16 de Enero de 1549

Es aún de madrugada, sin rastro alguno del amanecer cuando unos fuertes golpes en la puerta rompen la quietud en la finca de Bradgate perteneciente a los Grey. La señora de la casa, Frances Brandon, y Mrs. Ellen, niñera de las hijas del matrimonio, se hallaban despiertas con la chimenea encendida en el salón principal. Frances había advertido que su marido no estaba en la cama al despertarse pasada la medianoche y había decidido bajar al salón principal a esperar su regreso, donde se había encontrado a una Mrs. Ellen que no lograba conciliar el sueño. Al oír los golpes en la puerta, Frances se alzó altivamente y se dirigió hacia la entrada dando grandes zancadas, dispuesta a reprender severamente a su marido por su escapada nocturna, seguramente para divertirse con cualquier fulana que encontrara en una taberna de mala muerte. Pero todas estas palabras de reproche enmudecieron en el momento en que uno de los criados abrió la puerta y Henry Grey entró en la vivienda con su hija mayor en brazos.

- ¡Por el amor del cielo! ¿Qué ha ocurrido? - exclamó Frances Brandon llevándose la mano al corazón al ver que su marido portaba en brazos a la primogénita de ambos, quien permanecía dormida llevando un vestido que debió ser originariamente azul pero que ahora estaba lleno de suciedad y barro, así como parte del cabello rubio y del rostro de la niña. - ¿Estáis los dos bien?

- Os lo explicaré ahora, esposa – susurró Henry Grey a su mujer, antes de girar el rostro hacia las escaleras que llevaban a la planta superior de la finca de los Grey. - ¡Mrs. Ellen!

Apenas había acabado de llamarla, cuando la fiel criada de los Grey y niñera de las hijas del matrimonio apareció.

- Aquí estoy, mi Lord, estaba terminando de acostar a las niñas... - estaba explicando la mujer antes de que sus ojos castaños se posaran sobre la desfallecida Jane Grey. - Por el amor del cielo, ¿qué ha ocurrido?

- Eso mismo ha dicho mi esposa, y os digo lo mismo que a ella: ya habrá tiempo para explicaciones. - dijo Henry Grey mientras tendía con cuidado a su hija para que Mrs. Ellen la tomara en brazos, algo que hizo de inmediato, intentando que no se despertara. - Ahora quiero que bañe a nuestra hija, le dé ropa limpia, algo de cenar y que la acueste en la habitación de invitados: no quiero que se despierten lady Catherine y lady Mary, o habrá tema de conversación para el resto de la madrugada...

- Sí, mi Lord... - contestó Mrs. Ellen haciendo una leve reverencia y subió las escaleras al segundo piso, con toda la rapidez que podía a su edad, esta vez llevando a la primogénita del matrimonio consigo.

Una vez que el ama de las niñas hubo desaparecido y podía estar segura de que no les oía, Frances se volvió hacia su esposo aún con una expresión de alarma en el rostro.

- ¿Vais a explicarme lo que ha ocurrido o no? - espetó la pelirroja.

- Lo que voy a explicaros, amada mía... - dijo Henry Grey, pasando a un lado de su esposa y entrando en el salón principal de la vivienda, en el que repiquetaba el fuego de una chimenea que mantenía la estancia a salvo del frío invernal de fuera. - Es que Thomas Seymour ha perdido la razón por completo y por lo tanto tenemos que deshacernos del documento que firmamos con él...

- ¿Qué? - se alarmó aún más su mujer. - ¡No podemos hacer algo así, de ello depende el futuro de Jane! ¿Qué os hace pensar tal cosa de Thomas Seymour?

- Sólo os diré que cuando llegué a esa hacienda, ese hombre estaba llevando prácticamente a rastras a nuestra hija hacia los establos: tenía la intención de ser él mismo quien se casara con ella para poder así subir su estatus dentro de la corte...

- ¡Eso es imposible! - espetó Frances Brandon, sin poder creer lo que oía. - ¡Jane sólo tiene once años, no tiene edad para casarse todavía!

