CAPÍTULO 14
No me lo podía creer. De todas las personas con las que me podía encontrar en medio de la nada, tuvo que ser Clarke Griffin.
Al principio creí que era un sueño, una mala jugada que me hacía mi mente. Cuando la vi la noche anterior, con su cabello rubio suelto, enmarañado y riendo con Raven, Octavia y tres chicos a los que no conocía, estaba segura de que no era real. Que mi mente me hacía echarla de menos como el respirar cuando me zambullía en el agua y buceaba hasta que sentía que mis pulmones imploraban por oxígeno. Quizá fuera algo demasiado exagerado, pero era lo único que se me ocurría.
Intenté olvidarme de ella esa noche, cuando Anya me arrastró por todo el pueblo y acabamos en una discoteca de mala muerte, bailando canciones de hacía veinte años y hombres pasados de borrachos y salidos que se nos acercaban con demasiada alegría en el cuerpo. No sé cuántos tuve que rechazar esa noche, rápidamente perdí la cuenta. Para mi suerte, Anya pronto se cansó de ser diana de seres humanos poco caballerosos y salimos de aquel antro que le restaba toda la tranquilidad y adorabilidad al pueblo perdido en medio de la nada.
Pero ahora… ahora la tenía delante de mí, mirándome casi tan confusa como yo a ella. Estaba claro que las casualidades nos perseguían, o que nos atraíamos mutuamente como un imán y un trozo de metal: por mucho que nos alejáramos, estábamos destinadas a estar juntas.
Y no sabía si era algo bueno o malo. Tenía miedo, en cierta manera. Parecía magia, una maldición. Quería alejarme de ella, poner mis pensamientos en orden, construir de nuevo mis paredes en torno a mi corazón, protegerlo incluso de ella. Y sin embargo… allí estaba de nuevo, haciendo que ese corazón latiese como loco al tenerla tan cerca de mí, querer besarla hasta robarle su último aliento y abrazarla hasta que nos convirtamos las dos en cenizas. Pero no podía. Y mis murallas volvían a estar en el suelo, derribadas como un simple castillo de naipes, como una estatua de arena.
Unas voces me sacaron de mi ensoñación. Varias personas se agruparon a nuestro alrededor. Algunas llamadas por el escándalo de sus gritos, otros por el simple golpe. Pero había un par que únicamente fue por ella. Uno de ellos era Raven, su acelerada y extraña forma de hablar la reconocería en cualquier parte; además de que llevaba el rostro descubierto. Sus ojos se abrieron en demasía cuando me vio tirada en el suelo, incapaz de levantarme.
-¿Señorita Woods? -. Inquirió con un gesto de sorpresa. Se quitó las gafas de la frente y se las bajó al cuello-. ¿Cómo es que está usted aquí? ¿Acaso nos está siguiendo para ver si cumplimos con las tareas que nos mandó para vacaciones?
-Lexa, sólo Lexa -. Clarke reaccionó y me tendió la mano, ayudándome a levantarme. Gruñí para mis adentros cuando no pude sentir su piel a causa de los guantes que ambas llevábamos-. Aquí no soy tu profesora, Raven.
-Pero sigues imponiendo -. Añadió.
El chico que había a su lado no era otro que el moreno con el que había visto a Clarke reír como nunca, olvidándose de todos sus problemas y permitiéndose disfrutar de la vida como la adolescente que era. Me miraba serio, distante; como si no confiase en mí.
-Bellamy Blake -. Se presentó, dando un paso hacia mí y ofreciéndome la mano. Le cogí el brazo y lo giré, una particular forma de saludar que él pareció entender.
Blake. ¿Sería él hermano de Octavia? Tenía que serlo, no paraba de hablar de él y su amigo durante mis clases. Más de una vez me sacó de quicio, pero tenía que guardar mis pensamientos sólo para mí. Tenía que conformarme con mandarla callar y que atendiese.
Me dolía la pierna. No creí que el impacto fuese tan fuerte. Parecía que tendría que despedirme del esquí hasta el día siguiente, igual que Clarke.
Nos llevaron hasta la estación, allí había banquetas donde sentarse, disfrutar de la nieve sin tener que esquiar. Además había un pequeño bar que a esas horas estaba prácticamente lleno.
-Estaré bien, sólo ha sido un golpe -. Repetía Clarke una y otra vez. El chico moreno no parecía estar muy a favor de dejarla a solas conmigo, pero la rubia no hacía otra cosa que repetir que se fuera, hasta que terminó aceptando. De mala gana, pero lo hizo.
Menos mal.
Dejamos los esquís apoyados en la pared, el silencio se abría paso entre ambas, pero ninguna se atrevía a hablar. No era un silencio muy cómodo, al menos, por mi parte. Quería decirle tantas cosas que no sabía ni por dónde empezar. Claro que todas se resumía a una única cosa: la había echado de menos. Un par de días sin verla, y me faltaba casi tanto como el aire la primera vez que pisé aquellas montañas. Era algo que me asustaba, sinceramente; a veces me sentía de nuevo una adolescente, incapaz de pensar las cosas y actuando por instinto. Sin embargo, a duras penas lograba controlarme, ser seria y comportarme con la adulta responsable que se suponía que era.
