Capítulo 13: Malentendidos
Shura ahogó un bostezo, mientras caminaba en silencio con Camus a su lado. La fiesta de Milo había terminado considerablemente tarde, y si a alguien le interesaba su opinión, el español pensaba que el horario del desayuno era demasiado pronto. Pero, ¡qué remedio!
Shion había dispuesto que, al menos por un tiempo, era aconsejable que los trece comieran en el templo papal. Sin embargo, aunque el comedor siempre había estado a disposición de los santos dorados, era decisión suya cuando preferían ir o no. Era ciertamente cómodo, sobre todo a mediodía; ya que entre entrenamientos y misiones, el tiempo del que disponían para ejercer como amos de casa, era reducido. Por no mencionar el pequeño, e insignificante, detalle de que casi ninguno sabía defenderse en una cocina. Podían enfrentarse a dioses sin que les temblaran las manos, pero mucho se temía Shura, que eran capaces de morir intoxicados en su propia cocina.
Con las amazonas y el resto de santos, ocurría lo mismo; con la diferencia de que ellos disponían de un comedor junto a las cabañas, cerca de las zonas de entrenamiento y junto a otros edificios comunes, que compartían no sin ciertos problemas.
El santo de Capricornio bostezó de nuevo, y se revolvió el pelo con pereza. Estaba seguro, que a pesar de lo práctico que resultaba todo aquello, Shion únicamente lo hacía para mantenerlos vigilados al menos tres veces al día; y no era una mala táctica, debía admitir. Se aseguraba así de que todos cumplieran un horario estricto con la esperanza, quizá, de que fueran "responsables" con sus aventuras nocturnas en caso de haberlas. Incluso si había algún pequeño accidente durante los entrenamientos, o alguna pelea no deseada… era imposible que pasara inadvertido para el maestro compartiendo desayuno, comida y cena. El plan era una obra maestra.
-¿No dormiste nada? –la pregunta de Camus lo trajo de vuelta a la realidad.
-Menos de lo necesario, salimos de Escorpio bastante tarde… -bostezó de nuevo, y se secó el incómodo lagrimeo de sus ojos con los dedos.
-Fue bien, ¿no crees?
-Si con ir bien te refieres a que no hubo peleas, ni reproches, ni situaciones catastróficas… si. –Respiró hondo y se encogió de hombros. La verdad es que se había sentido inmensamente aliviado al contemplar el transcurso de las cosas.- Fue bien.
-¿Entonces? –insistió el francés con una minúscula sonrisa en los labios. Shura resultaba francamente cómico con ese aire gruñón.
-Tengo sueño. Es pronto.
-Vivirás. –El moreno refunfuñó algo entre dientes, mientras Camus dibujaba una expresión divertida en el rostro.
-¿Y a ti qué te pasa? ¿Te sienta bien no dormir o qué?
-No, no es eso.
-Pues ya me dirás qué es tan divertido… -frunció el ceño y se cruzó de brazos.
-Tú, tú eres divertido.
-Me lo tomaré como un cumplido.
-Deberías.
-Me pones nervioso cuando sonríes, Camus. Siento que algo terrible va a suceder de modo inminente.
-Exageras casi tanto como Milo.
-Se me habrá contagiado en una sola noche.
-No, en serio. ¿Qué te irrita tanto?
-¡¿Por qué tenemos que ir a desayunar tan pronto?! –Camus se detuvo, y lo miró a los ojos con las cejas levantadas. Aquella reacción casi infantil era demasiado curiosa.- Apenas ha amanecido. Ni siquiera tengo hambre.
-Bueno… -intentó responder.
-Todo es un plan del maestro para mantenernos controlados.
-La verdad es que si, y es un buen plan, ¿no?
-Lo es. –Shura estuvo de acuerdo.- Pero en mañanas como la de hoy…
-¿Resaca, amigo mío?
-Digamos que si. –Camus palmeó su hombro con gracia.
-Creo que pasarás inadvertido. Algo me dice que los habrá bastante peor que tú en ese comedor.
-Ya, pero…
Y, de pronto, guardó silencio. Su mirada azabache se entrecerró, atraída por algo que Camus aún no había visto. Así que el francés se giró en la dirección que Shura miraba con tanto interés. El peliazul ladeó el rostro, estando seguro de Shura y él pensaban exactamente lo mismo, mientras contemplaban la sospechosa e inesperada actitud de Saga.
-X-
Cerró la puerta con sumo cuidado, tratando por todos los medios de no hacer un solo ruido que lo delatara.
Llevaba repitiendo esa rutina prácticamente cada día desde que había vuelto a la vida por… ¿cuarta vez? Claro que, usualmente, la oscuridad de la noche solía ejercer de invaluable aliada. Sin embargo, en aquella ocasión, o en esa mañana más bien, había terminado por dormirse hasta que el sol lo había sacado casi a rastras de la cama de su hetaira. Y ahí estaba Saga, tratando de escabullirse sin que nadie lo viera del ala este del templo principal, donde residían las doncellas.
Se dio la vuelta, dispuesto a emprender el camino al comedor. Y, entonces, se quedó quieto donde estaba cuando se topó con dos pares de ojos que lo miraban fijamente. Se humedeció los labios, y esbozó una pequeña sonrisa, cansada y nerviosa.
-Buenos días. –murmuró. ¡Maldición! Se sentía igual que cuando Arles lo atrapaba robando los bollitos de crema de la cocina hacía veinte años. Tragó saliva.
-Hola. –respondieron a la vez los otros dos.
-¿Vamos?
-Si, claro.
Nadie se molestó en preguntar cuál era su destino. Solamente podía haber uno posible, y era el comedor donde Shion aguardaba, cual dragón vigilando su tesoro. Camus y Shura lo observaron fijamente mientras recortaba los pocos metros que lo separaban de ellos.
-"Sospechoso". –Ningún gesto en el rostro de Camus delató su reacción cuando escuchó la voz de Shura en su mente.
-"Mucho". –replicó. Y lo cierto era, que aquel modo tan sigiloso en que Saga se había esmerado por pasar desapercibido, había activado sus alertas. Especialmente su diminuto sobresalto al verse sorprendido.
-¿Pasó algo? –preguntó Shura.
-¿Algo? –Aquella noche habían pasado muchas, muchísimas cosas.- ¿Cómo qué? –Saga era un genio haciéndose el loco.
-No lo se. –El español se encogió de hombros, y sus ojos negros miraron fugazmente a la puerta que dejaban atrás.
-No, nada.
-Ya… -Esta vez fue el geminiano quien hundió los hombros bajo la grave mirada de su compañero.- ¿Una noche difícil?
-Seguro, lleva la misma ropa de anoche. –Se apresuró a añadir Camus. Saga alzó las cejas, sorprendido por el interrogatorio tan poco disimulado, y francamente inesperado de parte de aquellos dos, al que estaba siendo sometido.
-Que… observadores. –dijo sin dejar de caminar. Casi a la vez, el ceño de ambos santos se frunció por igual.- ¡¿Qué?!
-Nada. –espetaron de vuelta.
-Oye, soy mayorcito como para… -Se detuvo y ladeó el rostro cruzándose de brazos.- ¡Qué demonios! –Se sopló el flequillo y reemprendió el camino. Aquella había sido una noche muy larga, él también merecía su pequeño premio de consolación. Y no tenía por qué explicarles nada.
-Así que una doncella… -farfulló Shura, mientras lo alcanzaba a toda prisa.
-¡Muy hábil! –A decir verdad, siempre había estado acostumbrado a ser el centro de atención, o a que la mayor parte de las miradas recayeran sobre él con especial interés. Al menos mientras su propia identidad, Saga, estaba presente. Sin embargo, habían pasado muchos años de eso. Casi catorce había vivido en el templo papal como un rey, sin necesidad de dar explicaciones, y sin que nadie hiciera preguntas de ningún tipo. Debía admitir, que extrañaba aquel pequeño detalle enormemente. Había sufrido suficientes preguntas a lo largo de la noche.- Te veo muy despierto por la mañana, Capricornio.
-La falta de sueño le pone gruñón.
-¡Ese no es el punto, Camus!
-¿Y cuál es el punto? –quiso saber Saga.
-Pues… -comenzó Shura.
-¿Es Alessandra?
De pronto, Saga se detuvo, y ellos hicieron lo propio. Vio de uno a otro, reparando en que Shura no se había sorprendido por la pregunta, por lo que deducía que estaban de acuerdo con sus sospechas. Una minúscula sonrisa adornó su rostro adormilado cuando alcanzó a comprender de qué iba todo aquel asunto.
