La Leyenda de los Sennin.
—Diálogos —
«Pensamientos»
Palabras sobresalientes
Capítulo 14
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Debido al río y a la lluvia, estaba empapado. El agua me goteaba del cabello y de las pestañas tal y como se escurría de los juncos. También estaba empapado de sangre, aunque la oscura mancha no se apreciaba en mis ropas negras. La niebla era aún más densa, y Kakashi y yo nos desplazábamos en un entorno fantasmagórico, incorpóreo e invisible. Yo me preguntaba si había muerto sin darme cuenta y había regresado a la Tierra como un ángel vengador, y que tal vez, cuando hubiéramos alcanzado nuestro objetivo, me desvanecería y regresaría a ultratumba. En todo momento, el sufrimiento intentaba entonar su terrible cántico en mi interior, pero aún no me era posible escucharlo.
Salimos del foso y escalamos el muro. Yo notaba el peso de Rasengan en mi costado, y era como si acarreara a Jiraiya conmigo. Experimentaba la sensación de que su espíritu había penetrado en mí y había quedado marcado en mis huesos. Desde la parte superior de la tapia del jardín escuché los pasos de una patrulla; los soldados hablaban con nerviosismo y comentaban sus sospechas de que algún intruso hubiera accedido al castillo. Y, en ese preciso momento, descubrieron las cuerdas que Sakura había cortado. Se detuvieron en seco, lanzaron exclamaciones de asombro y miraron hacia arriba, hacia las argollas de hierro de las que Jiraiya había estado colgado.
Kakashi y yo nos adjudicamos dos guardias cada uno, y éstos murieron enseguida, incluso antes de que pudieran bajar la vista. Jiraiya tenía razón, pues el sable saltó de mis manos, como por voluntad propia o como si la misma mano de su amo lo hubiera blandido. No existió compasión o debilidad por mi parte que pudieran detenerlo.
La ventana que teníamos sobre nosotros permanecía abierta y la lámpara, todavía encendida, alumbraba con luz tenue. La residencia de Pain parecía tranquila, envuelta en el sueño propio de las 2 de la mañana. Entramos por la ventana y al hacerlo, chocamos con los cadáveres de los soldados que Sakura había matado previamente, y Kakashi dejó escapar un pequeño sonido de aprobación. Yo me dirigí a la puerta situada entre el pasillo y la sala de los guardias, pues sabía que, a lo largo del pasillo se hallaban cuatro estancias de pequeño tamaño. La primera de ellas estaba abierta y conducía a la antecámara en la que Jiraiya y yo habíamos esperado y contemplado las pinturas de las grullas; las otras tres estaban escondidas tras las paredes de los aposentos de Pain.
El suelo de ruiseñor recorría todo el perímetro de la residencia y también la cruzaba, separando los aposentos de los hombres de los de las mujeres. En aquel momento, lo tenía delante de mí y brillaba débilmente, en silencio, bajo la luz de la lámpara.
Me agazapé en las sombras, pues desde el extremo del edificio llegaban unas voces: dos hombres —por lo menos— y una mujer. Era Rin.
Tras unos instantes, me percaté de que los hombres eran Hidan y Kisame. No estaba seguro de cuántos guardias los acompañaban; puede que hubiera 2 junto a los señores y otros 10 ocultos en los compartimentos secretos. Localicé las voces en la última de las habitaciones: la de Pain. Lo más probable era que los señores le estuvieran esperando allí; pero ¿qué hacía Rin con ellos?
La voz de ésta tenía un tono ligero, casi provocativo; las de los hombres sonaban cansadas y denotaban cierta embriaguez.
—Iré a por más vino —oí que decía Rin.
—Sí, parece que la noche va a ser larga —replicó Hidan
—La última noche que uno pasa en la Tierra siempre resulta demasiado corta —respondió Rin, con un ligero temblor en la voz.
—No hace falta que sea la última noche si haces la jugada adecuada —dijo Hidan, con una clara nota de admiración en su voz—. Eres una mujer atractiva y sabes cómo desenvolverte. Yo te protegeré.
—¡Señor Hidan! —rió, en voz baja, Rin—. ¿Puedo confiar en ti?
—Ve a por más vino y te lo demostraré.
Escuché el trino del suelo cuando Rin salió de la habitación, y unas pisadas más pesadas siguieron a las suyas. Kisame le dijo:
—Voy a ver bailar a Jiraiya otra vez. He esperado un año entero para esto.
Mientras Kisame y Rin se desplazaban por la residencia, yo corrí por el suelo del exterior y me agaché junto a la puerta de la antecámara. El suelo no había emitido ningún sonido bajo mis pies. Rin pasó junto a mí, Kakashi imitó el sonido del grillo y, entonces, ella se fundió en la oscuridad. Kisame llegó a la antecámara, se dirigió a la sala de los guardias y, furioso, les gritó para que se despertaran. Al instante, Kakashi le sujetó férreamente. Yo entré en la sala, me quité la capucha y coloqué la lámpara junto a mi rostro para que Kisame me pudiera ver con claridad.
—¿Me ves? —susurré—. ¿Me conoces? Soy el chico del Remolino. Esto es por mi gente y por el señor Sennin.
La mirada de Kisame mostraba tanta incredulidad como furia. Decidí no utilizar a Rasengan, y le maté con el garrote, mientras Kakashi le sujetaba y Rin observaba. Entonces, le susurré a ésta:
—¿Dónde está Pain?
—Con Hinata —respondió ella—, en la última habitación de los aposentos de las mujeres. Mantendré entretenido a Hidan mientras vas a buscarle, Pain está a solas con ella. Si tenemos problemas por aquí, los solucionaré con la ayuda de Kakashi.
Apenas presté atención a sus últimas palabras. Yo había pensado que mantenía la sangre fría, pero en aquel momento estaba hirviendo. Respiré profundamente, dejando que la oscuridad de los Shinobi me envolviese por completo, y salí corriendo por el suelo de ruiseñor. El hecho de que Pain estuviese a solas, en sus aposentos, con Hinata, hicieron que la furia me asaltara con inmediatez.
La lluvia caía mansamente sobre el jardín; las ranas croaban en los estanques y en la ciénaga. Las mujeres dormían profundamente. Yo percibía la fragancia de las flores, de la madera de ciprés del pabellón de los baños y el rancio hedor de las letrinas. Avanzaba sobre el suelo como si no pesara nada, como si fuera un fantasma. Detrás de mí se levantaba la tenebrosa mole del castillo; por delante, fluía el caudal del río. Pronto encontraría a Pain.
En la última habitación de aquel extremo de la residencia ardía la llama de un candil. Las contraventanas de madera estaban abiertas, pero las de papel permanecían cerradas. Bajo el resplandor anaranjado de la llama, se recortaba la silueta de una mujer sentada, inmóvil, con el cabello cayendo a su alrededor.
Empuñando a Rasengan, abrí la contraventana corredera y, de un salto, me planté en la habitación.
Hinata, con un sable en la mano, se acababa de poner en pie. Estaba cubierta de sangre, y Pain yacía sobre el colchón, boca abajo.
