.

CAPÍTULO 13

Corazón roto

—¿Te vemos en la noche? Y no salgas con uno de tus putos pretextos, seguro te estás tirando a alguna vecina y por eso no sales de tu apartamento —Terry le echó humo en el rostro.

—Con quien coja, es mi problema. —Stear rio rodando los ojos.

—Así que lo admites… ¿Alguna tigresa? —Si supiera, pensó irritado. Saberla en su apartamento lo mantuvo toda la mañana aunque mucho más tranquilo y de mejor humor que las anteriores, un poco ansioso. De alguna manera deseaba que acabaran las putas clases y así poder contemplarla y tenerla solo para él, como se daba cuenta, comenzaba a gustarle.

—Eres una jodida caldera… Mejor ocúpate de ti y a mí déjame en paz —le dio otra calada, observando a Tony un tanto atento a su entorno.

—¿Y tú, qué se te perdió? —preguntó riendo. El chico de cabello rubios y ojos color azul, lo miró negando indiferente.

—¿Irás, o no? —interrogó a Terry como de paso bebiendo soda con desgarbo.

—No, este fin de semana no estaré libre —sus amigos lo observaron asombrados. Eso era ya demasiado atípico en él. No había sitio al que no fuera, antro en el que no lo conocieran, bar en el que no conversara con el gerente—. ¿Qué?, cosas familiares. ¡Maldición! —Se excusó, nadie pareció creerle.

—Y una mierda, tú te traes algo, hermano —soltó Anthony, burlón—, y te aseguro que tiene piernas largas y falda corta, probablemente sonrisa cachonda y…

—Vete al carajo, ¡no puedo y ya! —El motivo no tenía las piernas tan largas, mucho menos falda corta y de lejos portaba una sonrisa cachonda, no obstante, lo prendía más rápido que un montón de esas chicas dispuestas a todo, incluso embadurnadas en aceite, como era la fantasía de cualquier hombre.

—Tendremos que conocerla —bromeó Anthony con los demás.

—En serio necesitas una noviecita, amigo —rio Terry con cinismo, dándole otra calada—, tu puta melosidad le urge fuga, a mí déjame como estoy.

—No le des ideas, que lo perdemos, ya ves que está en la búsqueda de la «mujer ideal» —refutó Stear fingiendo aflicción.

—Púdranse —rio Anthony, sacándoles el dedo medio.

En cuanto acabó la última hora salió volado para el apartamento, nunca había tenido tanta urgencia de llegar a ese sitio.

Entró, todo en silencio. De inmediato, buscó con la mirada su mochila que dejó la mañana anterior sobre una silla. Sí, ahí seguía. Sonrió con alivio. Dejó las llaves y anduvo hasta su habitación. Candy de nuevo dormía vestida con la ropa que le compró, sobre las cobijas con el televisor encendido. Se sentó a su lado complacido y asombrado también de lo mucho que se había sumergido en esa inconsciencia las últimas horas, ignorando si sería lo mejor, pero creyendo, de alguna manera, que si lo hacía, era porque su cuerpo lo necesitaba.

—Pecas—susurró, acariciando su mejilla. Candy se removió, abriendo lentamente los ojos. Sonrió como una niña al verlo ahí, frente a ella. Se giró, perezosa, y al hacerlo, se quejó—. ¿Las revisaste? —Su tono ahora era de preocupación. Deseaba, de alguna manera, encerrarla en una burbuja de acero para que nada malo le pasara.

—Sí, pero no todas, no pude —admitió, acomodándose sobre el colchón.

—Espera —regresó unos segundos después con una cajita blanca. La misma que el día anterior, reconoció—. Túmbate, déjame verlas. —La chica obedeció mientras Terry la inspeccionaba y frotaba con manos angelicales las heridas—. Creo que van bien, se están secando… —su tío Robert era médico, prestigioso en esa ciudad, y aunque a él no le llamaba en lo absoluto la medicina, siempre era quien lo curaba cuando caía del rapel, o de sus excursiones en bicicleta de montaña. Por lo mismo sabía qué y cómo atender esas espantosas heridas que se encontraban en ese apetecible cuerpecito.

