Cosas no mías: Los Juegos del Hambre y En Llamas no me pertenecen, son propiedad de Suzanne Collins :(

Cosas mías: Alteraciones, modificaciones u originalidades en este fic... y el corazón roto y magullado y apachurrado.


Alma rebelde.

.

.

.

Han sido tres veces las que he visto –casi- morir al panadero, piensa el alcohólico Mentor.

La Cosecha. Esa fue la primera vez. Cuando su nombre salió elegido y nadie dio un paso por él. En cuanto lo vio, en el preciso instante en que subió al escenario y avanzó con paso firme, supo que iba a morir. El alcohol viajaba lentamente por su sistema, pero eso no evitó que notara la conmoción del momento que mostraba la cara del muchacho y el pánico en esos ojos azules que cautivaron a todo Panem. Estaba aterrado, y con justa razón. Aun así, pensó que, al menos, él sobreviviría un poco más, que su constitución física le daría cierta ventaja, que el coraje que mostró cuando lo golpeó le brindaría una pequeña posibilidad, que el anuncio de su enamoramiento le ayudaría a vivir un poco más, pero eso no evadía el hecho de que iba a morir. Su destino sería el mismo que el de los otros Tributos que no pudo salvar en 24 años.

No tenía dudas.

La Nenita…, ella era un caso perdido. A lo mucho, Haymitch consideraba que duraría tres minutos, o menos. Incluso deseó que fuera lo suficientemente inteligente como para bajarse de la plataforma antes de los 60 segundos: una muerte rápida y lo más indolora posible para aquella criatura tan inocente y pequeñita. Ese fue su pronóstico en los septuagésimo cuartos Juegos del Hambre.

Cuando sus nombres salieron de esa urna, gracias a la mano de Effie Trinket, el Capitolio los condenó a una muerte segura. Y lo mismo hice yo, piensa. Desde el primer instante deseché a mis propios Tributos.

Menuda sorpresa la que se llevó.

El Mentor no puede evitar reír; reír sonoramente y en la soledad de su cocina. Ríe y ríe y ríe hasta que el estómago se le retuerce y las lágrimas salen. Todavía le parece increíble que la estrategia de esos chiquillos fuese, precisamente, no tener una y que eso los ayudara a salir victoriosos. A los dos. El hecho de aconsejarles que se mantuvieran juntos –por deseo de ellos, dado que Peeta quería proteger a la Mocosa—y buscar la manera de sobrevivir, no fue más que una simple instrucción para infundirles la esperanza de la que él mismo carecía; no fueron más que palabras vacías que no iban a cambiar en nada su destino. No fue más que una miserable estrategia que se inventó sobre la marcha al ver la disposición de ese par por luchar hasta el final. A sus 48 predecesores, simplemente les aconsejó que visualizaran su inminente muerte ya que él no podría hacer nada por ellos, que en el mejor de los casos, se encomendaran a la Suerte para que ésta estuviera de su parte y que rogaran porque algún Patrocinador se apiadara de ellos. Esto último era una vil mentira ya que en el Capitolio no hay cabida para la piedad ni la empatía verdadera. Esa gente se deja llevar por las emociones más primitivas, como el abuso de poder, la fuerza bruta, la sed de sangre. Por algo sus favoritos siempre son los Tributos más salvajes y entrenados para matar, torturar… y disfrutarlo.

Pero se llevó otra sorpresa más.

Cielos, es lo más delirante que he visto, se dice. Ni siquiera el desfile de mutaciones que ha visto año tras año lo había sorprendido tanto como el derroche de amor real y verdadera afinidad hacia esos mocosos. Es tan fuerte esa conexión que a estas alturas se sigue preguntando si se trata de una simple alucinación de larga duración a causa del alcohol ingerido por tanto tiempo. Quizá su mente está más estropeada de lo que cree y ve cosas que no existen, ni existirán.

No lo sabe.

Mentira.

Sí que lo sabe. Sabe que es tan real como que es un borracho.

No puede negar que ese par son algo especial porque lograron lo que nadie más después de tantísimos años: que Haymitch Abernathy, de una forma u otra, también conectara con ellos. Lograron que él, quien se considera la hostilidad en persona, les infundiera esperanza; lograron que, durante su participación en Los Juegos, se le encogiera el estómago de miedo puro en cada situación extrema, de una asfixiante preocupación y una alegría inmensa cuando le anunciaron que los dos eran Vencedores y que tenía que darse prisa en ir a por Peeta porque seguía con vida. No lo recuerda bien, pero tiene un vago recuerdo de haber empujado a todo aquel que se atravesara en su camino hacia el aerodeslizador porque una súbita ansia por llegar al muchacho moribundo y a la niña histérica embotó su mente y sentimientos. De hecho, el estilista, Cinna, tenía que haberlo acompañado en el mismo aerodeslizador, pero la urgencia era tal, que lo olvidó o, mejor dicho, le importó un carajo y dejó que se las arreglara como pudiera. No había tiempo preciado que perder, ni siquiera un segundo.

Sabe que ese vínculo también lo alcanzó a él porque cumplió su promesa: durante las dos semanas que permanecieron en la arena, se mantuvo sobrio. Todo un record. Los primeros tres días no tomó un solo trago porque la intriga sobre la actitud de Peeta para con Prim, tan altiva, arrogante, tan diferente al muchacho que conoció durante la semana de preparación, era tan fuerte que no quiso perderse ni un solo detalle mientras lo observaba en la Sala del Tártaro – en realidad, es la Sala Elisyum, ahí es donde se reúnen todos los Mentores para monitorear Los Juegos. Los rumores cuentan que una civilización remotamente antigua, consideraba el Elisyum como una sección del infierno donde las "sombras" de los hombres virtuosos y los guerrero heroicos, pasaban la eternidad en una existencia dichosa y feliz, he ahí que los Vencedores pertenezcan a esa sala en sus idas al Capitolio: son sólo sombras de lo que fueron. El infierno es su lugar, pero en la sección más cómoda. Pero los Vencedores prefieren llamarla el Tártaro, porque, según esa misma civilización, ésta era una sección mucho más profunda que el propio infierno, una especie de mazmorra llena de los peores sufrimientos y castigos. Porque incluso muerto, no dejas de pagar tus crímenes, eso es lo que cuenta Beetee. Haymitch ignora de dónde obtuvo esa información, pero él piensa que Elisyum, Tártaro, infierno, o lo que sea, estar en esa sala es una completa, total y absoluta mierda, la nombren como la nombren.

Cuando sus Tributos, por fin, se reencontraron, siguió con la abstinencia por dos razones. La primera, se encontraba maravillado porque descubrió la charada del Chico: hizo lo que hizo, dijo lo que dijo, solamente para salvarle el pellejo a la Nenita. Fue un movimiento arriesgado, pero brillante…, y suicida. ¿Quién en su sano juicio se atrevería a tomarle el pelo a un puñado de Profesionales? Sólo un genio. Un perverso genio. Johanna Mason, por ejemplo. Ella fingió ser una debilucha y llorona para al final convertirse en el Tributo más letal de esa edición. Asesinó a los seis Profesionales que la consideraron una enclenque. Mujer demente, piensa el regordete Mentor mientras otro ataque de risa lo envuelve. Otro ejemplo sería Finnick Odair. Él no fingió, se unió a ellos como siempre –o casi siempre—lo hace el Distrito 4, pero él esperó el momento indicado y el regalo preciso para volverse contra sus cinco aliados temporales. Otro caso, Beetee Latier del Distrito 3. Tampoco fingió, fue él mismo, un chiquillo nervioso y asustadizo que parecía moriría a causa de un ataque al corazón –ya que siempre se sobresaltaba al menor ruido y sudaba a chorros—más que por otro Tributo. La brillantez de su estrategia consistió en hablar solo; murmuraba algo sobre un plan, un alambre, lluvia, rayos y muertes. La gente sintió tanta intriga que alguien decidió patrocinarle el bendito alambre del que tanto hablaba. Un día después, con la lluvia de fondo –cortesía de los Vigilantes—, los Profesionales acurrucados dentro de la Cornucopia blindada de oro, y un Beetee más confiado que nunca, de alguna manera, y sin que lo sorprendieran, se trepó a la Cornucopia y enrolló el mentado alambre en el pico de ésta. Se bajó, echó a correr lo más lejos posible; minutos después, un enorme rayo cayó en el cuerno dorado y electrocutó a todos en su interior. A los cinco segundos posteriores, fue proclamado Vencedor.

Haymitch no puede evitar comparar a sus compañeros Mentores con los chiquillos: la paciencia de Finnick y la mortífera sagacidad de Johanna corresponden a Peeta; la inocencia y debilidad de Beetee le recuerdan a Primrose, incluso su estrategia de hablar para las cámaras. El Mentor del 3 lo hizo inconscientemente, mientras que la Nenita lo hizo inocentemente para conseguir la medicina de su compañero, y de paso encandilar al público con su encanto. Ni hablar de cuando sorprendió al chico del 2 clavándole un cuchillo en el ojo. Incluso se atreve a comparar al Chico consigo mismo: aún no entiende si él trató de desafiar al Capitolio, después de tantos años no le queda claro, su única certeza es que hizo lo necesario para sobrevivir y ese campo de fuerza de su edición le dio la posibilidad. Él no retó a los Profesionales, ni los engañó, ni fingió, en todo caso, huyó de ellos, pero eso no evitó meterse en un problema peor: sufrir la ira del Capitolio. Y el caso del Panadero es similar, más no igual. Haymitch no quiso problemas con el gobierno, pero está seguro de que Peeta sí. El Chico no puede –o no quiere—darse cuenta que desde el momento en que le confesó que quería morir siendo él mismo y demostrarle al Capitolio que no le pertenecía, se mostró subversivo. Y fueron justo esas palabras las que lo pusieron en la mira del resucitado Distrito 13. O mejor dicho, fue Haymitch y su indiscreción los que metieron en ese lío a Peeta: sin querer, y tras una plática con Chaff, Mentor del 11, después de que el muchacho matara a la chica del 2, su compañero de bebida se mostró un poco aturdido por las últimas palabras que Peeta le dedicó a la moribunda chica.

—Un poco extraño, ¿no crees?—susurró—. Eso de no querer que muera nadie más. No creo que el Capitolio lo tome muy bien. Ese muchacho tendrá suerte si sobrevive un par de horas más —aseguró, negando repetidas veces y dándole un trago a su bebida.

—Es un idiota —gruñó Haymitch, distraído y malhumorado por la cantidad de botones de su comando de regalos, (y por la abstinencia), tratando de enviar la pomada para las quemaduras—. Demasiado cursi. No te sorprenda si dice algo aún más estúpido porque —imitando ridículamente la voz de Peeta, añadió—, "quiere morir siendo él mismo y demostrarle al Capitolio que no le pertenece". Buena suerte con eso porque desde que nació es propiedad del Capitolio. Me pregunto cuánto tardará en darse cuenta.

Una sonrisa malévola surcó los labios del Mentor del 12 al ver caer el paracaídas en las narices de su Tributo y la cara de molestia de éste. El trato fue que los regalos serían exclusivamente para Prim, pero Haymitch suele ser –a veces—un poco infantil, y por la simple y absoluta necesidad de hacer rabiar un poco al Chico, se lo envió a él. Además de que con esa acción lo obligaría a ir en busca de su compañera. Para ese entonces, el borracho Mentor se preocupaba más de lo que debería por la seguridad de sus niños y deseaba que permanecieran juntos.

—Demasiado idealista el tal Peeta —se burló el Mentor del 11 pegando tremenda risotada. Haymitch no se percató de que la mirada de Chaff no contenía ni una sola pizca de mofa, sino algo más parecido a una absoluta resolución por compartir con alguien la información recabada.

El segundo motivo por el que se mantuvo alejado de su precioso alcohol el resto de Los Juegos, se debió a que hizo lo inimaginable: se duchó continuamente, se arregló con los mejores trapos que los estilistas le crearon, y convivió con la gente que tanto despreciaba en busca de Patrocinadores potenciales. Por primera vez en su vida actuó como un Mentor y dejó de lado esa apatía que, después del alcohol, se ha convertido en su mejor amiga durante tanto tiempo. Sonrisas falsas, bromas tontas y su astucia para convertir la situación de los mocosos en el drama del siglo recordándoles a cada momento las revelaciones de las entrevistas e inventándose una cantidad de detalles privados que, supuestamente, Peeta Mellark le había confesado sobre su amor secreto, fue su estrategia fuera de la arena para mantener su palabra. Seguía sin tener mayores esperanzas, pero se convenció de intentarlo al ver la disponibilidad de los ciudadanos del Capitolio para escucharlo y la oportunidad que le dio también la chica, Katniss, cuando la entrevistaron. Ella ayudó a hacer más fáciles las cosas, y Effie. No puede negar que esa mujer lo altera más que nadie, pero tampoco puede negar que sabe hacer su trabajo, y lo hace bien.

Con ella detrás de él, recordándole sus deberes; charlando con posibles Patrocinadores; monitoreando a sus Tributos, incluso a él se le olvidó que Peeta estaba herido. Así pues, el día del Banquete, fue la segunda vez que casi lo ve morir a manos del sanguinario chico del 2. Todo estaba perdido. El chico monstruoso tenía todas las de ganar, mientras que el panadero tenía todas las de perder, ni siquiera se permitió pensar en las posibilidades de la Nenita: sin Peeta, no iba a ser capaz de sobrevivir un día más. El Distrito 12, una vez más, iba a regresar a casa con dos ataúdes y un alcohólico como único triunfo. Pero no. Esa chiquilla apareció y, como si leyera sus pensamientos, le soltó tremenda bofetada con sus acciones y le obligó a dejar de menospreciarla: ella también logró engañar a un Profesional, al más mortífero… y lo venció.

No puede más que aceptar, muy en el fondo, y por terrible que haya sido la situación, que en ese momento ese par se ganó su respeto y admiración por la forma tan desinteresada y tan férrea que lucharon hasta morir el uno por el otro.

Fue ahí que él mismo se permitió sentir un poco de esperanza: sólo quedaban cuatro, y dos de ellos eran sus Tributos. Esos últimos dos días fueron una completa tortura al ver a los muchachos del 2 y del 11 pelear a muerte. Ambos eran fuertes, temerarios y letales, y de entre ellos saldría quien se tendría que enfrentar a Peeta. Haymitch deseaba con todas sus fuerzas que fuese el tal Cato quien saliera victorioso de ese duelo, entre más machacado, más probabilidades tendrían sus Tributos. Deseó con todas sus fuerzas que Tresh muriera de una maldita vez, pero sus súplicas cayeron en saco roto. Y vislumbró con pena cómo Peeta se entregaba por completo; cómo, astutamente, utilizaba su último recurso para proteger a la Nenita. Al escuchar el relato de cómo fue que se enamoró de Katniss, el regordete Mentor, si tenía dudas, se disiparon por completo: el Chico iba a morir y Primrose sería Vencedora. Poco importaba ya Tresh, porque estaba seguro que, por las reacciones de la gente del Capitolio, los Vigilantes idearían algo para sacarlo del camino. Hasta Chaff lo sabía.

La mayoría puede pensar que el día final, los mutos y Tresh eran los verdaderos enemigos. Sí, lo hirieron y casi lo matan, pero el Mentor se percató de otra cosa: los demás Tributos y situaciones fueron meros obstáculos menores, distracciones que lo apartaban de la verdadera batalla en Los Juegos: Peeta Mellark. Él mismo era su propio enemigo porque peleaba fervientemente contra sus instintos de supervivencia. El Chico quería vivir, el Mentor estaba seguro de ello, pero su gran defecto fue más fuerte que él: la falta de amor propio. ¿Quién sino alguien que se menosprecia, que se odia, que no confía en sí mismo, que no valora su vida, estaría tan dispuesto a morir? Sólo Peeta. Y que a Haymitch lo parta un rayo si es que no lo entiende. Lo comprende tan bien que es por eso que bebe, para terminar de morir por ese desprecio y odio que siente hacía sí mismo; sólo que él opta por esperar pacientemente a que todo termine. No tiene las agallas para provocar su muerte.

Si bien, entiende al Chico, ignora por completo cuál o quién fue la causa de convertirlo en un ser que va por ahí sacrificándose por el resto. Cuando la alianza con la niña del 11 se formalizó, Haymitch divisó la duda y la tortura en los ojos del muchacho: también quería salvar a la chiquilla morena, salvarse él, pero no podía olvidarse de su compañera y su propósito inicial. Cuando el comienzo del Banquete, el miedo a morir se reflejó en sus ojos. Bien pudo echarse para atrás y dejar que los otros se matarán, pero algo se lo impidió. Cuando la mocosa le imploraba, en los últimos momentos, que no podía dejarse morir, volvió a ver ese miedo en su maltratada mirada, pero Peeta perdió la batalla contra sí mismo.

Esa fue la tercera vez que casi lo ve morir.

Afortunadamente, la ridícula gente del Capitolio y el monumental ego de Seneca Crane por pasar a la historia como uno de los mejores organizadores de unos Juegos, intervinieron.

La muerte de su familia fue, contrariamente, algo especial. Primero pensó que ese sería el final definitivo de su Tributo, incluso creyó que se convertiría en un alcohólico; que el trauma sería demasiado fuerte y que terminaría por matarlo, ni siquiera el hecho de verlo tan integro en la entrevista le dio un poco de esperanza. Pero todo cambió cuando vio la fiereza con la que se enfrentó a Effie Trinket, las verdades dolorosas que le escupió; cuando les hizo el desplante y no asistió al funeral que, según sabe Peeta, organizó el Capitolio; cuando, día a día, lo vio desvivirse por consolar a la Nenita para que ésta tampoco se hundiera; cuando lo miró soportar pacientemente la situación del Distrito, y la manera en que perdió el control cuando se transmitieron las ejecuciones. Ni hablar de su forma de entrenarse para ayudar a sus Tributos.

Por primera vez en su vida vio a un Peeta enojado en su vida diaria, pero dispuesto a vivir, sin sacrificarse por alguien más. Que por mucho que le hayan quitado, aún tenía por qué pelear. Que la tragedia que lo envolvió al terminar la Gira, sólo lo hizo más fuerte y decidido.

Se pregunta qué hará el Chico cuando se enteré que por culpa de Haymitch, ejecutaron a esas personas en el 3 y en el 11. No lo hizo con esa intención. Él simplemente le informó a Heavensbee que Peeta quería ayudarlos, que estaba preocupado por ellos, y pensó que el Vigilante podría encontrar una manera de mantenerlos a salvo y lejos de la maldad del Capitolio.

Sucedió todo lo contrario.

Todavía recuerda la furia asesina que se instaló en su ser cuando la Nenita se lo dijo. Lo primero que hizo, después de salir de casa de ésta y azotar la puerta, fue contactar a Plutarch.

— ¿Qué pretendes? —siseó, lívido—. ¿De parte de quién estás, de la Rebelión o del Capitolio? ¡No tenían que ejecutar a esas personas! ¡Peeta los reconoció y está deshecho…, incluso fue a dar a prisión! ¡No sé qué jueguito estás jugando, Heavensbee, pero te exijo una explicación!

—Abernathy…, la gente muere, ¿cierto? El muchacho necesitaba un empujoncito y… bueno, simplemente pasó. Mira, tengo otras preocupaciones, si eso es todo…

—No, no es todo. Te estás arriesgando demasiado, Plutarch —advirtió—. Si Peeta se llega a enterar que tú, un miembro de la Resistencia, fue el cabecilla de esto… Lo estás llevando al límite, estás empujando más allá de lo que deberías, y no creo que te lo perdone tan fácilmente.

—No tiene por qué enterarse, a menos que tú hables… —la calma en la voz del Vigilante sólo irritó más a Haymitch. En situaciones cómo estás, es que se pregunta si la Resistencia hace bien o mal en confiar en gente del Capitolio para derrocarlo. Entiende los motivos para hacerlo, pero eso no evita que cuestione los cómo. A final de cuentas, actúan justamente como lo haría Snow. ¿Qué diferencia hay entonces? —. Escúchame, Snow está planeando algo, y me temo que tiene que ver con tus muchachos y con el Vasallaje, ha sido muy hermético, y parece que no me he ganado su total confianza, o prefiere sorprendernos a todos, no lo sé. Tengan cuidado, ¿sí? Por mi parte, ya alerté al resto para que estén preparados para lo que sea que pase.

— ¿Crees que mande a hacerles algo a Peeta y a la Mocosa?

—No lo creo, no sería un movimiento muy inteligente, pero tampoco lo descarto. Lo que sí sé es que un tal Thread es sus ojos y oídos en el 12. Vigílalo, y por ningún motivo permitas que tenga otro enfrentamiento con Peeta: tiene la orden directa de tirar a matar si el muchacho vuelve a interferir en sus asuntos. No a él, pero sí a quien tenga cierta relación con él, incluso su prometida… O a ti. Debo irme. Te mantendré informado.

Más culpas a su consciencia. Más muertes por una buena causa. Más mentiras, y secretos que guardar. Haymitch vuelve a dar un enorme trago a su botella porque todo esto lo supera.

