OSCURIDAD
CAPITULO XIV
Ron le había preguntado a Harry en varias ocasiones a lo largo de la semana a qué se debía su buen humor. Después de todo, él y Roger habían tenido una fenomenal broca que se había podido oír desde el apartamento de arriba con más claridad de la que hubieran deseado sus inquilinos. Harry no había sabido que contestarle. Tal vez porque esa semana habían conseguido trabajar de día, le había respondido finalmente con ironía. Y gracias a Merlín, las salidas que habían tenido que hacer no habían sido lo suficientemente importantes o peligrosas como para tener que utilizar ni hechizos ni demasiada concentración. Porque el grado de atención del jefe de la unidad rozaba los niveles mínimos exigidos para la supervivencia de un auror, dispersa en los besos cuyo recuerdo todavía hacían volar mariposas en su estómago.
En realidad, lo que había acaparado la mayor parte de su tiempo era una aburrida investigación sobre unas partidas de pociones que habían sido introducidas en el país de forma ilegal, y que habían sido decomisadas siguiendo instrucciones del Departamento de Cooperación Mágica Internacional, que a su vez, había sido alertado por su homólogo en Alemania. Que las pociones además estuvieran en la lista de las prohibidas, le puso un poco de aliciente al asunto. Pero no demasiado.
Con su siempre especial ironía, Radcliff le había asignado la investigación a Harry y a su equipo, alegando que ser auror no se trataba siempre de salir a la carrera, lucirse con unos cuantos hechizos bien lanzados y atrapar al delincuente de turno. A veces, sólo se trataba de largas y tediosas horas dedicadas a remover la mierda de los demás –literalmente– con aburridas vigilancias, interrogatorios que podían hacer perder la paciencia al más paciente o simplemente buscando información y siguiendo pistas que no llevaban a ninguna parte.
Así que Harry se había pasado horas hablando a través de la red floo con un funcionario alemán, intentando adivinar el significado de cada palabra que el buen hombre pronunciaba en su mejor inglés. Hasta que finalmente se había resignado a tener que ir a buscar a alguien de su propio Departamento de Cooperación Mágica Internacional que hablara alemán, y que pudiera traducirle lo que el funcionario con su mejor voluntad intentaba explicarle. Como se había temido, fue Cordula Noséqué, -su apellido de origen germánico siempre le había resultado imposible de pronunciar- la que se había ofrecido inmediatamente para echarle una mano donde hiciera falta, -por lo visto todo el mundo se sentía muy literal aquella semana– como siempre, secretamente esperanzada de que las inclinaciones gay del auror no fueran más que habladurías.
Después de la aburrida semana, Harry casi agradeció que llegara finalmente el domingo. Amaneció soleado y con una temperatura bastante agradable a pesar de que se encontraban prácticamente a finales de septiembre, poniendo así el tiempo su granito de arena a la esperada feria benéfica. Hogsmeade llenó sus calles de gente y alegría, engalanándolas con banderolas y guirnaldas que presagiaban un día lleno de ocio y diversión. Un cartel mágico, a la entrada del pueblo, anunciaba la diversidad de entretenimientos y horas a las que tendrían lugar.
- La carrera de escobas es a las once y media, Harry. –le recordó Ron sin poder ocultar su entusiasmo, con la Saeta de su amigo en la mano– ¿Seguro que no te importa prestarme tu escoba? A lo mejor aún estás a tiempo de participar tú…
- Harry NO está casado. –le recordó un malhumorado Roger al pelirrojo.
Al contrario que Ron, cómodamente vestido con unos vaqueros y una sudadera, Harry lucía de nuevo el uniforme de gala del cuerpo de aurores, impecable, botas relucientes, guantes impolutos y su cabello, empeñado en dar un toque personal al conjunto, desgreñaba mechones cada uno por su lado. Ginny, quien caminaba junto a él también hecha un figurín, barría discretamente con la mirada la calle frente a ellos, esperando divisar a cierto Slytherin que le había prometido dejarse caer por allí.
- Hoy vas a arrancar suspiros, Harry. –soltó Hermione maliciosamente, dispuesta no tanto a echar un piropo a su amigo como a fastidiar a Roger.
Harry le dirigió a su amiga una sonrisa, mientras Roger le lanzaba una mirada asesina. Hermione amplió todavía más su propia sonrisa. El rubio Ravenclaw no había vuelto demasiado contento de Bulgaria. Por lo visto, las cosas no habían ido tan bien como él esperaba y haber llegado al final de la semana sin tener noticias de Krum le tenía un tanto desesperado. Y Harry, en lugar de animarle y ser tan cariñoso como solía ser cuando estaba disgustado o preocupado, le había hecho poco o ningún caso. En realidad, después de la fenomenal bronca que habían tenido el miércoles, tras su regreso, apenas había puesto un pie en el apartamento. Ahora, encima, tendría que pasarse el domingo soportando que una panda de babosas y babosos besaran a su pareja sin poder hacer nada por evitarlo, ni darle a él opción de intentar recomponer un poco las cosas con Harry. No tenía el menor deseo de aguantar aquella fantochada, así que iba ya con la intención de aprovechar el tiempo para resolver alguno de sus "asuntos". Se palpó el bolsillo para asegurarse de que no había olvidado nada. Al fin y al cabo, se dijo para tranquilizar su conciencia, era el mismo Harry quien le había obligado a esos trapicheos, harto de que le echara en cara que era el único que estaba sosteniendo la economía de la pareja. Él no tenía la culpa de que su antiguo equipo se hubiera disuelto por culpa de la guerra.
Roger necesitaba desesperadamente que Krum llamara y dijera SI, para recuperar su autoestima y el respeto de Harry.
Por su parte, Hermione, al igual que su cuñada, también buscaba con la mirada a un Slytherin que estaba segura tendría que aparecer en un momento u otro. No en vano estaban en juego unos labios que consideraba suyos, bastante mal resignado ya a que ahora fueran de otro, como para ni siquiera pensar en compartirlos con un montón de desconocidos. Además, seguía intrigada por saber qué había pasado aquella noche de sábado entre él y Harry y pensaba cogerle por banda y someterle al tercer grado en cuanto le echara la vista encima. A su amigo, había logrado sonsacarle poca cosa. Que habían ido a tomar una copa, que Draco parecía haberse convertido en una persona bastante más agradable de lo que había sido y que habían estado charlando y bebiendo -moderadamente– hasta bien entrada la madrugada. Se había pasado el domingo durmiendo hasta el mediodía y después ganduleando en el sofá el resto del día. Por supuesto, no había oído a Ron aporrear su puerta hasta el cansancio. Pero cuando al final de la conversación, sin venir exactamente a cuento, Harry le había preguntado, ¿crees que mis gafas son horrorosas?, Hermione había dejado escapar una risa feliz, con la certeza de que su amigo no se lo estaba contando todo. Pansy le había dicho que tampoco había podido sacar nada en claro de Draco, más hermético que una cámara de Gringotts.
- Ahí están Erni y Dean. –señaló Ron, a quien la preocupación por la salida de Harry con Malfoy le había durado exactamente lo que había tardado en zamparse su desayuno.
