Desperté sintiendo como algo me golpeaba bruscamente la cabeza, una y otra vez. Miré a mi alrededor, pero no había nada; gimiendo me incorporé, estaba en la habitación de Castle, pero él no estaba. Escuché ruidos en el baño, el agua de la ducha, suspirando me levanté, sintiendo como los martillazos en mi cabeza cobraban fuerza. Abrí la puerta del baño y lo distinguí tras la mampara de la ducha. Me desnudé en silencio y entré en la ducha, lo abracé desde atrás, apoyando la cabeza en su espalda. Se dio la vuelta y me sonrió, comprensivo.

-Dime que no hice mucho el ridículo anoche.

-No mucho. –Repuso. –Aunque tu manía con querer hacerlo en el coche un día nos va a pasar factura. –Se rio. Lo miré avergonzada, recordaba pocos detalles de la noche anterior, pero no había olvidado como le había metido mano en el coche, cuando íbamos a…

-¡Oh dios mío! –Me miró preocupado. -¿Y el víde…

-Tranquila, lo tengo.

-¿En serio? –Asintió. –Pero… ¿cómo?

-No preguntes… creo que no quieres saberlo. –Respondió mientras que me lavaba el cabello. Gemí, me dolía todo. –Creo que alguien necesita una aspirina. –Comentó.

-Que sean dos. –Murmuré. Sonriendo me besó cariñosamente en la frente y salió de la ducha, se envolvió con la toalla y salió del baño. Me duché lentamente y estuve un rato dejando que el agua cayera, no quería moverme. Al final tuve que cerrar el grifo y salir, me vestí con unos vaqueros y una camiseta sencilla y fui al salón.

Me senté en la barra de desayunos, mirándolo, agotada. No pudo evitar reírse.

-¿Quieres qué te deje unas gafas de sol de Alexis?

-Estoy horrible, ¿verdad? –No necesité que respondiera. Sí, estaba horrible y el día se me iba a hacer muy largo.