A raíz de eso, tuvo que involucrarse más y más con esos chiquillos para mantenerlos vigilados. Y la oportunidad llegó cuando le pidieron ayuda en su entrenamiento como Mentores. Fue algo que le fastidió en sobremanera, pero era la excusa perfecta para que ninguno de ellos se percatara de que Haymitch los estaba protegiendo al pasar horas y horas junto a él. Incluso tuvo que convencer a la tal Katniss de cooperar con ellos, porque la muy idiota tenía la idea de que escapar a terreno desconocido, llámese el bosque, era la solución perfecta. Aún no entiende qué es lo que vio Peeta en ella para caer tan perdidamente enamorado. Espero que su cantarina voz sea mejor que sus estúpidas ideas, se dice.

Lo que lo lleva a otra de sus tantas culpas: ordenarle a la muchacha fingir amor por Peeta, a sabiendas de que él, tarde o temprano, lo descubriría y, por ende, lo destrozaría. No quiere justificarse, pero en parte lo hizo por una buena causa, por decirlo de alguna manera.

Cuando su regreso como Vencedores, justo en el momento en que Peeta se sumió en una especie de depresión, la muchacha tuvo las agallas de enfrentarlo, de acusarlo de no permitir que Peeta viese a Prim; también le increpó que fue honorable lo que hizo al proteger a su hermana. Todo eso, aunado a unas cuantas miradas de absoluta preocupación que vio de su parte hacia el Chico, le convenció de que ella no le era tan indiferente. Que, quizá, si no sentía algo por él, no sería muy difícil que lo hiciera en un futuro. Así bien, aunque le cueste aceptarlo, actuó como un tontorrón casamentero con ese par, tal vez para limpiar su consciencia, o tal vez como una forma de retribuirle al muchacho por lo tanto que había pasado, o con la esperanza de que lo venidero fuese un golpe menos fuerte para su Tributo al tenerla a su lado, no logra definir el por qué, pero Snow le dio la excusa perfecta.

Nunca esperó que fuese más difícil de lo que parecía.

Katniss Everdeen es todo lo opuesto a su hermanita, y por consecuente a Peeta. Haymitch está completamente seguro de que la maldita cigüeña se equivocó y puso a alguna de las dos en esa familia por error. Mientras una es la cosa más tierna, amable, inocente y agradable en todo el Distrito, la otra es… insufrible, y enormemente idiota. Preciosa –como se refiere a Katniss, más por burla que por considerarla atractiva, ya que, al parecer, hasta los genes favorecieron a la Nenita- tiene más problemas existenciales que cualquier otra persona que el Mentor haya conocido. Puede que sea autosuficiente, una luchadora, hasta puede adjudicarle un fuerte espíritu de valentía, pero es tonta, impredecible y tiende a pensar más con las vísceras que con la cabeza. Es egoísta, porque una de sus tantas brillantes ideas fue que Haymitch convenciera a Peeta de que aceptara la propuesta de trabajo que Snow le ofreció, así su hermana estaría a salvo. El regordete Mentor casi la abofetea por siquiera atreverse a pensarlo, pero se detuvo al darse cuenta de que ella no tenía ni la más remota idea de en qué consistía ese trabajo. También es necia, ya que, hasta la fecha, insiste en que escapar al bosque es la mejor opción. Es brusca y hasta desconfiada, por eso es que ni siquiera le pasó por la cabeza el confiarle la magnitud de lo que causaron Peeta y la Nenita: una inminente guerra contra el Capitolio, comandada por el Distrito 13. A saber que habría hecho con toda esa información, teniendo en cuenta la estupidez que cometió hace un mes.

Desde el primer momento que cruzó más de tres palabras con ella, y a pesar de sus buenas intenciones de echarle una mano al Chico, se dio cuenta que esa chica dañaría más que nadie a Peeta porque a diferencia de él, no entiende ciertos conceptos como la prudencia… o el amor. Y así lo hizo. Le basta recordar la mirada de profundo dolor de su Tributo, cuando ella lo acusó de tan desastrosa situación y le gritó que debería haber muerto, para percatarse de que el daño sería irreparable. Podría decirse que Peeta estuvo a punto de morir por cuarta vez; lo cierto es que, a pesar de haber sobrevivido a unos Juegos, a la pérdida de su familia, de una pierna, al horror que vio en la Gira, o el infierno que se desató en el 12, o a la presión de la posibilidad de regresar a otros Juegos, una chica, ni más ni menos, logró asestar el golpe final y matarlo.

Está seguro de ello porque, puede que Peeta siga con sus actividades, entrenándose, entrenando a la Nenita, comiendo, durmiendo… en fin, es funcional, pero desde ese día parece un maldito autómata, y está más enojado que nunca. Siempre grita: "¡Primrose, corre más rápido!", "¡Controla tu respiración!", "¡Golpea con más fuerza!", "¡Muévete!", "¡Apúrate!", "¡No te distraigas y presta atención!"… Haymitch vislumbra cada día, detrás de su ventana, el comportamiento tan hosco y amargado de su Tributo. También alcanza a distinguir el vacío en su mirada, y el dolor que destila.

Pero tampoco puede dejarle toda la culpa a Preciosa; él también influyó, y mucho. Más de lo que le gustaría. Quizá el muchacho Hawthorne tenía razón, piensa. Debimos decirle a Peeta toda la verdad desde un principio, desde que terminaron Los Juegos.

Gale Hawthorne, supuesto amigo de la infancia de su Tributo, es un chico con agallas, y compite en brutal sinceridad con Haymitch. Y el desprecio que siente el uno por el otro es mutuo. No lo soporta porque siempre, en cada ocasión, el muchacho no perdía oportunidad de reprocharle que estuviera actuando mal, en recordarle lo miserable que era su vida y que si quería ese mismo destino para Peeta, porque era lo único que conseguiría; no dejaba de amenazarlo con descubrir sus mentiras si no lo hacía él, pero siempre que tenía la intención de hacerlo, sucedía una cosa u otra que amenazaba la estabilidad de su Tributo. Y si algo puede decirse de Gale es que, tras esa capa de hostilidad, habita alguien con demasiada compasión. Le era impensable lastimar más a Peeta, y no le quedó de otra más que seguir callando, hasta que encontrara el momento adecuado. Cabe resaltar que los mismos reproches le hacía a Katniss, he ahí que su amistad se haya fracturado un poco.

No importa lo que crea el Chico en estos momentos, Gale en todo momento se comportó como un amigo porque trató de defenderlo, de ayudarlo. Lo que no puede decirse de mí, se reprocha con amargura porque ha decidido ser leal a la causa en vez de a su Tributo.

Nunca será capaz de aceptarlo en voz alta, primero muerto, pero no puede negar que el rechazo de Peeta le ha calado hondo.

Hubo un tiempo, hace muchos años, que existían personas que se preocupaban por él, que lo hacían sentirse querido, amado, apreciado. Que se desvivían porque se llevara un plato de mísera sopa a la boca, por sacarlo adelante, por demostrarle que no estaba solo, que siempre tendría en quién apoyarse, pero gracias a su magnífica idea en Los Juegos, las perdió. Después, llegaron el Chico y la Nenita para hacerle recordar esa sensación de seguridad, pero volvió a arruinarlo. Al menos en el caso del Chico, porque ni siquiera le regala una mirada de desprecio, lo ignora por completo, y se ha desentendido de sus obligaciones de alimentarlo. No muere de hambre porque, afortunadamente y gracias a aquellos dioses olvidados, la Nenita se ocupa de eso, pero, ¿por cuánto tiempo? Si de algo está seguro, es que Primrose no lo desprecia como debería gracias a Peeta y sus piadosas mentiras.

Tan asquerosamente amable como siempre, se dice, y vuelve a reír y a reír sonoramente, pero esta vez, es inevitable no derramar un par de lágrimas traicioneras que no tienen nada que ver con la alegría, teniendo la prudencia de limpiarlas inmediatamente. Recomponiéndose de su ataque de risa, se levanta y va hacía la ventana, con la esperanza de ver a sus Tributos entrenando como cada día, pero los minutos pasan y no hay rastro de ellos.

— ¿Estás listo? —una voz apagada hace eco en su solitaria casa. No tiene que volverse para saber quién es; y el tintineo de dos botellas de licor le reafirma su presencia. Esta chica puede ser desagradable, pero tiene un par de virtudes, se dice, pensando en las dos botellas.

— ¿Para una muerte segura? —Responde, arrebatándole de las manos su preciado licor—. Por supuesto. De hecho, no dormí nada de la emoción.

—Aún tenemos tiempo, Haymitch, deberíamos…

—Es día de Cosecha, Preciosa, y hay un centenar más de Agentes de la Paz allá afuera, ¿de verdad crees que puedes escapar? —gruñe, olvidando sus virtudes y recordando lo tonta que puede ser—. Buena suerte con ello y no olvides mandarme una postal cuando te estén torturando en el Capitolio, o antes de que te ejecuten en la Plaza.

—Al menos yo estoy pensando en una solución y no emborrachándome como una cuba —refuta Katniss, frunciendo el ceño y mirando airosa al Mentor.

—El problema es que tus maravillosos planes son estúpidos y contraproducentes. ¿Quieres proteger a tu hermanita? Bien, déjala ir a la arena, estará más segura ahí que en el bosque porque Peeta hará todo lo posible por conseguir a los mejores Patrocinadores y ofrecer las entrevistas más hilarantes para que no le pase nada a la Mocosa.

— ¿Estás seguro? Me refiero… ¿No crees que…, Peeta, bueno, que él no haga nada por…?

—Dale un poco de crédito, inútil —el Mentor no puede evitar rodar los ojos por lo desconfiada que es—. Él adora a tu hermanita, incluso más que a ti, sino, ¿por qué ha estado entrenándola, preparándola, dándole las armas para que pueda sobrellevarlo? ¡Cielos! A veces me preguntó cómo es que Peeta no se enamoró de la Nenita en lugar de ti.

Lo cierto es que Haymitch nunca se lo ha preguntado porque es obvio el por qué, al menos para él: ese par son tan parecidos, incluso físicamente, y la dependencia que han desarrollado es más fuerte que cualquier cosa. ¿Alguien que sobrevivió junto a ti a los horrores de la arena, tanto dentro como afuera, que te apoyó, que nunca te dejo solo y que estaba dispuesto a dar su vida por la tuya, en ambos casos, y no ser capaces de sentirse conectados de por vida? Imposible. Si ese tipo de conexión se da entre los Vencedores que ganaron de manera individual, ¿qué podría esperarse de dos que ganaron la misma edición? Eso aunado a que encontraron en cada uno lo que tanto les hacía falta: él, una persona a quien cuidar, a quien proteger, para sentirse útil –porque nada le quita de la cabeza a Haymitch que Peeta tiene una autoestima casi nula-; y la Nenita, bueno, ella necesitaba una figura de autoridad, a quien seguir, a quien obedecer, alguien que la hiciera sentirse fuerte y no una inútil, que le hiciera ver sus errores y fuese capaz de llamarle la atención y no sólo hacerle mimos, y está claro para él que Katniss y su madre han hecho un trabajo a medias.

Todo esto podría explicárselo a Preciosa, pero prefiere quedarse callado porque le satisface más ver la expresión desconcertada de la chica ante lo último que dijo. Está celosa, piensa el regordete Mentor.

—Prim es cuatro años más chica —se defiende, incómoda.

—Si sobreviven a esto, dentro de cuatro años más eso no sería inconveniente —contesta Haymitch, encogiéndose de hombros, como restándole importancia, pero lo cierto es que trata de darle picones. Divertido, espera la contestación, preparando ya su respuesta, pero la chica se queda tan estática, tensa, muda, y mirando hacia afuera, que el Mentor hace lo propio para descubrir qué robó su atención.

Peeta.

Lo observan pasar frente a su ventana, con el mismo gesto serio y duro que lo ha caracterizado desde hace un mes. Camina a paso lento, pero decidido. Su cojera ya sólo es visible si miras fijamente y con ojo crítico. Ha crecido. Nada queda del muchacho más bajo y delgado que conoció hace un año. Del niño de dieciséis años que estaba condenado a morir y vivió de puro milagro. Del simple panadero que, increíblemente, fue capaz de convertirse en una máquina de matar. Del Vencedor enamorado que ahora anda por ahí con el corazón roto y las ilusiones hechas pedazos. Nada queda del bondadoso niño porque ahora su aura es la de un hombre lleno de rencor.

— ¿Adónde irá? —murmura Katniss, al verlo salir del terreno de la Aldea.

—Ni viviendo cien vidas llegarías a merecerte a ese chico. Lo sabes, ¿no? —contesta Haymitch, con la pura intención de hacerla sentir mal. Todavía no es capaz de perdonarle el espectáculo que montó hace un mes, de descargar todas las culpas en quién no las merecía. No es capaz de entender cómo es que Katniss aún no se da cuenta de lo importante que es Peeta para ella, y que prefiera hacerle caso a su orgullo. Lo dicho: hay ciertos conceptos que es incapaz de descifrar.

Estrictamente hablando, Haymitch no es la persona adecuada para hablar sobre sentimientos. En su momento, hubo una chica que fue importante para él, pero el gusto le duró muy poco. Esa chica, Ayleen, rompiendo las normas sociales sobre cómo cortejar a una mujer, fue quien lo buscaba, quién lo saludaba, quién le preguntaba cómo estuvo su día, o si ya había comido; quién le regalaba un pedazo de pan, de carne, de fruta, de lo que fuera, para hacer su situación menos precaria; quién se ofrecía a cuidar a su hermanito enfermo cuando él y su madre no podían hacerlo porque tenían que trabajar. Fue quién, poco a poco y sin darse cuenta, logró reptar y ganarse un lugar en su hosco corazón que siempre juraba no perder el tiempo en tonterías como el amor porque tenía una familia a la que sacar adelante.

Cuando finalmente se dio cuenta que había perdido la batalla contra sus sentimientos, y que su orgullo no era más que un mero estorbo, inició una relación con esa chica de ojos grises y sonrisa amable. Cuatro meses después, fue cosechado, e inició el fin de todo.

Lo que Haymitch no sabe, ni siquiera se imagina después de 25 años, es que su chica, Ayleen, el día del incendio abrazador que consumió su hogar y las vidas de quienes estaban ahí, iba a darle una noticia que, quizá, hubiese cambiado su vida.

Haymitch Abernathy, Vencedor de los quincuagésimos Juegos del Hambre; Vencedor de entre el doble de Tributos; Vencedor que, a su manera, desafió al Capitolio; Vencedor que se volvió un alcohólico para olvidar…, iba a ser padre.

Un niño, o niña, de ocho semanas de gestación, tampoco pudo escapar de la ira del Capitolio.

—Mejor será que te alistes para la Cosecha —responde Katniss, evitando lo dicho por Haymitch, yendo hacía la puerta trasera—. Ah, y date un baño. Apestas.

No quieres ver lo obvio, Preciosa. Eres tan igualita a mí, que no puedes engañarme, piensa con amargura porque teme que su situación se repita con ese par. Teme que cuando Katniss se dé cuenta de lo que siente, sea demasiado tarde y haya perdido valioso tiempo por tonterías. Entonces, recuerda algo dicho por Peeta hace tiempo en una entrevista: "Nadie debería irse sin saber cuan apreciado es…"

—Deberías hablar con él antes de que partamos al Capitolio —dice, sin dejar de mirar el lugar por donde pasó su Tributo, recordando que él tampoco tuvo oportunidad de despedirse de su familia, de su chica. Lo dice porque no sabe lo que le espera a Peeta siendo Mentor, estando en el mismísimo Capitolio, y con la duda de si lograrán sacarlo a tiempo o sin trabas, o si Snow descubrirá el plan y lo arruinará todo. Lo dice porque, inevitablemente, pensar en ella le provoca sentirse como un ridículo sentimental. Ayleen, chica tonta, mira lo que me obligas a hacer. O, quizá, lo dice porque el eco de lo que vivió hace exactamente 25 años, resuena con más fuerza y los recuerdos no paran de surgir—. Uno nunca sabe, quizá sea la última vez que lo veas. Todo puede suceder.

El silencio es lo único que obtiene como respuesta, pero sabe que la muchacha lo escuchó porque sus delicados pasos apenas resuenan emprendiendo su huida.

El alcohólico Mentor regresa a su lugar en la cocina, con la bebida como única compañía; analizando que le quedan escasos días de vida porque Peeta así lo decidió. No lo juzga, al contrario, se lo agradece, porque es una forma de retribuirle un poco de lo mucho que ha perdido; y de llevar a cabo un cambio de planes para asegurar la supervivencia de sus dos chiquillos.

Un día después del anuncio del Vasallaje, Plutarch lo contactó, contrariado y furioso por la sorpresa de Snow al mandar a los propios Vencedores de regreso a la arena –y, en consecuencia, a la mayoría de los integrantes de la Resistencia-, y le notificó la estrategia: a los tres días de comenzados Los Juegos, sacarán a los Tributos rebeldes restantes, entre ellos, Primrose Everdeen, a quien todos los miembros de la causa protegerán con su propia vida. Excepto a Peeta. Peeta Mellark, en palabras de Heavensbee, deberá morir en la arena para crear un mártir y propagar un fuego que sólo pueda apagarse con la muerte de Snow. Peeta debe morir para dejar desprotegida a Primrose y, así, todo Panem se una para cobrar venganza, para cuidarla, para preservar el legado de Peeta. Peeta debe morir, y el resto de la Resistencia debe propiciar la ocasión, atrayéndolo hacía los Profesionales del 1 y del 2, y que ellos hagan el trabajo sucio.

Peeta, otra vez, está condenado a morir por los caprichos de un viejo decrepito que no tiene más control sobre su país; está condenado a morir por el capricho de unos locos con ansías de libertad. Está condenado a morir, únicamente él, para salvar a un país que se hunde, y Haymitch no sabe si el sacrificio merezca la pena. ¿Qué es mejor, matar a uno pero salvar a cientos, o salvar a uno y que cientos más mueran? No lo sabe. Es una decisión difícil.

Pero él ya tomó su decisión.

Peeta, al obligarlo a ir a Los Juegos –aunque esa idea le parezca absurda a Plutarch y haya ordenado que no se lleve a cabo-, también tomó una decisión y le hizo las cosas más fáciles.

Durante muchos años ha sido parte de esa Resistencia que pretende una empresa demasiado grande: derrocar todo un sistema de gobierno comandado por un Presidente que se caracteriza por ser cruel, y un ejército de Agentes de la Paz igual de bárbaro porque están entrenados para obedecer sin rechistar, sin poner en duda las órdenes.

Justamente, hace diez años, después de la victoria de Finnick Odair, fue que a él lo reclutaron. Fue la primera vez que escuchó el nombre de Plutarch Heavensbee, un simple riquillo más de la capital que aspiraba a ser Vigilante en Jefe porque estaba en contra de la tiranía de Snow y quería hacer algo por cambiarlo. A Haymitch le costó mucho confiar en él, pero en cuanto supo de la existencia del supuesto muerto y enterrado y olvidado Distrito 13, se permitió confiar y aceptó ser parte. En primer lugar, se quería utilizar a Odair como la figura libertadora de Panem. Un chico bien parecido, carismático, amado por todos, tanto gente del Capitolio como del resto de los Distritos, y bueno en el combate, auguraba un triunfo seguro. Pero Snow cebó sus planes al obligarlo a… a ser un acompañante, matando en el camino a los padres y hermano del muchacho. La Resistencia no contaba con eso, no supo organizarse, y mucho menos pudo resarcir el daño que la imagen de Finnick recibió. En los Distritos no seguirían en una lucha a una persona que disfruta de la compañía y los lujos del Capitolio, por muy carismático que fuese.

En segundo lugar, Johanna Mason. Chica fuerte, valiente, inteligente, sagaz, pero su cambio de personalidad –de enclenque a una máquina de matar-, no generó demasiada empatía entre las personas. La consideraban una persona en la que no podías confiar, que en el momento menos esperado, te traicionaría. El Libertador de Panem no puede ser así. Debe ser alguien en quien todos, absolutamente todos, puedan confiar, incluso confiarle tu vida como para seguirlo en batalla, y morir gustoso por él, o ella, porque sabes que valdrá la pena.

Cuando el tiempo se acababa y las esperanzas se esfumaban, para suerte de la Resistencia y desgracia suya, llegaron Primrose y Peeta a cambiarlo todo y demostrar que eran ellos lo que tanto necesitaban. Y sí, quizá sea la hora, el momento de terminar con la tiranía, pero la manera en que han resuelto obligar, o a darle un empujoncito a sus chicos, ha llegado demasiado lejos. Plutarch no ha tenido piedad, y teme que sus ideas libertarias se hayan convertido en una peligrosa obsesión. Mucho más peligrosa que el régimen de Snow. ¿Cómo no pensarlo si, a pesar de que no pudo utilizar a Finnick para sus fines, haya asegurado la supervivencia de la chica loca de la que está enamorado, pero no haya hecho nada por impedir la muerte de la mayoría de los Mellark? O peor aún, que haya sido el artífice de las pasadas ejecuciones, a sabiendas de lo que eso provocaría en la estabilidad mental de sus chicos. O mucho peor, que sea el cabecilla de la idea loca de que Peeta debe morir.

En el momento en que se unió a la causa, se juró a sí mismo ser lo más competente posible cuando el momento lo ameritara; ser leal, apoyar en lo que fuese, pero ahora se replantea sus prioridades.

Antes de Peeta y Primrose, confiaba a ciegas porque era algo que necesitaba para darle un sentido a su miserable vida. Ahora… las cosas son diferentes. Otra de las verdades que nunca aceptaría en voz alta, es el cariño que siente por esos chiquillos, y ha decidido que su lealtad sea para con ellos, sin importar las consecuencias.