A excepción del pelirrojo, el resto de los miembros de la unidad de Harry estaban solteros. Algunos, como él, tenían parejas que ante la noticia de que sus aurores quedaban a merced de labios ajenos, habían sentido un entusiasmo tan desbordante como el de Roger. Pero como había dejado muy claro el Jefe de Aurores, según su estado civil, eran aptos para aquel servicio. Quince minutos después, "la quinta del biberón", estaba reunida alrededor de su jefe, dispuestos al sacrificio. Unos más que otros.
- ¿Cuándo empieza vuestro turno? –preguntó Ron que, a pesar de todo, sentía un poco de pelusilla al estar excluido del grupo por la simple minucia de estar casado.
- A las once. –Harry miró su reloj– En diez minutos.
Tomó aire y se encaró con sus compuestos aurores.
- Señoras, señores¿están preparados para una de las misiones más… –sonrió con ironía– … peligrosas de su carrera?
- En cuerpo y alma, señor. –se cuadró Dean con entusiasmo.
Harry se recolocó las gafas y miró divertido a su amigo, ligón por vocación.
- Dean, tienes claro de qué va esto¿verdad? –el otro sonrió con regocijo– No queremos asistir a una boda precipitada dentro de unos meses…
- ¿Nadie te ha hablado de los hechizos anticonceptivos, jefe? Nunca se sabe cuando puedes necesitar uno.
Como si yo los necesitara, pareció decirle la sonrisa socarrona de Harry.
- Besar, casanova, única y exclusivamente. –le recordó el jefe de unidad mientras le agarraba del brazo y echaban a andar– Preferiblemente en la mejilla. Así que labios apretados y lengua bien guardada.
- Habla por ti, Harry. –respondió Thomas lejos de mostrar desánimo.
El resto les siguieron con niveles de entusiasmo que oscilaban entre la falta total del mismo de Harry y el desbordante de Dean.
- Tarde, Potter.
- En punto, señor. –le contradijo Harry, fastidiado.
Sorprendentemente, Radcliff no continuó importunándole. Parecía de bastante buen humor.
- Sustituyan a sus compañeros. –ordenó el Jefe de Aurores– El turno es de veinte minutos.
Cada auror estaba bajo una pequeña marquesina profusamente adornada con flores de tonalidades empalagosamente cursis como blanco, celeste o rosa. Había un total de diez, tantas como aurores componían una unidad, con una larga fila delante de nueve de ellas y una larguísima cola en la última, curiosamente, vacía.
- Potter, –le detuvo Radcliff cuando ya se había dado la vuelta para encaminarse a sus veinte minutos de tortura– puede que su turno sea un poco más largo.
El auror frunció el ceño, sin comprender qué había hecho esta vez para merecer tal distinción.
- Esa es la suya. –dijo el Jefe de Aurores señalando la marquesina vacía de la que partía aquella interminable hilera de magos y brujas– Debería sentirse halagado. Llevan desde las nueve de la mañana esperándole.
Mientras que los integrantes de las colas formadas delante del resto de marquesinas estaban compuestas mayormente por brujitas suspirantes o magos jovencitos con las hormonas pegando brincos, anhelosos de caer rendidos en los brazos del o la auror de turno, la de Harry era de lo más variopinta. Recorrió con mirada resignada la larga hilera que por lo visto iba a tener que tragarse él solito. Haciendo acopio de paciencia, y maldiciendo en silencio a Johnson y a Thomas, padres de aquella brillante idea, se dirigió hacia su lugar. Cuanto antes empezara, antes acabaría.
La primera era una bruja mayor, huesuda y pálida, pero con un brillo intenso y vivaz en sus hundidos ojos negros. Antes de que Harry pudiera plantearse cómo proceder, si debía dejar que le besaran o debería tomar él la iniciativa, la bruja extendió la mano y acarició la mejilla del joven auror.
- Sólo quería conocerte en persona. -musitó– Y agradecerte…
No dijo nada más. Depositó su galeón en la bandeja que había dispuesta para ese fin y cedió su lugar al siguiente de la cola, sin darle tiempo a Harry a reponerse de su sorpresa. A continuación, un hombre de mediana edad, le estrechó la mano y le dijo con orgullo que los nombres de sus dos hijos estaban en el cielo de los héroes, pero que se alegraba mucho de que el suyo no hubiera acabado allí. Con un nudo en la garganta, Harry sólo fue capaz pronunciar un estrangulado gracias. Durante las horas que siguieron, recibió más abrazos y estrechó más manos de las que iba a encajar seguramente durante el resto de su vida. Hubo besos también, pero estaba tan conmocionado, tan sacudido por todas aquellas muestras de afecto y gratitud que no esperaba, que ni siquiera se dio cuenta. Porque aquel no era el rimbombante agradecimiento del Ministro; ni un acto organizado a mayor gloria del Ministerio y sus intereses. Era el reconocimiento de la gente que había sufrido en propia carne y en la de sus seres queridos una guerra que había desgarrado a la sociedad mágica durante demasiado tiempo.
Por primera vez, Harry sintió que estaba en paz consigo mismo y que su propio corazón curaba una herida que hasta entonces se había resistido a cicatrizar completamente.
Draco también se había levantado de muy buen humor aquella mañana. Lo primero que había hecho, incluso antes de desayunar, había sido mandarle una lechuza a Harry, confirmando la cita. Después había ido a la habitación de Evon, para ver si estaba ya despierto. El pequeño estaba de pie en la cuna, firmemente agarrado a la baranda de madera, atento a la puerta. Cuando vio a su padre, se le iluminó el rostro mientras soltaba un gritito de alegría y empezaba a balancearse con ímpetu, hasta caer sentado de culo. Draco le tomó en brazos y después de llenar su carita de besos, palpó el pañal a través del pijama.
- Estamos cargaditos esta mañana¿eh¡Puky! –llamó.
Después de todo, había algunas cosas que, si podía evitar, un Malfoy no hacía. La confirmación de Harry había llegado mientras jugaba con Evon en su cama, esperando a que el desayuno estuviera listo.
- Creo que papi te va a abandonar hoy, Evon. –le dijo al pequeño con una gran sonrisa– Te llevaría a la feria, pero tengo planes para comer que todavía no te incluyen.
Evon se limitó a gorjear y a seguir gateando por encima de la cama, esperando a que su padre le atrapara por el pie y le arrastrara de nuevo hacia él, cosa que le provocaba unas increíbles carcajadas.
Previsoramente, Draco había reservado el mismo privado que tantas veces habían utilizado él y Harry en Las Tres Escobas para no ser molestados. Con la esperanza de que el auror pudiera comer con él después de esa estúpida contribución que su departamento iba a hacer para la recogida de fondos, que a alguien todavía más estúpido, se le había ocurrido. Iba a pasar por alto ese hecho, sólo porque los labios de Harry iban a ser únicamente para él para el resto de la tarde.