—Lo mejor es matar a un hombre y arrebatarle el sable —dijo Hinata—. Eso me contó Rin.
Hinata estaba temblando y tenía las pupilas dilatadas por el estado de conmoción. En la escena había algo casi sobrenatural: la muchacha, tan joven y frágil; el hombre, enorme y poderoso incluso después de muerto; el siseo de la lluvia y la quietud de la noche.
Deposité a Rasengan sobre la estera. Hinata bajó el sable de Pain y se acercó a mí.
—Naruto —me dijo, como si acabara de despertar de un sueño—. Pain intentó... Yo le maté...
Entonces, se lanzó a mis brazos, y yo la abracé con fuerza hasta que dejó de temblar.
—Estás empapado —murmuró—. ¿No sientes frío?
Hasta entonces no lo había sentido, pero en aquel momento me sentía helado y temblaba casi tanto como Hinata. Pain estaba muerto, pero no le había matado yo. No había podido ejecutar mi venganza, pero me resultaba imposible contradecir al destino, que se había hecho cargo de Yahiko a través de las manos de Hinata. Me sentía desilusionado, pero también aliviado. Además, Hinata estaba en mis brazos, y yo llevaba semanas anhelando ese momento.
Cuando recuerdo lo que sucedió a continuación, sólo puedo alegar que los dos estábamos locos de amor el uno por el otro, como habíamos estado desde que nos conocimos en Konoha. Hinata dijo:
—Esperaba morir esta noche.
—Creo que los dos moriremos —repliqué yo.
—Pero estaremos juntos —me susurró al oído—. Nadie nos molestará hasta el alba.
Su voz y su tacto hacían que me estremeciera de amor y de pasión hacia ella.
—¿Me deseas? —preguntó.
—Sabes que sí.
Y, todavía abrazados, caímos de rodillas.
—¿No tienes miedo de mí? ¿De lo que les pasa a los hombres por mi causa?
—No. Nunca podrías ser un peligro para mí. ¿Estás tú asustada?
—No —contestó ella, con una nota de asombro en la voz—. Quiero estar contigo antes de morir.
Abrumado por sus sentimientos, le acaricie la mejilla con suma dulzura y delicadeza. Hinata inclino el rostro hacia mi palma y suspiro ante tal caricia. Sin contenerme más, mi boca encontró la suya y probó unos labios tan suaves como la misma seda. Pronto aquel beso comenzó a hacerse más exigente, moviéndose exploratorios al compás del otro, mientras nuestros cuerpos se acercaban más y más en una exigencia mutua. Mis manos heladas encontraron su fajín, lo desate y su túnica se abrió al instante. Me aleje de ella solo para contemplarla con devoción por unos segundos, y entonces yo me quite la ropa mojada y sentí contra mi piel la piel que tanto había deseado, abrazándola mientras nuestras manos recorrían el cuerpo del otro con prisa. En un instante me antepuse ante ella y la tumbe en el piso de madera. La visión de sus labios rojos y entreabiertos, su espesa cabellera negra esparcida en el suelo y su pecho subiendo y bajando por su respiración alterada, consiguieron arrebatarme la poca cordura que en esos momentos me quedaba. Nuestros cuerpos se entregaron con la urgencia y la locura propia de la juventud, en una entrega absoluta y mutua, guiada por el deseo, la urgencia y el amor que nosotros como amantes nos profesábamos.
Me habría gustado morir después; pero, como el río, la vida nos arrastraba hacia delante. Parecía que había pasado una eternidad, pero no podían haber sido más de 30 minutos, porque oí cantar al suelo de ruiseñor mientras Rin regresaba junto a Hidan.
—¿Qué hace Kisame? —preguntó Hidan.
—Se ha quedado dormido —respondió entre risas Rin—. No aguanta el vino tan bien como el señor Hidan.
Oí el borboteo de la bebida mientras la escanciaban en el cuenco y, a continuación, Hidan bebió. Besé a Hinata en los párpados y en el cabello, como despedida.
—Tengo que volver junto a Kakashi —susurré—. No puedo dejar ni a Rin ni a él sin protección.
—¿Por qué no nos quitamos la vida ahora mismo, juntos —preguntó ella—, mientras somos felices?
—Kakashi ha venido por mi causa —repliqué—. Si puedo salvarle la vida, debo hacerlo.
—Iré contigo.
Hinata se puso en pie con rapidez, se ató el fajín de la túnica y tomó el sable. La llama de la lámpara parpadeaba a punto de extinguirse. De la ciudad llegó el primer canto del gallo.
—No. Quédate aquí mientras voy a buscar a Kakashi. Después vendremos a por ti y escaparemos por el jardín. ¿Sabes nadar?
Hinata negó con la cabeza.
—Nunca aprendí. Pero hay barcas en el foso; tal vez podamos utilizar una de ellas.
Me puse mis ropas mojadas. Al contacto con mi piel, la humedad pegajosa me producía escalofríos. Cuando alcé a Rasengan, sentí el dolor en la muñeca. Uno de los golpes que había asestado aquella noche debía de haberme lastimado la mano de nuevo. Tenía que cortar la cabeza de Pain, y pedí a Hinata que tirara de sus cabellos para estirarle el pescuezo. Ella obedeció, aunque un poco acobardada.
—Esto es por Jiraiya —murmuré, al tiempo que Rasengan cortaba el cuello de Yahiko de un solo tajo.
Como Pain ya había sangrado copiosamente, no manó mucha sangre. Corté su manto, envolví la cabeza con la tela y comprobé que pesaba tanto como la de Jiraiya, que yo había entregado a Sakura. No podía creer que todo había sucedido aquella misma noche. Coloqué la cabeza sobre la estera, abracé a Hinata con fuerzas por última vez y regresé por el mismo camino por el que había llegado.
Kakashi permanecía en la sala de los guardias y, desde allí, pude oír las risas de Rin y de Hidan. Entonces, Kakashi me dijo con un susurro:
—La siguiente patrulla de soldados puede llegar en cualquier momento. Van a descubrir los cadáveres.
—El objetivo se ha cumplido —le dije yo—: Pain ha muerto.
—Entonces, vámonos.
—Todavía queda Hidan.
—Déjaselo a Rin.
—Y tenemos que llevarnos a Hinata
Kakashi me miró en la penumbra.
—¿A la señora Hyūga? ¿Te has vuelto loco?
Lo cierto era que sí había enloquecido, pero no le respondí. Entonces, deliberadamente, pisé con fuerza el suelo de ruiseñor.
Éste trinó de inmediato, y Hidan gritó:
—¿Quién anda ahí?
A continuación, salió corriendo de la estancia, con la túnica sin atar y empuñando el sable. Detrás de él llegaron dos guardias, uno de los cuales portaba una antorcha. Bajo la luz de la llama, Hidan me vio y me reconoció. En un primer momento, su expresión denotó asombro; después, desprecio. Se dirigió hacia mí a grandes zancadas, haciendo que el suelo sonara escandalosamente. Rin, que estaba detrás de él, dio un salto y cortó el cuello a uno de los guardias; el otro se volvió, atónito, y dejó caer la antorcha al tiempo que blandía su sable.
