Órdenes

La capucha le cubre el rostro, pero por debajo de este, sus ambarinos ojos brillan con una mezcla de alivio y reproche. Por acto reflejo, estrecho protectoramente a Lía contra mi pecho y retrocedo un par de pasos. La mirada de Tai Lung se oscurece ante aquel gesto. Se endereza, aún con una mano sobre sus costillas izquierdas, justo donde le he golpeado, y se acerca hasta tomar mi rostro entre sus manos, cálidas y suaves, acaricia mi mejilla y ladea mis rostro hacia ambos lados, como si buscara algo. No sé qué decir. ¿Qué hace él aquí? Se supone que está lejos. Se supone que se iría. ¡Me lo prometió! Él no debería estar aquí, si Po o cualquiera lo ve… No quiero ni imaginarlo. Mis piernas tiemblan y otra vez, siento mi cabeza dar vueltas. No, no quiero marearme, no ahora. Apenas si puedo pronunciar su nombre y ni siquiera puedo hacer que la voz no me tiemble. Demonios, debo parecer una tonta.

Entonces, Lía ríe en mis brazos y se retuerce, inquieta, hasta que Tai Lung baja una mano y le regala una suave caricia entre las orejas. Mi pequeña ronronea.

—Tigresa… —Hay reproche en su voz— ¿Qué haces con Lía por estos lados? Como… ¿Cómo demonios se te ocurre salir sola? ¡Y con la bebé!

—Yo… Yo… No… Po… Shifu… La carta… Tu…

No puedo ni pensar una palabra coherente, mucho menos pronunciarlas. Estoy temblando. Un angustiante nudo presiona en mi garganta y la mandíbula me tiembla. Presiono a Lía contra mi pecho, como si eso fuera a calmar aquella sensación de opresión, y en cuanto Tai Lung me rodea con sus brazos, ya no puedo contenerme. Las lágrimas corren sin control por mis mejillas, empapándolas, y mi pecho se sacude con los hipidos contenidos. No son solo sollozos. No puedo dejar de llorar, con el rostro hundido en el pecho de mi leopardo. Tai me estrecha contra él, sin apretar a Lía, que se acurruca cómodamente entre nosotros, mientras una de sus manos frota mi espalda y la otra acaricia entre mis orejas. Sostengo a Lía con mi brazo izquierdo y con el derecho, rodeo la cintura de Tai Lung, acercándolo a mí, aferrándome a él y llorando todo lo que he retenido esta noche.

No sé cuánto tiempo permanecemos ahí, no me molesto en contarlo, pero Tai Lung no afloja ni un poco su abrazo, no dice nada, no hace más que frotarme la espalda para tranquilizarme. Poco a poco, el llanto pasa a ser sollozos bajos y estos a ser hipidos. Entonces, sus brazos aflojan el agarre y me sujeta de los hombros, apartándome unos centímetros para verme al rostro. Sus ojos me observan, duros, severos, pero tiernos y cálidos a la vez. Hay cierto reproche en su mirada, pero a la vez, también preocupación.

Su mano derecha acuna mi mejilla, acariciándola con el pulgar, y sin decir nada, se inclina hasta besar mis labios. Un beso corto, ligero, suave, para luego besar mis mejillas, mi frente, mis ojos. Mi rostro entero. Entonces, las manitos de Lía se interponen entre nuestros labios, justo a milímetros antes de besarnos. Sonrío, con la manito de mi hija sobre mi boca, y le beso suavemente la palma, haciéndole cosquillas. Lía ríe y aparta su manito.

—Niña mala —Reprende Tai, con una ladina sonrisa.

Se inclina y le da una pequeña y juguetona lamida en la mejilla a Lía, que con un adorable puchero, chilla y se encoge sobre sus hombros, limpiándose el cachete con ambas manitos. No puedo evitar sonreír, un poco más calmada ya, al ver lo tierno que se ve.

—Tai…

—Ven. Tienes que calmarte… Y contarme que mierda acabas de hacer.