Draco estaba deseando poder decirle la verdad, pero sabía que todavía era demasiado pronto. No debía apresurarse. Justo el moreno había descubierto que compartían los mismos gustos y que se sentía atraído por él. El pasado sábado, el joven Consejero había tenido que hacer un verdadero ejercicio de autocontrol para que, mientras le besaba, sus manos no fueran más allá de lo prudente. Después de todo, tal como le había asegurado Hermione, Harry sólo podía recordar un beso que ella misma le había dicho mil veces que formaba parte de su delirio tras la lucha contra Voldemort. Habían hablado mucho aquella noche. Sobre sus vidas después de Hogwarts, la guerra, sus respectivas relaciones… Draco estaba convencido que debido a sus problemas con Roger y la posibilidad de que se largara a Bulgaria, Harry estaba más receptivo que nunca a hacer cambios en su vida. Y a incluirle en ellos. Habían abandonando el local de madrugada y se habían despedido con un último y todavía más intenso beso. Draco quería darle algo en lo que pensar durante el resto de la semana…
También él había pasado toda la semana flotando en su particular nube. Inusitadamente distraído y refrenando las ganas de dejarse caer por la segunda planta con cualquier excusa. Sólo que no había ninguna excusa suficientemente creíble como para que él apareciera por allí sin levantar comentarios.
El viernes habían coincidido en la cafetería. Harry comía con Creevey y Thomas. Minutos después se les había unido McMillan. Observó con cierta diversión, que no demasiado lejos de esa mesa, la pelirroja Weasley lo hacía con Lucian. Él tampoco estaba solo, le acompañaba Laurence Harker, el sustituto del malogrado Barty Crouch, Jefe del Departamento de Cooperación Mágica Internacional. Casi al final de la comida, Harry se había levantado no sin antes dirigirle una significativa mirada y se había dirigido en dirección a los aseos. Él se había disculpado con su acompañante y le había seguido con el pastel de carne y la ensalada dándose de tortazos en su estómago. Tan sólo entrar, notó el potente flujo de magia sellando la puerta y un brusco tirón a su túnica le había pegado a los labios que había deseado volver a saborear durante toda la semana. Después de todo, parecía que el moreno sí había estado pensando en algo. Extasiado, Draco se había dejado devorar sin oponer resistencia, disfrutando de la inesperada iniciativa que tomaba Harry después de aquella noche. Había sido un encuentro algo brusco al principio, liberador de adrenalina y tensión en un intenso intercambio de salivas. Después, Harry se había tranquilizado y le había llevado suavemente al final de un beso que Draco tuvo la impresión que había pasado por todas las fases del estado anímico del auror.
- Acordamos ir despacio, –había jadeado el rubio intentando recuperar la respiración– pero te juro que si vuelves a hacer eso no sales de aquí caminando erguido.
Harry le había sonreído con cierta chulería.
- ¿Y qué te hace pensar que el que no iba a poder sentarse después de salir de aquí iba a ser yo?
Draco había parpadeado un par de veces, sin encontrar respuesta suficientemente rápida e ingeniosa a la inesperada pregunta. Jamás había contemplado aquella posibilidad.
- Tengo un trasero muy delicado, Potter. –había declarado él, por fin, en tono irónico.
- No te preocupes, suelo utilizar buenos lubricantes. –le había informado Harry en el mismo tono. Y moviendo anular e índice con un gesto bastante insinuador, había añadido– Y si aun así fuera necesario, soy bastante hábil.
- Ya me siento más tranquilo... –había respondido el Slytherin, tragando con fuerza ante las imágenes demasiado gráficas que habían empezado a desfilar por su mente– Esto no ha sido muy buena idea. –había murmurado seguidamente, sintiendo como su ropa interior empezaba a apretar más de la cuenta– Se supone que tengo que seguir hablando con Harker de aburridos presupuestos.
- Lo siento. –había dicho Harry con una expresión que delataba que no lo sentía en absoluto– Necesitaba comprobar que no estaba equivocado… –había reseguido suavemente con un dedo los labios de Draco– …ya sabes, los aurores precisamos comprobar todas las evidencias.
Seguidamente, el moreno había quitado el hechizo de la puerta, antes de que alguien se preguntara porqué no se podía entrar en el aseo de caballeros.
- ¿Comemos el domingo? –le había preguntado Draco, satisfecho de que el bulto en la entrepierna que el moreno trataba de disimular con su túnica, fuera a causarle la misma incomodidad que a él.
El moreno había asentido y había salido por la puerta justo en el momento en que entraba Percy Weasley. Él y Harry ni siquiera se miraron.
Draco lo había hecho segundos después, también con su túnica bien abrochada.
Tras dejar instrucciones a Puky para que, aprovechando el soleado día llevara a Evon a dar un paseo, se reunió con Pansy y Blaise en Hogsmeade.
- ¡Adivina!
Pansy extendió su mano hacia él con ademán nervioso. Draco sonrió ante el soberbio anillo de compromiso que su amiga lucía en la mano, para abrazarla después con cariño.
- Ya era hora, Zabini. –reprendió a Blaise con falso enojo por encima del hombro de ella– En tu familia os tomáis vuestro tiempo para tomar decisiones.
- Al menos no las apresuramos como otros. –respondió su amigo señalando la mano en la que Draco lucía su anillo de casado.
- Serás mi padrino¿verdad, Draco? –preguntó Pansy con los ojos brillantes.
- Claro mi niña. Será un placer llevarte hasta el altar para que te cases con este dechado de prudencia. –sonrió él.
Pansy tomó del brazo a los dos hombres que amaba, y los tres echaron a andar por la concurrida calle principal del pueblo mágico.
- ¿Para cuándo el feliz acontecimiento? –preguntó Draco.
- 28 de octubre. –respondió Blaise– Ahora que me he decidido, la futura Sra. Zabini no quiere esperar más.
- Bien, hecho, nena. No le des tiempo a arrepentirse. –aprobó Draco con un guiño.
- Después de todo, no hay tanto que preparar. –dijo ella con cierta tristeza– Ni demasiada gente a la que invitar.
- No digas tonterías, amor. –le reprochó Blaise en un tono cargado de cariño, que hizo sospechar a Draco que no era la primera vez que Pansy pronunciaba esa frase– Estarán los justos y necesarios. Los que nos quieren y queremos.
- Voy a estar yo… –afirmó el rubio en tono presuntuoso, como si contando con su presencia nadie más fuera necesario.
- Tú eres el padrino, idiota. –sonrió por fin Pansy, dándole un codazo– Y espero que ese día te dejes a tu esposa en casa.
Después sonrió con picardía.
- O vengas acompañado de alguien más… interesante. Y no estoy hablando de tu hijo. –remarcó.
Draco dejó escapar un suspiro.
- Creo que pasas demasiado tiempo con Granger… –opinó, dispuesto en principio a desviar la atención de ese tema.
Si no hubiera sido por la intervención de Blaise.
- Pansy parece tener la extraña idea de que te has encaprichado de Potter y piensas convertirle en tu próximo amante. –se burló su amigo.
Bueno, qué más daba en ese momento, que más adelante, meditó por unos instantes. Después de todo eran sus amigos. Los únicos amigos de verdad en quien podía confiar.
- No voy a convertir a Potter en mi próximo amante, Blaise. –dijo con una sonrisa que poco hacía sospechar lo que iba a decir a continuación– Espero que sea algo más.
Blaise detuvo sus pasos en seco tras la sorprendente afirmación y miró a Draco con expresión incrédula.
- ¿Lo ves? –canturreó Pansy en tono triunfal– ¡Te lo dije!
- ¡No puedes estar hablando en serio! –exclamó Blaise.
Pero la expresión en el rostro de su amigo era demasiado seria como para estar tomándole el pelo.
- He estado hablando con mi abogado. –confesó Draco en un tono de voz algo más privado– Quiero divorciarme de Victoria.
- ¡Merlín bendito, estás hablando en serio! –repitió Blaise, todavía atónito.
