Los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia a E. K
Capítulo 13
Bella intentó parecer tranquila al enfrentarse a la mirada de su hermano, pero en solo unos segundos, el gesto de desaprobación de Emmett la hizo sonrojarse. Por mucho que se recordara a sí misma que era una mujer adulta, cuando su hermano la miraba de ese modo volvía a sentirse una niña pequeña.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al tiempo que le soltaba la mano a Edward.
—He venido a ver qué tal estabas. Estaba muy preocupado —respondió su hermano, sin embargo, su mirada era terriblemente fría—. Pero ya veo que estás muy bien.
Se acercó a él, descalza sobre el mármol helado del suelo. Edward la siguió y le tendió la mano al recién llegado.
—Me alegro de verte, Emmett.
Emmett aceptó la mano con evidente desgana, tenía esa actitud de hermano mayor que resultaba casi cómica.
—Veo que interrumpo —dijo, incómodo.
Bella esbozó una sonrisa.
—No, en absoluto. Íbamos a hacer café.
—Mejor lo hago yo mientras vosotros os vestís.
—Buena idea —reconoció ella.
Mientras se daba una ducha rápida para borrar cualquier rastro de la pasión mañanera, Bella pensaba que la visita de Emmett no iba a ser divertida. Estaba claro que lo había enviado su padre a controlarla y Emmett siempre estaba dispuesto a cumplir los deseos del senador. A veces se preguntaba cómo era posible que estuviesen tan unidos. De pequeños, Emmett había sentido verdadera adoración por su madre y, si bien ella los quería a los dos, lo cierto era que el primogénito siempre había sido su ojito derecho. Tras su muerte, Emmett había caído en un pozo de tristeza del que había tardado mucho tiempo en salir; se había alejado de sus amigos, había descuidado sus estudios y no había dejado de decir lo solo que estaba desde que su madre lo había abandonado. Por lo visto el senador lo había ayudado a recuperarse y entonces Emmett había traspasado todo su amor a su padre.
Como de costumbre, Bella había vuelto a estar de sobra. Obstinada, apasionada y liberal, era completamente distinta a los demás integrantes de la familia, incluyendo a su madre.
Una vez vestida con unos pantalones negros y un suéter gris con cuello de pico, bajó a la cocina, donde encontró a su hermano con una taza de café en la mano y otras dos servidas sobre la mesa.
—Lo he hecho como a ti te gusta.
—Gracias —dijo ella, disfrutando del aroma recién hecho—. No sé cómo podría vivir sin cafeína —comentó después del primer sorbo.
Por primera vez desde que había llegado, Emmett sonrió de verdad.
—Deberías beber menos café.
—Es posible que lo haga algún día —respondió ella—. Me estaba acordando de cuando espiábamos a papá por el interfono.
Emmett se echó a reír.
—Es verdad, qué divertido era. Hasta que lo descubrió y se acabó la diversión —hizo una breve pausa y la miró fijamente—. Bueno, ¿qué pasa entre Edward y tú?
Bella tragó saliva para intentar hacer desaparecer el nudo que se le había formado en la garganta.
—Nada serio —se limitó a decir.
—No era eso lo que parecía cuando os he visto bajar.
Bella miró a su hermano.
—¿A qué has venido en realidad, Emmett?
—A ver si estabas bien —repitió con gesto de sinceridad—. Y también quería ver si podía ayudarte a averiguar qué le ocurrió a Angela.
Bella enarcó ambas cejas.
—¿Desde cuándo te importa el caso?
—No me gustó eso que dijiste de que yo odiaba a Angela —admitió con tristeza—. Es posible que me pusiera un poco nervioso cuando éramos pequeños, pero yo no la odiaba. Para mí era la molesta amiga de mi hermanita. Siento mucho que la mataran, Bella.
—Lo sé —reconoció con cierta culpa—. No pretendía acusarte de odiarla. Lo pagué contigo sin motivo.
—Te lo dije —respondió Emmett, sonriendo.
—Pero te lo merecías.
En ese momento apareció Edward y Bella experimentó una descarga de deseo instantánea al verlo con esos vaqueros, esa camisa negra y el pelo mojado. No se había afeitado, lo que le recordó lo maravilloso que era sentir el roce de su barba en la piel.
Bajó la cabeza para que no viera el rubor de sus mejillas, pero a Edward no se le escapaba nada y la mirada de excitación que le devolvió hizo que se le atragantara el café.