- De hecho sí puede hacerlo si tiene permiso de su tutor... - continuó hablando Henry Grey mientras trataba de recordar en qué armario habían escondido el acuerdo matrimonial. - Y da la casualidad de que, para nuestra desgracia, el tutor de nuestra hija es el mismo Thomas Seymour. Iba a casarse con nuestra niña, sin nuestro consentimiento, sin el consentimiento del rey, haciendo caso omiso de toda regla y ley establecida... Ese hombre está completamente loco, Frances...

La madre de las hermanas Grey parecía haber enmudecido: creía lo que le había dicho su esposo, pero aún así el relato de los hechos era demasiado increíble para poder procesarlo en pocos momentos. Sólo volvió en sí cuando vio que su marido se dirigía con paso firme hacia el armarito en el que estaba oculto el pergamino que representaba el compromiso matrimonial de Jane y el pequeño rey de Inglaterra.

- No os atreveréis a destruir ese documento, esposo mío – exclamó Frances Brandon, colocándose frente al viejo armario para impedir que su marido lo abriera. - Sabéis lo que significa para el futuro de nuestra hija, para el futuro de nuestra familia... ¡Simplemente no podéis hacerlo!

- ¡Pero no lo necesitamos, Frances! - dijo Henry Grey, intentando hacer comprender a su esposa de lo importante que era deshacerse de ese documento. - Ese viejo trozo de pergamino con la firma de Thomas Seymour no determina nada del futuro de nuestra hija...

- ¿Ah, no? - contestó la pelirroja mujer, cruzándose de brazos de inmediato, aún frente al armario. - Pues yo diría que sí lo hace, y bastante... ¡No estamos hablando de una dote, estamos hablando de planes concretados de matrimonio con el rey de Inglaterra!

- ¡Pero es que para Jane no es el rey de Inglaterra, para Jane es sólo Eduardo! - contestó a su vez Henry Grey, cada vez más desesperado y casi suplicante porque Frances comprendiera lo que le estaba intentando decir.

Su mujer dejó escapar un gruñido de fastidio y se pasó la mano por sus cabellos rojizos, como si aún no pudiera creer lo que su marido estaba diciendo.

- Aunque no puedo decir que sé mucho de este tipo de documentos oficiales, puedo decir que conozco a mi hija – comenzó a explicar pausadamente el padre de las hermanas Grey, aún ante la atenta mirada de su esposa. - Desde que tiene uso de conciencia, Jane conoce a Eduardo. Nosotros forzamos esa situación, que se conocieran desde muy pequeños para que se creara esa conexión, para fueran amigos y lo siguieran siendo en un futuro...

Frances Brandon asintió, manteniendo una expresión ceñuda en el rostro con la que pretendía comunicar a su marido dos cosas: la primera, que le estaba escuchando; la segunda, que el primer comunicado no interfería en absoluto con lo que ella pensaba y su pretensión de defender con uñas y dientes el compromiso matrimonial de Jane.

- Pero nuestros planes se limitaban a eso, Frances: planear esos sucesivos encuentros y rezar porque ambos congeniaran, pero... Míralos ahora, mira a Jane... - continuó diciendo Henry Grey, a la vez que traía viejos recuerdos a su memoria. - ¿Recuerdas esa vez que Eduardo visitó nuestra finca y Jane se había caído por las escaleras esa misma mañana?

La madre de Jane Grey agachó levemente la mirada, haciendo como que se quitaba una pequeña mota de polvo de la larga falda color verde oscuro de su vestido, pero en realidad estaba ocultando el rostro a su marido: claro que recordaba aquel día, Jane era aún muy pequeña y temían que estuviera intentando evitar al entonces príncipe de Gales Eduardo Tudor.

- Por más que tratamos intentar que se calmara, que dejara de llorar, incluso amenazamos con castigarla si no se tranquilizaba, no pudimos conseguirlo. Sin embargo, cuando llegó Eduardo, ella salió de su habitación, bajó las escaleras y simplemente le abrazó... Dejó de llorar por completo.

Frances Grey alzó el rostro de nuevo, aún ligermante ceñudo y con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, pero parecía más dispuesta a escuchar lo que su marido tenía que decir que la vez anterior.

