Disclaimer: Rick Riordan es el propietario de los Héroes del Olimpo, los Dioses del Olimpo y las Crónicas de Kane.
—Nos encontramos con la lanzallamas humana —leyó Lacy.
—¿Por qué tengo la impresión de que soy yo? —gimió Zia.
Vale, voy a quedarme yo el micrófono.
Carter frunció el ceño, recordando el golpe que le había dado Sadie para quedarse el micrófono para ella.
Esta parte no la puede contar bien mi hermano de ninguna manera, porque trata de Zia.
Zia y Carter se sonrojaron, mientras Afrodita sonreía.
[Calla, Carter, sabes que tengo toda la razón.]
Ah, que quién es Zia.
—Ya lo sabemos, en realidad —dijo Will con descaro.
Es verdad, estoy adelantando acontecimientos.
—Como siempre —dijeron Carter, Walt y Anubis a la vez.
Llegamos a toda pastilla a la entrada del museo, y yo no sabía por qué íbamos allí, solamente que nos había ordenado hacerlo una mujer-gato gigantesca que brillaba.
—Reconozco que ese es un buen incentivo para obedecer —señaló Frank.
Bueno, has de comprender que yo ya estaba desolada por todo lo que había ocurrido. Primero, había perdido a mi padre. Segundo, mis encantadores abuelos me habían echado a patadas de su piso. Luego había descubierto que al parecer soy de la «sangre de los faraones», nacida en el seno de una familia mágica y montones de chorradas más que sonaban muy impresionantes pero que no me habían traído más que problemas a mansalva. Para colmo, cuando acababa de encontrar un nuevo hogar —una mansión con buenos desayunos, mascotas amistosas y un dormitorio bastante decente, por cierto—, va el tío Amos y desaparece, mis adorables nuevos amigos el cocodrilo y el babuino terminan en el río y la mansión se incendia. Y por si no bastaba con todo eso, a mi fiel gata Tarta no se le ocurre otra cosa que entablar una batalla desesperada contra un enjambre de escorpiones.
—Bueno... creo que es comprensible que te encuentres así —dijo Hazel, tras varios segundos de silencio.
—No ha sido una de las mejores cosas que podrían haber ocurrido —admitió Nico.
¿Con los escorpiones hay que decir «enjambre»? ¿«Rebaño»? ¿«Bandada»? En fin, da lo mismo.
—Creo que no hay expresión para referirse a ellos —murmuró Carter—. Dejémoslo en enjambre.
El caso es que no me entraba en la cabeza que me hubiesen pedido abrir una entrada mágica cuando claramente no tenía esa habilidad,
—Si ya, claro —bufó Jaz, con clara ironía.
—En ese momento, no sabía que pudiese hacerlo —replicó Sadie, sonrojándose.
y ahora mi hermano me llevaba casi a rastras. Me sentí una fracasada total.
—Se notan que son hermanos —señaló Leo—. Ambos son iguales de pesimistas.
—Ni te imaginas —dijeron Horus, Isis, Walt, Zia, Anubis, Bast y Ra.
—Gracias por el apoyo —se quejaron ambos hermanos.
[Y no quiero oír ni un comentario tuyo, Carter. Que yo recuerde, tú tampoco serviste de mucho en aquel momento.]
—Golpe bajo —murmuró Jason.
—¡No podemos dejar sola a Bast! —grité—. ¡Mira!
—¿Lo viste? —preguntó Bast, a Sadie.
Esta asintió.
Carter siguió corriendo, tirando de mí, pero yo aún veía con bastante claridad lo que sucedía detrás de nosotros, en el obelisco. Una horda de escorpiones había trepado por las piernas verdes y relucientes de Bast, y estaban colándose dentro del holograma como si fuese de gelatina. Bast machacaba a cientos y cientos de ellos con los pies y los puños, pero sencillamente eran demasiados.
—No hay nada de que preocuparse —dijo Bast, al ver la cara de preocupación de varios—. Me he enfrentado a cosas más peligrosas que a ese montón de arañas con complejos.
—No quiero saber a lo que se ha enfrentado —murmuró Hermes.
