Hola, bonitos.

Día de reyes y capítulo nuevo. Quería publicar mucho antes de año nuevo, pero entre cosas y cosas... considero que no tardo mucho en publicar, pero quería estarles trayendo el final de esta historia antes del 2015.

Anoche sufrí de insomnio y me dio un pequeño ataque de depresión; no han sido tiempos tan fáciles y emocionalmente me he visto afectada; tuve la mala idea de poner las noticias y nada, todo fue peor. Me altera demasiado la situación de Venezuela, así que trato de no pensar mucho en eso, ¡pararé de loca a más loca! créanme. Así que, para distraerme, empecé a escribir. Ojalá les guste el capítulo.

Dejo que lean... ¡gracias por su tiempo!


Contigo

Capítulo XIV


Harry estaba recordando la primera vez que probó la pomarrosa, fue a los cinco años; Sirius le había llevado una docena y le supieron deliciosas. Su sabor dulce le hizo agua la boca y hasta le quitaban la sed. Era de una textura muy suave y olía a rosas. Sí, era muy rica y su aroma le fascinaba. Pensaba en eso y sonreía, abrazando a Ginny como si ella fuese algún peluche. Mantenía la cabeza sobre su pecho y dejaba que le acariciase el cabello suavemente, aletargándolo. Tenía sueño pero luchaba contra él, porque temía que al despertar, la paz que sentía no estuviese más. Había demasiada tranquilidad en su interior, en su mente, algo muy inusual. Y si dormía, creía que todo eso se acabaría.

Así que empezó a recordar las Pomarrosas; también recordó el primer libro que su padrino le regaló cuando su lectura comenzó a ser más fluida, y pensó en las películas y en la playa. Hacía mucho que no iba a la playa. El lago le gustaba, pero extrañaba el mar salado, la arena y el olor de los bronceadores.

- Oye, no dejes de hacer eso – dijo en voz baja al sentir cómo las manos de Ginny dejaban de acariciarle el pelo alborotado.

- Creí que dormías – habló ella, empleando el mismo tono de voz. Era muy agradable la serenidad.

- No… eso que haces, se siente muy bien.

- Mimoso – rió Ginny, y sus dedos volvieron al cuero cabelludo de Harry. Él suspiró, completamente relajado. – Puedo cantarte una canción también.

- No.

- Grosero – y volvió a reír.

- Puedes contarme una historia – dijo. – Algo que les hayas contado a tus sobrinos.

- Una historia – Ginny pensó, sintiendo cómo los mechones azabaches se deslizaban sobre su palma. – Ya, te contaré una de mis favoritas... en realidad, es una canción. Pero descuida, no la cantaré – besó su pelo. – El conde Olinos – Harry frotó con delicadeza su mejilla contra la piel de Ginny; su pecho era cómodo y terso.

- Te escucho.

- Madrugaba el Conde Olinos – comenzó a narrar – mañanita de San Juan, a dar agua a su caballo a las orillas del mar. Mientras el caballo bebe, él canta un hermoso cantar; las aves que iban volando se paraban a escuchar.

- Bebe, mi caballo, bebe; Dios te me libre del mal, de los vientos de la tierra y de las furias del mar. Esta noche has de llevarme hasta el palacio real, a sentir el dulce aliento de mi amada al dormitar.

Desde las torres más altas la reina le oyó cantar: - Mira, hija, cómo canta la sirena del mar.

- No es la sirenita, madre, que ése es otro cantar; es la voz del conde Olinos que por mí penando está.

- Si es la voz del conde Olinos yo le mandaré a matar, que para casarse contigo le falta sangre real.

- No le mande a matar, madre, no le mande usted a matar, que si mata al conde Olinos, a mí la muerte me da.

Harry hizo un ruidito apenas perceptible con la garganta. Ginny aguardó un segundo antes de continuar.

Guardias mandaba la reina, al conde Olinos a buscar: que le maten a lanzadas y echen su cuerpo al mar.