- Frances, aunque aún no lo sepan, todavía son muy pequeños para poder comprenderlo, Eduardo y Jane no son únicamente amigos: para cada uno de ellos, el otro es la persona que les da paz y felicidad incluso cuando todo va mal; se les ve mucho más sonrientes cuando están juntos, incluso si hay mucha gente con ellos también. Del mismo modo, tú sabes también como yo lo apenada que está Jane si pasa mucho tiempo sin ver Eduardo, aunque siempre es reacia a preguntarnos cuándo volverá... - continuó explicando lo mejor que podía el padre de las hermanas Grey, mientras su esposa se mordía ligeramente el labio inferior. - No puedo hablar de los sentimientos de Eduardo, no he tenido tanto trato con él como con Jane, como es normal, pero sé lo mucho que significa nuestra hija para él: ha crecido sin el amor de su madre, se quedó huérfano y se convirtió en rey de Inglaterra el mismo día... Y el día de su coronación, cuando entró en la abadía no era más que un chiquillo nervioso y asustado hasta que vio a nuestra hija en la comitiva que le precedía... No ha habido momentos importantes en sus vidas en los que no hayan estado el uno al lado del otro, poseen un carácter tan similar y se comprenden tan bien el uno al otro...

Henry Grey mantuvo la mirada fija en la de su esposa, quien cada vez parecía menos enfadada y más inclinada a escuchar lo que su esposo le estaba diciendo, y en aquellos puntos ella lo podía entender muy bien y él lo sabía: ambos se habían casado muy jóvenes, a los dieciséis años de edad, sintiendo que era imposible estar más enamorados de lo que ellos estaban... Y veía esos sentimientos de los que ahora hablaba su marido reflejados en su propia historia de amor, y sin embargo, Henry y ella nunca vivieron tantas cosas juntos antes de casarse como lo estaban haciendo Eduardo de Inglaterra y su hija Jane en el momento presente.

- Lo que intento decirte, Frances... - continuó diciendo Henry Grey, aprovechando el silencio de su esposa. - Es que es como si ya fueran una y otra mitad, el uno del otro; ese vínculo de afecto e intimidad que Eduardo y Jane tienen... Frances, es así, únicamente así, como nace el amor...

Frances Brandon parpadeó un par de veces para disipar la irritación de sus ojos vidriosos y agachó el rostro dejando escapar el aire: sabía que su esposo tenía razón en muchas de las cosas que había dicho, sabía que lo mucho que significaba Eduardo para Jane, mucho más de lo que ella y su esposo podrían haber planeado en un momento, y cómo Eduardo correspondía genuinamente, y no podía ser de otro modo a tan tierna edad, al sentimiento de amistad y cariño que Jane profesaba hacia él. Todo aquello no significaba que fueran a enamorarse cuando llegaran a la adolescencia, edad de contraer matrimonio, ya que había muchas más familias ambiciosas en la corte que tratarían de exponer bien a sus hijas frente a los ojos del – en un futuro – adolescente rey de Inglaterra, pero... Frances sentía que, de un modo u otro, su marido tenía razón... En su interior sabía que los dos niños dejarían de ser niños muy pronto, y entonces podrían comprobar si, tal como pensaban, un sentimiento más fuerte y poderoso que la amistad que los unía entonces acabaría por aflorar en los corazones de los jóvenes.

Finalmente, la madre de las hermanas Grey dejó escapar el aire y cruzó la habitación, dejando a su marido vía libre para acceder al armario, pero aún sin querer cruzar una sola mirada con él.

- Será que suba a ver cómo se encuentra Jane... - habló Frances Brandon en apenas un murmullo, antes de sujetar con cuidado las faldas de su vestido y comenzar a subir los escalones de madera de roble que llevaban a la segunda planta de la hacienda.

Henry Grey la siguió con la mirada hasta que su esposa desapareció de su campo de visión, para oírla preguntar a Mrs. Ellen poco después cómo se encontraba la primogénita del matrimonio, al fin en casa después de tantos y tantos meses lejos de ellos. El duque de Suffolk sabía que no siempre habían sido los mejores padres del mundo para ninguna de sus tres hijas, pero aún así las querían con todo su corazón, era por ello que intentaban poner a sus pies un futuro brillante y sin problemas. Tras unos instantes, Henry Grey abrió el armario y extrajo el documento, que permanecía cuidadosamente oculto entre varias sábanas limpias de repuesto. Estudió el pergamino una última vez, antes de lanzarlo a la lumbre de la chimenea que había encendida en la habitación. El papel se ennegreció, se retorció sobre sí ante el avance de las llamas hasta que acabó convertido en meras cenizas sobre la leña del hogar.