Al poco tiempo ya le llegaban a la cintura, y su coraza fantasmal empezó a parpadear. Mientras tanto, la diosa de túnica marrón avanzaba poco a poco, y me dio en la nariz que sería peor que todos los escorpiones del mundo juntos.
—Es la diosa de los escorpiones —bufó Alyssa—. ¡Claro que va a ser peor que todos los escorpiones del planeta!
Carter me hizo atravesar una hilera de arbustos y perdí de vista a Bast.
Ruby no pudo evitar suspirar. No quería que sus hijos viesen eso.
Salimos a la Quinta Avenida, que me pareció ridículamente normal después de la batalla mágica.
—Entiendo esa sensación —susurró Percy, recordando la Batalla de Manhattan. Los semidioses asintieron con él.
Corrimos acera abajo, pasamos por medio de un grupo de peatones y subimos la escalinata del museo Metropolitan.
Encima de la entrada había una pancarta que anunciaba algún tipo de acontecimiento especial navideño, que es por lo que supongo que el museo estaba abierto en día festivo, pero no me molesté en leer los detalles.
—La verdad, es que no deberías de perder el tiempo —señaló Holly.
Fuimos directos hacia el interior.
¿Que qué pinta tenía? Bueno, pues era un museo: vestíbulo enorme, columnas a montones, etcétera.
—Gran manera de describir un museo —rió Chris.
Sadie se encogió en su sitio, ante las miradas de Atenea, los hijos de esta, y Cloe.
No puede decirse que me parase a admirar mucho la decoración. Recuerdo que había colas en las taquillas, porque las rebasamos a toda prisa.
—Decidme que pagasteis —pidió Ruby.
—Mamá... íbamos con prisa —suspiró Carter.
También había vigilantes de seguridad, porque nos gritaron cuando nos metimos corriendo en las exposiciones.
—No me gustan los vigilantes de seguridad —murmuró Travis.
—Tampoco los policías —añadió Connor.
—¡Ninguna forma de ley, en realidad! —exclamaron ambos.
Por pura suerte, terminamos en la zona egipcia,
—Eso nos ahorro problemas buscándola —dijo Carter, recordando los acontecimientos posteriores.
ante una especie de reconstrucción de una tumba con muchos pasillos estrechos. Seguramente Carter podría decirte lo que se suponía que era aquello, pero, con toda sinceridad, a mí me daba igual.
—Y me sigue dando igual —confirmó Sadie.
—Sadie —suspiró Julius—. No debería darte igual. Eso podría salvar tu vida un día de estos.
—Igualmente sigue siendo aburrido —replicó Sadie.
—Vamos —dije.
Nos colamos en la exposición, lo que bastó para que los guardias de seguridad nos perdieran, o a lo mejor es que tenían mejores cosas que hacer que perseguir a dos gamberros.
—Menuda seguridad que hay en los museos —resopló Annabeth.
—Muy eficaz —confirmó Malcolm, rodando los ojos.
Cuando volvimos a salir, nos movimos con sigilo hasta asegurarnos de que no nos seguía nadie. No había un gran gentío visitando el ala egipcia, solo algunos grupitos de viejos y unos turistas extranjeros con un guía que les explicaba un sarcófago en francés:
—Et voici la momie!
—Y aquí está la momia —murmuró Piper.
—No sabía que hablabas francés —dijo Leo.
—Dos cosas. La primera, nos acabamos de conocer hace un rato —suspiró Piper—. La segunda, ni siquiera sabía que hablaba francés.
—El francés es el lenguaje del amor —explicó Afrodita—. Naturalmente, todos mis hijos, lo conocen.
Por raro que parezca, nadie se fijó en la enorme espada que Carter llevaba a la espalda
—La magia, Sadie. La magia suspiró Isis.
y probablemente fuese un problema de seguridad (además de mucho más interesante que los objetos expuestos).
—Sin lugar a dudas —dijo Julian.
Unos cuantos viejos nos miraron mal, pero supongo que sería porque íbamos vestidos con pijamas de lino, empapados en sudor y cubiertos de hierba y hojas de arbusto.
