De piel de alabastro

Fuera hacía frío, podía verse a simple vista a través de la humedad de aquella ventana. El hielo cubría el cristal, lo impregnaba. Sin embargo él no podía sentirlo por alguna extraña razón. Había pasado horas sentado en aquel sillón de terciopelo, acariciando su bastón, con la mirada perdida en el horizonte a través de aquel cristal.

En la mansión poco podía escucharse, menos aún desde su habitación y, aun así, se esforzó por no oír, por aislarse durante unos segundos. Y lo consiguió, hasta que la espalda le dolió y los ojos le escocieron. Respiró profundamente, tomándose un segundo de oscuridad para sus párpados. Estaba cansado, llevaba mucho tiempo agotado, y tenía la sensación de que hacía demasiado tiempo que no descansaba realmente.

Aquel era uno de esos días…

Se levantó, sintiendo cómo sus músculos parecían no reaccionar a los estímulos. Estaban entumecidos, sin fuerza. Él siseó, con rabia. Apartó el sillón a un lado, y agarró su bastón, bajando al recibidor de la Mansión. Ojeó de soslayo a los elfos que se movían de un sitio a otro, uno de ellos con montones de ropa cargando en sus diminutas manos, con sus debiluchos cuerpecitos contoneándose de un lado a otro. Lucius arqueó el labio asqueado, estirando el bastón hasta los pies de uno de ellos, quien llevaba un montón de platos apilados, haciendo que cayera de bruces contra el suelo, rompiendo los platos, y a consecuencia de ello, rasgándose el torso.

Fue entonces, el único momento en el que Lucius elevó la comisura izquierda de sus labios, en una muy leve sonrisa satisfecha.

Necesitaba sentir ese frío que parecía haber ahí fuera, pero una vez en los jardines, se dio cuenta de que, extrañamente, no notaba nada. Ascendió la mirada al cielo, alzando sus brazos al aire, intentando experimentar aquel hielo que había visto impregnado en su ventana. Pero allí no había nada. Ni un resquicio de aire contra su rostro, ni un solo vello erizado, ni el más mínimo tiriteo por parte de sus músculos. ¿Qué le estaba pasando?

Apretó los dientes, arreglándose la ropa. En cuestión de segundos su figura se desvaneció en un pequeño remolino.

No supo muy bien dónde se había aparecido, todo estaba muy desordenado en su mente, pero tampoco le importaba, lo cierto era que así lo prefería; aislarse de todo, sin pensar en nada. Caminó en silencio. No había mucha gente en Londres aquel día, las calles estaban particularmente vacías y a pesar de que lo agradeciera, no pudo evitar sentirse extraño. Se detuvo en medio de la carretera, extrañamente tranquilo. Giró muy despacio su cuello hacia atrás, esperando toparse con la luz de algún coche en aquella extraña noche. Pero no. No había nada, tan solo la tenue iluminación de las farolas. Sus ojos se aguzaron, sabía perfectamente que ahí estaba sucediendo algo extraño, y lo descubriría. Varios pasos más al frente, se topó con un bar en el que él, juraría jamás haberse adentrado en su sano juicio, y, en el que sin embargo, acababa de pedir una copa del mejor whisky. No esperaba gran cosa del licor, puesto que el local ya daba explicaciones por sí solo, pero al menos esperaba abandonar sus pensamientos aunque fuera sólo durante un rato. Estuvo a punto de conseguirlo de no haber sido por aquel aroma a sándalo, a raíz de lirio y cedro. Ese ligero toque a jazmín, a vainilla. Pudo notarlo recorrerle las entrañas.

Cómo aquel olor podía estremecerle de aquel modo. Cómo aquella brizna de un respiro podía despertarle de un solo chasquido. Separó las manos de su rostro despacio, intentando indagar de dónde procedía ese perfume que él conocía perfectamente. Sus ojos, nerviosos, se pasearon por todo el local, escudriñando cada rostro, en busca de una sola cosa: ella.

Retiró una de sus manos de la mesa lentamente, buscando su bastón, apoyado a un lado de la mesa, siempre cerca de él. Una vez dio con la cabeza de serpiente diamantada, la acarició, aún sin dejar de mover sus ojos cual demente, en busca de aquella melena azabache y aquellos ojos verdes.

Parecía ser que al final tendría algo de suerte, o eso creyó pensar, al otear una capucha negra al final de la barra, dándole la espalda, como si de algún modo supiera que él estaba allí.

"Qué insolente" pensó, apretando los dientes y el puño, clavándose parte de la decoración de la empuñadora del bastón en la palma de su mano. Aquello no hizo que desviara la mirada, de hecho, no dejó de mirarla en ningún momento, alerta a sus movimientos. Hacía meses que no se veían. ¿Demasiados? ¿Acaso la echaba de menos?

