Ni la historia ni los personajes me pertenecen
El Pueblo Perdido
La despertó el sonido del cierre de la carpa, y trató de levantarse, pero el dolor del hombro la inmovilizó.
-Mala idea -murmuró.
Edward asomó la cabeza y enseguida entró con una taza de café humeante en una mano. La depositó con cuidado en el suelo, cerró la carpa y se volvió a mirarla. Sus ojos verdes le examinaron el rostro, en busca de señales de cansancio o dolor. Después de haber dormido tan profundamente, Bella supuso que debía de parecer atontada, pero sin rastros de cansancio. Edward debió de pensar lo mismo, porque se relajó.
-¿Cómo te sientes, mi amor? Bella bostezó.
-Si no me muevo, me siento bien.
Edward la miró, vacilante.
-Creo que deberíamos quedarnos aquí un día, para descansar.
-Ésa es decisión tuya; nosotros haremos lo que nos digas. Pero quiero que sepas que estoy en condiciones de caminar, aunque todavía no pueda cargar con mi mochila. -Miró la taza de café. -¿Esa taza es tuya o la trajiste para mí?
-Las dos cosas. -Le deslizó un brazo por detrás de la espalda y la sentó con tanta facilidad como si se tratara de una pluma. Bella aferró la sábana y la sujetó debajo de los brazos, para cubrirse el pecho. Al verlo, Edward sonrió.
-Anoche eso no te preocupaba tanto -comentó mientras le ponía la taza en la mano.
Ella bebió cautelosa un sorbo del café caliente.
-¡Por supuesto que me preocupó! Pero no podía hacer nada.
Edward le pasó la mano por la espalda, presionando con los dedos para comprobar si estaba tensa o dolorida.
-¡Ummm! Exactamente ahí -murmuró Bella.
-Estás mejor de lo que esperaba -comentó él-. Posiblemente se daba a tu excelente estado físico. -Tomó la taza, bebió un poco de café, y se la devolvió.
-Y ahora veamos qué aspecto tiene ese hombro. Estaba igual que la noche anterior, hinchado y lastimado, pero podía mover un poco más el brazo antes de que le doliera.
-Supongo que cuando lo tenga vendado me sentiré bien -opinó Bella-. Aunque creo que deberías dar me más aspirina, por la inflamación. Nunca creí que un hombro dislocado sería tan doloroso. Supuse que se lo volvía a colocar y listo.
-Pues ya ves que no es así -contestó Edward con sequedad.
-Es lo que acabo de descubrir. Ayúdame a vestirme y podremos iniciar la marcha.
-Creo recordar que dijiste que ésa era una decisión que debía tomar yo.
-Me parece que sufres de alucinaciones.
-Es posible. No recuerdo que jamás hayas dicho algo tan agradable.
Mientras hablaba apartó la sábana que la cubría. La miró con una sonrisa triunfante que muy pronto se transformó en una expresión absorta.
-¿Nunca piensas en otra cosa? -preguntó ella con furia, para ocultar la reacción que no podía disimular. Lo único que quería era recostarse.
-Por supuesto que sí -contestó Edward con aire distraído.
Bella ya lo conocía bastante como para saber que creía que toda resistencia había quedado en el pasado y que ella le pertenecería en cuanto su hombro sanara lo suficiente como para permitirle hacer el amor. No quería encuentros sexuales pasajeros y dudaba de que Edward pudiera ofrecerle algo más. No era el tipo de hombre con quien una mujer podía planear un futuro; ofrecía pasarlo bien, pero en cuanto volviera a subirse los pantalones desaparecería. De modo que, a pesar de su aire confiado, la batalla todavía no estaba ganada. Bella no se podía dar el lujo de bajar la guardia.
-Ayúdame a ponerme la camiseta -dijo con voz temblorosa.
-Hoy ya puedes hacerlo sola.
-Lo que te pido es que me vendes el hombro después de que me haya puesto la camiseta, así puedo usar la camisa encima del vendaje. Si te parece que todavía debo conservar el brazo inmovilizado, me lo puedes atar al costado como ayer, pero sobre la camisa. De esa manera esta noche no habrá que quitarme los vendajes para que me pueda desvestir, y mañana me podré vestir sola.
Edward no hizo ningún comentario pero cuando percibió el sentido de las palabras de Bella, de repente su expresión fue peligrosa. Ella tuvo la sensación de que se trataba de un animal al borde de la violencia, pero que se esforzaba por controlarse. Sólo la seguridad de que Edward sería incapaz de hacerle daño le impidió sentir verdadero miedo.