- ¡Di que sí! –le apoyó Pansy sin dudar un segundo.
De pronto, el rostro de Draco se había vuelto, más que serio, entristecido.
- No te emociones, Pansy. Llevará su tiempo.
El futuro matrimonio aguardó en silencio a que su amigo siguiera hablando.
- Gracias a Merlín, firmé un acuerdo prematrimonial. –explicó Draco– Por mi suegro, más que por otra cosa. Para que no pudiera acceder a mis negocios y dinero a través de mi esposa. Aunque yo muriera, ella jamás podría tomar el control de la fortuna de la familia, que pasaría directamente a mi hijo y mientras no alcanzara la mayoría de edad, quedaría en manos de mis abogados.
Draco hizo una pequeña pausa, y los otros dos esperaron pacientemente a que continuara.
- Pero si me divorcio, perderé a Evon. –sus ojos fueron un fiel reflejo de la angustia que esa posibilidad le producía– Tengo pocas posibilidades de conseguir su custodia siendo tan pequeño. –suspiró– En realidad, según mi abogado, ninguna. Y si Victoria decide regresar a Suiza, no podré impedir que se lo lleve con ella. Y yo me volveré loco si eso llega a suceder.
- Cariño… –musitó Pansy apretando su brazo con afecto.
Draco se encontraba nuevamente en un callejón sin salida. ¿No era irónico? Había logrado poner la vida de Harry patas arriba, esperando el momento de poder entrar en ella y cuando prácticamente lo había logrado, se encontraba atrapado en la suya.
- De momento, lo único que puedo hacer es intentar hablar con Victoria y tratar de convencerla de que el niño se quede conmigo.
Pansy bufó enfadada.
- Pero como correrá a contárselo a su padre, que por desgracia no es tan estúpido como ella, tienes pocas posibilidades. –dijo con enojo, pronunciando en voz alta lo que Draco no había dicho.
- Eso me temo… –admitió él.
Miró a sus amigos con desazón. No había llegado hasta allí para que ahora todo se viniera abajo por culpa de una custodia.
- ¿Y no hay ninguna… no sé… alguna restricción especial en tu familia con respecto a que los herederos deban permanecer con el progenitor de la rama Malfoy o algo así? –preguntó Blaise.
Draco sonrió con amargura.
- Nunca ha habido divorcios en mi familia, Blaise. Por lo que supongo que a nadie se le ocurrió que pudiera existir la necesidad de establecer algo así.
- Así que sentarías un precedente… –intentó bromear su amigo para quitar un poco de tensión a la conversación.
- Ya ves…
Sin darse cuenta, habían llegado ya a la zona donde se celebraba la carrera de escobas.
- No me digas que Weasley participa… –se rió Blaise reconociendo la cabellera pelirroja que destacaba entre todas las demás.
Ron se encontraba muy atareado preparando su escoba, bajo la atenta mirada de su esposa.
- Eso parece. –respondió Draco, dando así por zanjada la anterior conversación.
- ¿Deberíamos desearle suerte? –preguntó Blaise con un pequeño gesto de cabeza hacia Hermione, que acababa de darse cuenta de su presencia.
- Por favor, Blaise, somos unos caballeros. –le recordó Draco haciendo gala nuevamente de su perdido buen humor.
Siguieron la carrera junto a Hermione, quien estuvo más pendiente de Pansy, su anillo y sus planes de boda, que de un eufórico Ron que quedó en un nada despreciable segundo puesto. Claro, que según le hizo saber Draco amablemente después, nada que no fuera un primer puesto podía tomarse en consideración. Después de que su mujer le convenciera que el Slytherin tan sólo estaba bromeando, y Hermione le mandara también a Draco una mirada de amenazadora advertencia, los cinco encaminaros sus pasos hacia el zoológico de Hagrid.
El Profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas estuvo muy contento de ver a los dos Gryffindors, pero miró con cierto recelo a los tres Slyltherins que les acompañaban. Sin embargo, el bonachón semi gigante no tardó en mostrarles con su atolondramiento natural, todos sus tesoros. Desde un imponente atheonan que agitaba nerviosamente sus alas y relinchaba sin parar, pasando por un par de clabberts, cruce entre mono y rana, un diricawul que no hacía más que desparecer en un estallido de plumas y reaparecer en cualquier otro punto de la jaula mágica que evitaba que en una de esas desapariciones escapara, hasta una pareja de escregutos de cola explosiva, sobradamente conocidos por los cinco ex estudiantes de Hogwarts. A Buckbeak, Draco prefirió contemplarlo desde cierta distancia. Hagrid se sintió decepcionado de que se marchaban antes de haber podido mostrarles el resto de sus criaturas.
Unánimemente, decidieron pasar de largo de la exposición de objetos muggles de Arthur Weasley porque Ron estaba harto de ellos, para Hermione no eran ningún novedad y los Slytherins no sentían demasiado interés. Así que enfilaron hasta donde los compañeros del pelirrojo estaban cumpliendo con su abnegada tarea.
Sorprendidos, observaron la cola que se extendía ante Harry y la diversidad de gente que la formaba, a diferencia de las otras nueve. Pronto se hizo evidente que el auror no terminaría a la una, ni tampoco a las dos. Blaise y Pansy acabaron por despedirse para ir a comer, deseándole a Draco mucha suerte. Y mientras Ron, acompañado de Hermione se dirigía hacia la marquesina de su amigo, para unirse en la espera a los demás aurores de su unidad, el Slytherin se refugió en un discreto rincón desde el que poder observar sin ser demasiado evidente.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando Harry se despidió del último mago que esperaba, física y emocionalmente agotado. Su equipo, más amigos que aurores en ese momento, había permanecido cerca de él durante las últimas dos horas, silenciosos y también emocionados. Pendientes del hombre que había sido compañero, amigo y finalmente maestro. Al que habían seguido desde quinto curso hasta ese mismo instante, con más fe de la que el propio Harry había tenido en sí mismo en más ocasiones de las que le gustaría reconocer.
Además de un sobrecogido Draco, también Radcliff, a cierta distancia, observaba atento el desarrollo de los acontecimientos. Cómo los suyos rodeaban a Potter y se convertían en una apretada piña, arropándole. Prácticamente sepultado entre sus aurores, desde allí apenas podía ver unos cuantos mechones de su pelo negro y rebelde. Harían cualquier cosa por él, pensó el Jefe de Aurores. Porque los lazos entre ellos iban mucho más allá de su deber profesional. Sabía que tenía ante él la mejor unidad que tendría bajo sus órdenes durante mucho tiempo. Dos o tres años más, y serían la joya de la corona del cuerpo. No le cabía la menor duda. Igual que sabía que en cuanto Potter se centrara por fin y dejara atrás la carga que venía arrastrando tras él por mucho que pretendiera haberse desecho de ella ese once de agosto, se daría cuenta de que era un líder nato, capaz de dirigir y manejar bajo sus órdenes no tan sólo una Unidad de Aurores. Era sin duda uno de los magos más extraordinarios desde los tiempos de Merlín. Sólo había que darle tiempo y sería también el mejor Jefe de Aurores que jamás hubiera tenido el Ministerio. Así que Radcliff pensaba seguir machacándole hasta tener preparado a su sucesor para cuando llegara el momento.