Haymitch Abernathy se prometió mantenerlos a salvo, a los dos, y eso es lo que hará. El Chico le ordenó ir a Los Juegos y proteger a Prim, pero para asegurar su ida y que no haya cambios de última hora, discretamente y con ayuda de Chaff y Johanna, han contactado a alguien que escriba en los dos papelitos de la urna de varones, el nombre de Peeta, de esa manera, Haymitch se ofrecerá como Voluntario y el Chico no tendrá que morir, ni arrastrar a Primrose en esa desgracia.

Que te den, Heavensbee.

Entre dos, tres, cuatro botellas de alcohol, sella su promesa y su destino… y se prepara para la Cosecha.

.

.

.

.

.

Uno puede pensar que el amor es un sentimiento liviano, un sentimiento que te hace sentir ligero, un sentimiento del cual nunca podrías referirte a él como una carga, como un error, como algo que te daña, como algo que pesa. Lo cierto, es que si lo hace.

El amor pesa. ¿Cuánto? No lo sé. Ni mi experiencia en la panadería me ayudaría a explicar en base a cantidades exactas cuántos gramos, kilos o toneladas pesa. La forma más fácil de medirlo sería en hechos. Las sonrisas, los suspiros, los momentos, los sueños, las ilusiones, los besos, los abrazos, las caricias, los días y las noches… Pesa todo eso que fue y ya no es. Pesa todo eso que creí fue pero que nunca pasó. Pesa todo eso que di y que nunca podré recuperar.

Pero el amor no sólo pesa en la mente, en los recuerdos, también en lo físico. No soy capaz de poder mover un solo dedo. El hueco que siento en el pecho, la falta de aire en mis pulmones y la voluntad perdida, son los estragos del peso del amor. Es curioso que algo que no ves, que no tiene una forma sólida, logre aplastarte por completo.

También pesa aquello que se intuía pero que no quería ver. Los silencios, las miradas duras, frías; las miradas vacías y distantes; las malas contestaciones, los desplantes, los desprecios. A veces, estar con ella, era como estar parado al borde de un barranco, tambaleándome, esperando el momento de caer, pero siempre terminaba por permanecer en equilibrio. Creí que si en algún momento terminaría por caer, sería por mí, por mi inestabilidad, por mis pesadillas, por mis traumas, por todo lo que arrastraba. Ignoraba que sería ella quien me empujaría al vacío.

Hubo días buenos, en los que me hizo más feliz de lo que alguna vez habría imaginado. También hubo días malos, en los que me hizo inmensamente triste. Sin embargo, pesa aún más darse cuenta que en ninguno de esos días, cualesquiera, ella no estuvo conmigo en absoluto. Siempre estuve yo solo, amando por los dos porque ella no tenía ninguna intención de hacerlo.

El amor es ciego, escuché a alguien decir alguna vez. Y vaya que yo estaba tan ciego que no me fije que mi amor la lastimaba. Me cegué a tal punto que no me di cuenta que mientras yo la amaba cada día más, ella me odiaba cada día más. Qué cosas

La desesperación lleva a la traición, supongo que es por eso que no reparó en el daño que podría hacerme. Tenía que proteger a su familia. Punto. Quizá yo habría hecho lo mismo, ¿no?… O supongo que solamente trato de justificarla porque, pensándolo mejor, no hay manera de justificar lo que hizo. No hay manera de que mi cabeza entienda que haya fingido ni callado tanto tiempo. No hay manera de olvidar sus palabras, sus acusaciones. No hay manera de pasar por alto que, después de tanto tiempo, en unos minutos, fue completamente sincera y que me dio lo que tanto quería: entender lo que guardaba esa mirada gris.

Me lo dio todo, y creo que era preferible vivir en una mentira que cargar con todas estas verdades.

¿Qué pasaría si de repente comenzara a gritar y destruir cosas? Lo cierto, es que eso es lo que quiero hacer. Y me asusta porque estoy lleno de un deseo profundo y negro de deshacer todo y después echarme a llorar como un demente. De llorar como nunca lo he hecho y no levantarme jamás. Tengo unas malditas ganas de desquitarme, de encontrar la manera de hacer daño. De devolver el golpe con fuerza. Pero no sé contra quién.

Por una parte, no puedo dejar de pensar que Gale tiene una familia, una madre y unos hermanos, que cada día lo esperan con los brazos abiertos, con una sonrisa, con alguna anécdota; que Katniss, cada día que llega del colegio, cuenta con una casa llena, donde su madre cocina y su hermana le pregunta qué tal estuvo su día; que Haymitch, pese a su soledad, tiene una maldita vida que no valora y se autodestruye cada día más… Tienen todo y yo no tengo nada. Sólo me valgo de recuerdos que no hacen nada por llenar el enorme hueco en mi vida. Me enfurezco más y más porque los imagino diciendo: "Venga, necesitamos alguien que se sacrifique por nosotros, dejemos que el idiota de Peeta Mellark sea nuestro cebo, le damos algunas migajas para que esté contento y así ganamos todos".

¿Qué clase de personas son?, me pregunto repetidas veces, porque mi mente no concibe tanta deslealtad, tanta hipocresía. ¿Cómo es que pueden vivir con el hecho de que sus familias están a salvo a costa de la mía? ¿Cómo es eso posible?

Por otro lado, el Capitolio. El Presidente Snow. ¿Por qué llegar hasta este extremo? ¿No habría sido mejor amenazarme o matarme? Si fui yo quien causó tantos problemas, ¿por qué no deshacerse de mí y asunto arreglado? ¿Por qué ser tan cruel? ¿En qué le beneficiaba desquitarse con mi familia? ¿Para qué obligar a Katniss a fingir?

Es… es… No lo entiendo.

Mi única certeza es que no tengo a nadie de mi lado.

No puedo confiar en nadie más. No puedo dejar de imaginar que Prim, mi pequeña Prim, también fue parte de ese maldito plan para su beneficio a costa del mío. No puedo dejar de pensar que ella formaba parte de esas malditas reuniones secretas que, seguramente, mantenían Haymitch, Gale y Katniss. No puedo dejar de asociar la palabra "traición" con todos ellos. Ella misma me lo dijo, ¿no? Que pensaba que los rebeldes me buscaban a mí, que lo que vimos en la Gira no era tan casual como parecía… No, no, no. Me niego a creer que haya sido capaz de engañarme de esa manera, pero todo encaja. Quizá eran tantos secretos que esconder que esa fue la forma de sentirse en paz consigo misma: lanzando verdades indirectas. Dudas, dudas y dudas. Ella no es como Katniss, no lo es, me digo, pero las dudas crecen.

Y sólo hay una forma de saberlo.

Alcanzo a ver que son las cinco de la madrugada. Debería dormir, descansar y tratar de olvidar, pero los hechos son tan recientes que sé me sería imposible intentarlo siquiera. Mi cuerpo se resiste, pero no le doy tregua. Lo forzo a levantarse e ir en dirección a la casa de Haymitch. Preferiría no verlo, pero es mejor salir de dudas de una vez para saber cómo actuar después.

Su puerta sigue entre abierta. Me detengo un momento para escuchar si Gale y Katniss siguen ahí. Nada. Ni una sola voz. Entro, sin intentar ser silencioso, y lo encuentro sentado en la mesa de la cocina con una botella medio vacía de licor blanco en un puño y un cuchillo en la otra. Borracho como una cuba. Borracho como habría de esperarse. ¡Tú tendrías que haber muerto en esa arena y mi hermana sería una Vencedora feliz! ¡Todos seríamos más felices de lo que somos ahora sin ti!, resuenan las palabras de Katniss en mi cabeza. Casi juraría que está aquí, gritándolo, y mirándome con tanto rencor. Pero no está. Aunque no es que importe mucho, sus palabras me perseguirán por siempre. Eso es seguro.

—Ah, aquí estás. Pensé que tardarías más en venir a sermonearme… o a golpearme —dice, socarronamente. Me molesta, me enfada su actitud tan despreocupada, pero no le doy el gusto de demostrárselo. Permanezco lo más serio posible y sin caer en sus provocaciones. Tomo asiento delante de él y lo miro fijamente, tratando de descubrir, de entender, cómo es que hace apenas unas horas pude decirle lo tanto que me importaba, que no quería verlo morir, a una persona como él; tratando de entender por qué me mintió tan descaradamente; por qué no confió en mí cuando yo creía tan ciegamente en él… Definitivamente, soy un idiota. Yo me preocupaba mientras él me engañaba.

Nos quedamos así unos cuantos minutos, viéndonos, sin decir una sola palabra.

—Debo reconocer que no me esperaba tanta calma —dice, interrumpiendo el silencio y huyendo de mi mirada—, teniendo en cuenta tus brotes asesinos…, parece que lo has tomado bien.

— ¿Prim lo sabía? —pregunto escuetamente, yendo al punto del por qué estoy aquí. Por un momento, hago a un lado su referencia a mis brotes asesinos porque, sí, de hecho, tengo ganas de saltarle encima y golpearlo hasta cansarme.

— ¿La Nenita? Qué va. Es demasiado leal a ti como para haberle confiado algo así —suelta una carcajada, la cual no entiendo. Esta fuera de contexto—. Ella misma me habría sacado los ojos, o al menos uno… ¿Cómo se llamaba el muchacho del 2? ¿Cato? Ahí tienes un buen ejemplo.

Siento como un ligero peso se aparta de mí. Prim no sabía nada. No me mintió. Ella no es así. Pero otro peso más se añade a mi carga.

El amor y la confianza, creo yo, son como un arma de doble filo porque le confieres cierto poder a las personas sobre ti: o te sostiene o te hunde. Y en estos momentos estoy cayendo dentro de un pozo sin fondo, y el impacto tardará en llegar. El golpe, el llegar al vacío, es fuerte, puede romperte en mil pedazos, pero es tan instantáneo que no lo notas. En cambio, el ir cayendo, el recorrer ese oscuro túnel, absorber esa oscuridad, respirarla, que penetre hasta lo más recóndito de tus emociones hasta vaciar cualquier esperanza dentro de ti, y tener la incertidumbre de que golpearás con fuerza pero no saber en qué momento, es en realidad lo que te mata porque quebranta tu espíritu.

Nunca había deseado tanto como en este momento terminar de caer porque con esto vuelve a confirmarme que lo que sucedió aquí mismo hace unas horas fue real, pero no puedo hundirme, porque sigue habiendo una sola persona en este maldito mundo por la que vale la pena luchar.

Y debo salvarla de la ira del Capitolio.

Y fue precisamente él quien me dio la idea, la forma de hacerlo. Este será el último consejo que tomaré de él.

—Irás tú a la arena —digo, más como una orden que como un favor. Los momentos de súplicas o charlas amables se terminaron. Ahora comienzan las estrategias—. Yo seré el Mentor de Prim y haré lo posible por ayudarla afuera, pero tú formarás algún tipo de alianza con los Vencedores que conozcas para asegurar su bienestar hasta el final. La protegerás, la cuidarás… lo que sea. Olvida lo que te dije sobre no querer que mueras porque mi decisión ya está tomada: me centraré en ella y sólo en ella, así termine arrastrándome a los pies de los Patrocinadores o en algún cuarto de hotel. No esperes algo de mí, ya que no recibirás nada, ni siquiera un solo pensamiento de mi parte, sea bueno o malo, para mí serás sólo como una sombra que evitará cualquier tipo de daño en Prim y, de ser necesario, lo recibirás. Eres el Tributo débil e inútil que he decidido desechar —se me encoge el estómago al decir esto. Nunca me creí capaz de soltar este tipo de palabras con tanta facilidad. El mismo tipo de palabras que alguna vez él dijo con brutal sinceridad—. No estoy pidiendo, estoy diciendo cómo se harán las cosas y me importa una mierda si estás de acuerdo o no. Dicho esto, a partir de ahora, no me hables, no me mires, no te acerques a mí, no nada. Quiero tu patética y miserable existencia fuera de mi vista, incluso cuando estemos en el Capitolio. Y lo mismo va para tus… amigos, así que puedes ir e informárselos libremente sin la necesidad de esconderte. No quiero a ninguno cerca de mí y tampoco quiero que Prim se enteré de cuál será la estrategia. Eres bueno guardando secretos, así que no te costará callar otro más, ¿entendido?

No sé qué es lo que esperaba. Quizá que se burlara de mí como siempre lo hace, que me echara en cara lo estúpido de mi plan o que comenzara a gritar... pero nada, no hace nada, más que mirarme con asombro… y con dolor. Si no fuera porque sé que es un excelente mentiroso, diría que acabo de herirlo.

— ¿Y qué hay de ti? —pregunta en un hilo de voz.

Me gustaría responderle que en cuanto Prim sea coronada Vencedora –porque lo hará, lo juro por mi vida que así será-, yo mismo tengo la intención de plantarle cara al Presidente, entregarme y que me mate de una vez antes de que dañe a alguien más y así acabar con todo, pero no, ya no confío en él. En cambio, respondo con algo que debí haber hecho hace mucho tiempo. Me levanto, las emociones rebasándome, y le planto un puñetazo en la cara, concretamente en la nariz, justo como la primera vez que nos conocimos. De esta forma inició y ahora termina lo que alguna vez creí era una amistad. No, una simple amistad no. Era algo más.

Se tambalea en su silla y cae. No me lo pienso dos veces y me monto encima de él, propinándole otro par de golpes. Tengo que hacer uso de todo mi autocontrol para no seguir, para calmar estas ansias asesinas, esta furia al ver que no hace intento alguno por defenderse. Tengo que empujar los recuerdos porque no lo veo a él, sino a Marvel, y si continúo así, el resultado será el mismo.

No quiero que muera, me digo, pero una vocecita anclada en lo más profundo de mi cabeza, me recuerda que yo mismo lo he condenado a la muerte en el momento que decidí que sería él quien fuese a Los Juegos.

Me levanto, confundido, asqueado de mí mismo, y salgo de su casa sin mirar atrás, sin hacer caso a su llamado. Sabiendo que este será mi último contacto con él.

¿Qué clase de persona soy yo también al decidir por la vida de otros? ¿En qué tipo de monstruo me he convertido para decidir quién debe vivir y quién no?

Eres lo que han hecho de ti, susurra la voz en mi cabeza. Eres justo lo que hicieron contigo.

.

Cerca del mediodía, una ojerosa, desaliñada y nerviosa Prim, apareció en mi habitación, acompañada de su mamá. La expresión de desconcierto, casi miedo, en ambas, fue suficiente para darme cuenta que saben algo, o todo, pero ninguna se atrevió a decir nada. Mi aspecto debió parecerles terrible porque lo único que hicieron fue tumbarse en mi cama, cada una a un lado de mí, y abrazarme… o mejor dicho, la señora Everdeen nos abrazaba a Prim y a mí, permaneciendo fuerte, más fuerte de lo que nunca la había visto, y susurrándonos palabras llenas de cariño en lugar de palabras de consuelo.

Llevamos un buen tiempo así, en el que la señora Everdeen nos repite lo tanto que nos quiere, lo buenos chicos que somos; aferrándose a nuestros cuerpos, como si así evitara que nos arranquen de su lado. Es un buen gesto. Puedo sentir la sinceridad en sus palabras, la desesperación en su agarre. No finge… y ya no sé si eso es bueno o malo. Preferiría estar solo, revolcarme en mi miseria, exigirles que me dejen en paz, pero las fuerzas, nuevamente, me han abandonado. No puedo mover un solo dedo y siento las entrañas desechas. Me siento como si hubieran cavado en mi interior y sacado todos los órganos necesarios para funcionar y me dejaron sin nada, sólo vacío, completa y absolutamente vacío. Así que me dejo hacer, me dejo llevar por la sensación maternal que destila, siendo consciente de que será la última vez, y trato con todas mis fuerzas de no llorar. No sería justo llorar por quienes no les importo y no merecen la pena, cuando ni siquiera pude llorarle a mi familia.

Ellos lo merecían –lo merecen- más, y en cambio, me comporté como un imbécil con ellos. Los volvía a olvidar. Deje de pensarlos para no sentir dolor y me centré en personas que se beneficiaron con su muerte. Oh, sí, soy un perfecto imbécil.

Vacío, roto, engañado, culpable, enojado y desesperadamente triste. Todas estas emociones me envuelven porque siento que me han robado a fondo: amor y posibilidades, amistades y futuro, se han ido de un día para otro. Incluso mi vida, porque desde el momento en que el Presidente y los rebeldes se fijaron en mí, me condenaron otra vez. No fue suficiente castigo con ser un Vencedor y todas las secuelas que conlleva, el Capitolio se ensañó conmigo y no descansaron hasta torturarme con tantas perdidas. Antes, temía que me castigarán por mi actitud en la Plaza, que me mataran; ahora, me doy cuenta que para ese momento yo ya estaba pagando por mis errores, por mi rebeldía… y con creces. Ni siquiera sé por qué me sorprende tanta crueldad: así funcionan ellos. Pero si hay algo que me aterra, es darme cuenta lo precisos que son. Matarme habría sido menos glorioso que hacer lo que hicieron. Me aterra saber que me conocen, que me tienen bien estudiado, que saben mis debilidades, que dieron en todas y cada una de ellas, y que el Vasallaje solamente se trata del golpe final.

Mentor o Tributo, da igual cual sea mi caso, quieren que yo sea testigo de la muerte de Prim. El tiro de gracia es quitármela sin que yo pueda hacer nada. Arrebatármela también a ella y, ahora que sé la verdad, añadir una culpa más a mi consciencia. Porque si ella muere, no será culpa del Capitolio y sus perversos Juegos. Será mi culpa… y todo por no haber muerto cuando debí hacerlo.

Duele, duele aceptarlo, pero Katniss tiene razón: todo sería más fácil si yo no estuviera aquí.

— ¿Qué ha pasado, Peeta? —es Prim quien rompe el silencio. No ha dejado de llorar desde que llegó. Sus parpados están hinchados, rojos; su mirada ausente… Está deshecha, pero, sorprendentemente, tranquila. Temo que de un momento a otro estalle en otro ataque de histeria por lo volátil que se ha vuelto. No la culpo ahora que conozco las razones: el Capitolio también supo cómo destruirla. Es la desventaja de ser tan parecidos—Mi hermana está aferrada en que debemos escapar y no nos explica el por qué. Tú sabes algo y nos lo vas a decir, y te advierto que no nos iremos de aquí hasta que hables.

— ¿Escapar? —salto de los brazos de la señora Everdeen. ¿Por qué no se me ocurrió eso a mí?— ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Qué te dijo?

—Al bosque —susurra—. Y no dijo nada en concreto, sólo que nosotras y los Hawthorne debemos irnos está noche.

Otra punzada de dolor. Ellas y los Hawthorne. Veo que no hay lugar para nadie más. ¿Por qué siquiera pensé en la posibilidad? Estúpido, estúpido

—Deben irse —me apresuro a decir. Si existe una manera, la más mínima, de protegerla, deben tomarla—. No es seguro que permanezcan aquí. Sigan a Katniss, adónde sea que vaya, y…

— ¡Basta! —Chilla mi compañera, desesperada, nerviosa—. Dejen de tratarme como si fuera tonta. Quizá mi hermana crea que una huida al bosque sea una buena idea, pero tú y yo sabemos que eso no es cierto. No cuando el Vasallaje dejó muy en claro que ningún Vencedor está seguro. ¿Pasó algo entre ustedes? Dime la verdad.

¿Decirle la verdad? ¿Si se entera de todo, aceptará irse para salvarse mientras yo me quedó aquí para seguir soportando la ira del Capitolio? Ella no es como Katniss, ni como Gale, ni como Haymitch, no lo es, me digo. ¿Decirle la verdad? No sé si seré capaz, ¿y sí también termina por odiarme por el cruel destino al que la he arrastrado? No lo soportaría. Pero tampoco puedo esconderle las cosas, y más cuando ella también está involucrada. No es sano vivir rodeado de tantas mentiras. Lo sé de sobra. ¿Decirle la verdad? Debo hacerlo, porque si no, sería traicionar la ciega confianza que ella y su madre han depositado en mí. ¿Decirle la verdad? Es mi deber. Jure protegerla, mantenerla sana y salva, y si ella decide huir, tendré que aceptarlo, aunque eso termine por destrozarme.

Inhalo y exhalo, inhalo y exhalo…

—El anuncio del Vasallaje no fue casual. Se trata de algo premeditado —empiezo, mirándolas a los ojos, y ellas me prestan toda su atención. Les cuento el lío en el que estamos metidos, empezando por los supuestos actos de rebelión que cometí en nuestros Juegos y la molestia del Capitolio. Confirmo lo que Prim había sospechado en la Gira y que nada fue casual. Cabe decir que no me interrumpen para nada y sus reacciones son tan genuinas que me siento una basura por pensar que ella (Prim) era parte de las mentiras de los demás. Pasa de la sorpresa al miedo –igual que su madre-, con tanta facilidad que no hay duda alguna: ella era tan ignorante de todo esto como yo. Ahora viene la peor parte, y no sé cómo lo tomen—. El Presidente… La panadería —se me corta la voz pero me obligo a continuar—. El incendio no fue un accidente, fue el Presidente quien mandó matar a mi familia como parte de su venganza.