—La verdad, es que sería para miraros mal —señaló Pólux.
Seguro que además mi pelo estaba fatal.
Drew bufó.
—Tú pelo siempre se ve mal, cariño —resopló la hija de Afrodita—. Aunque por lo menos, no parece que te lo haya arrancado un mapache a mordiscos, como a ella —señaló a Piper.
—Pues a mí me gusta como lo lleva —dijo Jason. Entonces, se dio cuenta de lo que dijo, y se sonrojo a más no poder. Piper hizo lo mismo.
Encontré una sala vacía a un lado y tiré de Carter hacia ella. Las vitrinas de cristal estaban llenas de shabtis. Unos días antes no les habría hecho caso. En aquel momento no podía dejar de mirarlos de reojo, segura de que en cualquier momento empezarían a moverse e intentarían darme porrazos en la cabeza.
—Solo si son activados y se les da la orden precisa, lo harán —comentó Zia.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté a mi hermano—. ¿Tú has visto algún templo?
—Si no lo has visto tú, dudo que Carter lo vea. Los templos, no es que pasen desapercibidos, exactamente —señaló Anubis.
—No. —Arrugó la frente, supongo que intentando recordar—. Creo que después de esa sala de ahí está la reconstrucción de un templo… ¿o eso era en el Museo Brooklyn? ¿No sería el que hay en Múnich?
—Si que ha estado en templos —dijo Thalía, sacudiendo la cabeza. Le llega a pasar eso a ella, y le da un ataque.
Perdona, es que he estado en tantos museos con papá que los mezclo.
—Yo no lo soportaría —murmuró Percy.
—Casi te pones histérico, cuando estuvimos en aquel museo, en Washington —dijo Grover.
Suspiré, fuera de mis casillas.
—Pobre chico, que lo obligaron a recorrer el mundo, saltarse el colegio y pasar mucho tiempo con papá… ¡mientras a mí me tocaba la friolera de dos días al año!
—La verdad, es que visto así, es normal que Sadie se enfadé —murmuró Nyssa.
—¡Oye! —Carter se volvió hacia mí con una energía sorprendente—. ¡Tú tienes un hogar! ¡Tienes amigos y una vida normal, y no te despiertas cada mañana sin saber en qué país estás! ¡No has de…!
—Y visto así, el que tiene motivos para enfadarse es Carter —señaló Pólux.
Carter y Sadie se miraron. Durante años, ambos habían pensado que al otro le había tocado la mejor parte, mientras que a ellos mismos, les había tocado la peor. Pero solo lo veían desde su punto de vista, y nunca del otro.
Carter jamás se había parado a pensar como se sentía Sadie que, aunque tuviese una casa y amigos, le faltaba la atención paterna, que Julius le proporcionaba a él.
Mientras tanto, Sadie jamás había pensado en la situación de su hermano, quién estaba con su padre, pero no tenía un hogar ni amigos.
La vitrina de cristal que teníamos al lado estalló en pedazos y nos salpicó los pies de cristales.
—Eso es malo —gimió Hefesto.
—¿Malo? —preguntó Hermes, incrédulo—. ¡Es perfecto! ¡Ahora es más sencillo robar!
—Solo esta el problema del sistema de seguridad —señaló Jake. La cara de los de Hermes se entristeció.
—Aguafiestas —susurró Chris.
Carter me miró, estupefacto.
—¿Eso lo hemos…?
—Igual que mi tarta de cumpleaños explosiva —gruñí, intentando que no se me notara el sobresalto
—No lo lograste —sonrió Carter. Sadie le dio un golpe.
—. Tienes que controlar ese mal genio.
—Yo de ti no hablaría, Sadie —dijo Walt, burlón.
—¿Solo yo?
Empezaron a sonar alarmas. Unas luces rojas palpitaron por todo el pasillo.
—Eso no es nada bueno —murmuró Mitchell.
Se oyó una voz gangosa por los altavoces, diciendo algo sobre proceder con tranquilidad hacia las salidas.
—No va a funcionar —adivinó Miranda.
—Nunca lo hace —señaló Frank.