Cuando observó que Harry finalmente se despedía de sus compañeros, Draco se apareció en Las Tres Escobas para esperarle. No era prudente que les vieran juntos en público. Él aun era un hombre casado y no quería que nada pudiera complicar todavía más su futuro divorcio. Ni, que después de lo que acababa de ver, el cariño de todas esas personas pudiera diluirse al tomar a Harry por un rompe matrimonios.
Pocos minutos después, el ruido de la puerta al abrirse hizo que el corazón de Draco latiera más deprisa.
- Hola, siento la tardanza…
Draco pensó una vez más que Harry estaba imponente y que seguramente, él, estaba desarrollando una atracción fetichista hacia los uniformes. Concretamente hacia los de auror.
- No importa. Madame Rosmerta ha hechizado la comida para que se mantenga caliente.
Harry parecía nervioso y cansado.
- No tengo demasiada hambre. –confesó el moreno tras echarle un vistazo a la mesa.
El nudo que había tenido en el estómago durante toda la mañana, todavía seguía allí. Las muestras de afecto de sus compañeros no habían hecho más que estrecharlo un poco más. Se había quedado en medio de la habitación, sin moverse, como si de pronto no supiera qué hacer. Contemplando al hombre que, sin duda, lograría obsequiarle con unos cuantos nudos más. Lamentó no sentirse tan efusivo como hacía un par de días en los aseos de la cafetería del Ministerio.
- ¿Estás bien? –preguntó Draco, tomando la iniciativa y acercándose al inmóvil auror.
Harry asintió y contuvo la respiración a la espera de que esa mano elegante y pálida llegara hasta su mejilla. Draco acarició suavemente su rostro y sin poder hacer nada para evitarlo, su cuerpo tembló. Sus emociones todavía seguían a flor de piel. Se ordenó a sí mismo tranquilizarse y comportarse como lo que se suponía que era, un aguerrido auror. Sin embargo, cuando los brazos del rubio le rodearon, perdió todo control sobre sí mismo y se desmadejó en su abrazo.
- Te amo. –susurró Draco con voz entrecortada– Te amo tanto, Harry…
Harry se estremeció, aferrándose con más fuerza a aquel cuerpo firme y cómodo que acogía la agitación que sacudía al suyo. Todavía no entendía cómo Malfoy había podido enamorarse de él ni en qué momento había sucedido. Tampoco como él podía haberse convencido tan rápidamente de que así era. Lo único que sabía era que en ese preciso instante sus brazos eran el mejor lugar del mundo.
Alexius había estado inquieto toda la semana. Cuando el Sr. Nott aparecía por allí, casi nunca era un buen presagio. O estaba descontento con el ritmo de la producción, o le recriminaba no tener suficiente mano dura con los empleados que tenía bajo su cargo, o que había gastado demasiado en partidas que para el arrogante joven no tenían importancia, como calefacción o comida. Entonces le echaba en cara la generosidad de su común patrón para con él y le amenazaba con retirarle la llave del almacén de ingredientes. En esta ocasión había llegado con un tipo grande, con cara de gandul, al que había presentado como Sr. Warrington. Ambos habían estado encerrados en los sótanos del edificio por horas durante un par de días. Allí sólo había la caldera que alimentaba la calefacción del edificio, algunos calderos que utilizaba cuando se quedaba corto con los del laboratorio, cajas viejas y otros trastos. Alexius no podía comprender qué podían estar haciendo ambos jóvenes durante las horas que pasaban en ese lugar. El segundo día, la curiosidad había podido más que él, y se había acercado a la puerta que daba acceso a las escaleras que bajaban hasta el subterráneo. Un potente flujo de magia le había detenido en el umbral, incluso antes de abrirla. Magia oscura. Asustado, había retrocedido y escapado de allí a toda prisa. No quería saber. Era más seguro no saber.
El lunes siguiente a la feria benéfica, había sido un principio de semana sorprendente y esclarecedor. Harry se encontraba en su pequeño despacho, donde se había encerrado desde primera hora de la mañana para no oír comentarios. Y para conseguir la privacidad suficiente para poder perderse en los recuerdos de la tarde anterior sin ser molestado. Todavía podía sentir los brazos de Draco alrededor de su cuerpo; sus manos acariciando su espalda, relajándole y él dejándose llevar por su boca como un quinceañero, una vez más. Harry sabía que de no haber sido por su estado de ánimo aquella tarde, habría habido algo más que besos y caricias. Deseaba a Draco. Sus labios tenían ese "no sé qué" que ponía del revés su estómago cada vez que le besaba. Esta vez no había ningún armario del que salir, ni tampoco la indecisión ni el miedo a la inexperiencia de los dieciséis. Ahora eran veintidós, con mucho sobre sus espaldas y poco de la inseguridad que había mandando en sus sentimientos durante su difícil adolescencia. Tenía una relación sosteniéndose en la cuerda floja, que no estaba muy seguro de no querer dejar caer y la oportunidad de abrirse a otra con la persona más inesperada. Tal vez Roger y él habían quemado ya todas las etapas y había llegado el momento de poner punto y final y que cada uno siguiera su camino.
Por otro lado, el simple hecho de estar considerando la posibilidad de tener algo con Malfoy tendría que haberle hecho recapacitar seriamente sobre su estabilidad mental. La emocional se la había dejado en ese club de ambiente, unos días antes. El Consejero estaba casado. Tenía un hijo. Y por mucho que fuera un matrimonio de conveniencia, era un matrimonio. Y el papel de tercero en discordia, a Harry no le entusiasmaba demasiado. Pero no podía dejar de pensar en él y morirse de ganas por saber cómo sería tenerle en la cama, descubriendo ese trasero, según el rubio, tan delicado.
Finalmente, había logrado relegar el trasero de Draco a un segundo plano y centrar su atención en lo que debía, enfrascándose en los nuevos informes que habían llegado desde Alemania y posteriormente, desde Austria y Suecia. Parecía que se estaban enfrentando a unos delincuentes muy bien organizados con una red de suministro meticulosamente coordinada. Y cuando más sumergido se encontraba en su lectura, la puerta de su pequeño reino acristalado se había abierto de forma intempestiva, para dejar paso a Ron y a Dean. Su amigo tenía el rostro enrojecido hasta ese tono que alcanzaba cuando estaba colérico. Harry había fruncido el ceño, fastidiado, porque aquel rojo furioso sólo podía significar problemas. Y si esos problemas eran que una vez más Thomson les había quitado la sala de entrenamiento en beneficio de su propio equipo, saltándose el turno, esta vez iba a haber maldiciones de por medio. Se pusiera como se pusiera Radcliff.
- ¡No te lo vas a creer, Harry! –había escupido Ron.
De detrás de los dos aurores, había aparecido la menuda figura de Pansy Parkinson, todavía más empequeñecida por el contraste con la altura de los dos hombres, esbozando una sonrisa bastante divertida.
- ¡Dime que no son tuyos! –había bramado el pelirrojo.
Y la morena, ante un estupefacto Harry, se había desabrochado los ceñidos vaqueros que llevaba, abriéndolos lo suficiente para mostrar un bóxer en una mezcla de azules difuminados.
- Se lo compré a un tipo rubio el domingo, en la feria benéfica, cuando ya nos íbamos. Además de un par de camisas y otro bóxer muy mono de color beige con rayitas marrones. –explicó Pansy– No recuerdo su nombre, pero le conozco. Jugaba en el equipo de Ravenclaw cuando íbamos a Hogwarts.