-Me temo que eso no es cosa vuestra. –palmeó el hombro de Camus, y se acercó hasta la puerta del comedor, que ya estaba frente a ellos.- Aunque vuestro interés por la chica es realmente interesante. –les vio fugazmente una vez más. No había esperado toparse con una situación así por la mañana, ni en un futuro próximo; menos aún con aquel par como protagonistas. Pero, las cosas eran así, y era un hecho más que obvio, que los dos sentían un gran interés por la jovencita en cuestión.- No os culpo, es preciosa, ¿verdad? –dijo antes de abrir la puerta.
Los dos se respingaron al verse inesperadamente expuestos.
-¡Oye! –exclamó Shura.- ¿Eso es un si?
La risa suave de Saga resonó en el comedor. ¡Qué fácil era jugar con las mentes ajenas!
-X-
Cuando vio a Shaina estirar el cuello y otear en cada rincón del comedor de las amazonas, Marin supo que el ritual de cada mañana había comenzado. Apuró su desayuno mientras se preguntaba en que punto, su relación con la cobra, había cambiado tanto. Y era que Shaina había pasado de no soportarla, a buscar su presencia en cada ocasión que le era posible. Así era como habían terminado compartiendo mesa durante las comidas y, con ello, a compartir conversaciones de vez en cuando.
-De nuevo no han llegado. –acotó la peliverde. Sin entender muy bien de que iba el comentario, la amazona de Águila frunció el ceño.- Caelum y Apus, otra vez están desaparecidas. Seguramente, la fiesta de Escorpio ha desencadenado en una noche ocupada para ellas.Que no se hayan aparecido hasta ahora, probablemente significa que terminarán por saltarse los entrenamientos.
-Oh, Shaina. Solo deja el tema en paz. Por lo que sé, la mayor parte del tiempo desayunan en casa. Su ausencia no significa nada aquí.
-¿Las defiendes ahora?
-No, solo digo que estas siendo demasiado rápida para juzgar. –Después de todo, ella misma se había sentido incluida en el comentario.
-¿Y qué? Ya sabes como son. Al parecer creen que pueden mandar sobre si mismas en este lugar, debido a sus influencias, cuando en realidad hay reglas establecidas. Y, ¿sabes? Por mi, pueden hacer lo que quieran, siempre y cuando sepan cumplir con sus obligaciones. Incluso tú, bajas a tiempo para entrenar y cumples con todo lo que se te pide.
"¿Incluso yo?" pensó la pelirroja, pero decidió callar para no empeorar las cosas. Shaina tenía la particularidad de que, a pesar de haber moderado ligeramente su carácter en los últimos meses, todavía no entendía por completo el concepto de la sutileza.
-Es temprano para andar con la frente arrugada, Ophiucus. ¿Qué te tiene tan contrariada a estas horas? –Ambas amazonas voltearon para descubrir que su nueva acompañante no era otra más que Lince. A su lado, Grulla tomó asiento también, mucho más recelosa.
-La gente irresponsable.
-Vaya. –La rubia soltó una risa que desconcertó a Shaina.
-¿Qué te resulta tan gracioso? -¿Se burlaba de ella? O, ¿con esa sonrisa confirmaba que estaba de acuerdo?
-El hecho de que, según me parece, tu malestar tiene nombres más… específicos. Creo que le prestas demasiada atención a lo que hacen los demás. –desaprobó con sus gestos.
Tatiana no era ciega, ni mucho menos, tonta. Había visto, vez tras vez, los encontronazos entre la cobra y las desaparecidas; había escuchado sus quejas constantes y percibido cada berrinche que generaban en la más joven. Así que, encontrarla conspirando a esas horas de la mañana, con la mirada sembrada en la entrada, esperando por el arribo de las sospechosas, no le tomaba desprevenida. Esa conducta era muy propia de Shaina.
-Eso no es asunto tuyo. -contraatacó la peliverde. Grulla, en su rincón de la mesa, se revolvió incómoda ante el giro que tomaba la plática.
-Solo olvídalo, Shaina. –Marin volvió a intervenir, antes de que el comentario de Tatiana se tornase en una bomba lista para explotar en las manos de Shaina. Con todos los defectos que pudieran tener las recién llegadas, la amazona comprendía que cuando la amazona peliverde se echaba en contra de alguien, era difícil sobreponerse a ella.
-Escucha a Águila. Es un buen consejo, cobra. Además, siempre es bueno mantener la boca cerrada; usualmente uno termina pagando su lengua.
-No soy como ellas.
-Y yo no estoy diciendo que lo seas. Solo toma mis palabras como lo que son: un buen consejo sin malas intenciones.
Para sorpresa de las amazonas, Shaina no replicó a aquella última observación, sino que permaneció en silencio. Volvió a acomodarse en su asiento y, tras echar un fugaz y misterioso vistazo a Tatiana, se concentró de nueva cuenta en su desayuno.
El resto del tiempo que pasaron juntas no dijo nada más. Entabló una brevísima conversación con Marin sobre temas sin importancia, hasta que su tazón de avena quedó vacío, dándole la excusa perfecta para retirarse. Y así lo hizo, sin explicaciones, ni despedidas… como era ella. Al final de cuentas, las cortesías no eran necesarias, pues volvería a verlas unos minutos más tarde, durante los entrenamientos de ese día.
-X-
Se colocó un mechón de la melena tras la oreja, mientras sujetaba la bandeja con su desayuno en la otra mano. Nikos se hizo un hueco junto a Keitaro, que escuchaba atentamente la conversación de Argol y los demás.
-¿Te dormiste? –Una minúscula bola de pan rebotó en el borde de su taza, para caer, finalmente, lejos de su café. El moreno alzó la vista, hasta que topó con la poco inocente mirada de Dante.
-No, salí a caminar un rato antes de venir. –Lo que no dijo, era que había ido a la cabaña de su hermana, con la esperanza de encontrarla allí… cosa que no sucedió, como venía pasando siempre en las últimas fechas. Le dio un bocado a la manzana, y vio de uno a otro.- ¿De qué hablabais con tanto interés? Casi me siento culpable por interrumpir…
-Cuentan las malas lenguas que anoche hubo fiesta de cumpleaños en Escorpio. –terció Asterión.
-Y, vosotros, que no lo sabéis… dejad que os digamos cómo es eso… -Un gesto pícaro adornó el rostro de Argol.
-No estoy seguro de querer saber… -murmuró Nikos.
-Oh, todo el mundo quiere saber. –Capella mordisqueó su tostada con cierta desgana.- En realidad, todo lo que sucede en las Doce Casas es de interés general, y no creo que encuentres a nadie aquí hoy, que hable de otra cosa.
Nikos los observó mientras removía el café. No fue difícil percibir la curiosidad desatada en los rostros de sus acompañantes, y entonces… no supo que pensar exactamente. ¿Eran simplemente chismes para pasar el rato durante el desayuno? ¿O realmente tenían todos un interés insano por las vidas de sus superiores? Como fuera, ni una cosa ni otra, le resultaba demasiado atrayente. Hacia que sus vidas de pronto resultaran más tristes e insulsas de lo que le hubiera gustado.
-Probablemente la manera más sencilla de describirlo con pocas palabras, es que nuestros buenos y respetables Santos Dorados siempre se caracterizaron por tener una vida "no-íntima" de lo más… agitada.
-O más bien libertina. -Terció Dante.- Lo realmente interesante del Santuario, es que nadie sabe mantener la boca cerrada, por tanto, todo lo que sucede con ellos, se sabe aquí antes o después.
-Por ejemplo, Milo… -Argol buscó sus ojos violeta con el rostro casi adolescente lleno de picardía.- Siempre fue un tipo de mucho éxito.
-A decir verdad, no pone reparos a clase o condición, mientras sea una chica guapa, está bien para él.
-¡Y vaya que son guapas!
-Así que, ya que anoche las Doce Casas no explotaron y al parecer todos estuvieron en el Octavo Templo sin que hoy estemos celebrando un funeral, asumimos que todos están más o menos en paz y que la fiesta adquirió cotas mucho más divertidas.
-Creo que lujuriosas, es la palabra que buscas, Argol.
-¡Oye! –el rubio de Perseo dejó su cuchara hundida en el yogur, mientras buscaba el rostro de Cerbero y le asestaba un coscorrón.- ¡Contrólate! ¡Hay niños en la mesa!
Inmediatamente, todas las miradas voltearon hacia Jabu, que hasta entonces había permanecido callado como una tumba. Nikos hubiera jurado que se hizo aún más pequeño cuando se sintió el centro de atención, y no lo culpaba. De hecho, casi lo compadecía. Sus mejillas ardían en un vivo tono rojizo imposible de disimular.
