No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Jessica Sims (Saga Midnight Liaisons). Yo solo me divierto un poco.

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Edward regresó completamente vestido. Debió haberse puesto la ropa justo saliendo de la ducha, porque su camiseta se pegaba a todas partes de su cuerpo húmedo, y su cabello formaba florituras mojadas en su frente.

Estuvo fuera el tiempo suficiente como para que yo me repusiera. Se sentó en el borde de la mesa de centro y trató de tomar mis manos, pero yo las alejé.

—Isabella, sólo quiero disculparme. No debí haber sido tan apabullante contigo en el sillón.

¿Así que estaba teniendo dudas acerca de la asquerosa humana virgen?

—No —dije, mi voz tensa por el dolor—. No debiste haberlo hecho.

Pareció aún más derrotado ante mi tono.

—Sé que eres virgen. Probablemente quieres flores y cenas a la luz de las velas, y yo no puedo darte eso. Pero puedo prometerte que no voy a arrojarte al sofá y a violarte porque no pueda contenerme.

Fruncí el ceño. ¿Adónde quería llegar con esto? Se veía solemne.

—Sólo quiero que sepas que mañana por la noche va a ser especial para ambos.

¿Mañana en la noche? ¿La noche de su celo?

—¿Estás drogado o algo así?

Fue su turno de fruncir el ceño.

—¿A qué te refieres?

Hice un gesto hacia la puerta.

—Tu novia...

—Exnovia —insistió—. No estoy saliendo con nadie del clan. No con ella, ni Esme.

—Nunca has dicho qué es Esme para ti.

—Esme es mi prima. Es como una hermana pequeña para mí. Es por eso que te quiero.

—Corrección —dije—. Quieres algo que sea femenino y conveniente. ¿Recuerdas a Rosalie? ¿Soltera número uno?

—¿Por qué, Isabella, suenas casi celosa? ¿Serviría de algo si te digo que una vez que escuché tu voz, no quise a nadie excepto a ti?

Oh, sí.

—No —dije. Tomé su novela y fingí leer, determinada a ignorarlo.

Me arrebató el libro de las manos y lo arrojó por la habitación.

—Necesitamos hablar de tú y yo.

Me levanté por el libro.

—No hay un tú y yo.

Se levantó también, bloqueándome el paso.

—Eso es sobre lo que necesitamos hablar.

Lo fulminé con la mirada y traté de moverme a su alrededor. Se puso delante de mí otra vez. Suspiré y crucé los brazos sobre el pecho.

—¿Qué? —Maldición, ¿por qué el hombre tenía que ser tan alto? ¿Y ancho? Me sentí pequeña a su lado.

Echó mi cabello detrás de mis hombros, jugando con él. Por alguna razón, le encantaba mi cabello. Pensé en los rizos cortos de Tanya y me sentí un poco engreída. Ella podría haber tenido un cuerpo patea traseros pero yo tenía un cabello más bonito. Estúpido, lo sé, pero me gustaría tomar cualquier victoria que pueda conseguir.

—Isabella —dijo, su voz grave—. Me siento extremadamente atraído por ti. Te quise desde el primer momento en que te vi.

El alago pasó a ser mi punto débil. Maldito hombre.

Sus dedos tomaron mi mentón, levantando mi cara hasta encontrarme con su mirada.

—Pero tengo un gran problema. Mañana cuando el sol caiga, Esme entrará en celo. Normalmente cuando una mujer puma entra en celo, sale del área para no afectar a su clan. Pero ella no tiene esa opción esta vez, y puesto que ella es una mujer en mi territorio, va a afectarme. No puedo hacer nada al respecto. Yo... estoy atascado, en realidad.

Sus ojos grises escudriñaron mi rostro, como si estuviera esperando encontrar las respuestas ahí, o un incentivo.

—Si tú y yo no vamos a hacerlo... necesito que me lo digas ahora. O de otro modo voy a tener que perseguir a esa perra de Tanya y pedirle que pase una noche conmigo. No quiero hacerlo. Infiernos, la sola idea de tener que hacerlo me pone furioso, pero si esa es mi única opción, voy a tener que ir tras ella.

