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Suicidio
Toyotomi no esperaba encontrarlo en ese estado, pero se sentía afortunado pues sabía que envuelto en ese torrente de sentimientos contradictorios sería mucho más fácil lograr su cometido.
Se acercó a él en el palco de su cuarto, hablando con voz suave le preguntó qué le ocurría, simulando empatía.
Le endulzó los oídos con palabras bellas y frases armadas que prometían un amor digno y millones de cumplidos. Quiso convencerle de que Gintoki no lo amaba, que se merecía algo mejor y que él sí quería hacerlo feliz.
Shinpachi por poco más cae, o cayó, bajo ese encantamiento. Estaba dolido y enojado con Gin-san, y Toyotomi siempre había sido gentil al tratarlo. Le permitió que lo besara. Abrió la boca, confundido y aterrado; pero cuando sintió las manos del hombre desnudándolo, quiso detenerlo.
—No temas —le susurró Toyotomi al oído—, quiero hacerte el amor. Una sola vez. Nadie lo sabrá.
Shinpachi negó con la cabeza, cerrando los ojos mientras sentía el frío de la noche golpeando contra la piel desnuda. Siguió repitiendo imperceptibles "no", dándose cuenta muy a su pesar que no tenía fuerzas para luchar contra su propio deseo. Toyotomi había usado su lengua viperina para cubrirle el cuerpo de besos hasta llegar a ese punto en donde él perdía la razón y todo autocontrol.
Sin embargo cuando sintió que su vientre tocaba el colchón, enredado en las sábanas que olían a Gin-san, se dio cuenta de que no quería eso. De que lo estaba haciendo solo porque se sentía dolido. Quiso explicárselo a Toyotomi; este lo entendió, pero no le importó.
Lo aferró de las muñecas y lo penetró sin contemplaciones. Shinpachi intentó luchar, pero fue un forcejeo muy débil. Gimió de dolor y frustración; a una parte de él le agradaba la idea de mancillar su cuerpo, como una forma de redimirse o quizás como una tonta manera de demostrarle a Gin-san que él también era libre. Que tenía su propio Shogun, meciéndose en ese momento sobre él.
Quiso llorar, y lo hizo, en especial cuando Toyotomi eyaculó en él saciando su apetito. Se apartó del chico y se tapó con decoro. Cuando Shinpachi dio la vuelta, sintiendo el dolor de una penetración sin cuidados ni afecto, se encontró con una imagen espantosa.
Dos de los cuatro Consejeros, el viejo Mitsunari y el hombre entrado en años llamado Torii contemplaban la escena con honda desaprobación. Shinpachi miró a Toyotomi, buscando alivio y consuelo en él, pero se encontró con su sonrisa ladina y una mirada de víbora que, hasta entonces, no se había percatado que tenía.
Se sentía como un conejo ante una serpiente. No tenía voz y no tenía voluntad, solo se quedó allí escuchando las duras palabras de los hombres. Palabras escogidas con suma habilidad.
—No solo ha deshonrado a su nenja, sino que además ha mancillado su nombre. Ha hundido al Ôbangashira en la más hondas de las humillaciones —fue el reproche de Mitsunari—. Jovencito, debería no solo sentir vergüenza en este momento, sino también asco hacia sí mismo por traicionar la confianza que Ôbangashira ha puesto sobre usted.
—Yo… no quería… no… —Shinpachi se trabó con sus palabras.
—Entiende, ¿no es así? —habló Torii—, que es inadmisible, especialmente por el puesto que ocupa. No solo se ha deshonrado como wakashu, sino también como teniente.
Shinpachi lo comprendía, había faltado a su palabra y a su juramento, eso como wakashu y como samurái, era inaceptable. Entendía lo que los hombres insinuaban, pero no quería morir. Miró a Toyotomi en un último intento por conseguir misericordia, pero fue él quien propuso el castigo.
Estaba tan aturdido y tan decepcionado consigo mismo, que Shinpachi no recapacitó en que llevar el ritual no solo requería de la aprobación del Shogun, también conllevaba ciertos preparativos. Torii dejó una wakizashi a un lado del futon, diciéndole que le permitía vestirse y acicalarse antes de dejar este mundo flotante.
Entre lágrimas lo hizo, pero seguía sin estar muy dispuesto a morir. No podía negar que le temía a la muerte por muy samurái que fuera, era algo natural temerle. Sin embargo comprendía que era el único camino que le quedaba para limpiar su honor.
Como si le hubiera leído la mente, Mitsunari siguió encantándole los oídos, aprovechándose de la confusión de este y manipulándolo con ingenio. Conocía la clase de samurái que Shinpachi era.
—¿Qué prefieres? ¿Limpiar tu honor, o que te cortemos la cabeza y morir con la deshonra? —Shinpachi estaba arrodillado frente a ellos, enmudecido, asustado y engañado, atrapado entre sus principios y sus deseos.
—El Shogun —balbuceó el joven, era fútil intentar otro camino.
—Entiendes, ¿no? —Le habló Toyotomi—, que el Shogun va a estar de acuerdo con esto —le secó la lágrima con la yema de los dedos—. Él te quiere muerto. Nosotros te estamos dando la posibilidad de limpiar tu honor, como samurái que eres. Al menos hazlo por Ôbangashira, él no merece tener un wakashu deshonesto.