Hidan gritaba pidiendo ayuda mientras, enfurecido, se acercaba hacia mí. Blandía su enorme sable en la mano. Intentó acertarme, pero logré esquivar el ataque. Sin embargo, Hidan tenía una fuerza asombrosa, y mi brazo estaba debilitado por el dolor. Mi enemigo lanzó otro golpe de espada, y yo me agaché y me hice invisible por un instante. Su brutalidad y su destreza me tenían impresionado.
Kakashi estaba a mi lado; pero, en ese momento, los guardias ocultos empezaron a salir de sus escondites. Rin se encargó de dos de ellos, y Kakashi se desdobló bajo el sable de uno de los guardias y después le acuchilló por la espalda. Pero mi atención estaba concentrada por completo en Hidan, quien me iba haciendo retroceder por el suelo de ruiseñor hacia el extremo del edificio. Las mujeres, que se habían despertado, salieron corriendo, y cuando en su huida pasaron a nuestro lado, sus gritos distrajeron a Hidan, por lo que tuve un instante para recobrar el aliento. Yo sabía que podría encargarme de los guardias una vez que me hubiera librado de Hidan; sin embargo, también sabía que él era mucho más hábil y experimentado que yo.
Mi oponente me estaba arrinconando en la esquina del edificio, donde no había espacio para evadirle. Me hice invisible otra vez; pero no tenía escapatoria, pues estuviera o no visible, su sable podía cortarme en dos.
Entonces, cuando parecía que Hidan me tenía atrapado, vaciló, se quedó boquiabierto y miró por encima de mi hombro con una expresión de horror en el rostro.
Yo no seguí su mirada, sino que aproveché ese momento para lanzar a Rasengan hacia delante, y el sable se me cayó de las manos al asestar el golpe con mi mano derecha. Hidan cayó al suelo. Su cráneo mostraba un enorme corte. Esquivé su cadáver y me di la vuelta. Hinata estaba de pie, junto a la puerta de su habitación; la lámpara quedaba a sus espaldas. En una mano sostenía el sable de Pain; en la otra, la cabeza de éste. Juntos, nos fuimos abriendo camino con los sables por el suelo de ruiseñor. Cada vez que asestaba un golpe, la mano se me estremecía de dolor. Si Hinata no hubiera estado allí para proteger mi costado izquierdo, seguro que yo habría muerto entonces.
Ante mis ojos, todo lo que me rodeaba se veía turbio y borroso. Por un momento pensé que la bruma del río había llegado a la residencia, pero entonces oí el chasquido propio del fuego y percibí el olor a humo. Y es que la antorcha que el guardia había dejado caer había prendido las contraventanas de madera.
Estalló un griterío de miedo y de conmoción. Las mujeres y los criados huían de las llamas en dirección al castillo, mientras que los guardias de la fortaleza intentaban llegar a la residencia a través de la estrecha cancela. Favorecidos por el tumulto y el fuego, los cuatro logramos llegar hasta el jardín.
Para entonces, toda la residencia estaba envuelta en llamas. Nadie sabía dónde estaba Pain, o si estaba vivo o muerto, y todos ignoraban quién había perpetrado el ataque a aquel castillo, supuestamente inexpugnable. ¿Era obra de humanos o de demonios? Jiraiya había desaparecido. ¿Se lo habían llevado los hombres o los ángeles?
Había dejado de llover, pero la niebla se tornaba más densa a medida que llegaba el alba. Rin nos guio a través del jardín hasta la cancela, y bajamos los escalones que conducían al foso. Los guardias que habían estado apostados allí se dirigían hacia la residencia y, confundidos por el alboroto, apenas opusieron resistencia. Abrimos la cancela sin dificultad, desde dentro. Subimos a una de las barcas y soltamos amarras.
La franja de tierra pantanosa que habíamos cruzado con anterioridad unía el foso con el río, mientras que a nuestras espaldas se elevaba la silueta del castillo, iluminada por las llamas. Las cenizas llegaban hasta nosotros y nos caían sobre la cabeza. Las aguas del río estaban revueltas, y las olas balanceaban la barca de madera a medida que la corriente nos empujaba. La pequeña embarcación de recreo era poco más que una batea, y yo temía que volcara a causa de la fuerza de las aguas. De repente, aparecieron ante nosotros los pilares del puente, y por un momento creí que nos íbamos a chocar contra ellos; pero la barca los esquivó y la corriente nos siguió empujando más allá de la ciudad.
Apenas hablamos, pues los cuatro respirábamos con dificultad, agotados por haber estado tan cerca de la muerte. También pesaba sobre nosotros el recuerdo de los hombres que habíamos enviado al otro mundo, aunque nos sentíamos profundamente agradecidos por no haberlos acompañado. Ésos eran, al menos, mis sentimientos.
Me dirigí a la popa de la barca y tomé el remo, pero las aguas corrían con demasiada fuerza como para poder controlar nuestra embarcación y nos obligaban a dirigirnos allí donde la corriente nos empujara. Con la llegada del amanecer, la niebla se volvió blanca, pero no pudimos ver con más claridad que cuando reinaban las sombras. Con la excepción del resplandor producido por las llamas del castillo, todo lo demás había desaparecido.
No obstante, percibí un sonido por encima del rugido de las aguas. Era una especie de zumbido estrepitoso, como si un gigantesco enjambre de insectos estuviera descendiendo sobre la ciudad.
—¿Oyes eso? —le pregunté a Rin.
—¿Qué será? —respondió ella, con el ceño fruncido.
—No lo sé.
El Sol lucía ya con fuerza y con sus rayos iba eliminando los restos de neblina. El zumbido y el tamborileo que llegaban desde la orilla aumentaron su intensidad, hasta que, al rato, reconocí de dónde procedían tan peculiares sonidos: eran los cascos de miles de caballos, el cascabeleo de los arneses y el tintineo del acero al chocar. A través de los últimos jirones de niebla nos llegaron destellos de brillantes colores, los de los blasones y los estandartes de los clanes.
—¡Obito está aquí! —gritó Rin.
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Existen numerosas crónicas sobre la caída de Amegakure, pero como yo no participé más allá de lo narrado anteriormente, no estimo oportuno describir los hechos en mi relato.
Yo no había esperado sobrevivir a aquella noche; no tenía ni idea de qué iba a hacer a continuación. Había entregado mi vida al Gremio Tribu, eso lo tenía claro; pero todavía tenía obligaciones para con Jiraiya. Hinata ignoraba mi pacto con los Shinobi. Si yo fuera el heredero de Sennin Jiraiya, mi deber sería casarme con ella —eso era lo que yo más deseaba—; sin embargo, si me unía a los Shinobi, la señora Hyūga sería tan inalcanzable como la mismísima Luna. Lo que había sucedido entre nosotros parecía un sueño y, si pensaba en ello, experimentaba la sensación de que debía sentirme avergonzado por mi actuación. Y entonces, como un cobarde, intentaba apartarlo de mi mente.