Estaba explicando todo esto por mí, su mirada seria. Me di cuenta entonces de que todo su coqueteo y extrema posesividad era para mí beneficio. Si decía que no en ese momento, me dejaría encerrarme en mi cuarto y no me tocaría, porque quería respetar mis deseos.

Y en su lugar simplemente dormiría con esa perra de Tanya.

Vacilé entre mi lealtad a Renesmee y mi atracción por Edward. Mi vida giraba en torno a su seguridad, pero justo ahora tenía la oportunidad de hacer algo para mí. Tal vez podría tener este único pequeño interludio antes de irnos de fuga nuevamente. Y me di cuenta, de pronto, que quería esto, y a él, mucho, mucho, mucho.

Estaba obligado a tener sexo, pero me quería a mí. Y eso me gustaba.

Pasé mis dedos por su camiseta, planchando una arruga húmeda.

—Te das cuenta que me has puesto en una posición muy incómoda, ¿no?

Él realmente palideció, bendito su corazón.

—Lo sé, dulce Isabella. —Su mano se movió de mi cabello, deslizándose por mi mejilla. Acarició mi piel con sus nudillos, como si simplemente tuviera que tocarme.

Mi corazón siempre revoloteaba cuando decía mi nombre de esa forma.

—Esta no es exactamente la forma en que había planeado mi primera vez —admití—. Sé que estamos atrapados en esta cabaña y que tienes que tener sexo mañana, pero... —Me sentía un poco rara. Más que un poco rara al pensar que sería desvirgada mañana en la noche.

—Será especial para ti —prometió—. Seré romántico.

—¿Romántico? —Fruncí el ceño—. ¿Qué tienes planeado?

Sonrió.

—Déjalo en mis manos.

Pasé mi dedo por su camiseta. Sus pectorales estaban tan duros que prácticamente podía sentir el borde de los músculos a través de su camiseta.

—Bueno, si realmente no tienes otra opción, entonces supongo que tenemos una cita.

Sonrió y se inclinó para besarme.

—No te arrepentirás.

Alcé la cara para besarlo, pensando en que Renesmee me iba a armar la grande cuando la viera de nuevo...

—¡Renesmee! —espeté, moviendo la cabeza, justo antes de que él pudiera besarme.

Su boca se posó en el borde de mi mandíbula.

—¿Qué hay con Renesmee? —dijo, sin perder el paso.

Lo alejé suavemente.

—Dijiste que todos en el clan se ven afectados por esa cosa del celo, ¿cierto?

Podría haber jurado que sus ojos brillaron levemente cuando mencioné la palabra "celo".

—Todo puma lo estará, cierto.

—¿Entonces qué pasa con Renesmee? Ella se está quedando con los chicos.

Me jaló hacia él nuevamente.

—Les dije que llegaba al pueblo mañana en la noche. Los que no tienen compañera generalmente tiene una chica local al lado.

—¿Y quién se va a quedar para asegurarse de que Renesmee esté a salvo?

—Jasper. Él no es afectado por el celo.

—¿Por qué no?

—Es un hombre oso. Sólo los pumas se verán afectados por el celo.

Mi alivio casi me hace caer.

—Entonces ¿qué está haciendo un hombre oso en la manada Cullen?

—No somos realmente una manada. Somos un clan. Más una sociedad.

—Ante mi ceja arqueada, explicó: —Los hombres puma tienden a ser solitarios, vagabundos. Las manadas son cosas de lobos.

—Pero pensé que la Alianza era una manada en sí.

—El resto de la Alianza suele formar clanes, o manadas. Los vampiros tienen un líder. Los hombres lobo tienen manadas. Los Fey tienen su propia extraña jerarquía. En nuestro mundo, porque somos muy diferentes de los demás, los familiares y amigos lo son todo. Mi padre se dio cuenta hace mucho tiempo que, como solitarios, nos estábamos poniendo a nosotros mismos en una posición débil. Que, si queríamos tener una oportunidad contra el resto de las afiliaciones, necesitábamos una de nosotros mismos. Mi padre creó el clan Cullen, pero no todos son puma. La mayoría lo son, pero algunos, como Jasper, son diferentes.