Los turistas franceses pasaron corriendo a nuestro lado, chillando presas del pánico,
Varios rodaron los ojos.
seguidos por una multitud de viejos notablemente veloces con sus andadores y bastones.
—¿Por qué los viejos se mueven tan despacio cuando no tiene prisa, pero lo hacen rápido cuando hay una emergencia? —preguntó Leo.
—Misterios de la vida —respondió Nico.
—Ya discutiremos más adelante, ¿te parece? —le dije a Carter—. ¡Vamos!
—Estoy de acuerdo con eso —dijo Amos.
Corrimos por otro pasillo y las sirenas se apagaron tan de repente como habían saltado. Las luces de color sangre siguieron latiendo en el inquietante silencio.
—¿Alguien más apuesta que algo peligroso ocurrirá? —preguntó Holly. Nadie dijo nada—. Lo sabía...
Entonces los oí, los chasquidos deslizantes de los escorpiones.
—Obvio —murmuró Jaz, preocupada.
—¿Qué ha pasado con Bast? —Se me hizo un nudo en la garganta—. ¿Está…?
—Soy una diosa —señaló Bast—. Me pueden herir, hasta el punto de hacerme desaparecer durante décadas, pero jamás matarme del todo.
—Y eso es un consuelo para mí —dijo Sadie, rodando los ojos.
—No pienses en eso —dijo Carter, aunque, a juzgar por la cara que puso, también estaba pensando exactamente en eso
—Lo cuál, no es que sea muy tranquilizado, precisamente —murmuró Emma.
—. ¡Muévete!
—Hacedlo —pidió Liz.
No tardamos nada en perdernos por completo. Por lo visto, la parte egipcia del museo estaba diseñada para ser tan confusa como fuese posible, con vías muertas y pasillos que volvían sobre sí mismos.
—Esta diseñada para que se parezca a una pirámide —explicó Cloe—. Con caminos sin salida, o cruces de pasillos...
—Vaya ganas de liar al personal —murmuró Alyson—. Si llega a pasarme eso algún día... —la hija de Némesis dio una sonrisa maliciosa.
Dejamos atrás rollos de papiro con jeroglíficos, joyas de oro, sarcófagos, estatuas de faraones y enormes cachos de piedra caliza.
¿Para qué querían exhibir una roca? ¿Es que no hay bastantes en el mundo?
—En esas rocas, hay la historia de un faraón tallada, Sadie —explicó Julius a su hija.
—Ni lo intentes, papá —le cortó Carter—. Sadie es una cabeza dura.
Sadie le dio un zape.
No vimos a nadie, pero los sonidos deslizantes ganaban volumen sin importar hacia dónde corriésemos.
Al poco rato doblé una esquina a toda prisa y topé con una persona.
—¿Quién? —preguntaron algunos.
Di un chillido y trastabillé hacia atrás, solo para tropezar con Carter. Los dos caímos de culo sin ninguna elegancia.
Carter y Sadie hicieron una mueca, mientras el resto reía por lo bajo.
Fue un milagro que Carter no se atravesara a sí mismo con su propia espada.
—Hubiese sido patético —murmuró un hijo de Ares.
Al principio no reconocí a la chica que teníamos delante, cosa que me debería haber parecido rara, ahora que lo pienso.
—La conocen —dijo Deméter.
—Lo que quiere decir... que la han visto antes —señaló Hestia.
Todas las miradas se posaron sobre Zia. Esta se sonrojo, ocultando la cara en el pecho de Carter.
Quizá estuviera usando algún tipo de aura mágica, o a lo mejor es solo que me resistía a creer que fuese realmente ella.
—Supongo que solo te costaba aceptar que era yo —masculló Zia, con la cara aún oculta. Había decidido a mantener en secreto, que la Zia del libro, era un shabti, en realidad.
Parecía un poco más alta que yo. Seguramente también mayor, aunque no mucho más.
—Un año —respondió Zia—. Soy un año más mayor que Sadie, y un año más joven que Carter.
Llevaba el pelo moreno cortado siguiendo la mandíbula, pero más largo por delante, con lo que le caía sobre los ojos.
