantó su cabeza para ver dónde estaba apuntando.

—Es sólo un diseño celta. Me lo hice cuando tenía quince.

—¿Quince? —Le miré boquiabierta—. ¿Tus padres dejaron hacerte un tatuaje a los quince?

—No, por supuesto que no, —dijo, dejando caer su cabeza—. Eso pomposos hijos de puta se pegaron el grito en el cielo cuando se enteraron. Yo era una vergüenza para ellos, y mi mamá (la puta católica) me hizo ir a confesarme dos veces a la semana por un mes para limpiarme del maldito pecado.

Él estaba apretando sus dientes, su cuerpo estaba tenso, obviamente tratando de contener su ira. Me sorprendió que estuviera hablando abiertamente sobre sus padres. El tema de la familia había sido un secreto, y nadie quería discutir sobre ello. Cada vez que lo hacían, Edward les daría una mirada severa, y lo dejarían.

—No soy una persona religiosa —dije, apoyando mis codos sobre su pecho—. Renée se metió al Cristianismo por un tiempo, y tuvimos que ir a la iglesia los domingos, pero eso prácticamente acabó cuando conoció a su marido.

Incluso Dios pasó a segundo plano con Phil.

—¿Renée? —preguntó Edward, ladeando su cabeza a un costado.

—Esa es mi mamá —dije tristemente, encogiéndome de hombros—. La vieja Renée.

Había pasado un tiempo desde que había dicho su nombre en voz alta o incluso reconocerla. El dolor seguía allí, recordándome del momento en que ella me dio la espalda. Tal vez incluso fue antes de eso, pero ese día en la estación de policía fue cuando me di cuenta.

Fue hace un año, yo estaba bajo custodia por cargos de asalto y agresión. Tenía dieciséis años, y fue unos días antes de mi cumpleaños. Ese día fue sorprendentemente caluroso, y recuerdo cómo mi camiseta sin mangas rosa estaba empapada de sudor, y eso de alguna manera hizo que las manchas de sangre fueran de un color rojo intenso.

Habían llamado a Renée al trabajo, y ella vino a buscarme allí. Cuando llegó tres horas después, pude ver la frialdad y odio en sus ojos. A veces, ella se rehusaba a mirarme. Sabía que había elegido ir a ver a Phil primero, y él le llenó la cabeza de mentiras. Ella le creyó todo, y de repente yo ya no era su hija.

Ella mintió a la policía y colaboró con el relato de Phil. Incluso hizo que la policía presente cargos contra mí. Afortunadamente, ya que era una menor, y era mi primer delito, tuve tres meses de libertad condicional y doscientas horas de servicio comunitario. Los cargos serán retirados cuando cumpla los dieciocho. Ni que importaran ahora. No es como si fuera a ir a la universidad.

No, ellos me arruinaron ese futuro.

—¿Puedo preguntarte algo? —preguntó Edward, sentándose en la cama, y despertándome de esa memoria miserable y oscura.

—Eso depende de cuan personal sea —dije, sintiendo pánico.

Él sonrió débilmente, probablemente viendo a través de mí. Yo no era buena ocultando mis sentimientos.

—¿Qué tan malo tiene que ser algo para irte de casa?

Mi voz interior estaba gritándome, diciéndome que me esconda y evite su pregunta. Las puertas estaban cerradas y bien trabadas, manteniendo el dolor a un lado. ¿Por qué abrirlas? Si lo libero, me dominaría y ahogaría. Pero me di cuenta de algo más. En ese pequeño detalle que compartí sobre Renée, pareció abrir un recuerdo, pero estuve preparada para ello y el impacto fue menor.

Además, no le podía negar nada a Edward. Si había una única persona a la cual confiaba más que a mi misma, era el hombre sentado frente a mí. El criminal tatuado y armado con profundos ojos verdes, quién sin saberlo me atrapó en este mundo tóxico.

—Malo —dije—. Pero fue lo suficientemente fuerte para irme antes de llegar a ese punto entre lo malo y lo jodidamente malo.

Cuando empaqué mis cosas ese día, no pensé que sería una vagabunda. Ese pensamiento nunca se me cruzó por mi mente. Tenía dinero en mi billetera. Pensé que podría sobrevivir por mi misma, conseguir un trabajo, y convertirme en una mujer profesional. Pero me enfrenté con la realidad, y sin un titulo secundario, me di cuenta que mis opciones eran algo limitadas.

—¿Qué tan malo es jodidamente malo? —preguntó, mordiendo su labio inferior una y otra vez.

Me distrajo momentáneamente, y quise dejar de hablar sobre Renée y volver a besarnos. Había sido tan agradable acostarnos y besarnos, que no quería volver a la sórdida historia de mi vida. Pero más que eso, no creía que Edward estuviera preparado para escucharlo. La mirada en sus ojos me decían que estaba preparado para matar a cualquiera que quisiera hacerme daño, y por más que el pensamiento de Phil muerto me tentaba a contar todo, no quería que fuera Edward quién jalara del gatillo.

—Nena, —dijo Edward, corriendo mi cabello a un lado de mi hombro y enviándome escalofríos por mi espalda—. ¿Sabes que puedes decirme cualquier cosa, no?

—Lo sé —dije, inclinándome y besando sus labios. Suspiré, escogiendo bien mis palabras—. Mi mamá escogió a su marido antes que a mí. Nunca me protegió. Así que, decidí que era tiempo que yo me protegiera. Y si eso significaba irme y vivir en las calles, entonces que así fuera.

Edward entrecerró sus ojos, y su mano se movió hacia su arma.