-No podrás hacerme esperar mucho más -dijo él con voz cortante-. Lo que hay entre nosotros no es algo pasajero.
Ella lo enfrentó y en la expresión tensa de su rostro percibió la fuerza de su excitación.
-No es necesario que te mantenga definitivamente alejado -dijo con algo de tristeza-. Sólo hasta que regresemos. Después habré salido de tu vida y ya no te importará.
Él lanzó una corta carcajada, totalmente carente de alegría.
-Regresar no te librará de mí, mi amor. Eres mía, y tarde o temprano tendrás que admitirlo, por mucho que sea el tiempo que me obligues a perseguirte.
-No te dejes llevar por tu egocentrismo. Cuando estemos de regreso te llamará la atención alguna mujer a la que no le moleste vivir una aventura fácil.
-Sí, puedes estar segura de que contigo nada es fácil -murmuró Edward. La miró como si quisiera agregar algo, pero de repente cambió de idea y sacó una camiseta limpia de la mochila de Bella. La ayudó a ponérsela con la misma suavidad de la noche anterior, después le vendó el hombro y terminó de vestirla como si se tratara de una criatura. Por fin, para sorpresa de Bella, se arrodilló a su lado y le cepilló el pelo y lo ató en la habitual cola de caballo. Terminó besándole la nuca.
-Bueno, ¿estás lista para el desayuno?
Lo estaba, aunque él acababa de desequilibrarla con la dulzura de sus cuidados.
No quería que la tratara con dulzura, quería que fuese el mismo Edward Cullen al que estaba acostumbrada: desvergonzado y temerario. Y valiente, además.
Por primera vez se preguntó si podría resistírse, si en lugar de ser una cuestión de "sí" no sería más bien una cuestión de "cuándo". Estaba haciendo algo muy tonto, algo que era increíble en ella. Se estaba enamorando de ese hombre.
Durante ese día, Edward ordenó frecuentes altos para permitirle descansar, pese a que Bella se sentía mucho mejor de lo esperado. Aunque le dolían las muñecas y el hombro, el dolor no era insoportable a menos que se los golpeara contra algo. El fuerte vendaje le impedía mover el brazo y contribuía a que sanaran sus ligamentos. Y como no llevaba carga alguna, en realidad la expedición casi le resultaba más ligera que antes. Esa noche, cuando Edward le quitó el vendaje, Bella descubrió que podía mover el brazo sin demasiado dolor, ya que las vendas del hombro todavía le sujetaban la articulación.
Consiguió desvestirse sola, aunque con mucha lentitud, y después de tomar dos aspirinas durmió como un lirón.
Al día siguiente se sentía bastante bien para no tener ya el brazo inmovilizado, y caminó animada detrás de Edward. Se encontraban a tanta altura que el calor ya no resultaba tan sofocante, y aunque todavía debían trepar y descender con frecuencia, se las arregló para hacerlo sin demasiada dificultad.
En algunos puntos alcanzaba a ver la roca desnuda pero en cada rendija de la piedra habían crecido árboles y arbustos que convertían las laderas de las montañas en verdes muros. Lianas más gruesas que brazos caían hasta el suelo, y las orquídeas salvajes florecían por todas partes.
Edward se le acercó con su mochila.
-Tal vez sería bueno que revisaras las instrucciones -sugirió.
Bella sacó el cuaderno y volvió a leer el código, pero el resultado fue el mismo.
-Estamos en el lugar indicado -dijo, intrigada.
-No puede ser, a menos que debamos trepar por las lianas como si fuéramos monos.
-Dice que hay que avanzar hacia el norte. -Hizo un gesto de impotencia. -El norte es allí.
-¡Mierda! -Edward se sacó el sombrero y se secó el sudor que le perlaba la frente. -En algún momento debemos de haber perdido el rumbo.
-Imposible. Ayer todo indicaba que nos encontrábamos donde debíamos. Estoy convencida de que no nos hemos equivocado.
Edward ladeó la cabeza y miró hacia arriba.
-Entonces conviene que se te ocurra otra cosa, porque creo que hemos llegado a un punto muerto. Es justamente lo que esperaba que sucediera, así que si no cambias pronto de idea daremos la vuelta y regresaremos.
-¿Qué es eso de regresar? -preguntó Demetri, furioso.