Apenas hacia un par de días que se había animado a desayunar con ellos, porque gracias a los entrenamientos, se había convertido en la perfecta sombra de Argol. No sabía cómo había sucedido, pero el de Perseo lo había tomado bajo su ala, y no lo perdía de vista ni un instante. Claro que, lo bueno era que, al menos, Jabu se había separado del resto de chicos de bronce, y parecía estar haciéndose su propio hueco a pesar de las obvias dificultades que estaba encontrando. Lo sabía bien, porque él mismo compartía equipo con Geki y Ban. Tenían demasiado por aprender aún.
-No pasa nada, seguid. –atinó a decir en apenas un susurro. Los demás estallaron en carcajadas, mientras Argol revolvía sus rizos rubios con despreocupación.
-Habláis como si le sacarais diez años. –intervino Keitaro.
-Y lo cierto es que apenas sois mayores por… ¿cuánto? –esta vez fue el propio Nikos quién habló.- ¿Cuatro años en algunos casos? Menos en otros. –su mirada se fijó en Argol.
-Suficiente.
-Exacto.
-Si, claro. –Nikos rodó los ojos. Aquel montón de santos de plata, le gustaba; si. Pero eran unos presumidos empedernidos, y salvo en un par de casos contados, no entendía muy bien de que presumían. Se sopló el flequillo y sonrió. No eran más que chiquillos después de todo, él había sido igual en su día.- ¿Cuántos años tiene Milo?
-Veintiuno. –Asintió al escuchar a Capella.
Aún recordaba al pequeño escorpión correteando por todas partes con Aioria, en su afán por perseguir a los admirados hermanos mayores. Se le hacía francamente difícil acostumbrarse a la idea de que esos catorce años habían pasado para todos. Para Argol, Milo, los gemelos… Incluso Naia y Deltha.
Le dio un sorbo al café, y volteó fugazmente a la puerta. Se sentiría mucho más tranquilo si al menos Naia se dignase a desayunar allí de vez en cuando. Los chismes no tardarían en surgir, y no estaba seguro de poder lidiar con ellos. No después de lo que sucedió la otra vez… y no después de haber tenido aquel encontronazo con Kanon en las Panateneas.
Gruñó apenas audiblemente.
De entre todos… Kanon. ¡¿Por qué precisamente él?! Podía entender que de niña, el gemelo, o incluso los dos, le gustaran. No era más que una chiquilla fácilmente impresionable, después de todo. Pero ahora las cosas eran diferentes. Había pasado mucho tiempo, muchísimo… y habían sucedido muchas cosas que aún escapaban a su entendimiento.
No era que prefiriese a Saga. Eso ni en broma. A sus ojos, Kanon podía ser un psicópata peligroso; pero Saga… él era aún peor. No solo por la increíble historia de Ares, sino porque había demostrado ser aún más fuerte que su hermano, y eso, aunado al toque de locura del que los dos gemínanos hacían gala, le provocaba escalofríos.
¡Si al menos Naia hubiera elegido a Aioros!
De pronto, escuchó al grupo estallar en carcajadas, y se dio cuenta de que se había aislado por sus propias conjeturas. Pestañeó un par de veces, y volvió la atención a ellos.
-Siempre puedes preguntarle a Saga acerca de lo que sucede en esas fiestas. –Sugirió Moses.
-Tiene experiencia de sobra.
-Y éxito. Mucho éxito.
-Y buen gusto.
-¿Queréis que termine vagando en Otra Dimensión? ¿Por qué no preguntáis a vuestros superiores si tanto interés tenéis? –Se defendió Argol.
-¿Quieres que le pregunte a Aioros? –Asterión alzó las cejas, sin creerse su propia pregunta.- ¿En serio?
-¡Pues a Milo! Él fue la estrella anoche, Dante y Moses pueden investigar al respecto. Incluso… -entonces, la mirada celeste del chico, se encontró con la de Nikos.- Incluso Nikos puede preguntarle a esa hermanita suya.
-Se lleva bastante bien con Escorpio. –masculló Moses.
-No, no. –Negó con el rostro.- Dejad a mi hermana fuera de esto. Son vuestros chismes y vuestros intereses. No los suyos.
-Les conoce bien.
-Les conocía.
-¿Y? ¡Es lo mismo!
-No, no es lo mismo. –frunció el ceño. El asunto comenzaba a irritarle.
-Oye, deberíamos ir marchándonos o llegaremos tarde. –vio fugazmente a Keitaro, e internamente, agradeció su ayuda.
Los demás accedieron entre protestas, pero al fin, fueron abandonando el comedor uno a uno. Solo entonces, Nikos respiró algo más tranquilo, pero no demasiado. Naia no había aparecido y sería imposible contener aquella marea de comentarios por mucho tiempo. Antes o después, la atención se giraría hacia ella.
-X-
No solamente escuchar su risa le había sorprendido, sino que Saga se sentó con tanta pereza en su silla, que Shion alzó las cejas completamente sorprendido mientras veía de uno a otro de sus acompañantes. Camus se sentó a su lado, y Shura frente a él. Murmuraron un buenos días, mientras sus ceños permanecían arrugados de un modo prácticamente idéntico.
-¿Una buena noche? –No eran los primeros que llegaban: Dohko, Afrodita, Aldebarán, Mu y Shaka habían sido los más madrugadores, pero se veían tan tranquilos como cualquier otra mañana. Y también tan sorprendidos como él. Al menos alguno de ellos.
-Estuvo bien. –respondió Shura.
-Me alegra oírlo.
-Es una manera disimulada de decir que estabas a punto de sufrir un ataque de nervios. –murmuró Dohko.
-No es el único. –intervino Saga, mientras se apropiaba del frasco de Nutella. Vio a Shura, y no pudo sino imaginarse todas las conjeturas que habían sacado aquel par en unos pocos segundos. ¡Y no podían estar más equivocados! Claro que, no tenía porque decirles eso. Arruinaría la diversión.
Arles, mientras tanto, retiró sutilmente el periódico que leía con tanto interés. Observó al peliazul atentamente, estando completamente seguro de lo que iba a hacer acto seguido. Y no se equivocó. Saga enterró la cucharilla en el frasco de chocolate, y relamiéndose igual que un niño pequeño, se la llevó a la boca segundos después.
-No puedo creerme que sigas haciendo eso. –dijo Arles, mientras retiraba el periódico completamente.
-¿Hacer el qué? –respondió Saga, cuando el chocolate le permitió articular palabra.
-Comerte la Nutella a cucharadas.
-Oh. –Saga se encogió de hombros, con una expresión aniñada en el rostro, que a Shion no le pasó desapercibida. Jugueteó con la cuchara, y volvió a enterrarla en el chocolate.
-No hagas eso, ¿quieres? –protestó el santo de Altair.- No me digas que malgasté años enteros de mi vida peleando por enseñarte a comer decentemente para que sigas haciendo eso veinticinco años después.
-No veo que tiene de malo.
-¡Por Athena!
Shion sonrió mientras le daba un sorbo a su café. Dohko tenía razón, había pasado una noche terrible preguntándose cómo habían ido las cosas, y hasta que no les viera a todos allí sentados, no estaría del todo tranquilo. Sin embargo, aquella inesperada escena había traído un sorprendente efecto relajante sobre él. Ver a Saga sonreír un par de veces seguidas, y en esa actitud tan relajada, era algo completamente imprevisto. Era como volver al pasado y recordar todas aquellas arduas luchas diarias, que Arles acababa de mencionar, por lograr que el chico comiera un par de bocados de algo más que no fuera chocolate. Suspiró, mientras se perdía en aquellos agradables recuerdos.
Entonces, Svetlana llegó, con la bandeja de dulces recién sacados del horno. Arabella la seguía, a un par de pasos de distancia.
-Maestro. –saludaron al unísono. Shion esbozó una sonrisa e inclinó el rostro a modo de saludo. Eran dos chicas simpáticas, que siempre tenían una sonrisa en el rostro y, porque no decirlo, aquel era un rostro más que bello.
Saga se revolvió en la silla en aquel momento. No terminaba de acostumbrarse a aquellas situaciones tan peculiares. Ni tampoco a aquella obsesión de Shion y Arles por reconvertir a las hetairas en doncellas del templo. Svetlana siempre había sido una de ellas, si; pero Arabella… tenía otras habilidades.
Y como si la morena hubiera escuchado sus pensamientos, llegó a su lado con la bandeja en las manos. Saga se pasó los dedos por la melena, y se colocó un mechón tras la oreja.
-¿Chocolate caliente? –la vio directamente por unos segundos, mientras sostenía la jarra humeante. Arabella sonrió, de esa manera en que solo ella sabía hacerlo.
-Mejor café. –La hetaira alzó una ceja apenas perceptiblemente. No le gustaba el café, lo sabía. Pero suponía también que aquella había sido una larga noche, así que se limitó a sonreír nuevamente, y a llenar su taza como si nada pasara.