Harry se había quedado mirando una de las piezas de su perdida ropa interior, incapaz de decir nada coherente. Después se había levantado de un salto, había prácticamente arrancado su túnica del perchero y con un si me disculpáis, pronunciado entre dientes, había salido en busca de cierto rubio jugador de quidditch, embustero y ladrón.
- ¡Bastardo, hijo de una mantícora, cabrón, babosa rastrera, moco de dragón putrefacto…!
Hermione se masajeó las sienes, harta de la diatriba.
- Ya vale, Ron. –le detuvo– Hace rato que te hemos entendido.
La joven dirigió una mirada comprensiva al mago de ojos verdes que, en silencio, oía sin escuchar el acalorado discurso de su esposo.
- ¡Es que por culpa de ese cabrón, nos hemos chupado más turnos de noche que puntos perdimos con Snape en clase de Pociones! –estalló nuevamente Ron– ¡Vendía su ropa, por todos los magos!
Harry levantó la mirada para dirigirla hacia sus dos amigos.
- Todavía no puedo creérmelo… –musitó– ¡Vendió mi camisa por trescientos galeones!
- A saber por cuánto vendería tu ropa interior. –no pudo evitar bromear Hermione.
Harry le dirigió una mirada molesta, porque él no le veía la gracia por ninguna parte.
- Si quieres saber mi opinión, –gruñó Ron todavía exaltado– yo no le hubiera dejado marchar tan alegremente, Harry. Yo le hubiera arrestado y amenazado con pasar una buena temporada en Azkaban.
- Déjalo, Ron. –le pidió Harry con cansancio– Con que se vaya a Bulgaria y desaparezca de mi vista, es suficiente.
- ¡Y nosotros que pensábamos que lo de la ropa era una excusa barata cada vez que se te pegaban las sábanas! –insistió el pelirrojo– ¡Pues no nos hemos tragado turnos de noche por culpa de ese mal nacido!
Harry dejó escapar el aire con fuerza y dirigió su mirada verde hacia Ron.
- ¿Por qué no me haces un favor y vas a ver si ya ha recogido sus cosas y se ha largado?
- Con mucho gusto. –el pelirrojo esbozó una sonrisa sádica.
- Er… Ron, –le detuvo Harry– será mejor que dejes tu varita aquí.
Con un bufido de disconformidad el auror obedeció a su amigo y depositó la varita encima de la mesa de la cocina. Atravesó el pequeño salón-comedor convencido de que Harry era demasiado condescendiente. Si por él fuera, el maldito Roger estaría en preventiva en una celda del Ministerio, aunque sólo fuera para meterle el susto en el cuerpo. Cuando abrió la puerta, y en su rostro ya asomaba una sonrisa satisfecha porque a Harry se le había olvidado hacer cualquier referencia al uso de los puños, a punto estuvo de chocar con un sobresaltado Draco Malfoy, plantado ante la entrada, a punto de llamar al timbre.
- Hola. –saludó el rubio recomponiéndose– He llamado abajo pero no hay nadie.
Por unos segundos, Ron se le quedó mirando como si el hecho de que Draco Malfoy estuviera delante de su puerta no pudiera ser más que una visión. Una bastante fastidiosa.
- ¿Qué quieres, Malfoy? –preguntó por fin y recordando de pronto la promesa que le había hecho a Hermione, se prometió que en su próxima frase intentaría emplear un tono menos ofensivo.
Ese Weasley tan amable como siempre, pensó por su parte Draco, intentando no dar rienda suelta a su afilada lengua. En ese preciso momento, Hermione y Harry salieron de la cocina, intrigados por las voces y esperando que no fuera nuevamente Roger intentando reparar lo irreparable.
- Pensé que querrías tener esto. –dijo Draco entregándole a Harry un bolsa con varias prendas– No hubiera quedado muy bien que te lo hubiera dado en el Ministerio.
- Pues… gracias. –agradeció el moreno tomándola.
- No te quedes en la puerta, Draco. –invitó Hermione, frunciendo el ceño en dirección a su marido por su poca consideración.
El rubio Consejero vaciló unos segundos, pero aceptó la invitación y entró.
- Es lo que Pansy compró. –explicó a continuación– A excepción de lo que llevaba puesto el otro día. –Draco levantó las manos en ademán inocente– Me ha dicho que se lo queda de recuerdo.
- Ah, er… supongo que… está bien. –asintió Harry, encogiéndose de hombros.
Después de todo, no sabía cuánta gente andaba ya por ahí con su ropa interior bajo los pantalones. Hermione dejó escapar una pequeña carcajada y Ron negó con la cabeza, como si pensara que estaban todos locos.
- La verdad es que Blaise no ha sabido exactamente cómo tomárselo. –dijo Draco, sonriendo también.
Durante unos instantes, pareció que no había nada más que decir y que la única opción coherente era que el Consejero se despidiera y se marchara. Pero Hermione sabía que si se había tomado la molestia de traerle la ropa personalmente a Harry, era porque había esperado encontrarle solo y tener una oportunidad más de continuar con el acercamiento del que, el puñetero de su amigo, se callaba como un muerto.
- ¿Por qué no te quedas a cenar, Draco? –preguntó la castaña como si acabara de llegarle la inspiración.
Ron le lanzó una mirada asesina.
- No quisiera causar molestias. –respondió Draco educadamente, dudando de la conveniencia de aceptar.
Después de todo, la mirada del pelirrojo le estaba invitando a dar media vuelta e irse por donde había venido. Sin embargo, la de Harry decía quédate.
- ¡Si no es molestia! –aseguró Hermione– Sólo tengo que añadir un poco más de pasta a la olla. Ponte cómodo.
Y tomó de la mano a su marido para arrastrarle hasta la cocina antes de que pudiera abrir la boca y estropearlo.
- ¿Es qué te has vuelto loca, Herm? –preguntó el malhumorado pelirrojo en cuanto pusieron un pie en la cocina– Que te prometiera cuidar mi lenguaje cuando nos encontráramos con él no significa que esté dispuesto a sentarle a mi mesa.
Hermione le miró con impaciencia. Estaba tan entusiasmada por el paso que acababa de dar Draco y tenía tantas ganas de gritar de una vez la verdad y dejar de consumirse en aquel obligado silencio, que se sentía capaz de petrificar a su esposo por el resto de la noche si era necesario.
- A veces eres tan ciego, Ron… –refunfuñó mientras abría el armario para buscar un nuevo paquete de espaguetis.
Agitó su varita para prender el fuego de la cocina y colocó la olla que ya había dejado preparada.
- ¿Ciego? –masculló el pelirrojo.
Hermione se volvió hacia su marido con los brazos en jarras.
- Tan ciego como para creer que Draco iba a molestarse en venir hasta aquí para traerle la ropa personalmente a Harry, cuando podría haber enviado a cualquiera de sus elfos. O para no preguntarte porqué rechazó Harry la propuesta de comer con nosotros el domingo y desapareció tan deprisa, cuando en otras circunstancias hubiera agradecido nuestra compañía. O porqué estuvo tan contento toda esa semana, después de irse de copas con Draco y a pesar de las broncas con Roger.