—¿Qué te hizo ese hijo de puta? ¿Acaso te tocó? ¿Eh? Dímelo.

Gruñí, tomando su mano y manteniéndola en mi regazo. Lo último que necesitaba era que él desatara el infierno.

—Me fui antes que algo pasara, Edward, ¿está bien? Estoy bien. Por favor, confía en mí.

—¿Estás segura? —preguntó, volviendo a posar sus ojos en su arma.

Él no era estúpido. Sabía que yo no estaba siendo completamente honesta con él.

—Sí, estoy segura. Está bien. Estoy bien —dije, esperando redireccionar su atención—. ¿Ahora puedo hacerte una pregunta?

—Claro —contestó.

—¿Por qué te fuiste de casa?

Era un tema tabú para él, pero él ya abordó el mío. Era justo.

—¿Quién dijo que lo hice? —interrogó, con sospecha en su voz.

Oh, ¡mierda!

Esto no terminará bien para alguien, pero no podía fingir que solo fue una suposición. Él podía ver a través de eso, y así no me contará la verdad.

Mordí mi labio, alejándome de su mirada penetrante, y respondí tranquilamente.

—Emmett.

—Ese hijo de puta- —Sacudió su cabeza, riéndose secamente—. ¿Qué más te dijo el bocón ese?

—Emm, bueno, mencionó que tus padres son ricos. ¿Es verdad eso?

—Sip, —contestó Edward, frotándose fuertemente su frente—. Más ricos que el propio Dios.

Allí había demasiada amargura, y yo tenía miedo que me pasara de la raya. Era como un arma de doble filo. Quería saber más de él, y por qué escogió esta vida de crimen en vez de las grandes sumas de dinero, pero no quería que se enojara conmigo por eso. Yo no era su terapeuta; apenas tenía ocho horas en este tema de novia.

Pero las preguntas me inundaban: ¿qué haría que un hombre odiara demasiado a su familia como para abandonarla? ¿Qué hombre renunciaría al dinero y una vida de lujos por armas y una vida de miseria?

Yo sabía que mis razones por huir de Renée era el instinto de sobrevivir. Phil solo se estaba volviendo más valiente con el correr de los días, y si no me iba, ningún florero contra su cráneo iba a detenerlo.

Así que, ¿era instinto de supervivencia lo de Edward o algo más? ¿Algo mucho más dañino e irreparable?

Afortunadamente, yo era lo suficientemente inteligente para saber cuándo detenerme.

—Mira, Edward, no tenemos que hablar sobre esto si no quieres, ¿de acuerdo? —dije, levantándome de la cama.

Edward me tomó por la muñeca y me atrajo de vuelta en la cama. Se deslizó hacia mí y presionó su pecho contra mi espalda, mareándome con su calor. Envolvió sus brazos en mi cintura y posó su barbilla en mi hombro. Nos quedamos así por un momento, en silencio, solo escuchando el respirar de cada uno, hasta que manteníamos el mismo ritmo.

Al igual que el mismo Edward, era relajante, hipnótico y altamente adictivo.

Suspiró profundamente, poniendo fin al silencio.

—Lo siento por ser un idiota. Lo último que quiero es que sientas que no puedes preguntarme sobre mi familia. Si alguien tiene derecho a saber sobre mi pasado, eres tú.

Sonreí.

—Así que, ¿lo que dices es que tengo acceso ilimitado?

—Sólo tú.

—De acuerdo. —Empecé, frotando mis manos en modo de anticipación—. ¿Qué quiero saber? Oh, ya sé, cuéntame sobre tu padre.

—Él es una especie de… un Senador.

Parpadeé un par de veces, jodidamente anonada ante lo que me estaba contando.

—¿Me estás tomando el pelo?

Él se rio.

—Oh, ojalá lo estuviera.

Girando mi cuerpo para poder verlo, esperaba ver una sonrisa o un guiño, algo que me dijera que era mentira. Pero no lo estaba. Había un desconocido sombrío detrás de esos ojos. Cual sea la razón, Edward no estaba orgulloso de la situación política de su padre.

—¿Qué… cómo… es eso posible? —tartamudeé—. Quiero decir, ¿cómo el hijo del Senador termina como un criminal? —pregunté.

—Era la única mejor opción.

—¿Mejor opción de qué?

Cuando iba a contestarme, hubo un golpe fuerte en la puerta. Me asustó como la mierda, y salté casi veinte metros en el aire.

—¿Qué mierda? —dije, apretando mi pecho mientras mi corazón latía fuerte contra él.

—Vamos, cabrones —gritó Emmett detrás de la puerta—. ¡Dejen de follar como conejos y vengan aquí! Nos vamos de fiesta en una hora.

—Vete a la mierda —le gritó Edward.

Hubo unas carcajadas de parte de Emmett a través de la puerta.

—Solo vístanse, malditos calentones y salgan aquí.

Bueno, era oficial, nuestro tiempo a solas se había acabado, y los chistes sexuales volvían a empezar.

Maravilloso.

Edward gruñó, escondiendo su rostro en mi cabello.

—Sabes que no se irá.

—Lo sé —dije, poniéndome de pie y ofreciéndole mi mano—. Así que, salgamos de aquí y vayamos a algún lugar… solo tú y yo.

Levantó una ceja, interrogante.

—¿Y a dónde sugieres que vayamos?

Bajé mi vista hacia el rollo de cinta en la mesa a un lado de la Colt y sonreí, sintiendo mi rostro enrojecer de la emoción.

—Llévame a un garaje de estacionamiento.

.

.

No se si avisé aquí pero empecé a subir los outtakes del punto de vista de Edward.

Besos.