La infantina, con gran pena, no cesaba de llorar. Él murió a la media noche, y ella a los gallos cantar.

A ella, como hija de reyes, la entierran en el altar; a él, como hijo de conde, unos pasos más allá.

De ella nació un rosal blanco, de él nació un espino albar; crece uno, crece el otro, los dos se van a juntar.

La reina llena de envidia ambos mandó a cortar; el galán que los cortaba no cesaba de llorar.

Del rosal nació una garza, del espino un gavilán; juntos vuelan por el cielo, juntos vuelan par a par.

Ginevra pensó que era uno de las historias más tristes y hermosas que había escuchado jamás. La repitió y repitió hasta aprendérsela de memoria, recitando los versos como la canción que eran y disfrazando la voz para cada personaje. A Victoire también le gustaba mucho; ella le había regalado la versión ilustrada al cumplir doce años.

- ¿Te gustó? – preguntó después de un minuto, cuestionándose ahora si ese cuento fue una buena elección para contárselo a alguien como Harry. Él volvió a hacer el ruidito con la garganta. – Harry… - llamó, solo para comprobar que el hombre se había quedado dormido y que los ruiditos de garganta eran como una especie de ronquido. Sonrió a medias y besó de nuevo su pelo. Lo tenía casi tan largo como cuando lo conoció.

Bajó sus dedos y apenas trazó el inicio de su espalda, delineando la musculatura. Igual tenía sueño y creía merecer también la pequeña siestecita, caía muy bien después del sexo. Ignoraría el hambre, la cual no era tanta. Estaba muy a gusto como para moverse, muy feliz y satisfecha. Si se ponía a pensar en el porvenir después de aquellos pasmosos e intensos momentos sobre esa cama, podría volverse loca. No sabría cómo definir la situación, en qué depararía aquella relación con Harry si él no se encontraba en condiciones para ofrecerle algo más. ¿Y ella? ¿Estaba preparada?

Respiró hondo, expandiendo sus pulmones, y cerró los ojos. Había mucha quietud afuera y apenas se escuchaba el ladrido de un perro más allá de la casa. Tardó muy poco en dejarse llevar por el sueño pero no durmió más de cuarenta y cinco minutos. Su panza sonó y el hambre le fastidió el descanso. Recordó que tenía las papas a medio pelar en la cocina y, si ponía manos a la obra, podría sorprender a Harry con la tortilla cuando despertara. Era una buena idea, él también se levantaría con hambre.

Poco a poco deshizo el abrazo, teniendo cuidado de no despertarlo al moverlo para dejar libre a su cuerpo. Buscó en el baño una de sus batas y se lavó la cara, refrescándose el cuello y el pecho. Después de comer se daría un baño.

Afuera hacia viento pese al calor y varias hojas secas se dispersaban en pequeños remolinos. Miró por la ventana conforme lavaba las papas ya libres de la corteza, y pensó que debía ir a la tienda y regar las plantas. ¿Serían buenas las ventas, con las personas retomando sus trabajos?

El verano había resultado mejor, mucho mejor de lo que hubiese podido imaginar, en muchos aspectos y por muchas razones que llegaron a su vida sin ella esperarlo. Y Harry era una de las principales. Harry Potter, su amigo. Su Harry. Lo quería mucho, muchísimo. Y cuidado si no estaba ya totalmente enamorada. Y si así era… ¿qué más? ¿Cuál vendría siendo el próximo paso? Aunque no lo quisiese, necesitaba considerar todo ¿Exigirle la estabilidad que tanto añoraba? Ella había logrado cumplir varias de sus metas personales, mas aún mantenía en blanco la página que hacía unos años había apartado para una experiencia que deseaba, y con gran fervor. Quería una familia, quería ser madre. ¿Estaría Harry dispuesto? Hablar con él y entablar la posibilidad… ¿era muy pronto?