Después, se alejó con tranquilidad, repitiendo el mismo proceso con Shura, Camus y Aioria, que acababa de llegar; pero siempre bajo la atenta mirada de Svetlana, que la observa con gravedad tras su flequillo rosado. Dejó las jarras de plata en la mesa, se aseguró de que no se requiriera más de ellas por el momento, y siguió a la rusa a la salida del comedor. Conocía bien aquella expresión de disgusto en su rostro.
-X-
El murmullo de las voces y el sonido de los platos predominaban en el elegante comedor. De vez en cuando, alguna risa desparpajada se dejaba escuchar, seguida de la consecuente petición de Arles por silencio. La mayoría de los asientos estaban ocupados, y los que estaban libres, se iban llenan poco a poco con la llegada de los últimos habitantes de las doce casas. Por fin, cuando Máscara Mortal hizo aparición por el marco de la puerta, las sillas vacías se redujeron a solamente dos.
El italiano se abrió paso de un portazo y caminó hacia dentro del salón con zancadas. Solo hacía falta echar una mirada a su forma de andar para saber que, tal y como lo confirmaba la expresión en su rostro, estaba furioso. Las cejas se levantaron y la curiosidad hizo acto de presencia.
-¡Venga! –rugió el italiano.- ¡¿Quién fue el gracioso?! ¡¿Eh?! ¡Confesad! –Las miradas sorprendidas de todos los presentes se fijaron en él. De pronto, solo se escuchó el silencio.
-Buenos días también para ti, Ángelo. –Shion respondió con toda la calma que su voz solía transmitir. A su lado, Arles frunció el ceño ante la accidentada intervención.- ¿Podrías explicarme a que viene todo este escándalo en mi comedor?
-Sucede que alguno de vuestros borrachos santos dejó su contenido estomacal en mi escalera. ¡En mi escalera!
-Que agradable conversación para el desayuno. –Dohko suspiró mientras apartaba el plato que tenía enfrente.
-¡Hablo en serio! Casi puedo saber que comió el susodicho la noche anterior. ¡Es sencillamente asqueroso!
Saga levantó las cejas y bebió un sorbo de su café. Ya se imaginaba él que algo así sucedería y, de hecho, también sabía que en cualquier momento, los dedos apuntarían hacia los dos grandes ausencias de esa mañana. Por supuesto, no había forma de que Aioros se hubiera levantado; estaba demasiado ebrio esa madrugada como para haber sido capaz de asimilar semejante cantidad de alcohol. En cambio, Kanon… Mordisqueó un bollo y decidió que prefería no pensar en los motivos que le habían atrasado.
Sin embargo, tampoco fue necesario, porque medio segundo después, la puerta volvió a abrirse, atrayendo la atención de todos. Cuando le melena azul y despeinada de Kanon se asomó por la puerta, Saga se rascó la cabeza y entrecerró los ojos. Ciertamente no esperaba que su hermano hiciera acto de presencia. Pero ahí estaba, sorprendiéndole como siempre.
-Buen día. –saludó, ahogándose él mismo con un bostezo. Rápidamente identificó los asientos vacíos y se sentó en el más próximo.
-Buen día, Kanon.
-¡No tienen nada de buenos! –bramó Máscara Mortal una vez más, pillando desprevenido al Patriarca.
-No grites, Ángelo. No estamos sordos.
-¿El cangrejito amaneció de malas? Supongo que viste el obsequio en tus escaleras. –Las comisuras de los labios de Kanon se impregnaron con azúcar del bollo que mordió.- Bastante desagradable.
-¡Tú estás involucrado en esto!
-¿Yo? –El gemelo sonrió sarcásticamente.- No, no. No me culpes por los desastres ajenos.
Pero para Saga, estaba muy claro que, si bien la culpa no había sido completamente de Kanon, en parte había contribuido a ello. Tampoco le extrañaría demasiado si aquel incidente hubiera sido un vil intento de asesinato en contra de Aioros. De hecho, si pensaba en todas las desavenencias a las que él mismo había sido expuesto la noche anterior, desde el peligro de rodar por las escaleras y morir aplastado por un arquero borracho, hasta la constante amenaza de que Deltha le asesinara al más mínimo descuido, entonces Kanon había estado tan cerca de conseguir deshacerse de ambos, que probablemente había terminado por ser el plan maléfico mejor logrado de toda su vida.
-Kanon. –La voz de Shion acaparó miradas.- ¿Sabes algo al respecto? –El gemelo negó, ocasionando que Shion se soplara los flequillos. Podía leer el cinismo en aquel rostro tan conocido.- ¿Alguien ha visto a Aioros? –Y, en medio del silencio y la falta de respuestas, Kanon resonó como un trueno. Tal y como esperaba.
-Quizás deberíamos preguntarle a él si sabe algo respecto al incidente en Cáncer.
-Oh, por los dioses. –Aioria se llevó las manos al rostro. De pronto, la palabrería de Kanon y la ausencia de Aioros cobraban sentido.- ¡Kanon! ¿Qué demonios hiciste?
-¡Pero, ¿por qué yo?!
-¡Porque la última vez que le vi anoche, estaba contigo!
-Yo no le puse el alcohol en la boca. –El gemelo desvió la mirada, luciendo más ofendido de lo que realmente se sentía.
-Kanon, voy a…
-Bueno, bueno. Suficiente. –Shion hizo callar a ambos. Los rostros de todos, que hasta ese momento se habían centrado intermitentemente entre Aioria y Kanon, se fijaron en él.- ¿Alguien va a explicarme algo? ¿Kanon?
-Oh, venga. –El aludido se cruzó de brazos.- ¿Por qué siempre soy el único que lleva un cartel de "culpable" en la frente?
-¿Por qué será? –La pregunta sardónica de Arles le hizo ganarse una mirada asesina por parte del gemelo y también valió para un par de sonrisas en el resto de los presentes.
-¿Entonces qué fue? –El lemuriano continuó, ignorando el fastidio en el rostro del peliazul. Total, ya sabía que Kanon se refugiaba todo el tiempo bajo la misma excusa. Una vez más, el gemelo menor acaparó la atención de todos. No se trataba solamente de una borrachera cualquiera, sino que Kanon se las había arreglado para emborrachar a Aioros. ¡A Aioros! ¡Nadie más, ni nadie menos!- Cuéntanos que pasó. –El lemuriano insistió.
-Vale, vale. Tres palabras: fiesta en Géminis. –soltó.
Los lunares de Shion se arrugaron; los labios de Arles se abrieron ligeramente y las cejas de más de uno de los otros santos se levantaron. Saga solo atinó a soplarse el flequillo.
-Fiesta a la que, por cierto, yo no fui invitado. –Se apresuró a aclarar. No quería malentendidos al respecto, pues de alguna forma, la mierda de Kanon siempre terminaba por pringarle.
-Creí haberos dicho que no abusaseis del alcohol. –Aunque Shion discutía con Kanon, sabía que la verdadera discusión tendría que ser con su santo desaparecido.
-Yo no abusé del alcohol… al menos no fuera de mi resistencia. Y sabes bien que no soy yo quien tiene que escucharte. –Dio una mordida a su pan.- Yo lo invité a un par de tragos y se tomó como diez. No es culpa mía que sea abusón.
El gruñido de Aioria no le pasó desapercibido y, si tenía que ser sincero, tampoco le gustaba la idea de llamarse a si mismo la mente maestra detrás de la noche anterior. En lo que a él respectaba, sus planes habían sido otros. Pero, ¿qué podía hacer? En ningún momento podía poner el nombre de Naia en algún punto de esa aventura, delante de Shion. Y Saga tampoco lo haría. Así que, hasta nuevo aviso, tendría que cargarse con parte de la culpa en aquel asunto.
-Iré a hablar con él.
-Un gesto de buena voluntad sería darle un par de horas más de sueño y llevarle muchas aspirinas. –Milo se tragó la carcajada que amenazaba con romper la calma del salón.- Primera borrachera, con vodka… mis condolencias al arquero.
-No es gracioso, bicho. –El león se quejó.- A todo esto, ¿dónde rayos estabas anoche, Saga, mientras tu hermano emborrachaba al mío?
-¡Eh! ¡Qué no lo emborraché!
-Yo estaba en mis propias cosas. –Y la pregunta de Aioria no le había caído en gracia a Saga; su rostro lo dejó bien claro.- Si querías un niñera, pudiste quedarte con él.
Camus y Shura intercambiaron miradas en un discreto silencio. Habiendo visto al peliazul saliendo a hurtadillas de los aposentos de Alessandra antes, entendían el por qué no había intervenido. Lo más probable era que Saga ni siquiera hubiera pasado la noche en Géminis.
-Chicos, calmaos. Al final, no es asunto más que de Aioros. Ha sido él quien perdió el piso y será él quien dé las explicaciones pertinentes al respecto. –Vaya que tenían una plática pendiente. Menudo escándalo que se estaba armando.