Las verdades flotan en el aire, y el único ruido es el sonido de los jadeos de sorpresa, seguidos por los sollozos, acompañados de las miradas de terror. Y yo me pregunto por qué no he despertado aún, por qué nadie se ha acercado a decirme que está bien, que es sólo un mal sueño, que todo va a estar bien. Me pregunto por qué he sido yo quién ha tenido que revelar las terribles noticias y no alguien más. Me pregunto si alguien, quien sea, en este mísero mundo, sentirá algún tipo de piedad o misericordia hacía mí porque esto es insoportable y no puedo solo. Estoy cansado, tan cansado de llevar todo este peso encima que ya no puedo más.

Y me pregunto por qué es que decido terminar mis revelaciones con una mentira cuando no debería hacerlo.

—Katniss y yo hablamos, y decidimos que lo mejor es que se mantuvieran alejadas de mí para evitar cualquier otro tipo de venganza. Fui yo quien le pidió que no les mencionara nada, y supongo que fue idea suya lo de escapar. No es una empresa segura, pero es mejor que la alternativa de quedarse y soportar la ira del Capitolio — ¿por qué sigo mintiendo? —. Yo no puedo ir con ustedes porque eso sólo alertaría a las autoridades. Si yo me quedo y ustedes se van… Sería más fácil —mentiras, mentiras y más mentiras absurdas que, estoy seguro, no convencen a nadie, al menos a Prim. No es tonta y sabe que escapar sólo traería más problemas, me lo acaba de decir, pero sigo aferrándome en que termine por creerlas, y por creerlo yo también. Me aferro a que tenga una oportunidad en el bosque—. Tienen que irse, aléjense lo más que puedan… y no miren atrás.

— ¿Cómo…? ¿Quién…? —susurra mi compañera, más pálida que hace un rato—. ¿Cómo te enteraste? ¿Desde cuándo lo sabías?

—Me lo confesó Haymitch —amargura pura destila mi voz—, ayer mismo, después del anuncio.

Ver el dolor, la tristeza y decepción en la mirada de Prim me da la respuesta: tengo que mentir porque no soporto la idea de que mi compañera se desilusione de su hermana mayor. Sé que la admira y no puedo causarle más dolor. No me permito romper la esperanza que mantenía al vernos juntos a pesar de que todo fue parte de otra mentira. Para ella era real y así debe permanecer. Prefiero mil veces que sienta pena al ver que tenemos que separarnos por "causas ajenas a nosotros" y no por la cruel verdad. ¿Qué pensará si se entera de que Katniss sabía la causa de la muerte de mi familia y que no sólo dejó que yo creyera que fue un accidente, también se lo hizo creer a ella, a su propia hermana, a sabiendas de lo que significaban para Prim? No. No puedo hacerle eso a mi compañera. Haymitch es punto y aparte. Puede odiarlo si quiere, no me importa, pero a Katniss no, nunca. Y mucho menos si es que decide huir e internarse en el bosque con ella.

Deben permanecer más unidas que nunca, y no seré yo quien cause más daño.

—No podemos dejarte. Debes venir con nosotros —dice la señora Everdeen, tomando mi mano. Nunca entenderé por qué sigue siendo tan amable conmigo después de todo el caos en que he involucrado a su familia. De verás que no lo entiendo. Sigo esperando el día en que me grite, me maldiga y me golpee, así como lo hiciera Katniss. Es lo justo. Lo merezco.

—Señora —aprieto su mano, fuerte, y la miro intensamente; mi voz sale dura, decidida—, me prometí protegerlas y no ha salido del todo bien, esta es mi última oportunidad. Deben huir. Váyanse. No pierdan más tiempo. Junten lo necesario. Sigan a Katniss, a Gale, escúchenlos, permanezcan a su lado… Manténganse fuertes… y sobrevivan —soy un desgraciado por aprovecharme de la debilidad de carácter de la señora Everdeen, pero es ahora o nunca si quiero convencerla, y añado—: Es una orden, no un favor que le pido, y deben darse prisa. Alístense de una vez, antes de que sea demasiado tarde.

Funcionó. No sé qué fue lo que la convenció, quizá la intensidad de mi voz, la dureza y confianza en mis palabras, o tal vez el hecho de que sí, es cierto que es demasiado débil para tomar decisiones serias, o es que ahora se siente lo suficientemente fuerte como para tratar de proteger a sus hijas para lanzarse a un viaje sin retorno y sin ninguna garantía, no lo sé, pero asiente repetidas veces y toma a Prim de la mano, arrastrándola fuera de mi cama, de mi habitación, de mi casa… de mi vida, sin que ella oponga algún tipo de resistencia porque sigue en estado de shock.

Y yo me quedo igual.

Es verdad. Se van a ir. Se enfrascarán en un peligroso viaje que no augura nada bueno; ninguna posibilidad de triunfo y mil certezas de muerte. ¿Qué es lo que acabo de hacer?, me pregunto, ¿qué he hecho? Trato de salvar a Prim de ir a Los Juegos enviándola a una posibilidad aun peor. Bueno, sí que soy idiota. Pero un idiota desesperado por evitar más daño. Me pregunto brevemente si fue así como se sintió Katniss entre decidir decirme la verdad o actuar para salvar a los suyos. Puede que la comprenda, pero desecho rápidamente la comparación. No puedo justificarla, aun cuando las circunstancias parecen iguales. Sólo basta recordar que mi familia está muerta a causa de su silencio para llenarme de un rencor cegador. Bien, puede que le haya mentido a Prim para no decepcionarla, pero no lo hice por ella o por Gale, por tenerles algún tipo de consideración. Lo hice por mi compañera, por la señora Everdeen, por el resto de los Hawthorne que, por muy poco probable que parezca, tienen una pequeña oportunidad de escapar de la venganza del Capitolio. Quizá funcione. No lo sé. Lo único que sé es que tengo que hacer algo, tal vez provocar un tipo de distracción para que los Agentes tarden en percatarse de que no están, o cuando lo hagan, retrasar la búsqueda, ¿pero qué?

Las ideas vienen, y todas con la misma consecuencia: terminar siendo ejecutado en la Plaza. Francamente me da igual. No importa cuál sea mi destino porque el peso de mi decisión acaba por azotarme y hundirme: Prim no estará aquí. Se irá al anochecer. Acabo de alejar a la única persona en la que puedo confiar y eso es peor que recibir una bala en la cabeza. La pieza que me mantenía en pie terminará por marcharse. Es egoísta, lo sé, pero habría preferido mantenerla cerca de mí para así, al menos, tener una razón como para que me importara un poco mi miserable vida.

Estoy reducido a esto: a nada. Sin familia, sin amigos –porque también me queda claro que debo alejarme de Delly-, sin mi falsa prometida, sin Haymitch, sin Prim, sin nada. Sólo yo y las consecuencias de mis actos. Ojalá hubiese hecho lo que hice a propósito, de esa forma, supongo, habría valido la pena tanto sacrificio, tantas muertes, tanta desgracia. Lo pensé alguna vez, en la Gira, en el 3, supe que si se daba una guerra y decidía darle mi apoyo a los rebeldes como Vencedor, las repercusiones serían catastróficas, que mis seres queridos corrían el riesgo de morir, incluido yo, pero nunca imaginé que ese pensamiento sería casi un hecho. Me dejé llevar por la emoción del momento, y ahora, que se trata de un simple levantamiento en algunos Distritos, el Capitolio ha encontrado la manera de aplastarnos. Y si por algún milagro la resistencia de los rebeldes se mantiene, y logran entrar en una guerra real, no quiero ni pensar en la forma que encontrará el gobierno para masacrarnos.

Esto… Todo está mal. Si tan solo… si sólo me hubiesen dicho que yo era parte de todo este caos, podría haber hecho las cosas de diferente manera, al menos proteger a mi familia, evitar que vieran mi preocupación por las familias de Jeff y Rue en la Gira y así mantenerlos con vida… o simplemente mostrarme indiferente y altivo, tal cual lo exigió el Presidente Snow. Vale, no sé si podría haberlo hecho, pero lo hubiese intentado con todas mis fuerzas. Haymitch tiene razón: soy demasiado blando, demasiado empático, tanto así que por eso estoy metido en este problema. De haber sido un poco menos yo y más como se supone debía ser, nada de esto estaría pasando.

¿Y los demás?, resurge la voz en mi cabeza. Piensas sólo en la gente que te importa, ¿dónde queda el resto? ¿Quién cuida de ellos? ¿Por salvar a los tuyos habrías sacrificado la esperanza de los otros por vivir un mundo sin Juegos, sin más muertes? ¿Habrías desmoronado su lucha? ¿Eso no te hace igual que Gale, Katniss y Haymitch?

Me dejo caer en la cama y cubro mi cabeza con una almohada, odiándome con todas mis fuerzas por lo hipócrita que soy. Claro que me importan los demás, que desearía un mundo sin Juegos, sin tanta miseria, pero no puedo soportar el coste. Soy despreciable porque, por un momento, desearía simplemente tener a mi familia conmigo aunque eso signifique que el mundo siga tal cual. Los rebeldes nunca debieron fijarse en mí, nunca debieron interpretar mis acciones como actos de rebelión porque sencillamente no lo fueron. Hice lo que hice sólo por Prim y… y soy doblemente despreciable porque ni siquiera soy alguien que merezca la pena porque no lo hice por regresar y volver con mi familia, y ahora que no los tengo, me revuelco en mi pena. ¿Qué demonios vieron en mí si no fui capaz de preocuparme por los míos como se debe? ¿Por qué admirar a alguien que prefiere salvar a una niña que no es nada suyo antes que a sí mismo?

Eso sólo demuestra que soy un maldito suicida, demente y egoísta. Soy el tipo de chico que, cuando de verdad podría hacer algo útil, como apoyar una rebelión, decide que lo mejor es ser ejecutado por los Agentes, o en el peor de los casos, entregarse al Presidente y morir de una maldita vez porque no tiene las fuerzas para soportar el desastre que él mismo provocó, y permitir que los demás sigan sufriendo y muriendo.

Desearía haber muerto en la arena; desearía que Cato hubiese acabado conmigo cuando se lo propuso, o Clove, o Tresh, o la estúpida septicemia. Debieron haberme dejado morir desangrado a causa de los mutos porque la alternativa me supera.

Soy un cobarde. Débil y cobarde.

Aunque… ¿Es posible que la gente de los Distritos esté en lo cierto? ¿Que mis acciones fueran un acto de rebelión inconsciente? Recuerdo que durante mis días en la arena, pensaba más que nunca en lo tanto que odiaba Los Juegos, incluso el primer día, al escuchar el himno, medité sobre si algún día terminarían o si existía algún tipo de fuerza sobrehumana más fuerte que el Capitolio. Y si regreso un poco más en el tiempo, le dije a Haymitch que quería morir siendo yo mismo, demostrarles que, a pesar de todo, no les pertenecía. ¿No es eso en sí un acto de rebelión? ¿Puede que, en el fondo, muy en el fondo, haya desafiado al Capitolio a mí manera, y un poco consciente de ello?

Pienso y pienso pero me frustro porque no lo sé. No importa cuántas veces diga que quiero seguir siendo yo mismo porque no sé quién diablos soy ni quién era en esos momentos. Da igual, rebelde o no, ya no puedo cambiar las cosas, sólo aceptar las consecuencias.

— ¡Peeta Mellark! —un grito agudo me hace saltar. Salgo de mi escondite bajo la almohada y veo a una airada Prim parada a los pies de mi cama y con los brazos en jarras. A pesar de su aspecto triste y desaliñado, sus ojos azules me indican que estoy en problemas. Saltan chispas de ellos—. ¡Eres un sinvergüenza! ¡Te dije que no me trataras como si fuera una tonta y es lo primero que hiciste! ¡Tú y tu maldita habilidad con las palabras lograron convencer a mi mamá, incluso a mí, pero no por mucho! ¡Me dan ganas de… de… de romperte la cara! ¡Eres un necio, un idiota que logra sacarme de mis casillas… no entiendes nada, pero aun así te quiero! ¿Cuándo, esa cabezota tuya, entenderá que eres parte de mi familia… y que las familias permanecen juntas a pesar de todo y de tener a un miembro tan tonto como tú, y se apoyan y se quieren? ¡Nosotros no nos separamos por nada del mundo! ¡¿Lo recuerdas?! —Y si los gritos no fueran poco, agarra una de las almohadas que está en el suelo y se abalanza sobre mí, golpeándome una y otra vez—. ¡Serás idiota! ¡Idiota! ¡Idiota!

Ni siquiera me defiendo ni me ofendo. Le permito que saque toda su frustración sobre mí. Lo dicho: soy un maldito suicida.

— ¿Has terminado ya? —pregunto, cuando sus golpes comienzan a flaquear—. Tendrías que haber dejado de lado tu conocimiento en plantas y haberle mostrado a los Vigilantes lo letal que eres con una almohada. Me apuesto a que te habrían dado un doce de puntuación.

—No. No intentes bromear —me lanza una mirada inquisitiva, pero sus labios la delatan porque esboza una sonrisa. Se está aguantando las ganas de partirse de la risa, y como no puede, me suelta un golpe en la cabeza con su mano. Sus golpes e insultos son tan diferentes a los de Katniss, no puedo evitar pensar, comparar, lo que sea—. Ahora tú me vas a escuchar, jovencito —sentencia—. Eres tan fuerte que te envidio. Tuviste la fortaleza de venir corriendo a mí después del anuncio del Vasallaje y consolarme, en lugar de irte a llorar o a lamentarte por tu suerte, lo mismo pasó cuando lo del incendio, a pesar de que estabas borracho y tenías permitido hundirte. En el estadio, ni hablar, si estoy aquí es sólo por ti. Has aguantado tanta presión sólo para proteger al resto y ese temperamento tuyo es asombroso, pero no te das cuenta que esas acciones tan bien intencionadas también terminan por herirte. No es justo que lleves toda esa carga tu solo, puedes, pero no debes, y para eso estoy aquí. No vengo a pedirte que me dejes ayudarte, vengo a exigirte, a ordenarte que me dejes hacerlo, y no importa que rechaces mi ayuda, lo haré de todos modos porque no sólo es tu deber protegerme, también el mío es protegerte porque eso es lo que hacemos nosotros, ¿no? He sido egoísta, caprichosa, y te ofrezco una disculpa por eso, porque al ser así, he dejado toda la responsabilidad en tus manos y no es algo que me haga sentir orgullosa. Es tiempo de que dejes salir todo eso que guardas: llora, grita, laméntate, rompe todo, golpea a alguien, has lo que quieras pero déjalo salir de una vez. Permítete el llorar por tus padres, por tus hermanos, por todas esas pérdidas… Date ese derecho porque lo tienes, y lo mereces más que cualquiera. Y después… sigue adelante.

Mis ojos arden fuertemente porque las lágrimas están más que de acuerdo con Prim y claman por salir, pero no lo permito. Tengo que ser fuerte. Debo ser fuerte. Voy a ser fuerte.

A veces me cuesta creer que está niña sea la misma que conocí hace un año; la mayoría del tiempo me cuesta aceptar que, a pesar de tener sólo trece años, ya no es más una niña, sino una mujer atrapada en el cuerpo de una jovencita. Ha madurado a una velocidad increíble y no sé si debo estar feliz por ello. Ella no debería cargar con tanto horror, con tantas tragedias ni tantos traumas. Ella debería preocuparse por cosas más acordes a su edad, vivir su momento y no estar preocupada ni mortificada ni asustada por lo que me pase a mí, por tener que regresar al infierno de Los Juegos ni cargar sobre sus hombros el peso del futuro incierto de un país entero. Pero tengo que aceptarlo de una vez: la niña se ha ido y le ha dejado paso a la gran mujer que es –y estaba destinada a ser.

Me consuela saber que si hay algo bueno de todo esto, es que las circunstancias no han podido cambiar lo que es ni quebrantar su espíritu.

Una traición provoca que desconfíes de todo mundo a tu alrededor porque no sabes distinguir quien te sonríe un momento y al otro te va a apuñalar. Prim no es así. Prim es la única persona en este jodido mundo, que amenaza con caerse en pedazos, que es capaz de reír contigo, gritarte un par de cosas y después golpearte con una simple almohada… de frente. Todo al mismo tiempo. Nunca a escondidas. Es lo suficientemente honesta para dar la cara. Prueba de ello, es que regresó, dispuesta a dejar en claro lo idiota que soy al mismo tiempo que me decía que me quería.

La vida tiene formas muy dolorosas de enseñarte quien no vale la pena, pero otras formas muy curiosas de demostrarte por quién debes luchar.

—Me cuesta creerlo, casi quiero echarme a reír y llorar por lo irreal que parece. Es como estar dentro de una pesadilla a punto de terminar con un final feliz. Increíble más no imposible —sigue, suavizando su voz, aunque puedo detectar un ligero temblor: miedo. Siente miedo ante la perspectiva—, pero me alegra descubrir que tenía razón sobre la Gira: las personas te admiran, Peeta, porque eres capaz de lastimarte a ti mismo pero no concibes lastimar a los demás. Eres digno de admirar porque, no importan las circunstancias, vives de acuerdo a lo que consideras justo y correcto, tanto así que aquí estás, dispuesto a recibir el castigo mientras tratas de alejarnos. Le demostrarte a todo mundo que tú eres aquello que alguna vez me dijiste: no eres una pieza más…

—No, te equivocas —se me rompe la voz de frustración y miedo porque yo no soy esa persona de la que habla—. No puedo ser eso. Soy egoísta y cobarde y un simple chico roto que no tiene idea de quién es, con la única certeza de que todos estarían mejor si yo hubiera muerto —las palabras de Katniss y de Haymitch parecen haberse quedado profundamente tatuadas en mí—. Soy… soy un monstruo, Prim. Un asesino. Un asesino que causó la muerte de su fami…

—Detente. No lo hagas —me corta, severa—. Ya te lo había dicho, eres una persona que se ha visto obligada a matar. Tú no querías hacerlo, pero lo hiciste, y en el no querer, en despreciar tus actos, marcaste la diferencia. Nos mostrarte quienes son los verdaderos asesinos al dejar ver tu culpa, y provocaste algo aún más increíble: hiciste tambalear al mismísimo Capitolio. Ellos te temen, Peeta, porque dejaste ver que no son tan fuertes como dicen. Te temen, y es por eso que ellos y sólo ellos son los responsables de la muerte de tu familia. ¿Por qué hacerlo si no vieran un peligro en ti? Te temen tanto que es la única explicación que tengo para justificar el por qué debemos regresar a la arena todos los Vencedores.

—Eso… No lo entiendo. ¿Por qué no matarme así sin más? —Haymitch dejó tantas lagunas, tantas preguntas sin respuestas, y, siendo sincero, exigirle toda la verdad, todo eso que calla, porque lo sé, hay más, no cambiaría el hecho de que me quieren matar.

—La excusa perfecta para no crear un mártir —bueno, ¿es que está niña tiene respuestas para todo? Empiezo a cuestionarme si Prim no es algo así como un ser de otro planeta o una especie de vidente. La miro fijamente, con total y absoluta sorpresa porque me doy cuenta que es una extraña clase de hibrido: heredó las manos sanadoras de su madre y el instinto maternal, el espíritu de lucha de Katniss y, quizá, puede que me equivoque ya que yo no lo conocí, pero la sensatez debe ser de su padre, y la habilidad que es propia de ella para contemplar el lío que es la vida y ver las cosas como son. Es perfecta. Me doy cuenta que cada vez que platico con ella, debo parecer un tonto o un retrasado por no percatarme de lo que pasa a mí alrededor. Insisto, no sé qué diablos ha pasado conmigo para desconectarme de esta manera y pasar por alto todas esas señales que, prácticamente, están por todas partes y gritan por mi atención.

—Eres… sorprendente —pienso y digo al mismo tiempo.

—No, no lo soy. Aunque no lo creas, he aprendido algunas cosas de ti, y por eso estoy aquí. No me iré a ningún lado —sentencia—. Voy a luchar, Peeta. Voy a plantarle cara al Capitolio como lo hiciste tú y demostrarles por qué deben temerte aún más: porque, como tú, me niego a dejar de creer; me niego a quedarme tirada a pesar de los descalabros y decepciones para seguir adelante. Que sepan que habemos muchos como tú aquí afuera y que combatimos su odio con amor; que rechazamos su crueldad con sacrificios, con lágrimas, con pérdidas, pero sin miedo. Que miren cómo estamos desesperadamente desesperanzados pero, aun así, nos aferramos a la esperanza. No voy a huir o a dejar que luches todas mis batallas por mí porque nadie te ayudó a ti, ya sea que vayas conmigo a la arena o no. Quiero restregarles en la cara que fue un error haberse metido contigo, con tu familia, porque también era la mía, me ofendieron, me dañaron… —aprieta los puños, y es la primera vez que capto una pizca de rencor, de odio, en esos bondadosos ojos azules—, y que sin importar lo que hagan, la gente seguirá creyendo en ti porque eres honesto… eres la esperanza, y eso es lo último que muere y lo que nos sostiene. Y no me importan las consecuencias.

Las hermanas Everdeen tienen la facilidad de hacer que las palabras se sientan como golpes. Mientras una tira a matar, cruel, dura, seca, la otra envía una ola de puños en mi estómago que duelen, sí, pero que te abre los ojos y hacen darte cuenta que sí todo está perdido, no hay por qué rendirse, huir, escapar por la salida fácil. O dejarse matar sin meter las manos.