- Hicimos el amor – varias veces, cada vez mejor, cada vez más perfecto – Hicimos el amor… ¿Y qué vendrá ahora? – sus deseos se frenaban ante una posible reacción de indiferencia por parte del hombre. Pero veía a Harry tan bueno, tan agradable y tan educado, que dudaba que él se mostrara impasible ante ella después de ese día, después de esa mañana tan movida y espectacular.

Entonces, ¿cómo iba a continuar todo? Dejó las papas sobre el mesón y buscó las bolsas con las especias. Se felicitó por haber escogido el cilantro más verde del mercado. Iba a empezar a picarlo en diminutos trozos cuando escuchó un quejido proveniente del pasillo. La exclamación de alguien cuando se tropieza con algo tirado en el suelo y se lastima el dedo chiquito del pie. Salió de la cocina y se encontró con Harry a medio camino en el pasillo. El hombre arrastraba con sus pies desnudos los zapatos de Ron.

- Creí que dormirías un poco más – dijo Ginny, observándolo. ¿Habría olvidado que no estaba en su casa? Y es que se había levantado sin prenda alguna cubriéndolo. Él la miró sin decir nada y Ginevra sintió el vuelco de algo compacto en su vientre, como si alguna criatura brincara en un trampolín dentro de su estómago.

Harry se acercó a grandes pasos sin emitir palabra alguna, y la tomó de la cintura con indudable necesidad. A Ginny le sorprendió el gesto, abrió los ojos de par en par y su boca, formando una especie de "O" torcida, soltó una exclamación de desconcierto ante tal arrebato de su parte.

El moreno la aprisionó contra la pared y con su cabeza hizo caer uno de sus portarretratos. Aferró los brazos en torno a su cuello y sus piernas se asieron a sus caderas. Era obvio lo que él pretendía, lo que él quería apenas la sujetó y pegó hacia su cuerpo. La corriente eléctrica que atravesó la columna vertebral de Ginevra le erizó los pelillos de los brazos y su cuerpo se incendió apenas comenzó a besarla con violencia. De nuevo lo quería todo, cada parte de su esencia, cada centímetro de su piel. No se cansaría.

- Harry… – apoyaron sus frentes perladas, dándose el tiempo de recuperar el aliento, y él la miró con las pupilas increíblemente dilatadas.

- ¿Qué me pasa contigo? – sus manos sujetaban sus muslos y de apoco le apartaba la bata. – Hacia años que no me sentía así…

- ¿Así como?

- Como un adolescente – su boca dio un beso sobre uno de sus senos, expuesto desde el momento en el cual la apretó contra la pared.

Ginny apenas sonrió antes de besarlo. Le tomó la cabellera y cerró las manos en puños, deslizándolas después para sentir las hebras azabaches correrse entre sus dedos.

- También me siento así contigo.

- Discúlpame, pero… – terminó de apartarle la bata, obsequiándole una caricia íntima que le hizo ronronear. – Necesito… – se apretó a ella y Ginny gimió, excitada. Harry volvía a su interior con suavidad y empezaba a moverse lenta y pausadamente, asegurando el disfrute de cada roce, de cada inclinación cuando empujaba más y más contra su cuerpo.

Ginevra presionó sus labios contra su hombro y ni cuenta se dio del momento en el cual comenzó a morderlo, buscando quizá una forma de aplacar sus propios gemidos. Harry jadeaba sobre su oreja y besaba su cuello cada tanto. La abrazaba con excesiva posesión y hundía la nariz en su pelo rojo, aspirando con fuerza.

Cuando el orgasmo llegó, ambos se tomaron su tiempo para reponerse. Ginevra no bajó sus piernas sino hasta que se creyó capaz de poder sostener su peso, manteniéndose aferrada al hombre por si sus rodillas no lograban recuperar del todo la estabilidad.

- Lamento si fui… – Harry se apartó un poco y comenzó a acomodarle la bata – si fui…

- No te disculpes por nada – le acarició la mejilla. – Todo ha sido muy dulce, muy placentero, ¡y Dios! No sé… – se llevó una mano a la frente.