-Espero que este de humor para limpiar su desastre. –Arles masculló, pero Shion, además de sonreírse, solamente ignoró el comentario.
-Ya hablaré con él al respecto. –suspiró.- En otros temas, alguien más tiene pendientes conmigo, ¿verdad? –Recorrió la mesa con su mirada rosácea.- He notado la ausencia de cierto informe sobre el resultado de las misiones de la semana anterior en mi escritorio.
-¡Maestro, no ha sido mi culpa! ¡No he tenido tiempo…!
-¡Son demasiadas cosas! ¡Tengo muchas ocupaciones…! –Máscara Mortal y Milo chillaron a la vez. Sin embargo, al darse cuenta que habían hablado al mismo tiempo, callaron y esbozaron una mueca de disgusto. El viejo Patriarca rió.
-Espero esos reportes para mañana. –acotó. El par de santos bufaron.- El resto de vosotros habéis hecho un buen trabajo.
Ni siquiera había terminado de hablar cuando Ángelo volvió a protestar por el desastre en sus escaleras. Arles le calló, argumentando que no era necesario semejante escándalo. Milo también lloriqueó de nuevo por su exceso de trabajo, solo para que Camus le acusara de vago un segundo después. Shura y Aldebarán rieron con mesura, mientras Kanon soltó la carcajada más fuerte del día. Saga simplemente sonrió.
Pronto, el ir y venir de palabras desordenadas en la mesa volvió a animarse. Dentro de todo, y a pesar de los inconvenientes, a Shion le gustaba verlos así. Vivos.
-X-
-¿Y bien? ¿Cuál es el problema ahora? –Preguntó, negando con el rostro. Los ojos de Svetlana se clavaron en los suyos, y el rostro dulce de la rusa, la resultó tan frío como el mismo marmol. Ni rastro de su candor de muñeca que tanto enamoraba a todo el mundo.
-¿Qué crees que estás haciendo? –quiso saber.
-¿Acerca de qué? –Svetlana, bufó. Odiaba cuando la morena se hacía la tonta… algo que distaba mucho de ser.
-Saga. –pronunció su nombre fugazmente, como si no quisiera que se oyera de sus propios labios.
Arabella se encogió de hombros y cerró la puerta. Nadie tenía por qué saber nada de aquello: él lo quería así, y ella se encargaría de cumplirlo. Ladeó el rostro, y exploró el de su compañera.
Lo cierto era, que nunca habían sido amigas. Aquello era algo difícil en el templo papal. Al menos durante los años que ellas habían vivido allí. No era buena idea encariñarse con nadie, porque nadie era imprescindible, y ambas lo sabían. Por eso mismo habían sobrevivido, y por ello estaban ahí precisamente, de pie, la una frente a la otra. Habían visto desaparecer a mucha gente a lo largo de los años.
-¿Qué pasa con eso, Svetlana? –preguntó directamente.
-Dímelo tú. Ya no eres una hetaira. –gruñó.- ¿Hace cuánto que viene aquí cada noche?
-Eso no es asunto tuyo. –Arabella frunció el ceño, al saberse descubierta.
-Quizá no. Pero esto ya no es como antes. Ahora eres una doncella de servicio, el Maestro lo quiso así, y él… -Saga. Se dijo mentalmente. Le costaba horrores pronunciar su nombre.- No es buena idea. No ahora que las cosas comienzan de cero. Si yo os vi, cualquiera pudo hacerlo.
-¡Por los dioses! Ya sabes lo que es, Svet. Sexo.
-Precisamente con él.
-¿Y por qué no? ¿Hubiera estado mejor si fuera Máscara Mortal? ¿Lo hubieras aprobado entonces?
-No es eso.
-¡Pues no entiendo qué hacemos discutiendo esto! Puedo ser una hetaira disfrazada de doncella, pero siempre seré una hetaira. No me avergüenza en absoluto. Fui educada para esto, te guste o no. No soy una de las putas vulgares de cabeza hueca de Máscara Mortal, no te olvides de ello.
-No me olvido. –Y no lo hacía.
Sabía de sobra que Arabella contaba con una educación exquisita, tal y como mandaba la tradición de las hetairas desde la era antigua. No era una mujer vulgar, sino todo lo contrario. Era hermosa y elegante, aunque tenía una lengua más afilada de lo que se podría esperar.
Llevaban prácticamente una década juntas, y la había escuchado cada día enredarse en conversaciones desafiantes y peligrosas con cada hombre que se prestase a ello, especialmente Máscara Mortal. Estaba segura de que si seguía viva, era precisamente porque ese carácter suyo tan afilado había encandilado de alguna manera a Ares: siempre le había gustado verla desenvolverse como una fiera entre aquel montón de idiotas lameculos. Arabella no era solamente un cuerpo bonito. Era una mujer inteligente, bien entrenada para manejarse en política y salir airosa de aquellos encuentros.
Arabella había pasado más tiempo que nadie a su lado, no solo en los menesteres que ameritaba su profesión… sino acompañándolo, conversando. Algo que, seguramente, nadie más había hecho.
Ella era diferente. Svetlana solo era una dama cuyas manos eran prácticamente un tesoro: era una artista del Tebori capaz de inmortalizar en la piel las escenas más hermosas, incluso la espalda de Saga había sido su lienzo en un par de ocasiones. Tampoco la antigua y legendaria anatripsis tenía secretos para ella.
Sabía que era apreciada por sus cualidades, pero tampoco era una doncella doméstica… Se adaptaría de ser necesario, si. Sin embargo, debía admitir que envidiaba a la otra. Arabella afrontaba cada paso del camino con ligereza, y con la cabeza bien alta… como si no la importara.
-Es solo que todo lo que ha sucedido ha dejado el Santuario tambaleándose. Las cosas aún están asentándose, y Saga sobre todo.
-Saga estará bien.
-Ni al Maestro ni a Arles les gustará descubrirlo. No puedes ir coqueteándole así frente a todo el mundo, ¿entiendes? –Arabella alzó una ceja.- Eres una hetaira, si, pero eres una especie en extinción.
-Todos los Santos Dorados han disfrutado de sus hetairas desde tiempos inmemoriales. Por lo que se, no hay uno solo de los de esta generación que se salgan de esa regla. Saga no es distinto. –Suspiró.- Y por mucho que el Maestro o Arles se empeñen en negarlo, es algo que nunca se borrará del Santuario. Las hetairas y los guerreros han venido de la mano desde que la tierra es tierra, y así seguirá siendo.
-Esa sonrisa melosa de ahí fuera… -La ignoró, aunque sabía que tenía razón.- Contrólate. Saga ya no es Ares.
-Lo se de sobra. Quizá seas tú quien haría bien en recordarlo, Svetlana.
Se mantuvieron las miradas durante unos segundos. Hasta que Svetlana negó, finalmente, con el rostro. Ella también había sobrevivido al infierno. Aunque para ellas dos, aquello era lo único que conocían. Nunca habían vivido en el Santuario antes de que Ares reinara. No conocían el candor ni el esplendor de aquel lugar.
Toda la situación actual era nueva… de igual manera que lo era el nuevo Saga. A él no lo conocían del todo, y eso la asustaba. No porque temiera no encontrar un hueco en el Santuario… sino porque del mismo modo en que Arabella había sido la fiel muñeca favorita del dios, ella había cuidado de Saga cuando Ares lo dejaba descansar. Había conocido al chico, había descubierto que tras la máscara, quien de verdad se escondía no era más que un chiquillo como ella, lleno de cicatrices. Era frágil, y estaba asustado. De alguna manera, la hacía sentir útil a su lado; no de un modo tan deslumbrante como Arabella, pero útil.
Ahora, no tenía la menor idea de cómo lidiar con él. Se alegraba de saberlo libre, si. Pero sabía que a él le sucedía lo mismo... Estaba igual de confundido al respecto de qué hacer con aquello que pertenecía al pasado. La primera vez que la había visto al volver, se quedó sin habla. Notó la tensión en su mirada.
-Solo digo que tú y yo formamos parte de un pasado que todos desean olvidar. –dijo finalmente.- Se cauta, y ten cuidado. Máscara Mortal y Afrodita saben cada secreto de este templo igual que tú y que yo. Y están ahí fuera también, a ellos no les pasará desapercibido lo que hagas. Saga es muy distinto de Ares, él… -se encogió de hombros.- Debemos adaptarnos a esto, a lo que tenemos ahora. No te conviertas en su sombra. –Lo que no decía, era que sentía envidia. Ella lo había cuidado también… y a ella, la rehuía, apartaba su mirada.