No sé quién soy. No sé si soy un rebelde suicida nato, o sólo un chico deshecho que no sabe lo que quiere y opta por la opción de luchar hasta el final, aun sabiendo que no puede ganar esta batalla, pero sigo pensando que todo esto está mal, que no es justo lo que nos hacen –lo que nos hicieron- y que, por primera vez en mi vida, acepto que me siento realmente enojado, muy enojado. Furioso. Cabreado.

Me distancio por un momento de la tragedia personal que es mi vida y que me ha consumido desde que salí cosechado hace poco menos de un año, y recuerdo al anciano al que le dispararon en el Distrito 11, a la mujer del 5; en la población del 6, del 9, el propio Distrito 12, a los hermanitos de Rue, a su padre, a la familia de Jeff, al propio Jeff, a Clove, a mi pequeño y valiente sinsajo: Rue… a todos los que murieron para que estuviéramos aquí, a todos ellos que hoy sólo viven en el libro de los Tributos de Prim, incluso pienso en Haymitch y lo miserable que es su vida…, en los rumores de levantamientos…, en toda esa sangre presente y pasada que se ha derramado sin razón. Me concentro en ello y nada más. Y me digo: No más.

Si todos los Distritos observan cómo nos enfrentamos a esta sentencia de muerte, a nuestra manera; si dejamos en claro que seguimos desafiando al Capitolio hasta el final, aunque nos maten, quizá, como dice Prim, no podrán terminar con nuestro espíritu, nos convertiremos en mártires. ¿Qué mejor forma de dar esperanza a los rebeldes? O mejor dicho, voy a convertirme yo en un mártir porque mi objetivo seguirá siendo mantener sana y salva a Prim. Ella debe vivir, y encontraré la manera de hacerlo haciéndome matar en el camino. Yo valdría más muerto que vivo, y Prim valdría más viva que muerta, porque todos aman a Prim, a mi dulce e inocente pero fiera compañera. Sé que la aman, que significa demasiado para la causa, por la forma en que vitoreaban su nombre en la Gira, no el mío.

Tendrá a todo un país entero queriendo cuidarla y protegerla.

Pese a la situación, me siento emocionado.

¿Funcionará? No lo sé, pero no hay de otra, porque vale la pena luchar. Porque vale la pena intentarlo. Porque vale la pena morir si eso significa acabar con el Capitolio. Porque si hay levantamientos, eso significa que hay una necesidad muy fuerte de cortar los hilos que los aprisionan y dejar de ser una marioneta más.

Porque hay un punto en la vida en el que se puede desear cualquier cosa, excepto continuar pagando por los errores y la codicia de otros.

Porque ahora regreso a mi tragedia personal, a mis padres, a mis hermanos. Les quitaron la vida, despojándome de la mía en el camino, y, por estupidez mía pero a causa suya, me dejaron creer que mi propio padre era el culpable. Me obligaron a odiarlo sin razón, a renegar de él, a culparlo de mi desgracia y manchar su memoria durante tantos meses. Prim puede pensar maravillas de mí, quizá sólo se enfoca en lo poco bueno que queda de mí y se niega a ver lo malo, pero yo no. Así como soy incapaz de pasar por alto una traición, mentiras y subterfugios… No perdono. No voy a perdonar sus muertes. No voy a olvidar la terrible injusticia que cometieron. No a mí, sino a ellos.

Porque Peeta Mellark puede ser muchas cosas: un blando, un idiota, un ciego, un cobarde, un débil e infinidad de adjetivos similares, pero entre tanto desperfecto, hay una cualidad que puede volverme demencialmente peligroso: el odio.

Y yo soy capaz de odiar.

Y el odio que corre por mis venas sólo pide una cosa: Venganza.

— ¿Qué piensas? —pregunta mi compañera. Su postura sigue desafiante, pero su mirada es dubitativa. Es seguro que piensa que me voy a oponer a su decisión, que voy a tratar de convencerla de nuevo… pero no lo haré. No seré yo quien trate de persuadirla cuando sé bien que una huida al bosque es el equivalente a la arena. Es tiempo de tratarla como se merece y dejar que tome sus propias decisiones. Ella misma lo dijo, no puedo pelear todas sus batallas, y cuando yo muera, mal que me pese, tendrá que apañárselas sola. Tendrá a su familia como apoyo, pero será ella quien tenga que dar la cara.

Y voy a asegurarme que tenga el apoyo suficiente para que nadie la dañe, sea cual sea el resultado del Vasallaje.

Vas a vivir, Prim, te juro que lo harás, prometo.

—Pienso en que he estado toda la noche en vela y necesito dormir unas horas. Si decides irte, te deseo un buen viaje, pero si decides quedarte, más te vale descansar un poco tú también porque luces terrible: mañana comenzamos el entrenamiento.

Simplemente asiente, y desaparece de mi habitación así como llegó.

Sé que mañana nos espera nuestro primer largo día de entrenamiento.

.

No conseguí descansar.

Más o menos una hora después de que Prim se fue, cuando estaba a punto de ceder al cansancio y obligué a mi mente a dejar de pensar en miles y miles de estrategias, tuve otra visita.

Delly, mi fiel amiga vino indignada y casi llorando a consecuencia de la lectura de la tarjeta. Realmente mi humor no era el mejor –demasiadas revelaciones, un corazón hecho pedazos, mi confianza desecha y una noche sin dormir, comenzaban a hacer estragos en mi personalidad-, pero me tragué cualquier resquicio de mal humor y me obligué a sonreír un poco. Ella no tenía la culpa de que mi vida se viniera abajo en un instante y no iba a desquitarme con ella. Y como era demasiado peligroso para su seguridad estar cerca de mí, tuve que salir de mi cama y arrastrarla de vuelta al pueblo hasta su casa.

Sus padres y su hermano, Alec, también se mostraron indignados y terriblemente tristes por mi situación. Comí con ellos, me invitaron a tomar un poco de té, y trataban inútilmente de darme ánimos diciéndome que, quizá, como la última vez, y si mi nombre salía cosechado, Prim y yo podríamos repetir el milagro del año pasado y regresar como Vencedores de un Vasallaje. Ver tanta esperanza filtrándose en sus ojos me abatió más que cualquier cosa, y no me quedó más remedio que romper todas y cada una de sus ilusiones. Les expliqué mi situación –dejando de lado el nombre de Haymitch, Katniss y Gale- y que cosechado o no, lo más probable es que yo no regresara al Distrito. El Presidente me quiere muerto, y encontrará la forma de hacerme desaparecer, esté en la arena o en el Capitolio, aseguré. Las lágrimas y el terror no se hicieron esperar y me sentí abatido por segunda vez por ser el portador de tan malas noticias en un solo día. Y me sentí miserablemente solo y diminuto cuando les dije que el motivo de mi confesión tenía que ver con su seguridad, y que les confiaba mis problemas para que entendieran por qué es que debía alejarme a partir de ese instante de ellos y hacer como si nunca nos hubiésemos frecuentado. De más está decir que quien peor reaccionó fue Delly. Aunque no sé si lloraba histéricamente por mí o por enterarse de los alcances del Capitolio al incendiar la panadería. O quizá lloraba por ser amiga del idiota que se le ocurrió desafiar al Capitolio sin darse cuenta. O tal vez fue todo. No lo sé. Cuando salí de su casa seguía hecha un mar de llanto y preferí no investigar.

Pero antes de cruzar la puerta y decir un silencioso adiós definitivo, el señor Cartwright me detuvo.

—Muchacho —dijo, parándose a un lado de mí y posando una mano en mi hombro—, gracias por la advertencia. Me gustaría ser más valiente y estar a tu lado, apoyándote, pero debo protegerlos. Lo siento —su mirada cansada mostraba la vergüenza que sus palabras no pudieron.

—Lo entiendo —contesté sinceramente—. No debe disculparse porque yo haría exactamente lo mismo…, si pudiera. Recuerde: si alguien indaga de más o parece muy interesado, ustedes solamente mantenían una relación estrictamente de negocios con nosotros. No nos conocía más allá de la panadería. Y si llegan a preguntar por mi visita el día de hoy, diga que vine a ver el asunto de unos zapatos a consecuencia de mi prótesis. Nada más.

—De acuerdo. Cuídate mucho, Peeta.

—Ustedes igual. Fue un placer.

Me alejé, tratando de caminar lo más seguro posible y no parecer tan perturbado como me sentía. No fue fácil desprenderte de una parte de tu vida que fue fundamental y que era el último lazo que me ataba a mi vida anterior. A esa vida donde mi única desgracia era no poder acercarme a la chica de la que estaba enamorado. Las vueltas que da la vida, me digo, ya que esa misma chica contribuyó en joderme la vida y convertirla en una verdadera desgracia.

— ¡Espera! —Había avanzado un par de metros cuando el señor Cartwright me detuvo nuevamente y me volví—. Peeta…, no sé si tu familia sabía de esto —negué—. Oh, ya veo. Bueno, estuvimos con ellos en la Plaza cuando estabas en la Gira. Cuando hicieron su parada en el Distrito 3, tu papá, te lo aseguro, sonrió orgulloso cuando ofreciste tu ayuda y después me susurró que le era imposible de creer que su hijo más pequeño, el más serio, el mejor portado de la casa, estuviera causando tantos problemas fuera de ella. En su momento no lo entendí, pero ahora tiene sentido. Creo que él sospechaba algo, no lo sé con seguridad porque nunca me dijo algo en concreto. Sé que no puedo ofrecerte mi ayuda pero sí mi apoyo: hijo, causa tantos problemas como puedas, y si vas a morir, hazlo con la frente en alto.

— ¿Parecía preocupado…, mi padre? —fue la única pregunta que conseguí formular.

—En absoluto —aseguró—. Confiaba en tus acciones.

Confiaba en tus acciones, me repito. Queriéndolo o no, el papá de mi amiga hizo algo maravilloso por mí: me ofreció el consuelo que tanto necesitaba para reafirmar mi valor y seguirle plantando cara al Capitolio.

Voy a morir causando todo tipo de problemas, justo como lo dijo mi padre.

.

.

.

Este último mes, Prim y yo nos preparamos como si fuéramos un par de Profesionales.

Todas las mañanas hacemos ejercicio para fortalecernos. Corremos alrededor del terreno de la Aldea durante dos horas, levantamos cosas y estiramos los músculos. Todas las tardes trabajamos en habilidades de combate: le enseño a lanzar cuchillos, a sacar provecho de su estado físico en un combate cuerpo a cuerpo. Es claro que ella no puede pelear, pero ha aprendido a zafarse para echar a correr y esconderse. Alejarse del peligro. También practicamos todo aquello que ya habíamos estudiado: todo tipo de trampas que nos enseñó Gale, trepar arboles como nos enseñó Katniss, y explotamos el conocimiento de Prim en plantas. Un día, terminamos muertos de risa al reflexionar que, cuando nos preparábamos para ser mentores, sin querer y sin saber, ya nos estábamos preparando para ser Tributos nuevamente. Pese a las circunstancias, fue gracioso.

Ese fue el único y último día que me permití reír sin preocupaciones. Hasta ahora me he comportado como un entrenador muy exigente, siempre presionando, siempre insistiéndole a Prim y a mí mismo correr más deprisa, ser más fuertes, aguantar más, aprender de todo. Siempre grito, siempre ordeno, siempre parezco enojado. Soy duro; nunca sonrío y tampoco ofrezco algún gesto de cariño o comprensión, ni siquiera conmigo: todos los días, mi cuerpo se resiste a cooperar porque se siente cansado y el hueco en el pecho no hace más que doler, pero lo obligo a levantarse y forzarse al máximo. Y mi compañera soporta mi carácter paciente y comprensivamente. No se queja, no pide parar aun cuando su pequeño cuerpo resiente tanta carga, no dice ni hace nada más que obedecer.

No descansamos. No nos damos tregua. No aceptamos aún la derrota. Seguimos con la convicción de pelear hasta las últimas consecuencias.

Desconozco cómo fue la situación en casa de Prim al decirles a su madre y a su hermana que ella no se iba a ninguna parte, pero la señora Everdeen no parece furiosa conmigo o con Prim. La he visto un par de veces cuando va al mercado mientras nosotros nos ejercitamos y me saluda educadamente a la distancia. Nunca se acerca, lo que es bueno porque debe mantenerse alejada de mí. Con Katniss… A ella sí que no la he visto, lo que es excelente porque no sé cómo reaccionaría, si le gritaría, si la ignoraría o si, patéticamente, correría a abrazarla y decirle que la extraño, que la necesito y que sigo enamorado de ella como un estúpido.

Es mejor no verla. Aunque no puedo evitar pensarla.

Haymitch, tal cual como lo ordené, cada vez que sale de su casa o regresa del pueblo, pasa de largo y no nos dirige la palabra. Lo he descubierto un par de veces observándonos desde su ventana, me dan ganas de gritarle que le advertí que no quería ni una sola mirada suya y estrellarle cualquier cosa en la cabeza, pero termino por ignorarlo. No me permito desgastar mis energías en él. Una tarde Prim me preguntó si no deberíamos invitarlo a unirse a nosotros ya que, si resulta elegido, necesitará estar en forma. No lo quiero cerca de mí, respondí duramente, con esa amargura a la que mi voz se ha acostumbrado este último mes. Asintió con tristeza y no insistió en ello.

Sé que Prim es mil veces mejor que yo porque no lo ha abandonado: ahora es ella quien se asegura que él no muera de hambre. No sé dónde me deja eso a mí como persona, pero evito no pensar mucho en ello.

También tuve que armarme de valor y hacer una llamada al Capitolio: a Portia, y pedirle que me enviará las grabaciones de los Vencedores que aún siguen con vida. Pensé que me ignoraría o se comportaría cortante, dado que la última vez que estuvo aquí le grité a Effie que los despreciaba a todos y, seguramente, se lo comentó. Nada de eso. Fue tan cálida y amable como siempre, y dos días después de mi llamada, llegaron los vídeos. Todas las noches los veo –prohibiéndoselo a Prim porque no quiero traumarla más- y tomo notas en una libreta sobre sus personalidades tanto en las entrevistas como en Los Juegos, sus habilidades, las armas con las que se desenvuelven, y al otro día repaso la información con mi compañera y conocemos a la competencia.

Esa es nuestra rutina diaria. Seguimos estrictamente nuestro régimen de ejercicios y entrenamientos. Mi única conexión con el mundo más allá de mi casa, es Prim, y en las noches, las grabaciones de los demás Vencedores; y en las madrugadas mi cuerpo dolorido, mi mente exhausta y las pesadillas, que se han vuelto más recurrentes. Diría que mis sueños son ridículos, ya que se tratan de personas que me asesinan de todas formas posibles (electrocutándome, a hachazos, con cuchillos, espadas y tridentes) y que sólo los conozco por la televisión, pero no son tan alejados de la realidad porque dentro de unas horas sabré qué Tributos Vencedores lucharán a muerte por sobrevivir.

Sí, hoy se termina nuestro plazo y es el día de la Cosecha.

Y como no tengo contemplado regresar otra vez, ya que hace un año tenté a la suerte y me confié en un destino que no se caracteriza por ser generoso, vine al único lugar donde puedo sentir un poco de paz.

Vine a despedirme y a prometer que nos encontraríamos pronto: estoy en la panadería… o lo que queda de ella.

El Distrito se encuentra silencioso; puertas y ventanas cerradas. Cortinas abajo y, me imagino, cada hogar festejando silenciosamente porque este año ninguno de sus seres queridos será enviado a la muerte. Todos, excepto uno, el de Prim. Me permito pensar unos instantes en ella, en todas las veces que la he visto llorar, en sus nervios destrozados, en sus pesadillas, en sus miedos, en todo el dolor que le han provocado, y mi sangre bulle, arde… y, al igual que este último mes, estoy furioso.

El Capitolio tiene que pagar por todas y cada una de las lágrimas que le ha hecho derramar.

Anoche me comentó que, si bien, nos habíamos preparado físicamente, no habíamos desarrollado una estrategia, y preguntó si tenía alguna en mente. Actuaremos como siempre: seremos nosotros mismos. Esa es la estrategia, contesté. No le expliqué que a causa de eso es que comenzaron nuestros problemas y si queremos causar más, es justo lo que debemos hacer, pero no creo que haya hecho falta. Es demasiado inteligente para suponerlo por ella misma.

La alejo de mis pensamientos y me concentro en lo que vine a hacer.

Rodeo la panadería, empapándome del desastre que los Agentes no se dignaron en levantar. Ahora que lo pienso, me imagino que dejaron todo tal cual como una muestra del poder del Capitolio; para si yo, llegase a pasar por aquí, recordara mi desgracia y lograra hundirme un poco más todavía. Una idea perversamente genial y efectiva. Con cada paso que doy siento un pesar que no puede ser descrito con palabras. Me faltarían más letras de las existentes para siquiera darme una idea. Es un dolor que sigue y sigue; entra y sale una y otra vez por el hueco en mi pecho y se filtra por mis pulmones haciendo que el respirar se sienta como una herida punzante y lacerante. Arde. Tengo que detenerme un momento y cerrar los ojos, respirar con calma y dejar que el dolor siga fluyendo libremente. Aprieto los ojos con fuerza y reconstruyo mi hogar en mi cabeza. Eran dos plantas: abajo el negocio y la cocina; arriba el baño y las habitaciones.

En la planta baja hablábamos sobre que el dinero no nos alcanzaba, planeábamos sobrevivir una semana más y que, si bien nos iba, nuestro futuro sería más llevadero. Pero ese futuro nunca llegó. Se ha ido, como ellos. Cada noche, hasta hace un año, nos reuníamos en la mesa de la cocina para cenar y hablar de cualquier cosa: si mis hermanos ya se habían peleado, o cómo nos fue en la escuela, o la forma en que nos repartiríamos las tareas al otro día, o, simplemente, contar una anécdota graciosa que nos hacía reír. Creo que estoy loco porque me parece escuchar la severa voz de mi madre exigiendo que nos sentáramos bien y no comiéramos con las manos como unos animales. Escucho la afable voz de mi padre pidiendo que obedeciéramos a mi madre. Escucho el chasqueo de lengua de Bran y su característico murmullo sobre que mi madre era más estricta que un Agente de la Paz. Escucho la risa contenida de Matt mientras pedía que le pasarán un poco de pan.

En la planta alta, desaparecíamos en nuestras habitaciones, no sin antes pelearnos y discutir sobre quién entraría primero al baño después de que nuestros padres salieran. El resultado siempre era el mismo: yo en último lugar por ser el más chico…

Abro los ojos y no veo más que destrucción. Una casa en ruinas y ni una sola sombra fantasmal. Esas solamente habitan en mi mente.

—No sé si su sacrificio haya válido la pena —susurro—, pero van a pagar por lo que les hicieron. Lo prometo. Perdónenme… Perdónenme por ser yo quien haya sobrevivido.

No obtengo respuesta. Debo conformarme con el eco de sus voces que mi cabeza insana reproduce una y otra vez. Hasta que…

No, no puede ser posible, me digo, comenzando a temblar de pánico puro. Me acerco lentamente, y con una ola de terror invadiéndome, a lo que eran las escaleras de la entrada. Entre la madera quemada, alcanzo a distinguir algo que, por el olor tan asfixiante y dulzón que llega a mis fosas nasales, adivino lo que es antes de agacharme y quitar un pedazo de madera: un ramo de rosas blancas con una sola rosa roja en medio. "Por la inocencia y pureza de la señorita Everdeen; y porque usted siga cuidando fielmente de ella", esas fueron las palabras del Presidente Snow el día que nos visitó. ¿Qué hace esto aquí? ¿Desde cuándo…? ¿Por qué…? Las arcadas, las náuseas, el mareo, el dolor de cabeza, el terror, embotan mi cuerpo y mi mente porque el olor sigue siendo igual de penetrante que aquella vez. Rojo y blanco, blanco y rojo. Trato de concentrarme, de descubrir lo que significa. Rojo y blanco, blanco y rojo, esos dos colores… Rojo y blanco, blanco y rojo, yo sé lo que es pero el recuerdo es difuso. Rojo y blanco, blanco y rojo, el Presidente huele a rosas y sangre. Rojo y blanco, blanco y rojo, obviamente tienen que ver con él, ¿pero cómo? Rojo y blanco, blanco y rojo, y lo recuerdo. Sé lo que es.

Una sentencia de muerte.

Aturdido, me levanto, me doy la vuelta y no miro hacia atrás, concentrándome solamente en la vocecita que me susurra: venganza.

.

Hace seis meses lo ignoré. Decidí que el dolor era demasiado fuerte como para vestirme también con él, porque el negro es un color enigmático, tiende a asociarse con lo desconocido, con el miedo, el dolor, la pena y, por supuesto, con la muerte. Supongo que como en ese entonces aún no me hacía a la idea rechacé el conjunto color negro –del luto- para el funeral que habían programado. Hoy no, porque si algo define el esfuerzo que ha hecho Portia por labrarme una imagen para las cámaras, es este: oscuro, serio, formal, peligroso, quizá.

Y hoy no será la excepción.

Tomo el cordón negro que conseguí de una de mis ropas y me cuelgo el sinsajo de cobre que me dieron en el 3 al cuello, contrastando con mi vestimenta y como una forma de hacerle llegar un mensaje a los rebeldes: estoy con ustedes, no los olvido; y me miro en el espejo por última vez. Veo a un chico desconocido para mí: ojos duros, vacíos, quijada tensa, la barba un poco crecida, delgada y fina, nada extravagante, y el cabello peinado completamente hacía atrás. No me parezco en nada al Peeta de hace un año que se enfrentaba a su quinta Cosecha y que despertó asustado a causa de una pesadilla. No me parezco en nada al Peeta que hace un año rogaba por no salir elegido porque ahora francamente le da igual. No me parezco en nada ya que no queda nada de ese Peeta.