—¿Estás bien? —le preguntó él, como si nada.
—Sí, sí. Se me ha ido por donde no era —mintió.
Edward contuvo una sonrisa, pues sabía perfectamente la naturaleza de los pensamientos de Bella. Estaba sonrojada y encantadora, pero se recuperó rápido. Él tuvo que dejar de mirarla antes de que se notara el modo en que reaccionaba su cuerpo a ese rubor.
De pronto descubrió que Emmett estaba mirándolo.
—Siento haberme comportado como un imbécil antes, Edward —se disculpó—. Es el instinto protector de hermano mayor.
—No te preocupes —respondió él.
—Decidme, ¿habéis avanzado algo con el caso?
—No —reconoció Bella y le contó la visita a la oficina del forense.
—No es mucho, la verdad —dijo Emmett, pensativo—. ¿Estáis seguros de que no fue Jake? Fue el último que la vio con vida.
—Lo sé, pero no creo que fuera él. Es cierto que se exalta con facilidad, pero no tenía motivos para hacerlo. Angela y él habían roto y, si no recuerdo mal, ninguno de los dos parecía muy afectado por ello.
—Puede que él lo estuviera, pero no lo demostrara —sugirió Emmett y miró a Edward—. ¿Tú qué crees?
—Estoy de acuerdo con tu hermana. Vi cómo lo negó anoche y no me hizo sospechar nada.
—Edward y yo íbamos a repasar de nuevo toda la documentación que tenemos, a ver si encontramos algo —le contó Bella—. Si quieres, puedes ayudarnos.
—Claro —aceptó él.
Bella no tardó en volver con los papeles y, al dejarlos sobre la enorme mesa de madera de cedro de la cocina, le lanzó una mirada a su hermano.
—¿Qué tal está ?
—Muy bien —no pudo contener una sonrisa al responder.
Emmett les contó unas cuantas cosas sobre su novia sin dejar de sonreír mientras hablaba de ella.
—Me alegro de que tengas una relación —afirmó Bella con cariño.
—Yo me alegro de tenerla —reconoció Emmett antes de ponerse con el caso.
Pasaron la siguiente hora repasando una y otra vez los mismos papeles, hasta que a Edward empezaron a escocerle los ojos de leer aquella letra tan pequeña. Analizaron a fondo el informe de la autopsia, la declaración de los padres de Angela y la de Jake sin encontrar nada. A pesar de la falta de pistas, Edward no podía evitar pensar que había algo extraño.
El problema era que no conseguía saber qué era.
—Hay algo que no encaja, pero no sé decir qué.
Bella miró el documento que tenía en la mano.
—¿En la declaración de los padres de Angela?
Edward asintió.
—La última vez que vieron a su hija fue esa mañana, antes de que se fuera al instituto. Yo hablé con ellos y creo que de verdad no saben lo que ocurrió.
—Sí, pero... —Edward fijó la mirada en el papel.
—¿Te importa si echo un vistazo? —le preguntó Emmett—. Aún no lo he leído.
Le dio el papel mientras Bella lo miraba arrugando el ceño.
—¿Cómo es posible que no encontremos ni una sola pista? —le preguntó con frustración.
—Porque aquí no hay nada —reconoció Edward—. Lo único que sabemos es que hace diez años Angela fue al bosque a reunirse con alguien o a correr y no volvió. La policía examinó el terreno minuciosamente y no encontraron nada. Hablaron con todo el mundo y tampoco encontraron nada.
—Tiene razón, aquí no hay nada —confirmó Emmett después de leer el informe y miró a su hermana con cariño—. No creo que vayas a poder resolver este caso, Bella.
—Tengo que hacerlo. Se lo debo a Angela.
Ninguno de los dos dijo nada a eso hasta que Edward resopló y dijo por fin:
—Como ya he dicho antes, creo que debemos concentrarnos en averiguar quién te sacó del puente.
—Entonces vamos al puente —sugirió ella poniéndose en pie con determinación.
—¿Ahora?
—Sí.
Bella tenía esa mirada que hacía pensar que nada ni nadie podría detenerla.
—Entonces no hay más que hablar —dijo Edward mirando a Emmett, que parecía entretenido con la escena.
Edward se quedó a cierta distancia de Bella, observándola mientras miraba al río con frustración. El río estaba al otro lado del pueblo, sobre el río Grace, un pequeño afluente sin demasiada corriente. Era un puente ancho con barandillas de madera. Habría sido mejor que fueran de acero, pensó Edward, eso habría impedido que el coche de Bella cayera al río. Sin embargo la madera se había roto.
