14. Piezas
cada una de las partes que constituyen una cosa o de los elementos de que se compone un conjunto o una colección.


Leroy Jethro Gibbs conoció el significado de la palabra separación incluso antes de comprender lo que matrimonio quería decir.

La historia de amor entre sus padres comenzó como cualquier otra. La pasión, aunque intensa, lo consumió todo. Ann era una mujer hermosa, aguerrida. El pelo como hoguera y la piel suave, ojos embrujados. Jackson, un hombre amable y orgulloso, pero noble. Mirada tranquila, boca sonriente y afable. Él se había enamorado al instante, una condena familiar que siempre se sucedió en su familia. Ella amaba con pasión, siempre le resultó difícil entregar su corazón.

Aún antes de que pudiese contar los años con los dedos, sus padres ya se habían separado. Él sabía que ellos lo querían, lo querían mucho, y que se querían el uno al otro, también. Pero no lo suficiente para permanecer juntos.

Su infancia fue una amalgama. Recordaba días felices y tranquilos. Pero también recordaba lo contrario. Esconderse bajo la almohada no fue suficiente para ahogar el ruido, el llanto y los gritos. Mejoró cuando dejó de escuchar temporalmente por un incidente con un arma pero cuando el sonido regresó, Ann ya se había ido lejos. Ella sonreía promesas de reencuentro.

El fuego encendido flameando en su cabello a la luz del atardecer era lo que siempre recordaba. A veces, él se perdía pensando en aquel recuerdo. Creyó, por mucho tiempo, que ese fue el último que tenía de su mamá. Y el más hermoso, por la nitidez y la claridad. Y él lo atesoraba.

Leroy aprendió el significado de la muerte incluso antes de saber cuán larga se esperaba a ser la vida.

Tenía catorce años, quince tal vez, y la lluvia lo abrazaba frente a la tumba de su madre, el día que habría sido su cumpleaños en vida. No era la primera visita al sepulcro, ni sería la última, pero sentía el mismo dolor que sintió cada vez que estuvo allí todas las veces anteriores. Los Gibbs, o tal vez sólo él, eran malos para dejar ir. Amada esposa y madre, decía la tumba y se sentía como un hierro presionado en su corazón. Por lo verdadero. Por lo falso. Durante algún tiempo, había sido una promesa.

Estuvo enferma mucho tiempo, le dijeron como consuelo y jamás lo consoló. Ya no sufriría más. Y era cierto, según tantos. Pero dolía, dolía. Y estaba enojado. Tan enojado. Ella lo había dejado. Dos veces. Y él no hacía más que extrañarla.

—Dijeron que te suicidaste.

Bueno, no, no se lo dijeron. Él lo había oído por ser curioso, por ser un entrometido, por ser un Gibbs. Pero era un secreto a voces y Stillwater era demasiado chico para un silencio tan grande. Y si era cierto o no, ¿qué cambiaba? Todo. Y a la vez, nada. Él no quería sufrir como su mamá, vencida por monstruos que desconocía. Pero no era como su papá, demasiado vivo para estancarse.

La lluvia se detuvo. unas cálidas manos pusieron un abrigo sobre sus hombros. Y entonces estaban esos ojos azules familiares. Tan tristes.

—Vamos a casa, Leroy. Te enfermarás.

Pero él no lo hizo, siempre fue muy sano y fuerte. También tenía una resistente furia.

Otra cosa que aprendió desde temprano fue que el amor podía lastimar. Lastimó a su papá, lastimó a su mamá y lo lastimó a él.

Necesitaba alguien a quien culpar. Su padre era demasiado bueno para eso, demasiado bueno para todo y él casi no podía encontrarse así mismo siendo como él, aunque a veces lo deseaba. Leroy era demasiado parecido a su madre.

Entonces, una pelirroja llegó a la ciudad y fue la comidilla del pueblo, como solían ser los visitantes en un lugar tan pequeño en el mapa. Era la nieta de una de las vecinas más emblemáticas y llegó de visita durante el verano.

Él saboreó la textura de su nombre el día que dejó todo atrás, en una estación de tren.

—Creo que te llamaré Gibbs—dijo ella y le dio una sonrisa de complicidad. Sus ojos brillaban de pura alegría, de suave diversión. Y así, tan fácil, cayó.

Los años siguientes los recordaría como dorados, teñidos de sueños y esperanza. Y Kelly, su pequeño ángel, llegó a su vida como una estrella fugaz. Su paso por ella fue igual de brillante y hermoso que una estela de luz en el cielo negro, una bendición. Su salida fue tan inesperada como su llegada, más desgarradora que cualquier otra cosa que había vivido.