Se quita la capa y me la echa a los hombros, acomodándola de tal manera que me cubra los brazos y a Lía también. Mi pequeña asoma la cabeza por entre la tela y le dedica un ceño fruncido a Tai, pero él tan sólo murmura que no deben verla y vuelve a cubrirla. Lía se acurruca en mis brazos y con sus manitas, se aferra a mi chaleco. Lo observo, sin atreverme a preguntar a dónde vamos. Solo dejo que coloque un brazos sobre mis hombros, arrimándome posesivamente hacia él, y me guie por la solitaria calle en la que va a parar este pequeño callejón.

Miro a mi alrededor, en silencio. Casas pequeñas, del mismo material que todas en el valle, pegadas las unas a las otras, algunas con pequeños callejones a su lado. No hay nada que distinga este lugar de cualquier otro, ningún negocio o plaza que diga que es diferente. Sin embargo, por encima de los techos de aquellas viviendas, se ve los altos tallos de bambú del bosque. Estamos en los límites del valle, aunque a lo lejos, aún se oye la música del festival. ¿Hasta qué hora seguirá aquello? Tai Lung murmura cerca de mi oreja, pregunta si estoy bien, a la vez que da un suave apretón a mi hombro. Trago grueso, tratando de pasar el nudo que se ha formado en mi garganta, y asiento. No quiero hablar, sé que si lo hago mi voz sonará temblorosa. Lía se remueve bajo la capa, acomodándose en mis brazos, pero no da más señales de estar presente.

Finalmente, llegamos a lo que parece una posada, pues para ser una casa es muy grande. La puerta y las ventanas están cerradas, pero por los bordes de estas, se puede ver luz. Desde adentros se escuchan murmullos. Nos detenemos frente a la puerta de madera, donde hay un cartel con las palabras "La Cueva", y Tai Lung voltea a verme.

—Escucha. No preguntes, no mires, no hables. Mantente callada —Me advierte.

Asiento. Él sonríe, besa mi mejilla y sin decir nada más, abre la puerta.

La sala es pequeña. Hay sillas esparcidas y un par de sillones junto a una mesita de centro, sobre un tapete color verde. Al fondo, un par de leopardos hembras hablan animadamente, sentadas detrás de un alto escritorio de madera. Arrugo el entrecejo. ¿Dónde carajos estamos? Tai Lung no me mira, ni siquiera de reojo. Cierra la puerta tras de nosotros y con un brazo aún sobre mis hombros, camina hacia el escritorio de las féminas, quienes por cierto no me parecen muy decentes con sus pequeños kimonos rosa y azul… Rameras. Es lo primero en lo que pienso.

Ambas voltean a verme y sus ojos brillan al ver a Tai Lung, aunque inmediatamente arrugan el entrecejo al verme. No me gustan sus miradas, pero mantengo la barbilla en alto y se las sostengo. Por acto reflejo, presiono a Lía contra mi pecho, asegurando que la capa la cubra por completo. Ellas sonríen, con cierta malicia que dan ganas de arrancarles la yugular, y cuando Tai se detiene frente al escritorio, ellas se inclinan sobre este, apoyándose sobre sus codos y exhibiendo "casualmente" aquel busto oprimido por seguramente unos muy ajustados corsés.

—Luang…

—Mis llaves.

La mirada de Tai Lung es fría y su voz cortantes. Inmediatamente, cualquier brillo en las miradas de aquellas dos desaparece. Admito que no puedo esconder una ladina sonrisa ante ello. Con un bufido, una de ellas lleva una mano por debajo del escritorio y luego deja sobre este un par de llaves. Tai las recoge y sin siquiera mirar a las felinas, me dirige por la sala hasta las escaleras que se encuentran contra la pared izquierda. Ninguno dice nada y ya tan solo la sigo, consciente de aquellas miradas femeninas sobre mí. Nunca he sido competitiva respecto a otras mujeres, pero por alguna razón, no puedo evitar devolverles la mirada y arquear una ceja. Zorras.

De reojo, veo que Tai Lung sonríe. Gruño y hundo mi codo debajo de sus costillas, a lo que él tan sólo emite una risa nasal. Subimos las escaleras, que dan a un extenso pasillo, con puertas a ambos lados de este, y caminamos hasta llegar a la última, al fondo. Tai Lung me mira. Sonríe y me quita el brazo de encima, para luego echar la capa detrás de mis hombros, destapando a Lía, que se ha quedado dormida con el rostro sobre mi pecho. Besa mi frente y si gira para abrir la puerta… Está demasiado meloso y eso solo significa una cosa: Sabe que ha metido la pata hasta el fondo. Él no debería estar aquí, pero está, y sabe que haga lo que haga, de mí no se libra.