Estaba todo arreglado ya, por lo que enseguida se dieron cuenta de que allí tampoco iban a encontrar nada. Edward apretó los dientes al mirar hacia abajo. Había agua suficiente para que un coche quedara sumergido. Imaginó a Bella allí abajo, hundiéndose lentamente y la rabia le atenazó el estómago. Podría haber muerto.
—Debería irme —dijo Emmett con voz tranquila, acercándose a él—. Aquí no vamos a descubrir nada —auguró a continuación.
Ella seguía mirando el agua lejos de ellos, con los hombros tensos por la insatisfacción que suponía no encontrar ninguna pista.
—¿No te quedas a dormir? —le preguntó Edward.
—No, esta noche tengo planes con Rosalie y le prometí que volvería por la tarde —titubeó un instante—. ¿Puedo serte sincero?
Edward asintió.
—Me ha enviado el senador —admitió Emmett, hablando bajo para que Bella no lo oyera—. Quería que la llevara a casa.
—No va a volver hasta que esté preparada.
—Lo sé, por eso no voy a presionarla. Es obvio que no va a poder descubrir lo que le ocurrió a Angela, supongo que acabará dándose cuenta y se marchará voluntariamente dentro de unos días.
Mejor así que llevársela a la fuerza, como quería el sinvergüenza de su padre.
—¿Por qué eres tan leal con él? —no pudo evitar preguntarle a Emmett.
Y a él no le ofendió que lo hiciera.
—Es mi padre —dijo sencillamente—. Desde que murió mi madre, él es lo único que tenemos. No veo que tenga nada de malo hacer lo que me pide, dentro de lo razonable.
—¿Y te parece razonable que encerrara a tu hermana en un hospital psiquiátrico?
—Si te soy franco, aún no estoy del todo seguro de que no se tirara del puente intencionadamente. Yo estuve con ella en el funeral, Edward. Estaba destrozada.
—Bella jamás intentaría suicidarse.
—No lo sé —dijo, mirando a su hermana—. Escucha, no sé qué hay entre vosotros, pero tienes que intentar que deje un caso que no va a poder resolver. El senador empieza a impacientarse.
—¿Por qué? —Edward meneó la cabeza, perplejo—. ¿Por qué le importa tanto que investigue?
—No lo sé, pero está empeñado en que vuelva a casa —explicó en voz baja—. Dice que hará lo que sea necesario para hacerla volver.
Edward apretó los dientes.
—¿Incluso enviar a gente del hospital?
—Es posible —Emmett soltó un suspiro—. Ya sabes cómo es mi padre. Le gusta tenerlo todo controlado. Lo que más le importa es dar buena imagen y, por desgracia, mi hermana tiene la mala costumbre de dejarlo en mal lugar. No le gusta no poder controlarla.
—Pues más le vale irse acostumbrando —advirtió Edward riéndose—. Porque no es fácil controlar a Bella.
Emmett sonrió con tristeza.
—No lo es, no —echó un vistazo al carísimo Rolex que llevaba en la muñeca—. Tengo que irme.
Edward asintió y fue a buscar a Bella, que al oírlo llegar, se volvió a mirarlo con tanta tristeza que le rompió el corazón.
—Aquí no hay absolutamente nada —murmuró—. Ni marcas de ruedas de otro coche, ni restos de pintura; nada que indique que había otro coche.
—Lo sé, por eso es mejor que nos vayamos. Además, Emmett quiere volver a Washington.
Volvieron a la residencia de los Swan en completo silencio y, al llegar allí, Emmett se despidió de ambos y se marchó. Parecía decepcionado por no haber descubierto nada, pero Edward habría jurado que también se alegraba. Sin duda iría directo a contarle a su padre la noticia de que Bella no dejaba de darse contra un muro y que no tardaría en volver a casa. El senador Swan estaría encantado.
Durante la tarde, Bella pasó de la tristeza a la furia y de nuevo a la tristeza. Edward y ella estuvieron leyendo de nuevo los informes, pero una vez más, no dieron con nada. Finalmente decidieron tomarse un descanso y acabaron jugando al Scrabble. Debería haber sido divertido, como lo había sido tantas veces mientras habían estado juntos, pero ni siquiera eso pudo levantarles el ánimo.