—Gracias —observó, alzando la mirada. Terry estaba a unos centímetros de su rostro concentrado en su deber. Al sentir sus ojos sobre sí elevó la cabeza. Sin más y con deliberada lentitud acunó su mejilla acariciando su piel y de a poco la fue acercando a sus labios. Sus alientos se mezclaron, la expectación creció hasta que sintió su roce cálido, casi suelta un suspiro de abandono al sentirlo tan cerca. Respondió de inmediato, como si eso fuera lo que estuviera esperando.

Saboreándola con calma, decidió que no debía avanzar, no veía la manera de hacerla suya sin lastimarla.

—Candy, no… —jamás pensó hacer algo como eso, pero ahí, en ese momento, en ese cuarto, en su entorno incluso, lo más importante era su bienestar. La chica aleteó sus largas pestañas, contrariada. Terry lo notó, su mirada dejaba de brillar en cuanto percibía el rechazo, comenzó a comprender. Sujetó su mentón con dulzura, intentado que en cada facción leyese el doloroso deseo que por ella sentía—. Acabarías gimiendo bajo mi cuerpo en menos de lo que piensas si por mí fuera, pecas. —Acarició su labio con el pulgar ladeando la boca de esa forma seductora—,pero te lastimaré y así… No creo que sea placentero… Dejemos un día más, ¿sí?

—¿E-es eso? —Se atrevió a preguntar, insegura, con mirada suspicaz, respirando lentamente.

—Candy, sí te has dado cuenta que me prendes como un puto horno. ¿Cierto? —Sus mejillas se encendieron—. Así que sí, aunque tengo miles de perversidades en mi cabeza, las dejaré para después y tú… Tú haz lo mismo, ¿de acuerdo? —La joven asintió más relajada, aunque un poco recelosa. Terry no entendía de qué, tampoco comprendía ese cambio en su actitud; más osada, más atrevida, no obstante, en ella, le gustó, representaba algo más que un reto, representaba confianza y de algún modo un mérito para él. Besó su nariz pecosa poniéndose de pie—. Demos un paseo, vayamos a comer algo… ¿Quieres? —Sonrojada lo siguió.

Se detuvieron en un lugar de comida italiana. Candy todavía se encontraba un tanto taciturna, pero no tenía que arrancarle las palabras a tirabuzón, como solía ser. Conversó acerca de la carrera que estudiaba y de esa manera descubrió que no le agradaba tanto, por lo mismo estudiar, comprender, le costaba más trabajo. Terry deseaba que esas sombras que permeaban sus lindos luceros bicolores se esfumaran, desparecieran y fueran reemplazadas por una cándida sonrisa, así, ingenua y tierna, como lo era ella.

Después de sentirse satisfecho al ver que engullían medio plato de rabiata, decidió sorprenderla.

Su madre solía llevarlos ahí los fines de semana, sobre todos los viernes por la tarde, cuando más pequeños, después de clases. Pasaban por un sitio de comida rápida y luego iban ahí por lo menos cada que la obra cambiaba. Así que cuando se estacionó, los recuerdos lo golpearon, pero con ella a su lado observando todo intrigada, logró manejarlos, incluso mostrarse relajado.

—¿Una obra de teatro para niños? —expresó la joven cuando entraban a aquel recinto uno al lado del otro. Terry, con las manos cosquilleando, aferró una de las suyas asintiendo. Candyl, al sentir sus dedos enroscarse en los suyos, su corazón se detuvo, las burbujas crecían y crecían y, pronto, demasiado pronto, sabía que la ahogarían. No era la primera vez, pero algo fue distinto.

—¿Qué? ¿Ya eres demasiado mayor? —Candy rio abiertamente por primera vez desde que la volvió a tener cerca, negó acomodándose un mechón suelto de aquella melena que llevaba sin sujetar.

—No, es solo que… Tú no encajas aquí —reviró con simpleza.