-No lo soy. Pero si me busca, estaré aquí para él. No pienses que eso vaya a cambiar. Ni tampoco que vaya a calentar la cama de otro. –Se acercó a la puerta, con sus caderas contoneándose al ritmo de sus pasos.- Relájate, Svetlana. Cualquiera diría que estás celosa.
-X-
Mientras Deltha estaba ocupada en curarle la mano, Aioros lo único que podía hacer era desparramarse sobre la mesa, con la esperanza de que su cerebro, probablemente aún alcoholizado, le diera un descanso y dejara de taladrarle la cabeza y perforarle el estómago. Entre quejido y quejido, el asco reflejado en su expresión confirmaba la gravedad del malestar que le hacía víctima. Si había aprendido algo de esa noche loca, era que la resaca era un locura infinitamente peor de lo que imaginaba.
-¿Qué tan malo fue? –Su voz pastosa sonó después de un largo rato de silencio.
-¿La herida? No es grave. Solamente es un corte superficial.
-No, no. Me refería a la noche.
-Ah… eso. –Deltha se tornó pensativa. En su momento, había sido una tortura. Ahora que había sobrevivido a ello, casi se le antojaba divertido.- En una escala del uno al diez, ha sido un once. Te has esmerado, cielo.
-Oh, por todos los dioses. –El arquero se quejó una vez más, y la chica no supo si lo que le dolía era la cabeza o el orgullo. Se tragó la risa mientras continuaba con su trabajo y le observaba de reojo.- Esto es vergonzoso.
La amazona no hizo ningún comentario al respecto, aunque internamente, no pudo evitar sonreír. Ya sabía ella lo que era sentirse como Aioros en ese momento. Comprendía lo mal que debía sentirse y le compadecía. Pero Saga había tenido razón en algo: era grandecito y debía comenzar a enfrentar las consecuencias de sus decisiones… buenas, o malas.
-Listo. –Terminó de ajustar las vendas.- ¿Están bien? ¿No están demasiado apretadas?
-No, están perfecto.
-Bien. Entonces, es hora de que vuelvas a la cama. –Deltha se puso de pie, recogió los materiales de curación y, después, se acercó al santo, para tomarle de la mano sana. Tiró un poquito de él, para incitarle a levantarse.- Tú que puedes, aprovecha el día y duerme todo lo que te sea posible. Te sentirás mejor después.
Lo llevó a empujones hasta su dormitorio y, cuando hubo conseguido que se tumbara en la cama, depositó un beso en su frente antes de girar rumbo a la salida. Tenía que irse a toda prisa o Camus la pillaría llegando tarde.
Sin embargo, antes de que se diera cuenta, la mano de Aioros volvió a atraparla. Tiró de ella y volvió a sentarla en el hueco a su lado, sin que ella pudiera poner resistencia. Deltha intentó quejarse, pero lo cierto era que no había forma de escapar de aquella manía que el arquero había cogido a últimas fechas, en las que ella terminaba como muñeca de trapo: indefensa y a completa merced de su fuerza, que la superaba.
-¡Aioros! –El chillido de la pelipúrpura le resonó en la cabeza, amenazando con explotar las pocas neuronas que todavía le quedaban con vida. Cuando él la soltó, Deltha se acomodó la cabellera corta y despeinada.- Cielo, tienes que dejar de hacer esto. Entre tantos jalones vas a arrancarme algo algún día.
-Lo siento. ¿Estas enojada, Del? –Los ojitos suplicantes lucían dolorosamente adorables en el rostro demacrado.
-Un poco, pero no por esto. Me enoja que tuvieras que terminar arrastrándote y hasta la coronilla de alcohol.
-No volveré a hacerlo. ¿Me perdonarás? –La amazona le miró de reojo. ¡Maldita mirada color de cielo!
-Si, seguro que si. Antes o temprano, lo haré. –Cierto era que, en realidad, ya lo había perdonado desde hace mucho.
-¿En serio no vas a quedarte conmigo?
-Por mucho que quisiera, no puedo. Tengo que presentarme a entrenar, o Camus va a enojarse. –Además, tenía otro asunto pendiente.- Pero te prometo que volveré más tarde.
-¿Me das un beso?
-¡Picas! –Alegó, pasando la mano por la incipiente barba que le cubría el rostro.
-Anda. –suplicó. Deltha le sonrió, porque simplemente no iba a negarse más. El rápido beso, sin embargo, tomó desprevenido al arquero que no pudo pillarla de nuevo.
-Aprendo rápido, pequeño. –La pelipúrpura le guiñó el ojo y, de nueva cuenta, buscó la salida del dormitorio.- ¡Descansa!
Pero cuando se disponía a cerrar la puerta, a voz ahogada del santo de Sagitario hizo que volviera a detenerse y acechara dentro, con curiosidad. Tal parecía que aún al borde del colapso cerebral, Aioros era incapaz de mantenerse quieto y callado.
-¡Del!
-Ahora, ¿qué pasa?
-Tengo una pregunta. –La amazona de Apus guardó silenció, esperando que él continuara.- Mi cerebro dejó de funcionar en algún punto en Géminis, pero… ¿Saga me trajo hasta aquí… contigo? –Deltha alzó las cejas, sin dejar de mirarlo.
-Si. Y tu actuación fue bastante… perturbadora.
-Genial. –Aioros escondió el rostro entre los montones de almohadas en su cama.- Eso era lo que me faltaba: una escenita de borracho.
La amazona se quedó ahí un segundo, contemplándolo con una mezcla de ternura y diversión. Aioros iba creciendo… a tropezones, pero crecía. Cerró la puerta con cuidado y marchó de prisa hacia su siguiente destino. Con un poco de suerte, alcanzaría a Naia en Géminis.
-X-
-¿Sabes? Si yo fuera Saga, os haría recoger y limpiar este desastre, hasta que fuera capaz de ver mi propio reflejo en el piso.
Naia, quien recién entraba al salón de Géminis, se sobresaltó al ver a Deltha sentada en el sofá. Carraspeó mientras terminaba de acomodarse la ropa y esbozó la sonrisa más angelical que tenía en su repertorio. Según se acordaba del resultado de la noche anterior, su amiga no iba a estar ni mínimamente contenta.
-¡Del! No te oí llegar. ¿Qué haces aquí?
-Iba bajando al Coliseo cuando recordé que seguramente estarías perdida en alguna de las decenas de habitaciones de este templo. Así que vine a verte y… no me equivoqué. –La sonrisa en el rostro de la pelipúrpura le produjo escalofríos.
-Si… pero voy a tiempo para llegar a los entrenamientos.
-Claro. –Y mientras más fijamente la observaba, Naia se sentía más y más presionada. ¡No le gustaba que Deltha la mirara de ese modo!
-Vale, suéltalo ya. Estás enojada. –resopló.
-Un poco, si. ¿Qué pretendías emborrachando a Aioros?
-Para empezar, ¡no pretendía emborracharle! –Los brazos abanicaron el aire en un gesto de frustración. Caminó con zancadas hasta donde estaba la otra amazona y se dejó caer a su lado, mientras abrazaba uno de los cojines.- Venía en busca de Kanon cuando me encontré a ambos aquí y… ¡no sé! Simplemente me pareció una buena idea pasar un rato juntos, como antes. Hace siglos que no estamos todos en el mismo lugar, pasándola bien… como amigos. –Entonces, Deltha vio en el rostro de la morena, los mismos ojitos tiernos y suplicantes a los que Aioros no había podido resistirse. Ella misma sabía una cosa, o dos, sobre chantaje emocional.
-Aioros terminó vomitando su estómago a las puertas de Cáncer, tiene la mano herida y casi nos mata a Saga y a mi, por cargarlo escaleras arriba.
-¡¿Saga y tú?! –La mirada violeta se tornó sospechosa.
-¡Oh, por Athena! ¡¿Eso es todo lo que escuchaste?! –Giró los ojos y, tomando otro cojín, lo estrelló contra la cara de su amiga. Se quedó con la risa atorada en los labios, hasta que el rostro cubierto por los cabellos revueltos de Naiara, le robó una carcajada espontánea.
-Oye… -Se quejó la otra.
-Considera esto como mi venganza, Caelum. Me las debes.
-No sé por qué te quejas, si hubiera sido tan malo, no te estarías riendo.
-Me río porque ahora es divertido. ¡Anoche no lo fue!
Mientras su amiga hablaba, el semblante de Naia iba mutando en un mueca de diversión, complicidad y curiosidad que era imposible de ocultar. Ella se había marchado a la habitación de Kanon la noche anterior y, ahora, ¡casi se arrepentía de haberlo hecho! La verdad era que le hubiese gustado quedarse ahí para presenciar el desarrollo de aquella pequeña catástrofe.
Sin embargo, algo en el hecho de que Deltha y Saga hubieran hecho equipo y sobrevivido a ello, le daba esperanzas acerca de que, eventualmente, quizás las cosas podrían ser como antes… como ella tanto lo deseaba.