Edward le dirigió una mirada irónica.
-¿No sabe que casi todas las expediciones como ésta son un fracaso? Es lo mismo que buscar un pozo de petróleo. Uno pone el dinero necesario y se arriesga.
-¡Pero se suponía que esto era algo seguro! -De repente Demetri estaba verde.
Edward lanzó un bufido que expresó lo que él pensaba de las "cosas seguras".
-No podemos volver -insistió Demetri-. Tenemos que encontrar ese lugar.
Bella se apartó para estudiar desde cerca el muro vertical de piedra, y avanzó hasta que el camino quedaba bloqueado por enormes rocas y un frondoso follaje. Hizo un esfuerzo para no dejarse llevar por la desilusión y para pensar.
El profesor le había enseñado que siempre había que pensar a fondo las situaciones, analizar los factores favorables y desfavorables. Era una disciplina que siempre la había beneficiado. Consideró los hechos. El camino estaba bloqueado. No podían trepar esa muralla de piedra, y según las instrucciones eso era exactamente lo que hubieran tenido que hacer. Miró hacia arriba, estudiando cada hendidura de la piedra, cada árbol, en busca de algo poco habitual que pudiera proporcionarle una pista.
Hacia el norte. De todas maneras debían avanzar hacia el norte. Y eso era... Miró fijamente la enorme roca que tenía enfrente. Hacia el norte era hacia el frente, no hacia arriba.
Mike se encontraba cerca de ella. Se volvió a mirarlo y le pidió:
-¿Por favor, Mike, me puede cortar un palo grueso y fuerte?
-Por supuesto. -Utilizó el machete para cortar una gruesa rama que le entregó con expresión cortés. Bella utilizó la rama para tantear la vegetación y asegurarse de que no hubiera víboras y otros animales peligrosos.
Edward se le acercó.
-Espera, Bella. ¿Qué buscas?
-Solo estaba mirando -contestó ella al tiempo que se internaba detrás de un enorme helecho.
-¡Espera, maldito sea! Limpiaremos esto si quieres.
Después de estar a la luz del sol, los ojos de Bella tardaron algunos segundos en acostumbrarse a la penumbra. La vegetación era tupida y formaba un techo sobre su cabeza.
Esas rocas eran enormes y estaban cubiertas de enredaderas. Estiró la mano para apoyarla sobre una roca que por lo menos tendría seis metros de altura.
-¡Bella, te dije que esperaras! -Edward apareció a su lado. Se hallaban completamente ocultos de los demás; la vegetación era tan exuberante que hasta ahogaba el sonido de sus voces.
Bella tanteó con la rama, barriendo el piso, y al ver que nada se lo impedía, avanzó otro paso.
-¿Qué pasa? -preguntó Edward, observándola con cuidado.
-Quiero abrirme camino hasta detrás de esta roca.
-¿Por qué?
-Porque las instrucciones no dicen que haya que "trepar" -contestó ella.
Edward alzó las cejas.
-Comprendo. Está bien. Pero yo iré delante.
Se apretó contra la roca y se adelantó. No fue fácil, porque las enormes rocas se encontraban muy cerca unas de otras. Utilizó el machete para limpiar el camino de malezas y de pequeños árboles que ocupaban cada centímetro e impedían el avance. A cada paso que daban, el lugar se volvía más oscuro por las enormes rocas que se cernían sobre ellos.
Edward se detuvo, muy tenso.
-¿Qué pasa?
-Presta atención.
Bella permaneció en silencio, concentrada. ¿Prestar atención a qué? ¿Una leve brisa fría...? ¿Una brisa? ¿Allí, detrás de esas rocas enormes?
-¿De dónde viene? -preguntó ella en un susurro.
-Sopla justo frente a mí -Su voz era tensa. -Me da de lleno en la cara.
Volvió a blandir el machete y taló el muro verde que les oscurecía la visión. La gruesa maraña de ramas, lianas y enredaderas cayó y dejó al descubierto una abertura negra y angosta. De allí procedía la corriente de aire.
Edward retrocedió y chocó contra Bella.
-¡Es increíble!
-¿Alcanzas a ver si es muy largo?
-Mi amor, dentro de ese agujero no alcanzo a ver a sesenta centímetros de distancia. Esta muy oscuro.
Se había desprendido de la mochila antes de reunirse con ella, de manera que no tenía linterna. Bella regresó rápido hasta donde se hallaban los demás.