Y, por primera vez, en mucho tiempo, Henry Grey respiró tranquilo.


Hacía ya muchas largas horas que el joven Eduardo Tudor yacía dormido en los aposentos reales. Acurrucado entre las mantas en el medio de la cama en la que antes había descansado su padre, el niño rey de Inglaterra respiraba pausadamente con los ojos cerrados, mientras sostenía con cuidado contra sí a su fiel Júpiter, al cual permitían dormir con el muchacho para que no se sintiera solo durante la noche. La diferencia entre la situación de Enrique VIII y la de su hijo menor era que éste último podría haber dormido con cuatro niños de su misma edad en aquel mueble sin siquiera darse cuenta, y el anterior rey no podía decir en absoluto lo mismo de su persona. Era un mueble muy antiguo, con elaboradas columnas ornamentadas de madera en cada una de las esquinas, que servían a su vez para sostener el dosel y el lujoso cortinaje rojo y dorado que envolvía con cuidado el lecho del rey de Inglaterra. Desde la llegada del frío invernal, se habían añadido nuevas mantas y almohadones que sirvieran para proteger al joven monarca del clima de la estación más ardua de Inglaterra.

Así mismo, procuraban dejar la chimenea de los aposentos reales durante el mayor tiempo posible encendida, para que caldeara el ambiente de la habitación. Al menos hasta que el rey durmiera, cuando una criada solía entrar a apagar el fuego con un pequeño cubo de agua con cuidado de no despertar al chico. Aquella noche, las cortinas del lecho estaban totalmente echadas ya que no había cesado de nevar durante todo el día y los cortesanos temían más que cualquier otra cosa que Eduardo se pusiera enfermo, así que hacían saber al Consejo que debían tomar todas las precauciones necesarias para vigilar la salud del pequeño monarca.

Un leve crujido rompió el silencio de la noche y un hilo de luz penetró en los oscuros aposentos del rey de Inglaterra: alguien había abierto la puerta y, según oía los pasos pausados, había entrado en la habitación. Júpiter despertó y, al percatarse de la situación, comenzó a gruñir levemente.

El chico mantuvo los ojos abiertos, desplazando su mirada gris a un lado a otro del cortinaje, intentando escrutar, sin moverse, todo posible movimiento alrededor de su lecho. Quizás sólo se trataba de Lady Edith, la muchacha que apagaba la chimenea cuando ya era muy tarde, y durante unos instantes, Eduardo Tudor se tranquilizó pensando que se trataba de ella, hasta que advirtió que no veía el reflejo del fuego resplandeciente contra las cortinas, señal inequívoca de que éste ya se encontraba apagado. Por su parte, Júpiter continuó gruñendo entre dientes, sin dejar a un lado ni por un solo momento su actitud desafiante y de ataque, intentando liberarse del abrazo protector de su dueño. El joven monarca apenas se atrevía a respirar, sujetando firmemente contra sí al can quien luchaba, entre bruscos movimientos y gruñidos, por zafarse de él y lanzarse contra fuera quien fuera el que hubiera entrado en la habitación. Mientras tanto, Eduardo de Inglaterra trató de tranquilizarse pensando en hechos reales: él era el rey de Inglaterra, sólo un niño a los ojos de la mayoría y sin heredero, no había persona capaz de entrar en sus aposentos sorteando a la inmensa cantidad de soldados que montaban guardia, no sólo a ambos lados de la puerta de los aposentos reales, sino a lo largo y ancho de todo Hampton Court.