Él miró su reflejo un día y allí encontró la respuesta, la persona que podía culpar.

Porque, ¿por qué no?

(*)

Anthony DiNozzo Jr. era solitario y amargo y melancólico. Y sabía que era lo contrario, también. O, al menos, intentaba serlo. Luchó por ser alegre y poner una sonrisa en su cara. Nació como el hijo varón, primogénito y heredero. Desde la cuna, él ya era alguien. Los Paddington tenían fortuna, los DiNozzo, tradición. Herencia europea, sangre italiana y ascendencia inglesa.

Su madre no quiso niños después de él, pese que había deseado tener una casa llena de risas durante mucho tiempo, y su padre no se molestó especialmente con la resolución de ella, desde que encontró en el niño lo que quería y esperaba.

A los cinco, Tony era feliz, y nada hacía falta. Claro, su madre bebía en soledad y su padre apostaba su fortuna en el secreto de su trabajo pero Tony era ajeno e inocente y era un niño contenido. Eso terminó antes de que el recuerdo de la alegría se grabase en su memoria.

El primer recuerdo de su madre fue en un cuarto blanco, con sábanas sin color, y una película en proyección. El olor de los antibióticos lo acompañaría muchas veces dada su suerte para terminar en situaciones peligrosas. Y ese fue también, el último recuerdo de su sonrisa. Lo demás vino en forma de fotografía, risas y paseos, y Tony nunca creyó en las imágenes fijas, de todos modos. Podían engañar fácilmente, eran sólo una captura de pantalla.

Él era resilente. Obstinado. ¿Cómo iba a sobrevivir si no? Y tenía una buena cara de todo-está-bien.

La vida con su padre fue solitaria. El hombre que no sabía cuidar a un niño, el niño que aprendió que era malo mostrar sus sentimientos. El hombre que no podía dejar de llenar un vacío, el niño que fue olvidado y relegado y renegado. El niño que se escondió detrás de máscaras y el hombre que olvidó cual era su verdadera cara. Tan parecidos, tan diferentes.

Su madre tenía sonrisa fácil, corazón tierno y gracia innata, su padre tenía encanto, labia y antifaces.

Tony lo heredó todo.

Los primeros años de su vida fueron solitarios. En la escuela, fue el niño que siempre estaba sonriendo y era ejemplar y perfecto. En la secundaria, se sintió extraño y mal y solo, otra vez. En la universidad era el chico con futuro, el deportista y el divertido. Elocuente, vibrante. Una cara que recordarías con una sonrisa pero solo un eco de fondo en el recuerdo. Nadie, alguien. Tony no insistió en la profundidad, no tenía sentido aferrarse a alguien que luego iba a irse.

Y así, ocurrió. Había fuego y llanto y dolor. Hubo un niño y una niña. Hubo muerte y vida.

—Muy bien hecho, hijo—murmuró un policía y le apretó el hombro con orgullo. Jason, el pequeño que sacó del fuego, lo miró con rabia y dolor y furia. Tony no podía culparlo.

Pero, algo cambió para siempre. No fue más el niño ni el joven que no era nadie, que estaba solo y quedaba al margen. Por una vez, hizo la diferencia.

Intentó hacerlo, cada día, desde entonces.

(*)

Caitlin Todd era impetuosa, imprudente, desafiante. A veces. Siempre. Nunca. Ella era contradicción. Como todos. No muchos esperaban eso de ella, sin embargo, la primera vez que la veían, el andar elegante y los zapatos altos confundían, pero era dolorosamente claro una vez que la conocían. Sabía usar un arma, no era tan frágil. Era terca. Por eso era destacable.

Ella odiaba ser catalogada pero estudió la conducta y los perfiles para entender a otros. Ella vio y entendió, analizó. Por supuesto que era contradictoria. Pero, ¿quién no lo era?

Kate creció con tres hermanos y una hermana. Ella y Rachel nunca habían compartido muchos intereses hasta que Caitlin llegó a la adolescencia, pero, aun así, Kate se sintió lejos de su hermana en todas sus épocas. Sus hermanos fueron siempre más entretenidos. Y eran tres. Más fáciles para seguir. Mucho más difíciles de complacer. Lo hicieron todo más divertido, además. Complicado. A Kate le gustaba lo complicado. Ella fue la mejor en todos sus juegos, porque le gustaba vencer. Y no sabía rendirse.