Primero fuimos a la residencia de la ciudad, donde yo había estado escondido, y allí nos cambiamos de ropa y comimos algo. Rin dejó a Hinata al cuidado de las mujeres de la casa y se marchó de inmediato a ver a Obito.
Yo no deseaba hablar con Kakashi ni con nadie más, pues quería partir hacia Kusagakure, enterrar a Jiraiya y colocar la cabeza de Pain sobre su tumba. Era consciente de que debía actuar con rapidez, antes de que los Shinobi pudieran tomar el control absoluto de mi vida.
Al regresar al castillo aquella noche, había desobedecido al jefe de la familia. Aunque Pain no había muerto a mis manos, todos creerían que yo le había matado, en contra de los expresos deseos del Gremio. Yo no podía negar que le había dado muerte sin perjudicar gravemente a Hinata. Sin embargo, no tenía intención de seguir desobedeciendo eternamente. Sólo necesitaba un poco de tiempo.
Debido a la confusión que reinaba en la casa, pude escabullirme con facilidad, y me encaminé hacia la casa de huéspedes en la que me había alojado con Jiraiya. Los dueños habían huido con la llegada del ejército de Obito y se habían llevado la mayoría de sus posesiones. Sin embargo, gran parte de nuestras pertenencias estaban aún en las habitaciones; entre ellas, los dibujos que yo había hecho y el estuche de caligrafía de Jiraiya, con el que me había escrito su carta de despedida. Apenado, observé aquellos objetos. El clamor del sufrimiento alzaba su voz cada vez más en mi interior y exigía mi atención. Yo notaba la presencia de Jiraiya en la habitación, y podía verle sentado junto a la ventana abierta, mientras llegaba la noche y yo no regresaba. No me llevé muchas cosas, salvo algunas ropas y algo de dinero, y entonces fui a los establos a recoger a Kurama, mi caballo. Kyu, el corcel negro de Jiraiya, había desaparecido, al igual que la mayor parte de los caballos de los Sennin. Sin embargo, Kurama seguía allí, inquieto y nervioso por el olor del fuego que ya invadía la ciudad. El animal sintió alivio al verme, y yo lo ensillé, até la cesta con la cabeza de Pain al arzón delantero y me alejé cabalgando de la ciudad, uniéndome a las multitudes que abarrotaban la carretera en su huida de los ejércitos que se aproximaban.
Viajaba con rapidez y por las noches dormía poco. El tiempo había aclarado y el aire era fresco, como un anticipo del otoño. Cada día, la silueta de las montañas se perfilaba con claridad en un brillante cielo azul; algunos árboles ya mostraban hojas doradas; la lespedeza y el arruzuz empezaban a florecer. Probablemente, el paisaje era hermoso, pero yo era incapaz de apreciar su belleza. Sabía que tenía que reflexionar sobre mi futuro, pero no podía soportar el recuerdo de lo que había hecho. Me encontraba en un estado de sufrimiento y no tenía fuerzas para seguir adelante. Sólo quería volver hacia atrás, regresar a la casa de Myoboku, al momento en el que Jiraiya estaba vivo, antes de que partiéramos hacia Amegakure.
En la tarde del cuarto día de viaje, la carretera empezó a llenarse de viajeros que venían en dirección contraria a la mía. Entonces, llamé a un campesino que caminaba junto a un caballo de carga.
—¿Qué ocurre más adelante?
—¡Monjes! ¡Guerreros! —gritó el hombre—. Han conquistado la ciudad. Los Akatsuki están huyendo. ¡Dicen que el señor Pain ha muerto!
Sonreí, y me pregunté cuál sería la reacción del campesino si viera el aterrador equipaje que llevaba colgado de mi silla de montar. Vestía ropas de viaje, carentes de identificación, y nadie sabía quién era, del mismo modo que yo ignoraba que para entonces mi nombre ya se había hecho famoso.
Al cabo de poco tiempo, pude oír el sonido de hombres que luchaban en el camino, y conduje a Kurama hacia el bosque, pues no quería perder a mi caballo ni enzarzarme en escaramuzas con los Akatsuki que se batían en retirada. Éstos se movían con rapidez, con la intención de llegar a Amegakure antes de que los monjes pudieran alcanzarlos; pero yo tenía la sensación de que serían retenidos en el puerto de montaña y tendrían que oponer resistencia a las tropas que allí encontrarían.
Los soldados Akatsuki rezagados avanzaron por la carretera durante el resto del día, mientras que yo me dirigía hacia el norte a través del bosque e intentaba esquivarlos siempre que me era posible, aunque en dos ocasiones me vi obligado a utilizar a Rasengan para defenderme a mí mismo y a mi caballo. La muñeca todavía me molestaba, y al llegar la caída de la tarde empezó a invadirme el nerviosismo. No temía por mi seguridad, sino que me asustaba el hecho de que mi misión no pudiese ser cumplida. Pensé que no debía dormir, pues sería demasiado peligroso. La Luna brillaba, y cabalgué toda la noche bajo su luz. Kurama avanzaba con paso uniforme, con una oreja hacia delante y la otra hacia atrás.
Llegó el alba y en la distancia vi la cadena de montañas que rodeaban Kusagakure. Estaría allí antes de que el día llegase a su fin. A los pies de la carretera divisé una charca y me detuve para que Kurama pudiera beber. Había salido el sol, y el calor me había provocado sueño. Até el caballo a un árbol y, con la silla de montar por almohada, me tumbé y me quedé dormido al instante.
Me desperté cuando la tierra empezó a temblar debajo de mí, pero seguí tumbado unos momentos, mirando los rayos de luz que caían sobre la charca. Escuchaba el goteo del agua y el estruendo de los cascos de cientos de caballos que se aproximaban por la carretera. Me puse en pie con la intención de adentrar a Kurama en el bosque para esconderlo, pero cuando miré hacia arriba vi que aquel ejército no pertenecía a los Akatsuki. Los hombres llevaban corazas y portaban armas, pero los estandartes eran de los Sennin y del templo de Kusagakure. En la primera línea, reconocí al joven que nos había enseñado las pinturas.
—¡Bee! —grité, a la vez que subía a toda prisa hacia la carretera.
Bee se dio la vuelta, y su rostro se iluminó con una mezcla de alegría y de asombro.
—¿Señor Sennin? ¿Realmente eres tú? Temíamos que también hubieses fallecido. Nos dirigimos a vengar la muerte del señor Jiraiya.
—Yo voy camino a Kusagakure —le dije—. Voy a llevarle a Jiraiya la cabeza de Pain, tal y como él me pidió.
Sus ojos se dilataron por la sorpresa.
—¿Ha muerto Pain?
—Sí, y Obito ha logrado conquistar Amegakure. Pueden alcanzar a los Akatsuki a las montañas de la ciudad.
—¿Quieres cabalgar con nosotros?
Me quedé mirándole fijamente. Sus palabras no tenían sentido para mí, pues mi tarea estaba a punto de concluir. Tenía que cumplir mi último deber hacia Jiraiya y, después, desaparecería en el mundo secreto del Gremio. Pero lo cierto era que Bee no podía saber en modo alguno las decisiones que yo había tomado.