Eduardo tragó saliva, intentando tranquilizarse al asimilar todo lo que su mente le había estado recordando, cuando Júpiter, con un rapidísimo movimiento, aprovechó la distracción del muchacho para zafarse de él y dar un enorme salto desde el lecho en el que había estado acostado segundos antes hasta el exterior de la cama, atravesando las cortinas, las cuales se quedaron ondeando tras su marcha durante unos pocos instantes más. El muchacho se incorporó de inmediato, con el corazón latiendo a toda velocidad en el interior de su pecho, mientras oía ladrar rabiosamente a Júpiter a quien fuera que hubiera entrado pasada la medianoche en los aposentos del rey de Inglaterra. El can gruñía furiosamente y ladraba de igual modo, intentando hacer retroceder al invasor, cuya sombra Eduardo había comenzado a vislumbrar en las cortinas que rodeaban su lecho. Una sombra que en aquellos mismos instantes, entre los ladridos rabiosos de Júpiter, había desenfundado un arma.

- ¡No! - un grito escapó de los labios del joven rey de Inglaterra antes de que oyera un disparo en la habitación seguido por el alarido de dolor del can.

Sin pensar siquiera en el hecho de que había un desconocido armado en sus aposentos, Eduardo Tudor se quitó las mantas de encima con un rápido movimiento y saltó al exterior del lecho, a través de las cortinas que rodeaban el mismo para encontrarse con una imagen que nunca hubiera deseado ver: Júpiter estaba tendido en el suelo dejando escapar pequeños lamentos mientras la sangre manaba a borbotones de su pequeño cuerpo.

- No... - volvió a murmurar Eduardo Tudor, sintiendo cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos grises, lanzándose al suelo junto al lugar donde yacía su mascota.

Júpiter aún movía débilmente la cola y dirigió su mirada vidriosa hacia su amo, con un sentimiento que hizo que el corazón del joven rey de Inglaterra se partiera en dos: el can parecía pedirle ayuda, socorro, como si creyera posible que su joven amo pudiera salvarle aquella vez. Ya con rápidas lágrimas recorriendo sus mejillas, Eduardo se acercó aún más a su fiel amigo, colocándolo con cuidado de no causarle más daño sobre su regazo, de forma protectora. El perro gimió lastimeramente cuando el niño lo colocó sobre sus rodillas, susurrándole palabras de cariño y acariciando el rostro del can, sobre el que comenzaban a caer las lágrimas del joven rey.

Sabía que por mucho que viviera, Eduardo nunca olvidaría aquellos momentos, aquellos instantes de despedida en que su mascota parecía pedirle ayuda, pedirle que lo salvara y lo único que él podía hacer era acariciar su pequeña cabeza mientras él mismo empezaba a sollozar sobre el animal, haciendo que sus hombros se sacudieran levemente.

- Lo siento... - murmuró el joven monarca en un sollozo quebrado. - Júpiter, perdóname, lo siento muchísimo...

El can parecía entenderle, ya que movió débilmente la cola una vez más y lamió con cariño una de las manos del chico. Pudieron pasar segundos, minutos o incluso horas en los que el tiempo se paró, sólo existían el joven muchacho y su perro, quienes mantenían la mirada fija el uno en el otro, y entonces, tan fugazmente como ocurre en la mayoría de los casos, Júpiter dejó de mover la cola y de mirar a su amo... Fue entonces cuando Eduardo comprendió que se había marchado. El chico rompió en sollozos una vez más, sintiendo agarrotados todos los músculos de su cuerpo, y dejó caer su frente sobre la cabeza del animal, aferrándose a lo que le quedaba de su fiel y amada compañía en todos esos largos años, abrazando una última vez a su mascota.

Durante aquellos instantes, nada más parecía ocurrir en el mundo, el tiempo se había detenido, dejando que Eduardo Tudor llorara amargamente sobre su mascota. Sólo cuando alzó el rostro, hipando débilmente al llanto desesperado, vio cómo la sangre del animal teñía de rojo las baldosas de la estancia... Y recordó que alguien había irrumpido en ellas, en medio de la madrugada, dando muerte a su mascota que había tratado de defenderle. Y así, Eduardo Tudor se fijó en las botas manchadas de barro y nieve que tenía ante sí, y elevó la mirada a lo largo del cuerpo del desconocido hasta encontrarse con un rostro que no le resultaba nada desconocido.