Torii estaba tan impaciente que desenfundó la katana; para él nada de eso tenía sentido. Sin embargo era parte de un plan trazado con mucho cuidado. ¿Para qué emplear un fusil para matar a una mariposa? Shinpachi haría el trabajo por sí mismo, lo sabían.
Mitsunari colocó una mano en la muñeca de su compañero, indicándole con el gesto que no se precipitara. El joven lo iba a hacer. Iba a cometer seppuku porque esa es la máxima demostración de amor que un wakashu puede tener por su nenja. Matarlo ellos mismos no tendría el mismo impacto para Ôbangashira.
—Estamos perdiendo tiempo —se quejó Torii. Gintoki Sakata podía aparecerse en cualquier momento, pero Mitsunari negó con la cabeza, porque si todo había salido tal como lo habían planeado, Oboro lo entretendría bastante.
…
La alarma no había sonado para cuando fue encontrado el primer cadáver. Una doncella había pegado tal alarido, cerca de la cocina, que Gintoki -en la abstracción de su borrachera- corrió para asistirla.
El guardia de la puerta estaba muerto. Miró más allá del parque y pudo ver más cadáveres. Como si siguiera un camino de cuerpos llegó hasta la plazoleta principal para descubrir, con ligero horror, que aquello había sido una masacre silenciosa.
A sus espaldas, sin despertar ninguna sospecha, sin darles tiempo a gritar o siquiera avisar de un ataque sigiloso.
La alarma empezó a sonar. Quedaban muchos soldados vivos en las inmediaciones del castillo que enseguida se pusieron en guardia.
Gintoki corrió hacia el interior, sabiendo que su prioridad en ese momento debería ser el Shogun, pero yendo en realidad en busca de Shinpachi. Si Oboro y el Kihetai estaban trabajando juntos, como lo sospechó desde la conversación con Hattori, serían enemigos complicados para su teniente.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Takasugi también estaba detrás de todo ello. Él lo conocía muy bien y sabía de sus puntos débiles. Comprenderlo le heló la sangre de espanto.
Había fieras sueltas dentro del castillo, hambrientas y sedientas de sangre.
Cuando regresó por la entrada principal no le sorprendió encontrar a Oboro en las escaleras frenándole el paso y esperándole con calma.
La borrachera que tenía encima desapareció en un segundo, siendo suplantada por la adrenalina. Se preparó. La idea había sido esperar a que Oboro hiciera el primer movimiento, pero la ansiedad le llevó a dar un paso precipitado para iniciar el combate.
Un poco de Nanshoku ôkagami. No lo puse antes para no revelar demasiado de la trama del fic:
La máxima prueba de amor de un wakashu samurái por su nenja era el seppuku. El sacrificio máximo en pos de un amante masculino era morir a causa de su amor. Esto se esperaba indistintamente tanto de los nenja como de los wakashu, y ocurre a menudo en la primera parte de Nanshoku ôkagami, generalmente en respuesta al intento de un intruso por introducirse en la relación.
Uno de los principios subyacentes al honor samurái (giri) exige que un hombre cumpla con sus obligaciones y pruebe, en este contexto, que es digno del amor entre hombres. Otro de los aspectos del amor samurái era la venganza. A menos que el samurái se comprometiera a limpiar la reputación del que había muerto injustamente, el hecho seguía siendo una mancha y una vergüenza para ambos. Si un samurái vengaba de manera personal podía ser penado con la muerte, en cambio si la venganza tenía autorización oficial y se llevaba a cabo satisfactoriamente, era considerada como un rasgo de gran honor y se le premiaba. El seppuku era llevado a cabo para mantener el propio honor, a veces era necesario que el samurái rompiera las leyes de su Señor, y si las autoridades comprendían las circunstancias mitigantes se limpiaba su culpa. Más aún, se le permitía limpiar su reputación de quebrantador de leyes por medio del seppuku. Si se procedía sin la aprobación de las autoridades, el seppuku no era más que un gesto dramático que podría restablecer el honor de ese hombre en la mente de algunos, pero que carecía de valor oficial. Sin embargo, cuando se procedía oficialmente, permitía que el hombre muriera de manera honorable. Cuando a un samurái se le negaba el honor de cometer seppuku y se lo ejecutaba, lo despojaban de su honor para siempre; a menos, por supuesto, que su muerte innoble fuera luego satisfactoriamente restablecida por una venganza.
Hace poco Yageni me prestó un libro sobre el arte del seppuku, sin saberlo (porque no lee este fic) me vino como anillo al dedo XD Sin embargo no pude detallar nada al respecto porque no cabe en la historia: los Consejeros pretenden que Shinpachi lo haga a como dé lugar, pero en la realidad era un ritual que llevaba su tiempo y que tenía muchos preparativos. Era una auténtica ceremonia y no cualquiera podía cometer seppuku, debían tener autorización y testigos importantes que certificaran la muerte y legitimaran la ceremonia.
¡Muchas gracias por leer! Sé que quedó corto, pero ya falta poco para terminar y los traeré más rápido. Espero XD También gracias por los comentarios anónimos que me dejaron, lamento que la página no permita responderlos D: pero los leo y los loveo igual XD