Zia se enroscó un mechón de su cabello moreno en el indice, y le dio un par de vueltas.
Tenía la tez de color caramelo y unas facciones bonitas, vagamente árabes. Sus ojos repasados con kohl negro, al estilo egipcio— eran de un extraño color ámbar que o bien era hermoso o bien daba un poco de miedo: no me decidía entre las dos opciones.
—Hermosos —respondió Carter, de cabeza. Zia le sonrió.
Llevaba una mochila a la espalda, sandalias y ropa suelta de lino parecida a la nuestra. Tenía todo el aspecto de ir de camino a una clase de artes marciales. Dios, pensándolo bien, seguramente nosotros teníamos la misma pinta. Qué vergüenza.
—Sí... los trajes egipcios para hacer magia, son bastante vergonzosos... sin ofender a nadie —dijo Afrodita.
—No hay problema —dijo Ruby.
Poco a poco, empecé a darme cuenta de que la había visto antes. Era la chica que llevaba el cuchillo en el Museo Británico.
—Me sorprende que no las reconocieras antes —murmuró Walt.
Sin darme oportunidad de abrir la boca, Carter se puso en pie de un salto. Se situó delante de mí y blandió su espada como si intentase protegerme.
Zia, aunque supiese que esa no era ella, y que en ese época, ella había querido matarlos; le dolía ver como Carter la consideraba una amenaza. El seguidor de Horus, la acercó a él, besandole la sien, y murmurando una disculpa.
¡Tiene narices la cosa!
—Bueno, es el hermano mayor y el único que tiene arma —señaló Apolo.
—Como si hiciese falta, que a Sadie le protegiesen —gruñó Artemisa.
—¡Vue-vuelve atrás! —tartamudeó.
La chica metió una mano en la otra manga y sacó una pieza curvada y blanca de marfil, una varita egipcia. Hizo un leve movimiento lateral con ella, y la espada de Carter salió volando de su mano y repicó contra el suelo.
—Y lo desarma con tanta facilidad —murmuró Ares, que aún estaba resentido por la anterior batalla. ¡Dos batallas perdidas! ¡Y encima, una con un egipcio!
—No te pongas en ridículo —dijo la chica con severidad
—Eso es difícil —dijo Horus.
—. ¿Dónde está Amos?
Carter parecía demasiado aturdido para hablar.
—Normal, si le desarman con esa facilidad... —dijo Jason.
La chica se volvió hacia mí. Decidí que sus ojos dorados tenían las dos cosas: eran hermosos y daban miedo al mismo tiempo. Y además, esa maga no me caía nada bien.
—Eso fue antes de conocerte bien, Zia —se apresuró a decir Sadie, al ver la expresión de dolor de la seguidora de Ra.
—Sadie y su tacto —murmuraron Liz y Emma a la vez.
Mira que graciosa la parejita pensó Sadie.
—¿Y bien? —preguntó con tono imperioso.
No veía motivos para decirle ni una puñetera cosa, pero noté que se me empezaba a acumular una presión incómoda en el pecho, como un eructo que luchara por liberar. Me sorprendí a mí misma diciendo:
—Amos no está. Se ha marchado esta mañana.
—¿Has usado magia? —preguntó Lou.
—Sí —mintió Zia. Apolo frunció el ceño. Estaba seguro que la chica mentía. Pero... ¿por qué razón hacía eso?
—¿Y la gata demonio?
Bast carraspeó y Zia se sonrojo.
—Esa gata es mía —dije—. Y es una diosa, no un demonio. ¡Nos ha salvado de los escorpiones!
Carter se descongeló. Recogió su espada y volvió a apuntarla hacia la chica.
—¿No has aprendido la lección? —le preguntó Julian, sacudiendo la cabeza.
Sobresaliente en perseverancia para él, supongo.
—Más bien, excelente —replicó Annabeth.
—¿Quién eres? —preguntó bruscamente—. ¿Qué quieres?
—Me llamo Zia Rashid.
—Eso ha sido rápido —dijo Percy, algo sorprendido.
Ladeó la cabeza como si hubiese oído algo. Al instante, el edificio entero retumbó.