Estoy listo.

Salgo de mi habitación, bajo las escaleras, recorro el pasillo, abro la puerta, y camino hacia la entrada de la Aldea con paso firme y decidido. Ni el par de Agentes que me esperan fuera me hacen flaquear. Llego hasta el enorme arco de hierro, donde ya está Prim, tal cual como la imaginé, con un precioso vestido rosa pálido y sus dos trenzas. Inocente, como debe de ser, pero me doy cuenta de algo más: ha crecido unos cuantos centímetros y ya no parece la pequeñita, la niña, la hermanita, que debo proteger. La determinación en su mirada me muestra a la mujer, la esposa, la madre, que podría ser en un futuro donde los rebeldes ganen. Y eso es lo que quiero; quiero que encuentre a alguien que la haga feliz, sin mentiras ni engaños, que la ame como se merece, que tenga un par de hijos sin temer a lo que nos enfrentamos hoy, que forme una familia… en fin, que tenga todo aquello que la vida me negó.

Vale la pena morir por ello, me digo.

—Andando —ladra uno de los Agentes. Me doy cuenta que es hora de ir a la Plaza porque Haymitch ya está aquí. Lo miro de soslayo y veo que se tambalea. Está borracho, demasiado diría yo. No me interesa en absoluto, me repito, y camino siguiendo las órdenes de los Agentes de formar una fila con Prim al frente, seguida de mí y Haymitch al último.

Caminamos ante el bochornoso calor; de repente medito que fue una mala idea vestirme completamente de negro y debí optar por algo más fresco, pero ya es tarde para arrepentirme, y trato de que la incomodidad se note lo menos posible. Llegamos a la Plaza, donde toda la población del 12 nos espera, vigilada por una cantidad alarmante de Agentes a punta de metralla. Las miradas de la multitud perforan mi nuca, pero no me detengo a devolverle la mirada a alguien. Debo parecer firme y con la mirada en alto. Nos sitúan justo en frente de todos, en una pequeña zona delimitada con cuerdas, como una especie de corral: a la derecha Prim; a la izquierda Haymitch y yo. Ahora que lo tengo tan cerca de mí, el hedor a alcohol es tan fuerte que me revuelve el estómago. Trato de concentrarme en otra cosa que no sea él y su maldita incompetencia por emborracharse en un momento así. Miro al frente, donde observo las dos urnas de cristal, al Alcalde Undersee con expresión compungida… y a Effie Trinket, ataviada en un vestido de color rojo vibrante y una peluca de color dorado, pero lo que llama mi atención no es su ya conocida extravagancia, sino que luce ¿afligida? No lo sé, pero es seguro que no demuestra el júbilo de siempre. Es extraño, ella debería ser la persona más feliz, después del Presidente Snow, claro.

A las dos en punto, el Alcalde se para ante el micrófono y empieza a leer la misma historia de todos los años sobre la creación de Panem, los Días Oscuros y la victoria del Capitolio; lee la lista de los ganadores que ha tenido el Distrito en los últimos setenta y cuatro años y la gente, rompiendo el protocolo, no aplaude cuando termina de hablar.

¿Qué carajos pasa aquí?

El Alcalde, tenso, le cede la palabra a Effie, que se presenta con su habitual saludo:

—Felices Juegos del Hambre. Y que la suerte esté siempre, siempre de su parte —canturrea, pero lo dicho, no hay felicidad ni congoja. De hecho, su voz parece rota, a punto de llorar. Sigue hablando, sobre las bondades del Capitolio y demás estupideces que ya sé de memoria porque todos los años es lo mismo —. Y ahora, es momento de la Cosecha, y para ello, el Capitolio ha preparado algo especial.

Dicho esto, las dos enormes pantallas se encienden e, indudablemente, vemos el Distrito 1; específicamente, el Edificio de Justicia; más concretamente, la Cosecha. Van a televisar las Cosechas. ¿Con qué fin?, me pregunto, y es Haymitch quien responde.

—Creo que tratan de infundirnos miedo desde el principio —susurra; no lo veo, pero estoy casi seguro que está sonriendo socarronamente. Y estoy completamente seguro de que tiene razón. ¿Televisar las Cosechas cuando nunca antes se ha hecho algo así? Por supuesto. Quieren que todos conozcamos a la competencia desde un principio, y no olvidar lo letales que son. Por algo son Vencedores.

Y ni Prim ni yo ni Haymitch, tendremos posibilidades contra alguno de ellos.

El extravagante escolta del 1, diciendo la típica frase que yo le atribuía solamente a Effie, "las damas primero", da comienzo a la acción.

Cashmere y Gloss. Hermanos mellizos que ganaron su edición consecutivamente son los representantes del 1. Brutus y Enobaria, representantes del 2. Cabe resaltar que el tal Brutus, ha sido el primer y único Voluntario hasta ahora. Parece que está ansioso por regresar. Distrito 3, representado por una mujer llamada Wiress y Beetee que, a simple vista, no parecen muy fuertes, pero, gracias a las grabaciones, recuerdo los Juegos en los que participó él, y no lo descarto como un posible peligro: electrocutó a cuatro Profesionales, lo que le valió resultar Vencedor. Si algo he aprendido, es que no hay que subestimar a las personas. Todos, siempre, tienen un secreto.

Distrito 4, una joven castaña, muy bonita, pero loca, llamada Annie Cresta es seleccionada. Chilla, histérica, no creyéndolo. Incluso vemos como un par de Agentes la toman del brazo para arrastrarla al escenario, pero antes de llegar a los escalones, una anciana llamada Mags, hace un gesto para tomar su lugar. La segunda Voluntaria. Esto me revuelve el estómago. ¿Cuántos años tendrá? ¿60? ¿70? ¿Al Capitolio no le importa matar a una anciana que necesita de un bastón para llegar al escenario? Es aberrante. A continuación, y como si nada hubiese pasado, le sigue Finnick Odair como compañero. Sonrisa arrogante y postura despreocupada es lo que destila. Parece que va a un viaje de placer en lugar de uno a la muerte.

Es en este punto que acepto que el Capitolio cuando hace algo, lo hace bien: empiezo a sentir pánico –que espero disimular bien. Sin contar a Mags, restan siete Vencedores sumamente peligrosos y en buena forma. Los más letales, hasta ahora, y confirmo que sí, efectivamente, el Distrito 12 no tiene oportunidad contra ellos. ¿Qué esperanzas podría tener Prim solamente frente al tal Brutus? Si la pilla, la hará pedazos en cuestión de segundos. Por vergüenza, ni siquiera me atrevo a mirar a mi compañera y sus reacciones.

Distrito 5, Arleth y Evan, especialistas en cuchillos y lanzas respectivamente. Distrito 6, Eliza y Jacob, de aspecto pálido y nervioso, pero unos maestros del camuflaje. Distrito 7, la mortífera Johanna Mason y Blight Sanders, implacables con el hacha. En estos momentos, mis piernas son como gelatina y mi estómago se encuentra tenso a causa de Johanna Mason. Esa mujer está desquiciada, y no dudaría un segundo en hacer cachitos a cualquiera. ¡Cielos, en qué lío nos he metido! Distrito 8, Woof y una mujer de mediana edad llamada Cecelia, quien debe separarse con fuerza de tres chiquillos que se aferran a ella desesperadamente. Ni siquiera tengo palabras para describirlo. Es completamente injusto, porque la realización de lo que he provocado me cae de golpe: no sólo es enviarlos de vuelta a una muerte segura, es separarlos de su familia, de hacer añicos lo que han construido. Me pregunto si ellos saben la causa de estos Juegos y si me odiarán por ello. Seguramente. Lo que implica que, entonces, todos estarán en nuestra contra. No creo que haya esperanza de alguna alianza.

Tengo ganas de echarme a correr y esconderme, pero sólo de imaginar que eso es lo que espera de mí el Presidente, me frena. Debo permanecer fuerte, sereno, impasible, aunque por dentro me esté desmoronando. Y, entonces, me desconecto. Miro sin ver las pantallas, escucho sin oír en realidad, estoy sin estar, porque así es más fácil lidiar con la Cosecha y no huir despavorido. Me concentro en el reloj del Edificio de Justicia. Veo las manecillas ir lentamente, evocando, no sé por qué, el reloj que el tal Plutarch Heavensbee nos mostró –y que yo no vi con detenimiento- en el banquete presidencial. Mi trabajo empieza a medianoche, dijo. ¡En su reloj había un sinsajo…, sólo unos segundos, y luego desapareció!, exclamó mi compañera. ¿Por qué estoy pensando en esto?, me digo.

—Como siempre —resuena la voz de Effie, anunciando el final de las Cosechas en los demás Distritos, y ganando mi atención porque sé lo que viene—, las damas primero —se acerca con paso tembloroso a la urna de las chicas, incluso tarda más de lo necesario en sacar el único trozo de papel en el que todos sabemos se encuentra el nombre de mi compañera. Regresa al micrófono y se toma unos segundos antes de leerlo—. El Tributo femenino del Distrito 12 es…, Primrose Everdeen.

Su voz se pierde en el aire.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Nadie dice nada. Nadie murmura.

Volteo a ver a mi compañera por primera vez, me mira un momento, después se vuelve a su derecha, donde me fijo está su familia, incluidos sus falsos primos y Hazelle. Katniss y su madre contienen el llanto valientemente, la misma valentía que demuestra Prim al dar un paso al frente y subir los escalones hasta quedar a un lado de Effie.

—Maravilloso —dice Effie, más en un susurro que otra cosa—. Ahora toca el turno de los hombres —va hacia la urna, y tras unos instantes de vacilación, toma un papelito y regresa a su sitio—. El Tributo masculino del Distrito 12 es, Haymitch Abernathy —anuncia, y no me equivoco cuando digo que lanza una especie de suspiro de alivio al leer su nombre. Fue casi imperceptible, pero lo hizo.

Es eso. Es Effie Trinket quien en ese gesto, envía una ola de terror a mi cuerpo. No quiero que Haymitch muera por mucho que lo desprecie, no quiero ser el causante de su muerte al obligarlo a ir; no quiero que a causa de una mentira –mi tan esperada boda con Katniss- las personas se alegren de que sea él quien vaya en mi lugar y ahora estén suspirando de alivio porque, a final de cuentas, el gran acontecimiento se realizará. No quiero que muera porque, mal que me pese, quiero al maldito borracho mentiroso y patán que apenas puede sostenerse en pie.

Así no podrá proteger a Prim, pienso, él la cuidará mejor afuera que adentro.

Y lo que me empuja a hacer una elección final, es recordar el mensaje del Presidente: hace mucho tiempo, yo tenía unos ocho o diez años, mis hermanos, en la oscuridad de nuestra habitación, susurraban sobre una plática que habían escuchado en la escuela. Según esto, alguien –nunca alcancé a escuchar el nombre-, años atrás, perdió a su familia en un incendio descomunal que se suscitó en la Veta. Nadie pudo explicar cómo brotó, simplemente las llamas aparecieron y consumieron el pequeño hogar, pero lo extraño fue que, entre el incendio, apareció un sugerente ramo de rosas blancas con una rosa roja en medio… intactas. Ni un solo pétalo afectado por el fuego. Después de eso, los rumores comenzaron a correr, y la gente aseguraba que era una forma que tenía el gobierno para señalar a su víctima, provocando que todos se alejaran de él para no salir perjudicados. No sé cómo ni por qué se formó esa idea, pero encaja. Ver el ramo de rosas esta mañana es prueba de ello. El Presidente Snow tuvo la delicadeza de mandarme una clara pero sutil advertencia que ignoré hace tiempo: no va a descansar hasta verme muerto.

No va a descansar hasta, al menos, verme reducido al cruel destino de aquella persona.

No estoy muy seguro de ello, pero creo que fue Haymitch el protagonista de ese primer incendio. Él mismo lo dijo, al ver el que envolvía la panadería, que era demasiado para él. Eso explicaría lo solo que está, que no se le conozca algún familiar, su adicción al alcohol.

Algo muy malo tuvo que haber hecho, ¿pero el qué?

Da igual, mi tiempo para descubrirlo se terminó, porque, si mis conclusiones son correctas, el Presidente ya hizo bastante para joderle la vida. No le voy a dar el placer de verlo muerto.

No más muertes innecesarias, no más castigos injustos, no más crueldad.

Rebelde o no, dije que iba a morir causando todo tipo de problemas, y debo empezar desde ya.

— ¡Soy Voluntario! —Grito, antes de siquiera pensármelo dos veces, y me sitúo frente a él, extendiendo los brazos en actitud protectora, como si con esa acción pudiese evitar que lo dañen más. Una parte de mí, la egoísta, quizá, no deja de repetirme que soy un idiota, que no debería hacerlo y dejar que se las arregle como pueda, pero me es imposible. Los buenos sentimientos le ganan la partida a los malos—. ¡Me presento Voluntario como Tributo!

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Que es cortado por un chillido de terror por parte de Effie, amplificado gracias al micrófono.

—Chico… ¿qué diablos? —susurra Haymitch, pero lo ignoro.

—Esto… bueno… Es esplendido —dice Effie, aturdida, mirando al Alcalde, al micrófono y de vuelta al Alcalde—. Pero creo que queda el pequeño detalle de presentar al ganador de la Cosecha y… hum… después, si aparece un Voluntario, entonces… —deja la frase al aire, insegura, y con voz llorosa.

Haymitch sigue susurrando que qué diablos estoy haciendo, y yo lo sigo ignorando. Doy un paso al frente, decidido a tomar mi lugar, pero alguien alcanza a tomarme del brazo con fuerza.

Katniss.

—No, Peeta. No. No puedes ir —suplica, o eso es lo que me parece.

— ¡Suéltame! —siseo con dureza las primeras palabras después de ignorarnos durante un mes entero, pero no la miro. Me niego a ver lo que puedan decirme sus ojos—. ¡Suéltame!

Alguien tira de ella, y por el rabillo distingo a Gale, conteniéndola, mientras ella forcejea un poco.

—Lo prometiste. Me lo debes —murmura Gale hacía mí, con cierto pánico en la voz que quizá me esté imaginando—. Prometiste que los dos Tributos volverían y…

Me zafo bruscamente del agarre de mi falsa y mentirosa prometida, sin dirigirles una mirada, al tiempo que un par de Agentes les ordenan regresar a su lugar. Katniss grita mi nombre varias veces, lo que me hace tomar valor y subir los escalones, furioso, decidido, porque me llama casi con desesperación y me enfada de sobre manera porque ha vuelto a actuar. Está llevando la farsa al límite y ya no puedo soportarlo. No tiene la necesidad de fingir, sin embargo lo hace, y me destroza todavía un poco más. ¿Qué pretende?

Menudo espectáculo estamos dando.

Sí, por eso lo hace: le está dando al Capitolio lo que quiere. ¿Qué iban a pensar si ella se quedaba tan tranquila mientras su prometido iba a una muerte segura?

La dosis de hipocresía está excediendo los límites y me asquea.

Me paro a un lado de Effie. Nuestras miradas chocan durante unos segundos y puedo ver el dolor en sus ojos. Puedo ver otra vez el mismo reconocimiento que vi en ellos hace meses, cuando intentó protegerme de Thread. Esos ojos que representan todo aquello que odio, en un instante, me han mostrado más sinceridad que en quienes confié ciegamente. Effie Trinket puede ser despreciable y retorcida la mayoría de las veces, pero el punto a su favor es que siempre ha sido honesta. No niega lo que es, no lo esconde. Es coherente consigo misma; y recuerdo que fue ella, y sólo ella, quien tenía toda la intención de hacerme saber que Prim seguía con vida después de nuestros primeros Juegos, porque escondérmelo, se le hizo algo injusto. No se lo permitieron, pero la intención es lo que cuenta.

Reafirmo lo dicho una vez: tiene más escrúpulos que Haymitch… o Katniss, o Gale, o que el propio Presidente.

Oh, ironía, eres una perra impredecible.

—Lo siento —le susurro de forma casi imperceptible que temo no me haya escuchado. Sé que debería tener un discurso más elaborado para disculparme por todo aquello que le grité, pero no salen más palabras. Y sé que todo estará bien entre nosotros, que he ganado su perdón, cuando posa una mano en mi hombro y sonríe tristemente.

—Muy bien —se vuelve hacía el público, con voz quebrada—, vamos a darle un aplauso a nuestros Tributos, Primrose Everdeen y P-Peeta… Mellark.

No sé por qué o el cómo, pero primero una persona, después otra y, al final, toda la multitud lleva sus tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después nos señalan con ellos. Volteo a ver a Prim y, de repente, ya no estoy en el 12, sino en el Distrito 11: ella derrama unas cuantas lágrimas, pero también me señala. Es demasiado para mí. Por suerte, o por desgracia, Haymitch –que no sé en qué momento se postró a mí lado-, me distrae, y con eso evita que me suelte a llorar.

— ¡Mírenlo! ¡Mírenlo bien! —brama pasándome un brazo por los hombros; el aliento a alcohol es tan potente que sé, mi decisión fue la correcta. No hubiese durado ni diez minutos en Los Juegos. Me sacudo violentamente. Vale, tomé su lugar porque no quiero que muera, pero las cosas entre nosotros no cambian. No lo quiero cerca de mí—. ¡Valentía! ¡Fuerza! ¡Coraje! —exclama triunfal—. ¡Más que ustedes! ¡Más que todos ustedes! —grita, señalando al frente, directamente a la cámara que está tomando todo y cada uno de los acontecimientos.

Me mantengo fuerte, mirando al frente; las piernas firmes, la cabeza erguida, los puños cerrados, la mente fría y el corazón caliente de la excitación porque Haymitch puede ser lo que sea, pero me queda claro que sus palabras van con mención especial a, quizá, el Presidente; y, aunque desconoce mis intenciones, también está causando problemas con esto… Sobre todo, porque está siendo televisado.

No puedo evitar un atisbo de orgullo hacía él, que se borra completamente cuando el idiota da un par de pasos hacia adelante y cae del escenario, perdiendo la consciencia. Un grupo de Agentes tiene que cargarlo y se lo llevan a no sé dónde. Effie, tratando de componer la situación, nos pide a Prim y a mí que nos demos el protocolario apretón de manos. En lugar de eso, abro mis brazos y recibo a Prim en un fuerte abrazo.

Suena el himno y la Cosecha ha terminado.

.

Es la segunda vez que el peso de la soledad me azota por completo.

Después de la Cosecha, como normalmente se hace, nos llevaron al Edificio de Justicia para darnos un tiempo de despedida con nuestros seres queridos. Estuve una hora completamente solo en la misma habitación de hace un año porque no había quién me dijera adiós. Por un instante pensé que, tal vez, los Cartwright irían a verme, pero justo como lo prometió el papá de mi amiga, se mantuvieron lejos de mí.

No me quedó de otra que aferrarme a los recuerdos de la última vez que estuve aquí; rememorando las palabras que en ese entonces me dedicara mi familia, prometiéndole a mi madre que no moriría antes de los 60 segundos; asegurándole a mi padre que sacaría las fuerzas necesarias para no desfallecer y sacar a Prim de este lío; afirmándole a mis hermanos que lo intentaría. Nada más.

Al salir, Thread nos esperaba; y nos escoltó a la estación del tren que, extrañamente, estaba vacía. No había personas para despedirnos ni cámaras para captar cada detalle. Sólo un puñado de Agentes con armas en mano, tratándonos como lo que somos a ojos del Capitolio: unos delincuentes. Ya en el tren, cada quien se encerró en su compartimento, tratando de digerir la situación, me imagino, hasta que Effie nos llamó para la cena.

El ambiente está poco animado, tanto que, de hecho, guardamos silencio durante largos periodos de tiempo, sólo interrumpidos por el cambio de platos.

—Me gusta tu nuevo pelo, Effie —comento, tratando de iniciar una conversación para salir de este silencio tan asfixiante, ganándome una mirada de asombro por parte de Haymitch. Supongo que estaba demasiado borracho como para percatarse de mi breve interacción con Effie.

—Gracias, Peeta querido. Lo pedí expresamente para que fuera a juego con tu broche. No ese —señala mi sinsajo de cobre que aún pende de mi cuello—, sino el otro, porque tuve una idea…

— ¿En serio? ¿No me digas? —la interrumpe Haymitch, con un deje de veneno y burla en su voz, a lo que Effie responde con una mirada desdeñosa.

—Cómo te decía, querido, tuve una idea. Tú tienes tu pin de oro, yo tengo mi cabello dorado…, les conseguiré a Primrose y a Haymitch algo de oro también, quizá una pulsera o un brazalete…

— ¿Para qué diablos, mujer? —gruñe Haymitch, masajeando su frente. Ha de tener una resaca impresionante dado lo alcoholizado que estaba hace unas horas, y después de su triunfal caída…, no la ha de estar pasando bien, y mucho menos con Effie a un lado, teniendo en cuenta que no la soporta. Decido que nuestra escolta me agrada más que nunca.

—Un distintivo, Haymitch. Una muestra de que todos, los cuatro, somos un equipo.

Está claro que Effie es ignorante de todo lo referente a nuestros problemas con Snow. No sabe en el lío en que se está metiendo al tener la intención de formar equipo con nosotros tres; y no sé si lo más sensato sea contarle la verdad.