Pero Clarke desmontaba cualquier barrera que pudiera construir. No había manera de estar segura con ella, lograba derribarlas de una manera tan simple como un simple suspiro. Echaba mi trabajo abajo como si no fuese nada.
-Me encanta que haga frío.
-¿Qué?
-Que me encanta que haga frío -. Repitió Clarke, levantando la barbilla con una sonrisa que iba creciendo más y más. Incluso se atrevió a abrir los brazos, girarse y abrazarme-. Cuando hace frío, la mayoría de las cosas van más deprisa. O llegan antes -. Apoyó su barbilla en mi hombro izquierdo, y se quedó allí, mirando a la nada-. Como tú. Se suponía que no volveríamos a vernos hasta la segunda semana de enero, y míranos… perdidas en un pueblo de la sierra.
No me quedó otra que asentir. Aquel reencuentro era una casualidad que no podía desperdiciar, aunque tuviera que tener mil ojos en derredor para no cometer ningún error. Me moría de ganas de besarla, de tener su cuerpo entre mis brazos y hacer que gritase mi nombre hasta que no conociera otra palabra que no fuese Lexa. Pero no podía, no podíamos. Demasiado había recibido ya con su cercanía en medio de la nada.
-¿Te traigo aquí para desconectar del maldito instituto, y tú organizas una salida con las alumnas más problemáticas que tenemos? ¿Qué es lo que se pasa por la cabeza, Lexa?
Anya no paraba de gritarme. Ya que era más que probable que nos volviésemos a encontrar en las pistas, o incluso en el pueblo, no quería perder la oportunidad de pasar una noche con Clarke, aunque fuera acompañada de sus amigos. Aunque la rubia fuese la principal razón por la que quería salir esa noche y no quedarme en el hotel viendo películas de serie B con una bolsa de hielo en la cadera, también quería mantener a su pegajoso amigo lejos de ella. Y no sé… la curiosidad de ver cómo se comportaban las alumnas más problemáticas que teníamos lejos de la escuela, lejos del escrutinio de un profesor al que no se atrevían a tomarle el pelo.
Aún me dolía la cadera, el golpe había sido realmente fuerte y aún cojeaba. Pero gracias a los dioses hacía un frío que apenas se podía soportar; al menos si te quedabas en la calle mucho rato. Habíamos quedado sobre las nueve en el restaurante rústico donde había visto a Clarke en medio de la gente, a través del ventanal y no era capaz de creérmelo.
-¿Y qué quieres hacer? Dime -. Me acerqué a ella, la cual estaba tirada en el sofá con una manta cubriéndola-. Sé que no te caen bien, que te sacan de quicio. Que nos hayamos encontrado aquí ha sido casualidad.
-Mala suerte, querrás decir.
-Ya veo que no se puede hablar contigo -. Cogí el abrigo que tenía en una de las sillas y me alejé, suspiré un par de veces antes de volver a dirigirme a ella-. Diviértete con la mierda de programación de esta noche, Anya.
Estaba enfadada. Mucho. ¿Cómo podía sentirse tan molesta por habernos encontrado con unas alumnas fuera del colegio? ¿Acaso no era lo mismo que si estuviésemos en el pueblo? Ah, no me entraba en la cabeza. Además, sólo eran Griffin, Reyes y Blake; no eran tan malas chicas. Quizá hablasen demasiado cuando exponía el tema del día, pero eran trabajadoras y no sacaban malas notas. No eran problemáticas como Anya había dicho. Tal vez Reyes rebatiera demasiado, era, junto con Murphy, bastante incendiaria, y se enfadaba mucho cuando no se le daba la razón. Pero no eran malas chicas. No se metían en peleas, no trataban mal a nadie, y además cada una destacaba en algo. Dibujo, tecnología y deportes. ¿Qué maldad podía haber en ellas?
Sin darme cuenta había llegado a la puerta del restaurante. Estaba helada. El hotel estaba más lejos de lo que creía, además esa noche hacía viento y había empezado a nevar. Eran copos que caían esporádicamente, pero poco a poco fueron cayendo con más asiduidad hasta convertirse en una pequeña tormenta. Para mi suerte, entonces ya estaba dentro del restaurante, calentita y dispuesta a cenar rodeada de unos amigos a los que apenas conocía.