Se sentía un fracaso. Llevaba diez años volviendo a Autumn cada cierto tiempo, haciendo preguntas, leyendo informes y siempre terminaba volviendo con las manos vacías. Angela había desaparecido y una década más tarde habían encontrado su cuerpo. Eso era todo lo que sabían y parecía que nunca sabrían más.
Por mucho que odiara admitirlo, quizá hubiera llegado el momento de rendirse. Llevaba toda la tarde planteándoselo, luchando contra su propia naturaleza porque no estaba acostumbrada a rendirse, pero no sabía cuánto más tiempo podría aguantarlo.
Edward tuvo el detalle de no decir nada mientras ella cavilaba. Se levantó a preparar unos espaguetis que comieron en silencio y luego Bella se retiró al despacho, donde estuvo dos horas intentando decidir qué debía hacer.
Al final decidió no hacer nada. Por lo menos esa noche. Se iría a dormir, dejaría descansar a su cerebro y ya lo pensaría por la mañana.
Acababa de levantarse de la silla cuando sonó el teléfono. Era su hermano.
—Otra vez tú —le dijo, bromeando.
—Siento molestarte, Bells, pero antes me olvidé de decirte algo. La semana que viene es el cumpleaños de Rosalie y voy a hacerle una fiesta sorpresa —parecía un adolescente enamorado—. Me gustaría que vinieras. Me parece que os llevaríais muy bien las dos.
Le conmovió que su hermano quisiera invitarla porque no habían pasado mucho tiempo juntos desde la muerte de su madre.
—Encantada —dijo—. ¿Has tenido buen viaje de vuelta a la ciudad?
—Sí, casi no había tráfico. Acabo de dejar a Rosalie en su casa y me voy a la mía.
—Conduce con cuidado —le dijo—. Y gracias por la invitación.
—Hablaremos pronto —aseguró antes de colgar.
Bella colgó el teléfono y salió del despacho cerrando la puerta tras de sí. Se detuvo a los pies en la cabeza. ¿Debería ir a la habitación de Edward o a la suya? Después de todas las decepciones del día, se moría de ganas de refugiarse en sus brazos y hacer el amor con él, pero no estaba segura de si él querría que lo de la noche anterior se quedara en eso.
Al final se fue a su habitación, pues seguía sin saber lo que quería Edward y no tendría fuerzas para afrontar que la rechazara.
Se puso el pijama, apagó la luz y se metió en la cama creyendo que le costaría conciliar el sueño, pero el cansancio pudo más que cualquier preocupación. Estaba en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia cuando llamaron a la puerta suavemente.
—Pasa —dijo, adormilada.
Al abrirse la puerta, la luz del pasillo inundó la habitación y pudo ver la silueta de Edward.
—¿Te he despertado?
—No, aún estaba despierta.
—No lo parece.
A pesar de la oscuridad, podía ver el brillo de sus ojos verdes.
—¿Qué quieres, Edward?
—Solo quería decirte que me voy a dar una ducha antes de acostarme, así que buenas noches.
—Buenas noches —respondió con tristeza. Había hecho bien en no ir a su habitación porque era evidente que no tenía intención de repetir lo de la noche anterior.
—¿Quieres que venga cuando salga de la ducha?
El corazón le dio un vuelco. Parecía que se había equivocado. Levantó la cabeza de la almohada y lo miró a los ojos, donde encontró una mezcla de incertidumbre y excitación.
—Sí —susurró.
—También puedes ducharte aquí —le dijo.
—Tengo que cargar el teléfono y agarrar unos calzoncillos —esbozó una sonrisa—. No te preocupes, volveré enseguida.
Cerró la puerta suavemente y el dormitorio volvió a quedar a oscuras. Con la alegría en el cuerpo, Bella volvió a acomodarse y a dejarse llevar por el sueño a la espera de que volviera. Lo imaginó tumbándose a su lado y rodeándola con un brazo. Cuánto había añorado el dormir con él.
La puerta volvió a abrirse, parecía demasiado pronto. Estaba tan adormilada que no se molestó en abrir los ojos, simplemente murmuró:
—¿Ya estás aquí?
Edward no respondió, pero se oyeron sus pasos sobre la alfombra. Bella sonrió y se arropó bien. En lugar de meterse con ella bajo las mantas, las retiró y eso la sorprendió. Al abrir los ojos se encontró con un rostro cubierto por unas enormes gafas de esquí.
Y luego una mano le tapó la boca.
Las quiere Indi