- ¿Tío Thomas? - preguntó un confundido Eduardo Tudor, mientras seguía sosteniendo en sus brazos a Júpiter, sin entender lo que estaba pasando: ¿había sido su tío el que había entrado en las habitaciones? ¿el que había disparado contra Júpiter?

Antes de que Eduardo pudiera hacerse alguna pregunta más o terminar de entender lo que estaba ocurriendo allí, Thomas Seymour le agarró del hombro, poniéndole en pie, dejando a Júpiter a un lado, y tiró de él sacándole a la fuerza de sus aposentos.

- Tío Thomas, ¿qué está pasando? - preguntó desesperado el joven rey, mientras intentaba zafarse del hombre, sólo para conseguir que éste apretara más su mano sobre el hombro del chico. - ¿Qué estáis haciendo aquí?

- Soy tu tío, tengo todo el derecho a estar aquí – murmuró el hombre, mientras seguía conduciendo frenéticamente al muchacho a través de diversos pasillos y habitaciones. - Como familiar adulto del rey tengo el derecho a poseer las llaves de vuestros aposentos...

- ¡Eso es ridículo! - exclamó Eduardo, dando un tirón y zafándose de su tío por unos instantes. - ¡Estáis armado, habéis abierto fuego contra mi perro!

- ¡Os conseguiré uno nuevo, maldita sea, pero ahora tenemos que irnos de aquí! - agarrando nuevamente al niño y tirando de él, doblando con velocidad una esquina cercana.

- ¡No voy a ir a ninguna parte, soltadme! - exigió el chico mientras intentaba liberarse, una vez más, de Thomas Seymour.

Pero la intrusión de Thomas Seymour no había pasado inadvertida para la guardia real, como bien pudo comprobar el viudo de Catalina Parr cuando, al doblar una esquina, se topó de frente con los guardias del rey, quienes estaban armados y dirigían contra él sus espadas y alabardas.

- ¡Seymour! - bramó el jefe de la guardia, mientras éste se apresuraba a poner a Eduardo frente a él, como escudo humano. - Dejad ir a su Majestad ahora mismo. No es una petición, señor, es una orden, ¡soltadle, ahora!

Thomas Seymour estudió la situación frenéticamente mientras contemplaba sus posibilidades: no había pensado en la guardia del rey, así como tampoco había contado con el chucho que poseía su sobrino, pero tenía un as en la manga.

- ¡Atrás! - exclamó Thomas Seymour, totalmente fuera de sí, a la vez que desenvainaba velozmente una daga y la apretaba contra el cuello del joven rey, haciendo que el chico dejara escapar un grito ahogado. - ¡Atrás o le mato aquí mismo, lo juro por Dios!

El hermano del Lord Protector tenía aferrado firmemente al joven monarca contra sí, quien contenía la respiración mientras alzaba con cuidado las manos en alto, intentando recordar a su tío que no estaba armado, sino completamente indefenso bajo el filo de la daga que su tío sostenía contra su cuello. La guardia real había retrocedido de inmediato un par de pasos, alertados ante la amenaza de Seymour: desconocían por completo sus intenciones, pero el camisón blanco con el que dormía el rey estaba ya cubierto parcialmente por la sangre de su mascota, una señal de que Thomas Seymour había perdido completamente el norte.

- Muy bien, atrás, atrás, soldados, atrás... - ordenó con una señal el jefe de la guardia real antes de volverse hacia Thomas Seymour. - Lord Seymour, entregadme al rey... Os lo pido por favor, dejad ir al niño...

No le estaba hablando del rey aquella vez, sino del muchacho que aún era Eduardo Tudor, intentando que Seymour comprendiera lo que realmente estaba llevando a cabo. Pero éste no parecía escucharle y aprovechó la baja de la defensa de la guardia real para agarrar más al muchacho contra sí, quien trató de liberarse sin demasiado éxito, y escapar por un corredor cercano, mientras su mente se inundaba poco a poco con acelerados planes que llevar a cabo. Aún le quedaba una oportunidad. Sí, eso era una oportunidad más... Únicamente tenía que sacar a su sobrino de Hampton Court y trasladarlo hasta su propia finca en Sudeley. Jane Grey era aún su pupila y la prometida del joven monarca de Inglaterra, ahí todavía tenía una carta que jugar. Si lograba que contrajeran matrimonio esa misma noche, él se convertiría de inmediato en el tutor de la reina de Inglaterra... Sí, eso era, nadie podría negar su posición entonces... Pero olvidaba que Henry Grey había llevado a su hija de nuevo a Bradgate... No importaba, llevaría a Eduardo hasta allí si era preciso...