—No me mires así. Te lo explicaré.

Jodido lector de mentes. No contesto. Ruedo los ojos y lo entro al cuarto. De repente, estoy molesta y cuando intenta colocar una mano sobre mi hombro, se la aparto de un zape. El lugar no es pequeño ni grande, de tamaño mediano. En el centro, un amplio tapete rojo, sobre el cual hay un sofá y dos sillones individuales, que rodean una rectangular mesita de centro. En la pared frente a mí, hay una amplia ventana con cortinas blancas, con dos bibliotecas repletas, uno a cada lado. Las paredes están decoradas con pequeñas pinturas de paisajes del valle. Hay dos puertas más, una en la pared a la derecha y otra en la izquierda.

No digo nada y tan solo me quedo parada, observando el lugar. De seguro ha estado aquí durante este último mes. Tai Lung se detiene detrás de mí y me quita la capa, para luego dejarla sobre uno de los sillones. Se detiene frente a mí y cuando quiero verle los ojos, él agacha la cabeza. Arrugo el entrecejo, molesta. Odio que me rehúyan la mirada. En un murmullo, me pregunta si quiere que deje a Lía en la cama, señalando la puerta contra la pared a la izquierda, la cual aparentemente es el cuarto. Estoy por decirle que no, pues realmente no quiero que cargue a Lía, pero un nuevo mareo me hace cambiar de opinión. La cabeza me pesa y tengo la sensación de que si doy un paso, caeré de rodillas, así que tan solo asiento. Tai Lung toma a Lía en brazos, con cierta delicadeza rara en él, se cuelga el bolso al hombro y se dirige al cuarto.

Una vez que ha desaparecido de mi vista, me voy a sentar en el sofá, subiendo los pies y abrazando mis piernas flexionadas contra el pecho. Estos mareos comienzan a preocuparme. Mis párpados se sienten pesados y de repente, tengo mucho sueño…


Tengo hambre… Me duele la cabeza… Hambre… Más hambre… ¡Puaj! Huele a dulce… Se me fue el hambre… Quiero vomitar.

Arrugo el entrecejo, ignorando el desagradable picor en mi nariz por aquel aroma dulce, y me acurruco aún más bajo la manta que me cubre. ¿En qué momento me he acostado? No lo recuerdo, pero tampoco me importa. No me molesto en abrir los ojos. Estoy demasiado cómoda como para hacerlo. Siento todo el cuerpo pesado, adolorido, y la cabeza me palpita. Me remuevo bajo el agarre de un brazo grande y fuerte, y mi espalda choca con el pecho de un cuerpo mucho más grande que el mío. Por unos segundos, el agarre a mi cintura me molesta, pero siento todo mi cuerpo relajarse al reconocer al dueño de aquel brazo. No recuerdo donde estoy, ni qué hago con él, pero de repente, es como si eso no importara. Tan solo puedo pensar en su mano, que se posa sobre mi abdomen por debajo de mi chaleco, y en su cola enroscada a la mía. Siento su respiración en mi cuello, lenta y acompasada, acariciando mi pelaje, y de vez en cuando, también lo escucho ronronear. Esta dormido.

Entonces, a medida que la tranquilidad inicial de estar adormilada va pasando y voy espabilando, varias imágenes de lo sucedido llenan mis pensamientos. Shifu, sus palabras, la carta, Po, Lía, Grulla, su mirada altiva y arrogante. Un nudo se atasca en mi garganta al recordar al ave y mi estómago se retuerce. Aún con los ojos cerrados, estos se llenan de lágrimas, y algunas corren por el costado de mi rostro hasta mojar el sofá en donde me he quedado dormida anoche. Me acerco más al cuerpo de Tai Lung y sujeto el brazo que me hace de almohada entre los míos, aferrándome a este y abrazándolo contra mi pecho. Tai Lung no despierta, pero me estrecha protectoramente en sus brazos y su pierna rodea las mías. Podría decir que el abrazo es casi aplastante, pero no me molesta, necesito aferrarme a alguien.