Hermione había soltado todo su discurso prácticamente sin respirar y el sofoco había dado a sus mejillas un tono casi tan rojo como el pelo de su marido.
- ¿Qué insinúas Hermione? –preguntó Ron entrecerrando los ojos, mosqueado con la confianza que se tomaba su mujer llamando al hurón por su nombre de pila.
- ¡Por el amor de Dios! –exclamó la castaña alzando las manos– ¿Y tú eres auror?
Por toda respuesta, el pelirrojo frunció todavía más el ceño y caminó sigilosamente hasta la puerta de la cocina para asomar discretamente la cabeza. Cuando se volvió hacia su mujer otra vez, había perdido el color.
- Creo que el hurón le está metiendo la lengua hasta el fondo de la garganta. –tartamudeó– En mi casa… en mi salón… ¡a Harry!
Hermione sonrió entonces con dulzura y se puso de puntillas para besar a su descompuesto esposo.
- Ron, cariño, sé que puede ser un poco difícil de aceptar al principio. –le dijo suavemente– Pero créeme, están hechos el uno para el otro.
- ¿Tú crees, Herm? –preguntó él ya mansamente, sentándose en una de las sillas de la cocina como si le hubieran abandonado las fuerzas– Se odian…
Hermione negó con la cabeza, sintiendo aquella ternura que siempre despertaba en ella cuando Ron era Ron en su más pura esencia.
- ¿Cuándo me he equivocada, amor? –preguntó ella a su vez, sentándose sobre sus rodillas y revolviendo un poco su pelo– Draco es el hombre que Harry necesita, por muy extraño que te parezca ahora. –aseguró– Estoy convencida de que pronto lo entenderás.
- Si tú lo dices… –aceptó Ron, mostrándose desolado.
- Yo lo digo.
- Vale…
Ron no habló mucho durante la cena, pero observó con profesional detenimiento cada movimiento de Malfoy, hasta el punto de hacer sentir al rubio verdaderamente incómodo. Y también a Harry, quien por el contrario parecía "excesivamente" contento, teniendo en cuenta que tan sólo una hora antes estaba enfadado y abatido.
- Ha sido una cena muy agradable. –agradeció Draco levantándose un par de horas después– Pero mañana hay que trabajar…
- Tienes razón.
Harry se levantó también de la mesa de la pequeña cocina, donde los cuatro habían estado bastante apretujados. Aunque no es que le hubiera molestado que el muslo de Draco hubiera estado pegado al suyo durante toda la cena.
- Y ahora ya no tengo excusa para llegar tarde. –añadió en dirección a su pelirrojo amigo.
- Más te vale. –le advirtió éste– Porque tengo muchas ganas de ver al equipo de Jonhson trabajando de noche unas cuantas semanas seguidas.
Y mientras ambos aurores se enfrascaban en una pequeña discusión sobre quién merecía más el "honor" del turno de noche, Hermione aprovechó para intercambiar dos palabras con Draco.
- Nos vemos el viernes en la Diana Memorial Fontain. –le dijo– Sin excusas. Tenemos cosas de que hablar.
Draco asintió, mientras se ponía su túnica, consciente de que sí había cosas de las que tenían que tratar.
- ¿Nos vamos? –preguntó Harry.
Agradeciendo nuevamente la agradable velada, Draco siguió al moreno hasta la puerta, a tiempo de ver el guiño de Hermione antes de cerrarla. Bajaron el tramo de escaleras en silencio. Harry se detuvo ante la puerta de su apartamento y le dirigió al Slytherin una mirada cargada de incertidumbre.
- Por supuesto que quiero entrar. –respondió Draco a la muda interrogación, disipando cualquier duda con una irresistible sonrisa en sus labios.
Mientras ponía la llave en la cerradura, después de levantar las protecciones, Harry no podía dejar de pensar que los cacharros de los últimos tres días estaban en la cocina todavía sin fregar, que seguramente los platos sucios de la cena del día anterior seguirían sobre la mesita de la sala y que su cama estaría desecha y con la sábanas en las que habían dormido él y Roger durante más de una semana. Y que no quería que Draco se llevara una impresión equivocada. Bueno, de hecho, no muy equivocada, porque la limpieza de su apartamento siempre había estado en el último lugar de su lista de prioridades. ¿Y por qué diablos le preocupaba todo aquello cuando lo que en realidad debería inquietarle era si no se estaría precipitando?
- ¿Encuentras el agujero, Harry?
La voz de Draco fue un suave ronroneo detrás de su oreja, su aliento cálido batiendo contra ella. Las caderas del rubio rozaron levemente su trasero, desterrando cualquier duda del auror al fondo de su cerebro.
- Pasa… –su voz se perdió durante uno segundos después de dar la luz– …siento el… desorden…
Draco recorrió con mirada divertida el desastre que se extendía ante ellos.
- Parece que Davis no estaba muy contento cuando se fue. –comentó con una pequeña carcajada.
- Parece que no… –musitó Harry recogiendo una de sus camisas, completamente desagarrada.
- Definitivamente, este tipo tiene un problema con tu ropa. –ironizó Draco.
Roger había sacado toda la ropa de Harry de armario y cajones y la había hecho jirones, diseminándola por el salón-comedor.
- ¡Será cabrón! –exclamó el moreno recogiendo un pantalón que estaba en las mismas condiciones.
Tal vez todavía estuviera a tiempo de incluir su nombre en la lista de los que estaban en busca y captura y encargarle a Ron la "agradable" tarea de detenerle.
- Olvídate de eso ahora. –Draco le tomó del brazo para acercarle a él y redirigir su atención– Davis es historia y yo estoy aquí…
Harry soltó el pantalón y se dejó arrastrar hasta sentir los brazos del Consejero rodear su cuerpo y sus labios delinear los suyos.
- Tienes toda mi atención… –aseguró.
Y apenas en unos segundos, ya no existía Roger, ni la ropa, ni el desorden, ni su inquietud por el qué pudiera pensar Draco. Todos sus sentidos estaban concentrados en el beso que, como los anteriores, lograba que su mente se vaciara de todo pensamiento coherente y su cuerpo reaccionara rápidamente a cada estímulo que labios y lengua provocaban a través de su boca. Instantes después, la túnica de Draco se había unido al revuelto de prendas en el suelo y las manos de Harry habían encontrado su camino bajo la elegante camisa.
- ¿Estas seguro de esto? –jadeó el rubio mientras perdía corbata y camisa.
- Lo… estoy… si tú… lo estás. –respondió el auror sin dejar descansar su boca, que había empezado a recorrer la piel del esbelto cuello.
Dieron unos pasos, tambaleantes, la ropa esparcida por el suelo enredándose en sus pies. Draco hizo volar sus zapatos, sin prestar atención hacia dónde salían despedidos mientras sus dedos se afanaban en los botones de la camisa de uniforme de Harry.
- Cuidado… –rogó el moreno al notar que Draco perdía la paciencia y tironeaba del siguiente ojal– …tiene que servirme para mañana…
Draco farfulló unos cuantos improperios destinados a acordarse de la familia de Davis, mientras se resignaba a seguir desabotonando. Pero Harry, más práctico, apartó sus manos y sacó la camisa por su cabeza, dejando su rebelde mata de pelo alegremente alborotada.