Se hallaba tan sumido y entregado a estos pensamientos y divagaciones que no advirtió que los guardias reales aún le seguían. Uno de los soldados había sacado un arco y apuntaba con precisión al hombro de Thomas Seymour, intentando herirle en una zona que siguiera manteniendo a salvo al rey de Inglaterra. Tras unos instantes de enfocar, el guardia dejó volar la flecha, que acertó certeramente en su objetivo: Seymour se derrumbó en un grito de dolor y Eduardo Tudor, aún asustado y aturdido por lo repentino de los acontecimientos, pudo zafarse de él y volvió corriendo junto a la guardia real, refugiándose en ellos.

- ¡Majestad! - exclamó uno de los guardias, adelantándose y cubriendo paternalmente a Eduardo Tudor con una gruesa manta. - ¿Os encontráis bien, estáis herido?

- Estoy bien... - musitó Eduardo Tudor, mientras el resto de guardias apresaban a Thomas Seymour, y se dejó caer, aún envuelto en aquella manta, contra una pared cercana y cerró los ojos rogando a la luz del sol que iluminara de nuevo el cielo nocturno de su reino, dando por concluida aquella madrugada de pesadilla que acababa de vivir.

El chico dejó escapar un suspiro cansado, mientras sentía cómo su corazón sentía latiendo con violencia en el interior de su pecho. Alzó el sudoroso rostro, contemplando como la guardia real iba de aquí para allá, mandando órdenes a diestro y siniestro, pidiendo refuerzos mientras apresaban a su tío Thomas. Eduardo acertó a dar un par de pasos tambaleantes, aún rozando su hombro con la pared sobre la que se había dejado caer unos momentos antes, cuando sus rodillas se fallaron y cayó sobre el empedrado pasillo de aquella parte del castillo.

- ¡Majestad! - se alarmó de nuevo uno de los guardias, dirigiéndose de inmediato a donde estaba encogido el niño, tratando de recuperar la respiración. - ¡Majestad, ¿podéis oírme? ¿Necesitáis un médico?

Eduardo Tudor pensó en que necesitaba a sus hermanas, pero ambas se encontraban muy lejos de Hampton Court en aquellos momentos. Habían ocurrido tantas cosas terribles de manera tan precipitada que lo único que quería hacer el niño era volver a su cama e intentar conciliar el sueño, protegido entre sus cálidas mantas y por su... Un nuevo e inesperado sollozó brotó de la garganta del joven monarca, quien se dejó caer sobre el hombro del guardia real que había ido a socorrerlo.

- ¡Majestad! - se asustó de nuevo el hombre. - ¡No os alarméis, todo ha pasado ya! Decidme, ¿qué puedo hacer por vuestra Majestad?

- Mi perro... - acertó a decir Eduardo entre sollozos, sin poder parar de temblar. - ... Por favor, que alguien entierre a mi perro...


El muchacho de once años vaciló y se aferró levemente a los reposabrazos de su trono. El sol brillante del mediodía entraba en todo su esplendor por las magníficas cristaleras del salón del trono de Hampton Court, dejando atrás la oscuridad de la pesadilla que había sido para todos la noche anterior. Su tío Edward Seymour estaba junto aél, mostrándole el pergamino que había preparado aquella misma mañana, tras exponer al consejo los acontecimientos de la pasada madrugada. El consejo había sido unánime: lo que había cometido Thomas Seymour era más que alta traición y únicamente existía un castigo en las leyes de Inglaterra para tales viles acciones. El niño rey de Inglaterra jamás en sus dos años de reinado había firmado una sentencia de muerte... Y ahora se encontraba ante él la de su propio tío, Thomas Seymour, quien, según le habían informado aquella misma mañana, había abusado de su hermana Isabel, quien había traicionado el corazón de su querida madrastra, quien había retenido a Jane en su castillo contra su voluntad y apartándola de su familia, quien había tratado de secuestrarle, matando a Júpiter cuando el can trató de protegerle... Incluso había amenazado con matarle a él.