—Pero tú sí, y a la perfección, chiquilla pecosa.

Una hora y media después salieron satisfechos. Ver El gato con botas en escena fue definitivamente divertido, y aunque algunas veces las voces de los pequeños no dejaban escuchar con claridad, la energía sana que emanaban los contagió sin que pudieran evitarlo. Con su delgada mano aferrada a la suya caminaron de vuelta a la camioneta. Desde que la tomó no la volvió a soltar, esa chica era suya y deseaba, de alguna manera, que quien los viera, lo comprendiera. Esa garra posesiva, muy desconocida, pero asombrosamente real, conforme pasaban las horas crecía en su necesidad de protegerla, de tenerla solo para sí.

—Debo llevarte a tu casa. ¿Cierto? —preguntó, encendiendo el motor, recordando que algo le mencionó sobre eso hacía unas horas. Candy notó un poco de decepción en su tono pese a que su rostro era inescrutable.

—No quiero tener más problemas… —murmuró entristecida. No debía estirar la cuerda y si no llegaba, seguro su madre se pondría peor con sus absurdas elucubraciones creyendo que sí le había contado lo ocurrido a Laura.

Terry asintió rugiendo por dentro. No deseaba de ninguna puta manera dejarla ahí, sola, desprotegida, a la merced de esa loca, de algunos de sus arranques de ira. Pero debía ser objetivo, Candy tenía 18, si bien ya no era una nena, tampoco alguien que estuviera lista para enfrentar la vida sola. No obstante, en algo pensaría, de ninguna jodida forma deseaba volver a ver siquiera un rasguño en ese cuerpo que ahora le pertenecía y mucho menos esa expresión de vacío, de abandono, con que la encontró el día anterior, la que poco a poco veía iba dejando atrás.

—Cualquier cosa me hablarás… A la hora que sea. ¿Comprendes?—Ella asintió viendo por la ventana, sujetó su barbilla haciéndola girar—. Es en serio, a la hora que sea, Candy, me importa una mierda que sea tu madre, voy por ti… ¿Entiendes? —La fuerza que empleaba en cada palabra, la manera en la que se expresaba, la confundió.

—Sí —musitó, notando que no la soltaría hasta que lo dijera en voz alta. Sin embargo, ya no podía pensar salvo en que, al llegar, debía entrar y pasar desapercibida.

—Bien… —serio, arrancó.

Después de comprarle una malteada y él un helado, fueron por su mochila y la dejó en su casa sintiendo el pecho comprimirse, estrujarse con cada paso que la veía dar hasta el umbral.

Moría por saber qué ocurría ahí adentro, por qué alguien podía tratar a su propia hija de esa forma. Sus padres jamás lo golpearon, bueno, a excepción de cuando era pequeño, algunas nalgadas seguro bien merecidas pues era muy inquieto, lo cierto era que su vida en casa siempre fue demasiado armónica. Sí, había discusiones, por supuesto, a veces gritos, pero no era un entorno violento, nocivo y no podía, por mucho que quería, comprender que alguien pudiera vivir en ese mundo, que no deseara huir, mejor aún, que no lo hiciera.

Karen estaba en la cocina cuando ella entró. Cleo le sonrió sin decir nada, se encontraba mejor, asumió al ver su semblante restablecido. En casa todos escucharon lo sucedido aquella noche, nadie se atrevió a intervenir por miedo a perder el empleo, ni mucho menos hablar de ello. Después, al día siguiente, la vio irse casi como si el alma se la hubiesen arrancado. Lo que vivía Candy era espantoso.