Todos estaban un poco ansiosos con respecto a lo que ella y Edward podían estar haciendo, pero no tan curiosos como para ir a ver personalmente lo que había detrás de la enorme roca. Al ver que ella sacaba la linterna de su mochila, Demetri preguntó:
-¿Encontraron algo?
-Es posible que detrás de esa roca haya un pasadizo -contestó Bella-. Tal vez no. Todavía no sabemos,
-Iré con ustedes -decidió Demetri.
Volvieron al lugar donde Edward esperaba. Demetri dirigía miradas sobre el hombro pero no se volvió. Cuando alcanzaron a Edward, Bella comprobó que mientras aguardaba había despejado un claro alrededor de la entrada.
Demetri abrió los ojos como platos al ver la delgada brecha en la montaña. La idea de introducirse allí le resultaba aterradora.
Edward tomó la linterna e iluminó la abertura. Notó que se ensanchaba enseguida y que esa entrada abierta en la roca era sin duda una excelente defensa. Los enemigos se verían obligados a entrar de a uno, lo cual permitiría a los ocupantes a deshacerse de ellos sin esfuerzo.
-¡Mierda! -exclamó Demetri-. Allí adentro debe de haber murciélagos.
Edward recorrió el techo del túnel con la luz de la linterna. Estaba lleno de telarañas, pero nada más.
-Parece hecho por la mano del hombre -comentó-. No hay murciélagos, a menos que más adelante se abra a una caverna natural. -Alzó la voz -¡Nathan!
En un momento llegó el indio. Al ver la abertura, abrió con alarma sus ojos negros y rasgados. Le dijo algo a Edward en su idioma.
-A Nathan no le gusta -tradujo Edward.
-A mí tampoco me vuelve loca -comentó Bella. Cada vez que pensaba en la necesidad de entrar en esa negrura total sentía una enorme aprensión.
Demetri sudaba muchísimo mientras contemplaba la abertura.
Edward le guiñó un ojo a Bella.
-A mí no me preocupan los murciélagos, pero sólo Dios sabe qué otra cosa puede haber allí adentro.
-Sólo hay una manera de averiguarlo -contestó ella.
-Entra tú primero.
-Tú eres el que tiene la linterna.
Edward tomó su pistola y le quitó el seguro.
-Prefiero llevar esto.
-Tienes la pistola y la linterna, así que entra de una vez-dijo Bella con impaciencia-. Yo iré detrás de ti. O delante, si realmente quieres que entre primero.
-Tú te quedarás aquí -ordenó Edward.
-¡Ni pensarlo! Lo encontré yo. Ese pasadizo es mío.
-Lo siento. Era yo el que blandía el machete, fui yo el que limpié la maleza y el primero que sentí el aire fresco.
-Sólo porque te abriste paso a empujones y te adelantaste. Yo me las estaba arreglando perfectamente bien.
Mientras discutían, Edward dio los primeros pasos por el túnel, con Bella pegada a sus talones. A ella el corazón le latía con rapidez. Demetri los seguía a regañadientes.
Hasta ese momento la luz que entraba por la abertura les iluminaba las espaldas, pero de repente los tragó la más completa oscuridad, sólo quebrada por la débil luz de la linterna. El túnel no cambiaba; seguía siendo aproximadamente del mismo ancho y de la misma altura. Bella pasó las manos por las paredes y palpó marcas que hablaban de la obra humana.
-Ya sé -comentó Edward-. Sin duda lo ha hecho la mano del hombre.
"O manos de mujeres", pensó Bella. Estaba tan excitada que tenía ganas de gritar de alegría para aliviar parte de su tensión.
Avanzaron otros cuarenta y cinco metros sin toparse con ningún foso o trampa, pero Edward dio orden de detenerse.
-Hasta aquí llegamos -dijo-. Salgamos de este túnel. No pienso avanzar un solo paso más sin sogas ni elementos de seguridad. Este túnel puede extenderse por varios kilómetros. -Su voz hacía Eco. El efecto era espeluznante.
Demetri inició el regreso a paso acelerado y habría avanzado aún a más velocidad si eso no hubiera significado dejar atrás el tranquilizante resplandor de la linterna. Cuando salieron a la luz del día, encontraron a todos los demás alrededor de la entrada con expresio nes que iban de la ansiedad a la excitación.
-¿Qué encontraron?-preguntó James; su entusias mo era tan grande que no lograba quedarse quieto.
- Nada -contestó Demetri.