Los anhelantes ojos grises recorrieron embelesados el torso desnudo de su compañero, comprobando que todo estaba cómo lo había dejado. Incluso mejor, pensó humedeciéndose los labios, seguramente gracias al entrenamiento al que los aurores se sometían regularmente. Los verdes le recorrieron a él con la curiosidad del primer encuentro, oscurecidos por el deseo que Draco podía ver por primera vez en ellos. Y esa mirada que le descubría y examinaba con evidente complacencia, avivó todavía más el fuego que había estado conteniendo durante aquellos tres largos meses, estallando en cada poro con la sensación de que su piel ardía.
Se abrazaron de nuevo, y esta vez las caricias fueron más demandantes, azuzando sus sentidos hacia un estallido de sensaciones difíciles de contener. El beso vibró en sus bocas, sostenido por los labios hambrientos de ambos, empeñados en devorarse como si no hubiera mañana. Las manos de Harry se introdujeron en el pantalón y se deslizaron por debajo de la ropa interior de Draco, hasta encontrar la suave piel de sus nalgas, que imaginó pálida y perfecta como la que en esos momentos podía ver, acariciándolas, apretándolas, haciéndolas suyas con impaciente entusiasmo.
- Espera… jadeó Draco deteniéndole de pronto– …necesito ir despacio.
El auror estaba muy excitado y ansioso. Dejando escapar un pequeño gruñido, Harry dirigió a su compañero una mirada confundida y algo molesta. El Consejero depósito un pequeño beso en sus labios y le tomó de la mano para conducirle hasta el sofá.
Draco no quería una sesión de sexo ardiente y desesperado que les precipitara a ambos un final rápido y abrupto. No deseaba que las ganas contenidas durante tanto tiempo explotaran sin más, llevándose los dulces recuerdos de tantas noches, tardes o mañanas de amor con Harry. Draco necesitaba reencontrar al hombre que había amado. Al que amaba. A SU Harry. Degustarle lentamente, reconociendo olor y sabor en cada pedacito de piel. Comprobar si temblaba con las mismas caricias y si su voz todavía enronquecía cuando se acercaba al final y le pedía que embistiera más rápido, más fuerte.
- Le tienes mucho aprecio a tu trasero¿verdad? –preguntó Harry con una sonrisa burlona en los labios, mientras se dejaba tumbar, completamente ajeno a los verdaderos pensamientos del hombre que se inclinaba sobre él.
- Podrás tener mi trasero en cualquier otro momento. –prometió Draco besándole suavemente– Pero hoy necesito… hoy… -los hermosos ojos verdes se clavaron en él con curiosidad– …hoy déjame hacerte el amor, Harry.
Había tantas cosas en los ojos de Draco en ese instante, que Harry se sintió abrumado. Casi asustado por la intensidad del gris que vertía sobre él sentimientos que creyó imposibles de albergar por otra persona en tan poco tiempo. Tantas emociones a la vez, que por unos momentos el auror se sintió tan desconcertado y sorprendido como aquella noche en el Shaun & Joe.
- Draco… –susurró apenas antes de que el rubio presionara sus labios contra los suyos, lamiéndolos después despacio hasta conseguir hacerle desear que nuevamente los besara con la misma intensidad que segundos antes.
Si Harry tenía intención de decir algo más, se borró de su mente en un soplo, cuando en los minutos siguientes su cuerpo fue adorado por entero, haciéndole estremecer y gemir como no podía recordar. Las manos de Draco acariciaban, pellizcaban u oprimían como si los resortes para disparar cada sensación no fueran ningún secreto para él. Harry se doblegaba al placer de cada mimo y cada roce como si descubriera por primera vez las delicias de otra piel sobre la suya.
Y Draco, sumergido en la devoción por aquella piel añorada y caliente, sentía que le faltaban manos para recuperar su tacto y su textura. Emocionado, contempló el rostro sofocado de su amante y los familiares movimientos con los que su cuerpo gritaba que necesitaba albergarle ya dentro de él. Penetrarle fue como sentirse en casa otra vez, cálido y acogido, su voz ronca y gimiente dándole la bienvenida. Cuando una de las manos de Harry abandonó el hombro en el que se sostenía y acarició su mejilla, el corazón de Draco casi se detuvo. Volvió la cabeza con involuntaria brusquedad, para besar su palma y ocultar en ella rostro y sollozo. Sintiendo que por unos segundos le faltaba el aire y regresaba su alma.
Ron miró su reloj de nuevo y maldijo por lo bajo.
- Potter, espero que estés ya vestido y a punto de salir por esa puerta. –masculló subiendo otra vez las escaleras, después de una inútil espera de casi diez minutos, en la puerta de salida del edificio donde vivían.
Cuando llegó frente al apartamento 1B, le extrañó y preocupó no encontrar el hechizo de protección que Harry solía imponer habitualmente. Así como poder abrir la puerta con un simple Alohomora. El panorama que le dio la bienvenida hizo que el corazón le subiera directo a la garganta. Sacó su varita rápidamente mientras invocaba a todos los dioses conocidos para que Roger no se hubiera vuelto loco y, despechado, hubiera vuelto para dañar a Harry. Avanzó con cautela, arrastrando camisas y pantalones con sus botas, mientras sentía un sudor frío escurriéndose por su espalda. El apartamento era exactamente igual que el suyo, así que sabía dónde buscar. Observó que Hedwig estaba en su jaula, al lado de la ventana y que parecía dormitar completamente tranquila. Un breve vistazo a la cocina, sólo para constatar la pila de platos sucios y encaminó sus pasos al dormitorio principal. La puerta estaba entornada y Ron la empujó con suavidad, con la varita y el ánimo preparados para lo que fuera. Segundos después se daba cuenta de que, realmente, no estaba preparado para todo.
A pesar de la penumbra, se distinguía claramente que en la cama había dos cuerpos. Ron apretó con fuerza su varita, esperando que a Harry no se le hubiera ocurrido perdonar a ese idiota, porque en ese caso el repertorio de maldiciones que pensaba lanzar no irían destinadas sólo a Roger. Avanzó con cautela, hasta que una pila inesperada de sábanas abandonadas en el suelo se le enredó en los pies, haciendo peligrar su equilibrio durante unos instantes. Superado el obstáculo, pudo acercarse lo suficiente como para comprobar que el compañero de cama de Harry efectivamente era rubio. Pero no era Roger.
¡Me cago en Merlín, los Slytherins en general, los consejeros en particular y la maldita integración mágica y su puta madre! Sintiéndose mucho mejor, el pelirrojo guardó su varita. No estaba muy seguro de perdonarle a Harry con demasiada facilidad el susto que todavía tenía en el cuerpo. Echó un último vistazo a la cama, donde el hurón y su amigo dormían como dos benditos y salió sigilosamente de la habitación. Se dirigió directamente a la jaula de Hedwig.
- Ven, bonita. –dijo acariciando las nevadas plumas de la lechuza, que se posó dócilmente en su brazo– Creo que tu amo acaba de quemarse una mano con café hirviendo esta mañana y llegará un poco tarde al trabajo.
Ron buscó pluma y pergamino entre el revoltijo de cosas del desordenado salón-comedor. Finalmente pudo garabatear cuatro frases y enrolló el mensaje para Radcliff en la pata de la lechuza. Abandonó el apartamento todavía sin tener muy claro si alegrarse por Harry o echarse a llorar. A pesar de todo lo que dijera Hermione.
Continuará…