Chasqueó la lengua asqueado. Era una maldita mezcla de sentimientos en aquel momento, pues algo en su interior anhelaba ir a por ella. No supo muy bien si para acabar con ella, o por alguna otra razón que no se atrevió a pensar. El caso es que era un maldito tira y afloja: el deseo y el odio sujetos de la mano.

—Maldita mocosa… —murmuró entre dientes, e hizo el amago de levantarse, y estuvo a punto, de no haber sido por el estúpido camarero, quien torpemente chocó contra él cerca de derramar la copa sobre su atuendo. Lucius desvió rápidamente su atención hasta él, sin dar crédito a lo que acababa de pasar. ¿A qué estaba jugando aquel tipo? ¿Es que acaso nadie le había enseñado cómo hacer su maldito trabajo a ese tipo?

Asqueado, alzó las manos aceptando las disculpas de éste, con un claro gesto de: desaparece de aquí ahora. Y para cuando quiso buscar de nuevo a la joven, ésta ya no estaba. Sus ojos rotaron rápidamente y junto a su cuerpo, hasta la puerta, la cual estaba batiéndose hacia dentro y hacia fuera, señal de que alguien acababa de salir. Lucius echó un último vistazo rápido al interior del local, sin localizarla. Dio por hecho que esa puerta meciéndose se trataba de ella, así que, sin perder tiempo, avanzó hasta la puerta.

—¡Eh! ¡Se olvida de pagar! —gritó el camarero.

Pero Lucius tenía cosas más importantes que hacer que pagar por algo que no había consumido y que casi le cuesta el traje.

Por supuesto tenía dinero para pagarlo, podría haber comprado el local entero e incluso la calle si ese hubiera sido su propósito. Pero su deseo estaba muy lejos de eso.

Se topó por fin con el frío de golpe, ahora de pronto volvía a sentir. Aquella repentina sensación lo dejó paralizado por un segundo, segundo en el que cerró los ojos y despegó los labios para dar paso a aquel aire gélido, que enfrío su garganta. Siseó, buscando entra la niebla aquella caperuza negra que, por suerte, no tardó en vislumbrar.

Gruñó, como si la muchacha le debiera algo y quisiera reclamárselo. Fue ahora él quien se enmascaraba, colocándose la capucha, únicamente apreciándose su barbilla, la barba de algunos días, y su piel pálida.

La muchacha no parecía estar sola, había un hombre unos pasos por delante. Pero… ¿por qué no iban juntos? ¿Por qué él ni siquiera se giraba? Había algo extraño en todo aquello. ¿Por qué siempre se metía en líos? Y peor aún: ¿por qué siempre tenía que ser él el que la sacara de ellos?

Lucius observó cómo la chica, siguiendo al hombre, se introducía en uno de los callejones próximos. Él decidió darles unos minutos antes de acercarse, pensándose muy bien qué es lo que haría a continuación. Se acercó, muy tranquilamente, intentando escuchar la conversación, pero no logró percibir nada, ni siquiera un susurro. Hasta que de pronto, lo escuchó; un grito de la chica, uno solo, casi como un gruñido de dolor. Sacó la varita rápidamente del bastón, y apuntó con ella al irrumpir en el callejón, pero para su sorpresa, se topó con lo que menos esperaba. La chica estaba desnuda y montada a horcajadas sobre el tipo. Pero lo que en absoluto pensaba encontrarse, era con sus labios aferrados a su cuello, en un reguero de sangre que descendía por la espalda de éste, rebosando de la boca de la muchacha. Sus ojos lo miraron, los de aquella joven que él creía conocer. Tenían un tono azul eléctrico, casi como si un relámpago acabara de estallar en la tierra, y se hubiera instaurado allí para siempre.

Lucius dio un par de pasos hacia atrás, aun apuntándola. No supo lo que sentía, no sabía cómo sentirlo, ni siquiera qué sentir. ¿Qué había sido de ella? ¿Qué le había sucedido?

Lucius conocía de sus insistentes viajes a Rumanía, sabía que Rodolphus y Rabastan la enviaron allí al nacer por orden estricta del Sr. Lestrange, ¿pero tenía eso algo que ver con lo que acababa de ver?

Una milésima de segundo fue la que Lucius se tomó para cerrar los ojos, y sacar de su desquiciada mente todo aquello. Una milésima que le bastó para perderla de vista. Su respiración se agitó. No sabía si era un vampiro, o un licántropo, o sencillamente llevaba mucho tiempo sin comer. Tal vez había perdido la cordura simplemente… Pero no iba a ser tan estúpido como para arriesgar su vida por aquella mocosa.

Apuntó al frente con su varita, mientas rotaba sobre su cuerpo en todas direcciones, alejándose de aquel lugar. Pero en una de las veces en las que perdió la guarda de su espalda, la chica se colocó tras él, esperando a que volviera a girarse para devolverle la mirada.