—Creo que es una gran idea —digo—. ¿Qué te parece, Prim?

—Me encanta —responde, animada—. Me gustaría mucho un medallón. Algo especial. ¿Podemos ponernos de acuerdo después, Effie?

—Por supuesto, querida. ¿Quieren que veamos los resúmenes de la Cosecha? Ya casi es hora.

—Vamos. Sé algunas cosas que podrán servirles para cuando estén en la arena —dice Haymitch, incorporándose torpemente, y mirándome fijamente. No lo veo, pero siento sus ojos sobre mí.

—Gracias, Effie, pero iré a mi cuarto a descansar —en realidad quiero decir que prefiero mantenerme lejos de Haymitch, pero decido que no quiero preguntas incómodas por parte de Effie, el menos por ahora—. Hasta mañana, Prim, Effie.

Mientras voy a mi compartimento alcanzo a escuchar que Haymitch reniega de mi comportamiento y Prim le contesta que yo ya sé algo de los Vencedores porque he visto sus grabaciones, y que me deje en paz. El tono de mi compañera es lo que me sorprende porque, puedo asegurarlo, se lo dijo con enojo.

Ya en mi compartimento, me desvisto por completo y me meto a la cama, enterrándome bajo las cobijas. En el momento que cierro los ojos, tratando de dormir, la voz de Katniss resuena sin piedad: "¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa!", "¡Es tu maldita culpa que mi hermana tenga que regresar a Los Juegos! ¡Te odio!", "¡El Presidente Snow se está cobrando tus estupideces y está arrastrando a mi hermana en su venganza!", "Provocaste la ira del Capitolio tanto en Los Juegos como en la Gira. Los dejaste en ridículo… te atreviste a rebelarte en sus narices y eso provocó que en los Distritos hubiera levantamientos. ¡Y ahora por tu culpa Prim también pagará por tus errores!", "¡Tú tendrías que haber muerto en esa arena y mi hermana sería una Vencedora feliz! ¡Todos seríamos más felices de lo que somos ahora sin ti!".

Ni un arma sería tan poderosa como las palabras. Por ejemplo, una espada o un cuchillo o una lanza –rememoro a Adem y a Salma-, pueden matar, con dolor, sí, pero instantáneamente. Las palabras, en cambio, son como miles de armas clavándose, enterrándose en ti –recuerdo a la chica del 8, la de la fogata, y la forma en que la torturaron los Profesionales-, pero sin llegar a matarte. Obligándote a sentirlas, a agonizar indefinidamente… Mi cabeza da vueltas, los recuerdos se golpean unos contra otros, mis sentimientos duelen, y la soledad vuelve a colarse en mí, pero me trago las lágrimas, aprieto los puños y termino durmiendo bajo una sola idea.

Venganza.

.

.

He pasado por varias sesiones con mi equipo de preparación. De hecho, ya estoy acostumbrado a su incesante parloteo sobre modificaciones corporales, aumento de esto o reducción de aquello; o que tal color se vería bien con mis ojos, mi cabello y mi tez. A lo que no me acostumbro, y en cierto grado me pilla por sorpresa, es al trauma emocional al que me están sometiendo. Todos y cada uno de ellos rompen a llorar en algún momento de la preparación al menos un par de veces. Y la sorpresa es mayor porque son precisamente Delphi y Lean, los que siempre terminan regañándome, quienes están más afectados. Ni siquiera se han quejado de mis maltratadas manos o mi exceso de vello, más que nada mi barba. Al parecer sí que me han tomado cariño de verdad y la idea de que regrese a la arena los ha destrozado, ni hablar de las trabas para mí boda o el hecho de haberme presentado Voluntario. Me exigen una explicación para ello, a lo que yo contesto que por amor a mi prometida tuve que hacerlo porque Prim es lo que ella más ama en el mundo, después de mí, claro –técnicamente no estoy mintiendo, pero omito ciertos detalles y verdades-, lo que los hace soltar más el llanto, así que me veo obligado a consolarlos. La verdad no es una obligación, me nace hacerlo porque no soporto verlos sufrir de esa manera, a pesar de que quien va a morir soy yo. Tan irónico como suena.

Tampoco quiero cuestionarme si su sufrimiento es real, o si sólo se trata del momento. De una forma u otra, a su modo, estas personas me han demostrado más sentimientos verdaderos que otras, y eso para mí vale más, sin importar que sean del Capitolio y que me estén preparando para exhibirme y después morir.

Cuando aparece Portia, el resto de mi equipo salta como un resorte y sale de la habitación, gimoteando algo sobre que han respetado las instrucciones de Portia. Lo cierto es que el único cambio visible es que estoy recién bañado, y entre las emociones que ganaron la batalla, no me hicieron nada.

— ¿También necesitas un abrazo y un hombro en cuál apoyarte? —le suelto en cuanto estamos a solas—. Porque estoy disponible, y parece que lo hago bien.

—No te preocupes, he aprendido a utilizar el trabajo para canalizar mis emociones. Cinna predica algo así como que de esa forma no hacemos daño a nadie, salvo a nosotros mismos —contesta, sonriendo—. Más bien, yo creo que quien necesita un abrazo y un hombro es alguien más. Ven acá —se acerca, abrazándome fuertemente, acto que hace tambalear mis emociones—. ¿Cómo estás?

Una simple pregunta que tiene demasiadas respuestas, y ninguna grata. Una simple pregunta que, si mal no recuerdo, hace mucho nadie me preguntaba con tanto interés y preocupación.

—Bien —contesto, tratando de sonar sereno, pero se me termina por romper la voz. Genial.

— ¿Hay algo que quieras contarme, o simplemente platicar? —susurra—. Como el hecho de por qué te ofreciste como Voluntario. La gente está desconcertada…, y yo también.

¿Cómo explicarle que el impulso que me llevó a hacerlo ni siquiera tuvo que ver con Prim, sino con Haymitch? Claro que no me arrepiento, porque podré proteger a mi compañera, pero también fue una forma de protegerlo a él. ¿Cómo decirle que justamente él me traicionó, me mintió y me usó junto con Katniss? ¿Cómo decirle que mi boda no era más que una farsa? ¿Cómo le explicas a alguien que te rompieron el corazón en mil pedazos? ¿Cómo decirle que el Presidente me quiere muerto y que yo le haré las cosas más fáciles? ¿Cómo decirle que la idea de morir me atrae más que otra cosa en estos momentos? No sé cómo hacerlo, pero sé que quiero decirlo.

—Prim…, Haymitch…, protegerlos. Ellos son… familia. Katniss…, Gale… —pero termino balbuceando palabras sin sentido, sin un orden, más que el de la desesperación porque siento que voy a explotar de un momento a otro; derramando unas cuantas lágrimas que por más que traté, se negaron a quedarse en su lugar.

—Oh, Peeta… —dice, en un hilo de voz, casi como un lamento.

Y nadie dice más por lo que me parece una hora. Una hora en la que nos mantenemos en silencio y abrazados. Yo aferrándome a mi estilista; ella, acariciando tiernamente mi espalda, mi cabello, haciéndome sentir un poco mejor.

— ¿Y bien, cuál es el plan para la ceremonia de apertura? —Pregunto, de repente, separándome de ella y tratando de obviar lo miserable de mis emociones—. ¿Más llamas?

—Algo parecido —me guiña un ojo.

Mi equipo de preparación llega para vestirme, y Portia los corre diciendo que hicieron un trabajo tan impresionante hace un rato que ya no les queda nada por hacer. Así que, de nueva cuenta, nos quedamos solos y se pone manos a la obra. Primero me rebaja la barba hasta dejarla el ras; después corta un poco de mi cabello, y lo peina completamente hacía atrás. Termina con el maquillaje, y me sorprende ver que apuesta por la misma tendencia de hace un año: ojos teatralmente sombreados de negro, resaltando mis ojos azules. El único cambio, son un par de toquetes entre color rojo y anaranjado que bordean las sombras negras. Parece que llevo puesto un antifaz. Un antifaz negro como el carbón del Distrito 12, pero en llamas, justo como la emoción que nace en mí cuando me siento furioso.

Justo lo que necesito para enfrentarme al Presidente Snow dentro de unos momentos, cuando termine el desfile y él salga a darnos la bienvenida.

El traje… también es similar al otro, sólo que éste es un conjunto de dos piezas: pantalón y chaleco negro. Demasiado simple, pero conociendo el talento de Portia, debe haber algo espectacular detrás de la simpleza. Todos, siempre, tienen un secreto, me recuerdo. Para finalizar, maquilla mis brazos descubiertos con simples toquecitos de un polvo color dorado, son como miles de brillitos, que me recuerdan a Effie y su peluca.

—El resto del conjunto es trabajo de Cinna. Haga lo que haga tu compañera, no te desconcentres, ¿de acuerdo? —asiento sin dudar. Confío plenamente en ellos y sé que nada de lo que hagan nos dañará—. Hemos acordado que esta vez, cuando estés en el carro, nada de saludos ni sonrisas. Limítate a mirar el frente, como si el público no fuese digno de que le prestes atención. A ver, actúa ahora mismo como te estoy diciendo.

Inhalo y exhalo un par de veces, imaginando que tengo a toda esa gente frente a mí, aplaudiendo, vitoreando, gritando, desmayándose, y después apostando por mi muerte, por la de Prim…, y trato de poner mi mejor gesto de indiferencia, pero la tierna sonrisa de Portia me distrae.

— ¿Qué? ¿Qué pasa?

—Eres… muy humilde, cariño. No te veo como alguien altivo, indiferente o capaz de odiar. Eso es lo que te hace tan especial. Nunca pierdas eso, ¿vale?

¿Me hace tan especial? ¿A qué se refiere? No tengo tiempo de preguntar porque me ordena dirigirme al nivel inferior del Centro de Renovación para tomar mi posición, argumentando que tiene un par de cosas que hacer y que me verá ahí después. Desconcertado aún por sus palabras, me dirijo a la planta baja. A diferencia del año pasado, en el que todos los Tributos estábamos aislados, cada quien con su compañero y estilista en cuestión, este año todo es muy social. Los Vencedores, tanto sus Mentores, se mezclan en grupos y hablan muy animosamente. Claro, todos se conocen, mientras que Prim y yo somos los extraños. Hasta en eso estamos en desventaja.

Afortunadamente siempre se me ha dado bien el socializar. No me costaría nada hacer el intento por integrarme. Desafortunadamente, no tengo ánimos de hacerlo. ¿Servirá de algo? Para nada. Todos estamos aquí por mi culpa y no creo que alguien quisiera dirigirme la palabra, ya no digamos una mirada. Así que me enfoco en nuestra carroza y los dos caballos negros que tirarán de ella. Al cabo de unos minutos, vislumbro una sombra que se para justo detrás de mí. Inmediatamente me tenso, aprieto los puños y me preparo para atacar. Pero la presencia no se mueve ni hace intento alguno de lastimarme. Y me decido a dar la cara. Volteo, para encontrarme frente a frente a una mujer de piel aceitunada, cabello negro y liso surcado de mechas plateadas, y ojos castaño dorado que no muestran signo de amenaza o peligro.

—Peeta Mellark —dice, fuerte pero tranquila.

—Seeder Tanner —digo, manteniendo a raya el nerviosismo en mi voz.

El silencio vuelve y nos enfrascamos en una guerra de miradas que, miserablemente, estoy a punto de perder porque una mezcla de vergüenza y culpabilidad me llenan. Hago el intento de decir algo, lo que sea, ofrecerle una disculpa, preguntar por la familia de Rue, pero apenas abro la boca, la mujer me envuelve en un abrazo.

—Lo siento —susurro—. Rue… ellos…

—Viven —responde en voz muy baja; y siento cómo algo se tranquiliza en mi interior.

—Ah, aquí estás —grita Haymitch, provocando que deshagamos el abrazo; acompañado de Prim y Chaff, Tributo del 11 y compañero de Seeder—. La Nenita estaba preocupada por ti. Temía que te hubieras arrepentido y yo tuviera que tomar tu lugar.

Mi compañera rueda los ojos, y Haymitch y Chaff estallan en sonoras carcajadas, que son simultáneas a la música de apertura. Las puertas se abren y el primer carro sale; escuchamos el rugido de la multitud, y nos basta una mirada de reconocimiento entre los cinco, o mejor dicho, los cuatro, porque ignoro deliberadamente a Haymitch, para saber que es momento de posicionarnos y dejar las presentaciones para después.

— ¿Vamos? —le ofrezco la mano a mi compañera para ayudarla a subir.

—Estoy lista. Vamos —contesta con una seguridad que le envidio. Creo que está tomando esto mucho mejor que yo—. ¿Este año también iré en tu hombro?

—Eso sería excelente, si no tuviera que actuar como si estuviera por encima de todos, es lo que me ha dicho Portia.

—Sí. Cinna me lo dijo. ¿Dónde están, por cierto?

—Ni idea. Lo que me preocupa porque Cinna es responsable del resto de mi atuendo. ¿Te mencionó algo?

—Oh, sí, y estarás espectacular.

Lo cierto es que quien está espectacular es Prim. Los ojos sombreados al igual que los míos, anaranjado y rojo, hacen resaltar su mirada, gracias también a la alta coleta que le han peinado. Ni un solo mechón fuera. El negro es inexistente en su mirada. Vestido rojo sin mangas que le cubre el cuello y termina en sus rodillas, y de ahí, como si lo hubieran desgarrado, sobresale en tiras de color anaranjado. Parece un atuendo en llamas, y me gusta, porque seguimos siendo Los Chicos en Llamas, y estoy seguro que daremos de qué hablar otra vez, lo que significa Patrocinadores: la oportunidad de mantenerla con vida.

— ¿Entonces, cuál será nuestra posición? ¿Qué hacemos? —Pregunta insegura, buscando con la mirada a nuestros estilistas y viendo como la carroza del 11 cruza la puerta—. Ni Cinna ni Portia aparecen.

—Supongo que tendremos que improvisar. Ponte en frente de mí, lo demás saldrá solo. No te preocupes.

Justo en el momento que se sitúa, extendiendo su manita hacia atrás, buscando la mía, nuestra carroza se pone en marcha y salimos a la ciudad tomados de la mano. La voz de la multitud se convierte en una mezcla entre grito de júbilo y chillido de terror en cuanto nos ven. De soslayo alcanzo a distinguir a unos cuantos que se tiran de los pelos y berrean de absoluta desesperación, como si sus ojos no creyeran que estemos aquí; como si su cabeza no lograra comprender nuestra presencia. Pero yo no reacciono. Me limito a fijar la vista en un punto lejano –específicamente el lugar dónde en unos instantes estará situado el Presidente—y fingir que no hay nadie, que no noto la histeria. No puedo evitar vernos de vez en cuando en las pantallas que hay por toda la ruta, y noto el contraste. Prim es bella y deslumbrante. Las tiras de su vestido ondean con el viento, adelante y atrás, como si estuviera ardiendo, envuelta en un fuego que no logra quemarla nunca porque es capaz de controlarlo. No es guapa. No es bella. Resplandece como el sol. Y sonríe, saluda con su mano libre a la multitud, ganándoselos nuevamente. Las cientos de flores que le lanzan son prueba de ello. Por mi parte, yo soy oscuro y poderoso. No, más que eso, soy el Trágico Amante del Distrito 12, el que ha sufrido tanto y disfrutado tan poco de la recompensa de su victoria; el que no busca el favor ni los agasajos de nadie; el que no acepta sus sonrisas ni sus besos.

Soy quien no perdona…, y una completa contradicción porque una parte de mí lo disfruta, pero otra parte se siente incómoda por actuar tan indiferente. Porque estoy actuando justo como el Presidente Snow quería que lo hiciera en la Gira. Estoy actuando contrariamente a las palabras que me regaló Portia hace unos momentos. Éste no soy yo, me digo, justo en el momento que entramos en el Círculo de la Ciudad; justo cuando estamos frente a la mansión presidencial; justo cuando el hombre de cabello y barba blanca, de mirada fría, de aliento a sangre y perfume de rosas, y responsable de la muerte de mi familia, sale a su balcón. No, claro que éste no soy yo: ahora soy lo que tú has hecho de mí, Coriulanous Snow. Y te daré lo que tanto deseabas.

El Presidente se toma unos segundos, dándole tiempo a la multitud de acallar sus vítores; se toma esos segundos para mirarme fijamente, para perforarme con la mirada, para, quizá, burlarse de mí y hacerme sentir diminuto; para hacerme saber que he perdido ante él. Pero no me intimida, no me encorvo, no rehúyo a su mirada. Al contrario, me envaro más y sostengo su mirada, desafiante, valiente, altivo, duro, firme, y transmitiéndole el mensaje de que no ha terminado por completo conmigo; que aún tengo la suficiente fuerza y rebeldía –ésta última que tanto desprecia de mí-, para enfrentarlo y desafiarlo una vez más cara a cara y sin esconderme, con la esperanza de que este acto llegue a los rebeldes y no tengan miedo nunca más.

—Me has quitado tanto, que hasta el miedo te has llevado de mí —susurro; porque es cierto. Aquí, parado ante él, ante mi mayor prueba, compruebo que no le temo como lo pensé. Es él quien debe temblar de miedo, justo como lo dijo Prim, porque, entre los dos, él es quien tiene más que perder y nada que ganar si su tiranía cae. Yo ya no tengo nada, solamente a mi compañera, pero hay cariño suficiente para mantenerla con vida. Me lo acaban de demostrar.

La multitud, por fin, guarda silencio, lo que el Presidente toma como el momento para dar su discurso de bienvenida. En el momento que abre la boca, Prim me da un leve apretón de manos, y sucede algo que acciona los rugidos de la multitud: mi conjunto se prende en llamas.

Mi vestimenta cobra vida poco a poco, primero con una suave luz dorada, para transformarse gradualmente en el rojo anaranjado del carbón ardiendo. En la pantalla puedo ver que es como si me hubieran cubierto de brasas relucientes. Los colores suben y bajan, se mueven y mezclan exactamente igual que el carbón al fuego. La criatura frente a la furiosa mirada del Presidente parece que ha llegado de otro mundo; un mundo en que la piel de sus brazos desnudos brilla, sus ojos deslumbran y el resto de su cuerpo arde tan abrasadoramente que es capaz de consumir todo a su paso. Como el incendio en la panadería, pienso. Como aquel incendio del que platicaron mis hermanos.

—Bienvenidos, Tributos —habla el Presidente, casi en un bramido para apaciguar el asombro de la multitud. La fina línea en que se han convertido sus extraños labios, usualmente hinchados, me dice que está enojado, muy enojado, y que no me espera nada bueno por ser el causante de robarle la atención. Espero que nunca se entere de que fue Prim y no yo. En el momento que me dio el apretón, logré sentir un algo en su sudorosa y nerviosa mano. Supongo que ese algo es un tipo de artefacto que Cinna diseñó como complemento de mi atuendo. Ante esto, me permito una leve sonrisa ladina, con la intención de que Snow lo tome como otro desafío, y que ignore lo más que pueda a Prim—. Bienvenidos a los septuagésimo quintos Juegos del Hambre… ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de su parte!

Suena el himno, y nuestra procesión comienza de nuevo, dando una última vuelta al Círculo de la Ciudad, entre los vítores de "Distrito 12", y, espero, ya que ha salido de mi campo de visión, que un humillado Presidente Snow me observe hasta el final.

Se abren las enormes puertas del Centro de Entrenamiento, nuestro hogar por la próxima semana, y escucho cómo Prim suelta un suspiro de alivio cuando las puertas se cierran y bajamos del carro.

—Eso fue… sorprendente —me dice, volviéndose hacia mí—. Te dije que estarías espectacular.

— ¿Por qué esperar para hacerlo, Prim? —pregunto, ya la emoción del momento esfumándose y comenzando a sentir preocupación.

—Porque era el momento adecuado. ¿Cuándo más?

—Te estas arriesgando mucho, Prim.

—Es curioso que me lo digas tú, precisamente cuando este último mes te la has pasado gritándome, ordenándome, regañándome, y volviéndome a gritar. En sí, estar a tu lado ya era correr un riesgo si no hacía las cosas bien. Estar cosechada sin la opción de que alguien pueda ir en tu lugar también fue un riesgo. Dentro de una semana estaré en una arena donde las personas pueden matarme sin siquiera pestañear, y también es otro riesgo. ¿Qué más da que haya prendido un par de lucecitas?

Estrés. Nervios destrozados. Frustración. Miedo. Resignación. Todo eso es la voz y el semblante de mi compañera. He sido muy duro con ella y no me he parado a pensar en lo que siente; sólo me he centrado en prepararla y en mi propia rabia. Y ella, ni un solo reproche.

—Lo siento, Prim. Sabes que tiendo a comportarme como un idiota cuando… bueno, cuando no sé cómo manejar la situación. ¿Aceptarías golpearme otra vez con una almohada a modo de resarcir mis estupideces? Y si eso no es suficiente, siempre puedes utilizar una piedra, una silla, una mesa entera, lo que sea.

—Me agrada la opción de la almohada. Tú mismo dijiste que soy letal con una —responde entre risas—. Sólo quiero pedirte un favor. ¿Lo harías… por mí, sea lo que sea que te pida?

Y aquí viene lo que tanto temía. Estoy seguro que me pedirá limar asperezas con Haymitch y no sé si podré hacerlo. La tensión entre nosotros es incómoda para ella, eso sin contar que es un estrés más que lleva encima.