—Eso es tener bueno oído —murmuró Thalía.
Cayó polvo del techo, y los sonidos resbalosos de los escorpiones duplicaron su volumen detrás de nosotros.
—Y, ahora mismo —siguió diciendo Zia con una voz que sonaba un poco decepcionada—, tengo que salvar vuestras miserables vidas. Vámonos.
—Por lo menos, os ayuda... aunque este decepcionada —dijo Frank, sacudiendo la cabeza.
Supongo que nos podríamos haber negado, pero, como nuestras opciones parecían reducirse a Zia o los escorpiones, echamos a correr tras ella.
—Y ninguna parece muy segura, que digamos —murmuró Clarisse.
La chica pasó junto a una vitrina llena de estatuillas y tocó el cristal con su varita como quien no quiere la cosa. Los diminutos faraones de granito y los dioses de piedra caliza despertaron a su llamada.
Bajaron de sus pedestales y salieron destrozando el cristal. Algunos empuñaban armas. Otros se limitaron a hacer crujir sus nudillos de piedra. Nos dejaron pasar, pero se quedaron mirando el pasillo que dejábamos atrás con aire de estar esperando al enemigo.
—Son... una gran medida defensiva... o al menos, creo que lo son —susurró Malcolm, dubitativamente.
—Deprisa —nos dijo Zia—. Solo servirán para…
—Que ganemos tiempo —adiviné—. Sí, ya lo había oído antes.
—Hablas demasiado —dijo Zia sin detenerse.
—Ahí fue cuando Zia empezó a caerme bien —reconoció Carter.
Estuve a punto de soltarle una respuesta cortante. De verdad, la habría puesto en su sitio con bastante maña.
—Yo puedo dar fe de eso —sonrió Anubis.
Pero justo en aquel momento llegamos a una sala inmensa y me abandonó la voz.
—Uau —dijo Carter.
Tuve que darle la razón. Aquel sitio era extremadamente «uau».
—Definitivamente, son hermanos —dijeron los Stoll a la vez—. Lo dicen todo a la vez...
—Los que fueron ha hablar —replicó Will.
La sala tenía el tamaño de un campo de fútbol. Una pared estaba hecha por completo de cristal y tenía vistas al parque. En el centro de la estancia, sobre una tarima elevada, habían reconstruido un edificio de la antigüedad. Había un pórtico independiente que tenía unos ocho metros de altura, un patio y al fondo una estructura cuadrada hecha con bloques irregulares de arenisca, llenos por todas partes de imágenes de dioses, faraones y jeroglíficos. La entrada del edificio estaba flanqueada por dos columnas bañadas por una luz espeluznante.
—Templo encontrado —señaló Piper.
—Estas babeando, Annabeth —le susurró Percy a su novia. Esta se sonrojo, y le dio un zape.
—¿Un templo egipcio? —supuse.
—El templo de Dendur
—Me suena —murmuró Hazel.
—dijo Zia—. En realidad, lo construyeron los romanos…
—Cuando ocuparon Egipto —intervino Carter, como si aquello fuese una información de gran valor—. Lo hizo levantar Augusto.
—Me acabó da dar cuenta —dijo Hazel—. Si Octavio se entera de la existencia de, no solo los griegos, sino también los egipcios, querrá exterminarlos a todos.
—Cierto —murmuró Jason. Su expresión cambió a una fría y seria—. ¡LEVESQUE! ¡ZHANG! ¡Queda completamente prohibido decir algo sobre el Campamento Mestizo o la Casa de Brooklyn, a cualquier miembro de la legión, bajo pena de muerte! ¡¿ENTENDIDO?!
—¡Sí, pretor Grace! —exclamó Hazel.
—¡A... a sus ordenes! —dijo Frank, tras un pequeño tartamudeo.
—Sí —dijo Zia.
—Fascinante —murmuré yo—. ¿Queréis que os deje solos con un libro de historia?
—Para ellos, sería perfecto —dijo Jaz, con algo de burla.
—Para mí, también —confesó Cloe.
—Toma nota, Mitchell —le susurró Piper a su medio hermano.