Por desgracia, eso sucedió antes de lo esperado. Se la topó de frente en cuanto se giró. Un rostro tan extraño de asimilar… pues a pesar de la monstruosidad que se ocultaba tras aquellos ojos, a él le pareció terriblemente bella. Como si su piel se hubiera vuelto aún más joven, aún más suave, aún más prohibida. Y aquellos ojos, en los que podía ver el universo entero, lo desconcertaron.

El brazo de la chica se estiró con fuerza hacia él, agarrándolo del cuello, elevándolo incluso un par de centímetros del suelo, sin esfuerzo alguno, mirándole impertérrita.

Él, a pesar de saber con qué se enfrentaba, no mostró temor contra ella. Apretó los dientes, demostrándole su ira ante aquella reacción. ¿Cómo se atrevía a hacerle eso? ¿Cómo podía ser tan osada?

La chica lo lanzó, haciéndolo volar con fuerza a contraviento, impactando contra una de las paredes de las callejuelas. Caminó tranquila hacia él, aún con el torso desnudo, impregnada de la sangre de sus labios, pasando por su cuello, hasta su pecho. Una cascada perfectamente dibujada sobre su figura pálida de piel de alabastro.

Lucius aún estaba intentando recobrar el aliento, pues el fuerte impacto acababa de golpear sus pulmones con fuerza, arrebatándole por un segundo la respiración. Ascendió la mirada hacia ella, mostrándole los dientes, siseando. Aun así, no empuñó contra ella su varita.

Ésta se acercó a él, poniéndose a su altura, agachándose, sujetando su barbilla, mirándole con una clara superioridad.

Lucius se removió, apartándose. Susan sonrió de medio lado, inclinando ligeramente su cabeza hacia la derecha, observándole.

Era extraño cómo de pronto, él se había empezado a sentir tan irremediablemente atraído por su voz, por su olor, por la forma en la que su pelo se ondeaba, por el color de su piel, de su cuerpo, de su pelo, e incluso de sus labios pintados de sangre.

—¿Qué demonios eres? —preguntó él, con desprecio.

La chica arrugó el ceño, curvando los labios hacia abajo, con una pena fingida.

—Oh… querido… Es una verdadera lástima.

El corazón de Lucius se aceleró sin entender muy bien por qué. Era como si supiera que algo malo se escondía tras aquellas palabras.

—¿A qué diablos te refieres? —escupió con odio aquella frase, deseando recuperar la fuerza que extrañamente se le había arrebatado.

Susan le respondió con una voraz sonrisa, perniciosa. Levantándose, dando un par de pasos hacia atrás. Cerró los ojos, moviendo su cuello a un lado y a otro, como si estuviera relajando sus músculos. Sin embargo, lo que Lucius vio a continuación, se debatía entre una pesadilla, o una obra de arte.

El cuerpo de Susan empezó a tornarse negro, una piel semblante a la de los anfibios, de un aspecto viscoso, resbaladizo, y unas enormes alas terminadas en una uña larga y afilada, emanaron de su espalda, apuntándole a él.

—Soy en lo que tú me has convertido… —dijo ella, de pronto frente a él, mientras lo volvía a sujetar del cuello, esta vez, elevándolo no solo un par de centímetros del suelo, sino mucho más…

Batió sus alas, izándose con él en el aire.

—En algo hermoso —continuó—, una criatura adictiva que en contra de la voluntad de los humanos puede hacer que éstos se sientan irremediablemente atraídos por ella…

Lucius intentaba deshacerse de sus manos, aunque eso conllevara estrellarse contra el suelo. Apretó sus manos, intentando que deshiciera el nudo de sus dedos, que oprimían su garganta.

—Necesitas convertirme en esto, para tener una maldita excusa que defienda lo que sientes — Susan dijo aquello con lástima, pronunciando el dolor en su rostro—. Pero ahora ya no te hará falta… Ahora no… Ya no…

El entrecejo de Lucius se frunció, observando a la chica, viendo a su espalda el tejado de los edificios, de las casas, de todo el maldito Londres bajo sus pies.

Susan deshizo el lazo de sus manos, haciéndole caer al vacío, pudiendo Lucius sentir entonces cómo todo en su interior se agitaba, ante la presión, ante la caída libre. Y algo lo detuvo, algo sumamente doloroso que se inyectó en su vientre atravesando su espalda. Una de las alas de la chica, haciéndole retorcerse de dolor hasta perder el conocimiento.

Y entonces, sus ojos se abrieron, su pulso se aceleró, y el mundo volvió a la realidad. De unas sábanas mojadas impregnadas de sudor, de una habitación a oscuras, de una ventana helada, de un exterior vacío, de un mundo desolado.