—¡Ey!, hace unos días que no te veía, Candy —su hermana no tenía idea de lo que había ocurrido. Candy sonrió alegre por topársela ahí. Se sirvieron un poco de helado mientras Cleo agradecía interiormente que la bruja de su madre no se encontrara en casa, y se encerraron en la habitación de la mayor. Al parecer su hermana no saldría, por lo mismo ahí se encontraba, situación por demás extraña, Karen parecía no vivir ahí—. ¿Dónde andabas? —quiso saber la mayor con las piernas cruzadas sobre el colchón, disfrutando de al fin tener tiempo para estar con una de sus personas favoritas, la otra solía ser su madre, aunque hacía mucho tiempo que dejó de esperar cosas de ella. En fin, disfrutó el hecho de poder verla pues gracias a lo agotador de su trabajo en la empresa de diseño donde consiguió un empleo, no hacía mucho tiempo, no podía saber de su hermana menor como deseaba y la sentía cada vez más ajena, más distante, sola, demasiado sola.

Candy sonrió tímida. Karen era más abierta, aunque al igual que ella, sufría la poca atención de Maria desde que ese tipo entró en sus vidas, no obstante, sin ser blanco de sus miradas lascivas y siendo ignorante de lo que en realidad pasaba en esa casa, era más extrovertida, aunque compartían ese carácter dulce.

Karen era muy parecida a Maria; ojos color miel, muy alta y figura curveada, mientras que ella, más similar a la familia de su padre, uno sesenta, delgada y poco de todo, escueta y sin mucho qué verle, sin embargo, con un rostro demasiado angelical con sus pecas, de líneas suaves, rasgos simétricos que cuando se miraba fijamente, era difícil esquivar, pero que tras su inseguridad, gafas y manera de ser, lo escondía un poco.

—Con Anny —solía salir con ella, no era nada raro para nadie. Así como tampoco que se quedara en casa de Laura, su tía.

Conversaron tranquilas, ahí, sonriendo un poco, ajenas a todo. Su madre y Alfredo no estaban así que se respiraba paz en aquella casa de locos.

Por la mañana amaneció en la recámara de su hermana, pues aunque no era lo común, cuando tenían momentos a solas, los aprovechaban hasta quedar profundas una al lado de la otra. Ya en su habitación, al sacar todo de su mochila, vio que tenía un mensaje. Terry. Sonrió.

«¿Hubo problemas?».

No le gustaba que supiera lo horrible que era su madre con ella, pero esa parte que lo quería se derritió ante su preocupación.

«No, gracias por todo».

Respondió escueta. Observó su alrededor. Era sábado y hacía varios que no los pasaba sola. ¿Qué haría? Podía ir a tomar unas fotos o editarlas.

Otra alerta.

«¿Puedes salir?».

Candy sonrió con las mejillas enrojecidas. Si supiera que a nadie le interesaba dónde estuviera. Le respondió que sí.

«Paso por ti en una hora, te espero en la esquina».

Alegre, contestó un

«Está bien».

En la cocina, con cautela, buscó un plátano. Cleo sonrió al pillarla ahí, eso era asombrosamente atípico, algo ocurría con esa niña. A últimas fechas las cosas en la casa iban mucho peor, pero Candy florecía sin que pudiera ocultarlo, cosa que no pasaba desapercibida para ese que la veía como si de un dulce a punto de turrón se tratara. Temía por su seguridad, por su integridad, pero de alguna manera sabía que mientras la chica continuara con ese perfil bajo, ese hombre no se acercaría, lo peor era que su madre se daba cuenta de lo que ahí ocurría y la atacaba siempre y últimamente más pues ya las discusiones solían terminar con el nombre de esa pequeña que en ese momento parecía ilusionada, ajena a toda esa porquería que era su entorno.

—Tu madre no está y por la noche tienen una cena en Chapala, no vendrán a dormir —Candy volteó notoriamente feliz—. Creo que me quedaré con mi tía —mintió sin más. La mujer asintió guiñándole un ojo.

No sabía a dónde irían, pero se vistió para la ciudad, y como el clima a esa hora ya no era frío, optó por un jeans gris claro y una blusa rosa cereza algo holgada, junto con Flats que combinaban. Su cabello lo dejó suelto, con ese partido del lado y deteniéndolo arriba de la frente con un sencillo prendedor. No se maquilló, pues no solía hacerlo y se colocó las gafas después de limpiarlas.

Terry durmió poco, o mejor dicho, nada, preocupado todo el tiempo por esa chiquilla. Esperaba que de verdad estuviese mejor, que su loca madre no la tocara.