—Eres solo una niña—murmuró Conrad, alto y desgarbado para su edad, líder nombrado del grupo de amigos de sus hermanos, cuando se unió a ellos en la calle.

Conrad no era mayor que Rachel. Ni siquiera era mayor que ella, pero se alzó en toda su estatura y se burló. Escuchó otras risas y vio las miradas de sus hermanos, vacilantes y no le gustó la duda en ellos. Kate infló las mejillas y se acomodó la falda sucia y la remera embarrada, se limpió la cara con la mano. Su madre siempre decía que debía vestir como una señorita y actuar como tal, un reflejo de la hija predilecta que quería estudiar psicología. Ella lo odiaba, y no es como si eso la detuviese. Alguna vez.

—Y soy mejor que tú—aseguró a todo aquel que quiso escuchar.

Odiaba ser subestimada. Eso nunca cambió.

Por supuesto que aceptó el desafío. Y eso nunca se detuvo. Ni con un jefe de ojos fríos y un compañero de máscaras felices. Nunca supo como detenerse.

Alguien lo hizo por ella.

Y, sin embargo, Kate dejó una huella.

(*)

Ziva David era fría, fuerte y orgullosa. También fue temeraria. Tuvo que serlo. Se lo enseñaron desde temprano y ella lo aprendió como aprendió a hablar y a tocar el piano. Algunas noches deseó no haber sido tan buena estudiante, deseó ser dueña de su propia vida, pero se regodeó de sus éxitos cuando ocurrieron porque ella era lo que tenía que ser.

Ella era letal. Porque se lo inculcaron y lo tomó, aferrandose a lo que querían que ella sea con cada fibra de su ser clamando una libertad que no poseía y lo que jamás estuvo en su poder negar. Ella era un arma, también, a ojos de muchos. A ojos de su padre. La punta de la lanza, escuchó decir. Y nunca lo olvidó.

Y decidió que los cuchillos serían sus favoritos. Eran afilados y certeros, como ella debía ser. Como querían que fuese. Deseó poder ser más. Más que una sombra. Más que un cumplimiento. Más.

Era honesta. Ziva cumplía su palabra siempre y no hablaba en vano porque creía en un propósito. Detestaba la idea del engaño y la deslealtad. Eran como veneno, y ella las había visto muy de cerca en su trabajo y quería alejarse de ello.

Ella nació como la hija mayor en una casa donde las cosas habían sido decididas de antemano. Un padre ambicioso que buscaba más de lo visible, una madre educada y culta que deseaba algo que no tenían. Una hermana pequeña y dulce que la admiraba. Tali fue el tesoro más grande. Su madre su maestra más alentadora. Y su padre el instructor más orgulloso. Creyó que sería sencillo cumplir sus expectativas.

No lo fue.

—Yo soy Ari Haswari—un hombre de sonrisa astuta la encontró una mañana. Tenía ojos oscuros y un acento peculiar. Era Israel y era su casa pero no la de él y eso no parecía molestarle—. Soy tu hermano.

Ziva no quería creerle. Pero la firma de su sangre estaba escrita en sus rasgos. Y entonces Ari era su hermano y le abrió los brazos y lo recibió en su corazón. Junto a Tali.

Ella era honorable, sin embargo, y nunca dio su palabra en vano. Y él, su hermano, era el fantasma de lo que fue aún antes de morir en sus manos. Un monstruo, él dijo. Ella lo escuchó. Nunca lo olvidó.

Ziva estaría teñida de rojo, desde entonces, en sus pesadillas. Pero, en sus sueños, Ari y Tali sonreían.

Trató de vivir con ello.

Siempre fue difícil.

(*)

Timothy McGee era brillante y adaptable y confiable. Sus manos eran firmes sobre el teclado y, en broma, Abby le llamaba el buscador. No había nada que no pudiese ser encontrado por él, decía ella. Tim le dijo que lo único que no podía hallar era una forma de callar a DiNozzo. Pero no era del todo cierto.

Tim era aplicado. Él sabía que era bueno y se esforzó por mejorar cada vez que algo lo desafió. Mejorar, mejorar. Su padre siempre lo instruyó para hacerlo, desde siempre, desde niño. Superarse, superarse. Él nunca fue el hijo que esperó, incluso aunque no dejó de tratar de seguir su modelo. Se suponía que debía hacerlo sentirse orgulloso y Tim quería hacerlo. Pero no sabía cómo. Su madre y su abuela fueron más indulgentes, más suaves quizás. Pero no se sorprendió de su tacto comprensivo, era previsible. Sarah fue más difícil de entender aunque eso no era relevante para él. Se esperaba que la cuidase como un buen hermano mayor y lo hizo. Cada vez que ella lo necesitó.