—Ya no llores.

La voz de Tai Lung me hace pegar un respingo. Pensé que estaba dormido. Su mano se zafa de mis brazos y me limpia las lágrimas, para luego abrazarme y besa mi mejilla. No contesto y tan solo me dejo abrazar, llorando, con el rostro oculto en la cara interna de su codo. Tai Lung murmura cerca de mi oreja, me pide que me calme, que ya no llore, pero simplemente no pudo evitarlo. Suelo mantener mis sentimientos para mí, suelo reprimir algunos, porque no quiero que los demás me vean como alguien débil, pero ya no puedo. Tai Lung… No puedo fingir con él. Estoy mal. Me duele todo lo que ha pasado, me duele el desprecio de Shifu, me duele saber que no puedo volver al lugar que por años consideré mi hogar.

No puedo contener los hipidos. Tai Lung me estrecha contra él y sus brazos se tensan a mi alrededor cada vez que me oye sollozar. Su abrazo es protector, me brinda la sensación de seguridad, de estar protegida, como si por un momento, todos los problemas se acabaran. Es un respiro, un descanso de la realidad, en donde puedo pensar claramente.

—No sé qué haré —Murmuro, luego de unos minutos de silencio— Po debe estar furioso porque me llevé a Lía, Shifu no dejará de buscarme y…

—Debes volver —Me interrumpe Tai.

Por un momento, creo que he escuchado mal. De todas las personas, creí que quien menos me diría aquello sería él.

Aparto su brazo de mi pecho y giro hasta quedar boca abajo, apoyando los codos en su pecho y reincorporándome sobre él para verle el rostro. Sus manos me sujetan la cintura y jala de mí, de tal manera que él se acomoda boca arriba en el sillón y yo quedo encima suyo. Nuestros pechos pegados, mis rodillas a cada lado de sus piernas, sus manos sujetan mis muslos y lentamente, se deslizan hasta mis caderas, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sus labios buscan los míos y no dudo en corresponderle. Un beso lento, tierno, lleno de cariño y cierta angustia por parte suya. Cierro los ojos y tan solo le sigo el ritmo. Las lágrimas caen silenciosas por mis mejillas, humedeciendo las de él también.

—Tigresa, no puedes irte del palacio —Murmura al cortar el beso, con la frente pegada a la mía— Piensa en Lía, en como esto le afectará a ella.

—No puedo volver…

—¿Por qué no? —Me observa, con sus ojos ambarinos fijos en los míos, y su entrecejo arrugado— ¿Que ha pasado, Tigresa?... ¿Por qué te has ido?

Sube una de sus manos hacia mi rostro y acuna mi mejilla en ella, acariciándome el pómulo con el pulgar. Ladeo la cabeza contra su palma y me permito un bajo ronroneo, disfrutando la tierna y suave caricia. Siento mis párpados pesados, otra vez, y veo que Tai Lung sonríe por mi reacción. Con mimo, desliza sus nudillos por mi mejilla y yo inclino la cabeza a un lado, cuando baja por mi cuello, haciéndome cosquillas, hasta llegar a mi hombro y colocar la mano tras mi nuca. Lo observo, sintiendo mis mejillas arder, y sonrío al notar su cálida mirada. Me siento más tranquila, más relajada. Tomo una bocanada de aire, llenando mis pulmones a tope, y lentamente lo exhalo…

No se por dónde empezar, no tengo ni idea de cómo logro hacer que mis recuerdos de esta noche tengan coherencia en mis tartamudeantes y temerosas palabras. De alguna manera, le cuento todo lo que ha pasado. Poco a poco, la mirada de Tai Lung se ensombrece y su mandíbula se tensa. Está furioso. Pero no me detengo por ello. Ya no me asusta él, ni sus cambios de humor o arranques de ira. Sigo hablando, fingiendo que no me he dado cuenta de cómo sus manos se tensaron sobre mis caderas al oír que Grulla lo sabía todo y que me delató ante Shifu. Omito la cachetada de Shifu, omito la parte en que no me dejaron ver a Lía o salir del cuarto. Eso no es importante.