Entusiasmado, decidió que lo primero que haría era llevarla a que engullera algo pues podía apostar que no lo había hecho y luego a que lo acompañara a comprar el bendito regalo de Blanca. No le agradaba ir a esos «eventos», pero no tenía alternativa, era una de las condiciones que debía acatar si deseaba seguir teniendo esa libertad y que así ni su abuela, tíos y, sobre todo, Robert, lo hostigaran todo el tiempo, pues «equilibrio y no alejarse» fue lo que le pidieron cuando se mudó solo, la familia de su madre y de su padre aliándose solo en esa ocasión «por su bien».

Al verla acercarse, sintió que todo se detenía a su alrededor. Dios, esa niña estaba volteando su mundo de cabeza. La observó andar ligera, con aquel atuendo que le sentaba tan bien. Sonrió como un idiota esperando con ansiedad inundar sus pulmones de su esencia. Abrió la puerta desde adentro, tomó su brazo y la ayudó a subir.

—Hola, pecas —casi cierra los ojos para disfrutar ese momento en el que su olor a naranja invadía sus sentidos azotándolos sin más.

—Hola —su vocecilla lo hizo sonreír. La estudió fijamente.

—¿Todo bien? —Candy asintió alegre. Verla así era todo un aliciente y un descanso también—. Vamos a que desayunes algo.

Panqueques y jugo fue lo que pidió, en medio de ese ambiente relajado conversaron de todo y de nada atacando la mitad de su platillo con su semblante sereno. Hacerla sonreír con sus ocurrencias se convirtió en urgencia, en necesario, por lo mismo se encontró bromeando cada dos por dos y evitando cualquier comentario que pudiera llevarlos a un sitio tenso.

—Ahora necesito que me ayudes a elegir un regalo para una niña de diez años —le informó rumbo a un centro comercial.

—¿Alguna prima? —preguntó, mirando el exterior muy atenta, parecía encontrar algo entretenido allá afuera siempre. Sonrió complacido.

—Sí, iremos a su fiesta a mediodía. —La chica giró abruptamente abanicando sus largas pestañas sin cesar. Terry se carcajeó ante su reacción.

—Y-yo —tartamudeó como solía hacer cuando algo la descolocaba, se daba cuenta, sin esfuerzo, que la comenzaba a conocer, que sus reacciones ya tenía significado para él y eso… Lo confundió por lo que se encontró arrugando el ceño.

—Sí, odio ir a esas cosas… —respondió con simpleza.

—P-pero…

—Ir acompañado hace que no estén encima de mí, hostigando—al comprender el motivo se recargó de nuevo en el asiento jugando con sus dedos. O sea que ese era su turno de ayudarlo, comprendió. Seguramente en otros años, para otros eventos, alguna otra chica ocupó su lugar. Escondió lo que comprender eso le provocó. Debía entender que no jugaba ningún papel en su vida, o bueno, ninguno trascendental. Asintió sin mostrar emoción, encerrando de nuevo lo que su mera cercanía le generaba, eso era lo mejor—. Si no lo deseas, no tienes que hacerlo, puedo buscar alguien más —no supo por qué mierdas dijo aquello, la realidad era que no le agradó ver que se incomodaba ante la invitación.

Jamás había llevado una chica a su familia y de imbécil lo hubiera hecho, pero ir con Candy le pareció adecuado. Su compañía lo sosegaba y así podía deleitarse con su dulzura todo el tiempo importándole un carajo las eternas letanías y preocupación por él que profesaba su familia.

—Como quieras —soltó ella dejándolo helado, notoriamente indiferente. Apretó la quijada, rabioso. Esa no era una puta respuesta.

—En vista de que te da igual, me acompañarás —expresó en tono seco, mandón.

En la tienda de juguetes entraron como dos desconocidos. Una intendenta que le coqueteó con descaro y que en cuanto lo vio, se ofreció a ayudarlo, consiguió algo de servir, mientras Candy, fingiendo darle lo mismo, con rabia bien escondida en su interior, perdía la vista a unos metros en los juguetes, dejando claro que no existía nada entre ellos.