-¡No te rías! –El cojín que volvió a estrellarse contra su cara la tomó desprevenida.- Eres una pésima influencia, Caelum.
-¡Basta de hacer eso! –Devolvió el golpe y amplió su sonrisa al contemplar la expresión estupefacta de Deltha.- No puedes quejarte. Por lo último que vi, Aioros estaba muy cariñoso.
-¡Calla! ¡Me arrastró a la cama con Saga parado enfrente de nosotros! –Naia rió más fuerte al verla sonrojarse.- ¡Y no te rías! Que mi único consuelo fue que Saga está más que acostumbrado a ver parejitas haciendo el idiota en su sofá.
La alusión sobre ella y Kanon no pasó desapercibida para Naiara. Abrió la boca, sin saber exactamente que responder, pero cuando Deltha se le adelantó a partirse en carcajadas, supo que la habían pillado con la guardia baja.
-Eso ha sido un golpe bajo, Apus.
-Deberías veros. Dándoos besitos y arrumacos más empalagosos que la miel. –Pestañeó rápidamente, en un burda burla de su amiga.- ¡Terrible!
-¡Eh! ¡Que no somos empalagosos! Somos… divertidos. —Sonrió con cierta desvergüenza.- Además, ¿tú hablando de empalagos? Por Athena, ¿os habéis visto también? Si algo, Aioros borracho queda a punto de diabetes.
-Pues para todo lo mono que se pone, habla demasiado. El muy bocazas, le contó a Saga toda la historia de cómo el Patriarca Arles se comía a su amantes. ¡Debiste ver su rostro! Fue humillante. –Deltha escondió la cara en el almohadón.
-Te dije que era una pésima idea compartirlo con alguien más.
-¡Confiaba en Aioros!
-En su defensa, diré que nunca lo hubiese contado de no haber estado borracho.
-¿Y gracias a quien fue eso? –La amazona de Apus la miró con fastidio.
-Del vodka. –Y antes de que Deltha pudiera usar el cojín como arma de nuevo, Naia se le adelantó… dos veces.
-¡Naia!
-¡¿Qué?! Aio está vivo, ha sumado experiencias nuevas a su repertorio y al final hemos pasado un buen rato.
-Díselo ahora que siente el cerebro a punto de ebullición.
-Pf… pobrecillo. –Caelum miró de reojo a la otra. Su semblante, por un segundo serio y reflexivo, revelo una sonrisa traviesa.- ¿Crees que aprenderá algo de todo esto?
-¿A no volver a emborracharse con vodka? Si. ¿A no caer en los encantos de tus ojitos de cachorro abandonado? No. –negó sutilmente, con una sonrisa cómplice en los labios.- Aioros es demasiado fácil de encandilar y tú, demasiado encantadora.
-Quizás debería darle un par de clases más. –Naiara arrugó la nariz, adoptando aquella expresión tan pícara suya.
-¡No! ¡No más lecciones de nada!
Y habiendo dicho aquello, el suave cojín golpeó el rostro de Naia por enésima vez. Un segundo después, entre carcajadas y gritos, se vieron envueltas en una guerra de almohadas que las remontó a años pasados, cuando los tiempos eran mejores.
-X-
Saga se detuvo al pie de las escalinatas que guiaban a las habitaciones de Sagitario. No sabía que loco impulso lo había guiado hasta ahí de nuevo. Pero, después de su ausencia en el desayuno, de pronto le había preocupado el nivel de consciencia de Aioros. ¿Qué tan bien estaba sobreviviendo a su primera resaca?
Primero, se aseguró de que el cosmos de Apus no estuviera presente por ningún lado. Quizás su tirante relación había dado un paso gigantesco la noche anterior, pero no estaba seguro de que tan amigable hubiera despertado después de pasar la noche sosteniéndole la cabeza a Aioros para vomitar. Prefería no correr riesgos innecesarios al respecto.
Suspiró.
Al final se animó a subir, lentamente, pensando muy bien lo que diría al llegar arriba. Pensó en muchas cosas, pero ninguna apropiada. Probablemente, lo más indicado sería solamente acechar, asegurarse de que el arquero respiraba y salir de ahí tan pronto pudiera.
-¿Aioros? –llamó cuando estuvo dentro. Oteó el lugar, encontrándolo inusualmente en orden, para todo el desastre que era el santo de Sagitario.- ¿Vives? –Continuó avanzando por los pasillos.
Se detuvo frente a la puerta del dormitorio e, irremediablemente, miró a la puerta de enfrente, donde aún se veían las letras toscas con las que Aioria había grabado su nombre alguna vez. Sonrió con nostalgia. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había puesto un pie ahí y la noche anterior había sido demasiado accidentada para reparar en esos detalles.
-¿Aioros? –volvió a llamarle, con voz suave y aterciopelada. Un grito suyo bastaría para derretirle el cerebro.
-¿Mm? ¿Saga? ¿Eres tú? –escuchó la voz aguardentosa que provenía de la habitación.
-Soy yo. Voy a entrar. –"Espero que estés decente". Quiso decir antes de abrir la puerta e invitarse a pasar.
Entró para ver a Aioros incorporándose entre el montón de mantas y almohadas. Tenía el cabello revuelto, los ojos azules enmarcados en rojo y las ojeras más grandes que le había visto jamás. La expresión taciturna y el semblante descompuesto aportaban mucho a aquella imagen tan lamentable.
-¿Qué haces por aquí?
-Asegurándome de que estés vivo. -Saga se esforzó por mantenerse serio. La relación con Aioros había mejorado enormemente, pero todavía había situaciones que no sabía como manejar.- Espero, por tu propio bien, que esta haya sido tu primera y única borrachera.
-Te juro que no volveré a hacerlo.
-No me jures nada. Tu sabrás si deseas caer en lo mismo de nuevo. –El arquero se hundió un poquito más entre sus sábanas.
-Lamento… lamento haber hecho lo que sea que hice anoche.
-Me conformo con que no vuelvas a repetirlo… en mi templo. –Saga se cruzó de brazos y se sopló el flequillo.
-Hecho.
-Tampoco te dejes engatusar por Naia, o por Kanon. No sé cual de los dos es peor. –Volvió a bufar.
-Kanon. –Saga giró los ojos, otorgándole la razón. Aunque cuando estaban juntos, eran igual de impredecibles.
-Como sea…
Después de eso, el santo de Géminis guardo silencio por un momento.
Paseó la mirada por el dormitorio, a semipenumbras a esa hora de la mañana. De pronto, recordó lo molesto que el Sol resultaba gracias a la resaca y casi sintió pena por el arquero. Caminó hasta la ventana y abrió la cortina solo lo suficiente para ver el panorama desde la novena casa. Tenía que admitir que las vistas desde ahí arriba eran mucho más impresionantes.
Pudo ver a Meridia a lo lejos, y un poco más allá, distinguió los tejados de barro de Rodorio perdidos entre las grandes copas verdes de los árboles. Por un momento, se sintió entretenido.
-¿Hace buen día afuera? –Cuando el castaño volvió a hablar, Saga abandonó el único rayo de Sol que le había acariciado el rostro para regresar a la penumbra.
-No para ti. Cuando te saltaste el desayuno esta mañana, te perdiste también el sinfín de quejas de Ángelo. A Shion le resultaron de lo más interesantes.
-¡No! ¡¿Shion sabe?! –El chillido de Aioros le hizo arrugar más la frente, si es que eso era posible. A sus ojos, el arquero siempre sería el chico dulce e inocente al que quería como un hermano. Pero en momentos como aquel se daba cuenta de que crecía, lleno de errores y de experiencias nuevas; no todas agradables. Y mientras más lo pensaba, más se daba cuenta de que nunca se acostumbraría a verlo de esa manera.
-¿Creías que Shion no se enteraría? –Preguntó, estupefacto ante el exceso de ingenuidad que escuchaba.- Shion siempre se entera de todo. Siempre.
-¿Qué voy a hacer ahora?
-¿Disculpa? –El gemelo alzó una ceja.- ¿Qué vas a hacer? ¿Qué te parece decir la verdad? –añadió, no sin cierta ironía.- No es como que tengas más opciones.
-Shion va a enfadarse. –El arquero se lamentó.
-Motivos tiene.
-No vas a ayudarme en esto, ¿cierto? –Saga negó. En realidad, ¿qué más podía hacer?
-Hice suficiente esta madrugada. El resto es cosa tuya.
-Vale. –Aioros se cubrió el rostro con la almohada y se dejó caer sobre la cama. Pero un segundo después, volvió a incorporarse con una lentitud pasmosa.- Gracias por ayudarme a llegar hasta aquí anoche.