Al final, me queda callada, con la mirada fija en su pecho, en donde mis manos trazan líneas irregulares sobre su pelaje. Tai Lung está demasiado tenso y el agarre a mis caderas comienza a ser doloroso. Cuando levanto la mirada, sus ojos son duros y severos. No puedo evitar tragar grueso.

—Tai…

No me deja hablar. Se levanta y me hace a un lado, dejándome sobre sentada a un lado en el sillón. El repentino alejamiento me produce cierta sensación de opresión en el pecho, lo quiero cerca, necesito que me abrace, que me bese y me diga que todo está bien. Pero Tai está demasiado alterado y decido tan solo observarlo caminar de un lado a otro por la sala. Gruñe, murmura mil y un maldiciones, se pasa las manos por la cabeza y su cola serpentea nerviosamente en el aire. Demonios, debe calmarse.

—Tai —Llamo.

Ni siquiera parece escucharme.

Hago a un lado la manta y me levanto. Camino hacia él, dudando un par de veces sí es seguro o no, lo sigo por el cuarto, dando un par de vueltas con él, llamándolo, pero al ver que ni siquiera me presta atención, estiro una mano para sujetarle el hombro. Sin embargo, apenas le rozo con la punta de los dedos, él gira sobre sus pies y con un brusco movimiento de su brazo, aparta mi mano. Sus fosas nasales están dilatadas y sus ojos parecen, duros y severos, parecen arder en llamas. Gruñe, dejando ver los dientes, y por acto reflejo, retrocedo un par de pasos, abrazándome el abdomen, sujetándome los brazos solo por no saber dónde colocar las manos.

Inmediatamente, su mirada se ablanda y le cambia el rostro.

—Lo lamento —Murmura— Lo siento, Tigresa, no quise…

Sin darme tiempo a reaccionar, sus brazos me rodean y aprisionan en un protector abrazo, estrechándome contra su pecho. Por unos segundos, me mantengo quieta, aún con los brazos cruzados sobre mi abdomen, mientras que Tai Lung se aferra a mí con algo de fuerza excesiva y esconde su rostro en mi cuello. El pelaje de su pecho me hace cosquillas en la nariz y no pudo contenerme de inhalar su aroma hasta llenar mis pulmones, para luego exhalarlo lentamente por la boca. Le rodeo la cintura con los brazos y apoyo la frente en su pecho, ocultando mi rostro en él.

—Vi a Grulla —Lo escucho murmurar. Por un momento, no sé muy bien de qué me habla— En la mañana, cuando te fuiste, me lo encontré cerca del prado. Él te había seguido.

El nudo vuelve a ceñirse en mi garganta.

—Y… Y… Q… ¿Qué pasó?

—Se escapó.

—Oh.

Los brazos de Tai se tensan a mi alrededor y yo froto mis manos por su espalda, logrando que se tranquilice.

Y de repente, sin previo aviso, me siento mareada. Demonios. Me aferro a él con mis brazos, intentando mantenerme de pie, pero mis rodillas tiemblan demasiado y terminan por doblarse. De no ser por los brazos de Tai, que inmediatamente afirman su agarre, hubiera caído de todos modos. Sin ningún esfuerzo, me levanta en sus brazos y luego me deja sentada en el sillón. Me obliga a agachar la cabeza y yo cruzo los brazos sobre mis rodillas, recargando la frente sobre estos. El mareo no se va y es demasiado fuerte. Tai me pregunta que me sucede, pero cuando quiero contestar, ni siquiera yo logro oír mi propia voz, así que él simplemente calla y sentado a mi lado, espera a que se me pase.

Con una de sus manos me frota en círculos la espalda, mientras que la otra sostiene con fuerza mi mano derecha. Poco a poco, demasiado poco a poco, el mareo va disminuyendo, hasta no ser más que una simple molestia en la cabeza. Me enderezo, pero me siento algo débil aún, así que recuesto la espalda en el respaldo del sillón. Tal vez, sí tenga que preocuparme por esto, tal vez si es grave. O tal vez solo es un poco de estrés. Aunque debo admitir que nunca he tenido problemas con eso. De hecho, no recuerdo haberme mareado alguna vez por alguna causa que no sea…

—¿Tigresa?