No iba a mentir: me daba pánico. Normalmente me escudaba en Anya cuando entraba en un lugar nuevo en el que apenas conocía a nadie; pero esta noche, Anya me había abandonado. Estaba Clarke, por supuesto, y ella era diferente al resto. Clarke conocía casi cada uno de mis secretos, de mis miedos y fantasías más ocultas; pero nadie excepto nosotras dos podíamos hablar de ellos, de la misma manera que ella me había contado cada una de sus debilidades sin desmoronarse. Estaba Raven y estaba Octavia, dos chicas que se habían convertido de mis favoritas en clase, cada una a su manera. Sabía que me resultaría raro comportarme como una persona normal respecto a ellas, sin tener que escudarme en la frialdad que me caracterizaba en clase. Sólo esperaba que mi forma de ser fuera del instituto no se airease como algo a usar en mi contra; los niñ… los adolescentes podían llegar a ser muy crueles, sobre todo con aquellos adultos que consideraban débiles y manejables. Yo sabía que no lo era, la mayoría me temía y no era alguien a quien faltarle el respeto; pero siempre era mejor prevenir que curar. Y luego estaban los chicos: Bellamy, Lincoln y Nyko. Intimidaban, cada uno a su manera. El primero no dejaba de mirarme con el ceño fruncido y cara de pocos amigos, aunque ya empezaba a darme cuenta de las razones para su comportamiento tan infantil y casi estúpido. El segundo parecía serio, apenas articulaba palabra; pero cuando lo hacía demostraba una sensibilidad que rara vez demostraban los hombres. Adoraba el deporte y eso era más que notable, aunque también adoraba perderse en medio de la nada y sentir cómo se fundía con la naturaleza, alejándose de cualquier cosa hecha por la mano del hombre y sentirse en paz con el medio ambiente. Así fue cómo encontró este lugar, un pueblo perdido de la mano de dios, donde te sentían transportado a otra época donde el mundo importaba más que el dinero y el consumo sin control. Y por último estaba Nyko, un amigo de Lincoln desde que prácticamente tenían memoria, no eran capaces de contar un recuerdo sin la presencia del otro. A pesar de su aspecto huraño y amenazador, estudiaba medicina y era bastante delicado, y un poco raro a su manera. Coleccionaba coches en miniatura, coches que él mismo restauraba si fuera preciso. Podría pasar horas y horas encerrado en su habitación entretenido con ellos, hasta que le sacaban de su particular burbuja a base de gritos. Y eso era algo que no le gustaba lo más mínimo.
-Pareces asustada -. Susurró una voz a mis espaldas.
Clarke, cómo no. ¿Quién si no se atrevería a cruzar la multitud de aquel club para ir en mi busca? Sólo alguien que comprendiera mi particular amor por la soledad.
-Los chicos me han dado respeto, no voy a mentir -. Llevaba dos copas, una para ella y otra para mí. Parecía champán. Una burda copia, pero podía servir-. Pero sólo en apariencia. Cada uno es tierno a su manera.
-Bellamy está muy raro, no… está todo el día encima de mí, y más desde la caída de esta mañana.
¿Acaso no te has visto? Estás preciosa. Pero las palabras quedaron muertas en la punta de la lengua. Ni tan siquiera en aquel local lleno de gente me veía capaz de acercarme a ella, no con la misma soltura. Tenía miedo de meter la pata. Cualquier podía ver, y no estaba dispuesta a perderla por un descuido tan estúpido como un beso a destiempo.
-No te has dado cuenta, ¿verdad? -. Había unos pequeños espejos en un par de columnas, llenos de motitas negras que simulaban suciedad-. Mírate.
Me aparté para que únicamente se admirase a sí misma. A pesar de la sencillez de su atuendo (una camisa blanca con pequeños lunares negros, pantalones rojos y botas oscuras con un pequeño tacón; el cabello recogido en una trenza baja, con varios mechones sueltos alrededor de su rostro, y una ínfima cantidad de maquillaje que resaltaba sus ojos azules) yo la veía más preciosa que nunca. Pero no podía decírselo, no de la manera que quería.
-Ya lo hago -. Se giró, dedicándome una sonrisa triste-. ¿Qué tengo de especial?
-Todo, Clarke. El día que te veas como yo te veo, ese día, me harás la mujer más feliz del mundo -. No me pude resistir más. Alcé una mano y acaricié su mejilla con el pulgar. Dios… cómo la había echado de menos, incluso un contacto tan ínfimo como ése.
Sin embargo, el móvil empezó a vibrar en el bolsillo de los pantalones, sacándome de aquella burbuja que tanto adoraba. Me disculpé con Clarke y me alejé, prácticamente me atreví a salir fuera para coger la llamada. Qué extraño. No me aparece nombre. Era un número oculto. Normalmente no solía coger esas llamadas, pero debido a la insistencia del desconocido, no tuve más remedio que descolgar.
-¿Sí, dígame?
Al otro lado de la línea, silencio.
-¿Hay alguien ahí? Oiga, si esto es una broma, tiene de todo menos gracia, déjeme decirle.
Nada. Silencio.
Y cuando iba a colgar, una voz habló.
-Sé lo que haces con Clarke Griffin.
Y cortó.
Se avecinan problemas...
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