—¿Te encuentras bien? —preguntó—. ¿Estás herido?
Negué con un gesto.
—Tengo que colocar la cabeza de Pain sobre la tumba de Jiraiya.
Los ojos de Bee adquirieron un brillo especial.
—¡Enséñanosla!
Fui a buscar la cesta y la abrí; el olor se había acentuado y las moscas se arremolinaban sobre la sangre; el cutis, que recordaba a la cera, tenía un tinte grisáceo; los ojos, inexpresivos, se mostraban sanguinolentos.
Bee agarró la cabeza por la cabellera, se subió a una roca que había junto al camino y la levantó para que los monjes, que se habían congregado a su alrededor, la contemplaran.
—¡Miren lo que ha hecho el señor Sennin! —gritó, y los monjes respondieron lanzando vítores.
Una oleada de emoción atrapó a la multitud, que repetía mi nombre una y otra vez, al tiempo que todos se iban arrodillando en el suelo delante de mí —primero, uno a uno; después, todos a la vez—, hasta tocar el suelo con la frente.
Kakashi tenía razón. La gente quería a Jiraiya: los monjes, los campesinos, la mayor parte del clan Sennin... Yo había vengado su muerte y, por eso, el amor que sentían por él recaía ahora en mí.
Tal cariño me pesaba como una losa. No deseaba que me adularan, pues no lo merecía, y mi situación no me permitía corresponder a sus muestras de afecto. Me despedí de los monjes, les deseé éxito y continué cabalgando, después de meter la cabeza en la cesta.
Los monjes no querían que viajase solo, y Bee me acompañó. Éste me contó que Sakura había llegado a Kusagakure con la cabeza de Jiraiya y que en el templo estaban preparando la ceremonia del entierro. Sakura debía de haber viajado noche y día sin descanso, y me acordé de ella con inmensa gratitud.
Llegamos al santuario hacia la caída de la tarde. Dirigidos por el sacerdote anciano, los monjes que no se habían unido al ejército entonaban cánticos dedicados a Jiraiya. En el lugar donde estaba enterrada la cabeza, había una lápida. Me arrodillé ante la tumba y coloqué la cabeza de su enemigo delante de Jiraiya. Bajo la luz etérea de la media luna, las rocas del jardín de Sai parecían hombres en actitud de oración. El sonido de la cascada se apreciaba mejor que durante las horas del día, y bajo el murmullo del agua yo oía suspirar a los cedros, mecidos por la brisa nocturna. Los grillos cantaban y las ranas croaban en los remansos que se formaban bajo la cascada. Escuché un movimiento de alas y vi cómo un tímido autillo atravesaba el cementerio. Pronto emigraría de nuevo: el verano estaba a punto de llegar a su fin.
Era un hermoso lugar, en el que el espíritu de Jiraiya encontraría reposo. Me quedé mucho tiempo junto a la tumba; las lágrimas, silenciosas, caían sin cesar por mi rostro. Jiraiya me había dicho que sólo los niños lloran. «Los hombres se sobreponen a la muerte», solía decir. Me parecía inconcebible que yo pudiera ser el hombre que ocupara su lugar, y la convicción de que yo no había debido ayudarle a morir me perseguía. Le había decapitado con su propio sable. Yo no era su heredero: era su asesino.
Recordaba con nostalgia la casa de Myoboku —el murmullo del río y del ambiente—, y deseaba que la casa entonara su sinfonía a mis hijos, pues quería que ellos crecieran bajo su apacible protección. Empecé a soñar despierto e imaginé a Hinata preparando el té en el pabellón que Jiraiya había construido, y a nuestros hijos intentando cruzar el suelo de ruiseñor sin que sonaran los trinos.
Desde el fondo del jardín del templo llegaba el sonido de una flauta, y las fluidas notas de la música me traspasaban el corazón. Entonces, experimenté la sensación de que nunca lograría recuperarme de mi sufrimiento.
Pasaban los días y yo no era capaz de abandonar el templo. Era consciente de que tenía que tomar una decisión y marcharme, pero cada día iba posponiendo ese momento. El anciano sacerdote y Bee estaban preocupados por mí, pero me dejaban tranquilo; sólo se encargaban de recordarme que tenía que comer, bañarme y dormir.
Todos los días llegaba gente a rezar ante la tumba de Jiraiya, y el goteo continuo de soldados, monjes, granjeros y campesinos pronto se convirtió en una oleada que desfilaba, respetuosa, ante la losa sepulcral. Los peregrinos se arrodillaban ante la tumba con los rostros empapados por las lágrimas. Jiraiya había tenido razón: era más poderoso —y más querido— tras su muerte que durante su vida.
—Se convertirá en un dios —predijo el anciano sacerdote— y se unirá al resto de las divinidades en el santuario.
Noche tras noche, yo soñaba con Jiraiya, tal como le había visto por última vez: manchado de barro y de sangre, y cuando despertaba, con el corazón encogido por el horror, escuchaba el sonido de la flauta. Pero mientras yacía despierto, sin poder conciliar el sueño, deseaba oír su melodía, pues la música me hacía sufrir, pero me consolaba al mismo tiempo.
La Luna palideció y las noches eran más oscuras. Los monjes, que paulatinamente iban regresando al templo, nos contaron la victoria cerca de las fronteras de Amegakure. La vida en el recinto sagrado empezó a volver a la normalidad y los antiguos rituales sobre las cabezas de los muertos tocaron a su fin. Entonces llegaron noticias de Obito, que se había convertido en el señor de la mayor parte del territorio de los cinco Países. Al parecer, Obito se dirigía a Kusagakure a presentar sus respetos ante la tumba de Jiraiya.
Aquella noche, cuando oí el sonido de la flauta, fui en busca del músico que la tocaba. Como yo había supuesto, era Bee, y me emocioné profundamente al darme cuenta de que había estado velando por mí, acompañándome en mi sufrimiento.
Bee estaba sentado junto al estanque, donde a menudo solía dar de comer a las carpas doradas. Concluyó la melodía y colocó la flauta en el suelo.
—Cuando Obito llegue al templo, tendrás que tomar una decisión —me dijo—. ¿Qué has pensado hacer?
Me senté a su lado. Caía el rocío y las piedras estaban húmedas.
—¿Qué debería hacer?
—Eres el heredero de Jiraiya, tienes que tomar el testigo de su herencia —Bee hizo una pausa y, al cabo de un rato, prosiguió—: Pero no es fácil, ya lo sé. Hay algo más que te reclama.
—No es que me reclame: exige mi presencia. Tengo una obligación... Nadie podría entenderla...
—Ponme a prueba —replicó Bee.
—Ya sabes que tengo un oído muy agudo. Una vez lo comparaste con el de un perro.
—No debería haber dicho tal cosa, porque te molestó. Perdóname.
—No, tenías razón. También dijiste que sería muy útil para mis señores. Pues bien, sí que soy útil para mis señores, aunque ellos no son los Sennin.
—¿El Gremio?
—¿Has oído hablar de ellos?
—Sólo un poco —respondió Bee—. Nuestro abad los mencionó.