Tai Lung interrumpe mis divagaciones. Ladeo el rostro para verlo. Está sentado junto a mí, con el hombro recargado en el respaldo, y su mano derecha aún entrelazada a la mía. Como única respuesta, asiento, en señal de que lo escucho. Hay algo en su mirada que no me agrada. Su entrecejo esta tenso y su mandíbula tensa.

—¿Es la primera vez que te mareas? —Pregunta. Niego con la cabeza— ¿Hace cuánto?

Trago grueso.

—Tres días.

—¿Has ido al médico?

Mis mejillas arden y niego con la cabeza. No, de hecho, ni siquiera pienso ir. Detesto los chequeos con el médico.

—¿Algo más? —Pregunta. No comprendo— No sé, dolores, algo raro o que haya empezado junto a los mareos.

Ahora que lo pienso…

—Arcadas —Le digo, ni siquiera sé por qué— Hace más o menos tres días también. Aunque… ¿Huele a dumpling?

Si, definitivamente son dumplings… Y duraznos, pero más se sienten los dumplings. ¿De qué estaba hablando? Vuelvo a prestar atención a Tai Lung, pero cuando quiero volver a retomar lo que estaba diciendo, me doy cuenta de que ni siquiera lo recuerdo. Tai arquea una ceja y rueda los ojos. No dice nada. Se levanta del sillón y camina hacia la puerta que se encuentra en la pared de la derecha y entra, para salir unos minutos después con un plato lleno de dumplings.

Mi boca se hace agua y apenas los coloca en la mesita de centro, tomo uno y le doy un buen mordisco. Está delicioso. Como otro… Otro… Otro… Y entonces, antes de comer el cuarto, me percato de que Tai Lung está sentado en el sillón individual al otro lado de la mesa. Sus codos apoyados en sus rodillas y sus manos entrelazadas por debajo de la barbilla. Me observa, casi con diversión en sus ojos, y lo primero que hago, es estirar mi mano en su dirección, ofreciéndole el dumpling.

—¿Tú también quieres?

Me mira… Me mira… Y arquea una ceja. Entonces, niega con la cabeza y emite una risa nasal. Pero no hay rastro de diversión en esta. Es sin humor, casi amarga.

—No, todo tuyo —Contesta. Entonces, su semblante se vuelve tenso— ¿Puedo preguntarte algo?

—Lo acabas de hacer.

—Tigresa…

—Está bien, está bien —Levanto las manos en señal de paz, para luego comer de un bocado el dumpling— ¿Y ahoda e hide?

—Tigresa… —Tai Lung sonríe, una sonrisa amplia pero cansada— Traga primero.

—Listo.

—Mejor así —Contesta. Le enseño la lengua— Tu… ¿Que pasó entre el panda y tú?

Lo miro… ¿A qué viene esa pregunta? Hace rato, cuando le he contado todo, también le dije que Po y yo había terminado. ¿Qué más quiere saber?

—Te dije que terminamos.

—No, no de eso… —Resopla. Se endereza en el sillón y se lleva una mano a la nuca, nervioso— Luego de que estuviste conmigo… Este… ¿Pasó algo con el panda?

Comprendo y por un momento, tengo la urgente necesidad de aventarle el plato con dumplings a la cabeza. Pero Es lógico que quiera saber ¿No? Es decir, no está pidiendo que le diga cómo o cuando, solo quiere un "si" o un "no". Ni siquiera parece ser un reproche.

—No.

—Oh.

—¿Qué?

—No, nada.

Se pasa las manos por el rostro y se deja caer de espaldas contra el respaldo, entrelazando sus manos tras la nuca. Murmura algo, o eso creo, pero no alcanzo a escuchar qué. Es como si repitiera una y otra vez lo mismo. Parece nervioso, tal vez histérico, y la rodilla izquierda le tiembla. Arrugo el entrecejo. Tomo otro dumpling del plato y lo como con pequeños mordiscos.

—Dime Tigresa, por todo el amor que le tienes a tu hija, ¿No te ha dado algo de curiosidad saber el porqué de esos mareos?

Se endereza en el sillón y me observa, serio, pero con un tic nervioso en sus bigotes.