A Terry ya lo tenía harto esa voz chillona que se desvivía por atenderlo, bromeando con estupideces y que no notó siquiera que iba acompañado y, bueno, no era que la culpara, Candy parecía ser una clienta más, con sus brazos cruzados veía los estantes ignorando la manera descarada en que esa joven de belleza exótica y apetecible para cualquiera, le coqueteaba. Intentando pincharla, le siguió el juego esperando alguna reacción, lo único que sucedió fue que ella agarró un cuento y lo ojeó con sus delicadas manos como si aquellas hojas fueran de lo más interesantes.

Al final, con un humor de perros, se acercó a la causa de su rabia, le quitó el libro y con un ademán le indicó que lo siguiera. Pagó el juguete y el cuento, luego, sin responder a las estupideces que le decía la chica que lo atendió, salió con Candy agarrándola por el codo con suavidad, pero con firmeza. Iba con él, estaba a su lado, era suya. ¡Con una mierda!

Se detuvo en un sitio para que lo envolvieran e inmersos en el incómodo silencio, llegaron al lugar. En cuanto descendió, entrelazó sus dedos con decisión dejándola muda.

—Finge que te agrada acompañarme por lo menos —le pidió contenido, más desesperado que nunca por entender lo que estaba sucediendo en su interior, ya todo parecía estar fuera de control.

La joven sintió su cuerpo enloquecido al darse cuenta de cómo entrarían ahí. De inmediato se desinfló, era probable que así lo hiciera con todas. Lo siguió intentando dejar de lado la incomodidad de las últimas horas. ¿Por qué si todo iba tan bien, ahora iba tan mal? El nudo en la garganta pujó por salir, pero la calidez de su palma rodeando la suya con esa firmeza evitó que lo hiciera.

—Me agrada acompañarte —murmuró varios pasos antes de cruzar la reja atreviéndose a soltar aquello, odiaba actuar cuando no había porqué y esas palabras eran totalmente ciertas.

Terry percibió un pequeño vuelco en el pecho, algo incómodo. Soltó el aire deteniéndose. La observó lo que parecieron años, ahí, frente al acceso principal. Candy se mostraba aunque tímida, segura, sosteniéndole la mirada expectante. Está bien, se estaba portando demasiado infantil, ella venía de pasar unos pésimos días y no estaba logrando su cometido; distraerla, al contrario, de nuevo parecía… Triste, algo nerviosa. Elevó la comisura de su boca sonriendo de esa forma que la hacía desvariar. Acarició su mejilla y besó fugazmente esa boquita con la que soñaba dejando su frente sobre la de ella unos instantes.

—Lo sé y lo siento. Gracias —Candy lo miró con ternura, sus laguna nuevamente brillaban—. ¿Vamos? —asintió tranquila y reanudaron la marcha.

En cuanto entraron, un hombre guapo, muy parecido a Terry, pero con su cabello peinado del lado, de unos cuarenta y tantos, se acercó sonriendo al tiempo que abría los ojos al verla.

—¡Qué puntualidad, hijo! —Se dieron un abrazo fraternal.

—Ya ves, Robert. —soltó con simpleza. De inmediato giró para presentarle a Candy, pues su tío obviamente estaba más que intrigado y asombrado, comprendió conociéndolo.

—Candy, es mi tío, Robert. Tío, ella es Candy —La joven le tendió su delicada mano con educación y una sonrisita más que hermosa. El hombre asintió, caballeroso. Terry, sin saber por qué se sintió orgulloso de ir con ella, de que la vieran a su lado.

—Un gusto, Candy. Pero pasen… Tus tías están por ahí, saluda a tu abuela —le ordenó al tiempo que le quitaba el regalo. Ambos anduvieron por el jardín observando a los niños jugar. El sitio era grande, con muchos inflables, música, puestos para pintar las caritas de los pequeños, dulces, y demás juegos y al fondo, una terraza techada con varias mesas donde los adultos permanecían sentados, conversando.