Hubo un momento en el que creí que Bee iba a seguir hablando. Parecía estar esperando a que yo le formulara una pregunta, pero yo ignoraba qué debía preguntar. Estaba absorto en mis propios pensamientos y necesitaba expresarlos.
—Mi padre era miembro del Gremio y mis poderes extraordinarios los heredé de él. El Gremio me ha reclamado porque considera que está en su derecho. Hicimos un trato: me permitirían rescatar el cuerpo del señor Jiraiya si, a cambio, yo me unía a ellos.
—¿Qué derecho tienen a pedirte tal cosa, cuando eres el heredero legítimo de Jiraiya? —preguntó Bee, totalmente indignado.
—Me matarán si intento escapar —respondí yo—. Creen que tienen ese derecho. Hicimos un trato, y por eso yo también pienso que tienen razón. Ahora mi vida les pertenece.
—Estoy convencido de que accediste al acuerdo bajo coacción —sentenció Bee—. Seguro que nadie espera que lo cumplas. Eres Sennin Naruto. No te das cuenta de lo famoso que eres, de la importancia de tu nombre.
—Yo le maté —dije. Para mi vergüenza, las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo—. Nunca me lo perdonaré. No puedo tomar su nombre, porque le he quitado la vida. Le maté con mis propias manos.
—Le ofreciste una muerte honorable —murmuró Bee, al tiempo que tomaba mis manos entre las suyas—. Cumpliste con todas las obligaciones que un hijo tiene para con su padre. Por todas partes te alaban y te admiran por ello. Además, tú mataste a Pain y te has convertido en una legenda.
—No he cumplido con todas mis obligaciones —respondí—. Los tíos de Jiraiya tramaron la muerte de éste junto con Pain, y han quedado sin castigo. Además, Jiraiya me encargó que cuidase de la señora Hyūga, quien ha sufrido terriblemente sin tener culpa alguna.
—No me parece que eso sea una carga muy pesada —dijo Bee, mirándome divertido. Yo me sonrojé—. Vi cómo sus manos se rozaron —dijo él. Tras una pausa, continuó—: Soy capaz de interpretar todos tus sentimientos.
—Quiero cumplir los deseos de Jiraiya, pero al mismo tiempo siento que no soy digno. En todo caso, estoy atrapado por el juramento que hice al Gremio.
—Si tú quisieras, el pacto podría romperse.
Tal vez Bee tuviese razón. Por otro lado, quizá el Gremio no me permitiese seguir con vida. Además, no podía negar que había algo en el Gremio que me atraía. Continuamente recordaba cómo Sarutobi entendía mi naturaleza y cómo esa naturaleza había respondido a los oscuros poderes del Gremio. Yo era consciente de las contradicciones que guardaba en mi interior. Deseaba contarle mis secretos a Bee, pero entonces tendría que revelarle todo, y no me era posible decir que era miembro de los Jinchūriki a un monje. Yo pensaba que había quebrantado el mandamiento de los Jinchūriki, pues había matado muchas veces. Mientras hablábamos en susurros en la penumbra del jardín —el silencio sólo era alterado por la súbita zambullida de algún pez o el ulular distante de las lechuzas—, la amistad que nos unía se iba haciendo más profunda. Bee me abrazó, y me dijo:
—Sea cual sea tu decisión, tienes que liberarte de tu congoja. Jiraiya habría estado orgulloso de ti. Ahora tú también debes perdonarte y sentirte orgulloso.
Sus gentiles palabras y su abrazo hicieron que las lágrimas me asaltaran de nuevo. Entre sus brazos, noté que mi cuerpo volvía a cobrar vida. Bee me había apartado del abismo y me había devuelto las ganas de vivir. Más tarde, me quedé profundamente dormido, y esta vez no soñé.
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Obito llegó al templo con algunos lacayos y unos 20 soldados, pues había dejado el grueso de su ejército en el este, con la misión de mantener la paz. Tenía la intención de seguir cabalgando y establecer las fronteras antes de que llegase el invierno. La paciencia nunca había estado entre las virtudes de Obito, y en aquel momento su inquietud era patente. Era mucho más joven que Jiraiya —rondaba los 26 años— y se encontraba en su mejor momento. Era un hombre corpulento, con un carácter irascible y una voluntad de hierro. Yo no deseaba tenerle como enemigo, y él había dejado claro que quería que yo fuese su aliado y le apoyase en su enfrentamiento contra los señores de los Sennin. Además, él había decidido que tenía que casarme con Hinata.
Obito la había traído consigo pues, según dictaba la costumbre, ella debía visitar la tumba de Jiraiya. Obito consideraba que ella y yo teníamos que permanecer en el templo mientras se llevasen a cabo los preparativos para nuestra boda. Rin, que había viajado como acompañante de Hinata, buscó una oportunidad para hablar a solas conmigo.
—Sabía que te encontraría aquí —me dijo—. Los Shinobi estaban furiosos, pero Kakashi los ha persuadido para que te dejen un poco más de tiempo. Sin embargo, el tiempo se está agotando.
—Estoy preparado para irme con ellos —repliqué yo.
—Vendrán a buscarte esta noche.
—¿Lo sabe Hinata?
—He intentado avisarla, al igual que he intentado alertar a Obito —dijo Rin, con un toque de frustración en su voz.
Y es que Obito tenía planes diferentes:
—Eres el heredero legítimo de Jiraiya —me dijoeste, mientras nos sentábamos en la sala de invitados del templo, una vez que ya había presentado sus respetos ante la tumba de Jiraiya—. Lo más adecuado es que te cases con la señora Hyūga. De ese modo, nos aseguraremos que Senju pase a su propiedad, y después, la próxima primavera, nos haremos cargo de los Sennin. Necesito un aliado en Myoboku —Obito me miraba fijamente a la cara—. No me importa reconocerlo, tu reputación me resultará útil.
—El señor Obito es demasiado generoso —respondí—. Sin embargo, existen otros motivos que tal vez me impidan cumplir sus deseos.
—No seas estúpido —me cortó él—. Mis deseos y los tuyos encajan a la perfección.
La mente se me había quedado en blanco, mis pensamientos habían remontado el vuelo como los pájaros de Sai. Yo sabía que Rin nos escuchaba desde el otro lado de la puerta. Obito había sido el aliado de Jiraiya; él había protegido a Hinata y, además, había conquistado la mayor parte del territorio de los Cinco Países. Si debía otorgar mi alianza a alguien, ése era a Obito. Pensé que no debía desaparecer sin darle una explicación.
—Todo lo que hice fue con la ayuda del Gremio —dije yo, pausadamente.
Un ligero temblor de furia le cruzó el rostro, pero no pronunció ni una palabra.
—Hicimos un pacto y, para cumplir mi parte, me veo obligado a abandonar el nombre de Sennin y marchar con ellos.
—¿Quiénes forman el Gremio? —estalló Obito—. Por todas partes me encuentro con ellos. Son como ratas en un granero. ¡Incluso los más cercanos a mí...!
—No podríamos haber derrotado a Pain sin su ayuda —repliqué.
Obito negó con su cabeza, su cabello azabache ligeramente largo se meneaba al compas. Exhaló un suspiro.