-No hay nada que agradecer. –La melena azul se meneó al ritmo de los pasos serenos del gemelo que avanzaron rumbo a la puerta. Su misión ahí había terminado y el deber esperaba por él en el Coliseo.- Solo quería avisarte que tendrás visitas. Dudo que Shion este verdaderamente enfadado; Arles quizás sea peor que Shion. Pero aún así, te soltará un discurso de lo más entretenido respecto al abuso del alcohol. Si yo fuera tú, fingiría demencia. –Le echó un último vistazo sobre el hombro y abrió la puerta, deteniéndose bajo el marco.- Buena suerte.
Lo último que escuchó al cerrar la puerta, fue el doloroso gruñido de Aioros. Desaprobó con un movimiento de cabeza mientras una imperceptible sonrisa se asomó en sus labios.
Quizás no iba a acostumbrarse nunca, pero el pequeño arquero estaba creciendo a trompicones.
-X-
Shion repasó mentalmente, una última vez, todo el discurso que tenía preparado en su mente, cuando abrió la puerta del salón de Sagitario. Había anunciado su presencia con la sutileza de su cosmos, pero aún así, no podía evitar sentirse ciertamente nervioso. ¡No podía imaginar como estaría Aioros!
Suspiró, y cerró tras de si.
-¿Aioros? –llamó.
No hubo respuesta, pero afiló sus sentidos hasta que percibió el acelerado movimiento en el dormitorio principal. Sonrió débilmente, y se quedó quieto donde estaba. Apenas unos segundos después, el rostro demacrado de su pequeño arquero, apareció por el pasillo.
El Maestro lo observó detenidamente. Allí estaba él, con su maraña de rizos desordenada, y con el rostro descompuesto, pálido como la misma pared. Claro que, aunque lucía unos ojillos de cachorro abandonado, no se sorprendía de su presencia allí. Alguien debía haberle advertido de su visita.
-Hola. –murmuró Aioros con cierto nerviosismo.
Se pasó la mano por el pelo, y se sentó con deliberada lentitud en su sillón. No estaba seguro de que su estómago soportara movimientos más rápidos que los pasos de una tortuga, aunque a decir verdad, ya no quedaba mucho más que pudiera vomitar. Ni siquiera dignidad.
-Tenemos que hablar. –Shion sonaba serio, sabía de sobra que lo hacía… y no le suponía demasiado esfuerzo. Sin embargo, en sus adentros, aquella peculiar situación le resultaba incluso cómica. Aioros asintió, y se acomodó entre sus cojines. Él tomó asiento frente al arquero.- Espero que hayas aprendido algo útil de todo esto. –El castaño se sopló un tirabuzón que caía por su frente. Jamás, nunca, volvería a beber ese veneno. Estaba casi seguro de ello.
-Si, tranquilo.
-Hijo, ¿en qué demonios estabas pensando?
Aquella era una excelente pregunta, desde luego. Y era una lástima que Aioros no tuviera una respuesta apropiada. Porque la verdad era, que no sabía porque motivo le había parecido una buena idea. Suspiró una vez más, y se humedeció los labios agrietados. Al menos había andado lo suficientemente rápido como para adecentarse mínimamente, y recibir a Shion en el salón, en lugar de su habitación apestada, donde parecía un moribundo.
-Pues… -se encogió de hombros.- En nada. –murmuró derrotado.
-No lo dudo. Ya me han contado algunas… cosas.
-Lo se.
-Asumo que has tenido alguna visita precavida, ¿cierto? –Aioros asintió a desgana.- Ya. Pues si, efectivamente. Ángelo esta molesto, y con razón. –El arquero arrugó la nariz con disgusto, al pensar en ese penoso episodio. El hecho de que todo el mundo supiera acerca de ello, resultaba francamente humillante.- Aunque ese no es el problema.
-Lo siento.
-¡Oh! Ya se que lo sientes. Solo hay que verte. Todo el mundo lo siente al día siguiente. –Shion había lidiado con muchos santos a lo largo de su vida; muchos de ellos adolescentes, y otros adultos problemáticos. No era la primera vez que se enfrentaba a una situación como aquella. Pero Aioros era diferente, a él tenían que protegerlo.- Aún estas adaptándote a esta nueva vida, como los demás. Pero desgraciadamente, te fuiste demasiado joven, como para saber algunas cosas que se aprenden con la edad. Eres un adulto ahora, no quieras recortar el camino de un modo más rápido y equipararte a los demás en todos los aspectos. Es innecesario. Y no necesitas el vodka para nada. Es un acto vergonzoso e irresponsable.
-Yo solo… -volvió a encogerse de hombros.- No podía decirle que no a Milo, era su cumpleaños. Y luego…
-Luego pudiste decirle que no a Kanon, hijo. Debiste. –Era difícil vislumbrar algún rastro de inocencia en el rostro del peliazul, aunque no por ello se le podía culpar de todo. Si Aioros no se había negado, Kanon debió encontrar aquella ocasión única e irrepetible, eso desde luego.
-No volveré a jugar con Kanon, lo prometo.
-Ese no es el punto. –Shion sonrió para sus adentros.- Lo que no debes hacer es volver a beber tanto, como para que termines viéndote como idiota moribundo. Menos aún, cuando tu compañero de aventuras es alguien tan peculiar como Kanon. –Shion sabía lo mucho que el gemelo menor disfrutaba haciéndole las cosas difíciles al arquero.- No termino de entenderlo, la verdad. Cuando uno abusa del alcohol, lo único que hace es humillarse a si mismo frente al resto, y te aseguro que Kanon te lo recordará por el resto de sus días. No hay nada de genial en la bebida, por mucho que unos u otros beban. Entiendo que estuvierais de celebración, pero debéis estar siempre en condiciones. Sois santos dorados.
-No sucederá de nuevo.
-No espero menos de ti. Ahora que ya sabes lo miserable que siente uno después de abusar de la bebida, confío en que aclares tu mente.
-Fui un idiota.
-Lo fuiste.
-Y ahora todos se estarán riendo de mi.
-Unos más que otros… -Por primera vez, una diminuta sonrisa adornó los labios del lemuriano.
-¡Oh! Shion… -Aioros escondió el rostro tras un cojin.
-Quiero las escaleras de Ángelo limpias como la plata, cuanto antes.
-¡Pero…!
-Pero nada. Tú eres el responsable, tú lo solucionas. O te prometo que te enviaré a Arles.
-¡No! Alguien ya me advirtió de que él podría ser peor.
-Ese alguien no esta equivocado. –Se puso en pie, sospechando ligeramente de la identidad del misterioso "Pepito Grillo" del arquero.- Bébete esto. –Le acercó el termo caliente que había traído consigo.- Es una infusión de Jamir. Aclarará tu mente, y asentará tu estómago.
-Gracias.
-No me las des. Si esto vuelve a suceder, tendremos mucho más de lo que hablar. Te lo aseguro. –Se encaminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.- Por cierto…
-¿Si?
-¿Cómo llegaste tú solo hasta aquí?
-Saga me arrastró escaleras arriba.
-Oh. –Saga no lo había mencionado.- Bien, bien. Descansa ahora.
Sonrió, y se dio la vuelta. Se sentía bien, se sentía tranquilo. Poco a poco las cosas parecían volver a su lugar… La pelea en Atlantis había sido útil después de todo. Los chicos estarían bien. Sus pequeños.
-Continuará…-
NdA:
Milo: ¿Casi todos los días, Saga? ¡¿Casi todos?! ¡Eres mi héroe!
Saga: Cof… cof.
Kanon: ¡Golfo! ¬¬'
Saga: Le dijo la sartén al cazo, apártate que me tiznas. ¬¬'
Camus, Shura: Envidia u_u
Saga: Vosotros, a seguir con vuestras conjeturas.
Kanon: ¡Chismosos!
Saga: De acuerdo en eso…
Milo: O_o ¡Están de acuerdo en algo! Eso es grave u_U
Saga: Como sea, estoy seguro de que todo el mundo se pregunta de que hablaba Svet cuando mencionó sus ocupaciones. El Tebori es la técnica tradicional japonesa del tatuado, se hace con bambú y con agujas y es todo un arte. Además de tortura, más o menos; de todos modos, en la cultural griega los tatuajes están más vistos como un castigo que como un adorno. Y la Anatripsis, es la manera en que se conocían los masajes en la Antigua Grecia. Se les aplicaba a los guerreros antes y después de las batallas, y a los olímpicos antes de los juegos; utilizando aceites y arena.
Aioros: En este momento, tanto conocimiento me hace arder el cerebro…
Shion: … ¬¬'
Angie: ¡Pues mis escaleras siguen sucias!
Aioros: Quizá en el siguiente capítulo…
Angie: &/%$"!=!
Kanon: ¡Hasta entonces!