—¿Y sólo dos chicas? ¿Sólo Esme y Tanya?

—El cambio parece ser un gen recesivo. Eso es lo que hace a un celo tan importante y tan condenadamente irritante también. Puesto que los pumas tienen un amplio territorio, todos en la manada con sangre puma se ven afectados. Esme y Tanya son las únicas dos mujeres puma en el territorio Cullen. Hay más mujeres en el noroeste, pero sus hombres son bastante posesivos. Nunca he conocido a una.

—Demasiado malo para ti —dije irónicamente.

Esa sonrisa de infarto que hizo que me convirtiera en gelatina regresó.

—No me quejo. Me gusta mucho más la forma en que han terminado las cosas.

Un grito desgarrador me despertó en medio de la noche. Me congelé en la cama de Edward, temiendo mover un músculo.

El grito hizo eco nuevamente; sonaba inhumano. Había escuchado el grito de puma salvaje de Edward y éste no era el mismo. Éste era como una pesadilla, retorcido.

Nada bueno.

Me di vuelta y miré fijamente la ventana, que estaba cubierta de escarcha. No podía ver hacia fuera, pero podía ver la pesada línea de sal cubriendo el alféizar. Un débil resplandor rojo parpadeaba en la ventana, como si fuera una especie de luz roja exterior.

La cautela me hizo deslizarme hasta el piso, me estiré por la estaca afilada que había hecho del montón de leña y escondido debajo de la cama.

El gritó se elevó atravesando el bosque otra vez, más cerca, y corrí hacia la puerta del dormitorio. Se abrió antes de que pudiera tocarla.

Edward estaba allí, con el rostro sombrío, su cabello revuelto, su pecho desnudo.

Miraba mi estaca sorprendido, luego me puso algo en la otra mano.

—Toma esto.

Sentí alivio cuando noté que el peso frío y pesado era una pistola.

—¿Está cargada? ¿Puesto el seguro?

Gruñó.

—¿Así que sabes cómo disparar? Siempre me sorprendes.

Ni se lo imaginaba. Incluso he matado a un hombre. Metí la estaca bajo el brazo y abrí la cámara de la pistola. Seis balas cargadas.

—Por supuesto que sé cómo disparar. Trabajo en una empresa que se ocupa de muertos vivientes y hombres lobo. ¿Son balas de plata?

—Aleación de plata y plomo —dijo—. Quédate en esta habitación, ¿entendido? Métete debajo de la cama, y yo voy a cubrir las entradas con sal. No quiero que te muevas de aquí hasta que regrese.

—Eeeespera un momento —dije, agarrándolo del brazo antes de que pudiera marcharse—. ¿Adónde vas?

Su boca era una línea sombría.

—Tengo que averiguar qué hay allá afuera.

—¿Para qué es la sal?

Se inclinó y me besó en la frente.

—Evita que los espíritus malos crucen el umbral.

—¿Espíritus malvados? —Mi voz se elevó cerca de un chillido—. ¿Estás bromeando? ¿Es eso lo que esto es? —Podría lidiar con cambiaformas cachondos, o el ocasional vampiro perdidamente enamorado que se aparecía en el trabajo, o la hermana menor a la que le brotaba pelo cuando se ponía nerviosa. Los espíritus malvados estaban de lejos fuera del territorio estándar.

Ya estaba dando vuelta por el pasillo, poniéndose la camisa.

—No sé qué es esto, Isabella. Es por eso que necesitas quedarte en la habitación y poner seguro a la puerta. Es lo más seguro que puedo tenerte.

¿Quedarme en esta gran casa sola, escondida bajo la cama mientras él corría hacia el bosque?

—A la mierda con eso —dije, indignada—. Voy contigo. —Lo perseguí, cargando el arma con manos cuidadosas mientras me apresuraba por las escaleras—. No me voy a quedar aquí sola.

—No vas a venir conmigo —dijo, dándose la vuelta para mirar con una mirada furiosa—. Es demasiado peligroso.

—¿Cómo sabes que estoy más segura aquí? ¿Qué tal si no es un espíritu malvado y la sal no hace nada más que condimentar mis restos?

Lanzó una mirada exasperada.

—Isabella...