—¿Quién es tu prima? —preguntó ella claramente más relajada.

Dios, eso también le agradaba de esa joven, no hacía grandes dramas, no se enganchaba con una cosa y si algo le disgustaba, simplemente se retiraba, no había gritos, llanto, nada… Se la señaló a lo lejos, y de pronto se encontró mostrándole quienes eran sus primos, no todos estaban ahí, pero los menores sí. Entre ellos guardaban un asombroso parecido. Sin que pudiesen dar un paso, unos pequeños se acercaron curiosos. Una niña de unos cinco años, junto con la que cumplía y un chiquillo de casi su misma edad se ubicaron en frente.

—¿Es tu novia? —quiso saber la menor. Terry la levantó riendo.

—¿Qué te parece? —Le preguntó mientras saludaba al niño con un ademán de chicos y alzaba las cejas a la cumpleañera.

—Me gusta su pelo —dijo la pequeña ya en sus brazos.

—A mí también —secundó Terry, notando su sonrojo.

—Soy Blanca, él es Chema y ella Natalia —dijo la chica que la observaba fijamente. Era alta, pero aún se le notaba en sus rasgos la edad.

—Soy Candy —y le tendió la mano, serena. Los dos la saludaron.

—¿Eres su novia? —cuestionó con sus brazos cruzados, notoriamente intrigada.

—¿Qué, ahora además de presumida, te has convertido en preguntona? —La retó Terry. Candy se asombró. La pequeña lo perforó con una mirada endiablada.

—No, somos amigos —soltó Candy deseando bajar la tensión y ganando, al mismo tiempo, una mirada extraña de Terry, y una sonrisa amigable de la niña.

—Ven, te voy a presentar a mamá. —Blanca jaló su mano y le sacó la lengua a su primo alejándose sin más.

—¿Me llevas a los columpios? —Lo distrajo la pequeña que aún cargaba. Caminó sintiéndose un tanto irritado, pero de inmediato Chema, preguntándole por los nuevos juegos de la consola, lo hizo dejar de lado las palabras de Candy.

A los lejos, mientras mecía a su prima, y el chico le explicaba alguna tontería de un juego, la observó. Blanca no la soltaba, raro en ella, pues era una pequeña arpía, sí, a esas edad ya lo era. Mimada, grosera, pretensiosa y uno de los motivos por lo que no aguantó vivir en casa de su tío. Lloraba cada dos segundos, lo acusaba, con tan solo 7 años, por todo. Era una maldita pesadilla la mocosa, pero tal parecía que Candy le cayó bien, porque con una sonrisa se la presentó incluso a su abuela, mientras que el motivo de sus pocas hora de sueño, sonreía tranquila, dulce.

Unos minutos después, saludó a todos y se acercó a ella. Miraba a los niños jugar sonriendo.

—Lamento lo de Blanca, ella es así —se excusó tranquilo de tenerla ahí, solo para él.

—Es agradable, muy alegre —musitó al tiempo que metía la mano en su bolso.

—Es una patada en el trasero —sentenció tomando un trago de su cerveza. Candy sacó la cámara y enfocó algo. Terry rodó los ojos—. Dios, solo te falta dormir con ella —la joven la bajó pestañeando, no supo descifrar su tono. Terry sonrió torciendo la boca—. Anda, toma las que quieras, aquí nadie te limita —le guiñó un ojo. Sin más, la elevó nuevamente y comenzó a hacer eso justamente.

—No es tu tipo —se encontraba recargado en un pilar, observándola, ya se había alejado varios minutos atrás perdida en eso que tanto adoraba hacer. Verla en plena acción era inigualable, estimulante también. Miró de reojo al intruso, su primo Iván, hijo de una de sus tías y con el que nunca congenió, se hallaba a su lado, tan pulcro y odioso como siempre— Digo, por las que te he visto, esta parece más el mío —lo pinchó bebiendo de su vaso con prepotencia.