A James se le cayó la cara al suelo.
-¿Nada?
-Nada todavía-agregó Bella con firmeza-. No fuimos muy lejos.
-Bueno, aléjense todos -ordenó Edward-. Estamos aquí como sardinas en lata. Es necesario planear lo que vamos a hacer.
Lo que iban a hacer era simple. Había estado pensando con rapidez mientras salían del túnel. Ante la posibilidad de que acabaran de encontrar el Pueblo Perdido, no pensaba dejar a Bella atrás a merced de Demetri o Felix. Donde él fuera, iría ella. Por el túnel sería imposible llevar los remolques, pero no tendrían ningún problema en avanzar con mochilas. Redistribuyeron la carga y los hombres quedaron casi doblados en dos por el peso que llevaban a la espalda. Edward tenía la esperanza de que el túnel no fuera demasiado largo.
Ató a todos con el sencillo método de pasarles la cuerda por las hebillas de los cinturones. Bella insistió en cargar una mochila no demasiado pesada sujeta al hombro derecho, y todos levantaron sus linternas.
Con la pistola firmemente empuñada y la escopeta al hombro, Edward los condujo de regreso al túnel. No tenía idea de lo que podían encontrar. Cualquier cosa era posible. Tal vez el túnel fuese un camino sin salida, tal vez estuviera bloqueado por alguna roca.
Bella sostenía la linterna con la mano izquierda y con disimulo sacó su propia pistola de la mochila.
Edward entró primero, seguido por Bella, y tras ella iba Nathan. Éste parecía muy nervioso, pero Bella sospechaba que lo que lo atemorizaba era el túnel. En cambio Laurent, más sólido, parecía simplemente interesado y nada asustado.
El eco era tan fuerte y tan molesto, que de inmediato todos comenzaron a hablar en susurros.
-¿Cuánto más puede continuar? -preguntó Bella en voz alta.
-Por la manera en que dobla y zigzaguea, diría que un buen trecho más. Pero mientras sigamos sintiendo ese aire fresco, no me preocupo. Por alguna parte entra.
Era un túnel importante. Alguien se había tomado el trabajo de cavarlo en el corazón de la montaña, aunque tal vez la naturaleza empezó la obra y luego el hombre -o la mujer- sencillamente amplió lo ya existente.
Y entonces, de repente, después de una curva, vieron luz delante. A medida que se fueron acercando, comprobaron que la salida del túnel se hallaba tan cubierta de lianas y arbustos como la entrada, en el otro extremo. Edward depositó su mochila en el suelo y empezó a limpiar de malezas la salida. A medida que trabajaba, el sol iba entrando en el túnel, cada vez con más fuerza.
Y entonces se encontraron nuevamente fuera, mientras hacían a un lado anchas hojas que les golpeaban las caras, y arrancaban ramas de enredaderas.
Después de la oscuridad del túnel tuvieron que protegerse los ojos hasta acostumbrase a la luz.
Lo que vieron era más o menos lo mismo que lo que había en el otro extremo del túnel.
-¿Y ahora, qué? -preguntó James, disgustado-. A partir de aquí, ¿adónde vamos?
Bella se volvió hacia un lado y el otro. Se encontraban en una especie de fosa curva, rodeados de muros de roca. Su mirada entrenada percibió un detalle tras otro y en su pecho fue creciendo una sensación de enorme triunfo. Su mirada se encontró con la de Edward y comprendió que había notado los mismos detalles, pero de repente él estaba muy serio, mientras que ella tenía ganas de empezar a dar saltos y a gritar de alegría.
-A partir de aquí no vamos a ninguna parte -consiguió decir ella por fin, con la voz ahogada por la emoción-. Hemos llegado. Encontramos el Pueblo Perdido.
Bueno chicas, me parece que ahora empieza el peligro… jejeje. En el prox. Cap. Más.
os quería comentar... que he subido una nueva historia "Las guerreras de Swan y los Caballeros de Masen"... os dejo una pequeña pincelada por si quereis pasar...
"El Rey Carlisle de Escocia, le concede a Sir Edward de Masen, un caballero Normando, el control de la fortaleza de Swan, junto con la mano de una de las tres hijas del Lord... el problema es que no son doncellas indefensas... son Guerreras Escocesas con sangre Vinkinga, Hermosas y Peligrosas por igual."
una historia sumamente diverdida si me preguntan... jejeje. nos leemos guapas... BSOTES.