—Voy contigo. —No me sentiría segura caminando en el bosque con cosas espeluznantes por ahí, pero al menos Edward estaría a mi lado.

Miró indeciso.

—Isabella...

—Si me dejas aquí, sólo voy a seguirte —dije—. Es un movimiento clásico de una estúpida película de terror. Y tú sabes que las cosas malas siempre les pasan a las vírgenes en esas películas.

Dio una sonrisa sombría.

- —Espera aquí y te traeré un abrigo y zapatos.

Esta era, posiblemente, la cosa más estúpida que había hecho alguna vez. Caminé con dificultad a través de la nieve con botas pesadas, demasiado grandes para mis pies, pero lo suficientemente apretadas en mis tobillos, de modo que no eran tan terribles. La chaqueta de Edward colgaba de mí como algún místico traje de Eskimó y él caminaba delante de mí, en forma de gato.

Se sentía raro estar haciendo esto.

Edward me había besado antes de cambiar de formar, un rápido y posesivo beso.

—Necesito estar en forma de gato para esto, dulzura. Si vez algo en forma animal además de mí, sea un ciervo, zorrillo o puma, le disparas y piensas en las consecuencias después. Si alguien más está en mi tierra, están invadiendo, así que no dudes en disparar.

Asentí ante eso.

Edward en forma de puma era una bella vista. Su cuerpo de gato era largo, delgado y de color beige cubierto de suave pelo y gruesos músculos. No lo había visto cambiar de forma, eso parecía un poco personal, pero cuando había terminado de cambiar, se había movido de vuelta a mi lado, su cuerpo felino enorme y un poco atemorizante hasta que lamió mi mano con una áspera lengua. Después de esto, perdí el miedo.

Había dado vueltas a mi alrededor una vez y luego se había dirigido al bosque. Lo seguí tan silenciosamente como era posible. El denso bosque era bonito desde la distancia, como, desde dentro de la acogedora cabaña de Edward. La nieve había caído, inusual para Texas, y la oscuridad era fría y deprimente. Decidí justo entonces que odiaba el bosque.

Estaba inquietantemente silencioso también. Cada sonido que yo hacía, cada paso que rozaba en la nieve, era demasiado ruidoso. Me estremecía cada vez que paraba en algo, sabiendo que aquello estaba molestando a Edward, pero él simplemente caminaba a través del bosque con pies silenciosos, sus orificios nasales trabajando calmadamente, su aliento susurrando.

Caminamos a través del oscuro bosque por un largo rato. Los dedos de mis pies estaban helados, los dedos de mis manos se sentían congelados, y el arma era helada en mi agarre. Los raros gritos se habían detenido, reemplazados por un silencio que era incluso más espeluznante.

Habíamos visto el tono rojo anaranjado de la luz que venía de la ventana y yo asumí que a eso es a lo que nos dirigíamos. Edward parecía estar llevándonos en línea recta, sus pasos lentos y fáciles... hasta que salió corriendo.

Me apresuré por seguirlo, mis pies golpeando la maleza, maldiciones pronunciándose en mi mente.

Se detuvo justo adelante, y lo seguí como un incómodo pingüino. Nos detuvimos en un denso grupo de árboles, la luz de la luna filtrándose a través de las hojas sobre nosotros. La nieve había sido una delgada sábana blanca cubriendo el piso, pero aquí estaba agitada y sucia. Al principio pensé que las hojas yacían liberalmente en la nieve, pero las machas irregulares eran demasiado gruesas y demasiado húmedas para ser algo además de sangre. Tragué con fuerza.

Edward caminó alrededor del campamento, su nariz en el piso, olisqueando. Su cola se movía furiosamente atrás y adelante, y mantuve un poco de distancia, con el arma en la mano.

Lo que fuera que había hecho aquellas manchas grandes de sangre podría regresar.

Minutos después, Edward dio vueltas en círculos en un lugar, cavando en la nieve manchada de sangre con una pata gigante. Levantó la cabeza y me miró, sus ojos brillando verdosos en la oscuridad.

—¿Qué? ¿Quieres que vaya allí?

Un lento y deliberado parpadeo. Luego otro. Dado que no podía hablar conmigo, yo asumiría que eso era un sí.