Zia me miró con cara de pocos amigos.
—De todas formas, el templo estaba consagrado a Isis, de modo que tendrá bastante poder para abrir un portal.
—Entonces... ¿puedo diseñar y construir un templo que este dedicado a una divinidad egipcia, y este canalizará magia? —preguntó Annabeth, dudosa.
—En efecto. Da lo mismo en la época que este hecho el artilugio, mientras este dedicado a un dios, canalizará magia —explicó Amos.
—Por supuesto, funcionan mejor, los modelos viejos —añadió Julius.
—Jamás pensé escuchar eso —masculló Jake.
—¿Para convocar más dioses? —pregunté.
—Mala pregunta —dijeron los dioses egipcios.
Los ojos de Zia brillaron de furia.
—¡Vuelve a acusarme de eso y te cortaré la lengua!
—Lo dijimos —señalaron las divinidades egipcias.
Me refería a una puerta para sacaros de aquí.
—Eso estaría muy bien —comentó Katie.
Me sentí perdida por completo, pero ya me iba acostumbrando a estarlo.
—Sería raro, que no lo estuvieses —dijo Isis.
Subimos los escalones detrás de Zia y cruzamos el pórtico de piedra.
El patio que separaba el pórtico del templo estaba vacío, abandonado por los visitantes del museo que habían huido, y eso le daba un aire siniestro. Unos gigantescos grabados de dioses me miraban desde arriba.
—Es un sitio muy acogedor —gruñó Holly, temblando levemente.
Había inscripciones jeroglíficas por todas partes, y temí que si me concentraba mucho tal vez pudiese leerlas.
—No, no hubieses podido hacerlo —negó Osiris—. El templo lo construyeron romanos, no egipcios. Y los romanos, no entendían la escritura jeroglífica, o al menos, no en su totalidad,
Zia se detuvo en la escalera frontal del templo. Levantó la varita y escribió en el aire. Entre las columnas ardió un jeroglífico conocido. «Ábrete», el mismo símbolo que había utilizado papá en la Piedra de Rosetta. Esperé a que explotara algo, pero el jeroglífico no hizo más que desvanecerse.
—Es que ese hechizo no explota cosas —dijo Zia, rodando los ojos.
—Es que Julius es muy bestia en algunas cosas —explicó Amos.
—Y vaya cosas... —murmuró Ruby, sonrojándose.
Zia abrió su mochila.
—Resistiremos aquí hasta que se pueda abrir el portal.
—¿No sería más sencillo abrirlo en ese momento? —preguntó Pólux.
—¿Por qué no lo abrimos ahora y ya está? —preguntó Carter.
—Piensa como Carter —le susurró Sadie a Walt y Anubis, mientras miraba a Pólux con pena.
—Los portales solo se pueden abrir en momentos auspiciosos —dijo Zia—. Alba, ocaso, medianoche, eclipses, conjunciones astrológicas, el momento exacto en que nació un dios…
Los griegos y los romanos escuchaban todo eso, con los ojos abiertos.
—¡Venga ya! —dije—. ¿Cómo puede ser que sepas todo eso?
—Memorizar el calendario completo cuesta años —respondió Zia
—Aún ni me lo sé —confesó Zia.
—Estoy igual —dijo Amos.
—Ya sabía yo que no eras muy inteligente —comentó Set.
—. Pero el próximo momento auspicioso es sencillo: mediodía. Dentro de diez minutos y medio.
La chica no había mirado ningún reloj. Me pregunté cómo sabría la hora con tanta exactitud,
—Años de práctica —respondió Zia, con sencillez.
pero decidí que había cuestiones más importantes.
—¿Por qué tenemos que confiar en ti? —pregunté—. Si no recuerdo mal, en el Museo Británico querías destriparnos con un cuchillo.
—Todo habría sido más fácil. —Zia suspiró
—Ahora me alegró de no haberlo hecho —se apresuró a decir Zia, besando la mejilla de Carter—. Me habría perdido algo increíble.
—Vivir sin mi presencia, debe de ser horrible —suspiró Sadie.
—. Por desgracia, mis superiores creen que podríais ser «inocentes».