—Emm… ¿Debería?

¡Plaf!... La palma de su mano izquierda impacta en su frente.

—Tai…

—Volverás al palacio.

—¿Qué?

Pero antes de que responda, el llanto de Lía llama la atención de ambos.

Me mira y murmura un "yo voy", para luego levantarse del sillón y dirigirse al cuarto. Se nota tenso y su cola serpentea en el aire. Esta nervioso… ¿Tanto lío porque no he ido al médico? Pasan un par de minutos y no vuelve, aunque Lía ha dejado de llorar, así que decido levantarme e ir a la habitación. El cuarto es pequeño, pero parece acogedor, con la cama doble en el centro, contra la pared, las mesillas de noche a cada lado y unos pocos muebles que completan el cuarto. Hay otra puerta, frente a la cama y junto al armario, supongo que es el baño. Tai está parado junto a la cama con Lía en sus brazos, de espaldas a la puerta, por lo que no me ve llegar. Pero en cuanto quiero dar un paso más, sus orejas se mueven en mi dirección y rápidamente voltea.

Sonrío y él me devuelve el gesto, un poco más calmado, pero aún tenso. Lía ríe al verme y estira sus bracitos hacia mí, así que entro al cuarto y me acerco a Tai, que con delicadeza, la deja entre mis brazos. Ninguno dice nada. Lía hace a un lado el borde de mi chaleco, pidiendo que la alimente, y así lo hago. No me incomoda que Tai esté frente a mí, de hecho, ni siquiera me incomoda darle el pecho a Lía frente a alguien, aunque él sí parece algo incómodo y disimuladamente me volteo, dándole la espalda. Pero entonces, sus manos me sujetan la cintura y me acercan a él, pegando mi espalda a su pecho. Besa mi hombro descubierto y apoya la mandíbula en él.

—Sabes que te amo… ¿No? —Murmura.

Ladeo el rostro, apoyando mi cabeza sobre la suya.

—Yo también te amo.

Sus brazos me rodean la cintura, afirmando su agarre.

—Y sabes que tienes que volver al palacio.

—No, eso no lo sé.

—Tigresa, no estoy jugando.

—No pienso volver, Tai Lung —Replico, sin dudar. Ni siquiera él me convencerá de lo contrario— Allí ya no tengo nada. Shifu me odia, Po igual, y los chicos están en mi contra. Además… Me escapé con Lía ¡Me matarán en cuanto me vean!

Y es cierto… El simple hecho de haberme ido con Lía ya me condena. Po sería capaz de todo por su hija, incluso de ponerse en contra mía. Pero si lo he hecho, es porque no pensaba volver, porque estaba segura de que me iría lejos, de que no me encontrarían. ¿Con qué cara voy a volver? Tal vez ni cara debería tener ya. He hecho demasiado. Suspiro y llevo una mano para acomodarme el chaleco al ver que Lía parece haberse llenado ya. La pequeña nos observa, con sus enormes ojitos verdes, idénticos a los de su padre, brillantes y alegres. Sonrío y le acaricio la mejilla con la yema de mis dedos, logrando que ronronee. Ella no tiene idea de lo que pasa, es solo una bebé, y se ve tan contenta. Pero en algún momento sabrá que algo ha cambiado. Tal vez cuando esté en su cuna y no vea que su padre la arrulle, tal vez cuando extrañe la voz de Po o los cuentos de misiones que él le contaba. Lo extrañará, lo sé, pero no había otra salida.

Los brazos de Tai aflojan el agarre a mi cintura y rodea los míos, acunando a Lía contra mi pecho. Ella ríe y cierra los ojos cuando él le acaricia la mejilla.

—Tigresa… Hay formas de que vuelvas. Tengo una idea para ello.

—Te he dicho que no voy a volver.

No, no y… Entonces, Tai me gira en sus brazos, de tal manera que quedamos frente a frente. Rápidamente me suelto ¿Que se ha creído? Pero en cuanto retrocedo un paso, me sujeta de ambos hombros, sin lastimarme, pero si con la fuerza suficiente como para que no pueda moverme.

—No te estoy preguntando, Tigresa… Volverás al palacio. Te guste o no.

Continuará…