Harry quería abrazarla y quedarse así por mucho tiempo. Sí. Si no podía ser para toda la vida, al menos por mucho tiempo.

- ¿Tienes hambre? – preguntó ella después de un minuto. – Estaba preparando la tortilla cuando te levantaste.

- Podría comer un pedazo.

- Aún no la acabo – se alejó. – Ve a refrescarte y ponerte algo encima. No podré cocinar si te paseas desnudo por todos lados – le pellizco el pecho y besó su barbilla. – Anda.

Sabía que hablar era el próximo paso y, siendo sincera, no tenía idea de cómo iniciar la conversación. Harry llegó a la cocina en pocos minutos, ya vestido. Se había mojado el pelo y echado hacia atrás, para evitar que las puntas del flequillo le fastidiasen en los ojos.

- ¿Quieres que te ayude? Puedo seguir con eso mientras te vistes – dijo él, señalando el cilantro que restaba por picar.

- Bien, toma – le tendió el cuchillo. – No tardaré – en su habitación pensó si había sido buena idea esa la de vestirse.

Suspiró y recogiéndose el cabello, volvió a la cocina. Harry ya había terminado con el cilantro y empezaba a picar las cebollas.

- Sigue con eso, yo terminaré con las papas.

Cocinaron sin hablar de nada, concentrados. Cuando se sentaron a comer, aún no sabían que decirse.

Harry estaba alterado, en suma medida. Eran demasiadas las emociones y su cabeza no daba más ante tantas cosas. La paz que sentía parecía abandonarlo de apoco, dejándolo aturdido. Ginny comía a su lado, callada y con la vista fija en su plato.

- Ginny… – la llamó, aún sin saber cómo empezar.

- ¿Te gusta? – preguntó ella.

- Muy buena – medio sonrió.

- Tú ayudaste.

- Solo piqué, nada más.

- No te quites crédito – se llevó un trozo de tortilla a la boca; junto al vaso de té helado estaba su teléfono.

- ¿Tu familia ya abordó el avión?

- Mandaron un mensaje hace una hora, estaban esperando en el aeropuerto – tomó una servilleta y se limpió la comisura de los labios. – Debo ir a la tienda a regar las plantas. No tienes que acompañarme, seguramente tienes cosas que hacer en casa.

- Yo no… – naturalmente, quería ir con ella. No obstante, creyó que estar lejos de su persona por unas horas le ayudaría a definir sus sentimientos y ponerle un alto a sus inquietudes. Necesitaba aclararse. – Tengo ropa que lavar.

- Aprovecha que es domingo – se levantó y recogió su plato. Harry comió lo último que le quedaba y se levantó también.

- Mañana llevaré el sedan al mecánico – comentó por comentar al salir al pórtico.

- Tanto burlarse de mi auto, ¿y quién necesita el mecánico? – se burló la mujer, Harry alzó los hombros.

- Así suceden las cosas – el viento hizo sonar las campanas y les despeinó el cabello.

- Así – lo miró. - ¿Nos veremos después? – él asintió con la cabeza de inmediato. – Me iré a la tienda dentro de un rato. Cualquier cosa, avísame.

Se despidieron con un corto beso y anduvieron como si no tuviesen nada más de qué conversar. Si las cosas iban a ser así, poca probabilidad había para el futuro que Ginny soñaba.

La pelirroja se dio una rápida ducha y salió a la tienda poco después de las tres de la tarde. Desde su jardín no escuchaba ruido alguno proveniente de la casa de Harry. La tentación de tocarle su puerta latía potente, verlo y hablar, hablar de todo lo que debían antes de seguir como si nada. Y es que ya esa no era una opción; seguir como si nada. ¿Y si ocurría como con los besos? Cuando les diese la gana, ¿se echarían un rapidito en la trastienda? ¿Podía ser?