Caminé cautelosamente.

—¿Qué es?

Golpeteó su pata contra algo en la nieve, luciendo como un gato golpeando un juguete. No pude distinguir lo que había en el piso, así que me agaché con mis manos desnudas. Se cerraron en algo frío y ligeramente húmedo, cilíndrico y un poco firme pero esponjoso.

—Voy a golpearte en la cabeza si esto es algo asqueroso, sabes eso, ¿verdad?

Su cola golpeó mi pierna y luego se movió hacia el bosque una vez más.

Lo seguí, mi mente agitándose. ¿Qué había pasado aquí? ¿Algún animal matando en el bosque? ¿O un cambiaformas dejándonos un mensaje?

Rodeamos el bosque por bastante rato, hasta que ya no estaba asustada y simplemente cansada como el infierno. Me quedé detrás de Edward mientras él se apresuraba a través de la nieve nocturna, deteniéndose para olisquear el piso y dar vueltas una vez más.

Nada más atacó. Nada más sucedió. Estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, como les gustaba decir en las películas.

Tropezamos en un claro y apenas me di cuenta que de alguna manera habíamos regresado a la casa.

—Gracias a Dios —dije, y empecé a caminar.

Edward se detuvo frente a mí, forzándome a detenerme. El gato me miró, moviendo su cola con irritación. Su cabeza se movió de lado a lado. ¿Estaba él sacudiendo su cabeza en un "no" hacía mí?

—¿Quieres que espere aquí?

El deliberado parpadeo doble una vez más. Suspiré.

—Voy a asumir que eso es un sí —dije, recostándome en un árbol cercano.

Olisqueó la mano que sostenía el arma, su nariz húmeda y fría. Luego desapareció en la casa, su cola moviéndose agitadamente.

Correcto. Me estaba recordando que estuviera alerta. Levanté el arma y analicé mis alrededores. Si veía algo, iba a volarle la cabeza.

Largos minutos pasaron y eché un vistazo a la casa, empezando a preocuparme de nuevo. ¿Qué estaba sucediendo?

Una sombra apreció en una de las ventanas y me quedé sin aliento, apuntando el arma hacia ello. Pero luego Edward apareció, de nuevo en forma humana, desnudo una vez más, y se dirigió a las escaleras de vuelta a donde estaba escondida en la línea de los árboles.

—Isabella, es seguro entrar ahora.

Bajé el arma y entré, estudiando mis alrededores con cautela. La sal estaba en el piso, cubriendo el umbral. Las únicas huellas que vi parecían ser las de Edward. Me di la vuelta para verlo.

—¿Qué sucede? —Mis dientes castañetearon cuando hablé; no me había dado cuenta que tenía tanto frío. O que estaba tan asustada.

Cerró la puerta delantera, la aseguró y puso el pestillo de resorte, luego me ayudó con mi abrigo, inconsciente de su propia desnudez.

—Creo que lo que sea que ha estado acosándote nos siguió aquí.

Me di cuenta que todavía estaba agarrando el arma y se la pasé.

—Puede que quieras darme eso también —dijo, haciendo gesto a mi puño.

Desenrollé mi mano y casi vomité. El esponjoso cilindro era un dedo, húmedo por la sangre y triturado en una punta.

—Oh, Dios —dije, teniendo arcadas, y se lo lancé.

Edward atrapó el objeto en el aire y lo lanzó en el mostrador, luego me condujo hacia el lavabo para que pudiera tener un largo y agradable vómito. Y lo hice.

Cuando terminé, me sequé la boca y tomé el vaso de agua que me ofrecía. Miré deliberadamente lejos de donde el dedo yacía.

—Entonces, ¿a quién le pertenece eso?

—Huele a cambiador —dijo, sombrío—. Un lobo.

Me puse rígida, encontrándome, repentinamente, con dificultad para respirar.

—¿L-lobo?

Un lobo no era bueno. Un lobo no era bueno en absoluto.

Edward olisqueó el dedo.

—Huele como la manada de Vladimir. Quizá Stefan o uno de sus chicos, si está de vuelta en la ciudad.