Nadie negó su facilidad para operar en distintos ambientes. Era adaptable.

Tim empezó falible y tímido, buscando estabilidad. En la escuela, fue un tormento por instantes. Luego, no. Entonces, de repente, terminó de enmarcar sus títulos universitarios y su futuro se abría camino. McGee también sabía lo que valía y luchó por el reconocimiento. Luchó por superación. Tim tenía que mejorar siempre, actualizarse como una computadora. Persistir. Nunca llegó fácil para él.

Pero eso era gratificante.

—No durarás una semana a tiempo completo con el agente Gibbs—le comentó Sean, un colega de Nortfolk, y se las arregló para sonar preocupado y envidioso al mismo tiempo.—Hemos oído las historias, Tim. ¿De verdad quieres arriesgarte...?

McGee lo despidió con un gesto. Se llevaba sus títulos y su trabajo bajo el brazo, esperando no volver. Con ansias. Avanzar, avanzar. No quería pudrirse en ese rincón oscuro de la agencia, no lo merecía y sabía que podía dar más. Necesitaba la oportunidad. Le faltaba experiencia, sí, pero no el deseo de aprender y prosperar. Había escuchado las historias, pero trabajar con el equipo de Gibbs cuando lo hizo, lo había estimulado. Y estaría Abby y un mundo de posibilidades y más. Y más. Y más.

Tim era ambicioso, también. Y no se avergonzaba de ello. Podía serlo. No había nada peor que ser el niño olvidado, el hijo insuficiente. ¿Qué había de malo en querer ser alguien?

Él siempre se adaptó bien, además. Incluso, cuando el ambiente era hostil.

Podía hacerlo mejorar.

(*)

Abigail Sciuto escuchaba su música a todo volumen y sonreía y era feliz. Fue la niña de los ojos de sus padres, curiosa siempre, revoltosa por tiempos y caprichosa por instantes. Apasionada, sí. Aún más brillante que el mismo sol. Inteligente. Atrevida. Diferente. No usaba tatuajes por una razón, solo le gustaban. La ciencia era su impulso, su mente un caleidoscopio.

Ella sabía lo que quería, lo que no. La describrían como un oximoron dentro de una contradicción y ella no lo negaría, pero Abby tampoco quería que la consideraran algo fijo. Era mutable. Le gustaba el rojo y el negro y el azul. A veces el amarillo. Odiaba tener tiempo libre porque la obligaba a concentrarse en cosas perdidas.

En la última vez que vio a su padre y no le recordó que lo amaba. La última vez que sintió los brazos de su madre como un consuelo y una caricia. En la tristeza en los ojos de Luca cuando ella le contó sobre la muerte de el hombre que creyeron que viviría doscientos años como prometió. En su funeral y la culpa que siguió. En la ausencia y la soledad.

En la familia que perdió.

Llegó a NCIS y dejó de sentirse abandonada.

—La familia es más que la sangre, Abbs—le dijo Gibbs, una sonrisa inusual y voz calmante para serenar su corazón cuando ella descubrió que, en realidad, no sabía quién era.

Ella era inefable. Atípica, en cada definición. Una niña que creció rápido, una mujer que no llegó a ser del todo. Aprendió y creció y fue buena en su trabajo. Era luchadora. Una niña que no quería ser más, una mujer que quería hacerlo todo.

Abby era sociable y solitaria, por momentos. Amable, terca. Por días, su única compañía podrían ser sus bebés electrónicos, y Bert, y las visitas esporádicas de su equipo favorito y ella estaría bien con ello. Otros, buscaba los brazos de Gibbs como un recordatorio y el consuelo, compartía bromas con Tony como si fuera obligación, le guiñaba un ojo a McGee como una sugerencia, y se encontraba con Ducky (o Palmer) como una oportunidad. Kate y Ziva (y Ellie) eran sus cómplices intermitentes en diferentes tiempos.

Gibbs tenía razón, como siempre, y Abby abrazó el conocimiento con todo su corazón.

La familia es más que la sangre, de hecho.


N/A: Otra vez dejé al margen a varios personajes (¡Lo siento, Ducky! ¡Palmer!) pero estos fueron los que llegaron a mi mente. Probablemente, vuelva a retomar con los que restan.

¡Gracias por leer!