- Qué sosería, Ginny – se dijo mientras echaba agua a los lirios. Quería poder conversar con alguien; con Hermione, con Luna, con alguna otra de sus cuñadas, incluso. Ben también era una buena opción.

Dejó la manguera arrebujada a un lado y prendió la computadora, tal vez tendría suerte y vería conectado a alguno de sus amigos. Pensaba en qué podrían decirle, que no la hayan dicho ya con anterioridad. Los mismos consejos que soltaban cuando se prendaba de un tipo con demasiada prisa. Tómalo con calma. No te ilusiones. Aclara tu mente y habla con él. Eran cosas muy simples y en aquellas ocasiones poco las tomaba en cuenta. Mas ahora, con sus experiencias, con sus aprendizajes, ¿no debía ella saber ya? Harry no era como los otros sujetos; ni siquiera un poco. Y si él llegaba a rechazarla como tantas veces ellos lo habían hecho, no se recuperaría tan rápido. El golpe sería más fuerte y no podría con la depresión siquiera con mucho helado.

- Nadie – ninguno de sus contactos se mostraba conectado. Lamentó no haber pagado la renta de su teléfono celular, para al menos llamar a Ben. – Y bien, hay que definirse. No estamos para juegos. – Se dispuso a terminar con su trabajo para volver a casa antes del anochecer.

O O O O

Harry se sentía mareado ante tantos análisis, tantas excusas que buscaba para poder explicar lo sucedido horas atrás. Tenía que entender que aquello había sido más que un desahogo, más que las simples ganas de un cuerpo bonito. Ginevra era diferente y su atención hacia ella iba en aumento con el pasar de cada minuto. ¿Qué hacer ante eso? Aceptarlo era el primer paso, ¿y después? ¿Podría ofrecerle lo que merecía, cuando su pasado aún lo cogía con fuerza? Le sacudía toda la vida, inestabilizandolo.

Se sentó en el sofá y aferró contra sí el álbum de fotos. Se había caído de entre unas cajas que aún no revisaba desde la mudanza. Él conservaba muchas cosas de su esposa; inclusive algunas prendas de ropa de la cual creía percibir aún su aroma. El anillo matrimonial colgaba de una cadenita bien guardada en sus gavetas y tenía además varios accesorios que solía usar sobre su pelo; desde cintillos de colores hasta ganchillos de lazos y flores.

Algo había pasado esas últimas semanas, que Katherine poco se había manifestado. Y al darse cuenta, pensó en ella con desmedida intensidad. Rememoró en su mente el día en el que se conocieron, el día de su boda, el día en que juntos acomodaron aquel diminuto apartamento del este y de cómo debía ser el sofá-cama que querían comprar para la salita. Recordó el accidente y tuvo ganas de llorar, repitiéndose que él no era el culpable, pero que tampoco debió salvarse.

- Lo lamento mucho, cariño. Perdóname – dejó el álbum a un lado y se tomó la cara entre las manos, apoyando los codos en sus rodillas. Tenía tiempo sin llorar así, por lo que se dejó hacer, tenía todo el derecho. Katherine estaba muerta y él había pensado estar con otra mujer, hasta en atreverse a idearse, muy levemente y por poquísimo tiempo, una posible familia. Y lloraba por ello; por la culpa retomando su fuerza y por el plan de no volver a estar con Ginevra siquiera como un amigo. No era correcto. – Ya, perdóname – sorbió y se quitó las gafas, secándose los ojos con el dorso de su mano. – Perdóname, debo controlarme. – Tomó el álbum y lo abrió, detallando con melancolía las fotografías. Tantas cosas vividas que juntos disfrutaron, recuerdos muy lindos.

Observaba cada foto por cuarta vez cuando alguien llamó a la puerta; sabía de quien se trataba. Ginny lo miró bajo el umbral y algo en su estómago empezó a retorcerse. Ella le brindó una linda sonrisa que no pudo responder.