—¿Entonces qué hace el dedo de un lobo en tu propiedad sin el resto de él? —dije, tragando agua para intentar calmar mi estómago. Sabía qué estaba haciendo el lobo por aquí.

Estaba buscando a mi hermana. Pero, ¿qué lo había atacado mientras merodeada por la propiedad?

—Esa es la pregunta —dijo Edward. Se movió para lavar mi vómito del lavabo. Una vez que el agua fluyó limpia, empezó a limpiar sus propias manos de la suciedad y la sangre.

Verlo lavarse las manos me hizo dolorosamente consciente de que las mías también estaban mugrientas y compartí el grifo y el jabón con él, restregándome la piel.

—¿Oliste a alguien cerca de la casa?

—No —dijo—. Solo te olí a ti, a mí y a Tanya. Quién sea que estaba merodeando por aquí no se acercó a la casa.

—¿Entonces qué hacemos ahora? ¿Llamar a la policía?

—No. Esperamos a que Jasper llegue en la mañana y vea si ha oído algo más o ha tenido otras experiencias extrañas.

Miré a Edward, preocupada.

—¿Te das cuenta que no voy a poder dormir por el resto de la noche?

—Estoy seguro que podemos pensar en algo que hacer —dijo.

Enarqué una ceja.

Él sonrió pícaramente.

—Vamos. Incluso yo sé que la última cosa en tu mente es sexo. —Se inclinó y presionó un reconfortante beso en mi frente—. Jugaré cartas contigo, si quieres.

—De acuerdo. —Bajé la mirada—. Pero puede que quieras ponerte unos pantalones primero.

Jugamos póker hasta las tres o cuatro de la mañana, ambos tensos y nerviosos. No fue divertido, pero intentar vencer al otro alejó las cosas de nuestra mente.

Después de que terminamos con las cartas, gateé en el sofá y me acosté, y Edward me dejó descansar la cabeza en su rodilla mientras jugaba con mi cabello. Me quedé dormida en algún punto, el suave sonido de su arrullo en mis sueños.

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Me desperté con el sonido de voces en la cocina. Los tonos suaves de Edward estaban entremezclados con una voz increíblemente profunda que tenía que pertenecer a Jasper. Todavía aniquilada después de anoche, me arrastré, poniéndome de pie y empujé mi cabello hacia atrás, esperando no verme muy andrajosa por la falta de sueño.

Cuando me acerqué a la cocina, me decepcioné al ver que Renesmee no estaba aquí. Yo estaba aún más decepcionada cuando ambos hombres dejaron de hablar tan pronto como entré. Más bien molesta con ellos. Me dieron asentimientos amables. Jasper estaba vestido con una camisa de franela y pantalones vaqueros, muy leñador, y Edward llevaba su típica camiseta oscura. Por lo menos él estaba completamente vestido.

—¿Renesmee? —dije a modo de saludo—. ¿Está aquí?

—No aquí —dijo Jasper en una voz ronca—. A salvo.

La decepción se estrelló a través de mí, pero lo oculté y acerqué una silla a la mesa.

—Muy bien —dije, sintiéndome un poco extraña en este momento—. ¿Esme?

—Todavía perdida —dijo Edward, su voz era escasa.

No era la más alegre de las mañanas, después de todo. Logré una media sonrisa.

—Bueno, es bueno verte de nuevo, Jasper, aunque sea en malas circunstancias.

Jasper se quedó mirándome.

Incluso Edward parecía como si algo estuviera clavado en su cuerpo.

Perpleja, empujé mi cabello fuera de mi cara y traté de peinarlo con los dedos, un poco. Era una maraña hinchada alrededor de mi rostro, una nube de enredos rubios.

—¿Algo anda mal?

La garganta de Edward trabajó al tragar. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato, luego la boca de Edward se tornó en una mueca con los labios apretados.

—Nada. Sólo estaba informando a Jasper sobre la situación de anoche.

—Genial —dije, levantando el dedo-peinador mientras mi mente se puso a trabajar—. No te preocupes por mí. Sólo voy a la caza de un poco de café. —Sería la oportunidad perfecta para escuchar su conversación y descubrir lo que pensaban acerca de las cosas, todo bajo el pretexto de estar soñolienta y descuidada.