—Niñas a las que dejas embarazadas para luego hacerte el imbécil, no creo —soltó con ácido en cada letra. Su primo se tensó a su lado. Sonrió con sarcasmo sin verlo. Eso era una total y cruda verdad, pero refugiado tras las faldas se su mami, se desentendió sin más, así, sin remordimiento.

—No eran míos —se defendió.

—Además de cobarde, mentiroso —murmuró, bebiendo otro trago de su cerveza sin verlo.

—Eres un imbécil, pero admite que esa niñita pega más para mí que para ti— y señaló a Candy revisándola de arriba abajo como si de carne de cañón se tratara. Ese jodido gesto lo irritó hasta lo indecible. Giró de inmediato, rabioso.

—Si te acercas, te rompo la cara de niño bonito que tienes… ¿Estamos?

—Pero si es demasiado dulce para ti, digo, no tiene nada de lo que a ti te gusta, eso sin contar que se ve su ingenuidad a kilómetros. Definitivamente es mi tipo, aunque está muy delgada —apretó el envase que traía entre las manos y cerró un puño.

—No quiero problemas, Iván, así que desaparece —El chico sonrió con cinismo.

—¿Qué? No me digas que te gusta, por favor, Terry. No tiene cuerpo de miedo, tampoco es escandalosamente atractiva. Ya sé, te la quieres tirar. Juguemos a ver quién lo logra primero —iba a ir con Candy cuando lo obstaculizó ubicándose frente a él, desbordado de ira. El chico pestañeó palideciendo, sabía bien que Terry le importaba una mierda donde estuviera.

—Quita tus putos ojos de ella. Si te le acercas un jodido centímetro me importará un carajo en donde estamos y te dejó una hermosa cicatriz en la frente, imbécil. Esa chica es mía, y no tolero que nadie ni siquiera vea lo mío. ¿Soy claro ahora? —Lo conocía bien, era el típico galán que coqueteaba diciendo palabras asquerosamente cursis que a las mujeres les derretía, se las hacía sus novias con una sarta de mentiras, y luego las mandaba a la mierda, en dos ocasiones, dejándolas embarazadas.

—No te preocupes, tampoco está como para montar una escena, y ya usadas, no me atraen. Que te aproveche, primito —y palmeó su hombro, alejándose. Sus tías y abuela miraban la escena claramente nerviosas, al igual que sus dos tíos. Sonrió fingiendo que no pasaba nada y se giró. Candy seguía ajena a todo, ya jugaba con Natalia en el arenero. Ningún puto hijo de perra la tocaría, ni nadie. Jamás.

Se acercó a ellas e hicieron un castillo, juntos.

—Hijo, me ayudas a unas cosas —era Robert. Candy le sonrió asintiendo con dulzura mientras continuaba lo que hacía con su primita.

—Así que te acuestas con mi primo. —La joven volteó enrojecida, avergonzada, no había más niños ahí y por suerte Natalia había ido a buscar una cuchara para remover la tierra. Un chico alto, casi como Terry, con ojos similares, vestido con pantalones Dockers y bien fajado, con peinado acartonado y sonrisa cínica, la miraba de arriba abajo con su vaso en los labios. Era el típico con el que su madre soñaba que saliera.

—¿Perdón? —murmuró, descolocada. Sintiéndose nerviosa.

—Él solo trae a las chicas con las que se acuesta, por eso lo digo. Además, me lo acaba de decir. —Candy deseó que la tierra se abriera bajo sus pies. Su corazón se estrujó causando, incluso, dolor físico. No mentía, esa era la verdad, pero dolía que lo dijese así y que además corroborara lo que pensó horas atrás; ella era una de tantas.

Meterse en ese juego le daba momentos de paz, muchas veces de felicidad y eso sin contar el placer que le proporcionaba cuando la tocaba, las miles de reacciones que causaba, las cosas que le despertaba, sin embargo, sabía que no debía seguir, saldría aún más lastimada, más herida y para un corazón roto y débil, seguir en algo como eso, lo acabaría destrozando, desquebrajando.

CONTINUARA