—Es que somos INOCENTES —recalcaron ambos hermanos.
Así que, de momento, no puedo mataros. Pero tampoco puedo permitir que caigáis en manos del Señor Rojo. Por eso… podéis confiar en mí.
—No es que seas muy convincente, precisamente —dijo Piper.
—Vale, me has convencido —dije—. Ya noto un agradable calorcillo en mi interior.
Zia metió la mano en su bolsa y sacó cuatro estatuillas, hombres con cabeza de animal, todas de unos cinco centímetros de altura. Me las pasó.
—Coloca a los Hijos de Horus a nuestro alrededor, en los puntos cardinales.
—¿Disculpa?
—Norte, sur, este y oeste. —Lo dijo muy despacio, como quien habla con un idiota.
—Pues entonces, lo hizo bien —dijo Carter.
—¡Ya me sé las direcciones! Pero…
—El norte está ahí. —Zia señaló hacia el exterior de la pared de cristal—. Deduce tú el resto.
—Eso si que es ayuda —murmuró Nyssa, sarcásticamente.
Hice lo que me había pedido, aunque no creí que los hombrecillos fuesen a servirnos de nada.
—Por si solos, no —respondió Amos.
Mientras tanto, Zia entregó una tiza a Carter y le ordenó dibujar un círculo a nuestro alrededor que uniese las estatuas.
—Protección mágica —dijo mi hermano—, como el que hizo nuestro padre en el Museo Británico.
—Viendo como le fue, no creo que resultase muy útil —señaló Nico.
—Sí —refunfuñé—. Ya vimos lo bien que le funcionó a él.
Carter no me hizo caso, para no variar. Estaba tan ansioso por complacer a Zia que se puso a practicar su arte con la tiza sin pensárselo.
Carter enrojeció, fulminando a su hermana con la mirada.
Entonces Zia sacó otra cosa de la mochila: un bastón de madera sin adornos como el que había usado papá en Londres. Dijo una palabra entre dientes y el bastón se alargó hasta convertirse en un báculo negro de dos metros, coronado por la talla de una cabeza de león.
—Increíble —susurró Leo.
Zia le hizo dar vueltas con una mano —solo para lucirse, estoy convencida
—Eso es lo que harías tú —dijo Emma, rodando los ojos.
— mientras sostenía la varita en la otra.
Carter terminó el círculo de tiza al tiempo que aparecían los primeros escorpiones por la entrada de la galería.
—¿Cuánto falta para ese portal? —pregunté, esperando no sonar tan aterrorizada como me sentía.
Sadie miró a Carter.
—Lo sonabas —dijo Isis, como si nada.
—Quedaos dentro del círculo pase lo que pase —dijo Zia—. Cuando se abra el portal, meteos dentro. ¡Y no os mováis de detrás de mí!
Tocó el círculo de tiza con la varita, dijo otra palabra y el círculo empezó a emitir un fulgor rojizo oscuro.
—Y luego decís que el rojo es el color del caos —murmuró Set.
Centenares de escorpiones se arremolinaron, acercándose al templo y convirtiendo el suelo en una masa viva de pinzas y aguijones. Entonces llegó a la galería la mujer de marrón, Serket. Nos dedicó una sonrisa fría.
—Zia —dije a la maga—, eso es una diosa.
—Nos hemos dado cuenta —dijo Chris.
Ha derrotado incluso a Bast. ¿Qué posibilidades tienes tú?
La chica levantó su báculo y la cabeza tallada de león se encendió en llamas con una bola de fuego roja y pequeña, pero tan brillante que iluminó la sala entera.
—Eso suena, increíble —murmuró Frank, algo sobrecogido.
—Soy una escriba de la Casa de la Vida, Sadie Kane. Estoy entrenada para combatir a los dioses.
—Fin del capítulo —anunció Lacy.
—¡No! —exclamaron los Stoll.
—Trae para aquí —gruñó Mitchell, cogiendo el libro.
Hola gente,
décimo cuarto capítulo... y otro corto más.
Sencillamente no voy a decir nada, porqué el capítulo es corto.
Espero que os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki.