Me dirigí alrededor de la pequeña isla. Había varias cajas grandes sobre el mostrador. No pregunté cómo las había traído Jasper aquí, aunque la imagen mental de un oso empujando un carrito de compras a través del bosque era graciosa. Abrí la primera caja, pero Jasper se movió junto a mí y la sacó de mis manos, luego empujó una diferente en mi dirección.

—Gracias —dije, dándole una ligera sonrisa, decidida a no dejar que me asustara—. Creo.

Edward se puso rígido y se volvió bruscamente.

—Voy estar afuera cortando leña. —Él dio portazo detrás de sí cuando se fue.

¿Qué demonios? Parpadeé.

—¿Hice algo mal?

—No —dijo Jasper, con voz cortante.

Miré por la ventana y luego a Jasper, esperando una explicación más detallada. No llegó. Bueno, está bien entonces.

—¿Estás... sólo vas a quedarte aquí?

Él asintió brevemente.

Miré por la ventana de nuevo, de vuelta a Edward.

—¿Supongo que no quiere que me dejes sola?

Otro asentimiento breve y Jasper parecía cada vez más incómodo, como si odiara tener que conversar. Por alguna razón, eso me dio ganas de reír. Pobre Renesmee, pegada con este hombre huraño durante toda la semana como compañía.

—Bueno, si estás aquí y estás aburrido, también podrías ayudarme a desempacar.

El gran hombre se movió a través de la cocina y abrió la caja más cercana a él, poniéndose a trabajar sin decir una palabra. Me pareció extraño que aceptara órdenes de mí. Pero si me consideraba la mujer de Edward, supongo que no era tan raro, después de todo.

El sonido de madera siendo cortada se escuchó afuera. Sonaba más bien... frenético. Obsesivo. Fruncí el ceño y miré a la ventana.

—¿Qué le molesta?

—Celo.

Me asomé por la ventana, mirando a Edward balanceando el hacha con inflexible e incesante determinación.

—Comprendo que estás en la cosa monosilábica, pero vas a tener que darme más información que eso.

Continuó desempacando las cajas de mercancías, sin mirarme mientras respondió.

—Tú lo molestas. Tu cabello está desordenado por el sueño. Tus pies están descalzos. Usas su ropa. Eso... lo afecta.

Oh. Por alguna razón yo no había pensado que el celo podría hacer algo más que darle una erección.

—¿Va a estar así todo el día?

Jasper me lanzó una mirada a mi nivel.

—Tú dime.

Oh. Me sonrojé. Tal vez me gustaba más cuando Jasper estaba en silencio.

—Eh, ¿cuánto tiempo dura este último celo?

—Alrededor de veinticuatro horas.

Dios mío. Traté de imaginar estar en el dormitorio con Edward durante veinticuatro horas, pero mi mente virgen (a pesar de todos los libros sucios y Cinemax que había visto) no podía ajustarse a la idea.

—Oh.

Me dirigió una mirada grave.

—Alguien va a estar vigilando en la cabaña mientras están ocupados.

—Yo... oh. Eso está bien —dije débilmente. ¿Así que desconocidos se iban a pasear por el exterior, sabiendo que Edward y yo estaríamos follando como conejos en el interior? ¡Oh! Qué vergüenza —. ¿Y Renesmee?

—Ella está bien.

—Lo está —concordé—. Pero, ¿es qué alguien va a velar por ella? ¿En todo momento? —Toda la situación se sentía muy surrealista, desempacando alimentos, mientras que cosas espantosas rondaban los bosques.

Sus ojos se entrecerraron mientras me miraba.

—Voy a mantenerla a salvo.

Mirando al enorme hombre, no tuve ninguna duda de eso. Asentí con la cabeza.

Picar, cortar chopchopchop, Edward estaba atacando esa madera. Me imaginé su cuerpo cubierto de sudor, los músculos ondulándose y sentí la urgencia repentina de abanicarme a mí misma. En cambio, me mantuve desempacando, alcanzando la caja de al lado y sacando el contenido.