- ¿Todo bien? – preguntó al verlo, cabizbajo y con unos indudables caminitos húmedos en sus mejillas. – Harry…

- Yo…

- ¿Te sientes bien?

- Sólo…

- ¿Puedo hablar primero? – tenía que continuar antes de escuchar lo que tuviese que decirle, porque tenía la espinita clavada en la garganta y no estaría tranquila hasta soltarlo todo. Fuese cual fuese el resultado, necesitaba decirlo de una vez. – Lo siento, pero necesito decirlo antes de acobardarme y… que todo pase – suspiró. – Lo que pasó esta mañana… ¡no me interrumpas, por favor! – pidió al verlo abrir la boca. – Lo que pasó esta mañana en mi casa, más de una vez – sus mejillas se tornaron un poco rosas – fue maravilloso, y te agradezco por ello. No recuerdo cuando fue la última vez que me sentí tan… deseada por alguien –estiró un brazo y le tomó la mano; Harry no se atrevió a apartarla, aún cuando creía que sería lo mejor. – Desde hace semanas que yo, estando contigo, me siento… no como otra persona, sino como la Ginny que vivía antes de casarse y divorciarse y tener mil desventuras con hombres que no querían siquiera darme la hora después. Y hoy, después de estar juntos – calló un segundo y tomó aire – solo… debería decirte que te quiero, nada más. No sé por qué debe ser tan complicado – apretó su mano. – No debería, ¿verdad? Ser tan complicado – y no lo era, ¿cómo decía su madre? Las cosas de la vida son tan pero tan simples que parecen siempre complicadas. – No lo es, es algo muy sencillo. Te quiero, eso es todo – guardó silencio, respirando con profundidad. Se había abierto de la forma en la que siempre se debe uno abrir, con la sinceridad por delante. Dijo todo lo que sentía y no se arrepentía.

Harry la miró sin parpadear, procesando toda su revelación. Quizá no era una sorpresa para él, pero tampoco esperaba de ella tal confesión en ese momento, menos cuando la imagen de Katherine saltaba en su mente,más nítida que nunca.

- Ginny… – su mano dejó de percibir el calor de los dedos de ella. – Lo siento, pero…

- Una cosa más… – apretó los labios para humedecérselos, notando que los tenía muy secos. – Dije todo esto porque es algo bueno y maravilloso, pienses lo que pienses. No recuerdo haber sentido alguna vez algo así por alguien, ni por Dean siquiera, y es algo muy bonito – suspiró bajamente, soltando aire.

El hombre bajó la vista y se alejó un paso, entrando a la casa.

- Lo siento, Ginny – fue lo único que expresó, sin verle la cara. Si miraba sus ojos, resultaba todo más difícil y doloroso.

La mujer quería elevar una mano y tomarle la barbilla, que la viera y fuese claro. Pero Harry se alejaba apenas veía sus intenciones, sin decir nada más. Ahí tenía su respuesta, era un consejo que le habían dicho desde niña, no recordaba si había sido su madre o su padre, y así era: cuando no se tiene nada bueno que decir, es mejor quedarse callado. Tan simple como decía Molly Weasley que era la vida.

- De acuerdo – dio dos pasos hacia atrás y giró, buscando los escalones. Podía interpretar el silencio sin dificultad, aún cuando el mismo resultaba ser tan gélido como un tempano de hielo. Volteó la cara al estar a medio camino en el jardín, Harry ya había entrado y cerrado la puerta. – Bien, voy a estar bien – fue a casa. Y por primera vez desde que llegó a Lovell, se sentía totalmente confundida y fuera de lugar.


Gracias infinitas a quienes continúan acompañándome acá, por su tiempo y sus comentarios. Saben que cualquier opinión, crítica y corrección es bien recibida.

Un abrazo muy fuerte. ¡Y feliz 2015 para ustedes! deseo fervientemente, sea este un año mejor para todos.

Nos leeremos prontito con el final, corazones...

Besos,

Yani.!