—No quiero escuchar más tonterías. Fuiste adoptado por Jiraiya, eres un Sennin y te casarás con la señora Hyūga. Eso es lo que te ordeno.
—Señor Obito —hice una inclinación hasta tocar el suelo con la frente. Era plenamente consciente de que no podía obedecerle.
Después de visitar la tumba de Jiraiya, Hinata regresó a la casa de huéspedes donde se alojaban las mujeres y no tuve ocasión de hablar con ella. Anhelaba verla, pero también temía ese momento, pues me asustaba el poder que ella ejercía sobre mí y el que yo tenía sobre ella. Temía hacerle daño o, peor aún, no me atrevía a herirla. Aquella noche no lograba dormir, por lo que salí al jardín y me senté deseando el silencio, pero siempre a la escucha. Yo sabía que me iría con los Shinobi cuando vinieran a buscarme esa noche, pero no lograba quitarme la imagen de Hinata de la mente. La recordaba junto al cadáver de Pain, y sentía el tacto de su piel y su fragilidad cuando la hice mía. La idea de que no iba a estar junto a Hinata nunca más, me atenazaba el corazón.
Entonces, pude oír las suaves pisadas de una mujer. Rin puso su mano sobre mi hombro, y murmuró:
—La señora Hyūga desea verte.
—No debo verla —dije yo.
—Llegarán antes del amanecer —replicó Rin—. Le he contado a Hinata que nunca te dejarán libre. Lo cierto es que, a causa de tu desobediencia en Amegakure, el maestro ha decidido que si no partes con ellos esta noche, morirás. Hinata quiere despedirse de ti.
Seguí a Rin. Hinata estaba sentada en el extremo de la veranda, y la pálida luz de la luna iluminaba débilmente su silueta. Pensé que reconocería su perfil en cualquier lugar: la forma de su cabeza, sus hombros y el movimiento tan peculiar con el que se dio la vuelta para mirarme.
La luz de la luna brillaba en sus ojos haciéndolos parecer más claros de lo que en verdad eran, en idénticos a la luna. Caí de rodillas ante ella. La madera plateada olía al bosque y al santuario, a savia y a incienso.
—Rin me ha dicho que tienes que abandonarme, que no podemos casarnos —exclamó Hinata, en voz baja y desconcertada.
—El Gremio no me permitiría llevar esa clase de vida. No soy, y nunca podré ser, un señor del clan de los Sennin.
—Pero Obito te protegerá; ésa es su intención. No hay nada que pueda ponerse en nuestro camino.
—Hice un trato con el jefe de mi familia —dije yo—. Desde ahora, mi vida le pertenece.
En ese momento, en el silencio de la noche, pensé en mi padre. Él había intentado escapar del destino que le marcaba su sangre y había sido asesinado por ello. Yo creía que mi tristeza había tocado fondo, pero este recuerdo la hizo aún más profunda.
Hinata dijo:
—En los nueve años que pasé cautiva nunca pedí nada a nadie. Yahiko Pain me ordenó que me quitara la vida, y yo no le supliqué que lo reconsiderara. Iba a violarme, y no imploré clemencia. Pero ahora te voy a pedir algo: no me abandones. Te ruego que te cases conmigo. Nunca volveré a pedir nada a nadie.
Hinata se arrojó al suelo delante de mí, y yo pude oír el sedoso murmullo de su manto al rozar el entarimado. También podía oler su perfume, pues su cabello estaba tan cerca de mí que me acariciaba las manos.
—Tengo miedo —susurró—. Temo lo que pueda sucederme. Sólo me encuentro a salvo a tu lado.
La despedida resultaba más dolorosa de lo que yo había imaginado. Ambos sabíamos que si pudiéramos yacer juntos, con su piel contra mi piel, el dolor cesaría al instante.
—El Gremio me matará —dije yo, finalmente.
—¡Hay cosas peores que la muerte! Si te matan, yo me quitaré la vida para seguirte —Hinata tomó mis manos entre las suyas y se inclinó hacia mí. Sus ojos ardían, sus manos estaban secas y calientes, y sus huesos parecían tan débiles como los de un pájaro. Yo notaba cómo la sangre corría a borbotones bajo su piel—. Si no podemos vivir juntos, debemos morir a la vez.
Su voz sonaba apremiante y emocionada. El aire de la noche se enfrió de repente. En las canciones y en los romances, los amantes morían por amor. Recordé las palabras que Kakashi le dijo a Jiraiya: "Estás enamorado de la muerte, como todos los de tu clase". Hinata también pertenecía a la casta de los guerreros, pero yo no. Yo no quería morir; ni siquiera había cumplido los 18 años.
Mi silencio fue respuesta suficiente. Sus ojos examinaron mi cara.
—Nunca querré a nadie más que a ti —dijo Hinata.
Lo cierto era que apenas nos habíamos mirado a los ojos con anterioridad. Nuestras miradas siempre habían sido encubiertas. En ese momento, cuando estábamos a punto de separarnos, nos miramos fijamente, sin modestia ni vergüenza. Yo notaba su dolor y su desesperación, y deseaba aliviar su sufrimiento; pero no podía hacer lo que ella me pedía. Mientras sujetaba sus manos y la miraba a lo más profundo de sus ojos, surgió una energía extraña y su mirada se intensificó, como si se estuviera ahogando. Entonces, Hinata suspiró y cerró los ojos. Su cuerpo comenzó a oscilar, y Rin dio un salto desde las sombras y la tomó entre sus brazos, al tiempo que caía. Entre Rin y yo la tumbamos en el suelo con cuidado. Hinata había caído en un profundo sueño, como me había ocurrido a mí ante los ojos de Sarutobi en la habitación secreta.
Temblé, pues de repente me había quedado helado.
—No deberías haber hecho eso —susurró Rin.
Yo sabía que mi compañera tenía razón.
—No tenía intención de hacerlo —repliqué—. Nunca antes había dormido a una persona, sólo a los perros.
Rin me dio un golpe.
—Vete con los Shinobi. Vete y aprende a controlar tus poderes. Quizá junto a ellos puedas madurar.
—¿Se pondrá bien Hinata?
—Yo no entiendo este poder extraño que posees, yo no lo tengo —respondió Rin.
—Yo dormí todo un día.
—Lo más probable es que quien te provocara el sueño supiera lo que se traía entre manos —argumentó Rin, enfadada.
Desde el lejano sendero de la montaña me llegaba el sonido de alguien que se aproximaba: dos hombres caminaban sigilosamente, pero su sigilo no era suficiente para mí.
—Ya vienen —dije.
Rin se arrodilló junto a Hinata y la tomó en brazos sin dificultad.
—Adiós, compañero —dijo ella, mientras el enfado perduraba en su voz.
—Rin —comencé a decir, cuando ya se dirigía hacia la habitación. Ella se detuvo un momento, pero no se volvió hacia mí—. Mi caballo, Kurama... ¿Podrías entregárselo a Hinata? No tengo otra cosa que ofrecerle.