Aun así:

—Pídeme lo que quieras.

Pero su petición es algo que me descoloca, y que nunca se me hubiera pasado por la cabeza.

—Sonríe un poco más, ¿sí? —suplica—. No quiero hacerte enojar, pero este último mes te pareces más a un Haymitch malhumorado todo el tiempo que al Peeta que conocí hace un año. Y créeme que con un amargado en el equipo es suficiente. Dos, es excesivo y rebasa mis niveles de paciencia.

No puedo evitar soltar una carcajada. Había olvidado lo bien que se siente bromear con mi compañera, aunque haya una pizca de dura verdad en sus palabras. Prim, la honesta y bromista Prim.

—Cuenta con ello.

— ¡Chicos, estuvieron asombrosos! —exclama Portia, apareciendo de la nada junto a Effie y a Cinna, quien nos sonríe aprobadoramente.

— ¡Espectaculares! —chilla Effie, dándonos un sonoro beso.

—Esto hay que celebrarlo. Vayamos a ver si la cena ya está lista mientras los muchachos se relajan un poco —apunta Cinna, llevándose casi a rastras a una emocionada Effie, seguidos de Portia.

Haymitch también está aquí, pero con un grupo de Vencedores (Chaff, Seeder, Woof, Mags y Finnick) hablando entre susurros y mirándonos de vez en cuando. ¿Qué trama? ¿Estará buscando una alianza para nosotros? Eso nos viene bien si quiero proteger a Prim, aunque no es una buena idea del todo porque, precisamente, pueden desestabilizarme atacándola a ella. Ganas y pierdes, Peeta. Lo veo asentir hacia nosotros… y vienen para acá.

—Niños —brama Haymitch, con tanta alegría que es como si nuestra relación no se hubiese roto. Menudo cínico—, esa es la manera de conseguir Patrocinadores. Todo un show, eh. Quiero presentarles a unos amigos. Ésta es Seeder, pero tú ya la conoces, Peeta. Chaff, un buen compañero de bebida. Si buscas algo bueno que tomar para tu próxima borrachera —me señala, dejando entrever que soy un alcohólico, lo que provoca que Prim se tense y apriete mi mano—, él es el hombre indicado para echarte una mano —todos se unen en un coro de risas a la referencia de su brazo que termina en un muñón, como el mío. Todos excepto Prim, Seeder, Mags y yo.

—Es bueno saberlo, Chaff —interrumpo la ronda de risas, dirigiéndome solamente a Chaff y nada más que a él. Que Haymitch y su maldito humor se jodan. Si él quiere hacer como si nada pasó, es su problema. Yo no. No toleraré su desfachatez ni su crueldad, por mucho que Chaff ni se haya inmutado. Vivir sin una parte de ti, en lo que a mí respecta, no es algo con lo que la gente pueda mofarse con facilidad porque es igual de duro que perder a alguien. El sentimiento de completo vacío, de experimentar que te han arrancado una parte de tu ser, de dolor agónico que te envuelve en ese lugar dónde ya no hay nada, es el mismo. Si la broma hubiese salido de labios del propio Chaff, no me hubiese molestado, pero viene de alguien que se autodestruye por gusto y sin autoridad moral cuando su vida es tan miserable—, así no me sentiré mal de pedirte una mano porque yo puedo ofrecerte una pierna en las mismas condiciones —otro coro de risas, a los que se unen discretamente quienes no participaron en el anterior. Eso sí, excepto Haymitch—. Seeder, Chaff, Woof, Mags, Finnick, un gusto conocerlos. Ella es Primrose, mi compañera —todos asienten hacía ella, y mi compañera devuelve el gesto con una sonrisa tímida—. Me habría gustado que las presentaciones duraran un poco más, pero cómo sabrán, Prim, aunque no lo parezca, solamente tiene trece años, y no me parece correcto que escuche cosas sin sentido, sin pensar y sin respeto, cuando tiene suficientes mortificaciones con un compañero que sólo la mete en problemas, un Mentor que se la vive ahogado de borracho y una arena próxima que será una mina. Espero podamos coincidir en los entrenamientos, si no… entonces buena suerte y ojalá no tengamos que enfrentarnos. Con permiso.

—Hasta luego —dice Prim, dándome unas silenciosas gracias con la mirada.

—Voy con ustedes, niños —nos dice Seeder antes de que demos un paso—. Es tarde y hay que descansar.

También se nos une Chaff y Haymitch, pero nadie habla en nuestro camino a los ascensores. Vale, quizá fui un poco brusco pero, supongo, todo es tan reciente con Haymitch que no soporto estar cerca de él, ni su voz, ni sus bromas, nada. Y mucho menos su actitud. En cuanto entramos al ascensor, justo cuando la puerta está por cerrarse, una mano con largas y femeninas uñas color café, la detiene y logra colarse junto a nosotros.

Un escalofrío atraviesa mi espina dorsal en cuanto la reconozco. Johanna Mason, del Distrito 7. Madera, papel y hachas. Hachas capaces de cortar, mutilar y matar personas con una agilidad digna de una verdadera asesina. Desde el momento en que vi la grabación de sus Juegos, supe que no querría enfrentarme a ella bajo ninguna circunstancia. Es curioso, hasta increíble, pero teniendo en cuenta que competiremos con una bola de asesinos, es ella la única que logra provocarme un terror absoluto. La chica enclenque e indefensa que convirtió la fase final de su edición en una carnicería. La chica de 15 años falsa, manipuladora y letal que… que me recuerda a Katniss.

Basta, Peeta, me digo, y trato que mi terror no sea evidente. Si percibe que le temes, puedes considerarte hombre muerto desde ya.

— ¿No les parece un traje horrible? —Chilla en cuanto la puerta del ascensor se cierra, quitándose un tocado de ramas con hojas en la cabeza y lo tira detrás de ella sin molestarse en ver dónde cae—. Mi estilista es la persona más idiota del Capitolio. Nuestros Tributos llevan siendo árboles cuarenta años seguidos por su culpa. Ojalá me hubiera tocado Cinna. Estás estupenda —le dice a Prim, pero en sus ojos veo una envidia tal, que casi estoy esperando que saque un hacha de la nada y ataque a mi compañera para quitarle el vestido.

—Gracias. Tú…

—Y dime, ¿qué piensas de que todo mundo en el Capitolio quiere acostarse contigo? —corta cruelmente lo que sea que Prim le fuese a decir, con esa insinuación que me revuelve el estómago. Por segunda vez, mi compañera se tensa, palidece y sus ojitos se llenan de lágrimas. Me apuesto lo que sea a que recordó lo que nos contó Haymitch sobre los Patrocinadores.

—Yo no…

—No estaba hablando contigo, Mocosa —le espeta, bajando la cremallera de su atuendo, quedando completamente desnuda, salvo por sus zapatillas—. Así está mejor —se vuelve hacía mí, mirándome de una extraña forma que no logro precisar—. Te hablaba a ti. ¿Qué crees que piense tu prometida al saber que todo mundo quiere acostarse contigo, rubio? Bueno, no es que importe mucho, en realidad. Me apuesto lo que sea a que su preocupación es otra, ¿no es cierto? Me imagino que está destrozada porque la boda, probablemente, no se realice. Es una pena, se le veía tan enamorada de ti, que casi me echo a llorar cuando trató de detenerte en la Cosecha. O quizá no podía creer que por culpa de la llorona de su hermanita —señala a Prim sin mirarla— iba a perder al amor de su vida. Qué tragedia, ¿no es así?

—Sería una verdadera tragedia que te mate aquí mismo si no cierras la maldita boca —amenazo, duro; el terror que me provoca esfumándose por completo y sin importarme que los presentes sean testigos de mi arranque. No puedo negar que sus palabras calaron hondo, no sólo por el hecho de insultar a Prim, sino por la burla en su voz al referirse a Katniss y su amor por mí. Es casi como… como si supiera que todo fue una farsa, que ella logró ver la completa indiferencia de Katniss hacía mí a través de una pantalla, y yo, como el completo estúpido que soy, y que la tuve frente a mí tanto tiempo, no fui capaz de hacerlo.

Decir que acaba de herir mi orgullo es poco. Aceptar que duele incluso más que cuando me enteré, también sería decir poco.

—No te enfades, rubio —dice, después de soltar tremenda risotada, y acercándose sugerentemente a mí, hasta el punto que sus pechos desnudos reposan en el mío—. Solamente bromeaba. Pero, en verdad —se acerca tanto que sus labios casi entran en contacto con los míos, sin ninguna pena, pudor o recato—, siento mucho lo de tu boda. Los dos deben de estar sintiéndolo mucho.

Y la puerta del ascensor se abre, en el séptimo piso, y Johanna Mason se da la vuelta y sale, tan normal como si andar desnuda por ahí no supusiera problema alguno.

Después de eso, nadie habla. El silencio tenso sigue presente cuando Seeder y Chaff bajan en sus respectivos pisos. Ninguno nos miró o se despidió.

— ¿Estás bien? —pregunta Prim nerviosa, después de compartir una mirada significativa con Haymitch.

—Perfecto —contesto, sonriéndole, y saliendo del ascensor.

En cuanto ponemos un pie fuera, el ascensor de al lado se abre, revelando a nuestros estilistas y a Effie.

—Ya es hora de la repetición, niños —canturrea Effie, emocionada a más no poder—. Vayamos a verla y después celebraremos con una suculenta cena. ¡Vamos, vamos!

Ni siquiera nos permiten ir a cambiarnos y retirarnos el maquillaje. Todos parecen contentos. Demasiado diría yo. Nos sentamos en el salón –yo lo más alejado posible de Haymitch, colocado estratégicamente entre Prim y Effie-, y disfrutamos de la repetición.

La verdad que ahora entiendo por qué la emoción. La mayoría de los Tributos siguió la línea habitual en su vestimenta. Nada fuera de lo común a otros años, o por tratarse de un Vasallaje. Todo es correcto y con el toque justo de extravagancia. Pero en el momento que aparecemos Prim y yo, todo cambia. La multitud no sólo se tira de los pelos y berrea como me percaté, también se desmayan, lloran a mares, sin importarles que el maquillaje se les estropee. Por lo que comentan Claudius y Caesar, aún se encuentran conmocionados por mi decisión de ofrecerme Voluntario, dejando atrás a la chica de la que he estado enamorado desde niño. Si supieran. Caesar explica, con lenta calma y abanicando sus ojos con una mano para ahuyentar las lágrimas, que su teoría es que, como bien Katniss lo dijo en su entrevista del año pasado, cuando quedábamos sólo ocho Tributos, Prim era lo que más amaba en el mundo, y yo, por amor, decidí regresar a Los Juegos para protegerla y devolvérsela a su hermana, demostrándoles así, la prueba de amor más grande que se ha visto en la historia de Panem.

Se parece tanto a la versión que le conté a mi equipo de preparación, que no me sorprendería que ese trío haya tenido una charla con Caesar. Eso es bueno, supongo.

Entonces me concentro en nuestra apariencia. Prim, se ve preciosa y despampanante desde el momento de su aparición. Yo, simple, en comparación, pero destilo un aura de peligro que me emociona. Es tan diferente verme como un espectador, y el impacto en las emociones también lo es. Soy tan oscuro, tan indiferente, casi arrogante, que mi apariencia en lugar de parecer algo negativo, transmite intriga pura. Como si todo mundo quisiera saber qué piensa, qué siente, qué pasa por la cabeza del Trágico Amante del Distrito 12, y fuese vital desenterrar ese secreto.

Parecerá un poco soberbio, pero yo nos patrocinaría si fuese un habitante de la capital.

Y después, las llamas brotando y envolviendo mi cuerpo justo en el momento que el Presidente iba a dar su discurso. Su breve, pero visible gesto de repudio, no hace más que llenarme de orgullo, así como el hecho de que nuestra lucha de miradas haya sido editado. Pierdes y ganas, me repito, sintiendo esto como un pequeño triunfo.

En cuanto termina la repetición, nos asalta una ola de aplausos y felicitaciones por parte de Effie y los estilistas, animándonos a ir al comedor para celebrar nuestro arrollador éxito en el desfile. Nada más entrar al comedor, el ambiente festivo cambia a uno casi funesto. Primero, Haymitch se pone serio y se tensa tanto que es demasiado cómico. Después, Effie también se queda muda, mirando fijamente detrás de mí, como tratando de encontrarle sentido a lo que ve, incluso entorna los ojos. Y, entonces, sus pupilas muestran un total reconocimiento, y un gritito de terror brota de su garganta al mismo tiempo que palidece, tanto que da la impresión de que en cualquier momento se va a desmayar.

Me vuelvo, listo para atacar a lo que sea que haya asustado así a Effie y dejado serio a Haymitch. Pero el golpe lo recibo yo. Es tan doloroso y avasallante que doy un paso hacia atrás, como si de verdad me hubiesen tocado.

Se escucha otro gritito, ahora de mi compañera, porque acaba de ver lo mismo que yo.

Noto como un escalofrío me recorre, porque la persona que ven mis ojos no debería estar aquí. No porque su lugar es en el 12, a salvo, siendo fuerte y sonriéndole a todo mundo aunque no hubiese motivos. No porque ese uniforme blanco sólo me indica que Snow va un paso por delante de mí.

Nuestra nuevo avox es mi fiel e incondicional amiga Delly.

—Peeta… —escucho la voz de Haymitch en mi oído pero no distingo muy bien lo que dice, siento sus rechonchos brazos sosteniéndome por detrás, rodeando mi pecho, huelo su ya permanente aroma a alcohol; veo los ojos vidriosos de mi amiga que miran directamente a los míos, llenos de miedo, de preocupación, de tantas cosas que tengo que apartar la mirada porque no lo soporto.

Y me doy cuenta de que estoy en el suelo. No recuerdo haberme caído, supongo que es por eso que Haymitch me sostiene. Es por eso que la cara de preocupación de Effie no sale de mi campo de visión, preguntando cosas como si me siento bien o si es necesario llamar a un doctor, o exigiendo saber qué pasa y porque ésta muchachita se encuentra aquí.

—Por mi culpa —murmuro—. Está aquí por mi culpa…

Pensé que vendría un ataque de histeria, o de pánico, pero mi única reacción es permanecer quieto, mirando las baldosas blancas fijamente, y sentir el dolor en silencio, acompañado de una fuerte impresión. Delly, mi amiga que le encantaba decir que éramos hermanos, quien jugaba conmigo, quien pasaba horas junto a mí haciendo figurillas de masa, quien se echaba la culpa de mis retardos a casa porque yo me quedaba un rato más en la escuela hasta que veía a Katniss, quien no me rechazó después de mis primeros Juegos, quien… quien… A quien traté de mantener a salvo pero tampoco pude.

—Delly —soplo más que hablo; el aire no llega a mis pulmones como debería. La miro, parada en el mismo lugar, en la misma posición; muda, esperando a recibir órdenes, sin su habitual sonrisa, con la certeza de que nunca volveré a escuchar esa voz tan chillona que a veces me desesperaba y que ahora echo de menos—. Lo siento, lo siento tanto. Perdóname, por favor…

Está viva, Peeta. Está viva. Cuando pierdes ganas, ¿recuerdas?, habla una voz en mi cabeza, tratando de ser positiva, pero hay otra voz que me dice que no hay nada positivo en esto. No ganas, solamente pierdes y pierdes porque Snow se ha asegurado de ello. Sólo te queda devolver el golpe, y devolverlo con fuerza. Venganza, Peeta, venganza…

Ignoro la forma en que me vengaré, pero sé que lo haré; y también sé que la opción de quedarme aquí, tirado, consumiéndome por el dolor, no es la opción. Así que me levanto, zafándome del agarre de Haymitch, apartándome de Effie, y encontrándome con los ojos llorosos de Portia.

— ¿Sabes quién es? ¿La reconoces? —le pregunto a mi estilista, con voz hueca, señalando a mi amiga. Ella asiente—. Te equivocas conmigo. Por cosas como está, soy capaz de odiar, y créeme, lo hago…, y no es algo que me apetezca dejar de sentir.

Sentenció, y me dirijo a mi antigua habitación sin mirar atrás, descargando toda mi rabia contra todo lo que encuentro. No me importa romper espejos, vaciar cajones y desperdigar ropa; tirar burós o romper los cuadros que cuelgan. No me interesa en absoluto golpear la pared y lastimar mis manos.

No me interesa nada porque me doy cuenta que con las manos vacías es más fácil cerrar los puños y golpear.

Con las manos vacías es más fácil darte la vuelta y hacerle frente a aquello que te persigue.

Llora, Peeta, saca todo eso que sientes. Desahógate, revuélcate en tu miseria… Y después, como te dijo Prim, sigue adelante, susurra de vuelta esa voz, pero la otra, la más fría, regresa y me ordena lo contrario. No llores, Peeta. Siente el dolor pero no lo conviertas en lágrimas. Siente la pena pero no la conviertas en palabras. Siente el odio vibrar por tus venas…, y deja que todo arda.

Y, entonces, comienzo a reír histéricamente. Río como un poseso porque no es normal que dos voces habiten mi cabeza y me digan qué hacer, ¿verdad? Tampoco es normal que me eche a reír en un momento de crisis, ¿cierto?

—Me estoy volviendo loco, ¿real o no real? —musito.

No real, Peeta, dice una. Real, Peeta, real, sólo necesitabas un empujón. Abraza la locura y déjate llevar, contesta la otra.

No sé qué pasó; supongo que le hice caso a la segunda voz y me deje llevar… O, entonces, ¿por qué veo lenguas mutiladas que brotan de las paredes? ¿Por qué trato de detenerlas y mis manos arden a su contacto? ¿Por qué lloro cuando las veo?

¿Por qué me siento tan terriblemente triste en vez de huir despavorido?

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Antes que todo, quiero contestar a dos reviews.

1.- Rafael, leí tu review pasado y te busqué en facebook, pero, vaya, me salen como dos, tres, siete, usuarios con el nombre que me proporcionaste y no sé cuál seas tú :( Para más fácil, puedes proporcionarme algo más específico, tu correo o abrir una cuenta en FF. para contactarnos sin fallas.

2.- Ady Mellark87, para nada me molesta tu comentario y la forma en que percibes el fic y mi crueldad para con Peeta. Sí, tienes razón, es un personaje que me encanta, pero mi defensa y/o justificación es ésta: Collins creó un mundo apocaliptico y terrorífico; menciona la crueldad, el horror, la mano dura de un dictador, pero si te soy sincera, me parece que fue muy suave en su historia dadas las características anteriormente mencionadas. Si algo creo yo, es que una persona como Snow, descrita como inescrupulosa, haría todo lo posible por aplastar, arrasar, herir, golpear con fuerza, sin delicadeza y con toda la saña a quien considera un verdadero enemigo y gran problema para su tiranía. Los tintes que vimos en la historia original fueron eso, sólo tintes y no profundidades ante un contexto monstruoso. Repito, sí, amo a Peeta, pero no puedo ser condescendiente ni amable con él por eso mismo. Estamos en un escenario de guerra, opresión, maldad y demás sinónimos, y si se tiene que hacer trizas al enemigo, es lo que se hará.
Con esto no digo que mi palabra sea ley, pero es como yo, en lo personal, percibí el contexto de Los Juegos del Hambre. Trato de ser lo más realista posible, aunque parezca sádico.

Bien, ahora es momento de las aclaraciones no solicitadas.

Una enorme disculpa por la tardanza. Demasiados cambios en mi vida me hicieron un poco lenta al escribir.

Otra enorme disculpa si el apartado de Haymitch fue un poco suave, tratándose de él, pero es lo que se me ocurrió y salió. Además, creo que no todo puede ser ironía en él.

Otra disculpa más enorme que las anteriores por lo de Delly, pero como dije más arriba, estamos en un contexto caótico, y cada quien peleará con las armas posibles y echará las cartas sobre la mesa.

Respecto al fic de cuatro drabbles llamado Días Oscuros que algunos muy amablemente le dedicaron un poco de su tiempo para leer y comentar, quiero aclarar que sí, se trata de un reto y no escribiré nada más sobre ello... por ahora. La idea de ese fic ya llevaba mucho tiempo rondando mi cabeza y este fue el momento adecuado para semidesarrollarla. La terminaré, sí, pero no en lo inmediato, al menos no hasta que termine ésta de En Llamas, pero consideren esos breves capítulos como un epílogo. ;)

La parte final, donde Peeta escucha dos voces y entra en un tipo de alucinación, tómenlo como un brote psicótico. El muchacho ha estado bajo mucho estrés y, en algún mmento, su mente lo iba a resentir. Su equilibrio mental se iba a quebrar y, por lo que sé, esa es una de las causas que provoca un brote. No estoy muy segura, pero, bueno, dígamos que me tomé una licencia creativa en ese tema. Prometo que más adelante explicaré el por qué y cómo encaja; aunque quizá alguien -o algunos- suspicaz, adiviné mis intenciones desde ya.

Por último, muchas, muchísimas gracias a todos por sus reviews, me animan a seguir y a saber que no voy tan mal en esto de la escritura. sepán que aunque no los conteste -más por falta de tiempo que por otra cosa- los leo todos, toditos, y no sólo una vez, y los tomo en cuenta y valoro en demasía. Gracias, gente, los amo.

Y, ahora sí, qué les pareció el capítulo? Les gustó, lo odiaron? Qué piensan de las modificaciones? Déjenme saber sus impresiones en un lindo review ñ_ñ

Nos leemos pronto.