Se le formó un nuevo nudo en la garganta al pensar en lo mucho que siempre había confiado en el buen proceder de su tío Thomas, creyendo que toda aquella amabilidad y comprensión para con él era genuina, y ahora entendía que únicamente estaban motivadas únicamente por el deseo de ganarse su confianza para poder tener más poder sobre el reino... Qué estúpido había sido.

- ¿Se muestra arrepentido? - murmuró Eduardo, aún perdido en sus pensamientos, llamando la atención de su tío Edward. - De todo el mal que ha obrado y del que es consciente, ¿mi tío se arrepiente?

Edward Seymour contempló a su sobrino, sin saber muy bien qué decir, y fue aquél silencio postergado el que hizo que, con la mirada gris fija en el nombre de su tío, escrito con cuidada caligrafía en aquel pergamino, Eduardo Tudor tomara la pluma mojada en tinta que le tendía su otro tío y con la mano ligeramente temblorosa, pero decidida, comenzó a firmar el consentimiento y mandato real para la ejecución de Thomas Seymour.

Mientras su cuidada caligrafía iba escribiendo poco a poco su propio nombre, Eduardo VI de Inglaterra pensó muchas cuestiones: ¿qué hubiera dicho su madre de todo esto? ¿qué hubiera dicho ella al ver el nivel de ambición que llegaban a tener sus hermanos? Si ella estuviera allí, todo sería muy distinto: probablemente aún seguiría con vida, convirtiéndose en la reina madre de Inglaterra, y Eduardo estaba seguro de que hubiera llevado la situación con el mayor de los deseos de que nadie se aprovechara de su juventud como rey... Todo podría haber sido tan distinto si ella no hubiera muerto doce días después de que él viniera al mundo. A veces no podía evitar sentirse culpable por ello. Finalmente, terminó su firma y depositó la pluma nuevamente en el tintero que le había ofrecido su tío, quien asintió realizando una profunda reverencia y procedió a abandonar el salón del trono.

Mientras su tío se alejaba con el pergamino entre las manos, Eduardo notó cómo una parte de su niñez moría para siempre, marcando un antes y un después en su vida y en su reinado. Nunca habría querido ver a su tío Thomas en aquella situación, pero él había obrado con egoísmo y crueldad hacia aquellos a los que él más amaba. Y eso era algo que, ni siquiera él, como rey de Inglaterra, había podido dejar pasar por alto. La noche y la madrugada del 15 y 16 de enero de 1549 había tenía consecuencias para mucha gente, en muy diversas circunstancias: fue una madrugada de invierno en la que todos los implicados no podían esperar a ver asomar por el horizonte la cálida y segura luz del sol.


NdA: Y se acabó Thomas Seymour (no sabéis las ganas que tenía que quitarme a este hombre de encima). La intrusión de Thomas Seymour en los aposentos de Eduardo VI la madrugada del día 16 de enero de 1549 son totalmente ciertos: Seymour entró en ellos, mató al spaniel del rey e intentó secuestrar a su propio sobrino, aunque se desconoce con qué fines, pero lo único que se sabe al respecto es que quería llevárselo de Hampton Court para poder hacer chantaje a los miembros del consejo... Aunque, en mi opinión, creo que ese hombre acabó por perder el juicio. Como ya he dicho en la nota de autora del capi anterior, me ha costado mucho escribir este capi (inicialmente era uno sólo, pero debido a lo largo que estaba quedando me decanté por dividirlo en dos) y he llorado muchísimo escribiéndolo, de verdad (creo que nunca me había pasado escribiendo fics, al menos no tan fuerte).

Me alegra poder decir que, después de todo lo que les ha pasado, a Eduardo y a Jane les esperan unos capítulos de relativa calma, donde vamos a poder ver cómo va evolucionando su relación a medida que ambos se acercan a la adolescencia... Y ya estoy hablando mucho. Como siempre, mil gracias por seguir este fic, significa el mundo para mí :). Gracias, de corazón.