Rin asintió y se alejó hacia las sombras, hasta desaparecer de mi vista. Oí cómo abría la puerta corredera, sus pisadas sobre la estera y el ligero chasquido del suelo cuando tumbó a Hinata.
Regresé a mi habitación y recogí mis pertenencias, que eran muy pocas: la carta de Jiraiya, mi cuchillo y Rsaengan. Entonces, me encaminé hacia el templo, donde Bee meditaba de rodillas. Le puse la mano en el hombro, y él se puso en pie y salió al jardín conmigo.
—Me voy —susurré—. No se lo digas a nadie antes del alba.
—Podrías quedarte aquí.
—No es posible.
—Entonces, regresa cuando puedas. Podemos esconderte. Hay muchos lugares secretos en las montañas donde nadie podría encontrarte.
—Quizá lo necesite algún día —respondí—. Quiero que guardes mi sable.
Bee tomó a Rasengan en sus manos.
—Ahora estoy seguro de que volverás.
Yo estaba mareado por la falta de sueño y por la pena; pero oí que las pisadas ya cruzaban la grava.
—¿Quién está ahí? —Bee se dio la vuelta blandiendo el sable—. ¿Despierto a los monjes?
—¡No! Son los hombres con los que tengo que partir. El señor Obito no debe enterarse.
Mi antiguo preceptor, Kakashi, y el maestro Sarutobi me esperaban bajo la luz de la luna. Vestían ropas de viaje, poco notorias y bastante modestas, y podrían haber pasado tal vez por hombres de letras o mercaderes fracasados. Había que conocerlos muy bien —como era mi caso— para percibir su postura, siempre alerta; las marcadas líneas de sus músculos, que denotaban su gran fortaleza física; los oídos y los ojos, a los que nada escapaba, y su inteligencia suprema, que hacía que señores de la guerra como Pain y Obito pareciesen torpes y brutales.
Me arrojé al suelo frente al maestro Sarutobi y toqué el polvo con la frente.
—Ponte de pie, Naruto —me dijo.
Para mi sorpresa, Sarutobi y Kakashi me abrazaron. Bee me tomó de la mano.
—Hasta la vista. Sé que nos volveremos a encontrar.
Yo sabía que era así, nuestras vidas estaban ligadas.
—Enséñame la tumba de Jiraiya —me dijo Sarutobi con amabilidad, de la forma que yo recordaba. Él entendía mi verdadera naturaleza.
«Si no fuera por Sarutobi, Jiraiya no estaría bajo la lápida», me dije yo, pero sin expresar mis pensamientos. Envuelto por la paz de la noche, empecé a aceptar que el destino de Jiraiya había sido alcanzar la muerte como lo hizo, de la misma forma que, en aquel momento, su destino era convertirse, para mucha gente, en un dios o en un héroe. Llegarían peregrinos hasta el santuario para rezar por él, para buscar su ayuda, durante cientos de años, y lo seguirían haciendo mientras el templo en Kusagakure existiese. Permanecimos de pie, con la cabeza inclinada, frente a la flamante lápida. ¿Quién sabe los pensamientos que Kakashi y Sarutobi guardaban en sus corazones? Yo pedí perdón a Jiraiya, le di las gracias otra vez por salvarme la vida en la aldea del Remolino y me despedí. Creí oír su voz y pude ver su peculiar sonrisa.
El viento mecía los cedros centenarios y los insectos nocturnos continuaban con su insistente zumbido. «Siempre será así», pensé yo. Verano tras verano, invierno tras invierno, la luna se hundiría por el oeste y devolvería la noche a las estrellas, y éstas, al cabo de una hora o dos, se rendirían ante el resplandor del Sol. Y éste, a su vez, pasaría por encima de las montañas, arrastrando a su paso las sombras de los cedros, hasta descender de nuevo tras la silueta de las cordilleras.
De esta forma, el mundo seguía su marcha, y la humanidad vivía en él de la mejor manera posible, entre la luz y las sombras.
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¡Y esta historia ha llegado a su fin!
Antes, unas aclaraciones que siento debo decir para con este capítulo.
En primero lugar, no es que Hinata sea una suicida sin remedio, es solo que se tiene que ver el contexto histórico en el que están. En aquella época, los hijos criados en la casta de los guerreros, al no tener esperanzas ni honor, se les estaba permitido quitarse la vida como un medio para compensar sus fallas. Es por eso que ella, al ver que nuevamente un hombre moría por su desgraciada fama, no le quedaba más esperanzas para la vida que quitarse la misma para, al menos con su muerte, brindarle honor su padre y familia en compensación. Es por ello también que le sugiere esto a Naruto, para estar juntos en el mas allá; y como Naruto no fue criado bajo las normas que poseen las castas de guerreros, no quiso quitarse la vida con ella. No era razonable para él.
Segundo, sé que pareció algo rudo y falta de amor su dialogo y marcha después de hacer el amor. Sin embargo, hay que tomar en consideración el hecho de que acababan de asesinar al jefe de la organización que estaba a la cabeza de la guerra, y por lo tanto al mando de los demás países; por lo que debían huir rápidamente antes de que amaneciera, a eso de las 5 de la mañana, por lo que creo estaba justificado el que fuesen rápidos y poco melosos en ese sentido.
Ahora, para mis queridos lectores y para aquellos que me han dejado hermosos review, cosa que agradezco mucho, les tengo una importante pregunta que hacer: como dije desde el principio, esta es la semi adaptación de un libro llamado Leyendas de los Otori de Lyan Hearn. Es una trilogía, por lo que viene un libro más y la continuación de esta historia.
Ahora bien: ¿Les agradaría que adaptara ese libro también?
Por favor sean lo más sinceros con sus opiniones a favor o en contra. Me gustaría saber que opinan al respecto, ya que por mi parte las ganas de continuarla si están :D
En fin, agradezco a todos los que leyeron esta historia y se dieron el tiempo de esperar un nuevo capítulo con paciencia. Especial agradecimiento a 99, Drabestx, Koizumi Hinata, Mare- 1998, Nara me cae bien, Nsmax, Raymondarmuelles, WolfExceed, Aio Hyuuga, Aloh, Alone-wolf97, .2195, El Pejelagarto OwO, Luli92, MilbrSLN, NaruHinaRyu, SalomeKassandra, TellaCarie, Carlos007, Daniela Hervar y a Sakura1736 que dieron follow y favorite a esta historia respectivamente. De verdad se aprecia su preferencia a esta historia :D. Tambien quiero agradecer a Nara me cae bien, Aloh, Justin, Jesckyll, Kenohe, Liseth Tkm, Daniela Hervar, Luli92, Davis y a Aio Hyuuga por sus hermosos comentarios :') de verdad chic s, sus comentarios eran lo que me motivaban a continuar y dedicarme aunque sea una hora al día para escribir, a pesar de los deberes que tenía. De verdad muchas gracias por dejarme sus opiniones y el que le hayan dado una oportunidad a la adaptación de este libro.
Sin más me despido chicos, esperare con ansias su opinión respecto a la pregunta que hice, estaré atenta a cualquier correo que llegue. Sin más tengan bonita semana.
¡Sayonaraaaa! :D