Él había comprado comida suficiente para alimentar a un pequeño ejército. Entre los básicos: arroz, frijoles, carne enlatada, mantequilla de maní, encontré... ¿lubricante? Lo dejé caer como si ardiera y me quedé mirando hacia abajo dentro de la caja. Acompañando la botella de tamaño industrial de lubricante estaban tres muy grandes cajas de condones y lo que parecía ser un galón de aceite de masaje. Dios mío.

¿Cuánto sexo pensó Jasper que íbamos a tener?

Cerré la caja rápidamente y la empujé a un lado.

Para el momento en que todo lo demás había sido desempacado, me imaginé que nuestra pila de leña era del tamaño de un dique de castores.

El café había terminado de prepararse y me serví una taza, rociándola con suficiente azúcar y crema, como para hacer un pastel.

—¿Estás seguro de que Edward se encuentra bien? —Miré por la ventana—. Simplemente parece muy... —¿Enojado? ¿Celoso? ¿Miserable? —. Infeliz —concluí.

Jasper puso un gorra de béisbol sobre su cabeza como si se estuviera preparando para salir.

—Celo —dijo otra vez, su expresión despreocupada en lo más mínimo.

—Ah. —Bueno, si era normal que él fuera así hormonal, me dejaría de preocupar—. Gracias, Jasper. Lo aprecio.

Jasper se detuvo en la puerta, como en conflicto entre la idea de quedarse o irse. Después de un momento, suspiró y miró hacia mí.

—Edward es nuestro líder... similar a un lobo alfa. Su instinto natural en este momento es competir y dominar. En este instante está haciendo un gran esfuerzo para no venir aquí y atacarme por estar cerca de ti.

No estaba segura de qué era más preocupante: el hecho de que Jasper había usado tantas palabras a la vez, o lo que estaba diciendo en realidad. Forcé una sonrisa tensa en mi cara.

—Gracias por el consejo. ¿Y estás seguro que estoy a salvo con él?

Jasper hizo un gesto brusco, a continuación, volvió a suspirar cuando seguí mirando con expectación, como si estuviera molesto de complacer a un humano.

—Estás más segura con él que cualquier otra persona, Isabella. No dejará que nadie te dañe... ciertamente no él mismo.

Fantástico.

Le di un cauteloso pulgar hacia arriba. Jasper asintió con la cabeza hacia mí y salió rápidamente, como si no pudiera esperar a alejarse. No es un charlador, ese Jasper. Oí al picoteo parar, escuché a los dos hombres conversar, sus voces bajas. Yo anhelaba audición sobrenatural para poder oír lo que decían. Pero entonces comenzó la tala de nuevo, y me asomé por la ventana para ver a Jasper caminando hacia el bosque frío, con las manos metidas en su chaqueta.

Me quedé en la cocina, haciendo huevos, hash browns, y tostadas. Yo cocinaba una enorme cantidad de alimentos; Edward comía mucho, gracias a su metabolismo cambiador. Eventualmente vino dentro, su cuerpo brillando de sudor, su camisa pegada a su pecho, su pelo un desastre húmedo, rizado en su frente.

Comimos, una comida silenciosa e incómoda. El celo se interponía entre nosotros. Yo me quedé en silencio, porque no quería antagonizar al ya susceptible Edward, y él parecía contento de tirar sus cubiertos alrededor mientras comía. Me dio las gracias por cocinar, pero aparte de eso, dijimos poco. Comí rápido, así no tendría que permanecer en la mesa, y él parecía decidido a hacer lo mismo.

Mucho para el romance.

Después del desayuno, él desapareció de vuelta en el exterior y me duché, luego me vestí con la ropa que Jasper había traído para mí.

Pantalones vaqueros y camisas de manga larga, suéteres y similares. Lindos sostenes y ropa interior. Sospechaba que Renesmee había tenido algo que ver con eso, porque todo encajaba.

Tomé el sujetador y ropa interior más sexy, con encaje y los puse bajo mis pantalones vaqueros y suéter. Lencería era la munición en la guerra de los sexos y planeé cargar mis armas.

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Hash browns: es una receta simple de patata en la que los trozos de patata se fríen en una sartén después de ser cortados en tiras, juliana, dados o bien triturados.